
Este es el Capítulo 4 de mi serie de erotismo extremo y degradación. Si te excita el morbo, te recomiendo leer los primeros 3 capítulos para ver cómo empieza todo.
Capitulo 4: Chantaje
Elena seguía arrodillada en el suelo de la oficina, jadeando como un animal. Gruesos hilos de semen mezclado con saliva le corrían por la barbilla y goteaban pesadamente sobre sus tetas desnudas, deslizándose por su piel clara hasta manchar el crucifijo de plata que pendía entre ellas. El símbolo sagrado brillaba, completamente profanado.
Ricardo ya se había subido el pantalón y se había sentado en su sillón de cuero como si nada hubiera pasado, con esa sonrisa arrogante y satisfecha.
—Límpiate esa cara de puta y vete a trabajar —dijo con desprecio—. Y la próxima vez que llegues tarde… el castigo será mucho peor, te lo aseguro.
Elena se vistió con manos temblorosas, usando pañuelos de papel para intentar limpiarse el desastre de semen y saliva que le cubría el pecho y el cuello. Cada movimiento le recordaba lo que acababa de hacer. Salió de la oficina sin mirar a nadie, con las piernas débiles y una culpa tan pesada que sentía que le aplastaba el pecho.
“Dios mío… ¿qué he hecho? Soy una sucia… una puta asquerosa… Diego no se merece esto. Él me ama, confía en mí… y yo acabo de tragarme la verga de mi jefe como una zorra barata.”
Justo segundos antes que saliera de la oficina:
Felix —el nuevo practicante de 18 años— estaba congelado en el pasillo. Era solo su segundo día en la empresa.
Había llegado en el peor (o mejor) momento posible para entregar unos reportes. Escuchó absolutamente todo: los gemidos ahogados, los insultos degradantes, el sonido obsceno y húmedo de una garganta siendo follada sin piedad, los gorgoteos, las arcadas y saber que los gemidos de Elena expresaban placer y disfrute.
Felix sintió que su corazón se aceleraba. La imagen de la señorita Elena —la más respetada, amable y religiosa de toda la constructora— arrodillada chupándole la verga al jefe era demasiado.
Se escondió rápidamente en el baño de hombres, entró a un cubículo y cerró la puerta con el corazón latiéndole a mil.
“No puede ser… la señora Elena Ruiz… siempre tan correcta, con su crucifijo y su moñito perfecto… ¿rogándole al jefe que le folle la boca?”
Su mente astuta de 18 años ya estaba trabajando a toda velocidad. Sacó su celular y revisó la grabación que había activado por instinto al escuchar los primeros gemidos. La calidad era más que suficiente.
Una sonrisa nerviosa pero calculadora se dibujó en su rostro.
—“Hoy mismo voy a buscarla… Si no quiere que todo el mundo se entere de qué clase de puta es en realidad, va a tener que quitarme la virginidad… y más. Perdere la virginidad con la señorita de Recursos Humanos
Se bajó los pantalones con manos temblorosas y empezó a pajearse furiosamente, recordando cada sonido, cada gemido, cada arcada. Se detuvo justo antes de correrse, pensando en guardar su semen para Elena.
12:30 p.m. - Hora del almuerzo
Elena intentó almorzar con normalidad en la pequeña cafetería de la empresa. Se sentó sola en una esquina, como solía hacer cuando necesitaba pensar. Pero nada era normal.
Su garganta seguía rara. Sentía la mandíbula ligeramente adolorida y un sabor persistente a semen y saliva seca. Cada vez que tragaba saliva recordaba cómo la verga gruesa de Ricardo le había invadido el esófago.
Pensamientos intrusivos y morbosos la asaltaban sin control:
“¿Cómo se sentiría tener dos vergas al mismo tiempo…? ¿Por qué sigo mojada? Debería sentir asco… repulsión… pero mi vulva no deja de palpitar. Dios, perdóname. Soy una esposa horrible. Diego me espera en casa y yo solo puedo pensar en penes…”
Lograba mantener la compostura por fuera —sonreía educadamente cuando alguien la saludaba—, pero por dentro estaba ardiendo.
13:28 p.m.
