Hola, cómo les va? Se acerca el final de la historia. Espero que sea de su agrado. La semana que viene publico el capítulo final. Gracias a todos por los puntos, comentarios, etc.
Capítulo VIII — La Función Debe Continuar
Luego de más o menos media hora de siesta, si se le puede llamar así, desperté en la misma posición que había quedado. Ya respiraba normalmente, y no me dolía tanto el cuerpo, aunque sentía todavía algo de ardor en el culo. Ricardo estaba recostado al lado mío, en calzoncillos, tomando mate, muy relajado. Cuando me vio despierta, me acarició la espalda. Me cebó un mate que me costó tomar, principalmente por la posición en la que yo estaba.
—¿Te sentís mejor?
—Algo. —Respondí, incorporándome despacio. Hice un esfuerzo para darme vuelta y adoptar una postura parecida a la suya. Por suerte pude hacerlo sin demasiada molestia. Enseguida recibí otro mate.
—¿Tenía razón en insistirte que te quedes?
—Eso está por verse. Todo depende.
—¿De qué?
—De lo buenos que estén los sanguchitos. Si están secos, me voy a la mierda.
—Jajaja. Veo que no perdiste el humor. Tomá un sanguchito. —Me dio un triple de miga completo. Y la verdad, es que estaba muy bueno. O tenía mucha hambre.
—Mmm… Tenías razón.
—Ja. No fallan nunca. El Lunes a primera hora abro una cuenta corriente en la panadería de la esquina.
—Dale, dejá de decir boludeces y dame otro mate.
—Te doy otro mate, pero con una condición.
—A ver…
—Dejame que te diga Patito. Me parte el alma no poder decirte Patito. No te estoy pidiendo demasiado. —Fingió un pucherito que me hizo reír.
—Bueno. Pero solamente por el mate.
—Jeje, así me gusta.
Después de tres triples y un termo de mate, ya estaba sintiéndome bastante mejor. Ricardo corrió el termo y la bandeja y prendió un cigarrillo. Me ofreció uno, pero pasé.
—Patito, antes que nada te quiero pedir perdón por…
—Ya era hora, ¿no te parece?
—No, no. No te equivoques. Perdoname por haberte fallado. Es la primera vez que desvirgo un culo y no logro hacer gozar a la dueña. Pero no me arrepiento de haberlo intentado.
—Sos un caradura. Y un insensible. Pero al menos te esforzaste. Por ahora, te perdono.
—Bueno, eso es la segunda razón por la que quería que te quedes. La tercera es porque quiero decirte que de ahora en adelante, los ensayos van a ser más tranquilos. Nada de coger mientras se trabaja. Tanto vos como Lili aprendieron lo fundamental.
El hijo de puta, en ese momento, tuvo el tupé de mencionarme, tácitamente, que nos había cogido a las dos, y que no lo iba a hacer más, contradiciéndose con lo que me había dicho en el sofá, después del primer polvo.
—Claro, ya te garchaste a dos veteranas medio boludas, y ahora no querés que se te arme la podrida, ¿Cierto?
—Dejame terminar. Como ya aprendieron lo fundamental, especialmente vos, no tiene sentido que sigamos haciendo esa forma guionada de sexo, que es incómoda, y encima le hace perder tiempo al resto del elenco.
Como siempre, algo de razón tenía. Lo miré de pies a cabeza, semidesnudo como estaba, y recién ahí me di cuenta de que se había pasado una hora cogiendo sin desvestirse. Después de todo, ya estábamos casi en primavera, y el calor arranca a joder desde temprano.
—Sacate el vestido, por favor. Y el corpiño. Quiero verte completa. Quiero ver ese cuerpazo de princesa Vikinga, como Dios lo trajo al mundo, cosa que no pude hacer correctamente todavía.
—Eeehhh… ¿Otra vez? ¿No estábamos hablando en serio?
—Y voy a seguir hablando en serio, pero quiero que me escuches y sientas mi lenguaje corporal de cerca, piel con piel. Para que veas que no te miento. —Me tenía dominada, casi hipnotizada. Le di un beso corto.
—Mirá las cosas que me hacés hacer. No me reconozco a mí misma.
Me levanté de la cama y me paré frente a él, sobre el costado. Le hice un pequeño strip tease en el cual desabotoné el frente del vestido. Me saqué el corpiño y se lo tiré a la cabeza. Me di vuelta, meneando la cadera, mientras terminaba con los últimos botones. En un solo movimiento, levanté los brazos y el vestido cayó de bruces al piso, alrededor mío, dándole una vista perfecta de mis piernas, cola y espalda.
—¡Qué belleza, por Dios! Mostrame el resto, antes que me infarte.
Giré despacito, tapándome las tetas con el brazo, y el pubis con la palma de la otra mano.
—Me vas a matar de ansiedad. Dejame verte toda.
Finalmente hice una pose digna de Playboy, mostrándole mi cuerpo desnudo en todo su esplendor.
—Vení, subite arriba mío.
Volví a la cama despacio y pasé una pierna por arriba de él. Quedé acostada boca abajo, apoyando mis tetas sobre su pecho. Quedamos cara a cara. Empecé a sentir con la panza cómo se iba poniendo duro otra vez.
—¿Ves que así es mejor? Te puedo hablar de frente, acariciarte, besarte… O las tres cosas juntas.
—Probá —Lo desafié.
Me tomó la nuca y acercó mi cara a la suya, para poder meterme la lengua hasta la garganta. La otra mano acarició mi nalga.
—Pato… —Dijo entre besos. —Ahora que te tengo así, me gustaría que los Viernes te quedes, después de hora, digamos. Para que no se corten las… alegrías que me diste hace un rato.
—En criollo: Después de ensayar, me querés coger. Te calentás con las escenas, y te sacás la calentura con la protagonista.
—No, Pato. Olvidate de los ensayos. No te estoy hablando como profesor, ni como director, y mucho menos como actor. Te estoy hablando como hombre, y quiero que me escuches como mujer. Lo que quiero es que avancemos nuestro… nivel de intimidad, por así decirlo. Tené en cuenta que todavía no garchamos como corresponde.
