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la cirujana infiel

Todo cambió una noche de guardia especialmente pesada. Eran las once y media de la noche. Laura acababa de terminar una cirugía de emergencia de cuatro horas y caminaba por el pasillo del ala de postoperatorio con la bata todavía puesta, el cabello recogido en una cola alta y el cansancio marcado en su rostro. Tenía el cuerpo sudado debajo de la ropa quirúrgica. Sus tetas, firmes y grandes para su complexión delgada, se marcaban ligeramente contra la tela. Su culo redondo y respingón se movía con cada paso.
Ahí estaba él: Diego, el enfermero de 27 años que llevaba seis meses en el turno nocturno. Alto, de hombros anchos, piel morena y brazos fuertes por cargar pacientes y equipos. Tenía una sonrisa fácil y una mirada que siempre se demoraba un segundo de más en el escote de Laura. Esa noche, Diego estaba revisando un carro de medicación en el pasillo desierto.
—Doctora Mendoza, ¿todo bien? —preguntó él con voz baja y ronca—. Se la ve agotada.
Laura se detuvo. Lo miró. Por primera vez no apartó la vista.
—Agotada y con ganas de que alguien me quite esta tensión de encima —respondió ella, sin pensar demasiado.
Diego levantó una ceja. Sonrió de lado.
—¿Y si yo te ayudo con eso, doctora?
No hubo más palabras. Laura miró a ambos lados del pasillo. Nadie. Agarró a Diego por la pechera de su uniforme y lo arrastró hasta la puerta de la sala de descanso de médicos, que estaba vacía a esa hora. Cerraron con llave, pero no del todo. La cerradura tenía un pequeño hueco; cualquiera que pasara por el pasillo podía oír.
En cuanto la puerta se cerró, Diego la empujó contra la pared. Sus bocas se encontraron con hambre. Lenguas que se enredaban, saliva que se mezclaba. Las manos de él fueron directo a las tetas de Laura, apretándolas por encima de la bata.
—Mierda, doctora… tenés unas tetas que me tienen loco desde el primer día —gruñó él.
Laura jadeó. Le bajó el pantalón del uniforme a Diego de un tirón. La pija de él saltó libre, ya dura, gruesa y venosa. Era más grande de lo que imaginaba. Unos buenos veinte centímetros, con la cabeza hinchada y brillante.
—Mmm… mirá la verga que tenés, enfermero —susurró ella, arrodillándose sin pensarlo dos veces.
Se la metió a la boca de un saque. No fue delicado. Laura chupó con ganas, como si necesitara esa pija para sobrevivir. La sacó, la escupió, la lamió desde los huevos hasta la punta. Diego la agarró del pelo y le folló la boca con fuerza.
—Así, puta… mamame la pija bien profundo.
Laura gemía alrededor de la verga. Su concha ya estaba empapada. Sentía cómo le chorreaba por los muslos. Diego la levantó de repente, la sentó en la mesa de la sala de descanso y le abrió las piernas. Le bajó los pantalones quirúrgicos junto con la ropa interior de un solo movimiento. La concha de Laura quedó expuesta: depilada, hinchada, los labios mayores abiertos y brillantes de jugo.
—Qué concha más linda y mojada tenés, doctora —dijo él, arrodillándose.
Le enterró la cara. Lengua dura contra el clítoris, dos dedos adentro moviéndose rápido. Laura tuvo que taparse la boca para no gritar. Se corrió en menos de un minuto, temblando, apretando la cabeza de Diego contra su concha.
Pero eso no fue suficiente. Diego se puso de pie, se escupió la pija y se la metió de un solo empujón hasta el fondo.
—¡Ahh, carajo! —gritó Laura.
La estaba cogiendo fuerte, sin piedad. La mesa crujía con cada embestida. Las tetas de ella saltaban dentro de la bata. Diego le levantó la parte de arriba y se las chupó, mordiendo los pezones duros.
