Después del desplante del otro día, Marcos se había quedado un tanto despechado. Sorry, acostumbrada a la infidelidad, a veces me cuesta pensar en el otro, en el cornudo. Lo cierto es que no lo culpaba, tenía toda la razón. Habíamos planeado pasar juntos una noche de pasión, y yo sí la había tenido, pero no con él, sino con el ex colectivero.
Debí ser más comprensiva e irme con él, tal como habíamos arreglado, y verme con Juan Carlos otro día, o irme con los dos juntos... Jajaja... Pero no dejarlo así, con toda la leche encima.
Le escribí al otro día, y al siguiente, pero me dejaba en visto. Quería explicarle que no me fui a coger con otro (que de hecho fue así 🤫), sino que tuve alguna urgencia, no sé, inventarle algo. Soy buena para las excusas, así que algo se me iba a ocurrir. Pero necesitaba que me contestara.
Con Marcos trabajamos en la misma oficina, pero no tenemos un horario fijo, somos independientes, por lo que podemos ir y venir en cualquier momento. Sin embargo no era habitual que no fuera en toda la semana.
Para Semana Santa con mi marido organizamos un viaje a las Sierras de Córdoba. Un conocido tiene una casa cerca del Uritorco, ya se la había ofrecido antes, pero ésta vez aceptamos, para descansar unos días, como se dice habitualmente, lejos del mundanal ruido.
Salíamos el miércoles por la tarde, así que por la mañana fui un rato a la oficina, a hacer acto de presencia más que nada, y vaya sorpresa, me lo encuentro a Marcos. Supongo que se habrá enterado de mi viaje, y creyendo que no iba a estar, por fin se hizo presente.
Ni me saludó. Durante un rato estuvimos cada cuál en su oficina. Había poco movimiento, ya que muchos se habían tomado la semana completa, por lo que no teniendo nada más que hacer, agarro mi cartera y me preparo para ir a casa.
Me despido de Grecia, la recepcionista, y cuando estoy yendo hacia la puerta de salida, veo que Marcos sale también de su oficina. Me demoro un momento, dándole la chance de que me alcance.
-Quiero hablar con vos...- me dice en un susurro, pasando como una exhalación tras de mí.
Entra en la sala de reuniones, y deja la puerta entreabierta. Desde dónde estoy, veo que baja la cortina para que no se vea el interior desde el pasillo.
Me aseguro primero que no haya nadie cerca o mirando, y entro tras de él, cerrando la puerta suavemente.
-Quería explicarte lo de la otra noche...- empiezo a decir, al verlo ahí parado, esperándome.
No me deja terminar, ahí mismo se acerca como un león embravecido sobre su presa, me agarra de la nuca y me besa con ganas, con furia, hasta con resentimiento.
No me resisto. Me entrego sin renuencia, sintiendo cómo su lengua se enrosca con la mía, ávida, jugosa, sedienta.
Nos besamos con hambre, desesperados por sentirnos.
No sé si son sus deseos de venganza, o solo es la calentura, pero me arranca todos los botones de la blusa, abriéndola con un solo movimiento. Me baja el corpiño y me chupa las tetas, me muerde los pezones, y aunque me lastima, mis gemidos le confirman lo mucho que me gusta lo que me está haciendo.
Me sube la falda, y agarrándome de las caderas, me sienta sobre la mesa, una mesa fuerte, maciza, de nogal oscuro, sobre la cuál, una vez a la semana, el personal jerárquico mantiene sus reuniones.
Se toma un momento para desabrocharse el pantalón y pelar la pija, revelando una erección superlativa. Saca un preservativo de uno de sus bolsillos y se lo pone. No sé quién está más caliente... él o yo... pero estamos desesperados, el fuego nos quema por dentro, nos consume.
No necesita sacarme la bombacha, la corre hacia un costado... me acaricia el clítoris, me lo pellizca, me lo retuerce, haciéndome doler pero no me importa. Tiene bien ganado el derecho de hacerme daño.
Vuelve a besarme y me la mete con fuerza, hundiéndose hasta los huevos en mi concha mojada y caliente.
Se queda un momento adentro, dejándose absorber, devorar, por mi carne...
Nos abrazamos fuerte, para sentirnos en una forma aún más plena e intensa.
Tengo que morderle el cuello para no gritar cuando me empieza a apuñalar con su pija dura, crecida, a punto de explotar. Aunque la sala está insonorizada, estoy segura que mis gritos de placer podrían atravesar cualquier pared.
Él también me muerde, furioso, cogiéndome con desesperación, sacándose por fin todo eso que tenía pendiente desde la noche en que lo dejé plantado.