Estaba loco. O gagá. Se pasó la última hora dándome matraca sin parar, me hizo gozar como nunca, y después sufrir como nunca, y todavía me sale con que no garchamos como corresponde.
—¿Qué estás diciendo Ricardo?
—A lo que me refiero es que lo que hicimos hace un rato no se acerca, ni de casualidad, a lo que yo considero garchar, como Dios manda. La ropa puesta, las posiciones incómodas, el reputísimo guion… Eso no es garchar. No es natural.
Por primera vez en seis meses lo escuchaba hablar negativamente de una parte, mínima, de su trabajo. Hasta hacía una hora, el guion era sagrado.
—A la mierda, qué cambio. ¿Entonces?
—Lo que quiero es que vos y yo nos encontremos en una cama, completamente desnudos, sin restricciones horarias, y hagamos el amor como corresponde. Con una buena entrada en calor de caricias, besos, lengüetazos, mordiscones si es necesario. Después seguimos con la estimulación oral, para uno y para el otro, y después viene el sexo propiamente dicho, gozando libremente, cambiando de posición según lo pida el cuerpo, gimiendo, gritando, suspirando, hablando sucio. Y, como broche de oro, dos orgasmos simultáneos, infernales, ensordecedores.
—Una maratón, en pocas palabras.
—A eso agregale un baño decente, con ducha… Bañera, si es posible… Por supuesto, no puede faltar una buena cocina para preparar el mate, para tomar entre un polvo y el siguiente.
—A ver si entiendo: Vos querés que yo venga los Viernes a ensayar, y de acá nos vamos a un telo.
—No sería un telo. Sería un departamentito que puedo conseguir por acá cerca. ¿No te parece mejor una cosa así? Y después, cuando ya no nos queda ni una gota de… energía para entregar… Quedamos dormidos pegados, entrelazados, hasta el otro día. Y ahí empieza otra vez todo el proceso…
—De todo lo que dijiste, lo último es imposible. Salgo de mi casa un Viernes a las ocho y vuelvo el Sábado a las tres de la tarde. Mi marido es pelotudo, pero si no almuerza tres Sábados seguidos puede empezar sospechar.
—Lo último puede ser imposible, pero la primera parte se puede hacer… Es un comienzo. ¿Por qué no arrancamos, así te muestro bien lo que te quiero hacer? Para que tomes la decisión de manera informada.
—Tengo una idea bastante clara de lo que me querés hacer. No es ningún misterio.
—Bueno. Si eso está aclarado, ¿Por qué no disfrutamos esto de una vez?
Seguimos a los besos, caricias, y apretones, pero en silencio. Recorrí todas las partes posibles del cuerpo de Ricardo con mis manos. Tenía razón, la sensación de sentir su piel era hermosa. No tenía el físico tallado de un atleta, pero se notaba que lo cuidaba bastante. No había partes flojas, y sus músculos estaban en perfectas condiciones. Y principalmente ya estaba durísimo otra vez. No podía creer lo rápido que se le paraba la pija.
—Patito… ¿Sentís lo que provocás en mí? No es normal…
Me hizo bajarme de encima suyo, dejándome boca arriba. Tardó un segundo en sacarse el calzoncillo, liberando como con un resorte su poronga endemoniada, que ya cabeceaba.
—¿Sabés qué voy a hacer? Voy a aprovechar tus tetas. No puedo desperdiciar esas dos ubres.
Se sentó arriba mío y ubicó la poronga en mi esternón. Escupió copiosamente, y con mis manos empujé mis tetas para aprisionarla.
—¿Le gustan las mellizas, maestro? —Pregunté, beboteando, para calentarlo un poco más.
—¡Qué locura! ¡Qué obra de arte! Tenés las mejores tetas que ví en mi vida. —Decía mientras se movía para adelante y para atrás.
Pellizcó mis pezones, a esta altura tan duros como su pija, y aumentó la profundidad del vaivén.
—Patito, le vas a tener que dar unos besitos a la cabeza. ¿Te animás, o también sos virgen de lengua? —Me desafió Ricardo.
—La quiero probar desde ayer. ¿A ver si te aguantás esta boquita?
Acerqué un poco la cabeza, saqué la lengua, y lamí la cabezota, totalmente empapada, de su pija. Tenía un gusto fuertísimo, a macho, que me hizo volar de calentura. Le pasé la lengua por toda la cabeza. Se ve que le gustó porque dejó de moverse. La imagen era muy pornográfica. La poronga gigante rodeada de dos melones gigantes, mientras mi lengua bailaba sobre el glande gigante. Después de un rato, liberó mis tetas y se paró.
—¿Así que te gusta chupar pijas? Cambiá de posición así no te acalambrás. —Sugirió Ricardo. —Ponete con la nuca en el borde del colchón, y tirá la cabeza para atrás, que quede colgando.
Giré hacia un costado, boca arriba, y bajé la cabeza. Quedó todo al revés. Ricardo, sin perder un segundo, se arrodilló y puso la verga a centímetros de mi boca.
—Chupala como vos sabés, pero que no te quede ni un centímetro afuera. —Me ordenó.

Empecé a chuparla en profundidad, tanto la cabeza como el tronco. Ricardo se quedó quieto y me dejó trabajar. Chupé de todas las formas que conocía. Saboreé con delectación. Con mis manos agarré sus nalgas para empujarlo más adentro. Le pasé la lengua a las bolas. Ricardo suspiraba, sin hacer demasiado ruido.
—¡Qué buena chupapijas resultaste ser! Y yo que pensé que eras una señora decente… El cornudo de tu marido al menos tiene tu boquita petera para sacarse la leche…
Sin sacarme la pija de la boca, le contesté.
—Iiiiijjjjeee keee oooo…
—No te entiendo, viciosa. Sacátela para hablar.
—Dice que no es digno de una señora casada, que solamente lo hacen las putas.
—Jajaja. Tiene razón. Dejalo que siga con esa idea.