—Te estoy cogiendo como se merece una casada calentona como vos —gruñó él—. Mirá cómo te abre la concha mi verga.
Laura estaba ida. Solo gemía y pedía más.
—Más fuerte… cogeme más fuerte, Diego… meteme toda esa pija.
Él la dio vuelta. Ahora la tenía apoyada contra la mesa, culo en pompa. Le escupió en el culo y le metió un dedo mientras seguía cogiéndola por la concha. Luego, sin avisar, sacó la pija chorreante y se la apoyó en el ojete.
—¿Querés que te coja el culo también, doctora?
Laura ni lo pensó.
—Sí… metémela en el culo.
Diego empujó. La cabeza de la verga entró despacio, abriéndole el culo virgen de tanto tiempo. Laura soltó un gemido largo y ronco. Cuando la tuvo toda adentro, Diego empezó a moverse. Primero lento, después cada vez más rápido. La cogía por el culo con fuerza, las bolas golpeando contra la concha mojada de ella.
—Qué culo apretado tenés, hija de puta… te estoy reventando el orto.
Laura se corrió de nuevo, esta vez más fuerte. Le chorreaba por las piernas. Diego no aguantó más. Sacó la pija y le descargó un chorro espeso y caliente en la espalda y en las nalgas, pintándola de leche.
Se quedaron jadeando. El piso de la sala estaba mojado de jugos y saliva. El olor a sexo llenaba el ambiente.
Pero no habían sido discretos. La puerta no estaba cerrada del todo. El pasillo tenía una cámara de seguridad que apuntaba justo hacia esa zona. Y esa noche, el guardia de seguridad había visto todo en la pantalla del monitor. No grabó audio, pero las imágenes eran claras: la reconocida cirujana Laura Mendoza siendo cogida como una cualquiera por un enfermero en la sala de descanso.
A la mañana siguiente, todo se descontroló.
Martín recibió un mensaje anónimo en su teléfono mientras estaba en la oficina. Era un video corto, de apenas cuarenta segundos, sacado de la cámara de seguridad. Se veía a Laura arrodillada chupando la pija de Diego, luego a ella siendo cogida sobre la mesa y finalmente recibiendo la corrida en el culo. El video tenía fecha y hora de la noche anterior.
Martín sintió que le hervía la sangre. Primero incredulidad. Después una rabia ciega que le subió desde el estómago. Sus manos temblaban mientras reproducía el video una y otra vez. Su mujer, la madre de sus hijos, la cirujana respetada que todos admiraban… siendo tratada como una puta barata en el hospital donde trabajaba.
Llegó a la casa a las seis de la tarde. Los chicos estaban con la abuela. Laura acababa de llegar de otra guardia y estaba en la ducha, lavándose todavía el olor de Diego. Martín entró al baño sin golpear. Abrió la cortina de golpe.
Laura dio un respingo. Estaba desnuda, el agua cayéndole sobre las tetas y la concha todavía un poco hinchada de la noche anterior.
—¿Qué carajo es esto? —rugió Martín, poniéndole el teléfono en la cara.
El video empezó a reproducirse. Laura se puso pálida. No pudo negar nada. Las imágenes eran claras.
—Martín… yo… fue un error… —balbuceó ella.
—¿Un error? —gritó él—. ¡Te vi cogiendo como una perra con ese enfermero de mierda! ¡En el hospital! ¡Donde trabaja todo el mundo! ¿Sabés la vergüenza que me hiciste pasar?
Laura salió de la ducha temblando. Intentó taparse con una toalla, pero Martín se la arrancó de las manos.
—No te tapés ahora, puta. Anoche no te tapabas nada cuando te metían la verga en el culo.
La empujó contra la pared del baño. Estaba furioso, pero también excitado. Su pija se marcaba dura debajo del pantalón. Laura lo notó.
—Martín… perdóname… —susurró ella.
Pero Martín no quería perdón. Quería descargar toda esa rabia.
