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Cecilia 1

Una de las cosas que más disfruto es juntarme a charlar con otro cornudo sobre nuestros cuernos. A Nico lo conocí hace más o menos un mes. Nos juntamos porque quería contarme su historia mientras me hacía una paja. Mediría alrededor de 1,75 m, era flaco y tenía buena pinta.
Yo lo recibí en jogging, dejé que me bajara los pantalones, me senté en el sillón y él empezó a contarme su historia.


Nico y Cecilia, una pelirroja petisa, culona y de tetas super blancas, se conocieron en la secundaria. Ambos eran un poco tímidos y bastante olfas, y se gustaron casi al instante. En segundo año ya estaban de novios. Por entonces solo había besos, apretadas, caricias furtivas por encima de la ropa, pero no mucho más.
Sin embargo, la pareja no se basaba solo en el erotismo. Ambos eran muy curiosos, compartían lecturas, les gustaba la música clásica, iban juntos a recitales y al teatro, y miraban mucho cine culto: desde Almodóvar hasta Bergman o Cronenberg.


Llegados los quince, hubo más avances: empezaron a tocarse bajo la ropa. Pronto ambos se masturbaban mutuamente. Cecilia se dejaba besar los pechos mientras Nico hundía sus dedos entre los bellos púbicos de su húmeda entrepierna.
No pasó mucho tiempo hasta que debutaron. Ambos eran vírgenes y tuvieron la noche más hermosa de sus vidas. Es verdad que esa vez Cecilia no llegó a acabar, sobre todo por la inexperiencia de Nico, pero pronto fueron mejorando y tanto él como ella lograron muchos orgasmos juntos.


Como era de esperarse, la vida siguió su curso. Ambos se recibieron: él de ingeniero y ella de bióloga. Cuando cumplieron 24 años ya estaban casados y viviendo juntos. El sexo seguía bien; ya habían incorporado el sexo oral hacía mucho tiempo. Como regalo de bodas, Nico le pidió a Cecilia el culo.


Cecilia aceptó, ya que se consideraban una pareja moderna. Incluso sintió bastante curiosidad cuando él se lo propuso. Si bien le gustó, tampoco se volvió fanática del tema y, después de practicarlo unas cuantas veces, quedó como una práctica que casi nunca repetían.


Lo siguiente que pasó en el plano sexual —ya que el resto de la relación seguía sobre ruedas— fue que Cecilia dejó de tomar pastillas anticonceptivas. No porque quisieran tener hijos (algo que habían descartado hacía mucho tiempo, ya que preferían dedicar sus vidas a sus carreras y a sus propios placeres), sino porque sentía que no le hacían bien.
Nico dudó en hacerse la vasectomía, pero le dio un poco de miedo y optó por los preservativos, que nunca antes había usado. En general, como no era particularmente dotado, le quedaban un poco incómodos… por no decir flojos.


Así pasó el tiempo hasta que cumplieron los treinta. Seguían siendo una pareja hermosa: compartían mucho tiempo, conversaban, viajaban y tenían amigos en común. Sin embargo, el interés sexual de Cecilia empezó a decaer.
Al principio, de hacerlo casi todos los días pasaron a solo un par de veces por semana. Luego, con suerte, cada dos semanas, y finalmente, si tenían suerte, lo hacían una vez al mes. Las excusas eran variadas: cansancio, falta de ganas, falta de tiempo… hasta que terminó por confesar que ya el sexo no le llamaba la atención como antes.
Nico, al principio, dudó. Investigó y revisó todo lo que se le ocurrió, pero ella estaba limpia. No había amantes ni nada raro.


Él, por el contrario, sentía que su deseo iba cada vez en aumento. Empezó a masturbarse y a ver pornografía, algo que antes casi ni conocía. Al principio era una paja cada tanto, pero pronto se convirtió en algo diario.
Cuando Cecilia se iba a dormir, él se pajeaba durante horas frente a la computadora. Empezó con porno clásico: parejas heterosexuales, mamadas profundas y folladas intensas. Después pasó a escenas más hardcore, y sin darse cuenta comenzó a explorar categorías que nunca había imaginado: cornudos (cuckold), hotwife, bull, gangbang, creampie, y finalmente travestis y shemales.


Empezó a pensar en ello: nunca habían estado con nadie más. Habían sido el primero del otro en todo. Cecilia nunca había visto otra pija y él nunca había visto otra concha. Quizás ella simplemente estaba aburrida. Quizás él ya no era suficiente para ella.
Quería volver a ver a Cecilia gozar como cuando eran jóvenes, con esa intensidad y abandono que tenían al principio. Pero las pocas veces que cogían ahora todo era breve, mecánico y sin pasión.