Seguí lamiendo, chupando y succionando como una desenfrenada, supongo que diez minutos. Empecé a tocarme la concha, que ya estaba de nuevo lista para la acción. No lo podía creer.
—Bueno, golosa, prepará la gargantita porque te vas a tragar toda la leche.
Me agarró la cabeza con las dos manos y me empezó a coger la boca furiosamente. No podía respirar, y cuando el glande llegó a la garganta empecé a hacer arcadas. El hijo de puta aceleró con todo, y si hubiera podido verme al espejo, hubiera dicho que tenía la cara azul. Cuando ya me estaba por asfixiar del todo, le golpeé la nalga, suplicando, y él inmediatamente descargó su leche, gritando de placer.
—¡¡¡La puta que te pariooooooooó!!! ¡¡Tomate toda la leche, puta de mierdaaaaa!! ¡¡Aaaaaaahhhhhhh!!
Tosí, escupí, se me caían las lágrimas, los mocos, no veía nada. Tragué gran parte de su acabada, pero no pude evitar que unas gotas salieran por la comisura de mis labios.
—Qué hija de mil putas. Sos una aspiradora de leche. Qué maravilla.
—Hijo de puta. ¿Querés matarme? Si veníamos bien. ¿Dónde quedó el romántico de hace un rato?
—Cuando vio los petes que hacías se fue a la mierda indignado y me dejó a mí a cargo. Dejó dicho que no soportaba tanta asquerosidad.
Volvió a acostarse al lado mío, prendió otro cigarrillo, y me volvió a ofrecer. Esta vez acepté, y fumamos los dos en silencio. Cuando me acordé, le pregunté la hora.
—Deben ser las once. —Respondió especulando, mientras miraba para todos lados, en busca de su reloj.
—Bueno, ya me tendría que ir…
—Jeje. ¿Vos decís que el otario te está esperando? “Qué clase más exigente está tomando mi señora”…
Ojalá no hubiera dicho nada.
—No, se fue a Buenos Aires. Si no ya me hubiera ido antes.
—Ah, con razón… Ahora me cierra todo. O sea que no tenés apuro. Qué suerte.
—¿Todavía querés más? ¿Vos pensás que aguanto otro polvo más?
—El que tiene que aguantar soy yo. Ya no soy un pibe. Si llegué hasta acá fue porque me calentás más que cualquier otra mina. El cerebro me dice basta. La verga me dice basta. Pero después se juntan los dos y me piden que no sea cagón y siga toda la noche.
—Bueno. Está bien. Pero ya sabés. —No dije lo que él no quería escuchar, pero lo entendió.
—Bueno. Bárbaro. Ahora sí vamos a hacer el amor como corresponde. Como te dije hace un rato. Te voy a garchar hasta que me dejes seco, y sordo también.
Se levantó y me abrió las piernas. Me besó y lamió el clítoris. Subió por mi panza, se detuvo en mis tetas, y siguió hasta mi boca, quedando arriba mío en un clásico misionero. Me acomodó la verga, otra vez dura, en la entrada anegada de mi concha, y sentenció:
—Patito, la noche recién empieza.
Me metió la poronga, y sin perder tiempo, empezó a bombear. El placer volvía a ser inconmensurable. Mi estimulación clitoriana, la que empecé mientras mamaba, había quedado inconclusa. Por lo que esta nueva cogida me estaba llevando de vuelta a las nubes.

—Tomá verga, pedazo de puta. Gozá. Gritá, que nadie te escucha. Aullá.
—¡Aaahhh! ¡Aaahhh! ¡Aaahhh! ¡Aaahhh! ¡Sí! ¡Cogeme! ¡Dame con todo!
—Qué ganas de cogerte así tenía. Otra vez me vas a deformar la pija, guacha atorranta.
—¡¡Aaahhh!! ¡¡Aaahhh!! ¡¡Aaahhh!! ¡Partime la concha! ¡No pares! ¡Más fuerte!
—Te hacías la sofisticada, puta de mierda, y resultaste adicta a la poronga.
—¡¡¡Aaahhh!!! ¡¡¡Aaahhh!!! ¡¡¡Aaahhh!!! ¡A tu poronga! ¡A tu poronga!
—Ahh, mirá vos. Quiere decir que sos mi puta y de nadie más… Quiere decir que ésta concha maravillosa está a mi disposición… Contestá, putita.
—¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡Siiiiii! ¡Soy tu puta! ¡Esta concha es tuya! ¡¡¡Aaaahhhh!!!
Estuvo bombeando en esa posición cerca de quince minutos. Yo ya no estaba al tanto de nada más que del placer. Estaba más transpirada, y más colorada que las dos veces anteriores juntas. No empapé la cama con mis jugos porque evidentemente ya no tenía, pero igual alcanzaba para que la verga de Ricardo hiciera ese sonido tan particular. Casi no me quedaba voz de tanto gritar y gemir.
—¡¡¡¡Aaaahhhh!!!! ¡¡¡¡Aaaahhhh!!!! ¡¡NO AGUANTO MÁS!! ¡¡ACABO!! ¡¡¡¡¡AAAAAAHHHHHH!!!!!
Y acabé de manera inusitada. Ni me importó si Ricardo seguía, paraba, acababa adentro, o afuera. El placer de este tercer orgasmo me nubló el conocimiento.
Cuando volví en sí, Ricardo todavía me estaba bombeando. No había acabado el hijo de puta. Sacó la poronga, todavía durísima, pero sin gotear. Aprovechó mi éxtasis para darme vuelta. Quedé desplomada boca abajo, con las piernas extendidas. No tenía voluntad para nada. Esperé que Ricardo me vuelva a penetrar y me llene de leche hasta los ovarios. Ya no tenía forma de evitarlo.
—Bueno, Patito, putita, voy a terminar lo que empecé. Ya que no me dejás inundarte la concha, voy a aprovechar a romperte bien roto el ojete. Total ya no es virgen.
Quise reaccionar, pero ya era tarde. Me aprisionó los brazos y se tumbó arriba mío. Me apoyó la cabeza de la verga otra vez en la puerta del culo, y empujó con fuerza.
