5 -aperitivo en la oficina
El camino de regreso a casa se sintió eterno. Daniel mantenía las manos firmes en el volante, pero su mente no dejaba de dar vueltas.
Lo del spa... ¿qué fue eso? ¿Por qué me sentí así? ¿De verdad así se siente este cuerpo?
Una mezcla de confusión y vergüenza le recorría el pecho, aunque trataba de ignorarlo.
Cuando por fin estacionó frente a la casa, se quedó unos segundos sentado, respirando hondo antes de bajar. Necesitaba recomponerse.
Al entrar, la encontró en la sala, esperándolo. Su madre, aún en el cuerpo de Daniel, caminaba de un lado a otro con gesto preocupado. Apenas lo vio, se detuvo.
-¿Cómo te fue? -preguntó en cuanto entró-. ¿Por qué llegas más tarde que ayer?
Daniel dejó el bolso sobre el sofá y forzó una sonrisa.
-Fue un día pesado... tuve mucho trabajo. Además, todavía no me acostumbro a tu cuerpo mamá es cansado.
Lucía lo observó en silencio, como evaluando cada palabra. Luego, se cruzó de brazos y bajó un poco el tono.
-¿Y... te encontraste con el jefe?
Daniel negó con la cabeza.
-No. Yair me dijo que se fue fuera de la ciudad por unos días.
Lucía dejó escapar un suspiro profundo, casi de alivio. Por un instante, su expresión cambió: parecía más ligera, como si al fin pudiera descansar de algo que la venía tensando desde hacía tiempo.
-Qué bueno... -dijo con un tono más suave-. Al menos unos días puedo estar tranquila.
Se acomodó en el sofá y añadió:
-La comida ya está lista, y también dejé preparada la ropa de mañana. Solo tienes que descansar.
Daniel asintió. Se sentía agotado y, al mismo tiempo, agradecido de que su madre se hubiera adelantado a todo. Fueron a la mesa y cenaron en silencio, apenas intercambiando algunas palabras sobre cosas simples, como si ninguno quisiera tocar los temas más pesados, Era como si ahora esto fuera lo normal.
Al terminar, Daniel se levantó despacio y fue hasta la habitación de su madre. Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda un momento contra ella. El día había sido demasiado largo, y su cuerpo pedía un respiro.
Con movimientos lentos, comenzó a quitarse la ropa. Primero se desabrochó el blazer y lo dejó sobre la silla. Después, desabotonó la blusa blanca una por una, sintiendo cómo la tela cedía y dejaba a la vista el brasier que la sostenía todo el día. La falda lápiz fue lo siguiente: al bajarla, notó el roce de las medias contra su piel, aún tensas por la presión del elástico.
Se inclinó para quitarse los tacones, y al soltarlos, suspiró de alivio al liberar sus pies adoloridos. Luego se bajó lentamente las medias, doblándolas antes de colocarlas en el cesto. El brasier le dio algo más de trabajo; tuvo que luchar con los ganchos de la espalda hasta que finalmente se abrió, liberando el peso de su pecho. Por último, deslizó la tela de la ropa interior, quedando completamente desnuda frente al espejo del armario
Quedó desnuda frente al espejo del armario, y por un largo momento, solo se observó. La imagen que devolvía el cristal aún le resultaba ajena: las curvas suaves, la cintura estrecha, los pechos más llenos de lo que recordaba. Era el cuerpo de su madre, pero la curiosidad que le ardía bajo la piel era toda suya.
Un calor repentino, un eco de la tarde en el spa, le recorrió el vientre. Recordó las manos expertas de la masajista, el aceite caliente deslizándose sobre su espalda, sobre sus glúteos... un toque que en ese momento había sido profesional, pero que ahora, en la soledad de la habitación, se teñía de una intimidad prohibida y electrizante. ¿Por qué no pudo dejar de pensar en eso? ¿Por qué ese recuerdo le hacía respirar más rápido?
Sin poder evitarlo, alzó una mano y deslizó la yema de los dedos por su clavícula. La piel estaba suave, sensible. Un estremecido la recorrió. Su propio tacto no era el de un extraño; era su tacto, explorando, reclamando una sensación que ya no podía contener.
Dejó que su mano bajara, muy lenta, hasta rozar la punta de un seno. Un jadeo leve escapó de sus labios al contacto. Era un pellizco de electricidad pura, tan intenso que casi duele. Cerró los ojos, dejando que la sensación la inundara. Con la palma de la mano, acarició la curva completa, sintiendo su peso, su calor. Era extraño y fascinante a la vez, una ola de placer que nacía de su propio cuerpo y al mismo tiempo sentía prestado.
No pudo resistirlo más. Se dirigió a la cama, dejando atrás su reflejo y sus dudas. Se tendió sobre las sábanas frescas, que contrastaban con el calor de su piel.
Al principio, sus movimientos fueron tímidos, exploratorios. Se acarició el vientre, los muslos, redescubriendo cada centímetro con una mezcla de vergüenza y una necesidad abrumadora. Pero el recuerdo del spa, de aquellas manos que la hicieron sentir tan vulnerable y tan viva, la empujó más allá.
Con una mano, se buscó entre las piernas. Un gemido ahogado le llegó a los oídos antes de darse cuenta de que era suyo. La sensación fue abrumadora: un calor húmedo y una sensibilidad extrema que no se parecía a nada que hubiera experimentado en su cuerpo masculino. Presionó suavemente, encontrando un ritmo circular y insistente que hizo arder cada nervio. Su respiración se volvió entrecortada, jadeante.
La otra mano no se quedó atrás. Se aferró a uno de sus pechos, apretando con una necesidad casi desesperada, los dedos buscando y pellizcando su pezón hasta endurecerlo por completo bajo su tacto. Era una doble caricia, un doble asalto de sensaciones que la llevaba más y más alto.
-Dios... -susurró para sí misma, sin reconocer su propia voz, quebrada por el placer.
Se abandonó por completo a la sensación. Sus caderas comenzaron a moverse contra su propia mano, buscando una fricción más profunda, más urgente. Ya no pensaba en nada: no en el cuerpo que habitaba, no en la extrañeza, no en la confusión. Solo existía el calor que se enroscaba en su bajo vientre, cada vez más tenso, más insoportable, más dulce.
Era una masturbación intensa, cargada de la curiosidad de explorar un nuevo territorio y la liberación de una tensión acumulada durante todo el día. Gemía sin censura, ahogando los sonidos en la almohada, con los ojos cerrados con fuerza, viendo destellos de luz detrás de sus párpados.
Hasta que finalmente, la tensión estalló. Un orgasmo violento y profundo la sacudió de pies a cabeza, haciendo que su espalda se arqueara fuera de la cama y un grito ronco y prolongado le desgarrara la garganta. Las olas de placer la recorrieron una y otra vez, dejándola temblorosa, exhausta y bañada en un sudor fino.
Quedó tendida, jadeando, con el corazón martilleándole en el pecho. Poco a poco, la realidad volvía a filtrarse en la habitación. El cruce de cuerpos, la confusión, la extrañeza. Pero por un momento, solo había existido el puro, abrumador y intensísimo placer.
El eco del último temblor se desvaneció lentamente, dejando a su cuerpo en un estado de pesadez plácida y agotada. El aire que respiraba aún parecía cargado de electricidad estática, de jadeos contenidos. Abrió los ojos y miró el techo, viendo las sombras bailar sin prisa.
Eso fue... increíble, pensó, y la palabra se quedó corta. No había otra forma de describir la tormenta de sensaciones que acababa de arrasarla. Una oleada de rubor le subió por el cuello al recordar la intensidad de sus propios gemidos, la desesperación con la que se había aferrado a su propio cuerpo. Pero la vergüenza fue inmediatamente barrida por un suspiro profundo de satisfacción absoluta.
Quiero más, susurró una voz golosa en lo más profundo de su mente, tentándola a prolongar la sensación, a explorar otros rincones de este nuevo mapa de placer. Su mano, casi por voluntad propia, se deslizó perezosamente sobre su vientre, como tentada a continuar.
Pero el agotamiento era más fuerte. Un peso dulce y pesado en cada uno de sus miembros le recordó el día eterno, la tensión acumulada, el esfuerzo mental de fingir ser otra persona. Su cuerpo, ahora relajado y satisfecho, le reclamaba descanso. La energía necesaria para otro round simplemente no estaba allí.
Con un esfuerzo que pareció monumental, se incorporó en la cama. Las sábanas debajo de ella estaban arrugadas y húmedas por su sudor. Con movimientos lentos, casi de cámara lenta, se levantó y fue al cajón. Sacó unas bragas frescas y un camisón suave y holgado. Al deslizar la tela sobre su piel sensible, sintió un último y leve estremecido, un suspiro final de su piel al ser cubierta.
