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De Hombre A Mujer: El After De La Enfermera

Ahí estaba yo, caminando bajo el sol del mediodía con las piernas hechas una gelatina y el corazón queriéndome saltar del pecho.
Hace apenas unos meses yo era un pibe común y corriente, pero una pastilla Gender Bender me cambió la vida para siempre, disolviendo mi hombría y transformándome en esta mina de curvas exageradas, nalgas pesadas y una piel tan suave que parece de seda.
Anoche se me ocurrió la brillante idea de salir de fiesta de disfraces con mis amigas, y me puse un putidisfraz de enfermera que era un chiste: un vestido blanco de satén que apenas me tapaba la cola, un escote que dejaba mis dos pechos nuevos y pesados casi al aire, y unos tacos de aguja que me hacían tambalear a cada paso.
La pasé bomba, sintiéndome la reina de la noche, hasta que apareció él en el boliche, un tipo enorme, un macho alfa rudo con olor a alcohol y campera de cuero que se pasó toda la madrugada arrinconándome en la barra, quemándome la nuca con la mirada y repitiéndome al oído con una voz ronca que me iba a coger hasta que no pudiera caminar más.
En ese momento, entre los tragos y la música, me dio una mezcla de pánico y un morbo caliente que nunca había sentido cuando era hombre, pero me escapé con las chicas cuando cerró el boliche.
El problema es que ahora, ya de día y volviendo sola por una calle completamente desierta del barrio, escuché unos pasos pesados detrás de mí que me congelaron la sangre.
— No puedo ser tan regalada, la puta madre, encima salí vestida así. Me dije a mí misma en un susurro, acomodándome el escote transparente mientras apuraba el paso por las calles vacías.
De repente, escuché unos pasos pesados y un silbido rudo detrás de mí que me congeló la sangre; me di vuelta y lo vi a él, al mismo morocho bruto de la fiesta que me había estado persiguiendo toda la noche.
Era el rengo del boliche, un tipo enorme con cara de macho alfa que se llamaba Carlos, que anoche me había quemado la nuca con el aliento a whisky mientras me decía las peores guarangadas al oído.
— ¡Epa, enfermerita! Te busqué por todos lados cuando cortaron la música, no te me vas a escapar ahora de día. Me gritó Carlos desde la esquina, apurando el paso con una sonrisa de cazador que me hizo dar un vuelco en el corazón.
— Dejame en paz, flaco, ya terminó la joda. Le contesté intentando sonar fuerte, pero mi voz de gata sumisa me traicionó por completo, saliendo como un ruego agudo.
— ¿Qué paz ni qué paz, si estuviste provocando a todos los pibes con ese culito toda la noche? Te dije que te iba a coger y yo cumplo, mami. Me espetó el tipo, acortando la distancia con una seguridad que me hizo entrar en pánico.
El miedo me activó los muslos carnosos y empecé a correr como pude, sintiendo el peso de mis pechos saltando salvajemente debajo del vestido blanco mientras los tacos me hacían trastabillar en el asfalto.
De Hombre A Mujer: El After De La Enfermera

Doblé en una esquina y vi la persiana rota de un almacén abandonado; no lo dudé, me agaché raspándome las rodillas nuevas y suaves, y me metí al fondo del lugar, que estaba oscuro y olía a humedad.
Me pegué contra la pared, justo atrás de la puerta de madera podrida, tapándome la boca con mis manos finitas para que no se escucharan mis jadeos desesperados de perra asustada.
A los pocos segundos, la sombra gigante de Carlos tapó la luz de la entrada y escuché el crujido de sus zapatillas pesadas pisando los escombros del piso.
— Sé que te metiste acá adentro, zorra, sentí el olor a flores de tu pelo desde la vereda. Bramó Carlos con esa voz ronca de alfa que me hizo arquear la espalda del puro terror humillante.
— ¡Te dije que te iba a encontrar, putita! ¡Hoy no te escapás de tu macho! Me gritó el tipo desde la esquina, acelerando el paso mientras se acomodaba el pantalón.
after