Elena estaba sentada en su escritorio, apretando los muslos con fuerza. Llevaba chorreando desde el almuerzo. Su vagina se sentía hinchada, caliente, vacío y desesperado. Cada pequeño movimiento hacía que sus labios vaginales resbaladizos se rozaran, enviando descargas de placer traicionero“¿Qué me pasa? Solo ha pasado medio día y sigo empapada… Necesito pene otra vez. No… basta, Elena. Tengo que ir al doctor… o al psicólogo. Esto no es normal.
Soy una mujer casada, decente, católica… ¿por qué mi cuerpo me traiciona de esta forma?”
En ese preciso momento, Felix se acercó a su escritorio con una carpeta en la mano, fingiendo una profesionalidad que no sentía del todo. Su corazón latía con fuerza, pero su mente era fría y calculadora.
—Señora Elena… ¿tiene un minuto? Es sobre los documentos de las prácticas.
Elena levantó la mirada. Felix era alto para su edad, delgado, de rostro juvenil pero con una mirada inteligente que contrastaba con su nerviosismo visible.
—Claro, dime, Felix.
Él miró alrededor para asegurarse de que nadie los escuchara y bajó la voz, casi en un susurro:
—Realmente vine por otra cosa, señora Elena.
Elena sintió un escalofrío.
Felix tragó saliva, pero continuó con una mezcla de timidez y determinación:
—Escuché todo esta mañana… entre usted y el señor Vargas. Todo. Los gemidos, cómo se arrodilló, cómo le rogó que la castigara con su verga… cómo se corrió tragando mientras él le follaba la garganta.
Elena palideció por completo.
—Eso… eso no es verdad. Estás mintiendo.
Felix sacó discretamente su celular y reprodujo solo diez segundos de audio: los gorgoteos húmedos, un gemido ahogado de Elena y la voz de Ricardo llamándola “perra católica”.
—Soy joven —dijo con voz baja pero firme—, pero no soy tonto. Si no quiere que todo el mundo en la empresa se entere de qué clase de puta religiosa es usted en realidad… va a tener que hacer algo por mí.
Elena sintió que el mundo se le caía bajo los pies. Un frío helado le recorrió la espalda, mientras al mismo tiempo un calor traicionero y líquido le inundaba el vientre. El miedo, la culpa aplastante y una nueva, vergonzosa oleada de excitación la golpearon con tanta fuerza que tuvo que apretar los muslos con desesperación bajo el escritorio.
—Felix… por favor —su voz salió temblorosa, casi rota—. Tengo 29 años. Estoy casada. Tú eres prácticamente un niño… esto está mal. Muy mal. Podemos dejarlo aquí, yo… yo te prometo que nunca más va a pasar. Por favor, no me hagas esto…
Su vagina palpitaba con fuerza, contrayéndose involuntariamente al imaginar lo que estaba a punto de suceder. El crucifijo de plata, aún ligeramente pegajoso por los restos de semen de Ricardo, descansaba contra su pecho, recordándole constantemente su caída.
Felix tragó saliva visiblemente. Sus manos temblaban un poco sobre la carpeta, pero sus ojos mostraban una inteligencia fría y calculadora que contrastaba con su apariencia juvenil. Había planeado cada palabra durante el almuerzo.
—Señora Elena… —dijo bajando aún más la voz, casi íntima—. Sé que está casada. Sé que va a misa. Sé que todos la ven como la mujer perfecta. Por eso mismo… esto es tan poderoso. Nadie creería que la devota Elena Ruiz se arrodilló frente al jefe rogándole que le follara la garganta como una puta barata.
Elena cerró los ojos con fuerza, humillada. Sus paredes vaginales soltaron otra fuerte contracción, soltando más jugos que empapaban sus bragas.
—Por favor… —susurró ella, casi suplicando—. No soy así… esto es solo… un error. Un terrible error.
Felix se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz temblorosa pero firme:
—Soy virgen, señora Elena. Nunca he estado con una mujer. Y desde que la vi el primer día… no he podido dejar de pensar en usted. Ahora tengo esto —levantó ligeramente el celular— y tengo una oportunidad que nunca pensé que tendría. Solo quiero que usted me quite la virginidad. Una sola vez. Si lo hace… nunca diré nada. Ni una palabra. Le juro por lo que quiera que borro el audio y nunca más la molesto.
