Hoy fue uno de esos días de otoño que arrancan con un fresquito que te pone la piel de gallina, pero terminan en una fiesta de calor humano que te deja hecha mierda y pidiendo más. Es sábado, pasadas las 8 de la mañana, y estoy acá tirada en la cama del hotel, con el culo todavía palpitando y la concha hecha un desastre, escribiendo este relato para Poringa porque mis seguidores se merecen saber cómo mí amiga Sofaa y yo nos enfiestamos como dos putas en celo con dos desconocidos que nos cogieron toda la noche. No paramos un segundo, y a Sofaa le rompieron el culo de una manera que la dejó gritando como loca. Este relato va a ser bien zarpado, con todos los detalles sensoriales porque quiero que se sientan ahí con nosotras, oliendo el sudor, saboreando el fluido de nuestras conchas, escuchando los gemidos y sintiendo el fresco otoñal pegando contra las ventanas empañadas.
Todo arrancó alrededor de las 6 de la tarde del viernes, cuando Sofaa me mandó un audio por WhatsApp: “Perrita, ¿salimos hoy? Tengo ganas de despejarme un poco”. Sofaa es mi amiga de toda la vida, una morocha (aunque siempre tiene el pelo de diferentes colores) tetona con un culo que parece hecho en Photoshop, siempre lista para cualquier locura. Yo acababa de bañar a mi gorda, la había dejado en el cuarto mirando 101 dálmatas mientras le preparaba la merienda, mí idea era estar en casa toda la noche, no había planeado salir.
Pero la invitación me gustó, hacía rato no tenía una salida con Sofaa, así que llamé a mí mamá para ver si le podía llevar a la nena y una vez que tuve el ok le mandé un mensaje a Sofía confirmando.
Merende con mí hija, eso de las 7:30 la llevé con mí mamá para que pasara la noche con sus abuelos y su tía (tengo una hermana menor). Regresé a casa y me metí a duchar. En la ducha como cada vez que tengo tiempo me hice un rica paja con mis dedos, la paja sirve como exploración de nuestro cuerpo, además soy re pajera jajaja.
Salí de la ducha, me fui al cuarto, me miré en el espejo todavía con el pelo húmedo y elegí la ropa perfecta para cazar (una siempre debe ir lista para eso): una remerita blanca ajustada para resaltar las gomas, camperita y pollera de cuero, ideal para un viernes a la noche. Debajo de la remerita nada de corpiño, obvio, y debajo de la pollera una tanguita roja chiquita que se me perdía entre los cachetes del culo. Me puse unos borcegos negros haciendo juego, me pinté los labios de color cremita y me puse perfume con olor a vainilla. La noche otoñal ya se sentía afuera, con ese viento fresco que entraba por la ventana entreabierta, trayendo olor a hojas secas y asado de algún vecino.
Llegué al bar caminando rápido por la vereda húmeda —había lloviznado todo el día—, y ahí estaba Sofaa, sentada en la barra con un short de jean cortito que le marcaba el culo redondo y una campera de cuero abierta sobre una remera blanca transparente que mostraba todo. Sus tetas enormes se veían de lejos, con los pezones duros por el frío. Nos abrazamos fuerte, sintiendo el calor de nuestros cuerpos, nuestras tetas haciendo guerra de pezones duros. Pedimos dos gin tonics bien fríos, con hielo que chasqueaba en los vasos, y nos pusimos a charlar como dos pendejas pajeras. “Hoy quiero que me rompan el orto”, me dijo Sofaa bajito, con esa sonrisa de puta experimentada. Yo me reí, sintiendo ya la concha humedeciéndose bajo la tanga. “Yo quiero doble penetración”, le contesté entre risas, y brindamos chocando los vasos, el líquido helado bajando por mi garganta.