—¡¡¡No, pará, por favor!!!
—Callate, histérica de mierda. En un rato me vas a pedir que te parta como un queso.
—¡No! ¡¡No!! ¡¡¡NOOOOO!!!

Y la metió otra vez hasta el final. Pero esta vez embistió sin piedad. Sin escupirla, siquiera. Me empezó a machacar con todo. Yo estaba inmovilizada, y sentía, aparte del dolor infernal en el culo, todo su peso aplastándome contra el colchón.
—Todavía está bien apretado. ¿Te das cuenta que no te lo rompí hace un rato? Ahora vas a ver la diferencia. Te lo voy a dejar deforme. Se te van a caer los soretes, calientapijas de mierda…
—¡¡¡NOOOOOO!!! ¡¡¡PARÁ DESGRACIADO, LA REPUTA QUE TE PARIÓ!!! ¡¡¡SACALA, QUE ME DUELE!!! ¡¡¡BASTA!!! ¡¡¡BASTA!!! ¡¡¡DIOS!!!
—Patito, no voy a parar de taladrarte el ojete hasta que se me pase el efecto del Viagra, y no va a ser pronto. Te lo voy a estropear para el carajo.
No tenía piedad. No sé qué carajo había hecho para merecer semejante tortura. Veníamos lo más bien, y de repente se convirtió en una pesadilla. Me daba los pijazos como si quisiera dejarme remachada al colchón. El ruido que hacía su pelvis al chocar con mis nalgas parecía una ráfaga de sopapos perfectamente sincronizados. ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
—¿Ves, Patito, putita, lo que pasa cuando histeriqueás al Profesor Carne? Perdés como en la guerra. Hace seis meses te venís haciendo la interesante. Y ahora tenés lo que pediste, atorranta de mierda. Viniste a buscar una buena pija, acá la tenés. ¿Me vas a decir que no te gusta que te rompa el orto?
—¡¡¡NOOOOOO!!! ¡¡¡SOS UN HIJO DE PUTA!!! ¡¡¡SACALA DE UNA VEZ!!!
—Acordate lo que te dije hace un rato. Me vas a rogar que te rompa el orto y que te haga ver las estrellas, como todas las pendejas putas que estrené. Vas a ver.
Quise seguir gritándole que me la saque, pero era al pedo. Estaba decidido a atormentarme. De cualquier manera, con la violencia y la velocidad con la que estaba embistiendo, seguramente ya estaba más que roto. No supe qué más decir. El dolor seguía siendo insoportable. La presión que sentía en los intestinos era terrible. Lloraba y gritaba de manera desesperante. Si alguien hubiera escuchado, hubiera pensado que se trataba de un interrogatorio de la KGB.
—Bueno, putita, este orto ya está oficialmente destrozado. Mirá qué bien se traga mi poronga. Es un orgullo haberlo inaugurado de esta manera. Decime de quién es tu lindo culito de ahora en más…
Silencio.
—No voy a parar hasta que me digas de quién es este culito.
—¡¡¡TUYO, LA PUTA QUE TE PARIÓ!!!
—Muy bien, putita. Y me vas a pedir que te lo vuelva a romper todas las veces que yo quiera, ¿Cierto?
—¡¡SI!! —Le respondí afirmativamente pensando que con eso iba a acabar, y dejar de matarme.
—Muy bien diez, felicitado, alumna reputa. Y ahora, para coronar el placer que me dio este ojete maravilloso, lo voy a llenar de leche calentita. Sentila, putita, que ahí va… ¡¡¡¡¡AAAAAAAAHHHHHHHH!!!!!
El hijo de puta relinchó como un caballo. Y también se vació los huevos como un caballo. No sabía que un hombre podía fabricar tanto semen en tan poco tiempo. Me hubiera gustado enterarme de otra manera.
Finalmente el martirio terminó. Pero el dolor seguía y era terrible. Quedé despatarrada, sin moverme, llorando de la angustia. Ricardo quedó exhausto. Se quedó dormido al lado mío, con la verga flácida caída hacia un lado, con un cigarrillo en la boca que no alcanzó a encender. Me quise escapar corriendo de ahí, pero no pude. Me dolía todo y no tenía aire para nada. Me terminé desmayando, así como estaba. En ese momento no pensé que, a lo mejor, en un rato se despertaba y quería más. No me importó. No podía hacer otra cosa.
Me desperté a las cuatro de la mañana. Todavía me dolía todo. Me toqué el culo despacito, para saber cómo estaba, y todavía ardía. Como pude me levanté de la cama e intenté vestirme sin hacer ruido, aunque cada movimiento que hacía iba acompañado de un quejido de dolor. Tenía una prenda en cada punta: La bombacha estaba en el asiento siete de la primera fila desde las siete de la tarde. Pensé que sería una broma del destino. Me la puse con mucho cuidado, porque no le iba a dar el gusto de dejársela como trofeo. Luego el corpiño, que estaba en el piso, a centímetros del psicópata degenerado, que gracias a Dios seguía durmiendo como un oso. Me volví a vestir con mi ropa, agarré la cartera y, rengueando de manera notoria, me fui de ese antro de perdición.
Me costó sentarme en el auto, y más me costó parar en cada semáforo, pisar el freno, pisar el embrague, soltarlo, pisar el acelerador, etc. Llegué a mi casa, por suerte antes del amanecer. Entré sin hacer ruido, y vi que los chicos estaban durmiendo. No se me pasó por la cabeza ninguna excusa para darles al otro día.
Me metí en mi habitación, que estaba vacía, y de ahí fui a llenar la bañera. Quería sacarme el olor a sexo, la mugre, la transpiración, y sobre todo, refrescar mi despedazado culito. Antes de dormirme me quedé pensando en algo. Dentro de todo lo que me hizo sufrir ese hijo de puta de Ricardo, al menos no le di el gusto de pedirle que me rompa el orto. Esa predicción le falló. Finalmente me quedé dormida en la bañera. Lo único que esperaba era que no me vieran los chicos en ese estado.
