Era el cumpleaños de una compañera de trabajo, así que para festejarlo, nos organizamos y luego de la oficina fuimos a un bodegón en Palermo. La idea era cenar, y luego seguirla en algún boliche, aunque yo ya había arreglado con Marcos para terminar la noche en un telo.
¿Se acuerdan de Marcos? Ese colega que de ser mi más acérrimo rival paso a ser uno más de mis amantes
Mi marido llegó temprano del trabajo para ocuparse de los chicos, por lo que tendría toda la noche a disposición y no pensaba desperdiciarla. Marcos estaba ahí, y hace tiempo que no echábamos un polvo, así que todos los planetas se alinearon para saldar esa cuenta pendiente. O al menos eso creí.
Éramos como quince, así que al llegar al bodegón, juntamos unas mesas, para poder entrar todos. Cada quién pidió un plato a su elección, con abundante vino y cerveza.
Ya mediando la cena, y mientras que con Marcos nos hacíamos gestos de que en cualquier momento nos íbamos, uno de los chicos pide otra jarra de vino. El mozo que nos atendía no está, así que se la pide al que está atendiendo otras mesas.
Este mozo se acerca, para tomar el pedido, y al tenerlo ahí, enfrente, me quedo paralizada del asombro, porque quién viene para atendernos no es otro que Juan Carlos, el colectivero de la línea 50.
¿Pero que hace acá, si maneja un colectivo?, me pregunto, sorprendida. Aunque nos reconocemos al instante, ninguno dice nada, ya que resultaría por demás evidente que somos mucho más que unos simples conocidos.
Trae la jarra de vino, nos pregunta si queremos algo más, y sigue con sus labores, que es atender las mesas que están del otro lado del bodegón, por eso no lo había visto antes.
Está mucho más canoso, con menos pelo, sin esa pinta de metalero veterano, que fue como lo había conocido, al frente del volante de la línea 50, Correo Central - General Paz.
Los años pasan, pero aún conserva ese sex appeal con el que supo seducirme en su momento.
Luego de un brindis propuesto por un compañero, uno de los tantos que hacemos esa noche, me disculpo y me levanto para ir al baño. Por suerte ninguna de las chicas decide acompañarme, porque lo que hago es pasar cerca del colectivero (ahora mozo) y con un gesto hacerle saber que quiero hablar con él.
Me hace también un gesto para que lo siga, así que cruzamos frente a la cocina, atravesamos un pasillo, doblamos a la derecha y entramos a un cuarto que resulta ser de mantelería.
Juan Carlos prende la luz, cierra la puerta y arrinconándome contra la misma, acerca sus labios a mi oído y me susurra:
-Mirá en dónde te vengo a encontrar...-
Busco su boca con la mía, y tras besarlo, le respondo:
-Es el destino...-
Me sonríe y volvemos a besarnos, más intensamente, expresando ese deseo irrefrenable que se desata cuando estamos juntos.
Ya había planeado pasar la noche con Marcos, pero la presencia del ex colectivero allí, trastocaba todos mis planes. Y por sí tenía alguna duda, al deslizar la mano al interior de mi pantalón y dedearme la concha, me termina de convencer.
-¿Tenés que seguir trabajando?- le pregunto, sintiendo cómo me explora con una técnica deliciosa.
-No, ya estoy libre- repone.
Saca los dedos, se los chupa y entonces me pregunta él a mí.
-¿Y vos? ¿Te quedás con tus amigos?-
Niego con la cabeza.
-Me voy con vos...-
Arreglamos entonces encontrarnos en el estacionamiento del bodegón. Vuelvo a mi mesa, participo de un último brindis, y me disculpo por tener que retirarme antes. Marcos me mira confundido, supuestamente nos íbamos juntos, pero le hago un gesto de que se trata de algo de fuerza mayor.
Me despido de la cumpleañera, deseándole que termine bien su día y antes de salir al estacionamiento le mando un audio a Marcos, prometiéndole recompensarlo más pronto que tarde.
Juan Carlos ya me está esperando en su auto. Apaga el cigarrillo que está fumando y me abre la puerta. Lo primero que percibo al subirme es que está al palo. No sé si se habrá estado acordando de los monumentales polvos que nos echamos en su momento, o anticipando el (los) que nos estamos por echar, pero tiene una carpa a la altura de la entrepierna que confirma ambas teorías.