No pasaron ni 30 minutos cuando los vimos entrar: dos tipos grandotes, de unos 30 años, con pinta de motoqueros o algo así, sus cuerpos marcados bajo las remeras ajustadas. Uno era rubio, con barba espesa y ojos verdes que te desnudaban; el otro morocho, con tatuajes en los brazos y una sonrisa lobuna. Se sentaron cerca, pidieron birras, y nos miraron fijo. Sofaa, la muy hija de puta, les guiñó un ojo, y en dos minutos ya estábamos charlando. Se llamaban Maxi el rubio y Fede el morocho. Maxi olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, y Fede a tabaco y algo almizclado que me dio ganas de lamerlo. “¿Vienen solas?”, preguntó Maxi, con voz grave que me vibró en el pecho. “Por ahora”, le dije yo, rozándole la pierna con la mía bajo la barra. El bar estaba lleno de humo de cigarrillos electrónicos y olor a fritanga, con la tele pasando un partido de fútbol que nadie miraba. Afuera, el viento otoñal aullaba suave, haciendo crujir las hojas en la vereda.
Después de unas rondas de tragos —el gin me quemaba la lengua y me aflojaba las piernas—, Fede propuso: “¿Vamos a un hotel? Acá cerca hay uno barato”. Sofaa y yo nos miramos, y sin decir nada supimos que la respuesta era sí. Pagamos la cuenta, salimos al frío de la noche. El aire otoñal nos pegó en la cara, fresco y húmedo, con olor a tierra mojada y escape de colectivos. Caminamos dos cuadras abrazadas a ellos, yo con el brazo de Maxi alrededor de mi cintura, sintiendo su mano bajando hasta rozarme el culo por encima del la pollera. Sofaa iba igual con Fede, riéndose bajito. El hotel era uno de esos de paso, con neón rojo parpadeando “LIBRE” en la entrada, olor a desinfectante viejo y humedad en el pasillo. La recepcionista nos miró con cara de “otra vez estas putas”, porque ya conocíamos el hotelucho jaja, varias veces habíamos ido, pero nos dio la llave de la 24 sin chistar, Subimos las escaleras crujientes, el corazón latiéndome fuerte, la concha ya chorreando bajo la tanga.
Entramos a la pieza: chica, con una cama matrimonial de sábanas blancas algo amarillentas, un espejo enorme en la pared del fondo y uno en el techo, típico de todo telo, una mesita con una lámpara tenue y un baño chiquito al lado. Afuera, por la ventana entreabierta, entraba el viento fresco de otoño, trayendo olor a lluvia lejana y haciendo volar la cortina liviana. El lugar olía a sexo viejo, a esperma seco y perfume barato. Cerramos la puerta, y Maxi prendió la lámpara, bañando todo en luz amarilla cálida. “Desnúdense, putitas”, gruñó Fede, quitándose la remera y mostrando un pecho peludo y musculoso. Sofaa no se hizo rogar: se sacó la campera, la remera, dejando las tetas enormes rebotando libres, pezones duros como piedras por el frío que entraba. Se bajó el short, quedando en una bombacha de hilo negra que se le metía en el orto. Yo tampoco me hice rogar mucho jaja, me desnude enseguida sintiendo el aire fresco erizándome la piel, tetas firmes saliendo al aire, tanguita roja ya empapada.
Maxi se acercó a mí primero, me agarró la nuca y me clavó un beso salvaje, lengua invadiendo mi boca con sabor a birra y tabaco. Sus manos me amasaron las tetas, pellizcando los pezones hasta que gemí contra su boca: “Ahhh, sí, seguí”. Olía a su sudor muy masculino, mezclado con mi perfume de vainilla. Fede ya tenía a Sofaa contra la pared, chupándole una teta mientras le metía en el orto. “Qué orto más rico tenés”, le dijo, y ella gritó fuerte: “¡Rompemelo, papi!”. Nos tiraron a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestros cuerpos. Maxi me abrió las piernas, arrancándome la tanga de un tirón —el sonido del elástico rompiéndose me puso más caliente—, y hundió la cara en mi concha. Su lengua lamía mi clítoris hinchado, saboreando mis jugos salados y dulces, mientras el viento otoñal entraba refrescando mi piel sudada. “Estás chorreando, puta”, murmuró contra mi carne, el calor de su aliento contrastando con el fresco del aire.