Mientras tanto, cuanto más porno veía, más se excitaba imaginando a Cecilia en el lugar de las actrices. Empezó fantaseando con que ella era follada por hombres con pijas grandes y gruesas, que la hacían gritar de placer. Poco a poco la fantasía se volvió más específica y oscura: se excitaba cada vez más con la idea de que otro hombre se cogiera a Cecilia mientras él miraba, sentado en una silla, sin poder hacer nada más que pajearse. La imagen de su mujer siendo garchada por otro macho, gimiendo como ya no lo hacía con él, lo ponía increíblemente duro.


Esta fantasía lo acompañó durante casi un año. Le robaba las tangas usadas a Cecilia, todavía húmedas y con su olor, y se pajeaba con ellas envueltas en la mano mientras pensaba en su mujer, ya casi inalcanzable para él.


En su mente la escena se repetía una y otra vez: fantaseaba con proponerle un trío, imaginando cómo otro hombre la desnudaba, la tocaba y la follaba delante de él. Cuanto más se masturbaba con esa idea, más real se volvía el deseo de verla abierta de piernas, gimiendo y corriéndose con una pija que no fuera la suya.


Finalmente, después de casi un año rumiando la idea, Nico reunió valor y habló con Cecilia.
Primero le expuso lo mal que lo estaba pasando por la falta de sexo. Le confesó que se masturbaba todos los días, a veces durante horas, porque ya no podía conformarse con la escasa intimidad que tenían. Sin confesar todavía su fantasía de cornudo, le propuso que un trío podría ser una forma de volver a encender la chispa: esa mezcla de algo nuevo y la excitación de los celos.


Cecilia lo escuchó con atención. Se tomó un par de días para pensarlo. Al final comprendió el pesar de Nico y, aunque con dudas, le dijo que podría considerar la idea… pero que las mujeres no le gustaban en absoluto y que con otro hombre se sentiría muy intimidada y expuesta.


Fue entonces cuando a Nico se le ocurrió la solución perfecta:


— ¿Y si en vez de un hombre… fuera un travesti?


Nico puso toda su atención en encontrar a la candidata perfecta. Después de varias semanas buscando, dio con Camila: una travesti alta, de curvas generosas y un rostro precioso. Trabajaba en un hermoso departamento en el centro y, además de ser muy hermosa, parecía inteligente y segura de sí misma. Militaba por los derechos trans y transmitía una confianza que lo excitaba aún más.


El día del encuentro, Nico ya le había dejado claro que querían un trío. Los tres se encontraron en el departamento de Camila. Apenas llegaron, ella le hizo algunas preguntas a Cecilia: si era su primera vez, cómo se sentía, etc. Luego, con una sonrisa seductora, les propuso que los tres se besaran.


Sus bocas se mezclaron en un beso torpe pero cargado de tensión sexual. Mientras las lenguas se enredaban, Cecilia bajó la mano con curiosidad y descubrió la pija de Camila por debajo de su minifalda.


Se sorprendió al sentirla. Era la primera pija que tocaba después de más de quince años viendo solo la de su esposo… y era notablemente más grande. Gruesa, pesada y ya semierecta. Sabía que los hombres siempre bromeaban con que algunos eran “más pijudos”, pero nunca imaginó que la diferencia pudiera ser tan evidente.


Camila notó su sorpresa y sonrió con picardía. Sin decir una palabra, se corrió la tanga hacia un lado y dejó que su verga gruesa y venosa quedara completamente libre, balanceándose pesadamente frente al rostro de Cecilia.


—¿Te gustaría probarla? —le preguntó con voz suave pero firme.
Cecilia dudó solo un segundo. Nico, excitado como nunca, la besaba en el cuello y la ayudaba a desnudarse mientras Camila guiaba suavemente la cabeza de su esposa hacia su pija.


Nico sintió que nunca había estado tan excitado en su vida. El corazón le latía con fuerza y tuvo que alejarse un par de pasos para no correrse en ese mismo instante.


Lo único que pudo hacer fue bajarse los pantalones, sacar su pene y empezar a tocarse despacio mientras miraba el espectáculo que tenía delante.


Cecilia estaba arrodillada frente a Camila, con los ojos entrecerrados y la boca llena. Le comía la verga con una dedicación que Nico jamás había visto en ella. Lamía el tronco grueso de arriba abajo, pasaba la lengua por la cabeza hinchada, luego la admiraba y la besaba con cierta reverencia antes de metérsela lo más profundo que podía, aunque apenas lograba la mitad.


Mientras tanto, Camila, con una mano apoyada en la cabeza de Cecilia, buscaba un forro en el cajón de su mesa de luz sin dejar de gemir suavemente.


Camila puso un dedo en la frente de Cecilia y la alejó lentamente de su verga.
Se tomó su tiempo para cubrir su miembro grueso con el forro, mirándola con deseo. Luego le preguntó con voz baja y ronca:


—¿Estás lista, preciosa?