Luego, con una eficiencia que le nació del cansancio mismo, cambió las sábanas de la cama con práctica rapidez, reemplazando las que guardaban el calor y el olor de su reciente vicio por otras limpias y frescas, que prometían paz y olvido.
Finalmente, se dejó caer sobre ellas. El peso de su agotamiento la venció por completo incluso antes de que su cabeza tocara la almohada. La última conciencia que tuvo fue de la suavidad de la tela nueva contra su mejilla y el profundo, oscuro y merecido silencio que inundó su mente. Cayó en un sueño profundo e instantáneo, entregada por completo, después de un día de tantas emociones al fin podía descansar en paz.
La luz de la mañana entraba suavemente por la ventana cuando Daniel abrió los ojos. Tardó unos segundos en entender lo que había hecho anoche con el cuerpo de su madre. Un calor incómodo le recorrió el cuerpo, y un leve rubor le subió al rostro. ¿De verdad hice eso...?
Giró la cabeza y vio a su padre dormido profundamente a su lado, respirando con calma. Intento guardar la calma para no levantar a su padre.
Con cuidado, se levantó de la cama, recogió la ropa del día y se vistió rápidamente. No quería pensar demasiado, solo quería salir de la habitación cuanto antes. Una vez lista, fue en busca de su madre.
La encontró en su habitación ya despierta y lista. Lo recibió con un gesto serio, aunque en sus ojos había cierta curiosidad. La sentó frente al espejo y comenzó a peinarle el cabello con movimientos firmes.
-¿No escuchaste un ruido anoche? -preguntó de pronto, mientras comenzaba a aplicar el maquillaje-. Me pareció escuchar algo raro... como un grito anoche.
Daniel se tensó al instante, recordando el sonido que él mismo había dejado escapar sin poder controlarlo.
-N-no... no escuché nada -dijo rápido, desviando la mirada.
-Ah, entonces seguramente no fue nada -respondió Lucía, restándole importancia mientras terminaba de arreglarle el cabello.
Hubo un breve silencio, roto solo por el roce del cepillo. Luego, Lucía habló de nuevo:
-Escucha, como el jefe no va a estar unos días, puedes estar tranquila. Solo haz tu trabajo, nada más. Yo voy a ir a la biblioteca a investigar sobre lo que nos pasó. Y cuando regrese el jefe... me avisas de inmediato. ¿Está claro?
-Sí, claro... -contestó Daniel, aún algo nervioso.
Cuando terminaron, volvió a la habitación para tomar el bolso. Miró de reojo a su padre, que seguía profundamente dormido, y salió sin decir nada más. Fue directo al auto y encendió el motor rumbo a la oficina, intentando no pensar demasiado en la mezcla de vergüenza y confusión que lo acompañaba.
Daniel llegó a la oficina con paso firme, aunque por dentro se sentía un poco nervioso. Saludó de manera rápida a un par de compañeros y se dirigió directo a su escritorio. Todo parecía tranquilo.
Encendió la computadora, revisó los correos y empezó a ponerse al día con las tareas pendientes. Las horas pasaron sin nada fuera de lo normal: responder mensajes, archivar documentos, imprimir reportes. Poco a poco fue entrando en la rutina, y por primera vez en días sintió un respiro.
Cerca del mediodía, escuchó una voz familiar a su lado.
-¿Cómo va todo? -preguntó Yair con su sonrisa habitual, apoyándose en la esquina del escritorio.
Daniel levantó la vista, intentando sonar natural.
-Bien, lo normal... mucho trabajo.
Yair sacó un pequeño paquete de gomitas de su bolsillo, lo abrió y le mostró el interior.
-Mira, me queda una sola. ¿Quieres?
Daniel dudó un segundo, pero al final sonrió con suavidad.
-Está bien, gracias.
Tomó la gomita y se la llevó a la boca. El dulce sabor frutal lo distrajo por un momento, haciéndolo sentir un poco más relajado.
-Bueno, te dejo trabajar -dijo Yair, guiñándole un ojo antes de alejarse.
Daniel lo siguió con la mirada un instante, y luego volvió a su computadora, aún con el sabor de la gomita en la boca y un ligero cosquilleo de nervios en el pecho.
Pasaron unos 30 minutos dónde Daniel siguió absorto en su trabajo, el sabor dulce de la gomita apenas un recuerdo lejano. Pero luego, de la nada, una oleada de calor repentino le subió desde el estómago hasta el pecho, enrojeciéndole el cuello y las mejillas.
¿Qué...? Pensó, confundido. Abanicarse inconscientemente con una carpeta no fue suficiente. Un segundo después, el calor se transformó en un cosquilleo intenso y húmedo entre sus piernas, una sensación tan abrupta y poderosa que casi dejó escapar un gemido. Se apretó los muslos bajo el escritorio, sorprendido por la urgencia del deseo que la inundaba. No era un simple recuerdo o una fantasía; era una necesidad física, abrasadora e incontrolable.
Miró a su alrededor, desorientada. Nadie más parecía notar su agitación. El aire acondicionado seguía soplando, pero a ella le ardía la piel por dentro. Su respiración se volvió entrecortada. No entendía qué estaba pasando. No había pensado en nada sexual, no había visto a nadie... excepto a Yair. Y la gomita.
La conexión fue instantánea y aterradora. La gomita.
Pero no había tiempo para el pánico.La presión entre sus piernas era cada vez más insistente, un pulso rápido y demandante que nublaba su capacidad de pensar. Tenía que salir de ahí.
-Necesito ir al baño- murmuró para sí misma, levantándose con torpeza y agarrando su bolso como si fuera un salvavidas.
Caminó lo más rápido que pudo-sin correr, nunca correr- por el pasillo, sintiendo cada paso como una caricia indeseada y electrica contra su interior. Al fin llegó a la puerta del baño de mujeres, empujó y se encontró con el silencio frío y perfumado del lugar. Vacío. Por suerte.
Se metió en el primer cubículo, cerró el pestillo con un clic que sonó ensordecedor en el silencio y se dejó caer sobre la tapa del inodoro.
Temblorosa, sin poder contenerse más, se subió la falda hasta la cintura. Con dedos ansiosos, hizo a un lado su ropa interior, exponiéndose por completo al aire fresco del cubículo. El simple contacto del aire le hizo estremecer.
No hubo preámbulos, ni caricias lentas. La necesidad era demasiado urgente. Se llevó la mano directamente a su vagina, encontrándolo ya hinchado y empapado. Un gemido ahogado escapó de sus labios al primer contacto. Comenzó a frotarse con desesperación, buscando alivia ese calor que sentía.
Sus movimientos eran frenéticos, poco expertos pero llenos de una urgencia animal. Con los ojos cerrados y la nuca apoyada contra la pared fría de la división, se abandonó a la sensación, jadeando, murmurando maldiciones entre dientes.
-Dios... qué me pasa... -susurraba, frotándose más rápido, imaginando quizá las manos de alguien más, del masajista, de una fantasía abstracta que su cuerpo, drogado, convertía en tangible.
No lo sabía, pero no estaba sola.
Justo en ese momento, la puerta principal del baño se abrió con suavidad. Yair entró sin hacer ruido. Había esperado este momento, calculado el tiempo de la reacción. Se apoyó contra la puerta de los cubículos esperando escuchar algo. Una sonrisa lenta, satisfecha y ligeramente perversa, se dibujó en sus labios.
Al otro lado de la delgada puerta, podía oírlo todo: los jadeos cortos y ahogados, el leve crujido de la ropa al moverse, el sonido húmedo y obsceno de sus dedos moviéndose con rapidez sobre su piel. Incluso un gemido ronco y prolongado que ella no pudo contener.
Yair cerró los ojos, no para evitar escuchar, sino para saborear mejor el sonido. Su plan había funcionado a la perfección. Ella estaba allí, encerrada, entregada a un placer que él le había provocado, creyendo que estaba sola, cuando en realidad tenía a alguien completamente cautivo y complacido.
Él no hizo un solo ruido. Solo se quedó allí, escuchando cómo la respiración de Lucia (Daniel) se volvía más y más rápida, cómo el ritmo de sus dedos se aceleraba hacia un clímax inevitable que él, desde su lugar, estaba provocando sin siquiera tocarla.
Los dedos de Daniel trabajaban con una desesperación frenética, pero era inútil. El clímax se negaba a llegar, estaba fuera de su alcance, aumentando su frustración hasta un punto de agonía. Necesitaba más. Algo más que sus propios dedos, que ya no bastaban para apagar el incendio que la consumía por dentro.
De repente, un golpe suave pero firme en la puerta del cubículo la hizo paralizarse de terror.
-¡Está ocupado! -logró decir, tratando de que su voz no sonara quebrada, ahogando un jadeo.