Sofaa ya estaba a cuatro patas, con Fede detrás sacándole la bombacha y oliéndole el culo. “Preparate, te voy a romper el orto”, le dijo él, escupiendo en su mano y lubricando su pija gruesa, venosa, de al menos 20 centímetros. Sofaa beboteando le dijo: “Dale, metemela toda”. Él apoyó la cabeza rosada contra su ano apretado y marroncito, y empujó despacio. Ella gritó: “¡La concha de tu madre, qué gorda!”. Entró centímetro a centímetro, el sonido húmedo de la fricción llenando la pieza, mezclado con sus gemidos roncos. “¡Más, rompemelo!”, suplicó ella, arqueando la espalda. Fede la embistió fuerte, sus bolas peludas chocando contra la concha depilada de Sofaa, plap plap plap, mientras el olor a sexo crudo invadía todo.
Yo no me quedaba atrás: Maxi me tenía las piernas abiertas, lamiéndome la concha con ruidos chapoteantes, chupando mi clítoris hasta que me retorcí. “Querés pija, ¿no?”, me dijo, poniéndome más cerca del borde de la cama y sacándose los pantalones. Su verga saltó libre, roja, curvada, con una gota de líquido preseminal en la punta. La agarré con la mano, sintiendo su calor y dureza, venas pulsantes bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado amargo de su piel, el olor almizclado de su pubis sin depilar. “Chupala bien, puta”, gruñó, agarrándome el pelo y cogiendome la boca. Entraba hasta el fondo, haciendo que me ahogara un poco, saliva chorreando por mi mentón, mientras escuchaba a Sofaa gritar: “¡Sí, así, destrozame el culo! ¡Me estás rompiendo!”.
Intercambiamos: Maxi se fue con Sofaa, que ya tenía el orto rojo e hinchado, saliva y jugos chorreando por sus muslos. Fede vino a mí, su pija todavía con el olor al culo de Sofaa, brillante de saliva y secreciones. “Abrí la boca”, ordenó, y me la metió entera, haciéndome saborear el gusto terroso y salado de su aventura anal. Me ponía caliente chupar la verga que había estado el el culo de mí amiga. Me tiró boca abajo, me escupió en la concha y metió su verga de un empujón, llenándome hasta el fondo. “¡Qué concha apretada!”, jadeó, embistiéndome fuerte, sus caderas chocando contra mi culo con sonidos húmedos y carnosos. Cada estocada me hacía gemir: “¡Más fuerte, cogeme como a una perra!”. La cama crujía y golpeaba la pared, y por la ventana entraba el viento fresco otoñal, refrescando el sudor que nos corría por la espalda.
Sofaa estaba perdida: Maxi la tenía a cuatro patas, alternando entre su concha y su culo destrozado. “¡No pares, metela en el orto otra vez!”, rogaba ella, voz ronca, gemidos agudos como “¡Aghhh! ¡Sííí!”. Su culo se abría solo ahora, rojo brillante, tragándose la pija de Maxi hasta las bolas casi. El olor era intenso: sexo puro, sudor ácido, lubricante barato del telo, semen preeyaculatorio. Yo me vine primero, con Fede cogiendome la concha, el orgasmo explotando en oleadas que me hacían temblar, jugos chorreando por sus bolas. “¡Ya me vengo, la puta madre!”, grité, mordiendo la sábana que olía a lavandina vieja.
Cambiamos posiciones toda la noche. Serían como las 6 de la mañana más o menos, o quizás un poco más, nos pusieron a las dos de rodillas en la cama, lado a lado, chupándoles las pijas. Chupabamos como locas, lenguas lamiendo cabezas hinchadas, bolas pesadas, probando el mix de sabores. Nuestras lenguas se tocaban, cada tanto nos comíamos las bocas entre nosotras y seguíamos peteando.
“Mmmh, qué rica la leche”, murmuraba Sofaa, saliva goteando.
Pasó un ratito y llegó la doble para mí: Maxi debajo, su pija en mi concha, Fede atrás metiéndomela en el culo. La doble penetración fue brutal, las dos vergas rozándose a través de la pared fina, estirándome hasta el límite. “¡Me van a partir, boludos!”, gemí, pero empujaba hacia atrás. Sofaa miraba, tocándose la concha, y se unió chupándome las tetas, su lengua caliente en mis pezones.