-¿Sabés? Hay un problema...- le digo, acomodándome a su lado.
-¿Qué, cuál?- pregunta.
-No creo poder aguantarme hasta llegar al telo para chuparte la pija...-
-Ese no es ningún problema...- se sonríe, pelando ahí mismo tremendo fierrazo.
Se lo agarro y se lo meneo, mientras me acerco y lo beso en la boca. Está duro, caliente, hinchado... ¡Mmmmhhhh...! ¡Una delicia!
Bajo la cabeza y se la chupo, arrancándole un exaltado gemido que debe haber estado latiendo en su garganta desde la última vez que estuvimos juntos.
Mientras le como la poronga, vuelve a filtrar una mano dentro de mi pantalón, para dedearme en esa forma que me pone totalmente delirante.
Cuando llegamos al telo, estamos ya a punto de explotar. No hay ni siquiera juego previo, nos sacamos la ropa, nos tiramos en la cama y a coger se ha dicho.
Juan Carlos se tumba de espalda y se menea la chota, vanagloriándose de su tamaño y dureza. Tengo ganas de chupársela de nuevo, pero ya habrá tiempo para eso después, ahora lo que quiero es tenerlo adentro.
"Quiero llenarme de tí...", como dice una vieja canción.
Me subo encima de su cuerpo, a caballito, dejo que él mismo me acomode la pija en la ranura, y al sentirla, cálida e inmensa, desciendo y me la ensarto toda, disfrutando ese llenado que mi cuerpo ya estaba reclamando.
Al tenerme totalmente abotonada, Juan Carlos me aprieta contra su cuerpo, y chupándome desquiciado las tetas, me empieza a bombear desde abajo, arrancándome unos jadeos que revelan lo mucho que me está haciendo gozar.
El ex colectivero es uno de esos hombres de mi vida a los que puedo no ver durante años, pero cuando nos crucemos, den por seguro que terminaremos en una cama.
El primer orgasmo me llega rápido, y tal como lo imaginaba, intenso y brutal. Me mojo toda, tanto que la concha se me abre como la flor de una ducha. Terminamos los dos empapados con el flujo que me sale.
Yo estoy toda desarmada, gozando a morir ese momento, pero Juan Carlos todavía está al dente.
Me voltea de espalda, se pone ahora él encima mío y me sigue cogiendo con embestidas fuertes, profundas, aceleradas.
-¡¡¡Ahhhhhhhhh... Siiiiiiiiiii... Así... Dale... Que rico me cogés... Uhhhhhhhh... No pares... Dame más... Más... Más... Ayyyy...!!!-
Cada pijazo que retumba en mi interior es una llamarada de placer, una plena exaltación de los sentidos.
-Me había olvidado de lo putita que sos...- me elogia en un susurro excitado el ex colectivero.
-¡Siiiiii... Y soy toda tuya... Soy tu putita...!- le confirmo entre gemidos y jadeos.
Esta vez, cuando me llega un nuevo orgasmo, él me acompaña. Acabamos juntos, abrazados, bañados en sudor, respirando agitados, boca a boca.
Cuando sale de encima mío, me levanto y voy corriendo al baño. Necesito mear y soltar todo lo que tengo adentro.
Cuando vuelvo, Juan Carlos ya se sacó el forro repleto de leche, y está descansando, tratando de recuperar energías. Resulta por demás obvio que recién estamos en la primera vuelta.
Me acuesto a su lado, pegada a su cuerpo, sintiendo su calor.
-No cambiaste nada...- le digo -Seguís siendo una máquina garchando-
-La máquina sos vos...- me dice -Un afortunado tu marido...-
Ahora sí hacemos un jueguito previo antes de arrancar la segunda vuelta. Besos, caricias, apretones...
Le vuelvo a chupar la pija, saldando así el pendiente que tenía del comienzo, cuando me quedé con ganas de seguir degustándola. Impresionante como se le pone ésta vez, las venas marcadas a relieve, el glande hinchado y pulsante.
Le suelto encima una escupida cargada, abundante, a modo de lubricación, y me la como hasta hacerle garganta profunda.
Juan Carlos hace un gesto como de estar viviendo un evento religioso, cuando todo su vergón... TODO... desaparece dentro de mi boca.
Se la suelto cuando ya están a punto de saltarme las lágrimas.
-¡Mmmmhhhh... Mmmmhhhh... Que rico estás...!- le digo, ocupándome ahora de sus huevos.