Cada palabra de Felix hacía que la vagina de Elena palpitara más fuerte. Su mente era un huracán:
“Es un niño… solo tiene 18 años… es chantaje… estoy traicionando a Diego de la forma más baja posible… Dios me está viendo… pero… Dios… mi vagina está ardiendo solo de pensarlo. Quiero verga. Necesito que me llenen otra vez. ¿Qué clase de monstruo me estoy volviendo?”
Elena permaneció en silencio durante casi un minuto eterno, respirando agitada, con las mejillas ardiendo de vergüenza. Finalmente, con la voz quebrada y casi inaudible, murmuró:
—Solo… solo una vez. Y nunca más. ¿Entendido?
Felix asintió rápidamente, con los ojos brillando de excitación y triunfo.
—Entendido, señora Elena.
Ella se levantó con las piernas temblorosas, miró a ambos lados del pasillo y, con el corazón latiéndole en la garganta, tomó la mano del joven practicante y lo guio hacia los baños del fondo del piso, esos que casi nadie usaba.
Cerraron la puerta del baño de discapacitados con llave. El clic resonó como una sentencia.
Elena, sin decir una palabra más, se arrodilló frente a él. Con manos temblorosas le bajó los pantalones y los boxers. El pene de Felix saltó libre frente a su cara.
13:45 Elena ve el pene de Felix.
Era hermoso.
Delgado pero largo —al menos 18 centímetros—, completamente depilado, de piel blanca y suave como porcelana, con una cabeza rosada, grande, redonda y brillante que ya goteaba precum transparente. Perfectamente recto, palpitante, con una ligera curva hacia arriba que parecía diseñado para golpear justo en el punto más sensible.
Elena se quedó mirándolo fijamente, hipnotizada. Su boca se secó y al mismo tiempo se le hizo agua.
“Qué lindo… tan limpio… tan rosadito… parece casi inocente. Es la verga de un chico de 18 años… y ya es más grande y bonita que la de mi marido. Diego solo tiene 14 centímetros… más cortita, más gruesa en el medio, pero nada comparado con esto. Y la del jefe… Dios, la del jefe es un monstruo de 23 centímetros, tan gruesa que casi me disloca la mandíbula… pero esta… esta es tan bonita, tan recta, tan perfecta para follar…”
Su mente, ya completamente corrompida por el deseo, no paraba de comparar. Sentía una vergüenza brutal, una humillación profunda al estar arrodillada frente a un practicante de 18 años, pero eso solo hacía que su vagina palpitara con más fuerza.
“¿Cómo es posible que esté comparando la verga de mi marido con la de un niño? Diego es el amor de mi vida… y aquí estoy, babeando por la rosada verga de un chico que ni siquiera ha follado nunca. Soy lo peor… soy una puta asquerosa… pero no puedo dejar de mirarla. Quiero lamerla. Quiero metérmela toda en la boca…”
Felix respiraba agitado, nervioso pero claramente excitado por el poder que tenía sobre ella.
Elena se mordió el labio con tanta fuerza que casi se hizo sangre. Su vulva se contrajo violentamente, soltando un nuevo hilo de jugos que le corrió por el interior del muslo. El crucifijo colgaba entre sus tetas, testigo silencioso de su degradación.
De pronto, Felix habló con voz temblorosa pero cargada de deseo urgente:
—Señora Elena… el tiempo es limitado. Quiero sentir su vagina… quiero dejar de ser virgen ya.
Elena cerró los ojos un segundo, respirando entrecortadamente. Luego, sin decir una sola palabra, se puso de pie, se dio la vuelta lentamente y se inclinó hacia adelante. Apoyó ambas manos contra la pared fría del baño, arqueó la espalda y se bajó la falda lápiz y las bragas empapadas hasta los tobillos de un solo movimiento.
Su culo perfecto —redondo, firme, suave y bien cuidado— quedó completamente expuesto frente al chico de 18 años. Sus labios vaginales hinchados, rojos y brillantes de jugos se abrían ligeramente, chorreando visiblemente de excitación. El pequeño ano rosado se contraía por los nervios y la anticipación.
