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Miranda una esposa puta y su cornudito beta 15

Llegaron a casa pasadas las siete de la tarde. Miranda y Eduardo bajaron del auto en silencio, los cuerpos pesados, los músculos adoloridos y la mente todavía dando vueltas por todo lo que había pasado en el patio trasero del refugio.
Miranda abrió la puerta de entrada. Los tres chicos estaban en la sala, viendo televisión con la abuela, que ya se estaba preparando para irse.
— ¡Mami! ¡Papi! —gritaron los niños al verlos, corriendo hacia ellos.
Miranda se agachó con una sonrisa cansada y les dio un beso a cada uno en la frente, como hacía siempre.
—Hola, mis amores… ¿cómo estuvieron? —preguntó con voz suave, intentando sonar normal.
Pero apenas se acercó, los tres niños arrugaron la nariz al mismo tiempo.
— ¡Mami… qué olor feo! —dijo la mayor, arrugando la cara.
— ¡Sí! Hueles raro… como a basura —agregó el del medio, tapándose la nariz con la mano.
El más chico simplemente hizo una mueca y se alejó un paso.
Miranda se quedó congelada un segundo. El olor que llevaba encima era inconfundible: una mezcla fuerte de sudor rancio, semen seco, basura podrida y el hedor corporal de cuatro indigentes ancianos que no se bañaban en semanas. Aunque se había vestido rápido, el olor se le había impregnado en el pelo, en la ropa y en la piel.
Eduardo reaccionó rápido. Se acercó y puso una mano en el hombro de Miranda, sonriendo con naturalidad forzada.
—Ay, chicos… es que hoy en el refugio limpiamos los contenedores de basura porque estaban muy sucios —dijo con voz tranquila—. Había mucha basura orgánica podrida y mamá tuvo que ayudar a mover unas bolsas pesadas. Por eso huele un poco fuerte. Pero ya se va a bañar y va a quedar como nueva.
La mayor arrugó la nariz otra vez.
— ¡Pero huele mucho! ¡Es asqueroso!
Eduardo siguió inventando excusas con calma:
—Claro que huele, mi vida. La basura de un refugio es muy fea… había restos de comida, pañales viejos, cosas que la gente tira… Mamá fue muy valiente y ayudó mucho. Por eso huele así. Pero en cuanto se bañe, se le va a ir el olor. ¿Verdad, mamá?
Miranda asintió, forzando una sonrisa dulce a pesar del cansancio y la vergüenza.
—Sí, amor… ahora mismo me voy a duchar. Fue un día largo y sucio en el refugio.
La abuela, que estaba terminando de recoger sus cosas, intervino con una sonrisa comprensiva:
—Ay, pobrecita… el trabajo solidario a veces es así. Yo me voy yendo entonces. Descansen.
Cuando la abuela se fue y los niños volvieron a la tele, Miranda miró a Eduardo con una mezcla de alivio y culpa. Él le acarició la espalda discretamente.
—Andá a bañarte, amor —le dijo bajito—. Yo me quedo con los chicos un rato.
Miranda subió las escaleras hacia el baño principal. Al entrar, se miró en el espejo: el pelo revuelto, la ropa arrugada, y ese olor fuerte y desagradable que aún se le pegaba al cuerpo. Se desnudó lentamente y se metió bajo la ducha caliente, dejando que el agua se llevara los restos de semen seco, tierra y sudor de los cuatro indigentes.
Abajo, Eduardo se sentó con los niños, intentando actuar con normalidad, aunque su mente seguía en el patio trasero, recordando cómo su esposa había sido follada salvajemente contra los contenedores.
Miranda, bajo el agua, se pasó las manos por el cuerpo y suspiró profundamente. Sabía que ese olor no se iba a ir tan fácil… y que, en el fondo, una parte de ella no quería que se fuera del todo.

