Hola, cómo les va? Les traigo la quinta parte de este relato. Hago una pequeña aclaración: En esta parte se confunden los nombres de los actores con los personajes de la obra. Las escenas narradas sin diálogo tienen los nombres de los personajes, y las escenas con diálogo tienen los nombres de los actores. Como para resaltar la diferencia entre las escenas relatadas de las vividas (por decirlo de alguna manera). Espero que se entienda. Como siempre, gracias a todos. A disfrutar.
Capítulo V — Cambio De Roles
La madrugada del Jueves dormí muy poco. Estaba ansiosa por lo que sucedería a la tarde. Imaginé miles de situaciones distintas y la forma de enfrentarlas. Recité los diálogos en mi cabeza, tratando de acertar la entonación, el énfasis, la cara que debía acompañar. Por supuesto, mi marido ni se enteró. Yo no paré de dar vueltas en la cama y el pelotudo roncó toda la noche.
A la tarde preparé todo, me puse ropa deportiva, nada llamativa, y me fui para el instituto. Llegué temprano, supongo que por la ansiedad, y al llegar vi que Lili estaba haciendo tiempo sentada en el capot de su auto, fumando.
Estaba vestida para matar. Se había puesto un pantalón blanco ajustado que resaltaba la forma obscena de sus piernas y, especialmente, su culo, que estaba en perfecta forma gracias al gimnasio. Arriba tenía una remera verde, también ajustada, con un escote bastante pronunciado. Si bien Lili no tenía el mismo tamaño que yo en la delantera, se veía muy bien. No soy lesbiana, pero reconozco la belleza en una mujer, y Lili sabía cómo realzarla. Para no quedarse corta, se hizo la media permanente y se maquilló más de lo normal. Prácticamente se había producido como para ir al boliche.
—A la mierda, qué pintusa. ¿A qué boliche vamos? —Pregunté, halagándola.
—No, no. Es el vestuario de una estrella de Hollywood… En potencia, al menos.
Nos quedamos en la vereda del instituto esperando que se acerque la hora de entrada. Lili hablaba hasta por los codos. Se la notaba tan ansiosa como yo. Al escuchar algunos silbidos que venían de distintas direcciones, decidimos entrar prematuramente. La secretaria nos indicó que pasemos atrás de su escritorio, donde estaba la cocina original de la casa. De ahí salimos al patio, y al fondo del mismo, estaba el galpón, por llamarlo de alguna manera, que oficiaba de sala de ensayos.
Entramos, y vimos un mini-teatro. A la derecha había dos filas de butacas, al nivel del piso. A la izquierda, una escalerita de madera llevaba al escenario, que ya estaba decorado de manera acorde. Una cocina con mesada y alacena, que evidentemente se construyó como parte de lo que seguramente había sido una churrasquera. Luego venía un juego de living con un sofá, dos sillones individuales y una mesita ratona. Atrás de eso había una mesa de pool, en la cual estaban jugando Jorge y Daniel. Y al final del escenario, había una cama de dos plazas, al lado de un perchero largo, colmado de trajes y vestidos de todo tipo.
Saludamos a los muchachos, que se quedaron embobados mirándonos. Especialmente a Lili.
—Mirá, Pato. Vamos a hacer El Color Del Dinero… —Dijo Lili, señalándolos. —Espero que actúen bien, porque no se parecen para nada. Jajaja.
—Mirá, nene, tenía razón Ricardo. —Dijo Jorge, devolviendo el chiste. —Vos vas a hacer de Olmedo, yo de Portales, y ahí tenés a Silvia Perez y Beatriz Salomon.
—En un rato aparece corriendo al grito de ‘Paren las rotativas…’ —Terció Daniel, sumándose a la joda.
Todos nos reímos de las ocurrencias, ya que en algún momento Ricardo había mencionado No Toca Botón. Estuve tentada de retrucarles diciendo que yo tenía dos cosas que Silvia Perez no tenía, pero me quedé callada. No había ido a provocar hombres de manera aleatoria. Aunque en ese momento no me hubiera molestado hacer eso mismo con el Profe.
Estábamos en eso cuando apareció Ricardo. Subió por la escalerita vestido de saco sport, pantalón al tono, con el pelo más corto, y afeitado. Incluso parecía haberse oscurecido un poco el pelo. Honestamente, me pareció aún más pintón en ese momento. Hice un esfuerzo por no mirarlo de pies a cabeza, pero no lo logré. Lili no hizo el esfuerzo, simplemente lo miró sin disimulo.
—Mi estimadísimo elenco… Llegó la hora de la verdad… No, perdón, es al revés. Terminó la hora de la verdad y llegó la hora de la ficción. Si es que están preparados, y con ganas…
—Como siempre, Profe. —Dijo Lili, coqueteando.
—Muy bien. Entonces la escuelita no va más, ahora estamos trabajando. Olvídense de lo de Profe. Díganme Ricardo, o Señor Director, o como más les guste, pero el profesor hoy no vino. Hoy vino el director de la obra. ¿Entendieron?
Todos asentimos en silencio, tal vez algo asustados ante su cambio de actitud.
—Bien. Primero lo primero. ¿Leyeron el guion? —Preguntó inquisitivamente. Volvimos a asentir.
—Bien. Vamos a asignar los papeles. ¿Pueden suponer, a partir de lo que leyeron, qué papel interpreta cada uno?
—Calculo que por edad, yo debería hacer de Rodrigo. —Dijo Daniel. Rodrigo, en la obra, era el estudiante que necesitaba una profesora particular para no perder el año escolar.
—Bien. ¿Quién sigue?
—Con esa misma lógica, yo debería hacer de Andrés. —Adivinó Jorge. El personaje de Andrés era el padre de Rodrigo, empresario que tenía dificultades para relacionarse con su familia debido a la rigurosidad de su trabajo.
—Lili, Pato…
—Pato hace de mucama. Jajaja. —Tiró Lili, para romper el hielo.
—Lili, vos vas a hacer de Mercedes. La esposa, también adicta al trabajo y a los tranquilizantes, de Andrés, y madre de Rodrigo. Pato, vos sos la protagonista, Alicia, la desdichada que pierde a su marido y se encarga de destruir a estos tres.
—Qué responsabilidad…
—Yo voy a hacer del viejo Mario, que se muere casi al principio. Nos van a faltar algunos personajes, como el marido muerto, y la mucama. Pero ya vamos a conseguir algo. Todavía hay tiempo. Y en los ensayos, por ahí tendremos que sustituir a algún personaje. ¿Están de acuerdo?
—Cien por ciento de acuerdo… —Afirmó Jorge.
—Bárbaro. Vamos a empezar con algo sencillo. La escena donde Alicia se presenta ante la familia. La entrevista de trabajo, por así decirlo. Vayan de a uno a cambiarse. Jorge: camisa, saco y corbata. Daniel: cortos y casaca. No busques la roja y negra, que no está. Lili: trajecito de oficina. Pato: vestido blanco floreado. Tienen cinco minutos.
Miré para el lado del perchero y luego para el otro extremo, calculando cuánto me iba a llevar encontrar el vestido y cruzar el patio hasta la cocina.
—Una pregunta… —Dije confundida. —¿Dónde nos cambiamos?
—La cama y el perchero son la zona de vestuarios. No tenemos instalaciones apropiadas, así que improvisamos aquel sector. —Respondió Ricardo, serio.
—¿Así nomás? ¿Hay que cambiarse a la vista de todos? —Pregunté, con desazón. Ricardo me miró como para matarme, pero se contuvo.
—Entiendan que no estamos en el Teatro Astengo, que tiene instalaciones como para un batallón. Es un quincho reciclado. Los directores pobres agarramos lo que podemos. Por otro lado, de alguna manera tienen que sacarse el pudor, al menos para esta obra. Pueden empezar cambiándose en un entorno abierto, para romper el hielo. Para que no haya problemas, lo normal en estos casos es que el director lleve al resto del elenco a la otra punta y haga respetar la regla número uno: Cuando un compañero se cambia, nadie pispea.
—Pero… —Dudé por un segundo.
—Pato, no queda otra. Si no se pueden cambiar a diez metros de cinco compañeros, menos se van a desvestir delante de un montón, esperemos, de desconocidos.
—Dale, Pato. Para que veas que no pasa nada, yo voy primera. Vos hacé que cumplan la regla número uno. —Me aseguró un poco Lili.
Conociéndola, no creo que se hubiera ruborizado si cualquiera de los tres hombres quebrantaba la regla número uno. Pero de cualquier manera, me aseguré de que el elenco no mirara en dirección al pseudo-vestuario. Parados los cuatro en círculo, nos pusimos de acuerdo en los diálogos, los pies, las posiciones, las caras, etc.
—Listo, Pato. ¿Viste que no pasa nada? —Dijo Lili, ahora vestida como para administrar una aerolínea internacional.
—Dale Jorge, metele. —Apuró Ricardo.
Jorge fue, agarró un saco y una corbata y volvió enseguida. Daniel lo siguió y se cambió la ropa de civil por el uniforme deportivo. Tardé un poco en reaccionar, y esto irritó a Ricardo.
—Dale Pato. Apurate. Es ir, cambiarse, y volver. No perdamos más tiempo. —Dijo Ricardo, ligeramente irritado.
Fui a la otra punta del escenario y busqué el susodicho vestido. Cuando lo encontré lo apoyé sobre la cama, y antes de sacarme lo que tenía puesto, miré para el lado de la entrada, a ver si estaban cumpliendo la regla. Cuando vi que estaban concentrados en la preparación de la escena, me convencí de que no había problema, por lo que procedí a quitarme el pantalón y la remera, quedando en ropa interior por unos segundos. Enseguida me puse el vestido blanco con flores azules y volví al grupo.
—Muy bien. —Dijo Ricardo. —Un problema menos. Ubíquense y arrancamos.
La escena requería que Lili se siente en el sofá, y Daniel y yo en los sillones individuales, de frente a ella, del otro lado de la mesita ratona. Jorge entraba un poco más tarde. Ricardo aprobó y gritó acción.
Rodrigo (Daniel) entra al living con la pelota en la mano. De espaldas a él está Alicia (Yo), que se presenta ante la familia como profesora particular, recomendada por la escuela. Mercedes (Lili) se para y llama a su hijo para presentársela. Alicia también se para para saludarlo, y la expresión de Rodrigo cambia al verla con más detenimiento. En segundos pasó de fastidio a lujuria. Mercedes estudia el currículum falsificado mientras le hace preguntas sobre sus calificaciones, experiencia, etc. Alicia miente descaradamente convenciéndola de que es la indicada para que su hijo no pierda el año. Rodrigo, aunque ofuscado por la situación, no despega la vista de Alicia, imaginando todas las cosas que le podría enseñar.
