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Miranda y su cornudito 34 - el cumpleaños de papa

Laura se quedó mirando los labios hinchados y brillantes de Carla durante varios segundos eternos. Su rostro reflejaba una batalla interna: asco profundo, vergüenza profesional, preocupación por su alumna y una curiosidad morbosa que no quería reconocer.
—No… esto está mal… —murmuró una última vez, casi sin convicción.
Carla se acercó un poco más, con voz suave y persuasiva:
—Solo un besito, profesora… por favor. Solo para probar. Nadie se va a enterar. Hágalo por mí…
Laura tragó saliva con dificultad. Sus enormes tetas subían y bajaban con la respiración agitada. El olor nauseabundo de Beto seguía invadiendo la oficina, pero ahora también sentía el aliento cálido de Carla, que todavía tenía el sabor de la verga sucia del viejo en la boca.
Con manos temblorosas, Laura se inclinó lentamente hacia adelante. Su cara estaba a solo unos centímetros de la de su alumna.
—Solo… un segundo… —susurró, más para convencerse a sí misma que para Carla.
Cerró los ojos con fuerza, como si no quisiera ver lo que estaba haciendo, y acercó sus labios a los de Carla.
El beso empezó tímido y dudoso. Los labios de Laura rozaron los de su alumna con mucha reticencia. Carla, suavemente, abrió un poco más la boca y metió la punta de su lengua.
En ese instante, Laura sintió el sabor.
El sabor fuerte, amargo, salado y pastoso del esmegma de Beto invadió su boca. Era repugnante: un gusto rancio, terroso, ligeramente ácido, mezclado con la saliva dulce de Carla. Laura hizo una mueca de asco y quiso apartarse, pero Carla le puso una mano suave en la nuca y la mantuvo allí.
—Shhh… solo un poquito más, profesora… —susurró Carla contra sus labios.
El beso se volvió más profundo. Carla metió la lengua con más decisión, compartiendo el sabor de la verga de Beto con su profesora. Laura gemía de asco dentro del beso, pero no se separaba. Su lengua, casi contra su voluntad, rozó la de Carla y probó más del sabor asqueroso.
—Ugh… es horrible… —murmuró Laura contra la boca de su alumna, pero siguió besándola.
El beso se volvió más baboso. La saliva de Carla, cargada del esmegma de Beto, pasaba a la boca de Laura. La profesora hacía pequeñas arcadas, pero continuaba. Sus enormes tetas temblaban contra el cuerpo de Carla mientras el beso se volvía más intenso y sucio.
Beto observaba todo con una sonrisa perversa y excitada.
—Así… besense rico, profesoras… miren cómo la nena le pasa mi sabor a su maestra…
Laura finalmente se separó, jadeando. Tenía los labios brillantes y una expresión de profundo asco en el rostro. Se limpió la boca con el dorso de la mano varias veces, respirando agitada.
—Dios mío… qué asco… —susurró, con la voz quebrada—. Es repugnante… amargo, pastoso… cómo puedes soportar eso todos los días, Carla…
Carla la miró con ojos suaves y comprensivos, todavía con los labios húmedos.
—Al principio da mucho asco… pero después te acostumbras… y hasta te gusta un poco. ¿Vio? No fue tan terrible…
Laura se quedó sentada en el suelo, claramente arrepentida y asqueada, pero ya no se levantó. Miraba a Carla y a Beto con una mezcla de vergüenza, confusión y una extraña excitación que no quería admitir.
Beto, con la verga todavía dura y brillante de saliva, sonrió satisfecho.
—¿Ve, profesora? Ya probó el sabor… ¿quiere seguir ayudando a su alumna favorita?
Laura no respondió. Solo se quedó allí, respirando agitada, con el sabor asqueroso de la verga de Beto todavía en la boca.

Laura se quedó un momento jadeando, con los labios hinchados y brillantes, todavía con el sabor fuerte y asqueroso del esmegma de Beto en la boca. Su cara reflejaba una mezcla de asco, vergüenza y una extraña excitación que empezaba a ganar terreno.
Carla, todavía de rodillas frente a ella, se acercó de nuevo con suavidad.
—Profesora… solo un besito más —susurró con voz dulce y persuasiva—. Ya vio que no es tan horrible… déjeme besarla otra vez.
Laura dudó, respirando agitada. Sus enormes tetas subían y bajaban con fuerza dentro de la blusa. Finalmente, con un suspiro tembloroso, murmuró:
—Solo… solo un poco más… pero nada más.
Se inclinó hacia adelante y esta vez fue ella quien inició el beso.
Al principio fue tímido, casi experimental. Sus labios rozaron los de Carla con duda. Pero Carla respondió con más pasión, metiendo la lengua lentamente. Laura soltó un pequeño gemido de sorpresa… y luego, poco a poco, empezó a aceptar el beso.
