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42: Acceso no autorizado (Final)




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Compendio III


42: ACCESO NO AUTORIZADO (Final)

42: Acceso no autorizado (Final)

Para este momento, ya eran más de las 4PM, demasiado tarde para regresar a mi oficina. Además, Celeste tenía los ojos llorosos. La puerta de la habitación del hotel hizo clic al cerrarse detrás de nosotros. Las sandalias de Celeste rasparon contra la alfombra mullida mientras caminaba hacia la cama, sus hombros caídos. El aire olía ligeramente a su perfume (naranjas y vainilla) mezclado con la limpieza estéril de las sábanas del hotel.

- ¿Estás bien? - pregunté, quedándome cerca de la entrada.

Ella no respondió de inmediato. En lugar de eso, tomó su teléfono de la mesita de noche, la pantalla iluminándose con el mensaje de Reginald nuevamente. Su pulgar tembló ligeramente al deslizarlo: no estaba enojada, solo agotada, como alguien que había perdido la cuenta de cuántas veces había repetido el mismo gesto inútil.

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• ¡No sé por qué esperaba algo diferente! - confesó, su voz cargada.

El teléfono se deslizó de sus dedos sobre el edredón, aterrizando con un golpe suave que sonó más fuerte en la habitación silenciosa. Afuera, el horizonte de Melbourne brillaba a través de las ventanas de piso a techo, indiferente a cómo sus hombros se curvaban hacia adentro mientras se hundía en el borde de la cama. La seda de su vestido susurraba contra las sábanas, la tela amontonándose a su alrededor como hielo derretido. Apretó sus palmas contra sus rodillas, los dedos agarrando la seda.

• Debería estar acostumbrada a esto para ahora…. - dijo, más para sí misma que para mí.
Vacilé, luego di un paso adelante. La alfombra amortiguó mis pasos.

- ¿Acostumbrada a qué?

• A estar sola. - Su risa fue frágil, el sonido rompiéndose contra las paredes estériles de la habitación. - Reggie siempre ha estado casado con su trabajo. Incluso en Londres. Pero aquí... es peor. Al menos allá tenía amigos. Aquí, ni siquiera sé dónde comprar un té decente.

Un músculo en su mandíbula se tensó. Parpadeó rápidamente, los ojos brillantes con lágrimas no derramadas que captaban la luz tardía de la tarde que filtraba a través de las cortinas traslúcidas. La forma en que dijo "té decente" (como si fuera el último hilo deshilachado de un hogar), hizo que mi pecho se apretara inesperadamente. Sus dedos jugueteaban con un hilo suelto del edredón, el movimiento repetitivo hipnótico.

Miré alrededor de la habitación: la bandeja del servicio de habitación del desayuno intacta, los huevos congelados endureciéndose en los bordes, la maleta medio deshecha con una blusa de seda colgada sobre la silla como una piel descartada, la novela abierta sobre el escritorio con páginas dobladas en intervalos irregulares. Toda la suite susurraba horas solitarias medidas en anillos de café y almohadas reposicionadas.

- No viniste aquí por elección, ¿Verdad?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla, mi voz apenas más fuerte que el zumbido del minibar.

Celeste exhaló bruscamente.

• No. Reggie dijo que era temporal. “Seis meses, máximo”. Eso fue hace un mes. - Arrancó un hilo suelto del edredón, la hebra deshilachada enrollándose alrededor de su dedo como un anillo de bodas. - Ahora, se siente como una eternidad…

El hielo en su vaso de agua se había derretido, la condensación formando un charco en el posavasos. Alcanzó el vaso, tomó un sorbo, hizo una mueca ante el sabor tibio: se le movía la garganta con ese mismo trago casi imperceptible que hace alguien cuando se aguanta a duras penas una mala noticia.

La puerta del minibar se abrió con precisión quirúrgica, su aire frío rozando mis nudillos. Tomé una botella nueva (condensación formándose ya en el vidrio) y giré la tapa con un sonido como de hielo rompiéndose. Los dedos de Celeste rozaron los míos al tomarla, su toque persistiendo un latido largo, cálido contra la superficie húmeda de la botella.