Capítulo VIII — La Función Debe Continuar
Luego de más o menos media hora de siesta, si se le puede llamar así, desperté en la misma posición que había quedado. Ya respiraba normalmente, y no me dolía tanto el cuerpo, aunque sentía todavía algo de ardor en el culo. Ricardo estaba recostado al lado mío, en calzoncillos, tomando mate, muy relajado. Cuando me vio despierta, me acarició la espalda. Me cebó un mate que me costó tomar, principalmente por la posición en la que yo estaba.
—¿Te sentís mejor?
—Algo. —Respondí, incorporándome despacio. Hice un esfuerzo para darme vuelta y adoptar una postura parecida a la suya. Por suerte pude hacerlo sin demasiada molestia. Enseguida recibí otro mate.
—¿Tenía razón en insistirte que te quedes?
—Eso está por verse. Todo depende.
—¿De qué?
—De lo buenos que estén los sanguchitos. Si están secos, me voy a la mierda.
—Jajaja. Veo que no perdiste el humor. Tomá un sanguchito. —Me dio un triple de miga completo. Y la verdad, es que estaba muy bueno. O tenía mucha hambre.
—Mmm… Tenías razón.
—Ja. No fallan nunca. El Lunes a primera hora abro una cuenta corriente en la panadería de la esquina.
—Dale, dejá de decir boludeces y dame otro mate.
—Te doy otro mate, pero con una condición.
—A ver…
—Dejame que te diga Patito. Me parte el alma no poder decirte Patito. No te estoy pidiendo demasiado. —Fingió un pucherito que me hizo reír.
—Bueno. Pero solamente por el mate.
—Jeje, así me gusta.
Después de tres triples y un termo de mate, ya estaba sintiéndome bastante mejor. Ricardo corrió el termo y la bandeja y prendió un cigarrillo. Me ofreció uno, pero pasé.
—Patito, antes que nada te quiero pedir perdón por…
—Ya era hora, ¿no te parece?
—No, no. No te equivoques. Perdoname por haberte fallado. Es la primera vez que desvirgo un culo y no logro hacer gozar a la dueña. Pero no me arrepiento de haberlo intentado.
—Sos un caradura. Y un insensible. Pero al menos te esforzaste. Por ahora, te perdono.
—Bueno, eso es la segunda razón por la que quería que te quedes. La tercera es porque quiero decirte que de ahora en adelante, los ensayos van a ser más tranquilos. Nada de coger mientras se trabaja. Tanto vos como Lili aprendieron lo fundamental.
El hijo de puta, en ese momento, tuvo el tupé de mencionarme, tácitamente, que nos había cogido a las dos, y que no lo iba a hacer más, contradiciéndose con lo que me había dicho en el sofá, después del primer polvo.
—Claro, ya te garchaste a dos veteranas medio boludas, y ahora no querés que se te arme la podrida, ¿Cierto?
—Dejame terminar. Como ya aprendieron lo fundamental, especialmente vos, no tiene sentido que sigamos haciendo esa forma guionada de sexo, que es incómoda, y encima le hace perder tiempo al resto del elenco.
Como siempre, algo de razón tenía. Lo miré de pies a cabeza, semidesnudo como estaba, y recién ahí me di cuenta de que se había pasado una hora cogiendo sin desvestirse. Después de todo, ya estábamos casi en primavera, y el calor arranca a joder desde temprano.
—Sacate el vestido, por favor. Y el corpiño. Quiero verte completa. Quiero ver ese cuerpazo de princesa Vikinga, como Dios lo trajo al mundo, cosa que no pude hacer correctamente todavía.
—Eeehhh… ¿Otra vez? ¿No estábamos hablando en serio?
—Y voy a seguir hablando en serio, pero quiero que me escuches y sientas mi lenguaje corporal de cerca, piel con piel. Para que veas que no te miento. —Me tenía dominada, casi hipnotizada. Le di un beso corto.
—Mirá las cosas que me hacés hacer. No me reconozco a mí misma.
Me levanté de la cama y me paré frente a él, sobre el costado. Le hice un pequeño strip tease en el cual desabotoné el frente del vestido. Me saqué el corpiño y se lo tiré a la cabeza. Me di vuelta, meneando la cadera, mientras terminaba con los últimos botones. En un solo movimiento, levanté los brazos y el vestido cayó de bruces al piso, alrededor mío, dándole una vista perfecta de mis piernas, cola y espalda.
—¡Qué belleza, por Dios! Mostrame el resto, antes que me infarte.
Giré despacito, tapándome las tetas con el brazo, y el pubis con la palma de la otra mano.
—Me vas a matar de ansiedad. Dejame verte toda.
Finalmente hice una pose digna de Playboy, mostrándole mi cuerpo desnudo en todo su esplendor.
—Vení, subite arriba mío.
Volví a la cama despacio y pasé una pierna por arriba de él. Quedé acostada boca abajo, apoyando mis tetas sobre su pecho. Quedamos cara a cara. Empecé a sentir con la panza cómo se iba poniendo duro otra vez.
—¿Ves que así es mejor? Te puedo hablar de frente, acariciarte, besarte… O las tres cosas juntas.
—Probá —Lo desafié.
Me tomó la nuca y acercó mi cara a la suya, para poder meterme la lengua hasta la garganta. La otra mano acarició mi nalga.
—Pato… —Dijo entre besos. —Ahora que te tengo así, me gustaría que los Viernes te quedes, después de hora, digamos. Para que no se corten las… alegrías que me diste hace un rato.
—En criollo: Después de ensayar, me querés coger. Te calentás con las escenas, y te sacás la calentura con la protagonista.
—No, Pato. Olvidate de los ensayos. No te estoy hablando como profesor, ni como director, y mucho menos como actor. Te estoy hablando como hombre, y quiero que me escuches como mujer. Lo que quiero es que avancemos nuestro… nivel de intimidad, por así decirlo. Tené en cuenta que todavía no garchamos como corresponde.