El sabor seguía siendo fuerte y repugnante, pero Laura ya no se apartaba con tanta fuerza. Su lengua empezó a moverse contra la de su alumna, probando el gusto salado y terroso que Carla le transmitía. El beso se volvió más profundo, más húmedo, más baboso.
—Mmhh… —gimió Laura contra la boca de Carla, ya no de asco puro, sino con una mezcla de repulsión y placer prohibido.
Carla notó el cambio. Sonrió dentro del beso y empezó a besar a su profesora con más intensidad, enredando su lengua con la de ella. Laura, poco a poco, se fue entregando. Sus manos, que al principio estaban rígidas sobre sus rodillas, subieron tímidamente y se posaron en la cintura de Carla.
El beso se volvió más apasionado. Laura ya no solo aceptaba… empezaba a disfrutar besar a su alumna. Gemía bajito dentro de la boca de Carla, su lengua moviéndose con más deseo, saboreando el gusto prohibido que venía de la verga de Beto.
—Dios… esto está mal… pero… —susurró Laura entre beso y beso, sin separarse del todo.
Carla, cada vez más atrevida, bajó la mirada y vio el escote pronunciado de su profesora. Las enormes tetas de Laura, pesadas y colgantes, se movían con cada respiración agitada. El escote era profundo y dejaba ver el valle suave y blanco entre sus ubres gigantes, con los pezones anchos y grandes marcándose contra la tela de la blusa.
Carla se tentó.
Mientras seguían besándose, deslizó una mano lentamente hacia arriba y la posó sobre una de las tetas gigantes de Laura. La sintió pesada, blanda y caliente bajo su palma. Sus dedos se hundieron suavemente en la carne suave y abundante.
Laura soltó un gemido ahogado dentro del beso, sorprendida.
—Carla… ¿qué estás haciendo…? —murmuró contra sus labios, pero no apartó la mano de su alumna.
Carla apretó suavemente la teta enorme, sintiendo cómo se desbordaba entre sus dedos, y siguió besando a su profesora con más pasión.
—Son tan grandes, profesora… —susurró Carla, sin dejar de tocarla—. Se ven tan suaves…
Laura gemía bajito, claramente excitada y avergonzada al mismo tiempo. Su cuerpo respondía al toque de su alumna, pero su mente seguía luchando.
—Esto… esto no está bien… soy tu profesora… —susurró, aunque su voz ya sonaba más débil y su mano subió tímidamente para acariciar el cabello de Carla mientras seguían besándose.
Beto observaba todo con una sonrisa perversa y excitada, su verga dura y sucia palpitando mientras veía a la profesora madura y voluptuosa besándose con su alumna colegiala.
El beso entre Laura y Carla se volvía cada vez más intenso y morboso, mientras la mano de Carla seguía explorando las tetas gigantes y pesadas de su profesora.


El beso entre Laura y Carla se había vuelto cada vez más profundo y apasionado. Laura ya no luchaba tanto contra el sabor fuerte que venía de la boca de su alumna; al contrario, gemía bajito y movía su lengua con más deseo.
Carla, sintiendo que su profesora se estaba dejando llevar, subió las manos hasta la blusa de Laura. Con dedos temblorosos pero decididos, empezó a desabrochar los botones uno por uno. Laura soltó un gemido de protesta débil, pero no la detuvo.
—Carla… esto ya es demasiado… —susurró contra sus labios, aunque su voz sonaba más excitada que convencida.
Carla no se detuvo. Abrió la blusa completamente y reveló el corpiño blanco de encaje que apenas contenía las enormes tetas de su profesora. Con cuidado, deslizó las manos hacia atrás y desabrochó el cierre del corpiño.
Las tetas gigantes y pesadas de Laura se liberaron de golpe. Eran enormes, maduras, con una forma de ubres colgantes y llenas. La piel era blanca y suave, con algunas venitas visibles. Los pezones eran anchos, grandes y oscuros, ya endurecidos por la excitación. Las tetas caían pesadamente hacia abajo, balanceándose con cada respiración agitada de Laura.
Carla se quedó mirando fascinada.
—Profesora… son tan grandes… tan hermosas… —murmuró, sin poder apartar la vista.
Laura, avergonzada pero excitada, se dejó llevar completamente. Sus manos subieron hasta la camisa de Carla y empezaron a desabotonarla con dedos temblorosos. Le quitó la camisa y luego el corpiño pequeño que usaba la colegiala.
Las tetas de Carla quedaron al descubierto: pequeñas, casi planas, con pezones rosados y pequeños. Eran tetas de adolescente, firmes, juveniles y casi sin volumen.
El contraste era brutal y excitante:


Las tetas de Laura: enormes, pesadas, maduras, colgantes como ubres llenas, con pezones anchos y oscuros.
Las tetas de Carla: pequeñas, planas, juveniles, con pezones rosados y delicados.


Laura miró el pecho de su alumna y soltó un gemido bajo.
—Dios mío… qué contraste… —susurró, claramente afectada por la diferencia.