Felix soltó un gemido ahogado al ver semejante espectáculo.Felix se aguantó las ganas brutales de agarrar ese culo perfecto con ambas manos, abrirlo, lamerlo y devorarlo entero. Sabía que el tiempo era limitado y no quería arriesgarse a perder esta oportunidad única en la vida. Con la mano temblorosa buscó el orificio empapado de Elena, rozando la cabeza rosada y brillante de su verga contra sus labios hinchados y resbaladizos.
Tras varios intentos torpes pero ansiosos, finalmente encontró la entrada y empujó.
—Disfrutaré esto… —susurró Felix con voz ronca, casi reverente.
Centímetro a centímetro, su pene largo y delgado fue abriendo las paredes calientes y jugosas de Elena. Ella soltó un gemido ahogado y cerró los ojos con fuerza cuando lo sintió entrar hasta el fondo.
“Un chico de 18 años… tiene 18 centímetros dentro de mí… más largo que el de Diego… tan recto… tan duro…”
La culpa intentó subir como una ola negra y asfixiante, pero fue brutalmente aplastada por un deseo salvaje, animal e incontrolable.
“¡A la mierda todo! Necesito esto. Necesito verga. Necesito correrme. Ya no aguanto más… Diego, perdóname… pero mi vagina está gritando…”
Elena empezó a moverse. Primero lento, saboreando cada centímetro de esa verga joven que la llenaba de una forma diferente, rozando zonas que su marido nunca había alcanzado. Pero pronto perdió por completo el control. Apoyada contra la fría pared del baño, comenzó a follarse a sí misma con furia desatada, subiendo casi hasta sacar solo la cabeza rosada y bajando con fuerza brutal, golpeando su culo redondo y firme contra las caderas de Felix con sonidos obscenos y húmedos.
Plap… plap… plap… plap.
Cada embestida hacía que el glande largo y rosado chocara fuerte contra el fondo de su vagina, golpeando la entrada de su útero. Su conchita succionaba con avidez, contrayéndose alrededor de él como si no quisiera soltarlo nunca.
—Joder… señora Elena… su vagina es… es increíblemente caliente y apretado —gemía Felix casi sin voz, agarrándola fuerte de las caderas, clavando los dedos en su carne suave.
La vagina de Elena era un horno jugoso y succionador. Cada movimiento producía sonidos vergonzosamente húmedos: chap… schlop… gluck… plap. Sus jugos transparentes y espesos bajaban por los huevos de Felix, empapándolo todo. El olor a sexo llenaba el pequeño cubículo.
Elena quería gritar de placer, pero se mordía el labio inferior con fuerza mientras solo dejaban escapar gemidos ahogados y entrecortados:
—Mmm… ahh… sí… más… más profundo…
Cambió de posición con una desesperación casi animal. Elena empujó a Felix hacia atrás con fuerza, obligándolo a acostarse sobre el piso frío, sucio y húmedo del baño de discapacitados. Sin decir una palabra, se subió encima de él como una puta en celo enloquecida, levantó las caderas y se empaló de un solo golpe brutal, tragándose hasta el último centímetro de su verga larga y recta.
—Ahhh… joder… —gimió ella entre dientes cuando la verga de 18 centímetros le abrió las paredes calientes y empapadas de su concha hasta el fondo, golpeando fuerte contra su cervix.
El crucifijo de plata, ya manchado de saliva y restos secos de semen de Ricardo, saltaba violentamente entre sus tetas perfectas con cada bajada salvaje, golpeándole el esternón con un tintineo constante y obsceno. Sus tetas medianas pero firmes rebotaban fuera de la blusa desabotonada, pezones duros como piedras rozando contra la tela.
“Perdóname Dios… perdóname Diego… estoy follando a un chico de 18 años en el baño de la oficina… pero su verga es tan larga… me llega más profundo que la tuya, amor… 18 centímetros rectos y duros… más larga que tus 14… aunque no tan gruesa como la monstruosa de Ricardo…”
Elena empezó a cabalgarlo con furia, moviendo sus caderas en círculos sucios y bajando con fuerza. El sonido húmedo y carnoso de su concha tragándose la verga llenaba el cubículo: schlop… schlop… plap… plap… gluck.