La llevo de los pelos, sacándola del baño, la tiró sobre la cama del dormitorio. Laura cayó boca abajo. Martín se bajó los pantalones. Su pija no era tan grande como la de Diego, pero estaba dura de pura bronca.
—Ahora vas a sentir lo que es que te coja alguien que te respeta… o que te use como la zorra que sos.
Le abrió las piernas y le metió la pija en la concha de un solo empujón. Estaba seca de los nervios, pero Martín no se detuvo. La cogió con furia, agarrándola del pelo, dándole cachetadas en el culo.
—¿Te gustó que te cogiera ese enfermero, eh? ¿Te corriste cuando te metió la verga en el orto?
Laura gemía. Entre el miedo y la excitación, su concha empezó a mojarse de nuevo.
—Sí… me gustó… —admitió entre gemidos.
Martín se enfureció más. Le metió un dedo en el culo mientras la cogía.
—Entonces hoy te voy a coger yo el culo también, para que sepas quién es tu marido.
Sacó la pija chorreante de la concha y se la apoyó en el ojete. Empujó con fuerza. Laura gritó, pero no se quejó. Martín le reventó el culo con rabia, embistiendo como un animal. Le daba nalgadas fuertes que le dejaban la piel roja.
—Tomá, puta… esto es por haber sido una cualquiera.
Se corrió adentro del culo de Laura, descargando todo su semen caliente. Después la dejó tirada en la cama, jadeando, con la concha y el culo abiertos y chorreando.
Pero la historia no terminó ahí.
Al día siguiente, en el hospital, los rumores ya corrían como pólvora. Alguien más había visto parte de la escena. Una enfermera que pasaba por el pasillo había oído los gemidos y había mirado por la rendija de la puerta. Para el mediodía, todo el personal comentaba en voz baja: «La doctora Mendoza se dejó coger por Diego en la sala de descanso».
Laura fue llamada a la oficina del director. Le hicieron una advertencia formal. No la echaron —era demasiado valiosa—, pero le suspendieron dos guardias y le pidieron «más discreción».
Diego, en cambio, fue trasladado a otro turno. Pero eso no impidió que siguiera mandándole mensajes a Laura.
«Anoche me quedé con ganas de más, doctora. ¿Cuándo repetimos?»
Laura leía los mensajes en secreto, con la concha palpitando. Sabía que estaba mal. Sabía que había arriesgado su matrimonio, su reputación y su familia. Pero el morbo era más fuerte.
Esa misma noche, después de que Martín se durmiera en el sofá, Laura se encerró en el baño. Se sacó la ropa y se miró al espejo. Tenía marcas leves de las nalgadas de Martín. Se tocó la concha, todavía sensible.
Abrió el chat con Diego y le escribió:
«Mañana a la noche en el estacionamiento del hospital. En mi auto. Quiero que me cojas otra vez… pero esta vez quiero que sea más guarro.»
Diego respondió al instante con una foto de su pija dura.
Laura sonrió. Sabía que esto no iba a terminar bien. Sabía que Martín podía descubrirla de nuevo. Pero en ese momento, solo quería sentir otra vez esa verga gruesa abriéndole la concha y el culo.
A la noche siguiente, en el estacionamiento casi vacío del hospital, Laura esperaba dentro de su SUV con los vidrios polarizados. Diego llegó puntual. Subió al asiento trasero. No hubo besos ni palabras bonitas.
Laura se subió la falda, no llevaba ropa interior. Se sentó encima de él y se empaló sola en su pija.
—Cogeme fuerte, Diego… haceme sentir que soy tu puta.
Él la agarró de las caderas y la bajó con fuerza. La cogía desde abajo, clavándole la verga hasta el fondo. El auto se movía. Los vidrios se empañaban. Laura gemía sin control.
—Más… meteme la pija hasta el fondo… quiero que me llenes la concha de leche.