Mientras lo saboreo, Juan Carlos me agarra de la cintura y levantándome como si no pesara nada, me pone sobre su cuerpo, de forma que mientras yo chupo su sexo, él chupa el mío.
Luego de esa chupada mutua, me pongo en cuatro y me palmeo fuerte la cola... ¡CHAS... CHAS...!, haciéndole saber que quiero más verga.
Ya lo había tenido adentro antes, pero cuando me la pone, siento que me derrito de nuevo, mojándome como si me estuviera meando encima.
Juan Carlos me agarra fuerte de la cintura y me coge con la potencia de un toro, la hombría en su máxima expresión.
Es un garche brutal, pero delicioso, de esos que una mujer como yo (su putita) necesita.
Mis encuentros con el colectivero, que no fueron pocos, siempre habían sido intensos, pasionales, arrebatados. Y este no fue la excepción.
Mientras me bombea sin pausa, apoya las manos extendidas en mi cola, una en cada nalga y con los pulgares me empieza a estirar el agujero del culo.
Sí, yo también quiero que me lo haga. Quiero que ese hombre ocupe todos mis agujeros, que me posea por completo. Quiero que me hagas suya de todas las formas posibles.
Me saca la pija de la concha, y embiste contra mi orificio más estrecho... bueno, no tan estrecho...
Ni bien me apoya la punta justo ahí, se me estremece todo el cuerpo.
-¡Culeame... Dale... Dámela toda...!- le reclamo, abriéndome toda para él.
Por supuesto no se anda con sutilezas, un empujón fuerte, firme, preciso y ya está dentro mío...
-¡¡¡Ahhhhhhhhhhhh...!!!- estallo al sentir toda su carne comprimiéndose en mi interior, rebalsándome el culo.
Mientras me trajina sin pausas, le agarro una mano y llevándola hacia mi sexo, hago que él mismo me estimule el clítoris. La pija y sus dedos hacen estragos ahí abajo...
El orgasmo se mantiene ahí, a las puertas, vivo, latente, expectante... Quisiera no acabar nunca y estar siempre en ese instante previo, cuando el placer recién se está armando, y todas las emociones recién se están desatando.
Juan Carlos también parece estar en ese momento, porque acelera de repente. Ya me estaba dando duro antes, pero ahora duplica el ritmo, haciendo estallar mi carne con la suya.
¡¡¡PLAP... PLAP... PLAP... PLAP... PLAP...!!!
Mis gemidos también aumentan de intensidad. Pongo mi mano encima de la suya, y hago que me toque más fuerte, que me meta incluso los dedos adentro de la concha.
Quiero... Necesito... Deseo sentirlo al completo, llenarme de su hombría.
Unos cuantos mazazos más y se viene el estallido... De nuevo acabamos juntos, envueltos en llamaradas de pasión.
Derrumbados sobre la cama, nos abrazamos y nos besamos, entre exhalaciones de placer.
Ahora quién se levanta es él, para ir a mear, mientras yo me quedo tirada, suspirando, tratando de retener en mi cuerpo esa efusión brutal y salvaje.
Desde dónde estoy puedo ver cómo se saca el forro de un tirón, lo desecha en el tacho que está junto al inodoro, y se echa una larga y abundante meada. Se sacude la pija y vuelve a la cama, con una erección que parece no querer bajar.
No tiene un cuerpo escultural, ni músculos marcados, ni brazos fibrosos, es un tipo común, de 56 años, con una panza que delata escaso o casi nulo ejercicio, pero como me excita. Es la hombría en su máxima expresión.
Aunque me acaba de coger a lo bestia, todavía tiene ganas de más...
-¿Seguimos...?- me pregunta, como si leyera el deseo en mis ojos.
Mi respuesta es abrirme de piernas, volviéndome a entregar toda húmeda y ansiosa.
De nuevo me somete a un bombeo demoledor, haciéndome acabar con tan solo unas pocas arremetidas. Él sigue un poco más, tratando de disfrutarme el mayor tiempo posible, hasta que llega también a su clímax.
Se arranca el forro, se sacude fuerte la pija y acaba sobre mi cuerpo, empapándome de semen... Una lluvia cálida, pegajosa, tonificante...
Me levanto, le agarro la pija y se la chupeteo toda, saboreando gustosa lo que todavía le chorrea por los lados.