• ¡Gracias! - susurró, su voz deshilachándose en los bordes como seda remendada.

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La botella tembló ligeramente en su agarre antes de que la levantara hacia sus labios, el movimiento exponiendo el delicado aleteo de su pulso bajo su mandíbula. Gotas de agua escaparon por su barbilla, trazando el mismo camino que antes… hacia su garganta, desapareciendo bajo el escote de su vestido. No las secó.

Por un momento, solo permanecimos allí (ella en la cama, yo junto al tocador), escuchando los golpes amortiguados de los carritos de limpieza en el pasillo. El sonido retrocedió como una marea, dejando un silencio tan espeso que podía oír el zumbido tenue del compresor del minibar. Los dedos de Celeste seguían aferrados a la botella de agua, sus nudillos pálidos contra el vidrio. Una gota resbaló por su costado y cayó en su rodilla desnuda, trazando un camino lento hacia el doblez de su vestido.

Entonces, impulsivamente, Celeste levantó su mirada.

• ¡Quédate!

Nos miramos fijamente, silenciosos, esperando que el otro se moviera. La luz anaranjada de la tarde se filtraba a través de las persianas, pintando rayas de tigre sobre las clavículas de Celeste. Sus dedos retorcieron el edredón, la tela susurrando como un secreto.

• ¡No quiero estar sola! ...

La voz de Celeste se quebró en la última palabra, su súplica flotando entre nosotros como la luz tardía que se desvanecía.

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Ella me besó primero: suave, tentativo, como alguien que prueba el agua de la bañera con el pie. Sus labios sabían ligeramente a Earl Grey y caramelo, cálidos contra los míos. Cuando no me aparté, sus brazos se deslizaron alrededor de mi cuello con desesperación repentina, sus dedos enredándose en mi cabello como si se anclara al presente.

Comenzamos a desvestirnos lentamente, nuestros dedos torpes con botones y cierres como si ninguno de nosotros quisiera apresurar lo inevitable. La seda del vestido de Celeste se deslizó de sus hombros con un susurro, amontonándose a sus pies como oro líquido. Su piel estaba cálida bajo mis palmas, sonrojada por el calor de la tarde que aún persistía en sus venas. Ella se arqueó bajo mi toque, su respiración cortándose cuando mis pulgares trazaron el delicado borde de encaje de su sostén: apenas visible, traslúcido como para ver el rosado tenue de sus pezones bajo la tela. Pero a medida que nos excitábamos más, nuestras respiraciones se volvieron ásperas.

Extendí la mano hacia la mesita de noche, tanteando el tirador del cajón en la luz crepuscular. Mis dedos rozaron la caja de cartón liso: la oferta discreta del Hyatt de condones guardados junto al menú de servicio de habitación. El envoltorio de lámina se rasgó con un sonido agudo que hizo que Celeste contuviera el aliento. Mientras lo desenrollaba, su mirada se fijó en mí con una intensidad que rayaba en fascinación científica, sus labios entreabriéndose ligeramente.

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- ¿Qué pasa? - Pregunté, deteniéndome a mitad del movimiento con el condón medio enrollado.

• ¡N-no!... ¡No!... ¡No pasa nada! - Tartamudeó Celeste, su rubor profundizándose hasta un tono que rivalizaba con el tinte frambuesa de sus labios.

Su mirada titubeó, luego volvió con la curiosidad furtiva de alguien que intenta no mirar un accidente automovilístico.

Volvimos a besarnos, yo encima de ella, el peso de mi cuerpo presionando a Celeste contra el colchón con deliciosa inevitabilidad. Cuando comencé a penetrarla, Celeste se sentía imposiblemente estrecha… sus músculos aleteando alrededor de mí como un pulso nervioso. Después de ver la expresión tensa de Reginald en las reuniones de junta, no me sorprendió que no hubieran tenido relaciones en un tiempo. La forma en que su cuerpo me resistió al principio luego cedió con un suspiro tembloroso, decía mucho.

• ¡Es... tan... grande! ... - Jadeó Celeste, sus dedos arañando mi espalda como si buscaran agarre.