Andrés (Jorge) vuelve del trabajo con un maletín y desde la puerta le da un recorrido visual completo a Alicia, pensando más o menos lo mismo que su hijo. Después de sentarse al lado de su esposa, le pega una mirada rápida al currículum, y coincide con ella. Alicia les informa que no tiene problema en empezar a trabajar cuanto antes, pero les comunica que tiene un problema en su edificio, por lo que está buscando un lugar para instalarse. Rodrigo, ante esta oportunidad, les recuerda a sus padres que la mansión donde viven tiene, a pocos metros, una casa de huéspedes con pieza, cocina y baño. Andrés advierte que necesita algunas refacciones, pero de todas maneras se la ofrece. Rodrigo no puede evitar sonreír.
De la otra punta se acerca Blanca (improvisada en este caso por Ricardo), la mucama de toda la vida, trayéndole café a los señores, al niño Rodrigo, y a la invitada. Mercedes le ordena que arregle la casa de huéspedes, dando a entender que Alicia está contratada. Blanca asiente y se va a empezar su tarea. Andrés sonríe, agradeciendo que hayan encontrado una solución para su hijo. Alicia sonríe (falsamente), agradeciendo haber conseguido trabajo y vivienda. Rodrigo sonríe, planeando minuciosamente lo que pretendía hacer con su tutora.
—¡Corte! ¡Excelente! —Gritó Ricardo, aplaudiendo desde la cocina. —No podía salir mejor. Y encima es el primer intento. No me equivoqué con ustedes.
Volvimos a reunirnos en la cocina, para ver cómo seguíamos.
—Bueno, ahora vamos a hacer la escena de Alicia con Andrés, en la pileta. Ahí vamos a improvisar la escenografía, porque es en los sillones de patio. Vamos a usar estos. Y después hacemos la de Mercedes con Rodrigo, la del sopapo. Así que en el mismo orden que hoy, vayan a cambiarse. Lili: bata de baño, y despeinate. Daniel: no hace falta que te cambies. Jorge: ropa de gimnasia. Pato: ropa de gimnasia. Ojo no se confundan cuál es la ropa de hombre y de mujer. No es ese tipo de obra. Tienen menos de cinco minutos. Métanle.
En orden nos fuimos cambiando, con una rapidez notable, teniendo en cuenta la experiencia anterior. Me tuve que poner un conjunto de calzas negras, remera blanca, y un top rosado, todo de lycra, ajustadísimo, pero bastante discreto. Nada que una mujer de mi edad no usaría para ir al gimnasio.
Ricardo nos ordenó a Jorge y a mí que nos posicionemos para la escena, y a Lili y Daniel que se queden al lado de él, así les iba comentando.
—Jorge, es muy sencillo. Una charla normal, sin cosas raras. Pato, no tan sencillo. La idea es que Alicia charle con Jorge, trate de seducirlo, pero de manera muy sutil. Nada obvio. Una charla con sonrisas, amistosa, con un mínimo atisbo de calentarlo. No te va a costar nada.
—¿Por qué lo decís? —Le pregunté, intuyendo la respuesta, buscando algún comentario halagador, o en el peor de los casos, alguna indicación.
—Porque lo único que tenés que hacer es sonreír y hablar con simpatía. El resto del trabajo lo hace tu cuerpo. No sé si he sido claro.
—Sí. Ya te entendí. —Era un comentario halagador, como esperaba.
—Bueno. ¿Arrancan?
La escena no era ni muy larga, ni muy compleja. Andrés volvía del gimnasio y se tiraba en la reposera de la pileta a leer el diario. Alicia se acerca desde el otro lado y se sienta en la otra reposera. Le agradece por haberle prestado la casa de huéspedes. Él le agradece a ella el trabajo que está haciendo con Rodrigo. Todo muy cordial. Ella le pregunta por la mesa de pool, y si juega seguido. Él le pregunta si ella juega, y ahí nomás se desafían al mejor de tres, el que gana paga una ronda de cervezas. Se levantan y se van a jugar. Todo esto a la vista de Rodrigo, que ya empieza a sospechar.
Hicimos la escena, sin problemas. No era gran cosa, pero después me di cuenta que era una excusa para que me ponga la ropa de gimnasia y trate de calentar a los tres tipos que me rodeaban.
—Perfecto. Salió muy bien. Jorge, un caballero. No se le cayó la baba, no claudicó. Pato, muy bien la entonación, pero faltó un poquito de expresión corporal. Las poses, para ser más preciso. Si bien comunicaste lo que pretendía Alicia, tus movimientos parecían tímidos. Pero para la próxima va a salir. No se preocupen. Cambio de turno. Vengan a la cocina, que la escena es con los dos parados de frente.
Fuimos a la cocina, Jorge y yo un poco alejados. Ricardo les dio las indicaciones a Daniel y Lili.
—¿Cómo hago con el cachetazo? —Preguntó Lili, dubitativa.
—Llevás la mano para atrás, le apuntás al cachete, de ahí el término, y le ponés la palma encima, con la mano abierta. ¿Nunca le pegaste a un hombre?
—Si, eso lo sé ¿Pero cómo hago para simularlo? —Repreguntó, con más dudas.
—No nos podemos dar el lujo de simular todo como si hubiera un coordinador de efectos especiales. —Resopló Ricardo, evidentemente reprimiendo las ganas de insultarla. —Pegale un cachetazo de verdad, que no lo vas a matar. Bancátela, Daniel.
—Si no hay más remedio. —Dijo Daniel. —No será el primero ni el último.
—Bien. Quiero drama. Tensión. No les digo lágrimas, pero casi. ¿Entendieron? Acción.
La escena era bastante sencilla. Mercedes salía del baño, tapándose con la bata. Se encuentra con Rodrigo, que anda con los patos volados porque vio a su padre comiéndole su nueva adquisición, es decir Alicia. Él le recrimina que se la pasa en la cama, empastillada, y ni siquiera se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. Después la insulta, y ella le pega un cachetazo, que enseguida lamenta. Él huye a su habitación, y ella intenta disculparse, sin éxito. Lili hizo toda la escena perfecta. La forma de hablar, el cachetazo, el llanto inminente.
—¡Corte! ¡Es-pec-ta-cu-lar! Lili, te salió mejor que en la película. ¿Vos ves muchas novelas a la tarde? —Preguntó Ricardo.
—Bueno, sí…
—No hay de qué avergonzarse. La observación te llevó a la perfección. Fantástico. Los dos. Así se hace una escena de ese tipo. Los sentimientos a flor de piel. Daniel, vos no te quedaste atrás. Muy bien el insulto.
—Gracias. Para putear no tengo mayores dificultades. Pienso en la Lepra y solita me aflora la puteada. —Admitió Daniel, melancólicamente.
—Je. A vos y al veinte por ciento de Rosario. No es ningún secreto.
—Y te digo que pega fuerte la petisa. —Respondió Daniel, mirando a Lili. —Menos mal que salió de una, porque si me da otro castañazo de esos me saca la carretilla.
—Muchachos, hay cosas que podemos simular, y otras que no. Un cachetazo no es tan grave. Un balazo en la cabeza ya es otra cosa. —Explicó Ricardo, justificándose.
—¿Podés darnos un ejemplo de simulación? —Requerí, sin darme cuenta dónde me metía.
—Pensaba dejarlo para más adelante, pero si estás tan preocupada, lo hago ahora. Vamos a ensayar una escena de sexo. Diálogos y coreografía…
Me tomó por sorpresa. Pensé que eso sería más adelante. Si no hubiera preguntado nada, por ahí hacíamos una o dos escenas comunes más, y nos íbamos. Ahora ya había abierto la boca, no había forma de volver para atrás.
—Vamos a hacer la escena de Mario y Alicia en la cocina, que implica una desnudez mínima, casi nula. En el caso de este guion, no está detallada la coreografía (o sea, el acto sexual). Es muy simple. Mario atraca a Alicia en esta punta de la cocina, y la lleva hasta la otra punta. La sienta en la mesada, le saca la bombacha y ahí arranca el mete y saca. Alicia sufre en silencio, llorando, y Mario acaba bastante rápido. Mario no se saca ninguna prenda, y Alicia solamente la bombacha, pero muy sutilmente, sin mostrar nada.
Para ser la primera escena de esa índole que íbamos a ensayar, no sonaba tan escandalosa.
—Lili y Daniel, ustedes van a observar desde afuera. Jorge, vos vas a hacer de Tomás, el marido de Alicia. No hace falta que te cambies. Pato, andá a ponerte el vestido negro, de fiesta, y hacete un rodete, o algo parecido. Tené en cuenta que era una cena medianamente formal. En cinco minutos empezamos en el sofá.
Fui otra vez al perchero y busqué el vestido negro. Era un vestido muy ceñido, con bastante escote, y corto. No me llegaba a las rodillas por varios centímetros. Me lo puse y lo acomodé como pude. Me hice un rodete rápido y me fui al sofá. Me senté al lado de Ricardo, que miró a su alrededor, preguntó si estábamos listos, y antes de decir acción, me pidió que mantenga el personaje. Después me di cuenta cuál era su intención.
—¡Acción!
La escena empezaba con Mario (Ricardo) sosteniendo una copa de vino.
—Su marido es un hombre muy afortunado. —Dijo con cara de libidinoso. —Va a hacer un dineral trabajando conmigo.
—Qué bueno. —Dije, sonriendo incómoda.
Ricardo me ofreció la otra copa y propuso un brindis.
—¿Por los negocios exitosos?
—Bueno. —Acepté a regañadientes la copa. Brindamos, y cuando me disponía a tomar, Ricardo me apoyó la mano en la parte superior del muslo.
—Es una mujer muy hermosa. —Dijo de manera seductora. Detuve su mano con la mía para evitar que suba.
—¿Qué está haciendo? —Pregunté ofendida, alejándome, con cara de pocos amigos.
—Disculpe. Solamente quería ser amistoso.
—Sí, claro. —Le corrí la mano, me levanté y me fui a la cocina enojada. Entré a golpear los platos y ahí se acercó Tomás (Jorge).