Carla sonrió tímidamente y acercó su pecho plano al de su profesora. Sus tetitas pequeñas rozaron las enormes ubres colgantes de Laura. El contraste era evidente: la carne joven y firme contra la carne madura y pesada.
Laura ya no se resistía. Sus manos subieron y acariciaron las tetitas planas de Carla con ternura y deseo. Luego bajó la cabeza y besó uno de los pezones rosados de su alumna, chupándolo suavemente.
Carla gimió y arqueó la espalda, ofreciéndole más su pecho pequeño.
—Profesora… me gusta cuando me toca así…
Mientras tanto, Beto observaba todo sentado en la silla, con la verga sucia y dura en la mano, masturbándose lentamente mientras disfrutaba del espectáculo de su colegiala y su profesora madura desnudándose mutuamente.
Laura levantó la cabeza, los labios brillantes, y miró a Carla con ojos vidriosos de excitación y vergüenza.
—Esto está muy mal… pero… no puedo parar ahora —susurró, antes de volver a besar a su alumna con más pasión, sus tetas gigantes presionándose contra el pecho plano de Carla.
El contraste entre el cuerpo maduro y voluptuoso de Laura y el cuerpo juvenil y casi plano de Carla era hipnótico y profundamente pervertido.
Miranda y su cornudito 34 - el cumpleaños de papa


Beto ya no podía quedarse solo mirando. Se levantó de la silla, con la verga gruesa, vieja y todavía cubierta de esmegma palpitando frente a las dos mujeres. El olor fuerte y rancio a verga sucia se intensificó en la pequeña oficina.
—Miren qué lindo se ven… profesora y alumna besándose como putas —gruñó con voz ronca y excitada—. Ahora vengan acá. Las dos. Quiero que me hagan una doble mamada.
Se acercó a ellas, agarrando su verga por la base y agitándola frente a sus caras. La cabeza estaba brillante de saliva de Carla y restos de esmegma.
Laura, que estaba besando apasionadamente a Carla y acariciando sus tetitas planas, levantó la vista. El asco volvió a aparecer en su rostro al ver la verga fetida tan cerca, pero la calentura que sentía con su alumna la estaba dominando. Sus enormes tetas colgantes subían y bajaban con la respiración agitada.
—Yo… no sé si pueda… —murmuró dudosa, aunque ya no se apartaba.
Carla, con los labios hinchados y los ojos brillantes de excitación, miró a su profesora y le habló con voz suave pero insistente:
—Profesora… solo ayúdeme un poquito. Juntas va a ser más fácil para él acabar rápido. Yo le muestro…
Carla se inclinó primero y tomó la verga de Beto con una mano. Empezó a lamerla desde la base hasta la cabeza, pasando la lengua por la capa de esmegma. Luego miró a Laura y le acercó la verga.
—Venga, profesora… solo lámale un poco conmigo. Ya vio que el sabor no es tan malo cuando está mezclado…
Laura dudó un segundo más, pero la excitación que sentía después de besar y tocar a Carla era más fuerte que el asco. Se inclinó lentamente, sus tetas gigantes colgando pesadamente, y sacó la lengua con timidez.
Dio una primera lamida vacilante sobre la cabeza de la verga de Beto. El sabor fuerte y rancio la hizo arrugar la nariz, pero no se apartó. Carla, a su lado, lamía el otro lado de la verga, y sus lenguas se rozaban mientras limpiaban el esmegma.
—Así… muy bien, profesora —susurró Carla, animándola—. Lámale conmigo… mire cómo se pone más duro.
Poco a poco, Laura se fue dejando llevar. La calentura con Carla la estaba haciendo tolerar mucho más el asco. Empezó a lamer con más decisión, pasando su lengua por la verga fetida de Beto, recogiendo el esmegma pastoso y tragándolo con pequeñas arcadas que ya no eran tan violentas.
Beto gemía de placer, mirando hacia abajo el espectáculo:
—Qué rico… la profesora de tetas enormes y la colegiala chupándome la verga juntas… lamán más profundo, putas… métanla en la boca.
Carla abrió la boca y metió la cabeza de la verga dentro, chupando con ganas. Luego se la sacó y se la ofreció a Laura.
—Ahora usted, profesora… métasela un poquito en la boca. Yo le ayudo.
Laura, con la cara roja y los ojos vidriosos, dudó solo un segundo más. La excitación había ganado. Abrió la boca y dejó que Carla le guiara la verga sucia de Beto entre sus labios.
La cabeza entró en su boca. Laura hizo una mueca de asco al sentir el sabor intenso, pero siguió chupando. Carla, a su lado, lamía el tronco y los huevos sucios de Beto, y de vez en cuando besaba a su profesora en los labios mientras ambas compartían la verga.
Beto agarró la cabeza de Laura con una mano y la de Carla con la otra, follándoles la boca alternadamente.
—Así me gusta… dos putas lamiéndome la verga al mismo tiempo. Profesora, chúpela más profundo… ya ve que aunque apeste, le está gustando, ¿verdad?