El sonido de sus pisadas pesadas retumbaba en el piso de cemento del almacén abandonado, haciendo que cada uno de mis vellos nuevos se erizara del terror absoluto.
Yo estaba ahí, hecha un bollito contra la pared mugrienta, apretando el joystick invisible de mis nervios mientras contenía la respiración para no soltar un jadeo agudo.
Carlos caminaba lento, estirando los brazos como un cazador que sabe que su presa no tiene escapatoria, disfrutando de mi desesperación.
De repente, metió un manotazo violento detrás de la puerta de madera podrida y me pegó un tirón del brazo que me hizo perder el equilibrio sobre los tacos.
— ¡Te encontré, zorra! Te pensaste que te ibas a salvar de tu macho en este rincón mugriento. Me gritó Carlos, clavándome una mirada llena de un hambre animal que me congeló la sangre.
— ¡Soltame, por favor! Te juro que yo no hice nada, dejame ir a mi casa. Le supliqué con un hilo de voz sumisa que solo delataba mi total vulnerabilidad.
bully

Me atrapo con una fuerza descomunal, atrapándome las dos manos finitas con una sola de sus palmas rudas y peludas.
Sin darme tiempo a respirar, me estampó la boca en un beso salvaje que me olió a whisky puro y a dominación, invadiéndome por completo mientras yo intentaba mover la cabeza para zafar.
En un movimiento rápido, me hizo girar de espaldas y me pegó a su cuerpo, hundiéndome la cadera con violencia contra su entrepierna.
Sentí el bulto enorme y durísimo de su verga presionando justo en la división de mis nalgas gigantes, que temblaron al instante por el roce del jean grueso.
— Mirá cómo te ponés, enfermerita, estás temblando toda porque sentís cómo te va a tocar un tipo de verdad. Me susurró al oído con esa voz ronca de alfa que me hizo arquear la espalda.
— No... pará... me estás lastimando, por favor sácame esto de encima. Le dije, lloriqueando mientras sentía que mi mente de hombre se diluía ante su tamaño.
cambio de cuerpo

Él no me dio bola y se pegó todavía más, usando su peso para mantenerme inmovilizada contra su bulto caliente mientras sentía el sudor de su pecho traspasar mi espalda.
Con la mano que le quedaba libre, se metió por dentro del escote de satén de mi vestido blanco y tiró hacia abajo con una furia que hizo crujir las costuras.
La tela barata cedió por completo, dejando mis dos pechos nuevos, pesados e hiper sensibles totalmente al descubierto en el aire frío del lugar.
Mis pezones castaños se pusieron duros al instante bajo la luz del día que entraba por la persiana rota, delatando el morbo humillante que me recorría las venas.
— ¡Mirá las lolas que te armaste, puta! Esto es para mí, para que me sirvas toda la tarde acá adentro. Me espetó Carlos, dándome un chirlo sonoro en la nalga que me hizo saltar.
— ¡Ay! No digas eso, por favor... tapame... me da mucha vergüenza que me veas así. Le supliqué, pero mi cuerpo seguía buscando el calor de su pantalón.
gender bender

Carlos me agarró de los hombros y me dio la vuelta de un tirón, obligándome a mirarlo de frente mientras yo intentaba taparme las tetas con mis manos pequeñas.
Me sacó las manos a la fuerza y bajó la cabeza, devorándome los pechos con la boca, chupándome los pezones con una desesperación ruda que me sacó un gemido musical y agudo.
Antes de que pudiera procesar el placer doloroso de su boca en mi piel, me agarró de la cintura con sus brazos de acero y me levantó por el aire como si fuera una muñeca de trapo.
Me abrazó fuerte en el aire, manteniéndome con las piernas colgando mientras yo apoyaba mis manos finitas en sus hombros tatuados, tratando de empujarlo para alejarlo.
— ¡Pará, Carlos! ¡Bajame te lo pido! No vas a poder conmigo, no quiero estar así. Le grité con lágrimas en los ojos, pataleando inútilmente mientras mis tacos de aguja dibujaban círculos en la nada.
— Vos no mandás acá, mami, ahora sos mi propiedad y vas a aprender a obedecer a tu macho. Me respondió él, apretándome las nalgas desnudas con tanta fuerza que sus dedos se hundieron por completo en mi carne suave.
De hombre a mujer