—¿Ehh? ¿Qué está pasando?
—Terminá de hacer tus negocios y decile al asqueroso ese que se vaya de mi casa. —Le respondí exaltada, casi llorando.
—¿Pero cuál es el problema?
—Me puso una mano encima. Ése es el problema.
—No estaría acá si no fuera tan importante. Tenés que ser más cordial.
—¿No escuchaste lo que te dije? Me metió la mano por abajo del vestido.
—Alicia, necesito imperiosamente el acuerdo con este tipo. —Dijo Jorge con violencia, agarrándome los hombros, sacudiéndome. —POR FAVOR, sé amable con él.
—¿Qué me estás queriendo decir? —Pregunté asustada, imaginando lo que me quería decir.
—Hacelo por nosotros. —Respondió desesperado. Me dio un pico, muy rápido, y se fue.
—Tomás… —Lo llamé, sin respuesta. Al ver que no volvía, golpeé la puerta de la alacena con la palma de la mano. —¡Mierda!
Jorge agarró la botella de vino y se acercó a Ricardo, que se había quedado a mitad de camino del sofá y la cocina, tratando de escuchar la conversación.
—Mario, tómese otro vino.
—Estoy deslumbrado, Tomás. Debo decir que me ha impresionado gratamente.
—¿Tenemos un trato, entonces?
—La verdad, estaba buscando algo extra… Algo… ¿Cómo le digo? … Algo para que la oferta sea más apetecible. —Dijo Ricardo, cómplice.
—Mario, estudié su historial de cabo a rabo. Créame que está en buenas manos.
—Ahhh… Eso es lo que estaba esperando escuchar, Tomás. Es lo que estuve esperando escuchar toda la noche.
Ricardo caminó despacio hasta donde yo estaba, en una punta de la cocina, apoyada contra una alacena. Quedó atrás mío, me rodeó con su mano para darme la copa de vino, y acercó su boca a mi oído.
—Te olvidaste la copa, linda.
Tomé un sorbo cortito, y Ricardo intentó besarme el cuello. Me moví para adelante, evitándolo, pero no pudo contenerse más y me agarró de los hombros para darme vuelta. Me llevó a los empujones hasta la mesada, en la otra punta de la cocina, y me sacó la copa de la mano. En el segundo intento me besó el cuello y me amasó una teta. Me senté en la mesada, y me amasó la otra teta, mientras seguía con el cuello, esta vez lamiéndolo.
Debo decir que un poco me estaba excitando. Es decir, yo, Patricia, me estaba excitando, independientemente de la escena y el personaje. A pesar de estar frente a otras personas, y que el que me estaba haciendo eso no era mi marido, una no es de fierro, y creo que Ricardo lo notó al sentir mi respiración agitada y las pulsaciones a través de mis tetas. La escena me estaba calentando en exceso, y el contacto con Ricardo, también.
A continuación, Ricardo se agachó lentamente para meter las manos por abajo del vestido y tirar del elástico de la bombacha, mientras su lengua descendía del cuello al nacimiento de mis tetas, todo esto sin sacarlas de su cobertura (bastante sobresalían por el escote). Bajó la bombacha sin levantar el vestido, la dejó caer al piso, y se incorporó, continuando con su lamida sobre el pecho.
Ahí fue cuando empezó el descontrol. Si bien yo venía dándole calce, lo siguiente fue algo que, en mi opinión, era demasiado. Ricardo se bajó la bragueta y liberó su pinchila. En la fracción de segundo que me tomó darme cuenta lo que había visto, decidí cortar la escena. Lo empujé de los hombros para separarlo de mí, y me volví a parar.
—Pará, pará. ¿Qué estás haciendo? Te fuiste a la mierda. —Le dije, como un reto. Ricardo se sorprendió, pero de manera instintiva se cubrió la entrepierna con las manos y se subió la bragueta, para que no lo vea nadie, supongo.
—¿Cómo qué estoy haciendo? ¿Vos qué estás haciendo? ¿Cómo me vas a cortar la escena así? ¿Quién es el director? —Preguntó, mostrando bastante frustración.
—Pero no podés…
—¿El qué no puedo? VOS sos la que no puede interrumpir una escena por una cosa así. Es una escena de sexo. ¿Cómo pensás que se hace?
—Es que me pareció demasiado que la saques así… Se suponía que era una simulación.
—¿VOS me vas a decir a MÍ? —Preguntó retóricamente, con algo de soberbia. —Decime una cosa, vos que sabés tanto… Con ese criterio, conviene, en ese momento, bajar el telón y que un locutor se acerque al centro del escenario y diga “Ahora garchan”. ¿No te parece?
—Me pareció demasiado. Perdón por la ignorancia.
Ricardo reunió a todos en círculo para darnos una lección. Antes de acercarme agarré la bombacha del piso y me la puse, esperando que no me vean.
—Regla número dos, aunque debería ser la número uno. Si alguien que no es el director corta la escena, tiene que ser por una emergencia, una lesión grave, o porque se está prendiendo fuego el teatro. NUNCA… Repito: Nunca deben cortar la escena por cuestiones de guion, o de alguna otra pelotudez. Va para todos. ¿Entendieron?
—Entendido. Pido disculpas, no lo sabía. —Dije, avergonzada.
—Está bien, Pato. Vamos a intentar otra vez. ¿Les parece?
—Ya es medio tarde, Ricardo. —Dijo Jorge. —Mañana hay que laburar.
—Empezamos después de la conversación entre Tomás y Mario, para acortar. Después los dejo libres.
—Bueno, en ese caso no hay problema.
—Bueno, cada uno a sus puestos.
Me ubiqué en la punta de la cocina, contra la alacena. Jorge se ubicó a mitad de camino. Lili y Daniel volvieron a la posición de observación. Ricardo se acercó y me dio algunas indicaciones.
—Pato, no pretendía cagarte a pedos, pero es algo que no me gusta que pase. De cualquier manera, vamos a intentar de vuelta. Si querés, en el momento que yo me incorporo y la saco, vos podés mirar para arriba. En la película pasa eso. Como que Alicia no quiere mirar cuando pasa lo inevitable.
—Bien. No hay problema. Te pido disculpas.
—Ya está. Borrón y cuenta nueva. ¿Lista?
—Sí.
Volvimos a hacer la escena. Ricardo vino a donde yo estaba y me dio la copa. Tomé un sorbo, y ahí empezó el atraque. La coreografía se dio de la misma manera: Empujones, sentada en la mesada, chupones en el cuello, amasada de tetas. Bajó a sacarme la bombacha, y ese fue el pie para que yo mire para arriba, con cara de asco e impotencia. Sin ver lo que estaba haciendo, noté que me levantó la pollera hasta casi la cintura. Supuse que tendría una vista parcial de mi concha. Escuché el ruido del cierre de la bragueta y ahí me di cuenta que otra vez había liberado su pinchila. Pero me mantuve firme. No quería cometer el mismo error. Cuando bajé la vista, despacio, vi que Ricardo también había bajado la vista, hacia mi concha, que, debo admitir, ya estaba algo húmeda. Con la mano derecha sostenía la pollera, y con la izquierda, muy despacio, condujo la poronga hacia los labios vaginales. Llegó a apoyarla en ellos e hizo fuerza para meterla. Logró ingresar media cabeza cuando lo corté, con un empujón más fuerte.
—Che, pará, desubicado. Ahora sí que te fuiste al carajo. —Dije, ofendida.
—¿Otra vez? ¿OTRA VEZ? Me cago en la reputísima madre que me reparió. ¿Quién me manda a mí a trabajar con estos inútiles? —Ricardo se puteó a sí mismo mientras se volvía a cubrir la entrepierna.
—Si no te paro, me la ponías hasta el fondo. ¿Son todas así tus simulaciones?
—Nena, me tenés repodrido. No te aguanto más. Estás hinchando las pelotas desde que llegaste. ¿Querés dirigir vos? Yo me voy a comer una pizza, no me complico más la vida…
—Escuchame…
—No, ni mamado te escucho. Te estoy escuchando hace dos horas. Me vas a dejar sordo. ¿Querías hacer una obra de teatro? La conseguiste. Te avisé más de una vez que era subida de tono. Agarraste igual. Ahora te venís a acordar de la moral y las buenas costumbres. No me jodas más…
—Ehh, viejo… ¿Qué pasó? —Intentó interceder Jorge. —¿Por qué tanto escándalo?
—Pasa, Jorgito, que tu compañerita es medio rebelde. Hasta ayer no sabía la diferencia entre un telón y una boletería, y hoy ya quiere dirigir una obra de teatro. Se le subieron los humos.
—No, no es así… —Traté de defenderme, haciendo un esfuerzo enorme para evitar las lágrimas de humillación. —Entendeme que no es algo que me pasa todos los días.
—Aaahhhh, mirá vos. ¿En serio me decís? —Ironizó Ricardo. —¿O sea que no podés actuar en algo que no sea estrictamente lo que te pasa todos los días? ¿Querés hacer una obra donde solamente cocinás, lavás los platos, mirás la novela?
El hijo de puta me tocó el orgullo. De alguna manera intuyó que era una ama de casa insatisfecha y me tiró con eso. Tanto acertó que no pude responderle.
—¿Quieren que dejemos acá? Suspendemos y a la mierda. Sigan laburando en lo suyo y yo en lo mío. No es la primera vez que me pasa algo así.
—Ricardo… —Dijo Lili, tratando de apaciguar. —No te enojes. Entendé que no tenemos tu experiencia ni tu capacidad. Yo desde allá no vi lo que pasó, así que no puedo decir si estuvo bien o mal. Lo único que te pido es que nos tengas paciencia. Es el primer ensayo.
—Lili, les voy a demostrar que ni siquiera por ser el primer ensayo es algo aceptable. Si realmente quieren que sigamos, vamos a volver a hacer la escena, pero esta vez vos hacés de Alicia. Y vos, Patricia, vas a mirar y tomar nota.
—Ya se hizo tarde, Ricardo. ¿Por qué no seguimos mañana, cuando estemos todos más tranquilos? —Pidió Daniel, demostrando una madurez notable.
—Les pido disculpas, no es culpa de ustedes. —Les dijo a Jorge y Daniel. —Vayan, si quieren, y seguimos mañana. Lili, necesito imperiosamente que te quedes y me sigas. Patricia, si no querés cagarte olímpicamente en tus compañeros, te vas a quedar y vas a observar.