Había planeado pasar la noche con Marcos, un compañero de trabajo, pero terminé pasándola con el ex colectivero... Nada mal el cambio...

¿Se acuerdan de Marcos? Ese colega que de ser mi más acérrimo rival paso a ser uno más de mis amantes
Mi marido llegó temprano del trabajo para ocuparse de los chicos, por lo que tendría toda la noche a disposición y no pensaba desperdiciarla. Marcos estaba ahí, y hace tiempo que no echábamos un polvo, así que todos los planetas se alinearon para saldar esa cuenta pendiente. O al menos eso creí.
Éramos como quince, así que al llegar al bodegón, juntamos unas mesas, para poder entrar todos. Cada quién pidió un plato a su elección, con abundante vino y cerveza.
Ya mediando la cena, y mientras que con Marcos nos hacíamos gestos de que en cualquier momento nos íbamos, uno de los chicos pide otra jarra de vino. El mozo que nos atendía no está, así que se la pide al que está atendiendo otras mesas.
Este mozo se acerca, para tomar el pedido, y al tenerlo ahí, enfrente, me quedo paralizada del asombro, porque quién viene para atendernos no es otro que Juan Carlos, el colectivero de la línea 50.
¿Pero que hace acá, si maneja un colectivo?, me pregunto, sorprendida. Aunque nos reconocemos al instante, ninguno dice nada, ya que resultaría por demás evidente que somos mucho más que unos simples conocidos.
Trae la jarra de vino, nos pregunta si queremos algo más, y sigue con sus labores, que es atender las mesas que están del otro lado del bodegón, por eso no lo había visto antes.
Está mucho más canoso, con menos pelo, sin esa pinta de metalero veterano, que fue como lo había conocido, al frente del volante de la línea 50, Correo Central - General Paz.
Los años pasan, pero aún conserva ese sex appeal con el que supo seducirme en su momento.
Luego de un brindis propuesto por un compañero, uno de los tantos que hacemos esa noche, me disculpo y me levanto para ir al baño. Por suerte ninguna de las chicas decide acompañarme, porque lo que hago es pasar cerca del colectivero (ahora mozo) y con un gesto hacerle saber que quiero hablar con él.
Me hace también un gesto para que lo siga, así que cruzamos frente a la cocina, atravesamos un pasillo, doblamos a la derecha y entramos a un cuarto que resulta ser de mantelería.
Juan Carlos prende la luz, cierra la puerta y arrinconándome contra la misma, acerca sus labios a mi oído y me susurra:
-Mirá en dónde te vengo a encontrar...-
Busco su boca con la mía, y tras besarlo, le respondo:
-Es el destino...-
Me sonríe y volvemos a besarnos, más intensamente, expresando ese deseo irrefrenable que se desata cuando estamos juntos.
Ya había planeado pasar la noche con Marcos, pero la presencia del ex colectivero allí, trastocaba todos mis planes. Y por sí tenía alguna duda, al deslizar la mano al interior de mi pantalón y dedearme la concha, me termina de convencer.
-¿Tenés que seguir trabajando?- le pregunto, sintiendo cómo me explora con una técnica deliciosa.
-No, ya estoy libre- repone.
Saca los dedos, se los chupa y entonces me pregunta él a mí.
-¿Y vos? ¿Te quedás con tus amigos?-
Niego con la cabeza.
-Me voy con vos...-
Arreglamos entonces encontrarnos en el estacionamiento del bodegón. Vuelvo a mi mesa, participo de un último brindis, y me disculpo por tener que retirarme antes. Marcos me mira confundido, supuestamente nos íbamos juntos, pero le hago un gesto de que se trata de algo de fuerza mayor.
Me despido de la cumpleañera, deseándole que termine bien su día y antes de salir al estacionamiento le mando un audio a Marcos, prometiéndole recompensarlo más pronto que tarde.
Juan Carlos ya me está esperando en su auto. Apaga el cigarrillo que está fumando y me abre la puerta. Lo primero que percibo al subirme es que está al palo. No sé si se habrá estado acordando de los monumentales polvos que nos echamos en su momento, o anticipando el (los) que nos estamos por echar, pero tiene una carpa a la altura de la entrepierna que confirma ambas teorías.
-¿Sabés? Hay un problema...- le digo, acomodándome a su lado.
-¿Qué, cuál?- pregunta.