Miranda salió del baño envuelta en una toalla blanca, el pelo todavía húmedo y oliendo a jabón de vainilla. Se veía limpia, fresca y hermosa como siempre… pero sus ojos tenían ese brillo oscuro y dominante que Eduardo ya conocía muy bien.
Caminó descalza hasta la cama donde él estaba sentado, todavía con la jaula puesta, y le acarició la mejilla con ternura.
—Mi amor… —dijo con voz suave, casi cantarina, como una mamá hablando a su hijo pequeño—. Ya estoy limpia. Ahora es el momento de que mami penetre a su maridito beta maricon.
Eduardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía exactamente a qué se refería. Bajó la mirada, avergonzado y excitado al mismo tiempo, y asintió en silencio.
Miranda sonrió con cariño y autoridad.
—Andá a buscar el arnés grande, mi bebé. El de 28 cm. Mamá quiere follarte bien profundo hoy.
Eduardo se levantó sin decir una palabra, fue al cajón secreto y sacó el arnés negro con el consolador monstruoso. Se lo entregó a Miranda con manos temblorosas. Ella se lo colocó con calma, ajustando las correas alrededor de sus caderas anchas hasta que el consolador quedó apuntando hacia adelante, grueso, venoso y amenazante.
—Vení, mi putita… —susurró con tono maternal, sentándose en el borde de la cama—. Ponete en cuatro sobre la cama, como la mariquita obediente que sos.
Eduardo obedeció. Se colocó en cuatro, el culo levantado, todavía sensible de todo lo que había vivido en el refugio. Miranda se arrodilló detrás de él, le separó las nalgas con las manos y apoyó el glande del consolador contra su ano.
—Shhh… respirá, mi bebé —le dijo con voz dulce mientras empezaba a empujar despacio—. Mamá va a entrar bien despacito… para que sientas cada centímetro de esta verga grande metiéndose en tu culito de mariquita cornudo.
El consolador entró lentamente, abriéndolo. Eduardo soltó un gemido largo y tembloroso.
—Así… muy bien, mi amor —continuó Miranda con tono maternal y sucio, empujando más profundo—. Hoy mami se dejó follar por cuatro indigentes sucios y apestosos… ¿te acordás? Mientras vos mirabas… o mientras hablabas con Carlita como si nada. Mamá abrió las piernas y el culo para esos viejos rotos… y ahora mamá te va a follar a vos… porque eso es lo que te gusta, ¿verdad, mi mariquita pasiva?
Empezó a moverse con embestidas lentas y profundas, follándolo con cariño pero firmeza.
—Te amo tanto por ser así… —susurró, besándole la espalda—. Tan cornudo, tan beta, tan maricon… que ya ni siquiera intentás penetrarme. Solo querés que mamá te rompa el culo después de que otros me hayan usado. Hoy mamá se dejó llenar por cuatro vergas sucias… y ahora te está follando con una verga todavía más grande… ¿sentís lo diferente que es? ¿Sentís cómo te abre mucho más que tu pichita inútil?
Aceleró un poco el ritmo, follándolo con embestidas más constantes.
—Mi bebé mariquita… mi cornudito perfecto… hoy mami fue una puta caritativa para esos indigentes… les di mi coño y mi culo porque son pobres y no tienen nada… y vos te calentaste viéndolo todo, ¿no? Te encanta que tu esposa sea una zorra que abre las piernas para viejos sucios… mientras vos esperás con la jaulita puesta, sin poder hacer nada más que mirar y sufrir rico.
Eduardo gemía más fuerte, empujando el culo hacia atrás para recibir cada embestida.
—Te amo… mamá… —balbuceaba.
Miranda sonrió con ternura y siguió follándolo más profundo, hablándole al oído con voz maternal y perversa:
—Claro que me amás, mi putita… porque sabés que mamá es la que manda ahora. Mamá es la que sale a que la cojan hombres de verdad… y mamá es la que después viene a casa a romperle el culito a su maridito beta maricon. Te amo por ser tan obediente… te amo por dejarme ser la puta que quiero ser… te amo por entregarme tu culito después de que otros me hayan llenado… sos mi bebé… mi cornudito… mi mariquita perfecta…
Siguió penetrándolo con ritmo constante, profundo y dominante, susurrándole al oído frases maternales y sucias mientras Eduardo gemía y temblaba debajo de ella, completamente entregado.