—Está bien, te vuelvo a pedir disculpas. Me quedo y tomo nota. —Dije resignada.
—Nos vemos mañana. Suerte. —Se despidió Jorge. Daniel saludó con la mano, y se fueron.
—Me voy a cambiar. ¿Hay otro vestido como ese? —Preguntó Lili.
—Tiene que haber alguno parecido. Si es de otro color, no importa. Pero que sea parecido en la forma. —Respondió Ricardo.
Lili fue a cambiarse. Yo aproveché a volver a ponerme la bombacha, ante la estricta mirada de Ricardo. Sus ojos parecían inyectados de sangre. La cara que tenía era como la de un inquisidor ante su víctima. Pero reinó el silencio.
Lili volvió con un vestido muy parecido, color borravino. Le quedaba muy bien.

—Vamos a empezar desde el sillón, y vamos a obviar la parte de Alicia y Tomás, y Mario y Tomás. Es decir, del sillón, Lili va a la cocina, yo espero un poco, y después me acerco, como quien dice puenteando las escenas.
—Bien. —Respondió Lili con firmeza.
—Vos, Pato, parate no muy lejos de los sillones, de frente a nosotros. Cuando yo me voy para la cocina, vos me seguís, y cuando me acerco a Lili, pasá de largo y parate a mitad de camino, entre la alacena y la mesada, mirándonos de costado. Quiero que tengas un primer plano de todo.
—Entendido. —Respondí, con seguridad.
—Lili: Una sola cosa. NO. CORTES. LA. ESCENA. POR. NADA. —Recalcó Ricardo, palabra por palabra, casi como una amenaza.
—Entendido. —Respondió Lili, también con seguridad.
Me ubiqué a pocos metros del sofá. Lili se sentó en el lugar, y Ricardo hizo lo propio.
—Prestá atención, por el amor de Dios. —Me dijo, como última advertencia.
La escena empezó normal, con los diálogos ya conocidos. Ricardo subió un poco la intensidad. Apoyó la mano en el interior del muslo de Lili, y subió unos cuantos centímetros. Siguió con el corte de rostro, y Lili yéndose a la cocina. Ricardo hizo una pausa, saboreó el vino y se paró. Me hizo una seña muy sutil para que lo siga mientras iba a la cocina. Lo seguí a un metro, más o menos, y cuando hizo contacto con Lili, pasé por el costado y me ubiqué entre la alacena y la mesada.
Ricardo empujó a Lili hasta la mesada, a los chupones. La hizo sentar, y, sin sacarle la lengua del cuello, le bajó las hombreras del vestido, dejando sus tetas al descubierto. Eso no estaba en el guion, pero Lili no se quebró. Y yo no me animaba a interrumpir.
Debo reconocer que las tetas de Lili eran muy lindas, más grandes de lo que aparentaban con la ropa puesta. Tenía los pezones oscuros durísimos. Ricardo se los chupó mientras metía las manos por debajo de la pollera, para sacarle la bombacha. Se agachó, retiró la prenda, y la revoleó para un costado, sospechosamente en mi dirección. Al incorporarse, subió la pollera casi hasta el ombligo de Lili, que miraba para arriba, respetando la indicación del intento previo. Pude ver que Lili tenía la zona íntima totalmente depilada.
Lo que vino después, fue estremecedor. Ricardo volvió a sacar la poronga a través de la bragueta. Desde donde yo estaba, me pareció que era enorme. Hizo lo mismo que conmigo, apuntó al centro de la concha de Lili. Solamente que esta vez, sin que Lili lo detenga, se la enterró hasta el fondo. Lili pegó un grito apagado, de gozo. No podía gritar como pienso que quería porque sería salirse del personaje.
Ricardo empezó a moverse dentro de Lili con bastante ritmo. Le amasaba las tetas mientras la bombeaba, y cada tanto le hurgaba la boca con la lengua. Lili jadeaba muy suavemente, y se mordía el labio para evitar los gemidos de placer. Yo miraba asombrada. Ricardo pasó todos los límites. Me quiso hacer creer que íbamos a simular, pero si yo no lo cortaba, me cogía a mí sin dudarlo.
En rigor de verdad, la indignación y el morbo me estaban calentando. Estaba viendo una porno en vivo. El aire olía a sexo, la percusión de las penetraciones me ensordecía, los rugidos de macho de Ricardo me excitaban, y la imagen era terriblemente erótica. Parecía que con cada estocada Lili iba a pegar la cabeza contra el cielorraso, por la fuerza de los pijazos. Hice un esfuerzo por no tocarme, pero igual noté que tenía la bombacha mojada.
Ricardo estuvo bombeando cerca de diez minutos. Se suponía que en la obra no pasaba de los dos minutos. Pero claro, esto ya no era un ensayo, por más que Ricardo lo justificara de esa manera. No me perdí ni un segundo de la acción, por miedo a otra cagada a pedos, pero más que nada por la calentura infernal que sentía.
Ricardo aceleró el ritmo de la cogida, y en vez de avisarle a Lili que estaba por acabar, giró la cabeza hacia donde estaba yo. Me miró con cara de poseído por el demonio, y sonrió. Dio las últimas embestidas con bastante intensidad, y acabó adentro de ella con un bramido atronador. Lili también acabó, y no pudo contener el grito de placer. Era un concierto perfecto de gemidos graves y agudos.
Se quedaron unos segundos interminables acoplados, respirando agitadamente. Ricardo en un momento se acordó de gritar “Corte”, y le sacó la poronga, semi-flácida, para guardársela en el pantalón. Lili se tocó la concha, y pude ver que sacó los dedos pegoteados. Imaginé que le recriminaría semejante cagada, pero no dijo nada y buscó una servilleta de papel para limpiarse.
—¿Qué te pareció Ricardo? ¿Salió bien? A mí me pareció que quedó perfecta. —Dijo Lili, todavía suponiendo que lo que hicieron fue un ensayo y no una cogida con todas las letras.
—Muy bien Lili. Impecable. Demostraste que no era una simple cuestión de falta de experiencia. Te agradezco. —Respondió Ricardo, pretendiendo que le creyéramos que todavía hablaba como director y no como perro alzado que aprovechaba cuando podía.
—Bueno, no hay por qué. No fue tan complicado.
—Bueno, por hoy terminamos. —Concluyó Ricardo, muy frío. —Cámbiense y nos vemos la próxima.
Dicho eso salió al patio y prendió un cigarrillo. Lili, agarró su bombacha, que estaba al lado mío, y se fue a cruzar el patio para ir al baño, sin decirme nada. Aproveché el momento para ir a ponerme otra vez mi ropa normal. Me saqué el vestido y lo colgué en la percha. Al ponerme el pantalón, noté que mi bombacha estaba más mojada de lo que pensaba. Y al ponerme la remera, noté que tenía los pezones duros, aún después de terminada la función.
Volví como para salir, y me encontré con Ricardo que venía de afuera con un termo, un mate y un frasco de yerba. Me volvió a mirar con cara de sátiro.
—¿Viste qué bien que trabaja Lili? La voy a sacar buena nomás. —Me dijo en tono burlón.
—Sos un sinvergüenza. Ya me parecía que había algo raro acá.
—Sin embargo no dijiste nada. Lili tampoco dijo nada. A mí me parece que le encantó. Y creo que a vos también. Si hubieras respetado mis indicaciones, en el lugar de Lili hubieras estado vos.
—Degenerado…
—Mirá, nena, la cosa es muy simple. —Dijo Ricardo, ahora en tono autoritario. —Si querés borrarte, no hay problema. Lili va a andar muy bien como Alicia. Ya lo demostró. Pero tené la dignidad de decírselo de frente a tus compañeros y a tu director mañana al principio del ensayo. Venís, decís lo que pensás, y te vas. Ni se te ocurra venir y pretender seguir como si nada. O desaparecer del todo, sin explicaciones. Ahora, si querés otra oportunidad para seguir como lo habíamos planificado, venís mañana, una hora antes de lo pautado, y ensayamos esta escena hasta que te salga de memoria.
—Pero vos sos un…
—Es muy sencillo. ¿Querés demostrar que no sos una histérica malcogida que no tiene nada mejor que hacer? Te doy la oportunidad de venir mañana a reivindicarte por lo de hoy. O, si no te animás, al menos admití, delante de todos, que no tenés pasta para esto.
Otra vez me dejó sin palabras, apelando al tema de la insatisfacción. No supe qué responder, y reinó el silencio. En eso entró Lili. Sin decir nada se fue hacia el perchero para ponerse su ropa. Ricardo se sentó en el sillón y empezó a escribir en su cuaderno, absorto en sus pensamientos. Lili volvió con su ropa y la llave del auto en la mano.
—¿Vamos Pato?
—Vamos.
—Chau Ricardo, nos vemos mañana. —Lo saludó Lili, como si nada hubiera pasado, como si hubiéramos tenido otra clase teórica en el salón.
—Nos vemos. Acuérdense lo que hablamos hoy. —Dijo distraído, pero cuando Lili terminó de salir, pude ver que me señalaba, mirándome fijo, como recalcando que la sugerencia era para especialmente dirigida a mí
Una vez afuera, antes de entrar en el auto, me arriesgué a preguntarle a Lili.
—Lili, ¿Qué pasó? ¿Cómo no le dijiste nada? Mirá si…
—Pato, no pasa nada. Estábamos ensayando. Nada del otro mundo. —Respondió displicente.
No logré determinar si estaba estúpidamente convencida de que era un ensayo, o si se había dado cuenta, y quería convencerme a mí para que yo no le reclame nada.
—¿Pero vos no te das cuenta que no hacía falta… —No sabía cómo decirlo de manera pacífica. —… Los quince minutos finales?
—Pato, no pasó nada grave. No es nada que no haya hecho. Dejá de pensar como una monja y acostumbrate. Según el guion, son unas cuantas escenas de sexo, y va a haber que hacerlas todas, sin chistar.
—Pero…
—Pato, es tarde. Me voy a dormir, que tengo que viajar. Mañana seguimos.
Me dejó con la palabra en la boca. Volví a mi casa, manejando sin prestar atención. El polvo que le había echado Ricardo a Liliana me rondaba por la cabeza y no tenía forma de descartar ese pensamiento. Al entrar a mi casa, me metí directo a la ducha. Más que nada, me sentía sucia por lo que había pasado, y quería remover esa suciedad, aunque sea simbólicamente. Hice un esfuerzo por no tocarme, a pesar de que la calentura persistía. Me acosté desnuda, inconscientemente. Creí que al día siguiente, más calmada, la situación se estabilizaría, y podría seguir como siempre. No tenía ni idea de lo lejos que estaba eso de la realidad.