Laura gemía alrededor de la verga, con lágrimas de asco y placer en los ojos. Ya no se resistía tanto. La calentura con Carla la había hecho tolerar el asco hacia la verga fetida de Beto. Chupaba con más ritmo, aunque todavía hacía pequeñas arcadas cada vez que tragaba un pedazo grande de esmegma.
Carla sonrió y besó a su profesora en la comisura de los labios mientras ambas seguían mamándole la verga a Beto.
—Vea, profesora… ya lo está haciendo muy bien…
Las dos mujeres —la madura profesora de tetas gigantes y la joven colegiala de tetas planas— seguían arrodilladas, compartiendo la verga sucia y apestosa de Beto en una doble mamada cada vez más entregada.

Beto gemía cada vez más fuerte, agarrando con fuerza la cabeza de Laura mientras las dos mujeres le mamaban la verga sucia. Carla lamía el tronco y los huevos, y Laura chupaba la cabeza con una mezcla de asco y excitación creciente.
— ¡Me voy a correr…! —gruñó Beto de repente.
Empujó la cabeza de Laura hacia adelante y descargó violentamente en su boca. Chorros espesos, calientes y abundantes de semen salieron de su verga vieja, llenando la boca de la profesora. Laura abrió mucho los ojos, sorprendida por la cantidad. El semen tenía un sabor fuerte, amargo y salado. Tragó como pudo, pero parte se le escapó por las comisuras de los labios y chorreó sobre sus enormes tetas colgantes.
—Trágatelo todo, profesora… —ordenó Beto mientras seguía eyaculando.
Laura tragó con dificultad, haciendo arcadas, pero lo hizo. Cuando Beto finalmente sacó la verga de su boca, Laura quedó jadeando, con los labios hinchados, semen en la barbilla y goteando sobre sus tetas gigantes.
Se quedó unos segundos en silencio, procesando lo que acababa de hacer. De pronto, la realidad la golpeó como una bofetada.
—Esto… esto tiene que terminar ahora —dijo con voz temblorosa pero firme, limpiándose la boca y las tetas con un pañuelo—. Es demasiado arriesgado. Estamos en la escuela, cualquiera podría haber entrado. Carla, subite la ropa. Beto, subite los pantalones. Se tienen que ir ya.
Carla se levantó rápidamente y se acomodó la camisa y la pollerita. Beto se subió los pantalones con calma, todavía con una sonrisa satisfecha.
—Volveré por más —dijo Beto mirando a Laura con descaro—. Me gustó cómo chupás, profesora. La próxima vez quiero ver esas tetas enormes rebotando mientras te follo.
Laura se sonrojó violentamente y señaló la puerta.
—Váyanse. Ahora. Y tengan mucho cuidado al salir. No quiero verlos juntos nunca más dentro de la escuela.
Carla y Beto salieron disimuladamente de la oficina. Carla se fue primero hacia su aula para recoger sus cosas, y Beto esperó unos minutos antes de escabullirse por una salida lateral.
Laura se quedó sola en su oficina. Cerró la puerta con llave y se dejó caer en su silla. Tenía el sabor del semen de Beto todavía en la boca, las tetas pegajosas y el coño mojado a pesar de todo.
Se llevó una mano a la frente y murmuró para sí misma, con voz temblorosa:
—Dios mío… ¿qué acabo de hacer? Besé a mi alumna… chupé la verga sucia de ese viejo asqueroso… y me gustó… ¿Cómo pude permitir que una chica tan joven me llevara a esto? Carla tiene solo 14 años… y yo… yo soy su profesora. ¿En qué estaba pensando?
Se miró en el pequeño espejo que tenía sobre el escritorio. Tenía los labios hinchados, restos de semen seco en la barbilla y una expresión de culpa y excitación mezcladas.
—Esto no puede volver a pasar… —susurró, aunque en el fondo sabía que una parte de ella ya quería que volviera a pasar.
Se quedó allí sentada, pensando en lo que había ocurrido, en el contraste entre su cuerpo maduro y el de Carla, en el sabor asqueroso de Beto… y en cómo, a pesar de todo, su coño seguía palpitando de excitación.
Al día siguiente – Final de la última clase
Laura pasó toda la clase evitando mirar directamente a Carla. Cada vez que sus ojos se cruzaban, la profesora bajaba la vista rápidamente, con las mejillas ligeramente sonrojadas. Recordaba demasiado bien lo que había ocurrido el día anterior: el beso sucio, el sabor del esmegma de Beto en su boca, las tetas de Carla contra las suyas… y cómo se había dejado llevar.
Cuando sonó la campana y los alumnos empezaron a guardar sus cosas y salir, Laura carraspeó y levantó la voz:
—Carla, ¿puedes quedarte un momento más? Quiero hablar contigo sobre tu tarea de Matemáticas. Hay algunos errores que me gustaría revisar.