-Soy Yair. Te vi entrar al baño... te noté algo rara. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? -su voz era de una preocupación calculada, demasiado suave para la situación.
El pánico se mezcló con la desesperación lujuriosa. Ayuda. La palabra resonó en su mente, tentadora y peligrosa.
-No,no, estoy bien. En serio. No es nada -insistió, mientras con manos temblorosas se bajaba la falda y trataba de acomodar su ropa interior empapada, intentando borrar toda evidencia.
Con un gran esfuerzo, se levantó y descorrió el pestillo con un clic que sonó como un disparo. Abrió la puerta lo justo para asomarse, forzando una sonrisa pálida.
-Ya ves,todo en orden. Solo un mareo -mintió.
Pero Yair no se movió. Su sonrisa era tranquila, pero sus ojos recorrían su rostro enrojecido, su cabello ligeramente despeinado, la fina capa de sudor en su frente. Antes de que ella pudiera reaccionar, él empujó la puerta con suavidad pero con firmeza, entrando en el cubículo y cerrándola a sus espaldas con otro clic, esta vez definitivo. El espacio, que antes le había parecido un espacio seguro, de repente era una trampa claustrofóbica.
-¿Yair? ¿Qué haces? ¡Sal! -exigió Daniel, tratando de sonar autoritaria, pero su voz era apenas un hilillo tembloroso.
Él no retrocedió. En cambio, bajó la mirada y, con un movimiento tan rápido que no pudo evitarlo, le levantó la falda hasta la cintura, exponiendo sus piernas temblorosas y la tela húmeda y obscena de sus bragas.
-¿Todo en orden? -preguntó con una voz ahora baja, cargada de lujuria y complicidad-. No lo parece. Te escuché. Sé exactamente lo que estabas haciendo.
Daniel quiso negarlo, alejarse, pero el movimiento solo hizo que su cuerpo, traicionero, se frotara contra la tela, enviando una nueva descarga de placer doloroso que la hizo gemir débilmente. La vergüenza la inundó, pero fue barrida por otra oleada de calor aún más intensa.
-Yo te puedo ayudar -susurró Yair, acercándose más, su aliento caliente en su oreja-. Déjame ayudarte.
-No... no sé de qué hablas...
-Sí lo sabes -insistió él, y su mano se posó en su muslo, un contacto que la hizo estremecer de pies a cabeza-. Te haré sentir mejor. Un oral si me deja ver tus pechos.
La tentación era monstruosa. El deseo, amplificado por la gomita, gritaba que sí, que aceptara, que necesitaba eso más que el aire. Antes de que pudiera formular un pensamiento coherente, sus propias manos, actuando por voluntad propia, se desabrochaba la camisa y se subió el brasier, dejando sus pechos al descubierto, sensibles y erectos por la excitación.
Yair sonrió, satisfecho. -Así me gusta.
La hizo sentarse de nuevo en la tapa del inodoro. Él se arrodilló frente a ella, separándole las piernas con una suavidad que no admitía negativa. Cuando su boca se puso sobre su clítoris, Daniel no pudo evitar arquear la espalda y ahogar un grito en el cuello de su propia blusa. Era exactamente lo que necesitaba. Su lengua era experta, insistente, encontrando un ritmo que la llevaba directo al borde del abismo con una velocidad vertiginosa. Ella se abandonó, gimiendo sin control, olvidando dónde estaba, quién era.
Pero justo cuando sintió que el orgasmo estallaba dentro de ella, Yair se detuvo bruscamente y se separó.
La sensación de abandono fue frustrante, dolorosa. Daniel abrió los ojos, desorientada y suplicante.
-Por favor... -gemió, sin siquiera saber qué pedía.
Yair se levantó. Su mirada era oscura, posesiva.
-Yo también necesito que me complazcas-dijo, mientras desabrochaba su pantalón y sacaba su pene con una erección-. Te haré acabar, pero primero quiero una mamada.
La realidad se estrelló contra Daniel como un balde de agua fría. No. Eso no. No podía. No quería. El asco y el rechazo nublaron su mente por un segundo.
Pero el fuego entre sus piernas, la necesidad animal y cruda que la gomita había implantado, no le daba opción. El deseo era un animal que mordía y exigía satisfacción, ahogando su voluntad, su disgusto, su moral.
Con lágrimas de frustración y rabia humillante en los ojos, Daniel, aún con la falda arremangada y los pechos al descubierto, se inclinó hacia adelante. Evitando mirarlo a los ojos, abrió la boca y aceptó el miembro de Yair, sintiendo náuseas y una humillación profunda con cada movimiento, mientras el calor en su propio vientre, ahora insatisfecho y furioso, la mantenía prisionera, obligándola a continuar con un acto que detestaba.
La textura y el sabor en su boca deberían haberle provocado arcadas. El acto en sí, la sumisión, la humillación, deberían haberla hecho retroceder con asco. Pero, para su propia confusión, no era así. Una parte de el o ella, una parte profundamente arraigada en este cuerpo que ahora habitaba, no sentía repulsión. Era como si los instintos y las respuestas de su madre se activaran: la boca se movía con una curiosidad inherente, la lengua exploraba formas y texturas, y un pulso bajo y extraño de excitación persistía a pesar de su vergüenza mental. ¿Es que... a este cuerpo... le gusta esto?, pensó, horrorizada y confundida al mismo tiempo.
Sin embargo, su falta de experiencia era evidente. Sus movimientos eran torpes, inseguros, sin ritmo.
Yair lo notó de inmediato. Con un gruñido de frustración, no de placer, puso sus manos en su cabeza para detenerla.
-Así no-dijo, su voz ronca pero firme-. Si lo haces mal, y no estoy satisfecho. Tú no sales de aquí satisfecha. ¿Entendido?
La amenaza, mezclada con la promesa de alivio, fue suficiente. Daniel, con un nudo en la garganta, asintió levemente. Esta vez, cuando se acercó de nuevo, lo hizo con más cuidado. Lentamente, aprendiendo. Dejó que su lengua acariciara la longitud, exploró la punta con movimientos circulares que arrancaron un gemido bajo de Yair.
-Sí... así... -murmuró él, alentándola.
Esa validación, por retorcida que fuera, hizo que algo en ella respondiera. Empezó a encontrar un ritmo, lento al principio, luego más constante. La mano de Yair se posó en su nuca, no con fuerza, sino como una guía. Los sonidos que él emitía-jadeos profundos, murmullos de aprobación- alimentaban una parte extraña de su propio deseo, un deseo prestado pero intensamente real.
-Sí, sí, sigue así... -jadeó Yair, su respiración cada vez más acelerada.
Daniel se sumergió en el ritmo, perdida en la sensación contradictoria. La mente protestaba, pero el cuerpo respondía con una energía que ya no podía negar. Después de unos minutos, la tensión en el cuerpo de Yair se volvió extrema.
-Ya... ya me voy a venir -anunció con voz entrecortada.
El instinto de Daniel fue retroceder, sacárselo de la boca. Pero en el momento en que inició el movimiento, las manos de Yair se cerraron con fuerza sobre su cabeza, impidiéndoselo por completo.
-No -fue lo único que dijo, con un tono que no admitía discusión.
Y entonces, la empujó hacia adelante, introduciendo su miembro profundamente en su garganta. Daniel sintió cómo golpeaba el fondo, una sensación de asfixia instantánea que le hizo saltar las lágrimas de los ojos. Intentó forcejear, pero Yair la mantuvo allí, inmóvil, mientras su cuerpo se estremecía y un chorro caliente y salado llenaba su garganta. Tragó por puro reflejo, ahogándose, sin poder evitarlo.
Cuando por fin la soltó, Daniel se desplazó hacia atrás, jadeando y tosiendo, con las lágrimas corriéndole por las mejillas. El aire le quemaba los pulmones.
-¿Cómo te atreves? -logró decir entre toses, la voz cargada de una furia -. ¡Eso no era parte del trato!
Yair, mientras se acomodaba la ropa, se encogió de hombros con una sonrisa cínica. -No pude resistirme. Estabas demasiado buena.
La rabia de Daniel era palpable, pero el fuego entre sus piernas, lejos de apagarse, ardía con más fuerza que nunca, demandando el final que le habían prometido. La humillación era insoportable, pero la necesidad física era un amo aún más cruel.
Con un gesto de frustración absoluta, se dejó caer de nuevo sobre la tapa del inodoro y abrió las piernas con brusquedad, mirando a Yair con odio.
-Haz tu parte-escupió las palabras-. Acaba con esto. Ya quiero que termine.