Capítulo V — Cambio De Roles
La madrugada del Jueves dormí muy poco. Estaba ansiosa por lo que sucedería a la tarde. Imaginé miles de situaciones distintas y la forma de enfrentarlas. Recité los diálogos en mi cabeza, tratando de acertar la entonación, el énfasis, la cara que debía acompañar. Por supuesto, mi marido ni se enteró. Yo no paré de dar vueltas en la cama y el pelotudo roncó toda la noche.
A la tarde preparé todo, me puse ropa deportiva, nada llamativa, y me fui para el instituto. Llegué temprano, supongo que por la ansiedad, y al llegar vi que Lili estaba haciendo tiempo sentada en el capot de su auto, fumando.
Estaba vestida para matar. Se había puesto un pantalón blanco ajustado que resaltaba la forma obscena de sus piernas y, especialmente, su culo, que estaba en perfecta forma gracias al gimnasio. Arriba tenía una remera verde, también ajustada, con un escote bastante pronunciado. Si bien Lili no tenía el mismo tamaño que yo en la delantera, se veía muy bien. No soy lesbiana, pero reconozco la belleza en una mujer, y Lili sabía cómo realzarla. Para no quedarse corta, se hizo la media permanente y se maquilló más de lo normal. Prácticamente se había producido como para ir al boliche.
—A la mierda, qué pintusa. ¿A qué boliche vamos? —Pregunté, halagándola.
—No, no. Es el vestuario de una estrella de Hollywood… En potencia, al menos.
Nos quedamos en la vereda del instituto esperando que se acerque la hora de entrada. Lili hablaba hasta por los codos. Se la notaba tan ansiosa como yo. Al escuchar algunos silbidos que venían de distintas direcciones, decidimos entrar prematuramente. La secretaria nos indicó que pasemos atrás de su escritorio, donde estaba la cocina original de la casa. De ahí salimos al patio, y al fondo del mismo, estaba el galpón, por llamarlo de alguna manera, que oficiaba de sala de ensayos.
Entramos, y vimos un mini-teatro. A la derecha había dos filas de butacas, al nivel del piso. A la izquierda, una escalerita de madera llevaba al escenario, que ya estaba decorado de manera acorde. Una cocina con mesada y alacena, que evidentemente se construyó como parte de lo que seguramente había sido una churrasquera. Luego venía un juego de living con un sofá, dos sillones individuales y una mesita ratona. Atrás de eso había una mesa de pool, en la cual estaban jugando Jorge y Daniel. Y al final del escenario, había una cama de dos plazas, al lado de un perchero largo, colmado de trajes y vestidos de todo tipo.
Saludamos a los muchachos, que se quedaron embobados mirándonos. Especialmente a Lili.
—Mirá, Pato. Vamos a hacer El Color Del Dinero… —Dijo Lili, señalándolos. —Espero que actúen bien, porque no se parecen para nada. Jajaja.
—Mirá, nene, tenía razón Ricardo. —Dijo Jorge, devolviendo el chiste. —Vos vas a hacer de Olmedo, yo de Portales, y ahí tenés a Silvia Perez y Beatriz Salomon.
—En un rato aparece corriendo al grito de ‘Paren las rotativas…’ —Terció Daniel, sumándose a la joda.
Todos nos reímos de las ocurrencias, ya que en algún momento Ricardo había mencionado No Toca Botón. Estuve tentada de retrucarles diciendo que yo tenía dos cosas que Silvia Perez no tenía, pero me quedé callada. No había ido a provocar hombres de manera aleatoria. Aunque en ese momento no me hubiera molestado hacer eso mismo con el Profe.
Estábamos en eso cuando apareció Ricardo. Subió por la escalerita vestido de saco sport, pantalón al tono, con el pelo más corto, y afeitado. Incluso parecía haberse oscurecido un poco el pelo. Honestamente, me pareció aún más pintón en ese momento. Hice un esfuerzo por no mirarlo de pies a cabeza, pero no lo logré. Lili no hizo el esfuerzo, simplemente lo miró sin disimulo.
—Mi estimadísimo elenco… Llegó la hora de la verdad… No, perdón, es al revés. Terminó la hora de la verdad y llegó la hora de la ficción. Si es que están preparados, y con ganas…
—Como siempre, Profe. —Dijo Lili, coqueteando.
—Muy bien. Entonces la escuelita no va más, ahora estamos trabajando. Olvídense de lo de Profe. Díganme Ricardo, o Señor Director, o como más les guste, pero el profesor hoy no vino. Hoy vino el director de la obra. ¿Entendieron?
Todos asentimos en silencio, tal vez algo asustados ante su cambio de actitud.
—Bien. Primero lo primero. ¿Leyeron el guion? —Preguntó inquisitivamente. Volvimos a asentir.
—Bien. Vamos a asignar los papeles. ¿Pueden suponer, a partir de lo que leyeron, qué papel interpreta cada uno?
—Calculo que por edad, yo debería hacer de Rodrigo. —Dijo Daniel. Rodrigo, en la obra, era el estudiante que necesitaba una profesora particular para no perder el año escolar.
—Bien. ¿Quién sigue?
—Con esa misma lógica, yo debería hacer de Andrés. —Adivinó Jorge. El personaje de Andrés era el padre de Rodrigo, empresario que tenía dificultades para relacionarse con su familia debido a la rigurosidad de su trabajo.
—Lili, Pato…
—Pato hace de mucama. Jajaja. —Tiró Lili, para romper el hielo.
—Lili, vos vas a hacer de Mercedes. La esposa, también adicta al trabajo y a los tranquilizantes, de Andrés, y madre de Rodrigo. Pato, vos sos la protagonista, Alicia, la desdichada que pierde a su marido y se encarga de destruir a estos tres.
—Qué responsabilidad…
—Yo voy a hacer del viejo Mario, que se muere casi al principio. Nos van a faltar algunos personajes, como el marido muerto, y la mucama. Pero ya vamos a conseguir algo. Todavía hay tiempo. Y en los ensayos, por ahí tendremos que sustituir a algún personaje. ¿Están de acuerdo?
—Cien por ciento de acuerdo… —Afirmó Jorge.
—Bárbaro. Vamos a empezar con algo sencillo. La escena donde Alicia se presenta ante la familia. La entrevista de trabajo, por así decirlo. Vayan de a uno a cambiarse. Jorge: camisa, saco y corbata. Daniel: cortos y casaca. No busques la roja y negra, que no está. Lili: trajecito de oficina. Pato: vestido blanco floreado. Tienen cinco minutos.
Miré para el lado del perchero y luego para el otro extremo, calculando cuánto me iba a llevar encontrar el vestido y cruzar el patio hasta la cocina.
—Una pregunta… —Dije confundida. —¿Dónde nos cambiamos?
—La cama y el perchero son la zona de vestuarios. No tenemos instalaciones apropiadas, así que improvisamos aquel sector. —Respondió Ricardo, serio.
—¿Así nomás? ¿Hay que cambiarse a la vista de todos? —Pregunté, con desazón. Ricardo me miró como para matarme, pero se contuvo.
—Entiendan que no estamos en el Teatro Astengo, que tiene instalaciones como para un batallón. Es un quincho reciclado. Los directores pobres agarramos lo que podemos. Por otro lado, de alguna manera tienen que sacarse el pudor, al menos para esta obra. Pueden empezar cambiándose en un entorno abierto, para romper el hielo. Para que no haya problemas, lo normal en estos casos es que el director lleve al resto del elenco a la otra punta y haga respetar la regla número uno: Cuando un compañero se cambia, nadie pispea.
—Pero… —Dudé por un segundo.
—Pato, no queda otra. Si no se pueden cambiar a diez metros de cinco compañeros, menos se van a desvestir delante de un montón, esperemos, de desconocidos.
—Dale, Pato. Para que veas que no pasa nada, yo voy primera. Vos hacé que cumplan la regla número uno. —Me aseguró un poco Lili.
Conociéndola, no creo que se hubiera ruborizado si cualquiera de los tres hombres quebrantaba la regla número uno. Pero de cualquier manera, me aseguré de que el elenco no mirara en dirección al pseudo-vestuario. Parados los cuatro en círculo, nos pusimos de acuerdo en los diálogos, los pies, las posiciones, las caras, etc.
—Listo, Pato. ¿Viste que no pasa nada? —Dijo Lili, ahora vestida como para administrar una aerolínea internacional.
—Dale Jorge, metele. —Apuró Ricardo.
Jorge fue, agarró un saco y una corbata y volvió enseguida. Daniel lo siguió y se cambió la ropa de civil por el uniforme deportivo. Tardé un poco en reaccionar, y esto irritó a Ricardo.
—Dale Pato. Apurate. Es ir, cambiarse, y volver. No perdamos más tiempo. —Dijo Ricardo, ligeramente irritado.
Fui a la otra punta del escenario y busqué el susodicho vestido. Cuando lo encontré lo apoyé sobre la cama, y antes de sacarme lo que tenía puesto, miré para el lado de la entrada, a ver si estaban cumpliendo la regla. Cuando vi que estaban concentrados en la preparación de la escena, me convencí de que no había problema, por lo que procedí a quitarme el pantalón y la remera, quedando en ropa interior por unos segundos. Enseguida me puse el vestido blanco con flores azules y volví al grupo.
—Muy bien. —Dijo Ricardo. —Un problema menos. Ubíquense y arrancamos.
La escena requería que Lili se siente en el sofá, y Daniel y yo en los sillones individuales, de frente a ella, del otro lado de la mesita ratona. Jorge entraba un poco más tarde. Ricardo aprobó y gritó acción.
Rodrigo (Daniel) entra al living con la pelota en la mano. De espaldas a él está Alicia (Yo), que se presenta ante la familia como profesora particular, recomendada por la escuela. Mercedes (Lili) se para y llama a su hijo para presentársela. Alicia también se para para saludarlo, y la expresión de Rodrigo cambia al verla con más detenimiento. En segundos pasó de fastidio a lujuria. Mercedes estudia el currículum falsificado mientras le hace preguntas sobre sus calificaciones, experiencia, etc. Alicia miente descaradamente convenciéndola de que es la indicada para que su hijo no pierda el año. Rodrigo, aunque ofuscado por la situación, no despega la vista de Alicia, imaginando todas las cosas que le podría enseñar.