Para Sofaa fue peor —o mejor—: la pusieron en el borde de la cama, piernas abiertas, y Fede le rompió el culo de nuevo mientras Maxi le cogía la boca. “¡Tragala toda puta!”, le gritaba él, embistiendo su orto con fuerza, plap plap plap. Ella ahogaba gemidos contra la pija de Maxi: “¡Glug glug, sí, destrozame!”. El culo de Sofaa estaba en carne viva, hinchado, pero ella pedía más. “¡Venite adentro, llename el orto!”, suplicó, y Fede rugió, descargando chorros calientes y espesos en sus entrañas. El semen chorreó afuera cuando le sacó la pija, blanco cremoso bajando por sus muslos temblorosos, olor fuerte a esperma fresco. Me agarró de los pelos y me pasó la cara por el culo de Sofaa, mí cara llena de semen y otros fluidos.
Nos cogieron en todas las posiciones: Piernas en el hombro, yo cabalgando a Maxi mientras Fede me comía el culo con la lengua; Sofaa en puente, con el orto al aire siendo martillado. El baño fue otro round: bajo la ducha tibia —agua con olor a cloro—, Fede me meó un poco en la concha por pedido mío, el chorro caliente mojando mis labios hinchados. Sofaa se arrodilló y lamió todo, saboreando la mezcla salada.
Exhaustas pero queriendo dejar a los pibes totalmente enloquecids, nos vinimos mutuamente mientras ellos se vestían. Hicimos un 69 entre nosotras, Sofaa me comió la concha, lengua profunda lamiendo mis labios hinchados, sabor a jabón barato, mientras yo le metía dos dedos en el culo. Gemidos lésbicos: “¡Chupa, puta, chupame el clítoris!”. Los tipos estaban encantados con lo que veían, hicimos tijeras, ellos no aguantaron y se tuvieron que pajear, usaron mí tanga rota para limpiarse.
Luego se fueron, les dijimos que nosotras nos íbamos en Uber.
Quedamos solas, Sofaa y yo nos besamos una vez más, probando sabores residuales, sabíamos que saliendo del telo no teníamos más contacto entre nosotras, volvíamos a ser simples amigas como cualquier otras.
Me metí a bañar otra vez mientras Sofaa hacía pis, ahora ella se está bañando mientras yo escribo esto.
Cuando vuelva a casa me baño una vez más y después veré qué me depara hoy a la noche.
Les dejo mí instagram para que vean mí outfit de anoche..💕
https://www.instagram.com/abbi__sanchez
Todo arrancó alrededor de las 6 de la tarde del viernes, cuando Sofaa me mandó un audio por WhatsApp: “Perrita, ¿salimos hoy? Tengo ganas de despejarme un poco”. Sofaa es mi amiga de toda la vida, una morocha (aunque siempre tiene el pelo de diferentes colores) tetona con un culo que parece hecho en Photoshop, siempre lista para cualquier locura. Yo acababa de bañar a mi gorda, la había dejado en el cuarto mirando 101 dálmatas mientras le preparaba la merienda, mí idea era estar en casa toda la noche, no había planeado salir.
Pero la invitación me gustó, hacía rato no tenía una salida con Sofaa, así que llamé a mí mamá para ver si le podía llevar a la nena y una vez que tuve el ok le mandé un mensaje a Sofía confirmando.
Merende con mí hija, eso de las 7:30 la llevé con mí mamá para que pasara la noche con sus abuelos y su tía (tengo una hermana menor). Regresé a casa y me metí a duchar. En la ducha como cada vez que tengo tiempo me hice un rica paja con mis dedos, la paja sirve como exploración de nuestro cuerpo, además soy re pajera jajaja.
Salí de la ducha, me fui al cuarto, me miré en el espejo todavía con el pelo húmedo y elegí la ropa perfecta para cazar (una siempre debe ir lista para eso): una remerita blanca ajustada para resaltar las gomas, camperita y pollera de cuero, ideal para un viernes a la noche. Debajo de la remerita nada de corpiño, obvio, y debajo de la pollera una tanguita roja chiquita que se me perdía entre los cachetes del culo. Me puse unos borcegos negros haciendo juego, me pinté los labios de color cremita y me puse perfume con olor a vainilla. La noche otoñal ya se sentía afuera, con ese viento fresco que entraba por la ventana entreabierta, trayendo olor a hojas secas y asado de algún vecino.