Diego la dio vuelta. Ahora la tenía a cuatro patas en el asiento trasero. Le metió la pija en la concha y después, sin sacarla, se la pasó al culo. La doble penetración con un solo agujero la hizo gritar de placer.
—Qué puta más guarra sos, doctora… cogiendo en el auto como una adolescente en celo.
Laura se corrió dos veces. Diego terminó corriéndose adentro de su culo otra vez, llenándola hasta que le chorreaba por los muslos.
Cuando bajó del auto, Laura tenía la falda arrugada, el pelo revuelto y olor a sexo. Condujo hacia su casa sabiendo que Martín la estaba esperando despierto.
Esa noche, cuando entró, Martín la miró con ojos llenos de furia y deseo al mismo tiempo.
—Otra vez, ¿no? —dijo él con voz ronca.
Laura no contestó. Solo se acercó, se arrodilló frente a él y le bajó el pantalón. Le chupó la pija con la misma hambre con la que había chupado la de Diego horas antes.
Martín la levantó, la tiró sobre la mesa del comedor y la cogió con toda la bronca y el morbo que sentía. Le metió la pija en la concha, después en el culo, y le hizo tragar su leche mientras le decía al oído:
—Sos mi mujer… pero también sos una puta. Y a partir de ahora, voy a tratarte como tal.
Laura se corrió pensando en las dos vergas que había tenido en menos de veinticuatro horas. Sabía que esto recién empezaba. El morbo, la culpa, el peligro… todo se mezclaba en una espiral que no podía parar.
Los días siguientes fueron una locura controlada. Laura seguía siendo la cirujana impecable de día. Operaba, atendía pacientes, sonreía en las reuniones. Pero de noche, cuando las guardias se lo permitían, buscaba a Diego. A veces en el auto, a veces en un hotel barato cerca del hospital, a veces incluso en el mismo cuarto de descanso, pero ahora con más cuidado… o no.
Una vez, casi los descubren. Un residente pasó por el pasillo mientras Diego la tenía contra la pared, cogiéndola de pie. Solo se salvaron porque Laura tapó la boca de Diego con la mano mientras se corría.
Martín, por su lado, se había vuelto más posesivo y más perverso. Cada vez que sospechaba algo, la cogía con más fuerza. A veces le pedía detalles.
—Contame cómo te cogió esta vez —le decía mientras le metía los dedos en la concha todavía llena de semen ajeno.
Laura se lo contaba todo, con lujo de detalles. Y mientras lo hacía, Martín se excitaba tanto que terminaba corriéndose en su cara o en sus tetas.
La familia seguía adelante en apariencia. Los chicos iban al jardín, las comidas familiares continuaban, pero detrás de las puertas cerradas, Laura era la cirujana respetada de día y la puta más guarra de la ciudad de noche.
Una noche, después de una guardia especialmente larga, Laura recibió un mensaje de Diego:
«Esta noche quiero cogerte en la terraza del hospital. A la intemperie. Que nos vea quien quiera.»
Laura dudó solo un segundo. Respondió:
«A las dos de la mañana. Llevá condones… o no. Quiero que me llenes.»
A las dos en punto, en la terraza del décimo piso, con la ciudad de Rosario iluminada abajo, Diego la esperaba. Laura llegó con un abrigo largo y nada debajo. Se lo abrió. Estaba completamente desnuda.
Diego la empujó contra la baranda. La ciudad entera podía verlos si miraba hacia arriba. Le metió la pija en la concha de una sola estocada. La cogió fuerte, con el viento frío golpeándoles la piel. Laura gemía sin control. Sus tetas rebotaban. El culo se movía con cada embestida.
—Mirá cómo te cojo al aire libre, puta… cualquiera puede vernos.
Laura se corrió mirando las luces de la ciudad, sintiéndose expuesta, sucia y completamente viva.
Cuando Diego se corrió adentro de ella, Laura sintió que algo se rompía para siempre. Ya no había vuelta atrás.