Andrés (Jorge) vuelve del trabajo con un maletín y desde la puerta le da un recorrido visual completo a Alicia, pensando más o menos lo mismo que su hijo. Después de sentarse al lado de su esposa, le pega una mirada rápida al currículum, y coincide con ella. Alicia les informa que no tiene problema en empezar a trabajar cuanto antes, pero les comunica que tiene un problema en su edificio, por lo que está buscando un lugar para instalarse. Rodrigo, ante esta oportunidad, les recuerda a sus padres que la mansión donde viven tiene, a pocos metros, una casa de huéspedes con pieza, cocina y baño. Andrés advierte que necesita algunas refacciones, pero de todas maneras se la ofrece. Rodrigo no puede evitar sonreír.
De la otra punta se acerca Blanca (improvisada en este caso por Ricardo), la mucama de toda la vida, trayéndole café a los señores, al niño Rodrigo, y a la invitada. Mercedes le ordena que arregle la casa de huéspedes, dando a entender que Alicia está contratada. Blanca asiente y se va a empezar su tarea. Andrés sonríe, agradeciendo que hayan encontrado una solución para su hijo. Alicia sonríe (falsamente), agradeciendo haber conseguido trabajo y vivienda. Rodrigo sonríe, planeando minuciosamente lo que pretendía hacer con su tutora.
—¡Corte! ¡Excelente! —Gritó Ricardo, aplaudiendo desde la cocina. —No podía salir mejor. Y encima es el primer intento. No me equivoqué con ustedes.
Volvimos a reunirnos en la cocina, para ver cómo seguíamos.
—Bueno, ahora vamos a hacer la escena de Alicia con Andrés, en la pileta. Ahí vamos a improvisar la escenografía, porque es en los sillones de patio. Vamos a usar estos. Y después hacemos la de Mercedes con Rodrigo, la del sopapo. Así que en el mismo orden que hoy, vayan a cambiarse. Lili: bata de baño, y despeinate. Daniel: no hace falta que te cambies. Jorge: ropa de gimnasia. Pato: ropa de gimnasia. Ojo no se confundan cuál es la ropa de hombre y de mujer. No es ese tipo de obra. Tienen menos de cinco minutos. Métanle.
En orden nos fuimos cambiando, con una rapidez notable, teniendo en cuenta la experiencia anterior. Me tuve que poner un conjunto de calzas negras, remera blanca, y un top rosado, todo de lycra, ajustadísimo, pero bastante discreto. Nada que una mujer de mi edad no usaría para ir al gimnasio.
Ricardo nos ordenó a Jorge y a mí que nos posicionemos para la escena, y a Lili y Daniel que se queden al lado de él, así les iba comentando.
—Jorge, es muy sencillo. Una charla normal, sin cosas raras. Pato, no tan sencillo. La idea es que Alicia charle con Jorge, trate de seducirlo, pero de manera muy sutil. Nada obvio. Una charla con sonrisas, amistosa, con un mínimo atisbo de calentarlo. No te va a costar nada.
—¿Por qué lo decís? —Le pregunté, intuyendo la respuesta, buscando algún comentario halagador, o en el peor de los casos, alguna indicación.
—Porque lo único que tenés que hacer es sonreír y hablar con simpatía. El resto del trabajo lo hace tu cuerpo. No sé si he sido claro.
—Sí. Ya te entendí. —Era un comentario halagador, como esperaba.
—Bueno. ¿Arrancan?
La escena no era ni muy larga, ni muy compleja. Andrés volvía del gimnasio y se tiraba en la reposera de la pileta a leer el diario. Alicia se acerca desde el otro lado y se sienta en la otra reposera. Le agradece por haberle prestado la casa de huéspedes. Él le agradece a ella el trabajo que está haciendo con Rodrigo. Todo muy cordial. Ella le pregunta por la mesa de pool, y si juega seguido. Él le pregunta si ella juega, y ahí nomás se desafían al mejor de tres, el que gana paga una ronda de cervezas. Se levantan y se van a jugar. Todo esto a la vista de Rodrigo, que ya empieza a sospechar.
Hicimos la escena, sin problemas. No era gran cosa, pero después me di cuenta que era una excusa para que me ponga la ropa de gimnasia y trate de calentar a los tres tipos que me rodeaban.
—Perfecto. Salió muy bien. Jorge, un caballero. No se le cayó la baba, no claudicó. Pato, muy bien la entonación, pero faltó un poquito de expresión corporal. Las poses, para ser más preciso. Si bien comunicaste lo que pretendía Alicia, tus movimientos parecían tímidos. Pero para la próxima va a salir. No se preocupen. Cambio de turno. Vengan a la cocina, que la escena es con los dos parados de frente.
Fuimos a la cocina, Jorge y yo un poco alejados. Ricardo les dio las indicaciones a Daniel y Lili.
—¿Cómo hago con el cachetazo? —Preguntó Lili, dubitativa.
—Llevás la mano para atrás, le apuntás al cachete, de ahí el término, y le ponés la palma encima, con la mano abierta. ¿Nunca le pegaste a un hombre?
—Si, eso lo sé ¿Pero cómo hago para simularlo? —Repreguntó, con más dudas.
—No nos podemos dar el lujo de simular todo como si hubiera un coordinador de efectos especiales. —Resopló Ricardo, evidentemente reprimiendo las ganas de insultarla. —Pegale un cachetazo de verdad, que no lo vas a matar. Bancátela, Daniel.
—Si no hay más remedio. —Dijo Daniel. —No será el primero ni el último.
—Bien. Quiero drama. Tensión. No les digo lágrimas, pero casi. ¿Entendieron? Acción.
La escena era bastante sencilla. Mercedes salía del baño, tapándose con la bata. Se encuentra con Rodrigo, que anda con los patos volados porque vio a su padre comiéndole su nueva adquisición, es decir Alicia. Él le recrimina que se la pasa en la cama, empastillada, y ni siquiera se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. Después la insulta, y ella le pega un cachetazo, que enseguida lamenta. Él huye a su habitación, y ella intenta disculparse, sin éxito. Lili hizo toda la escena perfecta. La forma de hablar, el cachetazo, el llanto inminente.
—¡Corte! ¡Es-pec-ta-cu-lar! Lili, te salió mejor que en la película. ¿Vos ves muchas novelas a la tarde? —Preguntó Ricardo.
—Bueno, sí…
—No hay de qué avergonzarse. La observación te llevó a la perfección. Fantástico. Los dos. Así se hace una escena de ese tipo. Los sentimientos a flor de piel. Daniel, vos no te quedaste atrás. Muy bien el insulto.
—Gracias. Para putear no tengo mayores dificultades. Pienso en la Lepra y solita me aflora la puteada. —Admitió Daniel, melancólicamente.
—Je. A vos y al veinte por ciento de Rosario. No es ningún secreto.
—Y te digo que pega fuerte la petisa. —Respondió Daniel, mirando a Lili. —Menos mal que salió de una, porque si me da otro castañazo de esos me saca la carretilla.
—Muchachos, hay cosas que podemos simular, y otras que no. Un cachetazo no es tan grave. Un balazo en la cabeza ya es otra cosa. —Explicó Ricardo, justificándose.
—¿Podés darnos un ejemplo de simulación? —Requerí, sin darme cuenta dónde me metía.
—Pensaba dejarlo para más adelante, pero si estás tan preocupada, lo hago ahora. Vamos a ensayar una escena de sexo. Diálogos y coreografía…
Me tomó por sorpresa. Pensé que eso sería más adelante. Si no hubiera preguntado nada, por ahí hacíamos una o dos escenas comunes más, y nos íbamos. Ahora ya había abierto la boca, no había forma de volver para atrás.
—Vamos a hacer la escena de Mario y Alicia en la cocina, que implica una desnudez mínima, casi nula. En el caso de este guion, no está detallada la coreografía (o sea, el acto sexual). Es muy simple. Mario atraca a Alicia en esta punta de la cocina, y la lleva hasta la otra punta. La sienta en la mesada, le saca la bombacha y ahí arranca el mete y saca. Alicia sufre en silencio, llorando, y Mario acaba bastante rápido. Mario no se saca ninguna prenda, y Alicia solamente la bombacha, pero muy sutilmente, sin mostrar nada.
Para ser la primera escena de esa índole que íbamos a ensayar, no sonaba tan escandalosa.
—Lili y Daniel, ustedes van a observar desde afuera. Jorge, vos vas a hacer de Tomás, el marido de Alicia. No hace falta que te cambies. Pato, andá a ponerte el vestido negro, de fiesta, y hacete un rodete, o algo parecido. Tené en cuenta que era una cena medianamente formal. En cinco minutos empezamos en el sofá.
Fui otra vez al perchero y busqué el vestido negro. Era un vestido muy ceñido, con bastante escote, y corto. No me llegaba a las rodillas por varios centímetros. Me lo puse y lo acomodé como pude. Me hice un rodete rápido y me fui al sofá. Me senté al lado de Ricardo, que miró a su alrededor, preguntó si estábamos listos, y antes de decir acción, me pidió que mantenga el personaje. Después me di cuenta cuál era su intención.
—¡Acción!
La escena empezaba con Mario (Ricardo) sosteniendo una copa de vino.
—Su marido es un hombre muy afortunado. —Dijo con cara de libidinoso. —Va a hacer un dineral trabajando conmigo.
—Qué bueno. —Dije, sonriendo incómoda.
Ricardo me ofreció la otra copa y propuso un brindis.
—¿Por los negocios exitosos?
—Bueno. —Acepté a regañadientes la copa. Brindamos, y cuando me disponía a tomar, Ricardo me apoyó la mano en la parte superior del muslo.
—Es una mujer muy hermosa. —Dijo de manera seductora. Detuve su mano con la mía para evitar que suba.
—¿Qué está haciendo? —Pregunté ofendida, alejándome, con cara de pocos amigos.
—Disculpe. Solamente quería ser amistoso.
—Sí, claro. —Le corrí la mano, me levanté y me fui a la cocina enojada. Entré a golpear los platos y ahí se acercó Tomás (Jorge).
—¿Ehh? ¿Qué está pasando?
—Terminá de hacer tus negocios y decile al asqueroso ese que se vaya de mi casa. —Le respondí exaltada, casi llorando.
—¿Pero cuál es el problema?