Miranda una esposa puta y su cornudito beta 15




Miranda seguía penetrando a Eduardo con ritmo constante y profundo, el consolador de 28 cm entrando y saliendo de su culo con embestidas firmes pero controladas. Ella estaba inclinada sobre su espalda, las tetas pegadas a él, y le hablaba al oído con esa voz maternal, suave y terriblemente sucia que tanto lo excitaba.
—Así, mi bebé… dejá que mamá te folle bien rico —susurró, empujando hasta el fondo y girando las caderas—. ¿Sentís cómo te abre el culito? Qué mariquita cornudo pasivo te estás volviendo… tan lindo y tan obediente para mamá.
Eduardo gemía bajito, empujando el culo hacia atrás para recibir cada centímetro.
Miranda sonrió y continuó, acelerando un poco el ritmo mientras le hablaba:
—Hoy, cuando los chicos te dijeron que mamá olía feo… ¿te excitó eso, mi amor? A mí sí… mucho. Me calentó ver sus caritas de sorpresa y asco cuando me acercaron a darme un beso. Sabían que su mamá olía a basura… a sudor de viejos… a semen… aunque no entendieran qué era realmente ese olor.
Eduardo soltó un gemido más fuerte cuando Miranda le dio una embestida especialmente profunda.
—S-sí… me excitó… —admitió con voz temblorosa—. Me puso muy caliente que sospecharan… que dijeran que olías raro… saber que ese olor era de Paco y los otros… de haber sido follada por indigentes sucios… y que ellos casi lo descubren sin saberlo.
Miranda sonrió con ternura perversa y aceleró las embestidas, follándolo con más fuerza mientras le hablaba al oído:
—Exacto, mi bebé… a mí también me calentó. Imaginate si alguna vez nos descubren de verdad… si los chicos entraran al dormitorio y vieran a su mamá follándote el culo con el arnés… o si oliera a semen de indigentes cuando llegara a casa… o peor… si algún día uno de ellos escuchara que su mamá se deja coger por viejos sucios en el refugio. ¿Te excita eso, mi mariquita? ¿Te calienta que tus propios hijos puedan sospechar que su mamá es una puta?
Eduardo gemía más alto, el culo apretando el consolador con cada embestida.
—S-sí… me calienta… me calienta mucho… —confesó entre jadeos—. Me pone loco pensar que podrían descubrir que su mamá es una zorra… que se abre de piernas para indigentes apestosos… mientras su papá es un cornudo pasivo que se deja follar por ella… Me excita el peligro… el riesgo de que se enteren… aunque me dé miedo al mismo tiempo.
Miranda le besó la nuca y siguió follándolo con ritmo más intenso, hablando con voz maternal y dominante:
—Ay, mi bebé… qué pervertido y qué cornudo eres… te encanta el riesgo, ¿verdad? Te encanta imaginar que tus hijos algún día sepan que su mamá es una puta que se deja usar por viejos sucios… y que su papá es una putita pasiva que se deja romper el culo por su propia esposa. Eso nos pone a los dos muy calientes… porque es peligroso… porque es sucio… porque es nuestro secreto más enfermo y más hermoso.
Le dio una embestida especialmente fuerte y profunda, haciendo que Eduardo soltara un gemido agudo.
—Te amo por eso… —continuó ella—. Te amo por excitarte con que tus hijos casi descubran que su mamá huele a semen de indigentes… te amo por querer que el riesgo sea cada vez mayor… te amo por ser mi mariquita cornudo que se corre solo con que mamá lo folle mientras fantasean con ser descubiertos… sos perfecto para mí… mi bebé… mi putita… mi todo.