Yair, satisfecho y con el control total de la situación, no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se arrodilló de nuevo y, sin preámbulos, hundió su boca en ella. Esta vez su lengua fue directa, experta y despiadada. No había caricias, solo eficiencia brutal. Daniel cerró los ojos con fuerza, apretando los puños, queriendo odiar cada segundo, pero su cuerpo, traicionero y urgente, respondió con violencia. En menos de unos minutos, un orgasmo explosivo, casi doloroso, la recorrió de pies a cabeza, arrancándole un grito ahogado que era tanto de placer como de liberación y vergüenza.
Cuando terminó, quedó temblorosa y vacía, sintiéndose más usada y confundida que nunca.
Sin darle tiempo a recuperarse, Yair, junto las piernas de Lucia y con movimientos rápidos y seguros, le agarro la bragas empapadas y se las quitó por completo, dejando su vagina completamente expuesta y vulnerable.
-¿Por qué haces eso? -jadeó Daniel, confundido y sintiendo cómo una nueva oleada de calor, vergonzoso e inconfesable, comenzaba a crecer en su vientre-. ¡Ya terminamos!
Pero entonces lo vio. La evidente erección de Yair, ya estaba duro de nuevo . Él sonrió, una sonrisa de depredador que ha acorralado a su presa.
-Todavía no hemos acabado -dijo, acercándose-. Porque todavía no estás satisfecha del todo, ¿verdad?
Era verdad. A pesar del orgasmo, una sensación de vacío, una necesidad más profunda y húmeda, ardía dentro de ella. El cuerpo de su madre deseaba por ser llenado. El rechazo de Daniel fue instantáneo.
-¡No! No podemos... no tengo... no tenemos condón -argumentó, buscando desesperadamente una salida.
La sonrisa de Yair se amplió. De su bolsillo sacó un pequeño cuadrado plateado. Lo había llevado en el bolsillo desde el principio. Esto era su objetivo.
-No te preocupes por eso -dijo, desgarrando el envoltorio con los dientes.
Daniel se quedó paralizado, las piernas aún abiertas, la mente acelerada. ¿Debo hacerlo? No lo quiero. Pero este cuerpo... este calor... no se va. Mientras ella dudaba, Yair aprovechó para ponerse el condón con práctica rapidez. Antes de que pudiera protestar o reaccionar, él se posicionó entre sus piernas y, con un empuje firme, la penetró por completo.
Un gemido mezcla de sorpresa y placer escapó de sus labios. La sensación de estar siendo llenada era abrumadora. Su mente gritaba ¡no!, pero cada parte de su cuerpo respondía con un sí electrizante. Era como si esto fuera lo que este cuerpo había anhelado en secreto desde el principio.
-¡Cómo te atreves! -logró decir, con la voz quebrada por las embestidas de Yair-. ¡Yo nunca acepté esto!
Yair, jadeando, no se detuvo.
-¿Entonces quieres que lo saque?-preguntó, aunque su tono dejaba claro que conocía la respuesta.
Daniel guardó silencio, la mirada hacia un lado, avergonzada por la forma en que sus caderas se movían levemente para encontrarse con las de él, traicionando sus palabras.
-Ya me lo imaginaba -murmuró Yair, satisfecho, y continuó con el ritmo.
La furia y la confusión de Daniel se mezclaban con una sensación de placer culpable que nunca había imaginado. En medio del jadeo, Yair habló cerca de su oído.
-Te ha estado preguntando... ¿por qué de repente te pusiste tan caliente hoy? -De su bolsillo sacó una bolsita vacía de gomita y se la mostró. Daniel apenas pudo leer la palabra "AFRODISÍACA" antes de que él la guardara.
La confirmación fue un golpe. ¡La gomita! La furia estalló dentro de ella.
-¡Maldito malnacido!, ¡Me drogarte! ¡Maldita rata tramposa! ¡Eres un...!
Pero sus insultos fueron cortados de repente cuando la puerta principal del baño se abrió de golpe. Dos voces femeninas, riendo y hablando del trabajo, llenaron el ambiente. Daniel se paralizó de terror. Yair, instantáneamente, le tapó la boca con su mano y detuvo por completo sus movimientos. Con la otra mano, le hizo la señal de silencio. Los ojos de Daniel, muy abiertos por el pánico, se clavaron en los de él. Ambos contuvieron la respiración, escuchando.
Las mujeres estaban frente al espejo, arreglándose el maquillaje, hablando de cosas triviales. Era un momento eterno y aterrador. Yair miró a Daniel, y una sonrisa juguetona y peligrosa apareció en sus labios. A Daniel le dio un mal presentimiento.
Y entonces, con las mujeres aún allí, Yair comenzó a moverse otra vez, lenta pero profundamente. Daniel apenas podía creerlo. El riesgo era inmenso. Con ambas manos se tapó la boca para ahogar cualquier gemido, mirando a Yair con una mezcla de rabia absoluta y una excitación retorcida que la situación prohibida avivaba. Cada embestida era una bomba de placer y terror. El miedo a ser descubiertos hacía que cada sensación fuera diez veces más intensa, más eléctrica.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, oyeron cómo las mujeres salían y la puerta se cerraba. Esperaron unos segundos en silencio total, solo roto por su respiración entrecortada.
-Eso fue... muy excitante -murmuró Yair, sin dejar de moverse.
-Eso pudo ser muy peligrosos -replicó Daniel, con la voz temblorosa, pero sin negar la adrenalina que aún recorría su cuerpo.
La línea entre el peligro, la violación y el deseo se había vuelto tan delgada que ya ni siquiera podía distinguirla.
El peligro de haber sido casi descubiertos pareció quitarle los últimos frenos a Yair. Ya no había razón para contenerse. Agarró las caderas de Lucia (Daniel) con más fuerza, hundiendo los dedos en su carne, y comenzó a empujar con una intensidad y una velocidad brutales. Las embestidas eran profundas, casi despiadadas, golpeando un punto dentro de ella que hacía saltar chispas detrás de sus párpados.
Daniel ya no podía contener los sonidos. Cada gemido, cada quejido ronco, escapaba de su boca sin su permiso. El placer era demasiado abrumador, una corriente eléctrica que recorría cada nervio. A pesar de la humillación y la furia, su cuerpo se entregaba por completo, arqueándose para recibirlo mejor.
-No... no seas tan rudo... -logró suplicar entre jadeos, pero su voz sonaba débil, quebrada por el propio placer que la traicionaba.
A Yair no le importó. Al contrario, la súplica solo pareció excitarlo más.
-Cállate y disfrutarlo -gruñó, aumentando aún más el ritmo, haciendo que el inodoro golpeara débilmente contra la pared con cada embestida.
Daniel sintió cómo el calor en su vientre se volvía una bola de fuego incontrolable. El orgasmo se acercaba, enorme, inevitable, prometiendo arrasar con todo. Yair también lo sentía. Su respiración se volvió un jadeo acelerado y sucio contra su cuello.
-Sí... ¡Sí, Lucía! -gemía él.- ¡Esto es lo mejor... Siempre soñé con hacerte mía!
En medio del éxtasis, fue un golpe extraño escuchar eso, pero no hubo tiempo para procesarlo. La ola finalmente se rompió. Un orgasmo cataclísmico estalló dentro de Daniel, tan violento que su visión se nubló. Gritó, un sonido largo y gutural que era pura liberación animal. Al mismo tiempo, sintió cómo el cuerpo de Yair se tensaba sobre ella y escuchó su rugido ahogado, mientras él también llegaba al clímax dentro del ella.
Por un largo momento, lo único que existió fue el sonido de su respiración entrecortada, mezclándose en el pequeño cubículo. Daniel quedó completamente agotada, satisfecha de una manera profunda y vergonzosa, con el cuerpo tembloroso. Apenas podía mantenerse sentada, mucho menos procesar lo que Yair decía.
Él, recuperando el aliento más rápido, se separó de ella. Con movimientos prácticos, se quitó el condón y, con un gesto de posesión y falta de respeto absoluta, lo dejó caer sobre sus pechos, todavía sensibles y marcados por el sudor. La sensación fría y húmeda del látex sobre su piel caliente la hizo estremecer.
-Siempre lo supe -murmuró Yair, arreglándose la ropa con una calma obscena-. Que contigo sería increíble.
Sin mirarla siquiera, abrió la puerta, echó un vistazo rápido al baño vacío y salió, cerrándola tras de sí con un clic suave.
Daniel se quedó ahí, sentada en la taza del bañó, con las piernas aún abiertas y temblorosas, el condón usado sobre su pecho como un sello de lo ocurrido. Intentaba recuperar el aliento, pero cada inhalación era un sollozo contenido. Estaba devastada, usada, pero su cuerpo, traicionero, aún zumbaba con los ecos del placer más intenso que había experimentado. La confusión era un nudo en la garganta, tan grande como el vacío que empezaba a dejarlo todo.