Las demás chicas salieron charlando y riendo, sin sospechar nada. Carla se quedó sentada, nerviosa, sabiendo que no se trataba realmente de la tarea.
Cuando el aula quedó completamente vacía y la puerta se cerró, Laura se levantó de su escritorio y se acercó a Carla. Se quedó de pie frente a ella, con las manos entrelazadas y visiblemente avergonzada.
—Carla… lo de ayer… estuvo mal —dijo con voz baja y temblorosa—. Muy mal. Yo soy tu profesora, tengo una responsabilidad contigo. No debí haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Me dejé llevar por la situación y… te pervertí. Lo siento mucho. No sé qué me pasó.
Carla levantó la mirada y sonrió con suavidad, sin rastro de arrepentimiento.
—Profesora… está bien. De verdad. No tiene que disculparse.
Laura negó con la cabeza, todavía avergonzada.
—No, Carla. Eres muy joven. Yo soy una adulta, una maestra… no debí haber besado a mi alumna, ni haber… chupado esa verga asquerosa delante de ti. Fue un error grave.
Carla se puso de pie lentamente y se acercó un poco más a su profesora. Su voz era calmada y sincera:
—Profesora Laura, yo ya había probado cosas con mujeres antes. No soy tan inocente como cree.
Laura la miró sorprendida.
—¿Qué quieres decir?
Carla bajó la mirada un segundo, luego levantó la vista con una mezcla de timidez y orgullo:
—Con mi hermanita Juana… y con mi mamá, Miranda. Hemos hecho cosas juntas. Nos besamos, nos tocamos… mi mamá me ha penetrado con su arnés y yo también la he penetrado a ella. Y con Juana… nos hemos lamido y metido los dedos. No es la primera vez que estoy con una mujer. Por eso no me molesta lo que pasó ayer. Al contrario… me gustó besarla.
Laura se quedó muda. Sus enormes tetas subieron y bajaron con una respiración profunda. La confesión la había impactado profundamente.
—¿Tu mamá…? ¿Y tu hermana…? —repitió, casi sin voz—. ¿Estás diciendo que tienes relaciones sexuales con tu propia madre y tu hermana?
Carla asintió con naturalidad.
—Sí. Es algo que hacemos en casa. Mi papá también participa, pero él es más pasivo. Mi mamá es la que lleva las riendas. Por eso cuando ayer nos besamos… no me pareció tan raro. Me gustó mucho sentir sus tetas contra las mías.
Laura se quedó en silencio durante un largo rato, procesando todo. Su mente era un torbellino: sorpresa, morbo, culpa y una extraña excitación que volvía a aparecer.
—No sé qué decir… —murmuró finalmente—. Pensé que eras una chica inocente… y resulta que tienes una vida sexual mucho más… complicada que la mía.
Carla sonrió con dulzura y se acercó un paso más.
—Profesora… no tiene que sentirse mal por lo de ayer. Si quiere… podemos hablar más sobre esto. O si prefiere olvidarlo, también está bien. Pero yo no me arrepiento.
Laura se quedó mirando a su alumna favorita, con el corazón latiéndole fuerte. El recuerdo de los besos, del sabor prohibido y del contraste entre sus cuerpos seguía muy fresco.
Se pasó una mano por la cara y suspiró.
—Necesito tiempo para pensar… Esto es demasiado para procesar en un día.


Laura se quedó sentada en su silla, completamente anonadada. Sus ojos estaban muy abiertos y su boca entreabierta, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Incesto…? —repitió en voz baja, casi sin aliento—. ¿Con tu mamá… y con tu hermanita Juana? ¿Estás hablando en serio, Carla?
Carla asintió con calma, sin vergüenza. Se sentó en el borde del escritorio de su profesora, con la pollerita tableada subiendo un poco por sus muslos.
—Sí, profesora. Es verdad. En mi casa las cosas son así. Mi mamá es la que lleva todo. Ella nos enseñó a mi hermana y a mí. Al principio yo también me asusté… pero después me di cuenta de que me gustaba mucho.
Laura se llevó una mano al pecho, sobre sus enormes tetas, como si le faltara el aire.
—Dios mío… no puedo creerlo. Eres tan joven… y tu mamá… ¿cómo pudo hacerte eso?
Carla sonrió con suavidad y continuó hablando con voz tranquila:
—Le voy a contar tres cosas que me han pasado, para que entienda mejor.
Primera experiencia:
—Una noche, después de que mi papá se durmió, mi mamá me llamó a su habitación. Juana ya estaba ahí, desnuda. Mamá me dijo que me quitara la ropa y me acostara con ellas. Primero nos besamos las tres… lengua con lengua. Después mamá me puso en cuatro patas y me penetró con su arnés por el ano mientras Juana me lamía el coño. Yo me corrí muy fuerte esa noche. Mamá me decía “así, mi nenita, deja que mamá te abra el culito mientras tu hermanita te chupa”.