Eduardo temblaba entero, gimiendo sin control, al borde del orgasmo solo por la penetración y las palabras de Miranda.
—Te amo… te amo… —jadeaba—. Me calienta tanto… el peligro… que sospechen… que algún día sepan… te amo por ser tan puta… te amo por follarme mientras hablamos de esto… te amo…
Miranda sonrió con cariño y aceleró las embestidas, follándolo más fuerte y profundo, susurrándole al oído con voz maternal y sucia:
—Corréte para mamá, mi mariquita… corréte pensando en que tus hijos podrían descubrir que su mamá es una zorra y su papá una putita pasiva… corréte mientras mamá te rompe el culo… te amo… te amo tanto…
Eduardo se corrió con un gemido ahogado, temblando violentamente, corriéndose solo por estimulación anal mientras Miranda seguía penetrándolo y hablándole con ese tono maternal y dominante.
Se derrumbó sobre la cama, exhausto. Miranda se quedó adentro unos segundos más, abrazándolo por detrás y besándole la nuca.
—Te amo, mi cornudito… —susurró—. Y esto apenas empieza… el riesgo nos va a poner cada vez más calientes.

Miranda sintió cómo Eduardo se corría debajo de ella: un orgasmo seco, tembloroso, solo por estimulación anal. Su cuerpo se sacudió, un gemido ahogado escapó de su boca y un chorrito débil salió de su pichita chiquita, todavía encerrada en la jaula.
Pero ella no se detuvo.
Siguió penetrándolo con el consolador de 28 cm, manteniendo el ritmo constante y profundo, aunque más lento ahora, como si estuviera disfrutando el momento post-orgasmo de su marido.
—Shhh… no, mi bebé… —susurró con voz maternal, dulce y firme al mismo tiempo, inclinándose sobre su espalda sudorosa—. Mamá todavía no terminó. Aunque te hayas corrido como una putita, mamá sigue teniendo ganas de follarte. Así que seguí recibiendo verga… dejá que mamá te use un ratito más.
Eduardo soltó un gemido largo y tembloroso, el culo todavía sensible y abierto, el cuerpo agotado pero entregado.
Miranda empujó el consolador hasta el fondo y empezó a moverse otra vez, embestidas lentas pero largas, follándolo con cariño dominante mientras le hablaba al oído con ese tono suave y perverso:
—Imaginate, mi amor… qué pasaría si tus hijos descubrieran que su mamá es una puta que se acuesta con indigentes…
Le dio una embestida más profunda y siguió hablando:
—Supongamos que un día la nena mayor entra al baño y te encuentra limpiándome el coño lleno de semen de Paco… con la lengua… y pregunta “¿Mami, por qué papá te está lamiendo ahí?”. Y vos tendrías que explicarle que mamá se dejó follar por un viejo sucio y apestoso en el refugio… porque mamá es una zorra caritativa.
Eduardo gimió más fuerte, el culo apretando el consolador.
Miranda sonrió y aceleró un poco, follándolo con más ritmo mientras continuaba con sus fantasías:
—O peor… imaginate que el varoncito encuentra la jaula de castidad en el cajón y pregunta “¿Papá, para qué es esto?”. Y tendrías que contarle que papá ya no folla a mamá… que mamá ahora sale a que la cojan indigentes viejos y sucios, y que papá se queda en casa con la pichita encerrada, esperando que mamá vuelva para limpiarla con la lengua…
Otra embestida profunda.
—O la más chica… esa que todavía te llama “papito”… imaginátela entrando un domingo y oliendo el mismo olor que olió hoy… pero esta vez más fuerte. Y pregunta “¿Mami, por qué hueles a basura otra vez?”. Y mamá le tendría que decir la verdad… que mamá se dejó follar por cuatro viejos apestosos contra los contenedores de basura… porque a mamá le gusta ser una puta… y a papá le gusta mirar.
Eduardo temblaba entero, gimiendo sin control, el culo apretando el consolador con cada fantasía.