Laura bajó del auto con las piernas todavía temblando. El semen de Diego le chorreaba lentamente por el interior de los muslos, pegajoso y caliente. Entró a la casa intentando disimular, pero Martín ya la esperaba sentado en la oscuridad del living, con una cerveza en la mano y los ojos inyectados en sangre.
Esa noche no hubo gritos. Solo una mirada larga, cargada de algo nuevo: una mezcla tóxica de odio, celos y una excitación enfermiza que Martín ya no podía ocultar.
—Sé lo que hiciste —dijo él con voz ronca—. Otra vez. En la terraza del hospital, como una perra en celo.
Laura se quedó quieta. No intentó negarlo. Solo bajó la mirada, pero su concha traicionera se contrajo al recordar la verga de Diego abriéndola al aire libre.
Martín se levantó lentamente. Se acercó hasta quedar a centímetros de ella. Le levantó la falda con una mano y metió dos dedos directamente en su concha todavía abierta y llena de leche ajena.
—Todavía está caliente… y llena de la corrida de ese hijo de puta —gruñó—. Me das asco… y al mismo tiempo me ponés la pija más dura que nunca.
Laura jadeó cuando los dedos de Martín entraron y salieron, revolviendo el semen de Diego dentro de ella.
Al día siguiente, durante el desayuno con los chicos, Martín actuó como si nada. Sonreía, jugaba con Mateo y le hacía trenzas a Sofía. Pero por dentro ardía. La imagen de Laura siendo cogida una y otra vez no lo dejaba dormir. Quería castigarla. Quería humillarla. Y sobre todo, quería ver hasta dónde era capaz de llegar su mujer cuando se sentía libre.
Esa misma tarde, mientras Laura estaba en el hospital, Martín le mandó un mensaje:
«Este fin de semana llevo a los chicos a acampar con mis primos. Salimos viernes después del colegio y volvemos el domingo a la noche. Vos quedate tranquila en casa, descansá.»
Laura leyó el mensaje y sintió un cosquilleo inmediato entre las piernas. Sabía exactamente lo que iba a hacer. Respondió con un simple «Ok, que se diviertan».
Martín sonrió con amargura al leer la respuesta. Sabía que ella mordería el anzuelo.
El viernes por la tarde cargó a los niños en el auto, los llevó hasta la casa de sus tíos en la zona de Funes, a unos veinticinco minutos de Rosario. Les dijo que mamá tenía mucho trabajo y que él se uniría al camping al día siguiente. Los tíos, acostumbrados a ayudar, no hicieron preguntas. Los chicos quedaron felices con sus primos.
Martín volvió solo a Rosario. Llegó a la casa cuando ya estaba oscureciendo. No encendió ninguna luz. Entró por la puerta del garaje, se sacó los zapatos y subió sigilosamente al altillo que daba al dormitorio principal. Había un pequeño espacio entre las tablas de madera y el techo falso donde podía esconderse y ver todo sin ser visto. Se acomodó allí con una botella de agua, el teléfono en modo avión y el corazón latiéndole a mil.
Esperó.
A las diez y media de la noche oyó el sonido de un auto estacionando frente a la casa. La puerta principal se abrió. Laura entró riendo, acompañada de Diego. No venían solos. Con ellos venía otro enfermero del hospital, un tal Lucas, de 29 años, alto, musculoso y con fama de tener una verga enorme.
Martín sintió que le hervía la sangre. No era solo Diego. Su mujer había traído a dos.
—Pasen, chicos —dijo Laura con voz juguetona—. La casa es toda nuestra hasta el domingo.
Diego la agarró de la cintura apenas cruzaron la puerta y la besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta.
—Así que el cornudo de tu marido se llevó a los pibes para que puedas hacerte coger como corresponde, ¿eh? —dijo Diego con una sonrisa cruel.
Laura se rio, pero había algo nervioso en su risa.
—No lo llames así… —murmuró, aunque su concha ya palpitaba.