El camino de regreso a casa se sintió eterno. Daniel mantenía las manos firmes en el volante, pero su mente no dejaba de dar vueltas.
Lo del spa... ¿qué fue eso? ¿Por qué me sentí así? ¿De verdad así se siente este cuerpo?
Una mezcla de confusión y vergüenza le recorría el pecho, aunque trataba de ignorarlo.
Cuando por fin estacionó frente a la casa, se quedó unos segundos sentado, respirando hondo antes de bajar. Necesitaba recomponerse.
Al entrar, la encontró en la sala, esperándolo. Su madre, aún en el cuerpo de Daniel, caminaba de un lado a otro con gesto preocupado. Apenas lo vio, se detuvo.
-¿Cómo te fue? -preguntó en cuanto entró-. ¿Por qué llegas más tarde que ayer?
Daniel dejó el bolso sobre el sofá y forzó una sonrisa.
-Fue un día pesado... tuve mucho trabajo. Además, todavía no me acostumbro a tu cuerpo mamá es cansado.
Lucía lo observó en silencio, como evaluando cada palabra. Luego, se cruzó de brazos y bajó un poco el tono.
-¿Y... te encontraste con el jefe?
Daniel negó con la cabeza.
-No. Yair me dijo que se fue fuera de la ciudad por unos días.
Lucía dejó escapar un suspiro profundo, casi de alivio. Por un instante, su expresión cambió: parecía más ligera, como si al fin pudiera descansar de algo que la venía tensando desde hacía tiempo.
-Qué bueno... -dijo con un tono más suave-. Al menos unos días puedo estar tranquila.
Se acomodó en el sofá y añadió:
-La comida ya está lista, y también dejé preparada la ropa de mañana. Solo tienes que descansar.
Daniel asintió. Se sentía agotado y, al mismo tiempo, agradecido de que su madre se hubiera adelantado a todo. Fueron a la mesa y cenaron en silencio, apenas intercambiando algunas palabras sobre cosas simples, como si ninguno quisiera tocar los temas más pesados, Era como si ahora esto fuera lo normal.
Al terminar, Daniel se levantó despacio y fue hasta la habitación de su madre. Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda un momento contra ella. El día había sido demasiado largo, y su cuerpo pedía un respiro.
Con movimientos lentos, comenzó a quitarse la ropa. Primero se desabrochó el blazer y lo dejó sobre la silla. Después, desabotonó la blusa blanca una por una, sintiendo cómo la tela cedía y dejaba a la vista el brasier que la sostenía todo el día. La falda lápiz fue lo siguiente: al bajarla, notó el roce de las medias contra su piel, aún tensas por la presión del elástico.
Se inclinó para quitarse los tacones, y al soltarlos, suspiró de alivio al liberar sus pies adoloridos. Luego se bajó lentamente las medias, doblándolas antes de colocarlas en el cesto. El brasier le dio algo más de trabajo; tuvo que luchar con los ganchos de la espalda hasta que finalmente se abrió, liberando el peso de su pecho. Por último, deslizó la tela de la ropa interior, quedando completamente desnuda frente al espejo del armario
Quedó desnuda frente al espejo del armario, y por un largo momento, solo se observó. La imagen que devolvía el cristal aún le resultaba ajena: las curvas suaves, la cintura estrecha, los pechos más llenos de lo que recordaba. Era el cuerpo de su madre, pero la curiosidad que le ardía bajo la piel era toda suya.
Un calor repentino, un eco de la tarde en el spa, le recorrió el vientre. Recordó las manos expertas de la masajista, el aceite caliente deslizándose sobre su espalda, sobre sus glúteos... un toque que en ese momento había sido profesional, pero que ahora, en la soledad de la habitación, se teñía de una intimidad prohibida y electrizante. ¿Por qué no pudo dejar de pensar en eso? ¿Por qué ese recuerdo le hacía respirar más rápido?
Sin poder evitarlo, alzó una mano y deslizó la yema de los dedos por su clavícula. La piel estaba suave, sensible. Un estremecido la recorrió. Su propio tacto no era el de un extraño; era su tacto, explorando, reclamando una sensación que ya no podía contener.
Dejó que su mano bajara, muy lenta, hasta rozar la punta de un seno. Un jadeo leve escapó de sus labios al contacto. Era un pellizco de electricidad pura, tan intenso que casi duele. Cerró los ojos, dejando que la sensación la inundara. Con la palma de la mano, acarició la curva completa, sintiendo su peso, su calor. Era extraño y fascinante a la vez, una ola de placer que nacía de su propio cuerpo y al mismo tiempo sentía prestado.
No pudo resistirlo más. Se dirigió a la cama, dejando atrás su reflejo y sus dudas. Se tendió sobre las sábanas frescas, que contrastaban con el calor de su piel.
Al principio, sus movimientos fueron tímidos, exploratorios. Se acarició el vientre, los muslos, redescubriendo cada centímetro con una mezcla de vergüenza y una necesidad abrumadora. Pero el recuerdo del spa, de aquellas manos que la hicieron sentir tan vulnerable y tan viva, la empujó más allá.
Con una mano, se buscó entre las piernas. Un gemido ahogado le llegó a los oídos antes de darse cuenta de que era suyo. La sensación fue abrumadora: un calor húmedo y una sensibilidad extrema que no se parecía a nada que hubiera experimentado en su cuerpo masculino. Presionó suavemente, encontrando un ritmo circular y insistente que hizo arder cada nervio. Su respiración se volvió entrecortada, jadeante.
La otra mano no se quedó atrás. Se aferró a uno de sus pechos, apretando con una necesidad casi desesperada, los dedos buscando y pellizcando su pezón hasta endurecerlo por completo bajo su tacto. Era una doble caricia, un doble asalto de sensaciones que la llevaba más y más alto.
-Dios... -susurró para sí misma, sin reconocer su propia voz, quebrada por el placer.
Se abandonó por completo a la sensación. Sus caderas comenzaron a moverse contra su propia mano, buscando una fricción más profunda, más urgente. Ya no pensaba en nada: no en el cuerpo que habitaba, no en la extrañeza, no en la confusión. Solo existía el calor que se enroscaba en su bajo vientre, cada vez más tenso, más insoportable, más dulce.
Era una masturbación intensa, cargada de la curiosidad de explorar un nuevo territorio y la liberación de una tensión acumulada durante todo el día. Gemía sin censura, ahogando los sonidos en la almohada, con los ojos cerrados con fuerza, viendo destellos de luz detrás de sus párpados.
Hasta que finalmente, la tensión estalló. Un orgasmo violento y profundo la sacudió de pies a cabeza, haciendo que su espalda se arqueara fuera de la cama y un grito ronco y prolongado le desgarrara la garganta. Las olas de placer la recorrieron una y otra vez, dejándola temblorosa, exhausta y bañada en un sudor fino.
Quedó tendida, jadeando, con el corazón martilleándole en el pecho. Poco a poco, la realidad volvía a filtrarse en la habitación. El cruce de cuerpos, la confusión, la extrañeza. Pero por un momento, solo había existido el puro, abrumador y intensísimo placer.
El eco del último temblor se desvaneció lentamente, dejando a su cuerpo en un estado de pesadez plácida y agotada. El aire que respiraba aún parecía cargado de electricidad estática, de jadeos contenidos. Abrió los ojos y miró el techo, viendo las sombras bailar sin prisa.
Eso fue... increíble, pensó, y la palabra se quedó corta. No había otra forma de describir la tormenta de sensaciones que acababa de arrasarla. Una oleada de rubor le subió por el cuello al recordar la intensidad de sus propios gemidos, la desesperación con la que se había aferrado a su propio cuerpo. Pero la vergüenza fue inmediatamente barrida por un suspiro profundo de satisfacción absoluta.
Quiero más, susurró una voz golosa en lo más profundo de su mente, tentándola a prolongar la sensación, a explorar otros rincones de este nuevo mapa de placer. Su mano, casi por voluntad propia, se deslizó perezosamente sobre su vientre, como tentada a continuar.
Pero el agotamiento era más fuerte. Un peso dulce y pesado en cada uno de sus miembros le recordó el día eterno, la tensión acumulada, el esfuerzo mental de fingir ser otra persona. Su cuerpo, ahora relajado y satisfecho, le reclamaba descanso. La energía necesaria para otro round simplemente no estaba allí.
Con un esfuerzo que pareció monumental, se incorporó en la cama. Las sábanas debajo de ella estaban arrugadas y húmedas por su sudor. Con movimientos lentos, casi de cámara lenta, se levantó y fue al cajón. Sacó unas bragas frescas y un camisón suave y holgado. Al deslizar la tela sobre su piel sensible, sintió un último y leve estremecido, un suspiro final de su piel al ser cubierta.