Miranda siguió follándolo, la voz cada vez más suave y maternal, pero las palabras cada vez más sucias:
—Te excita, ¿verdad, mi bebé? Te calienta imaginar que tus propios hijos descubran que su mamá es una puta de indigentes… que se abre de piernas para viejos sucios y sin dientes… que les da su coño y su culo como “obra de caridad”… mientras su papá es un cornudito mariquita que se deja follar por su propia esposa después… ¿Te imaginás la cara que pondrían? ¿La vergüenza? ¿El shock? Y sin embargo… a nosotros nos pone a mil, ¿no es cierto?
Le dio una embestida especialmente fuerte y profunda, quedándose adentro mientras le susurraba:
—Te amo por eso… te amo por excitarte con el peligro… por querer que el secreto sea cada vez más grande… por ser mi mariquita cornudo perfecto que se corre pensando en que sus hijos descubran lo puta que es su mamá… seguí recibiendo verga, mi amor… mamá todavía no terminó de follarte…
Eduardo gemía como una perra, el cuerpo temblando, al borde de otro orgasmo solo por la penetración y las palabras de Miranda.
Miranda sonrió con ternura y siguió penetrándolo sin piedad, susurrándole al oído más fantasías sobre sus hijos descubriéndolos, mientras lo follaba con amor dominante y sucio.
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Miranda siguió penetrando a Eduardo con embestidas profundas y constantes, el consolador de 28 cm entrando y saliendo de su culo con un ritmo lento pero implacable. Se inclinó completamente sobre su espalda, pegando sus tetas contra él, y le habló al oído con esa voz maternal, suave y terriblemente sucia que lo desarmaba:
—Ay, mi bebé… mi mariquita cornudo pasivo… seguí recibiendo verga de mamá mientras te cuento más cositas… porque sé que te encanta imaginarlo.
Empujó hasta el fondo y se quedó ahí, girando las caderas para que sintiera cada centímetro.
—Imaginate que un día la nena mayor entra al dormitorio sin tocar… y te encuentra a vos en cuatro, con la peluca rubia, los labios rojos, la jaulita puesta… y mamá follándote el culo con este mismo consolador. Ella se queda paralizada y pregunta: “¿Mami? ¿Qué le estás haciendo a papá?”. Y mamá le tendría que decir la verdad… “Hija, papá es una putita pasiva. Ya no folla a mamá… ahora mamá es la que lo folla a él. Y mamá también se acuesta con indigentes sucios en el refugio… porque mamá es una puta”.
Eduardo soltó un gemido largo y tembloroso, el culo apretando el consolador.
Miranda sonrió y siguió follándolo más fuerte, susurrándole al oído:
—O peor… imaginate que el varoncito encuentra tu jaula de castidad en el cajón y te pregunta “Papá, ¿para qué es esto?”. Y vos tendrías que explicarle que papá ya no puede follar a mamá… que mamá ahora sale a que la cojan viejos indigentes apestosos y sin dientes… y que papá se queda en casa encerrado en una jaulita, esperando que mamá vuelva para limpiarle el coño y el culo con la lengua. ¿Te imaginás la cara que pondría tu hijo al saber que su papá es un cornudo mariquita?
Le dio una embestida especialmente profunda y continuó:
—O la más chiquita… esa que todavía te llama “papito” con voz de bebé… imagínatela entrando un domingo y oliendo el mismo olor fuerte que olió hoy… pero esta vez mucho más fuerte. Y pregunta: “Mami, ¿por qué hueles otra vez a basura y a hombre feo?”. Y mamá, todavía con semen chorreándole por las piernas, le tendría que decir: “Porque mamá se dejó follar por cuatro indigentes viejos y sucios en el patio del refugio… porque a mamá le gusta ser una puta… y a papá le gusta mirar y después limpiarme”.