Cecilia no dijo nada. Simplemente se dejó caer de espaldas sobre la cama, con las piernas ligeramente abiertas. Miró a Nico con una mezcla de nervios y excitación.
Nico sintió una oleada de vergüenza al ver su propio pitito tan duro y pequeño comparado con lo que estaba a punto de pasar. Para él, Cecilia seguía siendo “su novia”, como cuando eran estudiantes. Sacó la mano de su verguita y asintió en silencio.
Pero esto ya era algo entre ellas dos. Camila, con el forro puesto, se posicionó entre las piernas de Cecilia y pasó dos dedos por su concha, abriéndola suavemente.


—Estás muy mojadita, mami —dijo con una sonrisa satisfecha—. Acá no va a hacer falta lubricante.


Camila se posicionó entre las piernas abiertas de Cecilia y frotó la cabeza gruesa de su verga enfundada contra su concha peluda. Cecilia era pelirroja natural, y su vulva estaba cubierta por un hermoso y espeso vello rojizo que brillaba por la humedad.
Presionó lentamente hacia adelante. Cecilia soltó un gemido ahogado cuando sintió cómo la gruesa cabeza la abría poco a poco, separando los labios hinchados y pelirrojos. Centímetro a centímetro, la verga de Camila se hundía en ella, estirándola de una forma que nunca había experimentado con Nico.
—Ahh… ahhh… ay… así… así… —susurró Cecilia, arqueando la espalda.
Cuando Camila estuvo completamente adentro, hasta el fondo, empezó a cogerla con movimientos firmes y profundos. No era brusca, pero sí constante y decidida. Cada embestida hacía que sus tetas blancas y pecosas se movieran y que Cecilia jadeara más fuerte.
A los pocos minutos, Cecilia ya no podía controlarse. Sus piernas empezaron a temblar con fuerza, sus manos se aferraron a las sábanas y, de repente, se corrió intensamente. Todo su cuerpo se sacudió con espasmos fuertes mientras gemía sin vergüenza, apretando la verga de Camila con su concha peluda y mojada.
Camila sonrió con satisfacción y siguió moviéndose más lento, prolongando el orgasmo de Cecilia.
—Acabó rápido la colo… —dijo con tono burlón y divertido.
Luego miró hacia un costado y vio a Nico todavía de pie, con la mano alrededor de su miembro flácido y semen escurriéndole entre los dedos. Una gota gruesa caía al suelo.
—Y vos también, veo —agregó Camila con una sonrisa pícara—. La única que no acabó soy yo, y tengo una calentura bárbara.
Camila empezó a caminar de rodillas sobre el cuerpo de Cecilia, subiendo por su torso mientras se sacaba el forro con una mano. Su verga gruesa y todavía dura quedó libre, brillando y balanceándose encima de la cara de Cecilia.
Pero si había algo que Nico sabía y Camila no, era que Cecilia era muy refractaria después del orgasmo. Tardaba en volver en sí y solía quedar muy sensible. Apenas pudo articular con voz débil:
—No… yo no puedo más…
Entonces Nico se acercó tímidamente a la cama. Con la voz entrecortada y la cara roja de vergüenza, murmuró:
—Yo… yo te ayudo si querés…
Camila lo miró con sorpresa y una sonrisa divertida. Sin decir nada, se sentó junto a cecilia, en apoyandose en el respaldar de la cama abiertas y le hizo un gesto con la mano para que se acercara.


Nico se arrodilló entre sus piernas. La verga de Camila estaba justo frente a su rostro: gruesa, venosa, todavía semierecta y con un olor fuerte a latex y sexo. Dudó solo un segundo antes de abrir la boca y tomar la cabeza hinchada entre sus labios.


Al principio fue torpe, solo chupaba la punta con movimientos inseguros. Pero pronto se fue animando. Empezó a lamer el tronco de abajo hacia arriba, pasando la lengua por las venas marcadas, y luego se metió más adentro, intentando tomar todo lo que podía. La verga de Camila le llenaba la boca de una forma casi perfecta.


Camila soltó un gemido bajo y puso una mano en la cabeza de Nico, guiándolo suavemente.
—Así… chupala bien —murmuró—. Mirá cómo le comés la verga que recién se cogió a tu mujer…


Nico sintió una mezcla de humillación y excitación brutal mientras seguía mamándosela con más dedicación, moviendo la cabeza de arriba abajo y succionando con fuerza.


Cecilia era muy abierta de memento, y tenía muy pocos prejuicios, pero le costaba salir de su asombro al ver a su marido completamente perdido en la mamada que le estaba dando a una travesti.

Mañana sigue... comenten...


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