Llegué al bar caminando rápido por la vereda húmeda —había lloviznado todo el día—, y ahí estaba Sofaa, sentada en la barra con un short de jean cortito que le marcaba el culo redondo y una campera de cuero abierta sobre una remera blanca transparente que mostraba todo. Sus tetas enormes se veían de lejos, con los pezones duros por el frío. Nos abrazamos fuerte, sintiendo el calor de nuestros cuerpos, nuestras tetas haciendo guerra de pezones duros. Pedimos dos gin tonics bien fríos, con hielo que chasqueaba en los vasos, y nos pusimos a charlar como dos pendejas pajeras. “Hoy quiero que me rompan el orto”, me dijo Sofaa bajito, con esa sonrisa de puta experimentada. Yo me reí, sintiendo ya la concha humedeciéndose bajo la tanga. “Yo quiero doble penetración”, le contesté entre risas, y brindamos chocando los vasos, el líquido helado bajando por mi garganta.
No pasaron ni 30 minutos cuando los vimos entrar: dos tipos grandotes, de unos 30 años, con pinta de motoqueros o algo así, sus cuerpos marcados bajo las remeras ajustadas. Uno era rubio, con barba espesa y ojos verdes que te desnudaban; el otro morocho, con tatuajes en los brazos y una sonrisa lobuna. Se sentaron cerca, pidieron birras, y nos miraron fijo. Sofaa, la muy hija de puta, les guiñó un ojo, y en dos minutos ya estábamos charlando. Se llamaban Maxi el rubio y Fede el morocho. Maxi olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, y Fede a tabaco y algo almizclado que me dio ganas de lamerlo. “¿Vienen solas?”, preguntó Maxi, con voz grave que me vibró en el pecho. “Por ahora”, le dije yo, rozándole la pierna con la mía bajo la barra. El bar estaba lleno de humo de cigarrillos electrónicos y olor a fritanga, con la tele pasando un partido de fútbol que nadie miraba. Afuera, el viento otoñal aullaba suave, haciendo crujir las hojas en la vereda.
Después de unas rondas de tragos —el gin me quemaba la lengua y me aflojaba las piernas—, Fede propuso: “¿Vamos a un hotel? Acá cerca hay uno barato”. Sofaa y yo nos miramos, y sin decir nada supimos que la respuesta era sí. Pagamos la cuenta, salimos al frío de la noche. El aire otoñal nos pegó en la cara, fresco y húmedo, con olor a tierra mojada y escape de colectivos. Caminamos dos cuadras abrazadas a ellos, yo con el brazo de Maxi alrededor de mi cintura, sintiendo su mano bajando hasta rozarme el culo por encima del la pollera. Sofaa iba igual con Fede, riéndose bajito. El hotel era uno de esos de paso, con neón rojo parpadeando “LIBRE” en la entrada, olor a desinfectante viejo y humedad en el pasillo. La recepcionista nos miró con cara de “otra vez estas putas”, porque ya conocíamos el hotelucho jaja, varias veces habíamos ido, pero nos dio la llave de la 24 sin chistar, Subimos las escaleras crujientes, el corazón latiéndome fuerte, la concha ya chorreando bajo la tanga.
Entramos a la pieza: chica, con una cama matrimonial de sábanas blancas algo amarillentas, un espejo enorme en la pared del fondo y uno en el techo, típico de todo telo, una mesita con una lámpara tenue y un baño chiquito al lado. Afuera, por la ventana entreabierta, entraba el viento fresco de otoño, trayendo olor a lluvia lejana y haciendo volar la cortina liviana. El lugar olía a sexo viejo, a esperma seco y perfume barato. Cerramos la puerta, y Maxi prendió la lámpara, bañando todo en luz amarilla cálida. “Desnúdense, putitas”, gruñó Fede, quitándose la remera y mostrando un pecho peludo y musculoso. Sofaa no se hizo rogar: se sacó la campera, la remera, dejando las tetas enormes rebotando libres, pezones duros como piedras por el frío que entraba. Se bajó el short, quedando en una bombacha de hilo negra que se le metía en el orto. Yo tampoco me hice rogar mucho jaja, me desnude enseguida sintiendo el aire fresco erizándome la piel, tetas firmes saliendo al aire, tanguita roja ya empapada.