Miranda aceleró el ritmo, follándolo con más fuerza mientras seguía hablando:
—O la fantasía que más me calienta… que los tres entren juntos un día y nos encuentren: mamá en cuatro siendo follada por un indigente apestoso contra la pared, y papá al lado, vestido de travesti, con la jaulita puesta, masturbándose sin poder correrse. Y los chicos pregunten: “¿Mami? ¿Papá? ¿Qué están haciendo?”. Y mamá les tendría que explicar con calma: “Hijos, mamá es una puta que se acuesta con indigentes porque le gusta ayudar a los necesitados… y papá es un cornudo pasivo que se deja follar por mamá después… porque eso es lo que les gusta a los dos”.
Eduardo ya estaba al límite, gimiendo como una perra, el culo apretando el consolador con cada embestida.
Miranda le besó la nuca y siguió hablándole con voz maternal y perversa:
—Te encanta, ¿verdad, mi bebé? Te calienta imaginar que tus propios hijos descubran que su mamá es una zorra que abre las piernas para viejos sucios y apestosos… y que su papá es una putita mariquita que se deja follar y limpiar semen ajeno… Te calienta el peligro… te calienta la vergüenza… te calienta que sepan la verdad sobre nosotros.
Le dio una embestida especialmente fuerte y profunda, quedándose adentro mientras le susurraba:
—Corréte otra vez para mamá, mi mariquita… corréte pensando en que tus hijos nos descubran… corréte pensando en sus caritas de shock al saber que mamá es una puta de indigentes y papá es su cornudito pasivo… te amo… te amo tanto por ser tan pervertido… te amo por excitarte con esto… corréte, mi bebé… corréte para mamá…
Eduardo tembló violentamente y se corrió por segunda vez, un orgasmo seco y profundo solo por la penetración anal, gimiendo contra la almohada mientras Miranda seguía follándolo sin piedad, susurrándole más fantasías sucias y maternales al oído hasta que él quedó completamente exhausto y temblando.
Miranda se quedó adentro unos segundos más, abrazándolo fuerte por detrás y besándole la nuca con ternura.
—Te amo, mi cornudito mariquita… te amo por excitarte con estas fantasías tan peligrosas… te amo por ser mío de esta forma tan enferma y hermosa.
Se quedaron abrazados, el consolador todavía dentro de él, respirando pesado, el morbo y el amor envolviéndolos por completo.




Miranda siguió penetrando a Eduardo con embestidas lentas pero profundas, el consolador de 28 cm entrando y saliendo de su culo con ritmo constante. Se inclinó completamente sobre su espalda, pegando sus tetas sudadas contra él, y le habló al oído con esa voz maternal, suave y extremadamente sucia:
—Ay, mi bebé… mi mariquita cornudo pasivo… seguí recibiendo verga de mamá mientras te cuento más fantasías… porque sé que te ponen muy caliente.
Le dio una embestida especialmente lenta y profunda, quedándose adentro mientras le susurraba:
—Imaginate que un domingo, después del refugio, llegamos a casa y los chicos todavía están despiertos… y entran al dormitorio sin tocar. Nos encuentran a mamá en cuatro sobre la cama, siendo follada por Paco y sus tres amigos indigentes… uno en el coño, otro en el culo, otro en la boca… y mamá gimiendo como una puta mientras les dice “más fuerte, abuelos… llenenme”. Y los chicos se quedan paralizados en la puerta. La nena mayor pregunta: “¿Mami…? ¿Qué estás haciendo con esos señores sucios?”. Y mamá, todavía con una verga en la boca, les responde: “Hijos… mamá es una puta… mamá se acuesta con indigentes porque le gusta ayudar a los necesitados… y a papá le gusta mirar”.
Eduardo soltó un gemido largo y tembloroso, el culo apretando el consolador.