—Me puso una mano encima. Ése es el problema.
—No estaría acá si no fuera tan importante. Tenés que ser más cordial.
—¿No escuchaste lo que te dije? Me metió la mano por abajo del vestido.
—Alicia, necesito imperiosamente el acuerdo con este tipo. —Dijo Jorge con violencia, agarrándome los hombros, sacudiéndome. —POR FAVOR, sé amable con él.
—¿Qué me estás queriendo decir? —Pregunté asustada, imaginando lo que me quería decir.
—Hacelo por nosotros. —Respondió desesperado. Me dio un pico, muy rápido, y se fue.
—Tomás… —Lo llamé, sin respuesta. Al ver que no volvía, golpeé la puerta de la alacena con la palma de la mano. —¡Mierda!
Jorge agarró la botella de vino y se acercó a Ricardo, que se había quedado a mitad de camino del sofá y la cocina, tratando de escuchar la conversación.
—Mario, tómese otro vino.
—Estoy deslumbrado, Tomás. Debo decir que me ha impresionado gratamente.
—¿Tenemos un trato, entonces?
—La verdad, estaba buscando algo extra… Algo… ¿Cómo le digo? … Algo para que la oferta sea más apetecible. —Dijo Ricardo, cómplice.
—Mario, estudié su historial de cabo a rabo. Créame que está en buenas manos.
—Ahhh… Eso es lo que estaba esperando escuchar, Tomás. Es lo que estuve esperando escuchar toda la noche.
Ricardo caminó despacio hasta donde yo estaba, en una punta de la cocina, apoyada contra una alacena. Quedó atrás mío, me rodeó con su mano para darme la copa de vino, y acercó su boca a mi oído.
—Te olvidaste la copa, linda.
Tomé un sorbo cortito, y Ricardo intentó besarme el cuello. Me moví para adelante, evitándolo, pero no pudo contenerse más y me agarró de los hombros para darme vuelta. Me llevó a los empujones hasta la mesada, en la otra punta de la cocina, y me sacó la copa de la mano. En el segundo intento me besó el cuello y me amasó una teta. Me senté en la mesada, y me amasó la otra teta, mientras seguía con el cuello, esta vez lamiéndolo.
Debo decir que un poco me estaba excitando. Es decir, yo, Patricia, me estaba excitando, independientemente de la escena y el personaje. A pesar de estar frente a otras personas, y que el que me estaba haciendo eso no era mi marido, una no es de fierro, y creo que Ricardo lo notó al sentir mi respiración agitada y las pulsaciones a través de mis tetas. La escena me estaba calentando en exceso, y el contacto con Ricardo, también.
A continuación, Ricardo se agachó lentamente para meter las manos por abajo del vestido y tirar del elástico de la bombacha, mientras su lengua descendía del cuello al nacimiento de mis tetas, todo esto sin sacarlas de su cobertura (bastante sobresalían por el escote). Bajó la bombacha sin levantar el vestido, la dejó caer al piso, y se incorporó, continuando con su lamida sobre el pecho.
Ahí fue cuando empezó el descontrol. Si bien yo venía dándole calce, lo siguiente fue algo que, en mi opinión, era demasiado. Ricardo se bajó la bragueta y liberó su pinchila. En la fracción de segundo que me tomó darme cuenta lo que había visto, decidí cortar la escena. Lo empujé de los hombros para separarlo de mí, y me volví a parar.
—Pará, pará. ¿Qué estás haciendo? Te fuiste a la mierda. —Le dije, como un reto. Ricardo se sorprendió, pero de manera instintiva se cubrió la entrepierna con las manos y se subió la bragueta, para que no lo vea nadie, supongo.
—¿Cómo qué estoy haciendo? ¿Vos qué estás haciendo? ¿Cómo me vas a cortar la escena así? ¿Quién es el director? —Preguntó, mostrando bastante frustración.
—Pero no podés…
—¿El qué no puedo? VOS sos la que no puede interrumpir una escena por una cosa así. Es una escena de sexo. ¿Cómo pensás que se hace?
—Es que me pareció demasiado que la saques así… Se suponía que era una simulación.
—¿VOS me vas a decir a MÍ? —Preguntó retóricamente, con algo de soberbia. —Decime una cosa, vos que sabés tanto… Con ese criterio, conviene, en ese momento, bajar el telón y que un locutor se acerque al centro del escenario y diga “Ahora garchan”. ¿No te parece?
—Me pareció demasiado. Perdón por la ignorancia.
Ricardo reunió a todos en círculo para darnos una lección. Antes de acercarme agarré la bombacha del piso y me la puse, esperando que no me vean.
—Regla número dos, aunque debería ser la número uno. Si alguien que no es el director corta la escena, tiene que ser por una emergencia, una lesión grave, o porque se está prendiendo fuego el teatro. NUNCA… Repito: Nunca deben cortar la escena por cuestiones de guion, o de alguna otra pelotudez. Va para todos. ¿Entendieron?
—Entendido. Pido disculpas, no lo sabía. —Dije, avergonzada.
—Está bien, Pato. Vamos a intentar otra vez. ¿Les parece?
—Ya es medio tarde, Ricardo. —Dijo Jorge. —Mañana hay que laburar.
—Empezamos después de la conversación entre Tomás y Mario, para acortar. Después los dejo libres.
—Bueno, en ese caso no hay problema.
—Bueno, cada uno a sus puestos.
Me ubiqué en la punta de la cocina, contra la alacena. Jorge se ubicó a mitad de camino. Lili y Daniel volvieron a la posición de observación. Ricardo se acercó y me dio algunas indicaciones.
—Pato, no pretendía cagarte a pedos, pero es algo que no me gusta que pase. De cualquier manera, vamos a intentar de vuelta. Si querés, en el momento que yo me incorporo y la saco, vos podés mirar para arriba. En la película pasa eso. Como que Alicia no quiere mirar cuando pasa lo inevitable.
—Bien. No hay problema. Te pido disculpas.
—Ya está. Borrón y cuenta nueva. ¿Lista?
—Sí.
Volvimos a hacer la escena. Ricardo vino a donde yo estaba y me dio la copa. Tomé un sorbo, y ahí empezó el atraque. La coreografía se dio de la misma manera: Empujones, sentada en la mesada, chupones en el cuello, amasada de tetas. Bajó a sacarme la bombacha, y ese fue el pie para que yo mire para arriba, con cara de asco e impotencia. Sin ver lo que estaba haciendo, noté que me levantó la pollera hasta casi la cintura. Supuse que tendría una vista parcial de mi concha. Escuché el ruido del cierre de la bragueta y ahí me di cuenta que otra vez había liberado su pinchila. Pero me mantuve firme. No quería cometer el mismo error. Cuando bajé la vista, despacio, vi que Ricardo también había bajado la vista, hacia mi concha, que, debo admitir, ya estaba algo húmeda. Con la mano derecha sostenía la pollera, y con la izquierda, muy despacio, condujo la poronga hacia los labios vaginales. Llegó a apoyarla en ellos e hizo fuerza para meterla. Logró ingresar media cabeza cuando lo corté, con un empujón más fuerte.
—Che, pará, desubicado. Ahora sí que te fuiste al carajo. —Dije, ofendida.
—¿Otra vez? ¿OTRA VEZ? Me cago en la reputísima madre que me reparió. ¿Quién me manda a mí a trabajar con estos inútiles? —Ricardo se puteó a sí mismo mientras se volvía a cubrir la entrepierna.
—Si no te paro, me la ponías hasta el fondo. ¿Son todas así tus simulaciones?
—Nena, me tenés repodrido. No te aguanto más. Estás hinchando las pelotas desde que llegaste. ¿Querés dirigir vos? Yo me voy a comer una pizza, no me complico más la vida…
—Escuchame…
—No, ni mamado te escucho. Te estoy escuchando hace dos horas. Me vas a dejar sordo. ¿Querías hacer una obra de teatro? La conseguiste. Te avisé más de una vez que era subida de tono. Agarraste igual. Ahora te venís a acordar de la moral y las buenas costumbres. No me jodas más…
—Ehh, viejo… ¿Qué pasó? —Intentó interceder Jorge. —¿Por qué tanto escándalo?
—Pasa, Jorgito, que tu compañerita es medio rebelde. Hasta ayer no sabía la diferencia entre un telón y una boletería, y hoy ya quiere dirigir una obra de teatro. Se le subieron los humos.
—No, no es así… —Traté de defenderme, haciendo un esfuerzo enorme para evitar las lágrimas de humillación. —Entendeme que no es algo que me pasa todos los días.
—Aaahhhh, mirá vos. ¿En serio me decís? —Ironizó Ricardo. —¿O sea que no podés actuar en algo que no sea estrictamente lo que te pasa todos los días? ¿Querés hacer una obra donde solamente cocinás, lavás los platos, mirás la novela?
El hijo de puta me tocó el orgullo. De alguna manera intuyó que era una ama de casa insatisfecha y me tiró con eso. Tanto acertó que no pude responderle.
—¿Quieren que dejemos acá? Suspendemos y a la mierda. Sigan laburando en lo suyo y yo en lo mío. No es la primera vez que me pasa algo así.
—Ricardo… —Dijo Lili, tratando de apaciguar. —No te enojes. Entendé que no tenemos tu experiencia ni tu capacidad. Yo desde allá no vi lo que pasó, así que no puedo decir si estuvo bien o mal. Lo único que te pido es que nos tengas paciencia. Es el primer ensayo.
—Lili, les voy a demostrar que ni siquiera por ser el primer ensayo es algo aceptable. Si realmente quieren que sigamos, vamos a volver a hacer la escena, pero esta vez vos hacés de Alicia. Y vos, Patricia, vas a mirar y tomar nota.
—Ya se hizo tarde, Ricardo. ¿Por qué no seguimos mañana, cuando estemos todos más tranquilos? —Pidió Daniel, demostrando una madurez notable.
—Les pido disculpas, no es culpa de ustedes. —Les dijo a Jorge y Daniel. —Vayan, si quieren, y seguimos mañana. Lili, necesito imperiosamente que te quedes y me sigas. Patricia, si no querés cagarte olímpicamente en tus compañeros, te vas a quedar y vas a observar.
—Está bien, te vuelvo a pedir disculpas. Me quedo y tomo nota. —Dije resignada.
—Nos vemos mañana. Suerte. —Se despidió Jorge. Daniel saludó con la mano, y se fueron.