Cada empuje es un golpe que me recorre toda la columna, hasta la nuca, electrizándome, enviando llamaradas de placer a todos los rincones de mi cuerpo.
Me hubiera gustado estar desnuda, sentir su piel sobre la mía, pero no podíamos, estábamos en la oficina, en la Sala de reuniones, más clandestino imposible. Igual nos cogíamos fuerte, con ímpetu, con frenesí, desquiciados por esa deuda que había quedado pendiente y que ahora me estaba haciendo pagar con creces.
Nos devorábamos como si el mundo estuviera a punto de acabarse.
Mi orgasmo es inmediato. No puedo gritar, así que trato de ahogar el grito mordiéndole fuerte el hombro. Mi cuerpo se estremece por completo, sintiendo que se me va la vida en ese polvo.
El me sigue cogiendo un poco más, ajeno al dolor de la mordida, hasta que también explota. Nos quedamos abrazados, besándonos, suspirando, disfrutando esa marea emotiva que amenaza con estrellarnos y hacernos volar en pedazos.
Se queda en mí, adentro, profundo, liberando toda esa carga que tiene en los huevos, pura potencia viril, una acabada que había estado esperándome por varios días.
Mientras él se deshace del forro, que está a rebosar de semen, saco un pañuelo de mi cartera y me limpio la concha, que también está a rebosar, pero de mis propios jugos vaginales. Cuando termino de limpiarme, se lo doy a él para que haga lo mismo, de modo que el pañuelo queda todo empapado con nuestras efusiones íntimas.
Un último beso, una apretadita, y nos acomodamos la ropa. Yo tengo que atarme la blusa y cruzarme la cartera para que no se note que la tengo toda rota.
-¿Quién sale primero?- le pregunto.
-Salí vos, yo me ocupo de esto...- me dice, refiriéndose al forro y al pañuelo.
Abro despacio la puerta, veo que no haya nadie por el pasillo y voy directo a mi oficina, en dónde siempre tengo una muda de ropa, por cualquier contratiempo.
Cuando salgo... de nuevo, me vuelvo a despedir de la misma recepcionista, con una blusa diferente a la que tenía puesta un rato antes.
No creo que nos haya visto o escuchado, pero cuando acabas de echarte un polvo... un muy buen polvo... se te nota en la cara, en los ojos, en los gestos.
Las mujeres nos damos cuenta de eso, y la recepcionista, con la sonrisa con que me retribuye el saludo, me confirma que sí, que se dió cuenta...

Mi conchita siempre con hambre...
Debí ser más comprensiva e irme con él, tal como habíamos arreglado, y verme con Juan Carlos otro día, o irme con los dos juntos... Jajaja... Pero no dejarlo así, con toda la leche encima.
Le escribí al otro día, y al siguiente, pero me dejaba en visto. Quería explicarle que no me fui a coger con otro (que de hecho fue así 🤫), sino que tuve alguna urgencia, no sé, inventarle algo. Soy buena para las excusas, así que algo se me iba a ocurrir. Pero necesitaba que me contestara.
Con Marcos trabajamos en la misma oficina, pero no tenemos un horario fijo, somos independientes, por lo que podemos ir y venir en cualquier momento. Sin embargo no era habitual que no fuera en toda la semana.
Para Semana Santa con mi marido organizamos un viaje a las Sierras de Córdoba. Un conocido tiene una casa cerca del Uritorco, ya se la había ofrecido antes, pero ésta vez aceptamos, para descansar unos días, como se dice habitualmente, lejos del mundanal ruido.
Salíamos el miércoles por la tarde, así que por la mañana fui un rato a la oficina, a hacer acto de presencia más que nada, y vaya sorpresa, me lo encuentro a Marcos. Supongo que se habrá enterado de mi viaje, y creyendo que no iba a estar, por fin se hizo presente.
Ni me saludó. Durante un rato estuvimos cada cuál en su oficina. Había poco movimiento, ya que muchos se habían tomado la semana completa, por lo que no teniendo nada más que hacer, agarro mi cartera y me preparo para ir a casa.
Me despido de Grecia, la recepcionista, y cuando estoy yendo hacia la puerta de salida, veo que Marcos sale también de su oficina. Me demoro un momento, dándole la chance de que me alcance.
-Quiero hablar con vos...- me dice en un susurro, pasando como una exhalación tras de mí.
Entra en la sala de reuniones, y deja la puerta entreabierta. Desde dónde estoy, veo que baja la cortina para que no se vea el interior desde el pasillo.
Me aseguro primero que no haya nadie cerca o mirando, y entro tras de él, cerrando la puerta suavemente.
-Quería explicarte lo de la otra noche...- empiezo a decir, al verlo ahí parado, esperándome.