-No creo poder aguantarme hasta llegar al telo para chuparte la pija...-
-Ese no es ningún problema...- se sonríe, pelando ahí mismo tremendo fierrazo.
Se lo agarro y se lo meneo, mientras me acerco y lo beso en la boca. Está duro, caliente, hinchado... ¡Mmmmhhhh...! ¡Una delicia!
Bajo la cabeza y se la chupo, arrancándole un exaltado gemido que debe haber estado latiendo en su garganta desde la última vez que estuvimos juntos.
Mientras le como la poronga, vuelve a filtrar una mano dentro de mi pantalón, para dedearme en esa forma que me pone totalmente delirante.
Cuando llegamos al telo, estamos ya a punto de explotar. No hay ni siquiera juego previo, nos sacamos la ropa, nos tiramos en la cama y a coger se ha dicho.
Juan Carlos se tumba de espalda y se menea la chota, vanagloriándose de su tamaño y dureza. Tengo ganas de chupársela de nuevo, pero ya habrá tiempo para eso después, ahora lo que quiero es tenerlo adentro.
"Quiero llenarme de tí...", como dice una vieja canción.
Me subo encima de su cuerpo, a caballito, dejo que él mismo me acomode la pija en la ranura, y al sentirla, cálida e inmensa, desciendo y me la ensarto toda, disfrutando ese llenado que mi cuerpo ya estaba reclamando.
Al tenerme totalmente abotonada, Juan Carlos me aprieta contra su cuerpo, y chupándome desquiciado las tetas, me empieza a bombear desde abajo, arrancándome unos jadeos que revelan lo mucho que me está haciendo gozar.
El ex colectivero es uno de esos hombres de mi vida a los que puedo no ver durante años, pero cuando nos crucemos, den por seguro que terminaremos en una cama.
El primer orgasmo me llega rápido, y tal como lo imaginaba, intenso y brutal. Me mojo toda, tanto que la concha se me abre como la flor de una ducha. Terminamos los dos empapados con el flujo que me sale.
Yo estoy toda desarmada, gozando a morir ese momento, pero Juan Carlos todavía está al dente.
Me voltea de espalda, se pone ahora él encima mío y me sigue cogiendo con embestidas fuertes, profundas, aceleradas.
-¡¡¡Ahhhhhhhhh... Siiiiiiiiiii... Así... Dale... Que rico me cogés... Uhhhhhhhh... No pares... Dame más... Más... Más... Ayyyy...!!!-
Cada pijazo que retumba en mi interior es una llamarada de placer, una plena exaltación de los sentidos.
-Me había olvidado de lo putita que sos...- me elogia en un susurro excitado el ex colectivero.
-¡Siiiiii... Y soy toda tuya... Soy tu putita...!- le confirmo entre gemidos y jadeos.
Esta vez, cuando me llega un nuevo orgasmo, él me acompaña. Acabamos juntos, abrazados, bañados en sudor, respirando agitados, boca a boca.
Cuando sale de encima mío, me levanto y voy corriendo al baño. Necesito mear y soltar todo lo que tengo adentro.
Cuando vuelvo, Juan Carlos ya se sacó el forro repleto de leche, y está descansando, tratando de recuperar energías. Resulta por demás obvio que recién estamos en la primera vuelta.
Me acuesto a su lado, pegada a su cuerpo, sintiendo su calor.
-No cambiaste nada...- le digo -Seguís siendo una máquina garchando-
-La máquina sos vos...- me dice -Un afortunado tu marido...-
Ahora sí hacemos un jueguito previo antes de arrancar la segunda vuelta. Besos, caricias, apretones...
Le vuelvo a chupar la pija, saldando así el pendiente que tenía del comienzo, cuando me quedé con ganas de seguir degustándola. Impresionante como se le pone ésta vez, las venas marcadas a relieve, el glande hinchado y pulsante.
Le suelto encima una escupida cargada, abundante, a modo de lubricación, y me la como hasta hacerle garganta profunda.
Juan Carlos hace un gesto como de estar viviendo un evento religioso, cuando todo su vergón... TODO... desaparece dentro de mi boca.
Se la suelto cuando ya están a punto de saltarme las lágrimas.
-¡Mmmmhhhh... Mmmmhhhh... Que rico estás...!- le digo, ocupándome ahora de sus huevos.