Estaba loco. O gagá. Se pasó la última hora dándome matraca sin parar, me hizo gozar como nunca, y después sufrir como nunca, y todavía me sale con que no garchamos como corresponde.
—¿Qué estás diciendo Ricardo?
—A lo que me refiero es que lo que hicimos hace un rato no se acerca, ni de casualidad, a lo que yo considero garchar, como Dios manda. La ropa puesta, las posiciones incómodas, el reputísimo guion… Eso no es garchar. No es natural.
Por primera vez en seis meses lo escuchaba hablar negativamente de una parte, mínima, de su trabajo. Hasta hacía una hora, el guion era sagrado.
—A la mierda, qué cambio. ¿Entonces?
—Lo que quiero es que vos y yo nos encontremos en una cama, completamente desnudos, sin restricciones horarias, y hagamos el amor como corresponde. Con una buena entrada en calor de caricias, besos, lengüetazos, mordiscones si es necesario. Después seguimos con la estimulación oral, para uno y para el otro, y después viene el sexo propiamente dicho, gozando libremente, cambiando de posición según lo pida el cuerpo, gimiendo, gritando, suspirando, hablando sucio. Y, como broche de oro, dos orgasmos simultáneos, infernales, ensordecedores.
—Una maratón, en pocas palabras.
—A eso agregale un baño decente, con ducha… Bañera, si es posible… Por supuesto, no puede faltar una buena cocina para preparar el mate, para tomar entre un polvo y el siguiente.
—A ver si entiendo: Vos querés que yo venga los Viernes a ensayar, y de acá nos vamos a un telo.
—No sería un telo. Sería un departamentito que puedo conseguir por acá cerca. ¿No te parece mejor una cosa así? Y después, cuando ya no nos queda ni una gota de… energía para entregar… Quedamos dormidos pegados, entrelazados, hasta el otro día. Y ahí empieza otra vez todo el proceso…
—De todo lo que dijiste, lo último es imposible. Salgo de mi casa un Viernes a las ocho y vuelvo el Sábado a las tres de la tarde. Mi marido es pelotudo, pero si no almuerza tres Sábados seguidos puede empezar sospechar.
—Lo último puede ser imposible, pero la primera parte se puede hacer… Es un comienzo. ¿Por qué no arrancamos, así te muestro bien lo que te quiero hacer? Para que tomes la decisión de manera informada.
—Tengo una idea bastante clara de lo que me querés hacer. No es ningún misterio.
—Bueno. Si eso está aclarado, ¿Por qué no disfrutamos esto de una vez?
Seguimos a los besos, caricias, y apretones, pero en silencio. Recorrí todas las partes posibles del cuerpo de Ricardo con mis manos. Tenía razón, la sensación de sentir su piel era hermosa. No tenía el físico tallado de un atleta, pero se notaba que lo cuidaba bastante. No había partes flojas, y sus músculos estaban en perfectas condiciones. Y principalmente ya estaba durísimo otra vez. No podía creer lo rápido que se le paraba la pija.
—Patito… ¿Sentís lo que provocás en mí? No es normal…
Me hizo bajarme de encima suyo, dejándome boca arriba. Tardó un segundo en sacarse el calzoncillo, liberando como con un resorte su poronga endemoniada, que ya cabeceaba.
—¿Sabés qué voy a hacer? Voy a aprovechar tus tetas. No puedo desperdiciar esas dos ubres.
Se sentó arriba mío y ubicó la poronga en mi esternón. Escupió copiosamente, y con mis manos empujé mis tetas para aprisionarla.
—¿Le gustan las mellizas, maestro? —Pregunté, beboteando, para calentarlo un poco más.
—¡Qué locura! ¡Qué obra de arte! Tenés las mejores tetas que ví en mi vida. —Decía mientras se movía para adelante y para atrás.
Pellizcó mis pezones, a esta altura tan duros como su pija, y aumentó la profundidad del vaivén.
—Patito, le vas a tener que dar unos besitos a la cabeza. ¿Te animás, o también sos virgen de lengua? —Me desafió Ricardo.
—La quiero probar desde ayer. ¿A ver si te aguantás esta boquita?
Acerqué un poco la cabeza, saqué la lengua, y lamí la cabezota, totalmente empapada, de su pija. Tenía un gusto fuertísimo, a macho, que me hizo volar de calentura. Le pasé la lengua por toda la cabeza. Se ve que le gustó porque dejó de moverse. La imagen era muy pornográfica. La poronga gigante rodeada de dos melones gigantes, mientras mi lengua bailaba sobre el glande gigante. Después de un rato, liberó mis tetas y se paró.
—¿Así que te gusta chupar pijas? Cambiá de posición así no te acalambrás. —Sugirió Ricardo. —Ponete con la nuca en el borde del colchón, y tirá la cabeza para atrás, que quede colgando.
Giré hacia un costado, boca arriba, y bajé la cabeza. Quedó todo al revés. Ricardo, sin perder un segundo, se arrodilló y puso la verga a centímetros de mi boca.
—Chupala como vos sabés, pero que no te quede ni un centímetro afuera. —Me ordenó.

Empecé a chuparla en profundidad, tanto la cabeza como el tronco. Ricardo se quedó quieto y me dejó trabajar. Chupé de todas las formas que conocía. Saboreé con delectación. Con mis manos agarré sus nalgas para empujarlo más adentro. Le pasé la lengua a las bolas. Ricardo suspiraba, sin hacer demasiado ruido.
—¡Qué buena chupapijas resultaste ser! Y yo que pensé que eras una señora decente… El cornudo de tu marido al menos tiene tu boquita petera para sacarse la leche…
Sin sacarme la pija de la boca, le contesté.
—Iiiiijjjjeee keee oooo…
—No te entiendo, viciosa. Sacátela para hablar.
—Dice que no es digno de una señora casada, que solamente lo hacen las putas.
—Jajaja. Tiene razón. Dejalo que siga con esa idea.
Seguí lamiendo, chupando y succionando como una desenfrenada, supongo que diez minutos. Empecé a tocarme la concha, que ya estaba de nuevo lista para la acción. No lo podía creer.