Miranda sonrió y aceleró un poco las embestidas, follándolo con más fuerza mientras continuaba:
—O imaginate que nos descubren en el auto… llegamos del refugio y los chicos salen a recibirnos. Abren la puerta trasera y ven a mamá sentada en el regazo de Paco, con la verga del viejo adentro del culo, moviéndose arriba y abajo… mientras los otros tres le chupan las tetas y le meten los dedos en el coño. Y el varoncito pregunta: “¿Papá? ¿Por qué mamá está sentada encima de ese señor feo?”. Y vos tendrías que contestarle: “Porque mamá es una zorra… le gusta que la cojan indigentes sucios… y papá es un cornudo que se excita viéndola”.
Otra embestida profunda.
—O la más fuerte… imaginate que entran al baño y me encuentran arrodillada, chupándole la verga a Don Luis mientras Paco me folla el culo por detrás… y los otros dos me escupen en la cara y me manosean las tetas. La más chiquita se asusta y dice: “¡Mami! ¿Por qué estás haciendo eso con esos señores que huelen mal?”. Y mamá, con la boca llena de verga, les responde: “Porque mamá es una puta barata… porque le gusta que la usen hombres sucios y sin dientes… y porque a papá le encanta verme así… papá es un mariquita cornudo que se deja follar por mamá después”.
Miranda aceleró el ritmo, follándolo con embestidas más rápidas y fuertes, la voz cada vez más maternal y perversa:
—Te calienta, ¿verdad, mi bebé? Te calienta imaginar que tus propios hijos nos vean… que vean a su mamá siendo una zorra de indigentes… que vean cómo mamá gime y se corre mientras cuatro viejos apestosos la llenan de semen… y que vean a su papá al lado, con la jaulita puesta, mirando y masturbándose sin poder correrse… o peor… que vean a papá en cuatro, con peluca y labios rojos, mientras mamá lo folla con el arnés después de que los indigentes me hayan usado.
Le mordió el lóbulo de la oreja y siguió:
—Imaginate la cara de la nena mayor cuando entienda que su mamá es una puta… la cara del varoncito cuando se dé cuenta de que su papá es un cornudo pasivo… la carita de la más chiquita cuando vea a mamá abierta y llena de semen de viejos sucios… y aun así… a nosotros nos pone a mil el peligro… nos calienta que puedan descubrirnos… nos calienta ser tan enfermos delante de ellos…
Eduardo ya estaba al límite otra vez, gimiendo como una perra, el culo apretando el consolador con fuerza.
Miranda le dio una embestida especialmente brutal y profunda, quedándose adentro mientras le susurraba con voz dulce y sucia:
—Corréte otra vez para mamá, mi mariquita… corréte pensando en que tus hijos nos descubran… corréte pensando en sus caritas de shock al ver a su mamá siendo la puta de indigentes y a su papá siendo mi putita pasiva… te amo… te amo por ser tan pervertido… te amo por excitarte con esto… corréte, mi bebé… corréte para mamá…
Eduardo tembló violentamente y se corrió por segunda vez, un orgasmo seco y profundo solo por la penetración anal, gimiendo contra la almohada mientras Miranda seguía penetrándolo sin piedad, susurrándole más fantasías sucias y maternales al oído hasta que quedó completamente exhausto y temblando.

Miranda siguió penetrando a Eduardo con embestidas lentas pero profundas, el consolador de 28 cm entrando y saliendo de su culo con un ritmo constante y dominante. Se inclinó completamente sobre su espalda, pegando sus tetas sudadas contra él, y le habló al oído con esa voz maternal, suave y extremadamente perversa:
—Ay, mi bebé… mi mariquita cornudo pasivo… seguí recibiendo verga de mamá… porque ahora mamá te va a contar las fantasías más sucias de todas… las que más nos calientan a los dos.
Empujó hasta el fondo y se quedó ahí, girando las caderas para que lo sintiera bien profundo, mientras le susurraba:
—Imaginate que un día… invitamos a los chicos a mirar.
Eduardo soltó un gemido largo y tembloroso.