Luego, con una eficiencia que le nació del cansancio mismo, cambió las sábanas de la cama con práctica rapidez, reemplazando las que guardaban el calor y el olor de su reciente vicio por otras limpias y frescas, que prometían paz y olvido.
Finalmente, se dejó caer sobre ellas. El peso de su agotamiento la venció por completo incluso antes de que su cabeza tocara la almohada. La última conciencia que tuvo fue de la suavidad de la tela nueva contra su mejilla y el profundo, oscuro y merecido silencio que inundó su mente. Cayó en un sueño profundo e instantáneo, entregada por completo, después de un día de tantas emociones al fin podía descansar en paz.
La luz de la mañana entraba suavemente por la ventana cuando Daniel abrió los ojos. Tardó unos segundos en entender lo que había hecho anoche con el cuerpo de su madre. Un calor incómodo le recorrió el cuerpo, y un leve rubor le subió al rostro. ¿De verdad hice eso...?
Giró la cabeza y vio a su padre dormido profundamente a su lado, respirando con calma. Intento guardar la calma para no levantar a su padre.
Con cuidado, se levantó de la cama, recogió la ropa del día y se vistió rápidamente. No quería pensar demasiado, solo quería salir de la habitación cuanto antes. Una vez lista, fue en busca de su madre.
La encontró en su habitación ya despierta y lista. Lo recibió con un gesto serio, aunque en sus ojos había cierta curiosidad. La sentó frente al espejo y comenzó a peinarle el cabello con movimientos firmes.
-¿No escuchaste un ruido anoche? -preguntó de pronto, mientras comenzaba a aplicar el maquillaje-. Me pareció escuchar algo raro... como un grito anoche.
Daniel se tensó al instante, recordando el sonido que él mismo había dejado escapar sin poder controlarlo.
-N-no... no escuché nada -dijo rápido, desviando la mirada.
-Ah, entonces seguramente no fue nada -respondió Lucía, restándole importancia mientras terminaba de arreglarle el cabello.
Hubo un breve silencio, roto solo por el roce del cepillo. Luego, Lucía habló de nuevo:
-Escucha, como el jefe no va a estar unos días, puedes estar tranquila. Solo haz tu trabajo, nada más. Yo voy a ir a la biblioteca a investigar sobre lo que nos pasó. Y cuando regrese el jefe... me avisas de inmediato. ¿Está claro?
-Sí, claro... -contestó Daniel, aún algo nervioso.
Cuando terminaron, volvió a la habitación para tomar el bolso. Miró de reojo a su padre, que seguía profundamente dormido, y salió sin decir nada más. Fue directo al auto y encendió el motor rumbo a la oficina, intentando no pensar demasiado en la mezcla de vergüenza y confusión que lo acompañaba.
Daniel llegó a la oficina con paso firme, aunque por dentro se sentía un poco nervioso. Saludó de manera rápida a un par de compañeros y se dirigió directo a su escritorio. Todo parecía tranquilo.
Encendió la computadora, revisó los correos y empezó a ponerse al día con las tareas pendientes. Las horas pasaron sin nada fuera de lo normal: responder mensajes, archivar documentos, imprimir reportes. Poco a poco fue entrando en la rutina, y por primera vez en días sintió un respiro.
Cerca del mediodía, escuchó una voz familiar a su lado.
-¿Cómo va todo? -preguntó Yair con su sonrisa habitual, apoyándose en la esquina del escritorio.
Daniel levantó la vista, intentando sonar natural.
-Bien, lo normal... mucho trabajo.
Yair sacó un pequeño paquete de gomitas de su bolsillo, lo abrió y le mostró el interior.
-Mira, me queda una sola. ¿Quieres?
Daniel dudó un segundo, pero al final sonrió con suavidad.
-Está bien, gracias.
Tomó la gomita y se la llevó a la boca. El dulce sabor frutal lo distrajo por un momento, haciéndolo sentir un poco más relajado.
-Bueno, te dejo trabajar -dijo Yair, guiñándole un ojo antes de alejarse.
Daniel lo siguió con la mirada un instante, y luego volvió a su computadora, aún con el sabor de la gomita en la boca y un ligero cosquilleo de nervios en el pecho.
Pasaron unos 30 minutos dónde Daniel siguió absorto en su trabajo, el sabor dulce de la gomita apenas un recuerdo lejano. Pero luego, de la nada, una oleada de calor repentino le subió desde el estómago hasta el pecho, enrojeciéndole el cuello y las mejillas.
¿Qué...? Pensó, confundido. Abanicarse inconscientemente con una carpeta no fue suficiente. Un segundo después, el calor se transformó en un cosquilleo intenso y húmedo entre sus piernas, una sensación tan abrupta y poderosa que casi dejó escapar un gemido. Se apretó los muslos bajo el escritorio, sorprendido por la urgencia del deseo que la inundaba. No era un simple recuerdo o una fantasía; era una necesidad física, abrasadora e incontrolable.
Miró a su alrededor, desorientada. Nadie más parecía notar su agitación. El aire acondicionado seguía soplando, pero a ella le ardía la piel por dentro. Su respiración se volvió entrecortada. No entendía qué estaba pasando. No había pensado en nada sexual, no había visto a nadie... excepto a Yair. Y la gomita.
La conexión fue instantánea y aterradora. La gomita.
Pero no había tiempo para el pánico.La presión entre sus piernas era cada vez más insistente, un pulso rápido y demandante que nublaba su capacidad de pensar. Tenía que salir de ahí.
-Necesito ir al baño- murmuró para sí misma, levantándose con torpeza y agarrando su bolso como si fuera un salvavidas.
Caminó lo más rápido que pudo-sin correr, nunca correr- por el pasillo, sintiendo cada paso como una caricia indeseada y electrica contra su interior. Al fin llegó a la puerta del baño de mujeres, empujó y se encontró con el silencio frío y perfumado del lugar. Vacío. Por suerte.
Se metió en el primer cubículo, cerró el pestillo con un clic que sonó ensordecedor en el silencio y se dejó caer sobre la tapa del inodoro.
Temblorosa, sin poder contenerse más, se subió la falda hasta la cintura. Con dedos ansiosos, hizo a un lado su ropa interior, exponiéndose por completo al aire fresco del cubículo. El simple contacto del aire le hizo estremecer.
No hubo preámbulos, ni caricias lentas. La necesidad era demasiado urgente. Se llevó la mano directamente a su vagina, encontrándolo ya hinchado y empapado. Un gemido ahogado escapó de sus labios al primer contacto. Comenzó a frotarse con desesperación, buscando alivia ese calor que sentía.
Sus movimientos eran frenéticos, poco expertos pero llenos de una urgencia animal. Con los ojos cerrados y la nuca apoyada contra la pared fría de la división, se abandonó a la sensación, jadeando, murmurando maldiciones entre dientes.
-Dios... qué me pasa... -susurraba, frotándose más rápido, imaginando quizá las manos de alguien más, del masajista, de una fantasía abstracta que su cuerpo, drogado, convertía en tangible.
No lo sabía, pero no estaba sola.
Justo en ese momento, la puerta principal del baño se abrió con suavidad. Yair entró sin hacer ruido. Había esperado este momento, calculado el tiempo de la reacción. Se apoyó contra la puerta de los cubículos esperando escuchar algo. Una sonrisa lenta, satisfecha y ligeramente perversa, se dibujó en sus labios.
Al otro lado de la delgada puerta, podía oírlo todo: los jadeos cortos y ahogados, el leve crujido de la ropa al moverse, el sonido húmedo y obsceno de sus dedos moviéndose con rapidez sobre su piel. Incluso un gemido ronco y prolongado que ella no pudo contener.
Yair cerró los ojos, no para evitar escuchar, sino para saborear mejor el sonido. Su plan había funcionado a la perfección. Ella estaba allí, encerrada, entregada a un placer que él le había provocado, creyendo que estaba sola, cuando en realidad tenía a alguien completamente cautivo y complacido.
Él no hizo un solo ruido. Solo se quedó allí, escuchando cómo la respiración de Lucia (Daniel) se volvía más y más rápida, cómo el ritmo de sus dedos se aceleraba hacia un clímax inevitable que él, desde su lugar, estaba provocando sin siquiera tocarla.
Los dedos de Daniel trabajaban con una desesperación frenética, pero era inútil. El clímax se negaba a llegar, estaba fuera de su alcance, aumentando su frustración hasta un punto de agonía. Necesitaba más. Algo más que sus propios dedos, que ya no bastaban para apagar el incendio que la consumía por dentro.
De repente, un golpe suave pero firme en la puerta del cubículo la hizo paralizarse de terror.
-¡Está ocupado! -logró decir, tratando de que su voz no sonara quebrada, ahogando un jadeo.