—Me voy a cambiar. ¿Hay otro vestido como ese? —Preguntó Lili.
—Tiene que haber alguno parecido. Si es de otro color, no importa. Pero que sea parecido en la forma. —Respondió Ricardo.
Lili fue a cambiarse. Yo aproveché a volver a ponerme la bombacha, ante la estricta mirada de Ricardo. Sus ojos parecían inyectados de sangre. La cara que tenía era como la de un inquisidor ante su víctima. Pero reinó el silencio.
Lili volvió con un vestido muy parecido, color borravino. Le quedaba muy bien.

—Vamos a empezar desde el sillón, y vamos a obviar la parte de Alicia y Tomás, y Mario y Tomás. Es decir, del sillón, Lili va a la cocina, yo espero un poco, y después me acerco, como quien dice puenteando las escenas.
—Bien. —Respondió Lili con firmeza.
—Vos, Pato, parate no muy lejos de los sillones, de frente a nosotros. Cuando yo me voy para la cocina, vos me seguís, y cuando me acerco a Lili, pasá de largo y parate a mitad de camino, entre la alacena y la mesada, mirándonos de costado. Quiero que tengas un primer plano de todo.
—Entendido. —Respondí, con seguridad.
—Lili: Una sola cosa. NO. CORTES. LA. ESCENA. POR. NADA. —Recalcó Ricardo, palabra por palabra, casi como una amenaza.
—Entendido. —Respondió Lili, también con seguridad.
Me ubiqué a pocos metros del sofá. Lili se sentó en el lugar, y Ricardo hizo lo propio.
—Prestá atención, por el amor de Dios. —Me dijo, como última advertencia.
La escena empezó normal, con los diálogos ya conocidos. Ricardo subió un poco la intensidad. Apoyó la mano en el interior del muslo de Lili, y subió unos cuantos centímetros. Siguió con el corte de rostro, y Lili yéndose a la cocina. Ricardo hizo una pausa, saboreó el vino y se paró. Me hizo una seña muy sutil para que lo siga mientras iba a la cocina. Lo seguí a un metro, más o menos, y cuando hizo contacto con Lili, pasé por el costado y me ubiqué entre la alacena y la mesada.
Ricardo empujó a Lili hasta la mesada, a los chupones. La hizo sentar, y, sin sacarle la lengua del cuello, le bajó las hombreras del vestido, dejando sus tetas al descubierto. Eso no estaba en el guion, pero Lili no se quebró. Y yo no me animaba a interrumpir.
Debo reconocer que las tetas de Lili eran muy lindas, más grandes de lo que aparentaban con la ropa puesta. Tenía los pezones oscuros durísimos. Ricardo se los chupó mientras metía las manos por debajo de la pollera, para sacarle la bombacha. Se agachó, retiró la prenda, y la revoleó para un costado, sospechosamente en mi dirección. Al incorporarse, subió la pollera casi hasta el ombligo de Lili, que miraba para arriba, respetando la indicación del intento previo. Pude ver que Lili tenía la zona íntima totalmente depilada.
Lo que vino después, fue estremecedor. Ricardo volvió a sacar la poronga a través de la bragueta. Desde donde yo estaba, me pareció que era enorme. Hizo lo mismo que conmigo, apuntó al centro de la concha de Lili. Solamente que esta vez, sin que Lili lo detenga, se la enterró hasta el fondo. Lili pegó un grito apagado, de gozo. No podía gritar como pienso que quería porque sería salirse del personaje.
Ricardo empezó a moverse dentro de Lili con bastante ritmo. Le amasaba las tetas mientras la bombeaba, y cada tanto le hurgaba la boca con la lengua. Lili jadeaba muy suavemente, y se mordía el labio para evitar los gemidos de placer. Yo miraba asombrada. Ricardo pasó todos los límites. Me quiso hacer creer que íbamos a simular, pero si yo no lo cortaba, me cogía a mí sin dudarlo.
En rigor de verdad, la indignación y el morbo me estaban calentando. Estaba viendo una porno en vivo. El aire olía a sexo, la percusión de las penetraciones me ensordecía, los rugidos de macho de Ricardo me excitaban, y la imagen era terriblemente erótica. Parecía que con cada estocada Lili iba a pegar la cabeza contra el cielorraso, por la fuerza de los pijazos. Hice un esfuerzo por no tocarme, pero igual noté que tenía la bombacha mojada.
Ricardo estuvo bombeando cerca de diez minutos. Se suponía que en la obra no pasaba de los dos minutos. Pero claro, esto ya no era un ensayo, por más que Ricardo lo justificara de esa manera. No me perdí ni un segundo de la acción, por miedo a otra cagada a pedos, pero más que nada por la calentura infernal que sentía.
Ricardo aceleró el ritmo de la cogida, y en vez de avisarle a Lili que estaba por acabar, giró la cabeza hacia donde estaba yo. Me miró con cara de poseído por el demonio, y sonrió. Dio las últimas embestidas con bastante intensidad, y acabó adentro de ella con un bramido atronador. Lili también acabó, y no pudo contener el grito de placer. Era un concierto perfecto de gemidos graves y agudos.
Se quedaron unos segundos interminables acoplados, respirando agitadamente. Ricardo en un momento se acordó de gritar “Corte”, y le sacó la poronga, semi-flácida, para guardársela en el pantalón. Lili se tocó la concha, y pude ver que sacó los dedos pegoteados. Imaginé que le recriminaría semejante cagada, pero no dijo nada y buscó una servilleta de papel para limpiarse.
—¿Qué te pareció Ricardo? ¿Salió bien? A mí me pareció que quedó perfecta. —Dijo Lili, todavía suponiendo que lo que hicieron fue un ensayo y no una cogida con todas las letras.
—Muy bien Lili. Impecable. Demostraste que no era una simple cuestión de falta de experiencia. Te agradezco. —Respondió Ricardo, pretendiendo que le creyéramos que todavía hablaba como director y no como perro alzado que aprovechaba cuando podía.
—Bueno, no hay por qué. No fue tan complicado.
—Bueno, por hoy terminamos. —Concluyó Ricardo, muy frío. —Cámbiense y nos vemos la próxima.
Dicho eso salió al patio y prendió un cigarrillo. Lili, agarró su bombacha, que estaba al lado mío, y se fue a cruzar el patio para ir al baño, sin decirme nada. Aproveché el momento para ir a ponerme otra vez mi ropa normal. Me saqué el vestido y lo colgué en la percha. Al ponerme el pantalón, noté que mi bombacha estaba más mojada de lo que pensaba. Y al ponerme la remera, noté que tenía los pezones duros, aún después de terminada la función.
Volví como para salir, y me encontré con Ricardo que venía de afuera con un termo, un mate y un frasco de yerba. Me volvió a mirar con cara de sátiro.
—¿Viste qué bien que trabaja Lili? La voy a sacar buena nomás. —Me dijo en tono burlón.
—Sos un sinvergüenza. Ya me parecía que había algo raro acá.
—Sin embargo no dijiste nada. Lili tampoco dijo nada. A mí me parece que le encantó. Y creo que a vos también. Si hubieras respetado mis indicaciones, en el lugar de Lili hubieras estado vos.
—Degenerado…
—Mirá, nena, la cosa es muy simple. —Dijo Ricardo, ahora en tono autoritario. —Si querés borrarte, no hay problema. Lili va a andar muy bien como Alicia. Ya lo demostró. Pero tené la dignidad de decírselo de frente a tus compañeros y a tu director mañana al principio del ensayo. Venís, decís lo que pensás, y te vas. Ni se te ocurra venir y pretender seguir como si nada. O desaparecer del todo, sin explicaciones. Ahora, si querés otra oportunidad para seguir como lo habíamos planificado, venís mañana, una hora antes de lo pautado, y ensayamos esta escena hasta que te salga de memoria.
—Pero vos sos un…
—Es muy sencillo. ¿Querés demostrar que no sos una histérica malcogida que no tiene nada mejor que hacer? Te doy la oportunidad de venir mañana a reivindicarte por lo de hoy. O, si no te animás, al menos admití, delante de todos, que no tenés pasta para esto.
Otra vez me dejó sin palabras, apelando al tema de la insatisfacción. No supe qué responder, y reinó el silencio. En eso entró Lili. Sin decir nada se fue hacia el perchero para ponerse su ropa. Ricardo se sentó en el sillón y empezó a escribir en su cuaderno, absorto en sus pensamientos. Lili volvió con su ropa y la llave del auto en la mano.
—¿Vamos Pato?
—Vamos.
—Chau Ricardo, nos vemos mañana. —Lo saludó Lili, como si nada hubiera pasado, como si hubiéramos tenido otra clase teórica en el salón.
—Nos vemos. Acuérdense lo que hablamos hoy. —Dijo distraído, pero cuando Lili terminó de salir, pude ver que me señalaba, mirándome fijo, como recalcando que la sugerencia era para especialmente dirigida a mí
Una vez afuera, antes de entrar en el auto, me arriesgué a preguntarle a Lili.
—Lili, ¿Qué pasó? ¿Cómo no le dijiste nada? Mirá si…
—Pato, no pasa nada. Estábamos ensayando. Nada del otro mundo. —Respondió displicente.
No logré determinar si estaba estúpidamente convencida de que era un ensayo, o si se había dado cuenta, y quería convencerme a mí para que yo no le reclame nada.
—¿Pero vos no te das cuenta que no hacía falta… —No sabía cómo decirlo de manera pacífica. —… Los quince minutos finales?
—Pato, no pasó nada grave. No es nada que no haya hecho. Dejá de pensar como una monja y acostumbrate. Según el guion, son unas cuantas escenas de sexo, y va a haber que hacerlas todas, sin chistar.
—Pero…
—Pato, es tarde. Me voy a dormir, que tengo que viajar. Mañana seguimos.
Me dejó con la palabra en la boca. Volví a mi casa, manejando sin prestar atención. El polvo que le había echado Ricardo a Liliana me rondaba por la cabeza y no tenía forma de descartar ese pensamiento. Al entrar a mi casa, me metí directo a la ducha. Más que nada, me sentía sucia por lo que había pasado, y quería remover esa suciedad, aunque sea simbólicamente. Hice un esfuerzo por no tocarme, a pesar de que la calentura persistía. Me acosté desnuda, inconscientemente. Creí que al día siguiente, más calmada, la situación se estabilizaría, y podría seguir como siempre. No tenía ni idea de lo lejos que estaba eso de la realidad.
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