—Bueno, golosa, prepará la gargantita porque te vas a tragar toda la leche.
Me agarró la cabeza con las dos manos y me empezó a coger la boca furiosamente. No podía respirar, y cuando el glande llegó a la garganta empecé a hacer arcadas. El hijo de puta aceleró con todo, y si hubiera podido verme al espejo, hubiera dicho que tenía la cara azul. Cuando ya me estaba por asfixiar del todo, le golpeé la nalga, suplicando, y él inmediatamente descargó su leche, gritando de placer.
—¡¡¡La puta que te pariooooooooó!!! ¡¡Tomate toda la leche, puta de mierdaaaaa!! ¡¡Aaaaaaahhhhhhh!!
Tosí, escupí, se me caían las lágrimas, los mocos, no veía nada. Tragué gran parte de su acabada, pero no pude evitar que unas gotas salieran por la comisura de mis labios.
—Qué hija de mil putas. Sos una aspiradora de leche. Qué maravilla.
—Hijo de puta. ¿Querés matarme? Si veníamos bien. ¿Dónde quedó el romántico de hace un rato?
—Cuando vio los petes que hacías se fue a la mierda indignado y me dejó a mí a cargo. Dejó dicho que no soportaba tanta asquerosidad.
Volvió a acostarse al lado mío, prendió otro cigarrillo, y me volvió a ofrecer. Esta vez acepté, y fumamos los dos en silencio. Cuando me acordé, le pregunté la hora.
—Deben ser las once. —Respondió especulando, mientras miraba para todos lados, en busca de su reloj.
—Bueno, ya me tendría que ir…
—Jeje. ¿Vos decís que el otario te está esperando? “Qué clase más exigente está tomando mi señora”…
Ojalá no hubiera dicho nada.
—No, se fue a Buenos Aires. Si no ya me hubiera ido antes.
—Ah, con razón… Ahora me cierra todo. O sea que no tenés apuro. Qué suerte.
—¿Todavía querés más? ¿Vos pensás que aguanto otro polvo más?
—El que tiene que aguantar soy yo. Ya no soy un pibe. Si llegué hasta acá fue porque me calentás más que cualquier otra mina. El cerebro me dice basta. La verga me dice basta. Pero después se juntan los dos y me piden que no sea cagón y siga toda la noche.
—Bueno. Está bien. Pero ya sabés. —No dije lo que él no quería escuchar, pero lo entendió.
—Bueno. Bárbaro. Ahora sí vamos a hacer el amor como corresponde. Como te dije hace un rato. Te voy a garchar hasta que me dejes seco, y sordo también.
Se levantó y me abrió las piernas. Me besó y lamió el clítoris. Subió por mi panza, se detuvo en mis tetas, y siguió hasta mi boca, quedando arriba mío en un clásico misionero. Me acomodó la verga, otra vez dura, en la entrada anegada de mi concha, y sentenció:
—Patito, la noche recién empieza.
Me metió la poronga, y sin perder tiempo, empezó a bombear. El placer volvía a ser inconmensurable. Mi estimulación clitoriana, la que empecé mientras mamaba, había quedado inconclusa. Por lo que esta nueva cogida me estaba llevando de vuelta a las nubes.

—Tomá verga, pedazo de puta. Gozá. Gritá, que nadie te escucha. Aullá.
—¡Aaahhh! ¡Aaahhh! ¡Aaahhh! ¡Aaahhh! ¡Sí! ¡Cogeme! ¡Dame con todo!
—Qué ganas de cogerte así tenía. Otra vez me vas a deformar la pija, guacha atorranta.
—¡¡Aaahhh!! ¡¡Aaahhh!! ¡¡Aaahhh!! ¡Partime la concha! ¡No pares! ¡Más fuerte!
—Te hacías la sofisticada, puta de mierda, y resultaste adicta a la poronga.
—¡¡¡Aaahhh!!! ¡¡¡Aaahhh!!! ¡¡¡Aaahhh!!! ¡A tu poronga! ¡A tu poronga!
—Ahh, mirá vos. Quiere decir que sos mi puta y de nadie más… Quiere decir que ésta concha maravillosa está a mi disposición… Contestá, putita.
—¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡Siiiiii! ¡Soy tu puta! ¡Esta concha es tuya! ¡¡¡Aaaahhhh!!!
Estuvo bombeando en esa posición cerca de quince minutos. Yo ya no estaba al tanto de nada más que del placer. Estaba más transpirada, y más colorada que las dos veces anteriores juntas. No empapé la cama con mis jugos porque evidentemente ya no tenía, pero igual alcanzaba para que la verga de Ricardo hiciera ese sonido tan particular. Casi no me quedaba voz de tanto gritar y gemir.
—¡¡¡¡Aaaahhhh!!!! ¡¡¡¡Aaaahhhh!!!! ¡¡NO AGUANTO MÁS!! ¡¡ACABO!! ¡¡¡¡¡AAAAAAHHHHHH!!!!!
Y acabé de manera inusitada. Ni me importó si Ricardo seguía, paraba, acababa adentro, o afuera. El placer de este tercer orgasmo me nubló el conocimiento.
Cuando volví en sí, Ricardo todavía me estaba bombeando. No había acabado el hijo de puta. Sacó la poronga, todavía durísima, pero sin gotear. Aprovechó mi éxtasis para darme vuelta. Quedé desplomada boca abajo, con las piernas extendidas. No tenía voluntad para nada. Esperé que Ricardo me vuelva a penetrar y me llene de leche hasta los ovarios. Ya no tenía forma de evitarlo.
—Bueno, Patito, putita, voy a terminar lo que empecé. Ya que no me dejás inundarte la concha, voy a aprovechar a romperte bien roto el ojete. Total ya no es virgen.
Quise reaccionar, pero ya era tarde. Me aprisionó los brazos y se tumbó arriba mío. Me apoyó la cabeza de la verga otra vez en la puerta del culo, y empujó con fuerza.