42: Acceso no autorizado (Final)

Su respiración venía en ráfagas rápidas y superficiales contra mi clavícula, cálida y dulce con rastros de Earl Grey. La primera embestida completa la hizo arquearse bajo mí: su columna curvándose como una cuerda antes de derrumbarse de nuevo sobre el edredón arrugado. Un jadeo agudo escapó de esos labios teñidos de frambuesa, sus uñas cavando medias lunas en mis hombros. El aroma a naranja de ella se mezcló con el olor tenue de excitación mientras penetraba más profundo.

• ¿Estás bien? - Consulté contra su garganta, sintiendo el rápido aleteo de su pulso bajo mis labios.

Ella asintió frenéticamente, las caderas levantándose para encontrarse con las mías.

• ¡S-sí! Solo... ¿Más despacio?

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Sus dedos se apretaron en mis hombros, no empujando sino anclando… como si temiera que desapareciera si soltaba. La luz de la tarde captó el brillo del sudor en su sien, los mechones húmedos de cabello pegados a su piel.

Accedí, retirándome ligeramente. El deslizamiento era más suave ahora, su cuerpo adaptándose. Las sábanas del hotel crujieron bajo nosotros, algodón fresco contra mis rodillas. La respiración de Celeste se cortó cuando la penetré completamente: sus músculos internos aleteando alrededor de mí en pulsos lentos y sorprendidos.

• ¡Dios! – susurró en un jadeo sensual e indefenso, cerrando los ojos.

Sus dedos recorrieron mi pecho, tentativos al principio, luego más audaces cuando sus uñas rasparon ligeramente mi abdomen. La sensación me recorrió como un choque, y atrapé su muñeca, presionándola contra el colchón junto a su cabeza. Ella jadeó, sus caderas levantándose instintivamente, buscando más fricción.

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La lámpara de la mesita proyectó una luz cálida sobre sus clavículas, destacando el brillo del sudor que se formaba allí como rocío matutino sobre piedra calentada por el sol. Afuera, la ciudad zumbaba: tranvías repicando como campanas lejanas, risas ebrias de la calle abajo subiendo y desvaneciéndose como estática de radio. El aire olía a sexo ahora… sal y sexo y el tenue rastro de su perfume de naranjas aferrándose terco a la funda de almohada donde lo había mordido momentos antes.

Me moví dentro de ella de nuevo, más lento esta vez. Celeste gimió (un sonido suave y quebrado que oscilaba entre un sollozo y un suspiro) sus muslos temblando contra mis caderas con el esfuerzo de permanecer quieta. Sus dedos se flexionaron contra las sábanas donde las había inmovilizado, su alianza captando la luz de la lámpara con cada movimiento tenso.

- ¡Te sientes increíble! - admití contra su oído, mis labios rozando el delicado contorno donde su pulso aleteaba como un pájaro atrapado.

Su risa fue sin aliento, sus dedos apretándose en mi cabello.

• Ha ...pasado un tiempo.

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La confesión salió fracturada (mitad admisión, mitad disculpa), mientras sus caderas se levantaban tentativamente bajo las mías. El movimiento envió una nueva ola de calor a través de mí, sus músculos internos aleteando en pulsos lentos y sorprendidos que hicieron que mi respiración se cortara.

El beso se profundizó… lento, lánguido, el tipo que hace que el tiempo se contraiga al simple contacto cálido de labios y el aliento compartido entre ellos. Los dedos de Celeste se apretaron en mi cabello, sus uñas raspando ligeramente mi cuero cabelludo de una manera que envió escalofríos por mi espina dorsal. Sus labios se abrieron más, invitando, y tracé la curva de su lengua con la mía, probando el dulzor tenue del Earl Grey y el rastro más rico y mantecoso de caramelo del pastel del café que aún persistía en su aliento. Ella gimió suavemente en mi boca, la vibración zumbando entre nosotros como un cable vivo.