Me bajó al piso pero no me soltó, sino que me acomodó el vestido roto arrugado directamente arriba de la cintura, dejándome completamente en bolas de la mitad del cuerpo para abajo. Se empezó a reír a carcajadas cuando vio que entre mis nalgas gigantes no había ninguna tira, nada que me tapara de la luz del día.
— Mirá lo que sos, entraste al boliche haciéndote la santa y andás sin bombacha por la vida, pedazo de regalada. Me dijo Carlos, dándome un empujón para hacerme caminar hacia el fondo del galpón donde se amontonaban unas bolsas de cemento tapadas con tierra.
— Es que con el disfraz apretado se marcaba todo, por eso no me puse nada, te lo juro. Le dije, trastabillando con los tacos mientras sentía el aire frío de la mañana golpeándome directo en las nalgas desnudas que me rebotaban con pesadez.
— Caminá derecho y movelo, puta, que para eso te pusiste ese traje de enfermera caliente. Me respondió él, dándome una nalgada tremenda que dejó la marca roja de sus dedos en mi cachete izquierdo y me hizo soltar un grito agudo.
Avanzar por ese pasillo abandonado con el culo al aire y recibiendo chirlos que me hacían saltar era la humillación más grande que podía pasar, pero el calor que sentía en las venas me decía que mi mente de hombre ya estaba totalmente domada por su brutalidad.
Bodyswap

Cuando llegamos a la pila de cemento, me agarró de la nuca con rudeza y me tiró de trompa contra las bolsas duras, obligándome a clavar las rodillas en el piso mugriento. Mis pechos pesados se aplastaron contra la lona del cemento y mi cola quedó apuntando directo hacia su cara, completamente desprotegida y levantada por los tacos altos que todavía tenía puestos.
— Quedate ahí bien arqueada, que ahora vas a pagar por haberme dejado caliente toda la noche en el boliche. Me dijo Carlos, dándome otra nalgada seca que me hizo arquear la columna del dolor.
— Por favor, Carlos, no me hagas esto acá, es un asco el lugar. Le supliqué, tratando de cerrar las piernas del miedo que me daba sentirlo tan cerca.
— Abrime las piernas te dije, acá no mandás vos, muñeca. Me respondió él, metiendo sus botas pesadas entre mis tobillos para separarme las piernas a la fuerza, dejándome totalmente abierta y expuesta para lo que quería hacerme.
Sentir mis muslos carnosos separados contra mi voluntad me dejó sin defensas, sabiendo que el tipo me tenía exactamente donde quería y que no iba a parar hasta dejarme marcada.
De Hombre A Mujer: El After De La Enfermera