—¡¡¡No, pará, por favor!!!
—Callate, histérica de mierda. En un rato me vas a pedir que te parta como un queso.
—¡No! ¡¡No!! ¡¡¡NOOOOO!!!

Y la metió otra vez hasta el final. Pero esta vez embistió sin piedad. Sin escupirla, siquiera. Me empezó a machacar con todo. Yo estaba inmovilizada, y sentía, aparte del dolor infernal en el culo, todo su peso aplastándome contra el colchón.
—Todavía está bien apretado. ¿Te das cuenta que no te lo rompí hace un rato? Ahora vas a ver la diferencia. Te lo voy a dejar deforme. Se te van a caer los soretes, calientapijas de mierda…
—¡¡¡NOOOOOO!!! ¡¡¡PARÁ DESGRACIADO, LA REPUTA QUE TE PARIÓ!!! ¡¡¡SACALA, QUE ME DUELE!!! ¡¡¡BASTA!!! ¡¡¡BASTA!!! ¡¡¡DIOS!!!
—Patito, no voy a parar de taladrarte el ojete hasta que se me pase el efecto del Viagra, y no va a ser pronto. Te lo voy a estropear para el carajo.
No tenía piedad. No sé qué carajo había hecho para merecer semejante tortura. Veníamos lo más bien, y de repente se convirtió en una pesadilla. Me daba los pijazos como si quisiera dejarme remachada al colchón. El ruido que hacía su pelvis al chocar con mis nalgas parecía una ráfaga de sopapos perfectamente sincronizados. ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
—¿Ves, Patito, putita, lo que pasa cuando histeriqueás al Profesor Carne? Perdés como en la guerra. Hace seis meses te venís haciendo la interesante. Y ahora tenés lo que pediste, atorranta de mierda. Viniste a buscar una buena pija, acá la tenés. ¿Me vas a decir que no te gusta que te rompa el orto?
—¡¡¡NOOOOOO!!! ¡¡¡SOS UN HIJO DE PUTA!!! ¡¡¡SACALA DE UNA VEZ!!!
—Acordate lo que te dije hace un rato. Me vas a rogar que te rompa el orto y que te haga ver las estrellas, como todas las pendejas putas que estrené. Vas a ver.
Quise seguir gritándole que me la saque, pero era al pedo. Estaba decidido a atormentarme. De cualquier manera, con la violencia y la velocidad con la que estaba embistiendo, seguramente ya estaba más que roto. No supe qué más decir. El dolor seguía siendo insoportable. La presión que sentía en los intestinos era terrible. Lloraba y gritaba de manera desesperante. Si alguien hubiera escuchado, hubiera pensado que se trataba de un interrogatorio de la KGB.
—Bueno, putita, este orto ya está oficialmente destrozado. Mirá qué bien se traga mi poronga. Es un orgullo haberlo inaugurado de esta manera. Decime de quién es tu lindo culito de ahora en más…
Silencio.
—No voy a parar hasta que me digas de quién es este culito.
—¡¡¡TUYO, LA PUTA QUE TE PARIÓ!!!
—Muy bien, putita. Y me vas a pedir que te lo vuelva a romper todas las veces que yo quiera, ¿Cierto?
—¡¡SI!! —Le respondí afirmativamente pensando que con eso iba a acabar, y dejar de matarme.
—Muy bien diez, felicitado, alumna reputa. Y ahora, para coronar el placer que me dio este ojete maravilloso, lo voy a llenar de leche calentita. Sentila, putita, que ahí va… ¡¡¡¡¡AAAAAAAAHHHHHHHH!!!!!
El hijo de puta relinchó como un caballo. Y también se vació los huevos como un caballo. No sabía que un hombre podía fabricar tanto semen en tan poco tiempo. Me hubiera gustado enterarme de otra manera.
Finalmente el martirio terminó. Pero el dolor seguía y era terrible. Quedé despatarrada, sin moverme, llorando de la angustia. Ricardo quedó exhausto. Se quedó dormido al lado mío, con la verga flácida caída hacia un lado, con un cigarrillo en la boca que no alcanzó a encender. Me quise escapar corriendo de ahí, pero no pude. Me dolía todo y no tenía aire para nada. Me terminé desmayando, así como estaba. En ese momento no pensé que, a lo mejor, en un rato se despertaba y quería más. No me importó. No podía hacer otra cosa.
Me desperté a las cuatro de la mañana. Todavía me dolía todo. Me toqué el culo despacito, para saber cómo estaba, y todavía ardía. Como pude me levanté de la cama e intenté vestirme sin hacer ruido, aunque cada movimiento que hacía iba acompañado de un quejido de dolor. Tenía una prenda en cada punta: La bombacha estaba en el asiento siete de la primera fila desde las siete de la tarde. Pensé que sería una broma del destino. Me la puse con mucho cuidado, porque no le iba a dar el gusto de dejársela como trofeo. Luego el corpiño, que estaba en el piso, a centímetros del psicópata degenerado, que gracias a Dios seguía durmiendo como un oso. Me volví a vestir con mi ropa, agarré la cartera y, rengueando de manera notoria, me fui de ese antro de perdición.
Me costó sentarme en el auto, y más me costó parar en cada semáforo, pisar el freno, pisar el embrague, soltarlo, pisar el acelerador, etc. Llegué a mi casa, por suerte antes del amanecer. Entré sin hacer ruido, y vi que los chicos estaban durmiendo. No se me pasó por la cabeza ninguna excusa para darles al otro día.
Me metí en mi habitación, que estaba vacía, y de ahí fui a llenar la bañera. Quería sacarme el olor a sexo, la mugre, la transpiración, y sobre todo, refrescar mi despedazado culito. Antes de dormirme me quedé pensando en algo. Dentro de todo lo que me hizo sufrir ese hijo de puta de Ricardo, al menos no le di el gusto de pedirle que me rompa el orto. Esa predicción le falló. Finalmente me quedé dormida en la bañera. Lo único que esperaba era que no me vieran los chicos en ese estado.
0 comentarios - Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo VIII