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En la costera

No sé si alguien alguna vez viajó en horario pico en la costera. Para aquellos que no son de Argentina, la costera es un colectivo que une La Plata con San Isidro haciendo todo su trayecto por la Ruta 4. Siempre va lleno, es oscuro y su pasillo entre asientos es muy angosto.

Resulta que esa tarde volvía de San Justo, iba hacia José León Suárez para luego tomar el tren que me llevaba a San Martín, mi hogar. El chófer no tuvo mejor idea que llenar el vehículo a reventar. Quedé aplastado contra la fila de asientos del lado de la puerta de salida y para colmo, la ruta estaba congestionada como nunca.

En un momento siento un cuerpo fornido apoyarse sobre mi espalda, su bulto se acomodó entre mis nalgas y comencé a sentir su respiración en mi oído izquierdo. En ese entonces yo tenía 19 años, mi cuerpo nunca fue grande, más bien frágil y sentir todo ese peso me dio molestia pero a la vez la placidez de sentirse protegida.

Siempre evité entregarme a desconocidos pero en esos tiempos estaba muy putito, vestía a lo hetero y no era amanerado, si algún hombre se daba cuenta de mi mascarada, era solo cuestión de tiempo que terminara entregándole la cola, incluso hasta pasé por la experiencia de someterme al doble anal, era una puta ninfómana.

El hombre que empujaba mi rayita con su miembro ya estaba alevosamente adherido a mi espalda, lentamente subió su mano y comenzó a acariciar mi pancita, mi ombligo y mis tetillas por debajo de mi remera, hacía calor. De inmediato mi culito se fue hacia atrás respondiendo a ese miembro que se notaba más y más duro, alucinaba de placer, creo que hasta gemí por lo bajo.

Llegamos a Morón, allí baja mucha gente. Él me atrapó de un brazo y casi al oído me susurró "Bajemos acá". No me rebelé en absoluto, cedí ante la orden de depravado amo y descendí, todavía no conocía su rostro, no me importaba, estaba en las nubes.

Me llevó abrazado algunas calles, yo no me negaba. Sacó unas llaves y abrió una puerta, era su casa, entramos. Debajo de la luz crepuscular que ingresaba por la ventana, sin encender las luces, volví a sentir su bulto apoyado en mi cola, tendí una mano hacia atrás y noté que su pantalón estaba desabrochado, hurgué dentro de su bragueta y pude palpar ese miembro que desvió mi camino, era fuerte, grueso, bastante grande.

De inmediato me quité la ropa mientras mi amante sin rostro acariciaba mi cuerpo y cabello hasta los hombros. Di media vuelta y sin prestar atención a las facciones de mi hombre, me arrodillé, bajé su ropa, metí su gran falo en mi boca y comencé a succionar, estaba jugoso, duro, impactaba en mi garganta mientras mis lágrimas florecían.

"Date vuelta, putito", ordenó. Le pedí que me dejara ir al baño a higienizarme, de mala gana accedió. Vacié mi interior y luego, con la canilla lavapies de la ducha y algo de acondicionador de cabello, inserté la grifería en mí y lavé mi interior.

"Apurate, putito!" Obedecí de inmediato y volví a mi amo ya con la cola impecable y llena de acondicionador, él estaba masturbándose suavemente para mantener su pene listo, me di cuenta de que tenía mujer. Me puso con las rodillas sobre un sofá, agaché mi cabeza todo lo que pude, arqueé mi cintura dejando todo mi trasero a su disposición, apoyó la cabeza de su robusta pija y comenzó a entrar, notó que estaba previamente dilatado y lubricado.

Sus huevos golpeaban salvajemente mi pelvis, el peso de su fornido cuerpo se abalanzaba sobre mí, sentía me partía al medio, su sudor empapaba mi espalda, pasó sus fuertes brazos por debajo de mis axilas y comenzó cogerme en posición totalmente vertical mientras mis gemidos llenaban el living, mi ano se ajustó al trozo de humanidad que lo estaba invadiendo, comencé a eyacular con mi pijita casi muerta, los gemidos se habían transformado en gritos de placer, su pija se hinchó a más no poder y sentí su espeso y caliente semen llenar mi colon acompañado del bramido de un macho alfa.

Vació totalmente sus huevos, me empujó hacia adelante con tal fuerza que di la cara contra el respaldo del sofá y mi desconocido amante desocupó mi interior: "AH!", grité como putita rota. Quedé en 4 con la cola en alto, acerqué mi mano a mi esfínter, supe de inmediato que estaba todo abierto como si hubiese recibido un doble anal, los dedos me entraban como si nada, decidí tapar mi hoyito con la mano hasta que se cerrara y volver a casa toda llena de la leche de mi macho violador, era el premio máximo ese día.

Ya cerrado mi ano, pedí que permitiera ducharme, a lo cual accedió de buena gana. Volví a cubrirme con mi disfraz de heterosexual, salí del baño y con la poca luz de fin de crepúsculo me acerqué a su borroso rostro oculto por la oscuridad, estaba sentado en su trono mullido con las piernas abiertas en posición de macho cogedor y triunfante, le di un beso suave en los labios y solo pude decir susurrando "Gracias", sonrió satisfecho. No distinguí su rostro del todo.

Fuera en la calle y apenas pudiendo caminar, llegué a la esquina, pregunté a un transeúnte como ir a la estación, tomé por segunda vez la costera, llegué a casa y me acosté con sonrisa de putita satisfecha recientemente vejada a propia voluntad durmiendo de costado con una pierna estirada y la otra levantada como esperando algo, amanecí feliz. Nunca más volví a encontrarlo ni tampoco me animé a buscar su casa.

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