— ¿Por qué me hacés esto? Déjame ir, te lo pido por lo que más quieras. Le dije, llorando con la cara pegada al polvo del cemento.
— Porque sos una puta, mami, y a las putas como vos se las atiende así. Me respondió Carlos, sacándose el cinturón con un ruido metálico que me heló la sangre.
— ¡No entendés, yo antes era un hombre! ¡Es la pastilla, te lo juro! Le dije, desesperada por quemar mi último cartucho para que me soltara.
— ¿Qué hombre ni qué carajo? Sos una mina terrible con un orto gigante que está pidiendo pija desde anoche, no me vengas con versos raros ahora. Me respondió él, ignorando mis palabras mientras escuchaba cómo se bajaba el cierre del jean.
— ¡Por favor, no! Soy virgen ahí atrás, nunca me hicieron nada, me va a doler un montón. Le dije, sintiendo el roce caliente de su carne enorme apoyándose directo en mi intimidad desprotegida.
— Tranquila que te voy a coger el culo bien duro para que aprendas quién es tu macho, enfermerita. Me respondió Carlos, y sin ningún tipo de anestesia ni aviso, empujó toda su verga gruesa y ruda de un solo viaje adentro mío.
El dolor anal fue un estallido negro que me partió el cuerpo en dos; sentí cómo mi carne nueva y estrecha se desgarraba y se estiraba al límite mientras él me agarraba firme de las caderas para empezar a darme embestidas brutales, secas y salvajes que me hacían golpear la cabeza contra las bolsas.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, pará por favor, me duele muchísimo, me vas a romper toda! Le grité, soltando gemidos agudos y desgarradores que rebotaban en las paredes del almacén abandonado mientras el tipo se la pasaba dándome chirlos en la cola al ritmo de sus empujones.
— ¡Gritá, puta, gritá que me encanta ver cómo te deforma el orto mi pedazo! Me respondió él, riéndose a carcajadas en mi oreja mientras me pegaba los huevos contra las nalgas en cada embestida salvaje.
Estuvo treinta minutos dándome como a un trapo de piso, humillándome y disfrutando de cómo mi cuerpo transformado se doblaba entero ante su poder, hasta que el dolor se empezó a mezclar con un morbo asqueroso que me hacía arder la entrepierna.
— Por favor, te lo ruego... pará... no aguanto más el dolor, hacé lo que quieras pero sacámela de ahí atrás. Le supliqué, totalmente destruida, entregándole la poca dignidad que me quedaba como Alejandro.
— Paro solo si te ponés de rodillas y me la chupás bien de puta, sin asco. Me respondió él, dándome un último empujón bruto antes de salir de mi culo con un ruido húmedo que me dejó temblando.
— Sí, sí, acepto, lo que quieras pero no me des más por ahí. Le dije, dándome la vuelta con dificultad sobre las rodillas raspadas, completamente sometida a su voluntad.
after

Me quedé de rodillas sobre el cemento mugriento, con el vestido blanco destrozado arriba del pecho y las lolas pesadas colgando desnudas frente a él, sintiendo el gusto amargo de las lágrimas mezclado con la saliva. Carlos se paró firme frente a mi cara, estirando su verga enorme, venosa y caliente, que todavía estaba brillando por el fluido de mi humillación anal.
— Dale, abrí la boquita y demostrá para qué servís, que tenés toda la jeta de trola. Me dijo, apoyándome la punta de su carne directo en los labios pintados.
— Está bien... voy a hacerlo... mi macho. Le dije con un hilo de voz, vencida por el terror y el placer prohibido de llamarlo así.
Abrí la boca despacio y dejé que me la metiera hasta el fondo de la garganta, sintiendo el sabor fuerte, rudo y amargo de su piel de macho alfa, que me hizo lagrimear al instante por el reflejo de la náusea.
— Así, tragatela toda, que este es tu verdadero castigo por andar calentando pibes con ese putidisfraz de enfermera. Me respondió él desde arriba, manteniéndose firme, disfrutando de ver cómo una mina tan fuerte se ahogaba con su tamaño sin que él tuviera que mover un dedo.
bully

Empecé a mover las manos finitas, agarrándole la base de la verga con timidez mientras subía y bajaba la cabeza, lamiéndole las venas gruesas y mirándolo de rodillas desde abajo con los ojos brillosos llenos de sumisión absoluta. El contraste de mi piel de seda blanca contra su hombría oscura y velluda era la prueba de que Alejandro ya no existía; ahora solo quedaba Mia, su puta personal de callejón.
— Mirame bien cuando me la chupás, trola, que quiero ver esa cara de sumisa que tenés cuando sentís el gusto de tu dueño. Me dijo Carlos, cruzándose de brazos mientras me dominaba por completo con la mirada fija en mi boca trabajando.
— Es muy grande... me ahogo... pero está rica... amo. Le dije entre jadeos y saliva, interrumpiendo la chupada un segundo antes de volver a metérmela entera en la boca, completamente adicta a su dominación bruta.
cambio de cuerpo