Cuando finalmente me separé, sus labios estaban hinchados, brillando levemente en la luz cada vez más tenue de la tarde. Sus mejillas enrojecieron… no solo por excitación, sino por algo más profundo, más vulnerable, como si nadie le hubiera preguntado qué quería en mucho tiempo. Su pecho subía y bajaba rápidamente, el encaje de su sujetador tensándose con cada respiración.

- ¡Dime qué te gusta! - murmuré contra la comisura de su boca, mis dedos deslizándose por la delicada curva de su cuello, sintiendo el aleteo de su pulso bajo mis yemas.

Celeste mordió su labio.

• Me... gusta esto. ¡Así!... ¡Justo así! - Sus caderas se levantaron tentativamente, encontrando mi siguiente embestida. - ¡Oh!

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El cabecero golpeó la pared con un golpe sordo. En algún pasillo cercano, una puerta se cerró de golpe. Celeste se paralizó bajo mí, sus uñas cavando profundamente en mis hombros. La tensión repentina en su cuerpo hizo que sus músculos internos se apretaran alrededor de mí como un torno de terciopelo.

• ¡Van a oírnos! - susurró, ojos abiertos con un pánico que paradójicamente dilató aún más sus pupilas: pozos oscuros tragándose por completo sus iris avellanados.

Sonreí, reduciendo mis movimientos a un balanceo de caderas casi imperceptible.

- ¡Entonces guarda silencio!

Mis labios rozaron su lóbulo mientras hablaba, sintiendo los finos temblores que recorrían su cuerpo.

- ¡A menos que quieras que el servicio de limpieza presente una queja por ruido a tu esposo!

Sabía por experiencia que las paredes eran lo suficientemente gruesas para mantener la privacidad. Aun así, ella ahogó un gemido en mi hombro cuando penetré más profundo, encontrando un punto que hizo que sus dedos de los pies se encogieran. La seda de su vestido (todavía enredada alrededor de su cintura) crujía con cada embestida. Sus piernas se apretaron alrededor de mí, los talones presionando la parte baja de mi espalda.

• ¡Marco!

Su voz se quebró, áspera como pasos sobre grava. Sus dedos arañaron mis hombros, las uñas marcando medias lunas en mi piel. El cabecero crujió de nuevo, más suave esta vez, ahogado por nuestro peso.

42: Acceso no autorizado (Final)

Podía sentirla apretándose alrededor de mí, su respiración entrecortada en jadeos cortos. Sus dedos se aferraron a las sábanas, los nudillos blancos. El condón se estiró ajustadamente mientras sus caderas vacilaban contra las mías. Cerca, tan cerca...

Un golpe brusco en la puerta nos paralizó a ambos.

❤️ ¡Servicio de limpieza! - Una voz alegre anunció. ¿Qué tipo de limpieza en un hotel trabaja pasadas las 4PM?

Celeste se puso rígida bajo mí.

• ¡Dios mío!...

Su susurro fue apenas audible, pero todo su cuerpo se tensó como un ciervo asustado, sus uñas clavando medias lunas afiladas en mis hombros. La repentina contracción de sus músculos alrededor de mí casi acabó conmigo allí mismo.

Mi palma presionó los labios de Celeste justo cuando su espalda se arqueó bruscamente, su grito ahogado vibrando contra mi piel. Sus muslos temblaron alrededor de mis caderas, la repentina presión de sus músculos atrayéndome más profundo cuando el golpe se repitió.

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❤️ ¡Regresaré más tarde! -La voz de la limpiadora se desvaneció por el pasillo, acompañada por el chirrido de las ruedas de su carrito.

El instante en que el sonido se desvaneció, Celeste se desplomó de nuevo sobre las almohadas, el pecho palpitante.

• ¡No puedo!... - jadeó. - ¡No puedo creer…!

La besé con fuerza, tragándome su risa. Su clímax onduló a través de ella, arrastrándome al límite con ella. El mundo se redujo al calor de su cuerpo, el pulso de mi propia liberación, el sonido ahogado de la ciudad afuera.

Nuestras frentes permanecieron apretadas, húmedas de sudor, respiraciones mezclándose en el espacio cargado entre nosotros. La luz de la tarde se había suavizado hasta la hora dorada, pintando la piel enrojecida de Celeste en tonos de miel y ámbar. Podía sentir su pulso vibrando donde nuestros cuerpos permanecían unidos… un ritmo rápido e insistente que coincidía con el mío.