Laura tragó saliva con dificultad, visiblemente afectada.
Segunda experiencia:
—Otra vez, mi mamá nos hizo jugar a “las nenitas que se ayudan”. Nos puso a Juana y a mí una frente a la otra, desnudas, y nos dijo que nos tocáramos mutuamente. Yo le metí dos dedos en el coño a Juana mientras ella me metía los dedos en el ano a mí. Mamá nos miraba desde la cama, tocándose, y nos decía cosas sucias: “Miren cómo se follan entre hermanas… qué putitas más ricas son”. Terminamos las dos corriéndonos al mismo tiempo, besándonos con lengua mientras mamá nos miraba.
Laura se removió en su silla, claramente incómoda y excitada a la vez. Sus pezones se marcaban contra la blusa.
Tercera experiencia:
—La más fuerte fue cuando mamá nos llevó a las tres al baño. Nos metió en la ducha y nos hizo lavarnos mutuamente. Después se arrodilló y nos lamió el ano a las dos, una después de la otra. Luego nos hizo arrodillarnos a Juana y a mí y nos hizo lamerle las tetas gigantes y chuparle los pezones mientras ella se masturbaba. Al final mamá se corrió muy fuerte y nos salpicó la cara con sus jugos. Nos dijo que éramos sus “nenitas putas privadas” y que eso era amor de verdad entre mamá e hijas.
Cuando Carla terminó de contar las tres experiencias, Laura estaba roja como un tomate. Tenía la respiración agitada y las manos apretadas sobre el escritorio. Sus enormes tetas subían y bajaban visiblemente.
—No… no puedo creerlo —susurró Laura, casi sin voz—. Tu propia madre… y tu hermanita… haciendo esas cosas contigo. Y tú… pareces tan tranquila contándolo.
Carla se encogió de hombros con una sonrisa suave.
—Porque para mí ya es normal, profesora. En mi casa el sexo es parte del amor familiar. Mi mamá dice que es hermoso compartir el cuerpo con las personas que más queremos.
Laura se quedó en silencio durante un largo rato, procesando todo. Su mente era un torbellino de shock, morbo, culpa y una excitación que no podía controlar.
Finalmente, con voz baja y temblorosa, murmuró:
—Carla… esto es… demasiado. No sé cómo procesar todo esto. Eres mi alumna… y ahora sé que tienes una vida sexual con tu mamá y tu hermana que yo ni siquiera podía imaginar.
Carla se acercó un poco más y le puso una mano suave sobre el brazo de su profesora.




Carla todavía estaba de pie frente al escritorio de la profesora Laura, que la miraba con los ojos muy abiertos y una mezcla de shock y fascinación. Después de contarle las tres experiencias, Carla sonrió con picardía y añadió:
—Y a veces… también participa mi papá.
Laura parpadeó, claramente abrumada.
—¿Tu papá también…?
Carla soltó una risita suave, casi divertida, como si estuviera contando algo cotidiano.
—Sí. Pero él no es como mamá. Papá participa de forma pasiva. Mamá lo llama “el mariquita cornudo de la familia”. Ella lo penetra con su arnés por el culo mientras nosotras miramos. A nosotras nos chupa los pies y el culito. Le encanta arrodillarse y lamer nuestros anos después de que mamá nos haya follado.
Laura se quedó muda, con la boca entreabierta.
Carla siguió hablando entre risitas, como si le hiciera gracia:
—En algunas ocasiones, si nosotras queremos, nos besamos en la boca con papá. Pero solo besos… nada más. Él quiere follarnos, sobre todo por el culo, pero mamá no se lo permite. Le dice: “Vos sos la putita pasiva de la familia, Eduardo. Tu verga chiquita y flácida no sirve para follar a mis nenitas. Tu lugar es lamer culitos y que yo te rompa el orto”.
Carla se rio bajito, recordando.
—Una vez mamá lo tuvo en cuatro patas mientras nos follaba a Juana y a mí con el arnés. Papá solo podía lamer nuestros pies y chupar nuestros culitos mientras mamá nos penetraba. Al final mamá se corrió dentro de mí y le ordenó a papá que me limpiara el ano con la lengua… lleno de su semen. Él lo hizo sin protestar.
Laura estaba roja como un tomate. Sus enormes tetas subían y bajaban con fuerza. No sabía dónde meterse.
—Carla… esto es… demasiado —logró decir con voz débil—. Tu papá… participando de esa forma… lamiendo… siendo penetrado por tu mamá… mientras vos y tu hermana…
Carla se encogió de hombros con naturalidad.
—Para nosotras ya es normal. Mamá dice que papá nació para ser el cornudito pasivo. Él se excita viéndonos ser folladas por ella o por los machos sucios como Beto. Y nosotras… nos gusta verlo así. Es parte del juego familiar.
Laura se pasó una mano por la cara, claramente abrumada por todas las confesiones.