Me pegó un tirón del brazo que me hizo reaccionar y me subió de un movimiento bruto arriba de la montaña de bolsas de cemento, dejándome sentada sobre la lona polvorienta. Se agachó con rabia, me agarró primero un tobillo y después el otro, sacándome los dos zapatos de taco aguja para revolearlos contra la pared mugrienta del galpón.
— Ponete bien atrás, apoyá la espalda en esas bolsas y abrime las piernas de par en par, que te voy a volver a romper ese culo gigante que tenés. Me dijo Carlos, acomodándose la remera mientras me miraba fijamente desde arriba con los ojos inyectados en sangre.
— No, por favor... ya te la chupé toda, pensé que con eso me ibas a dejar tranquila. Le dije, temblando de pies a cabeza mientras abría las piernas despacio por el puro terror de recibir otro golpe de su mano ruda.
— Acá no se termina nada hasta que yo me canse, muñeca, así que abrite bien y no me hagas perder el tiempo. Me respondió él, metiéndose entre mis muslos desnudos y suaves para aplastarme contra el cemento duro.
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Me quedé completamente expuesta, sentada en las bolsas con la espalda apoyada en la pared y las piernas abiertas al límite, sintiendo cómo el aire daba directo en mi intimidad herida y dolorida por la primera paliza. Carlos me agarró las rodillas con sus manos gigantes, empujándolas hacia mis hombros para abrirme todavía más el camino mientras se acomodaba la verga caliente en la entrada.
— Te lo ruego por lo que más quieras, Carlos, no me entres otra vez ahí atrás que me vas a terminar de romper toda. Le dije, llorando a moco tendido mientras sentía la punta de su carne presionando la piel sensible que me ardía como el fuego.
— Callate la boca y bancatela, trola, que vos solita te buscaste que te atienda de esta manera. Me respondió él, largando una carcajada pesada mientras me clavaba los dedos en los muslos para dejarme inmóvil.
— Si querés que te tenga un poco de piedad, agarrate las nalgas vos misma y abritelas bien grandes para que te entre directo hasta el fondo. Me dijo, mirándome con desprecio absoluto mientras me empujaba despacio para hacerme sentir todo su tamaño.
De hombre a mujer

— Sí, sí, por favor... voy a ser una buena chica, te juro que voy a hacer todo lo que me pidas pero no seas tan bruto. Le dije, estirando mis manos temblorosas hacia atrás para agarrarme los cachetes de la cola y separármelos yo misma, entregándole el control total de mi cuerpo.
Como vi que no me hacía caso y que se me venía encima con toda la fuerza para volver a perforarme, la desesperación me bloqueó la mente y bajé una de mis manos directo hacia mi entrepierna húmeda. Comencé a frotar mi clítoris con los dedos de manera salvaje, buscando desesperadamente que ese placer nuevo me adormeciera un poco la zona y me diera algo de lubricación para aguantar el desgarro anal que se me venía.
— Mirá cómo se toca la putita mientras le arranco el orto, sos una enferma total, mami. Me respondió Carlos, metiéndome toda la verga de un solo empuje violento que me hizo arquear la columna y clavar las uñas en las bolsas de cemento.
El dolor me partió al medio otra vez, una presión insoportable que me llenó los ojos de lágrimas mientras mi mano no paraba de moverse abajo, mezclando el sufrimiento del anal con los espasmos calientes de mi nueva anatomía de mujer.
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Después de otra tanda de embestidas secas que me dejaron el culo destruido y latiendo, me agarró del pelo castaño y me bajó de la pila de cemento de un tirón, obligándome a ponerme otra vez de rodillas frente a sus pantalones. El tipo ya estaba respirando agitado, con la verga completamente roja y venosa apuntando directo a mis ojos llenos de lágrimas.
— Sácame la lengua bien afuera, que te vas a tomar hasta la última gota de tu dueño por haber sido tan regalada. Me dijo Carlos, agarrándome firme de la coronilla con una mano mientras con la otra se pajeaba con movimientos rápidos y brutales en mi cara.
— ¡Ahhh, ahhh! Sí, dámela toda acá adentro... hacé lo que quieras... mi macho. Le dije entre sollozos y jadeos, sacando la lengua por completo mientras esperaba el impacto de su leche.
— Tomá todo tu castigo, trola, tragate bien mi orgullo. Me respondió él, pegando un grito ronco mientras se venía encima y se corría con violencia, llenándome la lengua, los labios y los cachetes con chorros calientes de semen espeso.
Me quedé inmóvil, saboreando la amargura de su fluido rudo que se me mezclaba con la saliva, sintiendo la humillación total de estar totalmente dominada por la fuerza de un macho alfa.
De Hombre A Mujer: El After De La Enfermera