• ¡Eso... se sintió increíble! - Se rió mientras mordía su labio, el sonido inesperadamente ligero entre las sábanas arrugadas y nuestros miembros enredados.

Sus dedos trazaron caricias y dibujos a través de mis omóplatos, las uñas dejando huellas tenues como estelas de cometas en la luz cada vez más tenue.

- ¡Sí, estoy de acuerdo! ¿Te animas a una segunda ronda? - Casi supliqué, perdido en el avellana de sus ojos.

El sol de la tarde había cambiado, proyectando largas sombras sobre la piel enrojecida de Celeste: la luz dorada captando el brillo fino de sudor en su garganta, el temblor delicado de su labio inferior. Sus pupilas todavía estaban dilatadas, tan oscuras como para ahogarse en ellas.

• ¿Qué? - Preguntó Celeste, sin creer lo que escuchaba.

- Sí. Tu sexo se sentía apretado que quiero hacerlo de nuevo. ¿Te importa? - Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera filtrarlas, crudas y honestas.

Mis dedos trazaron la curva húmeda de la cadera de Celeste, sintiendo la piel de gallina bajo mi toque mientras ella temblaba.

• No... pero tú... - Jadeó Celeste, sus ojos avellanados muy abiertos mientras miraba la punta hinchada del condón.

Una perla espesa de semen temblaba allí, brillando en la luz menguante de la tarde. Pero debajo, yo seguía duro como una roca, las venas a lo largo de mi eje palpando visiblemente.

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Sus dedos se cernían cerca de sus labios entreabiertos, temblando ligeramente mientras retiraba el condón usado con un chasquido húmedo. Su respiración se cortó cuando alcancé otro paquete de aluminio en la mesita de noche, mis dedos firmes a pesar del hambre que recorría mi cuerpo.

La segunda vez lo hicimos en posición de perrito (algo que Celeste confesó que nunca había probado), el ritmo fue más áspero, más primitivo.

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Sus rodillas se hundieron en el colchón mientras se apoyaba a cuatro patas, su espalda arqueándose hermosamente bajo mis manos. La curva de su columna era como un signo de interrogación, invitándome a completar el espacio vacío. Mis dedos se clavaron en la carne suave de sus caderas, atrayéndola hacia mí con cada embestida, el golpeteo húmedo de piel haciendo eco en la habitación silenciosa.

- ¡Déjame... ver cómo disfrutas otro orgasmo! - gruñí, observando cómo su sexo se estrechaba alrededor de mí como un puño de terciopelo, cada contracción arrastrándome más profundo en su calor.

• ¡Marco! - gritó ella, su voz quebrándose en un gemido cuando alcé una mano para agarrar su cabello, tirando suavemente hasta que su espalda se arqueó perfectamente contra mi pecho.

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El sonido de nuestra piel chocando se mezcló con los jadeos roncos de Celeste, sus uñas arañando las sábanas mientras corría hacia el borde una segunda vez.

• ¡No pares! - suplicó, su cuerpo temblando como una cuerda tensada justo antes de romperse. - ¡No pares! ¡Ah! ¡No pares!

Y no lo hice.

La luz de la tarde había cambiado. Rayos dorados ahora cruzaban diagonalmente las sábanas arrugadas, iluminando los tenues temblores en los muslos de Celeste mientras se arrodillaba en el colchón. Su vestido de seda formaba un charco alrededor de su cintura, la tela húmeda de sudor donde se pegaba a su espalda baja. Mis manos se deslizaron alrededor de sus caderas, los dedos clavándose en la carne suave mientras la atraía hacia mí con cada embestida.

42: Acceso no autorizado (Final)

- ¿Estás bien? - Murmuré, deteniéndome al sentir su temblor.

Celeste asintió frenéticamente, mechones de cabello miel rubio pegados a su cuello enrojecido.

• ¡S-sí! Solo... diferente. - Su voz se quebró cuando roté mis caderas experimentalmente, ajustando el ángulo.