—No sé qué decir… Pensé que tu familia era normal… y resulta que tienes orgías incestuosas donde tu mamá domina a todos, tu papá es la putita pasiva y tú y tu hermanita… se dejan hacer de todo.
Carla sonrió con dulzura y se acercó un paso más.
—No se asuste, profesora. Es amor de familia… solo que un poco diferente. Si quiere… puedo contarle más detalles otro día. O si prefiere no saber nada más, también está bien.
Laura se quedó mirando a su alumna favorita durante un largo rato. Su mente era un torbellino: imágenes de Miranda penetrando a su marido, lamiendo culitos de sus hijas, besos incestuosos, pies y anos siendo chupados… todo mezclado con la excitación que todavía sentía en su propio cuerpo.
Finalmente, con voz baja y temblorosa, murmuró:
—Carla… vete a casa. Necesito estar sola un rato. Esto es… demasiado para procesar en un solo día.
Carla asintió respetuosamente, tomó sus cosas y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró y dijo con una sonrisa:
—Si alguna vez quiere saber más… o probar algo… solo dígamelo, profesora.
Cuando Carla se fue, Laura se quedó sola en el aula vacía. Se dejó caer en su silla, con el corazón latiéndole fuerte y la entrepierna húmeda a pesar de todo el shock.
—Dios mío… ¿qué clase de familia es esa? —susurró para sí misma, todavía con las imágenes de la confesión de Carla dando vueltas en su cabeza.

Unos días después – Vida familiar normalizada
La rutina en casa de Miranda y Eduardo se había consolidado en una extraña pero fluida dinámica. Por fuera, seguían siendo una familia “normal”: madre amorosa, padre trabajador, tres hijas (dos biológicas y una trans) que iban a la escuela. Pero dentro de las paredes de la casa, todo giraba alrededor del deseo de Miranda y la sumisión del resto.
Miranda era el centro absoluto. La Hotwife dominante, la mamá que marcaba las reglas. Ella decidía cuándo y cómo se follaban sus hijas, cuándo su marido cornudo podía lamer o ser penetrado, y cómo cada “novio” indigente podía usar a su respectiva nenita.
Camilita y Dogoberto
Camilita, la más chica y delicada, se había convertido completamente en la “nenita” de Dogoberto. Cada noche, después de la cena, Camilita se ponía su camisón corto y transparente y subía al cuarto que compartía con su macho. Dogoberto, gordo, calvo, apestoso y maloliente, la esperaba en la cama.
Miranda pasaba a controlar casi todas las noches. Se sentaba en una silla al lado de la cama y observaba con orgullo maternal cómo Dogoberto follaba el culito de su hija trans. Camilita gemía aniñadamente mientras el viejo la penetraba por el ano, y Miranda le daba indicaciones suaves:
—Abrí más las piernitas, Camilita… dejá que tu macho te llene bien. Mamá quiere ver cómo te corre dentro.
Dogoberto gruñía y embestía con fuerza, mientras Camilita, con su jaulita de castidad puesta, solo podía correrse por estimulación anal.
Carla y Beto
Carla, la mayor, tenía la relación más bruta y humillante. Beto era dominante y grosero. Casi todas las tardes, cuando Carla volvía de la escuela, Beto la esperaba en su habitación. La ponía en cuatro patas con el uniforme todavía puesto y la follaba analmente sin piedad, llamándola “colegiala puta” y comparándola con sus amiguitas inocentes.
Miranda pasaba a mirar de vez en cuando. Se sentaba en la cama y acariciaba el cabello de Carla mientras Beto la sodomizaba:
—Así, hijita… aguantá como una buena novia. Mamá está orgullosa de que le des el culo a tu macho aunque te duela.
A veces Miranda se unía: le metía los dedos en el coño a Carla mientras Beto la follaba por el ano, o le hacía besar a su hija con lengua mientras el viejo la usaba.
Juana y Groncho
Juana, la del medio, tenía una dinámica más suave pero igualmente depravada. Groncho era menos brutal que Beto, pero igual de sucio. Todas las noches, después de la cena, Juana iba a su habitación y se ponía de rodillas para chuparle la verga sucia a su macho. Después Groncho la follaba anal o vaginalmente, siempre con Miranda supervisando de cerca.
Miranda disfrutaba especialmente con Juana. Le gustaba sentarse al lado y susurrarle al oído:
—Besá rico a tu macho, mi nenita… aunque huela mal. Mamá quiere que aprendas a amar el olor de los hombres de verdad.
A veces Miranda hacía que Juana y Carla se besaran entre ellas mientras sus respectivos machos las follaban al mismo tiempo, creando una escena de doble penetración incestuosa.
La visión general de Miranda
Miranda observaba todo con una mezcla de orgullo maternal y excitación dominante. Para ella, esto era amor familiar perfecto:


Sus hijas estaban siendo educadas para ser buenas novias sumisas de machos reales (sucios, viejos, groseros).