Mientras lo saboreo, Juan Carlos me agarra de la cintura y levantándome como si no pesara nada, me pone sobre su cuerpo, de forma que mientras yo chupo su sexo, él chupa el mío.
Luego de esa chupada mutua, me pongo en cuatro y me palmeo fuerte la cola... ¡CHAS... CHAS...!, haciéndole saber que quiero más verga.
Ya lo había tenido adentro antes, pero cuando me la pone, siento que me derrito de nuevo, mojándome como si me estuviera meando encima.
Juan Carlos me agarra fuerte de la cintura y me coge con la potencia de un toro, la hombría en su máxima expresión.
Es un garche brutal, pero delicioso, de esos que una mujer como yo (su putita) necesita.
Mis encuentros con el colectivero, que no fueron pocos, siempre habían sido intensos, pasionales, arrebatados. Y este no fue la excepción.
Mientras me bombea sin pausa, apoya las manos extendidas en mi cola, una en cada nalga y con los pulgares me empieza a estirar el agujero del culo.
Sí, yo también quiero que me lo haga. Quiero que ese hombre ocupe todos mis agujeros, que me posea por completo. Quiero que me hagas suya de todas las formas posibles.
Me saca la pija de la concha, y embiste contra mi orificio más estrecho... bueno, no tan estrecho...
Ni bien me apoya la punta justo ahí, se me estremece todo el cuerpo.
-¡Culeame... Dale... Dámela toda...!- le reclamo, abriéndome toda para él.
Por supuesto no se anda con sutilezas, un empujón fuerte, firme, preciso y ya está dentro mío...
-¡¡¡Ahhhhhhhhhhhh...!!!- estallo al sentir toda su carne comprimiéndose en mi interior, rebalsándome el culo.
Mientras me trajina sin pausas, le agarro una mano y llevándola hacia mi sexo, hago que él mismo me estimule el clítoris. La pija y sus dedos hacen estragos ahí abajo...
El orgasmo se mantiene ahí, a las puertas, vivo, latente, expectante... Quisiera no acabar nunca y estar siempre en ese instante previo, cuando el placer recién se está armando, y todas las emociones recién se están desatando.
Juan Carlos también parece estar en ese momento, porque acelera de repente. Ya me estaba dando duro antes, pero ahora duplica el ritmo, haciendo estallar mi carne con la suya.
¡¡¡PLAP... PLAP... PLAP... PLAP... PLAP...!!!
Mis gemidos también aumentan de intensidad. Pongo mi mano encima de la suya, y hago que me toque más fuerte, que me meta incluso los dedos adentro de la concha.
Quiero... Necesito... Deseo sentirlo al completo, llenarme de su hombría.
Unos cuantos mazazos más y se viene el estallido... De nuevo acabamos juntos, envueltos en llamaradas de pasión.
Derrumbados sobre la cama, nos abrazamos y nos besamos, entre exhalaciones de placer.
Ahora quién se levanta es él, para ir a mear, mientras yo me quedo tirada, suspirando, tratando de retener en mi cuerpo esa efusión brutal y salvaje.
Desde dónde estoy puedo ver cómo se saca el forro de un tirón, lo desecha en el tacho que está junto al inodoro, y se echa una larga y abundante meada. Se sacude la pija y vuelve a la cama, con una erección que parece no querer bajar.
No tiene un cuerpo escultural, ni músculos marcados, ni brazos fibrosos, es un tipo común, de 56 años, con una panza que delata escaso o casi nulo ejercicio, pero como me excita. Es la hombría en su máxima expresión.
Aunque me acaba de coger a lo bestia, todavía tiene ganas de más...
-¿Seguimos...?- me pregunta, como si leyera el deseo en mis ojos.
Mi respuesta es abrirme de piernas, volviéndome a entregar toda húmeda y ansiosa.
De nuevo me somete a un bombeo demoledor, haciéndome acabar con tan solo unas pocas arremetidas. Él sigue un poco más, tratando de disfrutarme el mayor tiempo posible, hasta que llega también a su clímax.
Se arranca el forro, se sacude fuerte la pija y acaba sobre mi cuerpo, empapándome de semen... Una lluvia cálida, pegajosa, tonificante...
Me levanto, le agarro la pija y se la chupeteo toda, saboreando gustosa lo que todavía le chorrea por los lados.
Había planeado pasar la noche con Marcos, un compañero de trabajo, pero terminé pasándola con el ex colectivero... Nada mal el cambio...

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