El cabecero crujió contra la pared con cada movimiento, el sonido rítmico contra el zumbido distante del minibar.

Una inhalación aguda. Luego…

• ¡Oh! - Sus dedos se retorcieron en el edredón. - ¡Ahí! ¡Ahí!

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(Oh! There! There!)

Accedí, empujando más fuerte. El olor a sexo flotaba espeso ahora: almizclado y cálido, mezclándose con los restos cítricos de su perfume. Debajo de nosotros, los resortes del colchón gimieron. Afuera, un tranvía sonó levemente a tres calles de distancia…su repique distante marcando el ritmo con la inhalación aguda de Celeste cuando mi palma se deslizó alrededor de su caja torácica para tomar su pecho. La seda de su vestido se pegó húmedamente entre nosotros, tan fina que podía sentir su pezón endurecerse instantáneamente bajo la presión circular de mi pulgar.

- ¿Demasiado? - consulté contra su nuca, probando el sabor salado cuando mis labios rozaron su piel húmeda.

Su gemido de respuesta vibró a través de mí, sus músculos internos agitándose como una mariposa atrapada.

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Sacudió la cabeza, jadeando.

• ¡N-no! Solo... rápido. ¡Por favor!

Accedí, agarrando sus caderas con más fuerza mientras me hundía en ella con renovada urgencia. El golpeteo de piel contra piel hizo eco en los azulejos del baño, cada embestida acentuada por los gemidos ahogados de Celeste. Sus dedos se aferraron al edredón arrugado debajo de ella, la tela enrollándose alrededor de sus muñecas como restricciones de seda. Cada vez que pasos recorrían el pasillo, su respiración se cortaba, sus músculos internos apretándose alrededor de mí con deliciosa presión… como si su cuerpo no pudiera decidir si jalarme más profundo o empujarme por miedo a ser escuchada.

• ¡Dios! - Susurró Celeste, hombros temblando con risa reprimida.

La vibración viajó por su espina dorsal hasta mis manos donde sujetaba sus caderas: como atrapar un relámpago en una botella.

Presioné un beso entre sus omóplatos, probando el salado.

- ¿Casi llegas? - Mis labios permanecieron en la piel húmeda allí, sintiendo el rápido aleteo de su pulso debajo.

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• ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! - El gemido de Celeste se fracturó en un canto sin aliento, su voz subiendo un tono mientras sus dedos desgarraban el edredón.

Sonreí contra la curva sudorosa de su omóplato y empujé más profundo… con suficiente fuerza para que el cabecero golpeara un ritmo constante contra la pared. Cuando la punta de mí presionó lo que parecía la entrada de su útero, su jadeo salió en un sonido húmedo y sorprendido, su cuerpo entero cerrándose alrededor de mí como una trampa activada.

No estoy seguro si Reginald tiene uno más pequeño o problemas de erección, pero estaba seguro de que Celeste nunca se había sentido así. Los dedos de Celeste se aferraron al edredón mientras su espalda se arqueaba bruscamente: un grito silencioso torciendo sus labios. Sentí sus paredes convulsionarse rítmicamente alrededor de mí, el calor húmedo repentino señalando su clímax. Sus rodillas se deslizaron separándose en las sábanas húmedas, codos doblándose cuando colapsó hacia adelante sobre el colchón con un gemido ahogado.

• ¡Aughh! - jadeó en la almohada, voz ronca. El cabecero golpeó decididamente contra la pared. Ninguno de nosotros se congeló ante el sonido rítmico.

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Disminuí, pero no me detuve, rotando mis caderas en movimientos superficiales para prolongar sus réplicas. El condón se estiró cómodamente entre nosotros, caliente por la fricción. La rejilla del aire acondicionado sobre nosotros traqueteó, escupiendo una ráfaga de aire frío que erizó la piel a lo largo de la espalda enrojecida de Celeste.

- ¿Estás bien? - Pregunté, quitando un mechón de cabello húmedo por el sudor de su sien.

Asintió débilmente, ojos color avellana vidriosos.