Primera corrida de Elena
De repente su cuerpo se tensó como un arco. Su vagina se contrajo con violencia brutal alrededor de la verga de Felix, apretándola en espasmos fuertes y rítmicos. Un chorro caliente y abundante de sus jugos femeninos salió disparado, empapando los huevos del chico y salpicando el piso sucio. Sus muslos temblaban sin control, su ano rosado se contraía visiblemente con cada pulsación, y un gemido ahogado y gutural escapó de su garganta.
—Nnnngh… ¡me corrooo…! —susurró casi llorando, con los ojos en blanco y la boca abierta.
“¡Soy una puta asquerosa! Mi marido me está esperando en casa y yo estoy corriéndome como una zorra barata sobre la verga de un practicante… pero se siente tan rico… tan prohibido…”
No se detuvo. Siguió cabalgándolo con más fuerza, apoyando ahora las manos sobre las rodillas de Felix para tener mejor ángulo.
Segunda corrida.
Esta fue aún más intensa. El pene largo y recto de Felix rozaba perfectamente su punto G con cada bajada violenta. Elena echó la cabeza hacia atrás, su hermoso cabello negro desordenado y pegado a su cara sudorosa. Su conchita succionaba con avidez, ordeñando la verga joven mientras otro orgasmo devastador la atravesaba.
Esta vez el chorro fue más fuerte y prolongado. Sus jugos calientes salían a presión, bañando la verga, los huevos y el vientre de Felix. Sus paredes internas se contraían tan fuerte que parecía que quería arrancarle la verga. El crucifijo saltaba salvajemente entre sus tetas sudorosas, completamente mojado de su propio sudor y jugos que habían salpicado hacia arriba.
—Dios mío… perdóname… soy una esposa horrible… —pensaba mientras se corría —…pero no puedo parar… necesito que me llenen… necesito verga todo el día…
Tercera corrida.
Elena ya había perdido completamente el control. Se levantó, apoyó los pies sobre el inodoro a ambos lados de Felix, quedando en cuclillas perfectas sobre él como la puta más depravada del mundo. Desde esa posición lo miró directamente a los ojos, con pura lujuria animal, y empezó a follarlo con movimientos cortos, rápidos y brutales, haciendo que su culo redondo y firme rebotara con fuerza contra las caderas del chico.
Plap… plap… plap… plap…
Cada bajada hacía que la verga le golpeara el fondo del útero. Sus tetas rebotaban descontroladas, el crucifijo golpeaba sus pezones sensibles. Su vagina estaba hinchado, rojo y chorreante, dejando hilos espesos de crema blanca cada vez que subía.
El tercer orgasmo la golpeó como un tren. Su cuerpo entero se sacudió violentamente. Su vagina se cerró como un puño caliente y mojado alrededor de la verga de Felix, ordeñándola con espasmos tan fuertes que el chico gimió de placer. Un chorro potente y largo de squirt salió disparado, salpicando el pecho y la cara de Felix mientras Elena temblaba como poseída, mordiéndose el labio hasta casi hacerse sangre para no gritar.
—Soy… soy una puta… una puta sin remedio… —pensó mientras las lágrimas de placer le corrían por las mejillas —…y me encanta… quiero más… quiero que me llenen de leche… quiero que me usen…Elena, todavía en cuclillas sobre Felix, miró hacia abajo y vio la cara del chico: completamente roja, sudorosa, con los ojos entrecerrados y la boca abierta, prácticamente desmayado de placer. Era evidente que estaba al límite.
—Señora Elena… —gimió Felix con voz ahogada—. Me voy a correr… Si se mueve un centímetro más, me voy a correr dentro…
En un breve instante de lucidez, la mente católica de Elena reaccionó. “No… no puedo dejar que me llene… no sin condón… soy casada…”. Intentó levantarse rápidamente, apoyando las manos en el pecho de él para sacar aquella verga larga de su interior.
Pero justo en ese momento, tres golpes fuertes sonaron en la puerta del baño.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó la voz de la señora de la limpieza, una mujer de unos 50 años—. Se escuchan ruidos raros… ¿está todo bien?
Elena se asustó violentamente. Su pie resbaló sobre el piso mojado de jugos y, en lugar de levantarse, cayó con todo su peso hacia abajo.