No me deja terminar, ahí mismo se acerca como un león embravecido sobre su presa, me agarra de la nuca y me besa con ganas, con furia, hasta con resentimiento.
No me resisto. Me entrego sin renuencia, sintiendo cómo su lengua se enrosca con la mía, ávida, jugosa, sedienta.
Nos besamos con hambre, desesperados por sentirnos.
No sé si son sus deseos de venganza, o solo es la calentura, pero me arranca todos los botones de la blusa, abriéndola con un solo movimiento. Me baja el corpiño y me chupa las tetas, me muerde los pezones, y aunque me lastima, mis gemidos le confirman lo mucho que me gusta lo que me está haciendo.
Me sube la falda, y agarrándome de las caderas, me sienta sobre la mesa, una mesa fuerte, maciza, de nogal oscuro, sobre la cuál, una vez a la semana, el personal jerárquico mantiene sus reuniones.
Se toma un momento para desabrocharse el pantalón y pelar la pija, revelando una erección superlativa. Saca un preservativo de uno de sus bolsillos y se lo pone. No sé quién está más caliente... él o yo... pero estamos desesperados, el fuego nos quema por dentro, nos consume.
No necesita sacarme la bombacha, la corre hacia un costado... me acaricia el clítoris, me lo pellizca, me lo retuerce, haciéndome doler pero no me importa. Tiene bien ganado el derecho de hacerme daño.
Vuelve a besarme y me la mete con fuerza, hundiéndose hasta los huevos en mi concha mojada y caliente.
Se queda un momento adentro, dejándose absorber, devorar, por mi carne...
Nos abrazamos fuerte, para sentirnos en una forma aún más plena e intensa.
Tengo que morderle el cuello para no gritar cuando me empieza a apuñalar con su pija dura, crecida, a punto de explotar. Aunque la sala está insonorizada, estoy segura que mis gritos de placer podrían atravesar cualquier pared.
Él también me muerde, furioso, cogiéndome con desesperación, sacándose por fin todo eso que tenía pendiente desde la noche en que lo dejé plantado.
Cada empuje es un golpe que me recorre toda la columna, hasta la nuca, electrizándome, enviando llamaradas de placer a todos los rincones de mi cuerpo.
Me hubiera gustado estar desnuda, sentir su piel sobre la mía, pero no podíamos, estábamos en la oficina, en la Sala de reuniones, más clandestino imposible. Igual nos cogíamos fuerte, con ímpetu, con frenesí, desquiciados por esa deuda que había quedado pendiente y que ahora me estaba haciendo pagar con creces.
Nos devorábamos como si el mundo estuviera a punto de acabarse.
Mi orgasmo es inmediato. No puedo gritar, así que trato de ahogar el grito mordiéndole fuerte el hombro. Mi cuerpo se estremece por completo, sintiendo que se me va la vida en ese polvo.
El me sigue cogiendo un poco más, ajeno al dolor de la mordida, hasta que también explota. Nos quedamos abrazados, besándonos, suspirando, disfrutando esa marea emotiva que amenaza con estrellarnos y hacernos volar en pedazos.
Se queda en mí, adentro, profundo, liberando toda esa carga que tiene en los huevos, pura potencia viril, una acabada que había estado esperándome por varios días.
Mientras él se deshace del forro, que está a rebosar de semen, saco un pañuelo de mi cartera y me limpio la concha, que también está a rebosar, pero de mis propios jugos vaginales. Cuando termino de limpiarme, se lo doy a él para que haga lo mismo, de modo que el pañuelo queda todo empapado con nuestras efusiones íntimas.
Un último beso, una apretadita, y nos acomodamos la ropa. Yo tengo que atarme la blusa y cruzarme la cartera para que no se note que la tengo toda rota.
-¿Quién sale primero?- le pregunto.
-Salí vos, yo me ocupo de esto...- me dice, refiriéndose al forro y al pañuelo.
Abro despacio la puerta, veo que no haya nadie por el pasillo y voy directo a mi oficina, en dónde siempre tengo una muda de ropa, por cualquier contratiempo.
Cuando salgo... de nuevo, me vuelvo a despedir de la misma recepcionista, con una blusa diferente a la que tenía puesta un rato antes.
No creo que nos haya visto o escuchado, pero cuando acabas de echarte un polvo... un muy buen polvo... se te nota en la cara, en los ojos, en los gestos.
Las mujeres nos damos cuenta de eso, y la recepcionista, con la sonrisa con que me retribuye el saludo, me confirma que sí, que se dió cuenta...

Mi conchita siempre con hambre...
10 comentarios - Tuvo su revancha...