• Mhm. Solo... dame un segundo. - Su respiración se cortó cuando me retiré con cuidado, el látex chasqueando suavemente contra mi abdomen.

El reloj de la mesita de noche marcaba 4:58 PM. La luz del atardecer ahora cruzaba el pie de la cama, iluminando motas de polvo agitadas por nuestros movimientos como pequeñas bolas de discoteca atrapadas en un foco. Celeste se giró de costado con un gesto de dolor, la seda de su vestido arrugada en su cintura como un globo desinflado. Una fina capa de sudor brillaba a lo largo de su escote, captando la luz dorada de una manera que hacía que su piel pareciera dorada.

El condón aterrizó en el cubo de basura con un golpe húmedo. Celeste siguió su trayectoria con ojos semicerrados, su pecho aun subiendo y bajando rápidamente. La luz dorada capturó el sudor formándose a lo largo de sus clavículas, haciéndolas brillar como lentejuelas dispersas. Una sola gota se deslizó hacia abajo, desapareciendo en la seda arrugada reunida en su cintura.

Celeste me observó con ojos semicerrados, sus labios frambuesa entreabiertos.

• ¡Tú... todavía...! - Su mirada bajó, abriéndose al verme aun completamente erecto a pesar de dos rondas. - Reggie nunca...

42: Acceso no autorizado (Final)

Su garganta se movió alrededor de lo silenciado: siguió adelante, mientras su mirada caía. Una gota de sudor trazó la curva de su cuello antes de desaparecer en la seda arrugada de su clavícula.

Me reí, ajustándome contra las sábanas húmedas.

• ¡Riesgo laboral de la logística en equipos mineros! ¡Turnos de doce horas construyen resistencia!

El chiste malo cayó torpemente en el aire cargado entre nosotros, pero la risa de respuesta de Celeste fue sin aliento y real…sus hombros temblando mientras se limpiaba la frente húmeda con el dorso de su muñeca.

Resopló, luego hizo otra mueca.

• ¡Dios! ¡No he estado tan adolorida desde...! - Una sombra pasó por su rostro antes de sacudirla. - Bueno. Ha pasado un tiempo.

Sus dedos acariciaron su muslo interno donde el vestido de seda se había subido, el movimiento llamando atención a las marcas rojas tenues de mi agarre anterior. La luz de la tarde captó el borde de su anillo de bodas mientras giraba alrededor de su dedo: un hábito nervioso que había notado antes en el café.

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El cubo de hielo en el tocador había comenzado a sudar, gotas cayendo sobre el menú de servicios laminado. Agarré dos botellas de agua miniatura de la minibar, las abrí con gemidos gemelos y le pasé una a Celeste. La bebió de un trago, garganta moviéndose, antes de presionar la botella fría contra su mejilla enrojecida. Una gota rebelde escapó por su cuello, siguiendo el mismo camino que mis labios habían seguido antes. No la limpió.

• ¡Me estás mirando! - Rezongó, su voz ronca por el esfuerzo.

Lo estaba: mirando la forma en que sus pezones se endurecían visiblemente a través de la seda arrugada aún enredada alrededor de su cintura, las marcas rojas que mis dedos habían dejado en la piel delicada de sus caderas.

- ¡Solo memorizando! - admití, pasando un pulgar sobre una marca enrojecida.

La yema de mi dedo quedó ligeramente húmeda con su sudor, brillando en la luz menguante de la tarde como rocío matutino en pétalos de rosa.

La risa de Celeste fue sin aliento. Se estiró con cuidado, probando sus músculos como un gato desenroscándose después de una larga siesta.

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• ¡Reggie generalmente se duerme para ahora! - Una gota de sudor resbaló por su sien mientras rotaba su hombro con un gesto de dolor. - A veces, antes…

La comparación no dicha quedó entre nosotros… espesa como el olor a sexo que aún se aferraba a las sábanas arrugadas. El reloj digital cambió a 5:03.

Alcancé mi camisa descartada, colgada sobre el sillón.

- ¿Debería...?

Celeste agarró mi muñeca. Sus dedos estaban cálidos.