-Soy Yair. Te vi entrar al baño... te noté algo rara. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? -su voz era de una preocupación calculada, demasiado suave para la situación.
El pánico se mezcló con la desesperación lujuriosa. Ayuda. La palabra resonó en su mente, tentadora y peligrosa.
-No,no, estoy bien. En serio. No es nada -insistió, mientras con manos temblorosas se bajaba la falda y trataba de acomodar su ropa interior empapada, intentando borrar toda evidencia.
Con un gran esfuerzo, se levantó y descorrió el pestillo con un clic que sonó como un disparo. Abrió la puerta lo justo para asomarse, forzando una sonrisa pálida.
-Ya ves,todo en orden. Solo un mareo -mintió.
Pero Yair no se movió. Su sonrisa era tranquila, pero sus ojos recorrían su rostro enrojecido, su cabello ligeramente despeinado, la fina capa de sudor en su frente. Antes de que ella pudiera reaccionar, él empujó la puerta con suavidad pero con firmeza, entrando en el cubículo y cerrándola a sus espaldas con otro clic, esta vez definitivo. El espacio, que antes le había parecido un espacio seguro, de repente era una trampa claustrofóbica.
-¿Yair? ¿Qué haces? ¡Sal! -exigió Daniel, tratando de sonar autoritaria, pero su voz era apenas un hilillo tembloroso.
Él no retrocedió. En cambio, bajó la mirada y, con un movimiento tan rápido que no pudo evitarlo, le levantó la falda hasta la cintura, exponiendo sus piernas temblorosas y la tela húmeda y obscena de sus bragas.
-¿Todo en orden? -preguntó con una voz ahora baja, cargada de lujuria y complicidad-. No lo parece. Te escuché. Sé exactamente lo que estabas haciendo.
Daniel quiso negarlo, alejarse, pero el movimiento solo hizo que su cuerpo, traicionero, se frotara contra la tela, enviando una nueva descarga de placer doloroso que la hizo gemir débilmente. La vergüenza la inundó, pero fue barrida por otra oleada de calor aún más intensa.
-Yo te puedo ayudar -susurró Yair, acercándose más, su aliento caliente en su oreja-. Déjame ayudarte.
-No... no sé de qué hablas...
-Sí lo sabes -insistió él, y su mano se posó en su muslo, un contacto que la hizo estremecer de pies a cabeza-. Te haré sentir mejor. Un oral si me deja ver tus pechos.
La tentación era monstruosa. El deseo, amplificado por la gomita, gritaba que sí, que aceptara, que necesitaba eso más que el aire. Antes de que pudiera formular un pensamiento coherente, sus propias manos, actuando por voluntad propia, se desabrochaba la camisa y se subió el brasier, dejando sus pechos al descubierto, sensibles y erectos por la excitación.
Yair sonrió, satisfecho. -Así me gusta.
La hizo sentarse de nuevo en la tapa del inodoro. Él se arrodilló frente a ella, separándole las piernas con una suavidad que no admitía negativa. Cuando su boca se puso sobre su clítoris, Daniel no pudo evitar arquear la espalda y ahogar un grito en el cuello de su propia blusa. Era exactamente lo que necesitaba. Su lengua era experta, insistente, encontrando un ritmo que la llevaba directo al borde del abismo con una velocidad vertiginosa. Ella se abandonó, gimiendo sin control, olvidando dónde estaba, quién era.
Pero justo cuando sintió que el orgasmo estallaba dentro de ella, Yair se detuvo bruscamente y se separó.
La sensación de abandono fue frustrante, dolorosa. Daniel abrió los ojos, desorientada y suplicante.
-Por favor... -gemió, sin siquiera saber qué pedía.
Yair se levantó. Su mirada era oscura, posesiva.
-Yo también necesito que me complazcas-dijo, mientras desabrochaba su pantalón y sacaba su pene con una erección-. Te haré acabar, pero primero quiero una mamada.
La realidad se estrelló contra Daniel como un balde de agua fría. No. Eso no. No podía. No quería. El asco y el rechazo nublaron su mente por un segundo.
Pero el fuego entre sus piernas, la necesidad animal y cruda que la gomita había implantado, no le daba opción. El deseo era un animal que mordía y exigía satisfacción, ahogando su voluntad, su disgusto, su moral.
Con lágrimas de frustración y rabia humillante en los ojos, Daniel, aún con la falda arremangada y los pechos al descubierto, se inclinó hacia adelante. Evitando mirarlo a los ojos, abrió la boca y aceptó el miembro de Yair, sintiendo náuseas y una humillación profunda con cada movimiento, mientras el calor en su propio vientre, ahora insatisfecho y furioso, la mantenía prisionera, obligándola a continuar con un acto que detestaba.
La textura y el sabor en su boca deberían haberle provocado arcadas. El acto en sí, la sumisión, la humillación, deberían haberla hecho retroceder con asco. Pero, para su propia confusión, no era así. Una parte de el o ella, una parte profundamente arraigada en este cuerpo que ahora habitaba, no sentía repulsión. Era como si los instintos y las respuestas de su madre se activaran: la boca se movía con una curiosidad inherente, la lengua exploraba formas y texturas, y un pulso bajo y extraño de excitación persistía a pesar de su vergüenza mental. ¿Es que... a este cuerpo... le gusta esto?, pensó, horrorizada y confundida al mismo tiempo.
Sin embargo, su falta de experiencia era evidente. Sus movimientos eran torpes, inseguros, sin ritmo.
Yair lo notó de inmediato. Con un gruñido de frustración, no de placer, puso sus manos en su cabeza para detenerla.
-Así no-dijo, su voz ronca pero firme-. Si lo haces mal, y no estoy satisfecho. Tú no sales de aquí satisfecha. ¿Entendido?
La amenaza, mezclada con la promesa de alivio, fue suficiente. Daniel, con un nudo en la garganta, asintió levemente. Esta vez, cuando se acercó de nuevo, lo hizo con más cuidado. Lentamente, aprendiendo. Dejó que su lengua acariciara la longitud, exploró la punta con movimientos circulares que arrancaron un gemido bajo de Yair.
-Sí... así... -murmuró él, alentándola.
Esa validación, por retorcida que fuera, hizo que algo en ella respondiera. Empezó a encontrar un ritmo, lento al principio, luego más constante. La mano de Yair se posó en su nuca, no con fuerza, sino como una guía. Los sonidos que él emitía-jadeos profundos, murmullos de aprobación- alimentaban una parte extraña de su propio deseo, un deseo prestado pero intensamente real.
-Sí, sí, sigue así... -jadeó Yair, su respiración cada vez más acelerada.
Daniel se sumergió en el ritmo, perdida en la sensación contradictoria. La mente protestaba, pero el cuerpo respondía con una energía que ya no podía negar. Después de unos minutos, la tensión en el cuerpo de Yair se volvió extrema.
-Ya... ya me voy a venir -anunció con voz entrecortada.
El instinto de Daniel fue retroceder, sacárselo de la boca. Pero en el momento en que inició el movimiento, las manos de Yair se cerraron con fuerza sobre su cabeza, impidiéndoselo por completo.
-No -fue lo único que dijo, con un tono que no admitía discusión.
Y entonces, la empujó hacia adelante, introduciendo su miembro profundamente en su garganta. Daniel sintió cómo golpeaba el fondo, una sensación de asfixia instantánea que le hizo saltar las lágrimas de los ojos. Intentó forcejear, pero Yair la mantuvo allí, inmóvil, mientras su cuerpo se estremecía y un chorro caliente y salado llenaba su garganta. Tragó por puro reflejo, ahogándose, sin poder evitarlo.
Cuando por fin la soltó, Daniel se desplazó hacia atrás, jadeando y tosiendo, con las lágrimas corriéndole por las mejillas. El aire le quemaba los pulmones.
-¿Cómo te atreves? -logró decir entre toses, la voz cargada de una furia -. ¡Eso no era parte del trato!
Yair, mientras se acomodaba la ropa, se encogió de hombros con una sonrisa cínica. -No pude resistirme. Estabas demasiado buena.
La rabia de Daniel era palpable, pero el fuego entre sus piernas, lejos de apagarse, ardía con más fuerza que nunca, demandando el final que le habían prometido. La humillación era insoportable, pero la necesidad física era un amo aún más cruel.
Con un gesto de frustración absoluta, se dejó caer de nuevo sobre la tapa del inodoro y abrió las piernas con brusquedad, mirando a Yair con odio.
-Haz tu parte-escupió las palabras-. Acaba con esto. Ya quiero que termine.