Maxi se acercó a mí primero, me agarró la nuca y me clavó un beso salvaje, lengua invadiendo mi boca con sabor a birra y tabaco. Sus manos me amasaron las tetas, pellizcando los pezones hasta que gemí contra su boca: “Ahhh, sí, seguí”. Olía a su sudor muy masculino, mezclado con mi perfume de vainilla. Fede ya tenía a Sofaa contra la pared, chupándole una teta mientras le metía en el orto. “Qué orto más rico tenés”, le dijo, y ella gritó fuerte: “¡Rompemelo, papi!”. Nos tiraron a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestros cuerpos. Maxi me abrió las piernas, arrancándome la tanga de un tirón —el sonido del elástico rompiéndose me puso más caliente—, y hundió la cara en mi concha. Su lengua lamía mi clítoris hinchado, saboreando mis jugos salados y dulces, mientras el viento otoñal entraba refrescando mi piel sudada. “Estás chorreando, puta”, murmuró contra mi carne, el calor de su aliento contrastando con el fresco del aire.
Sofaa ya estaba a cuatro patas, con Fede detrás sacándole la bombacha y oliéndole el culo. “Preparate, te voy a romper el orto”, le dijo él, escupiendo en su mano y lubricando su pija gruesa, venosa, de al menos 20 centímetros. Sofaa beboteando le dijo: “Dale, metemela toda”. Él apoyó la cabeza rosada contra su ano apretado y marroncito, y empujó despacio. Ella gritó: “¡La concha de tu madre, qué gorda!”. Entró centímetro a centímetro, el sonido húmedo de la fricción llenando la pieza, mezclado con sus gemidos roncos. “¡Más, rompemelo!”, suplicó ella, arqueando la espalda. Fede la embistió fuerte, sus bolas peludas chocando contra la concha depilada de Sofaa, plap plap plap, mientras el olor a sexo crudo invadía todo.
Yo no me quedaba atrás: Maxi me tenía las piernas abiertas, lamiéndome la concha con ruidos chapoteantes, chupando mi clítoris hasta que me retorcí. “Querés pija, ¿no?”, me dijo, poniéndome más cerca del borde de la cama y sacándose los pantalones. Su verga saltó libre, roja, curvada, con una gota de líquido preseminal en la punta. La agarré con la mano, sintiendo su calor y dureza, venas pulsantes bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado amargo de su piel, el olor almizclado de su pubis sin depilar. “Chupala bien, puta”, gruñó, agarrándome el pelo y cogiendome la boca. Entraba hasta el fondo, haciendo que me ahogara un poco, saliva chorreando por mi mentón, mientras escuchaba a Sofaa gritar: “¡Sí, así, destrozame el culo! ¡Me estás rompiendo!”.
Intercambiamos: Maxi se fue con Sofaa, que ya tenía el orto rojo e hinchado, saliva y jugos chorreando por sus muslos. Fede vino a mí, su pija todavía con el olor al culo de Sofaa, brillante de saliva y secreciones. “Abrí la boca”, ordenó, y me la metió entera, haciéndome saborear el gusto terroso y salado de su aventura anal. Me ponía caliente chupar la verga que había estado el el culo de mí amiga. Me tiró boca abajo, me escupió en la concha y metió su verga de un empujón, llenándome hasta el fondo. “¡Qué concha apretada!”, jadeó, embistiéndome fuerte, sus caderas chocando contra mi culo con sonidos húmedos y carnosos. Cada estocada me hacía gemir: “¡Más fuerte, cogeme como a una perra!”. La cama crujía y golpeaba la pared, y por la ventana entraba el viento fresco otoñal, refrescando el sudor que nos corría por la espalda.