¡Schlooop!
La verga de Felix se enterró hasta el fondo de golpe, golpeándole el útero con fuerza brutal. Elena soltó un gemido ahogado y agudo que casi la delata.
Y entonces Felix explotó.
—Nnghh… ¡mierdaa! —gruñó el chico entre dientes, agarrándola fuerte de las caderas.
Elena sintió claramente las pulsaciones rápidas y potentes de la verga joven dentro de ella. Chorros calientes, abundantes y espesos de semen adolescente salieron disparados directamente contra su cervix, inundándole el útero en fuertes y rápidas oleadas. Cada palpitar era más veloz y vivo que los de Diego. Sentía cómo la leche caliente y espesa la llenaba, salpicando sus paredes internas, rebalsando alrededor de la verga y escurriéndose hacia afuera.
“Dios mío… perdóname… un chico de 18 años me está llenando el útero… sus chorros son tan fuertes, tan rápidos… me está pintando por dentro… más leche que Diego… está tan caliente… soy una puta… una puta infiel y adúltera… pero se siente tan delicioso… quiero más…”
Se quedaron completamente inmóviles, con Elena sentada totalmente sobre Felix, la verga todavía palpitando y soltando las últimas gotas dentro de ella. El semen joven ya empezaba a escurrir por los huevos de Felix y por el ano de Elena.
Pero el peligro no había pasado.
La señora de la limpieza insertó su llave maestra en la cerradura. El pestillo empezó a girar.
Elena actuó por puro instinto de supervivencia. Rápidamente se inclinó hacia adelante, cubriendo casi por completo el cuerpo de Felix con el suyo, y con una mano alcanzó su cartera que había dejado sobre el lavamanos. Sacó su botella de agua y, sin pensarlo dos veces, se metió dos dedos en la garganta.
—¡Brrraaaagh…! —fingió una arcada fuerte y convincente, haciendo que el sonido húmedo y asqueroso resonara en el baño—. ¡Estoy vomitando! ¡No entre, por favor!
Volvió a meterse los dedos y produjo otra arcada más fuerte y húmeda, acompañada de sonidos de saliva y esfuerzo.
La señora de la limpieza se detuvo al otro lado de la puerta.
—¿Señora? ¿Se encuentra mal?
—¡Sí! —respondió Elena con voz rota y débil, todavía sentada completamente sobre la verga de Felix, sintiendo cómo el semen caliente seguía saliendo a pequeños pulsos dentro de su útero—. Creo que fue… algo que comí… ¡Brrraaagh…! Por favor, no abra… me da mucha vergüenza… estoy toda sudada y vomitando…
Para hacerlo más creíble, Elena movió ligeramente las caderas en círculos lentos y discretos sobre Felix, apretando su conchita alrededor de la verga aún dura, ordeñando las últimas gotas de semen mientras fingía otra arcada.
Felix, debajo de ella, mordía su propio brazo para no gemir. Sentía la vagina de Elena succionándolo y apretándolo mientras el semen rebalsaba.
La señora de la limpieza dudó un segundo.
—Está bien… dejaré un trapeador y una bolsa afuera por si necesita. Avíseme si necesita ayuda.
—Gracias… —gimió Elena con voz débil—. Solo… déjeme un rato… por favor…Escucharon los pasos de la mujer alejándose por el pasillo.
Elena soltó un largo suspiro de alivio, pero no se levantó. Al contrario, miró hacia abajo a Felix con los ojos todavía vidriosos de lujuria y vergüenza. Lentamente empezó a mover las caderas otra vez, sintiendo cómo el semen espeso chapoteaba dentro de ella con cada movimiento.
—Eres un cabrón… —susurró con voz ronca, aunque su vagina seguía contrayéndose alrededor de él—. Casi nos descubren… y tú me llenaste toda…
Se inclinó hacia adelante, dejando que el crucifijo manchado de sudor y fluidos colgara sobre la cara de Felix, y le susurró al oído mientras seguía cabalgándolo lentamente:
—Ahora sácamela… quiero limpiarte esa verga de 18 años con mi boca antes de que salgamos.
13:48 - Felix perdio su virginidad
Fin del capitulo.
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