Yair, satisfecho y con el control total de la situación, no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se arrodilló de nuevo y, sin preámbulos, hundió su boca en ella. Esta vez su lengua fue directa, experta y despiadada. No había caricias, solo eficiencia brutal. Daniel cerró los ojos con fuerza, apretando los puños, queriendo odiar cada segundo, pero su cuerpo, traicionero y urgente, respondió con violencia. En menos de unos minutos, un orgasmo explosivo, casi doloroso, la recorrió de pies a cabeza, arrancándole un grito ahogado que era tanto de placer como de liberación y vergüenza.
Cuando terminó, quedó temblorosa y vacía, sintiéndose más usada y confundida que nunca.
Sin darle tiempo a recuperarse, Yair, junto las piernas de Lucia y con movimientos rápidos y seguros, le agarro la bragas empapadas y se las quitó por completo, dejando su vagina completamente expuesta y vulnerable.
-¿Por qué haces eso? -jadeó Daniel, confundido y sintiendo cómo una nueva oleada de calor, vergonzoso e inconfesable, comenzaba a crecer en su vientre-. ¡Ya terminamos!
Pero entonces lo vio. La evidente erección de Yair, ya estaba duro de nuevo . Él sonrió, una sonrisa de depredador que ha acorralado a su presa.
-Todavía no hemos acabado -dijo, acercándose-. Porque todavía no estás satisfecha del todo, ¿verdad?
Era verdad. A pesar del orgasmo, una sensación de vacío, una necesidad más profunda y húmeda, ardía dentro de ella. El cuerpo de su madre deseaba por ser llenado. El rechazo de Daniel fue instantáneo.
-¡No! No podemos... no tengo... no tenemos condón -argumentó, buscando desesperadamente una salida.
La sonrisa de Yair se amplió. De su bolsillo sacó un pequeño cuadrado plateado. Lo había llevado en el bolsillo desde el principio. Esto era su objetivo.
-No te preocupes por eso -dijo, desgarrando el envoltorio con los dientes.
Daniel se quedó paralizado, las piernas aún abiertas, la mente acelerada. ¿Debo hacerlo? No lo quiero. Pero este cuerpo... este calor... no se va. Mientras ella dudaba, Yair aprovechó para ponerse el condón con práctica rapidez. Antes de que pudiera protestar o reaccionar, él se posicionó entre sus piernas y, con un empuje firme, la penetró por completo.
Un gemido mezcla de sorpresa y placer escapó de sus labios. La sensación de estar siendo llenada era abrumadora. Su mente gritaba ¡no!, pero cada parte de su cuerpo respondía con un sí electrizante. Era como si esto fuera lo que este cuerpo había anhelado en secreto desde el principio.
-¡Cómo te atreves! -logró decir, con la voz quebrada por las embestidas de Yair-. ¡Yo nunca acepté esto!
Yair, jadeando, no se detuvo.
-¿Entonces quieres que lo saque?-preguntó, aunque su tono dejaba claro que conocía la respuesta.
Daniel guardó silencio, la mirada hacia un lado, avergonzada por la forma en que sus caderas se movían levemente para encontrarse con las de él, traicionando sus palabras.
-Ya me lo imaginaba -murmuró Yair, satisfecho, y continuó con el ritmo.
La furia y la confusión de Daniel se mezclaban con una sensación de placer culpable que nunca había imaginado. En medio del jadeo, Yair habló cerca de su oído.
-Te ha estado preguntando... ¿por qué de repente te pusiste tan caliente hoy? -De su bolsillo sacó una bolsita vacía de gomita y se la mostró. Daniel apenas pudo leer la palabra "AFRODISÍACA" antes de que él la guardara.
La confirmación fue un golpe. ¡La gomita! La furia estalló dentro de ella.
-¡Maldito malnacido!, ¡Me drogarte! ¡Maldita rata tramposa! ¡Eres un...!
Pero sus insultos fueron cortados de repente cuando la puerta principal del baño se abrió de golpe. Dos voces femeninas, riendo y hablando del trabajo, llenaron el ambiente. Daniel se paralizó de terror. Yair, instantáneamente, le tapó la boca con su mano y detuvo por completo sus movimientos. Con la otra mano, le hizo la señal de silencio. Los ojos de Daniel, muy abiertos por el pánico, se clavaron en los de él. Ambos contuvieron la respiración, escuchando.
Las mujeres estaban frente al espejo, arreglándose el maquillaje, hablando de cosas triviales. Era un momento eterno y aterrador. Yair miró a Daniel, y una sonrisa juguetona y peligrosa apareció en sus labios. A Daniel le dio un mal presentimiento.
Y entonces, con las mujeres aún allí, Yair comenzó a moverse otra vez, lenta pero profundamente. Daniel apenas podía creerlo. El riesgo era inmenso. Con ambas manos se tapó la boca para ahogar cualquier gemido, mirando a Yair con una mezcla de rabia absoluta y una excitación retorcida que la situación prohibida avivaba. Cada embestida era una bomba de placer y terror. El miedo a ser descubiertos hacía que cada sensación fuera diez veces más intensa, más eléctrica.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, oyeron cómo las mujeres salían y la puerta se cerraba. Esperaron unos segundos en silencio total, solo roto por su respiración entrecortada.
-Eso fue... muy excitante -murmuró Yair, sin dejar de moverse.
-Eso pudo ser muy peligrosos -replicó Daniel, con la voz temblorosa, pero sin negar la adrenalina que aún recorría su cuerpo.
La línea entre el peligro, la violación y el deseo se había vuelto tan delgada que ya ni siquiera podía distinguirla.
El peligro de haber sido casi descubiertos pareció quitarle los últimos frenos a Yair. Ya no había razón para contenerse. Agarró las caderas de Lucia (Daniel) con más fuerza, hundiendo los dedos en su carne, y comenzó a empujar con una intensidad y una velocidad brutales. Las embestidas eran profundas, casi despiadadas, golpeando un punto dentro de ella que hacía saltar chispas detrás de sus párpados.
Daniel ya no podía contener los sonidos. Cada gemido, cada quejido ronco, escapaba de su boca sin su permiso. El placer era demasiado abrumador, una corriente eléctrica que recorría cada nervio. A pesar de la humillación y la furia, su cuerpo se entregaba por completo, arqueándose para recibirlo mejor.
-No... no seas tan rudo... -logró suplicar entre jadeos, pero su voz sonaba débil, quebrada por el propio placer que la traicionaba.
A Yair no le importó. Al contrario, la súplica solo pareció excitarlo más.
-Cállate y disfrutarlo -gruñó, aumentando aún más el ritmo, haciendo que el inodoro golpeara débilmente contra la pared con cada embestida.
Daniel sintió cómo el calor en su vientre se volvía una bola de fuego incontrolable. El orgasmo se acercaba, enorme, inevitable, prometiendo arrasar con todo. Yair también lo sentía. Su respiración se volvió un jadeo acelerado y sucio contra su cuello.
-Sí... ¡Sí, Lucía! -gemía él.- ¡Esto es lo mejor... Siempre soñé con hacerte mía!
En medio del éxtasis, fue un golpe extraño escuchar eso, pero no hubo tiempo para procesarlo. La ola finalmente se rompió. Un orgasmo cataclísmico estalló dentro de Daniel, tan violento que su visión se nubló. Gritó, un sonido largo y gutural que era pura liberación animal. Al mismo tiempo, sintió cómo el cuerpo de Yair se tensaba sobre ella y escuchó su rugido ahogado, mientras él también llegaba al clímax dentro del ella.
Por un largo momento, lo único que existió fue el sonido de su respiración entrecortada, mezclándose en el pequeño cubículo. Daniel quedó completamente agotada, satisfecha de una manera profunda y vergonzosa, con el cuerpo tembloroso. Apenas podía mantenerse sentada, mucho menos procesar lo que Yair decía.
Él, recuperando el aliento más rápido, se separó de ella. Con movimientos prácticos, se quitó el condón y, con un gesto de posesión y falta de respeto absoluta, lo dejó caer sobre sus pechos, todavía sensibles y marcados por el sudor. La sensación fría y húmeda del látex sobre su piel caliente la hizo estremecer.
-Siempre lo supe -murmuró Yair, arreglándose la ropa con una calma obscena-. Que contigo sería increíble.
Sin mirarla siquiera, abrió la puerta, echó un vistazo rápido al baño vacío y salió, cerrándola tras de sí con un clic suave.
Daniel se quedó ahí, sentada en la taza del bañó, con las piernas aún abiertas y temblorosas, el condón usado sobre su pecho como un sello de lo ocurrido. Intentaba recuperar el aliento, pero cada inhalación era un sollozo contenido. Estaba devastada, usada, pero su cuerpo, traicionero, aún zumbaba con los ecos del placer más intenso que había experimentado. La confusión era un nudo en la garganta, tan grande como el vacío que empezaba a dejarlo todo.
0 comentarios - Un cambio inesperado ( capitulo 5 )