• ¡Quédate! - Un latido. - Solo... acuéstate conmigo. Un minuto.

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Las sábanas aún estaban calientes donde habíamos estado, la huella tenue de nuestros cuerpos persistiendo como sombras en el lino arrugado. Celeste se acurrucó contra mi costado, su pierna desnuda enroscándose sobre la mía con intimidad desinhibida, su aroma cítrico mezclándose con el olor a sexo que se aferraba a mi piel. Su respiración se niveló lentamente: no dormida, sino descansando en ese crepúsculo líquido entre el agotamiento y la conciencia. Los sonidos de la ciudad se desvanecieron en ruido blanco: cláxones distantes amortiguados por ventanas dobles, el zumbido mecánico del eje del ascensor tras la pared, el ocasional estallido de risas del bar del hotel tres pisos abajo ascendiendo como burbujas en champán.

A las 5:22, su teléfono vibraba en la mesita de noche. La pantalla se iluminó con cruel claridad… Reginald destellando sobre la vista previa del mensaje:

**Atrapado en reuniones. Pide servicio de habitación.**

Celeste exhaló por la nariz, pero no alcanzó su teléfono vibrante. En cambio, sus yemas de los dedos trazaron caricias a lo largo de mi esternón… círculos que se hacían progresivamente más pequeños hasta que su uña se enganchó en una cicatriz justo debajo de mi clavícula.

• ¿A qué hora espera tu esposa que llegues a casa? - La pregunta cayó como una piedra en agua quieta, sus labios teñidos de frambuesa apenas moviéndose al hablar.

Me tensé bajo su toque, sintiendo la repentina rigidez en mis hombros transferirse hasta donde su muslo aún descansaba contra el mío.

- Sí... mi esposa no tiene problema con que yo llegue tarde. - Dejé escapar un suspiro preocupado. - Mis hijas, por otro lado, no les gusta cuando su papá se salta su rutina diaria de ejercicio.

Se rió ante mis palabras.

• ¿Tienes hijos? - preguntó gratamente sorprendida.

- Tres hijas y un bebé. - respondí con una sonrisa. -Y como ves, estar aquí no me está ganando el premio a Padre del año esta vez.

Los dedos de Celeste se demoraron contra mis labios antes de inclinarse, besándome con una lenta urgencia agridulce. Cuando se separó, su exhalación llevaba el peso de arrepentimientos no dichos.

• Dudo que tenga hijos con Reggie. - murmuró, mirando al techo donde las sombras de las farolas exteriores se extendían como dedos esqueléticos sobre el yeso.

Mientras comenzaba a oscurecer, empecé a vestirme. Celeste se giró y me observó, la última luz dorada capturando la curva de su hombro desnudo mientras se apoyaba en un codo. Su silueta contra el crepúsculo era todo bordes suaves y calor persistente: la curva de su cintura, la sombra entre sus pechos, el vestido de seda aún enredado alrededor de sus caderas como un pensamiento medio olvidado.

• ¿Te veré de nuevo? - preguntó en un tono casi suplicante, la luz menguante captando el temblor vulnerable de su labio inferior.

El vestido de seda susurró contra su piel mientras se movía, aún semi envuelto alrededor de sus caderas como una bandera de rendición.

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La pregunta fue ligera, pero su uña se clavó ligeramente en mi piel: no con dolor, solo presente, como un marcador de páginas presionado entre las hojas de este momento.

- ¡Honestamente, no lo sé! - Mi pulgar rozó la parte interna de su muñeca donde su pulso aleteaba. - Pero si quieres, sabes dónde encontrarme.

La mentira sabía al aire acondicionado viciado del hotel. Ninguno de nosotros daría ese paso…

(O tal vez, eso pensábamos en aquellos momentos…)

Finalmente, vestido, recogí los condones usados y envoltorios de la basura, besé su frente y la dejé en la cama.


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1 comentarios - 42: Acceso no autorizado (Final)

RosoUno
Ya se ha vengado de su nuevo jefe tocapelotas. Unos buenos cuernos le van a salir a ese jefe.
Muy buenas las imágenes que acompañan el relato