Carlos dio un paso atrás, subiéndose el cierre del jean con total tranquilidad mientras se largaba a reír a carcajadas de ver el desastre que había dejado en el piso. Yo me subí como pude a la montaña de cemento, arrastrando las piernas heridas y sentándome de costado porque el dolor en el orto era insoportable.
— Mirá la cara de puta que te dejé, estás hermosa toda manchada, enfermerita. Me dijo Carlos, burlándose de mí mientras se acomodaba la campera de cuero.
— Sos un hijo de puta... me rompiste todo el culo, me duele un montón. Le dije, pasándome los dedos finitos por las mejillas para limpiarme el resto de semen que me colgaba de la boca.
— No te quejes que bien que te gustó la lección, ahora vas a volver a tu casa sabiendo quién manda en el barrio. Me respondió él, dándome la espalda para caminar hacia la salida del galpón abandonado.
— No sé cómo voy a hacer para caminar hasta mi casa con este dolor, sos un bruto. Le dije, tocándome la zona anal con la yema de los dedos, sintiendo la hinchazón y el calor del desgarro.
— Hubieras pensado en eso antes de salir vestida de puta a provocar a los hombres en el boliche, nena. Me respondió él, dándose la vuelta un segundo para regalarme una última mirada de desprecio.
— La próxima vez que te vea te voy a dar el doble, así que andá preparándote ese culito. Me dijo Carlos, cruzando la persiana rota para salir a la calle bajo el sol del mediodía.
— Ojalá que no te vuelva a cruzar nunca más en la vida, me arruinaste. Le dije en un susurro ahogado, quedándome sola en la oscuridad del almacén mugriento, totalmente destruida y llorando en silencio sobre las bolsas de cemento.
after

Me quedé completamente sola en el silencio pesado del almacén, escuchando cómo los pasos de Carlos se alejaban definitivamente por la vereda. El dolor en el orto me subía por la espalda en oleadas calientes, recordándome con cada palpitación la brutalidad con la que ese tipo me había domado y destrozado la poca hombría que intentaba retener en mi mente.
Con las manos temblando de frío y del shock, me pasé los dedos por los labios y las mejillas, limpiándome la boca que todavía estaba pegajosa y cubierta por el semen espeso y amargo del borracho. Ver mis dedos finitos manchados con su rastro me dio una mezcla de asco y un calor sumiso que me hizo agachar la cabeza, asumiendo por completo mi nueva realidad.
— No puedo volver a casa así, soy un desastre viviente. Me dije a mí misma en un susurro ahogado, soltando un llanto amargo que me raspaba la garganta seca.
Estiré la tela rota y arrugada del vestido blanco de satén, haciendo fuerza para bajarla sobre mis dos pechos nuevos y pesados, tratando de tapar esas lolas que Carlos había mordido y babeado a su antojo. Mis pezones seguían durísimos, rozando la tela barata del disfraz en un constante recordatorio de la humillación que acababa de sufrir.
— Todo el barrio me va a ver el culo si salgo a la calle, la puta madre. Le dije a la oscuridad del galpón, intentando acomodar los jirones del satén alrededor de mis caderas anchas que todavía latiendo por las nalgadas brutales.
bully

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