Su marido Eduardo era el cornudito pasivo que limpiaba culos, lamía pies y se dejaba penetrar por ella cuando ella lo deseaba.
Ella, como mamá y dueña, controlaba todo: decidía quién follaba a quién, cuándo, y cómo.


Todas las noches, después de que cada hija atendiera a su macho, Miranda reunía a la familia en la cama grande. Hacía que sus hijas le lamieran el coño y el ano mientras Eduardo lamía los pies de todos. A veces penetraba a alguna de sus hijas con el arnés mientras las otras miraban.
Esa noche, mientras Miranda observaba cómo Beto follaba el culo de Carla en la habitación de al lado, sonrió satisfecha y pensó:
“Mis nenitas están aprendiendo bien. Cada una con su macho sucio… y todas bajo el control de mamá.”


Se aproximaba el cumpleaños de Eduardo y Miranda quería prepararle una sorpresa especial… pero solo en familia. Nada de Beto, Groncho ni Dogoberto. Quería que fuera algo íntimo, solo entre ellos cinco.
Unos días antes, Miranda compró entradas para la final de la Copa de Fútbol y se las regaló a los tres machos. Les dijo con una sonrisa dulce pero firme:
—Ustedes tres se merecen un buen partido. Vayan, diviértanse y emborráchense todo lo que quieran. Ese día la casa es solo para la familia.
Beto, Groncho y Dogoberto aceptaron encantados. La idea de ir a la final los entusiasmaba más que quedarse en casa.
Esa misma noche, después de que los machos se fueran a dormir, Miranda reunió a sus tres hijas en la sala. Carla, Juana y Camilita se sentaron en el sofá, curiosas.
—Hijitas… —empezó Miranda con voz suave pero cargada de morbo—. Para el cumpleaños de papá quiero prepararles una sorpresa muy especial. Solo nosotros cinco. Nada de novios. Quiero que sea algo íntimo, solo de familia.
Las tres chicas se miraron entre sí. Miranda continuó:
—Papá siempre ha sido muy bueno con nosotras. Ha aceptado todo: que yo sea una hotwife, que ustedes tengan sus machos, que él sea el cornudito pasivo de la casa. Por eso, como regalo de cumpleaños, les voy a pedir algo importante.
Hizo una pausa y las miró una por una.
—Quiero que las tres tengan sexo con papá. Sexo completo. Que lo dejen penetrarlas. Coño y culo. Quiero que por un día él pueda sentir lo que es ser el macho de la casa… aunque sea solo por unas horas.
Las tres chicas se quedaron en silencio, claramente dudosas.
Carla fue la primera en hablar, con el ceño fruncido:
—Pero mamá… papá nunca nos ha penetrado. Siempre ha sido pasivo. Lo queremos mucho, pero… lo vemos como mariquita. No sé si voy a poder excitarme con él. Me da cosa pensar en su verga chiquita y flácida…
Juana asintió, mordiéndose el labio:
—Yo también lo amo, pero… lo veo como el que lame culos y se deja follar por mamá. No como un hombre que pueda cogerme. Me da vergüenza.
Camilita, la más aniñada, se sonrojó intensamente:
—Mami… yo soy nenita… y papá es… papá. No sé si voy a sentirme cómoda dejando que me penetre. Siempre ha sido la putita de la casa…
Miranda las escuchó con paciencia y comprensión. Se acercó y les acarició el cabello a las tres.
—Entiendo perfectamente sus dudas, mis nenitas. Papá es nuestro mariquita cornudo y lo amamos así. Pero justamente por eso quiero darles este regalo. Quiero que por un día él se sienta deseado como hombre. Quiero que sientan lo que es tener a su propio padre dentro de ustedes… aunque sea diferente a lo que sienten con Beto, Groncho o Dogoberto.
Miranda las miró con cariño y morbo:
—Será solo por su cumpleaños. Después todo vuelve a la normalidad. ¿Aceptan? ¿Le harían este regalo a papá?
Las tres chicas se miraron entre sí, todavía dudosas. Carla suspiró:
—Está bien, mamá… si es solo por un día y es para hacerlo feliz… yo acepto.
Juana y Camilita, después de un momento, también asintieron, aunque con cierta reticencia.
—Nosotras también… —dijeron casi al unísono.
Miranda sonrió con orgullo y las abrazó a las tres.
—Mis nenitas buenas. Mamá está muy orgullosa de ustedes. Vamos a preparar algo hermoso para papá. Les prometo que va a ser una noche especial.
Las tres chicas se quedaron abrazadas a su mamá, todavía con dudas en la cabeza: querían mucho a su padre, pero lo veían como el mariquita pasivo de la casa… y ahora tendrían que dejar que las penetrara.
Miranda, en cambio, ya estaba excitada solo de imaginar la escena: sus tres hijas siendo folladas por su propio padre cornudo, aunque fuera por una sola noche.
El cumpleaños de Eduardo se acercaba… y la sorpresa familiar estaba en marcha.

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