Miranda sonrió y continuó, follándolo con ritmo lento y profundo:
—Les decimos que vengan al dormitorio… que mamá y papá quieren mostrarles algo importante. Los tres entran, todavía con el pijama puesto, y nos encuentran así: mamá en cuatro sobre la cama, siendo follada por Paco y sus tres amigos indigentes… uno en el coño, otro en el culo, otro en la boca… y mamá gimiendo como una puta mientras les dice “más fuerte, abuelos… llenenme toda”. Y los chicos se quedan paralizados en la puerta. La nena mayor pregunta con voz asustada: “¿Mami…? ¿Qué estás haciendo?”. Y mamá, con una verga en la boca, les responde con calma: “Hijos… mamá es una puta… mamá se acuesta con indigentes sucios porque le gusta ayudar a los necesitados… y a papá le gusta mirar. Vengan… siéntense y miren cómo mamá se deja usar”.
Otra embestida profunda.
—O imaginate que los invitamos a ver cómo papá es penetrado… Les decimos que se sienten en la cama y miren. Mamá se pone el arnés y te folla el culo delante de ellos… vos gimiendo como perrita, con la peluca rubia y los labios rojos… y mamá les explica: “Miren, hijos… papá ya no es un hombre… papá es una putita pasiva. Mamá ahora es la que lo folla a él… porque papá es un cornudo mariquita que se excita viendo cómo mamá se acuesta con viejos sucios”.
Miranda aceleró un poco, follándolo con más fuerza mientras seguía hablando:
—O la fantasía más fuerte… que los invitamos a ver una sesión completa. Les decimos que se sienten en el sillón y no se muevan. Entonces entran Paco y sus amigos… y delante de nuestros hijos, mamá se arrodilla y les chupa las vergas sucias a los cuatro… después se pone en cuatro y les dice: “Miren, hijos… miren cómo mamá se deja follar por indigentes apestosos… miren cómo les da el coño y el culo… porque mamá es una zorra caritativa”. Y mientras los viejos la rompen, mamá mira a los chicos y les dice: “¿Ven? Esto es lo que hace mamá… y a papá le encanta mirar… papá es un cornudo que después limpia todo con la lengua”.
Eduardo gemía más alto, el culo apretando el consolador, al borde del orgasmo otra vez.
Miranda le besó la nuca y siguió con voz maternal y sucia:
—Te calienta, ¿verdad, mi bebé? Te calienta imaginar que invitamos a nuestros propios hijos a mirar… que vean a su mamá convertida en una puta de indigentes… que vean cómo gime y se corre mientras cuatro viejos sucios la llenan de semen… que vean a su papá con la jaulita puesta, mirando y masturbándose sin poder correrse… o peor… que vean a papá en cuatro, siendo follado por mamá después de que los indigentes me hayan usado. ¿Te imaginás sus caritas? ¿La vergüenza? ¿La confusión? ¿Y cómo nosotros nos pondríamos aún más calientes sabiendo que ellos están mirando?
Le dio una embestida especialmente brutal y profunda.
—Corréte otra vez para mamá, mi mariquita… corréte pensando en que invitamos a los chicos a vernos… corréte pensando en sus ojos abiertos mientras mamá es follada por indigentes y papá es penetrado por mamá… te amo… te amo por ser tan pervertido… te amo por excitarte con esto… corréte, mi bebé… corréte para mamá…
Eduardo tembló violentamente y se corrió por tercera vez, un orgasmo seco y profundo solo por la penetración anal, gimiendo contra la almohada mientras Miranda seguía penetrándolo sin piedad, susurrándole más fantasías sucias y maternales al oído hasta que quedó completamente exhausto y temblando.
Miranda se quedó adentro unos segundos más, abrazándolo fuerte por detrás y besándole la nuca con ternura.
—Te amo, mi cornudito mariquita… te amo por excitarte con estas fantasías tan peligrosas y tan prohibidas… te amo por ser mío de esta forma tan enferma y hermosa.
Se quedaron abrazados, el consolador todavía dentro de él, respirando pesado, el morbo y el amor envolviéndolos por completo.

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