Sofaa estaba perdida: Maxi la tenía a cuatro patas, alternando entre su concha y su culo destrozado. “¡No pares, metela en el orto otra vez!”, rogaba ella, voz ronca, gemidos agudos como “¡Aghhh! ¡Sííí!”. Su culo se abría solo ahora, rojo brillante, tragándose la pija de Maxi hasta las bolas casi. El olor era intenso: sexo puro, sudor ácido, lubricante barato del telo, semen preeyaculatorio. Yo me vine primero, con Fede cogiendome la concha, el orgasmo explotando en oleadas que me hacían temblar, jugos chorreando por sus bolas. “¡Ya me vengo, la puta madre!”, grité, mordiendo la sábana que olía a lavandina vieja.
Cambiamos posiciones toda la noche. Serían como las 6 de la mañana más o menos, o quizás un poco más, nos pusieron a las dos de rodillas en la cama, lado a lado, chupándoles las pijas. Chupabamos como locas, lenguas lamiendo cabezas hinchadas, bolas pesadas, probando el mix de sabores. Nuestras lenguas se tocaban, cada tanto nos comíamos las bocas entre nosotras y seguíamos peteando.
“Mmmh, qué rica la leche”, murmuraba Sofaa, saliva goteando.
Pasó un ratito y llegó la doble para mí: Maxi debajo, su pija en mi concha, Fede atrás metiéndomela en el culo. La doble penetración fue brutal, las dos vergas rozándose a través de la pared fina, estirándome hasta el límite. “¡Me van a partir, boludos!”, gemí, pero empujaba hacia atrás. Sofaa miraba, tocándose la concha, y se unió chupándome las tetas, su lengua caliente en mis pezones.
Para Sofaa fue peor —o mejor—: la pusieron en el borde de la cama, piernas abiertas, y Fede le rompió el culo de nuevo mientras Maxi le cogía la boca. “¡Tragala toda puta!”, le gritaba él, embistiendo su orto con fuerza, plap plap plap. Ella ahogaba gemidos contra la pija de Maxi: “¡Glug glug, sí, destrozame!”. El culo de Sofaa estaba en carne viva, hinchado, pero ella pedía más. “¡Venite adentro, llename el orto!”, suplicó, y Fede rugió, descargando chorros calientes y espesos en sus entrañas. El semen chorreó afuera cuando le sacó la pija, blanco cremoso bajando por sus muslos temblorosos, olor fuerte a esperma fresco. Me agarró de los pelos y me pasó la cara por el culo de Sofaa, mí cara llena de semen y otros fluidos.
Nos cogieron en todas las posiciones: Piernas en el hombro, yo cabalgando a Maxi mientras Fede me comía el culo con la lengua; Sofaa en puente, con el orto al aire siendo martillado. El baño fue otro round: bajo la ducha tibia —agua con olor a cloro—, Fede me meó un poco en la concha por pedido mío, el chorro caliente mojando mis labios hinchados. Sofaa se arrodilló y lamió todo, saboreando la mezcla salada.
Exhaustas pero queriendo dejar a los pibes totalmente enloquecids, nos vinimos mutuamente mientras ellos se vestían. Hicimos un 69 entre nosotras, Sofaa me comió la concha, lengua profunda lamiendo mis labios hinchados, sabor a jabón barato, mientras yo le metía dos dedos en el culo. Gemidos lésbicos: “¡Chupa, puta, chupame el clítoris!”. Los tipos estaban encantados con lo que veían, hicimos tijeras, ellos no aguantaron y se tuvieron que pajear, usaron mí tanga rota para limpiarse.
Luego se fueron, les dijimos que nosotras nos íbamos en Uber.
Quedamos solas, Sofaa y yo nos besamos una vez más, probando sabores residuales, sabíamos que saliendo del telo no teníamos más contacto entre nosotras, volvíamos a ser simples amigas como cualquier otras.
Me metí a bañar otra vez mientras Sofaa hacía pis, ahora ella se está bañando mientras yo escribo esto.
Cuando vuelva a casa me baño una vez más y después veré qué me depara hoy a la noche.
Les dejo mí instagram para que vean mí outfit de anoche..💕
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