Lucas, que hasta ese momento había estado callado, se acercó por detrás y le levantó la remera a Laura, dejando sus tetas al aire. Las agarró con fuerza, apretando los pezones entre sus dedos.
—Mirá estas tetas de puta cara que tiene la doctora —comentó Lucas—. Y el marido trabajando como un boludo para mantenerla. Qué lástima.
Martín, desde su escondite, apretó los puños. Su pija, sin embargo, estaba dura como piedra dentro del pantalón.
Los llevó al dormitorio. Laura se dejó desnudar entre los dos. Diego le bajó la pollera y las bragas de un tirón. Lucas le sacó la remera y el corpiño. En menos de un minuto estaba completamente desnuda en su propia cama matrimonial, la misma donde dormía con Martín todas las noches.
—Mirá la concha que tiene —dijo Diego, abriéndole los labios con dos dedos—. Ya está mojada la muy puta. Le encanta que la traten como a una cualquiera mientras el marido cuida a los hijos.
Laura gemía. Se sentía humillada y excitada al mismo tiempo.
Diego se sacó la pija. Gruesa, venosa, ya completamente dura. Lucas hizo lo mismo. Su verga era aún más grande: larga, recta y con una cabeza enorme.
—Arrodillate, doctora —ordenó Lucas.
Laura se puso de rodillas en la cama. Los dos hombres se pararon frente a ella. Laura empezó a chupar alternando entre las dos pijas. Primero la de Diego, después la de Lucas. Las lamía, las escupía, se las metía hasta la garganta hasta que le lloraban los ojos.
—Mirá cómo mama, Lucas —se burló Diego—. Apuesto a que al cornudo de su marido nunca se la chupó así. A él le debe hacer una pajita rápida los sábados y listo.
Laura sacó la pija de su boca solo para contestar, con la voz entrecortada:
—Martín… no es malo… pero no me coge como ustedes…
Lucas se rio y le metió la verga hasta el fondo de la garganta, ahogándola.
—Claro que no. Él es un boludo que paga las cuentas y cría a tus hijos mientras vos abrís las piernas en el hospital y ahora en tu propia casa. Qué puta más asquerosa sos, Laura.
La tiraron sobre la cama. Diego se acostó y la hizo sentar encima de su pija. Laura se empaló sola, bajando lentamente hasta que la verga le llegó al fondo de la concha.
—Ahhh… qué rica pija tenés… —gimió ella.
Lucas se puso detrás. Le escupió en el culo y empezó a meterle un dedo, después dos. Luego apoyó su enorme verga en el ojete y empujó.
Laura soltó un grito largo cuando las dos pijas la penetraron al mismo tiempo. Concha y culo llenos. Los dos hombres empezaron a moverse en sincronía, cogiéndola como animales.
—Tomá, puta —gruñía Diego—. Esto es lo que merecés por ser una esposa infiel de mierda.
Lucas le agarraba el pelo con fuerza, tirándole la cabeza hacia atrás.
—Decilo. Decí que tu marido es un cornudo impotente que no te satisface.
Laura, entre gemidos y lágrimas de placer, obedeció:
—Martín es un cornudo… no me coge como ustedes… me aburro con él…
Martín, escondido en el altillo, veía todo con los ojos muy abiertos. Sentía náuseas, rabia, humillación… y una excitación brutal. Se había bajado el pantalón y se estaba pajeando lentamente mientras observaba cómo destrozaban a su mujer.
Los dos enfermeros la cogían sin piedad. Cambiaban de posición constantemente. La pusieron a cuatro patas. Diego la cogía por la concha mientras Lucas le metía la pija en la boca. Después la dieron vuelta y Lucas la penetró por el culo mientras Diego le follaba la boca hasta hacerla babear.
—Mirá cómo le cabe toda la verga en el orto —se reía Diego—. El marido debe tener una pija chiquita. Por eso la doctora busca verga de verdad.
Laura se corrió varias veces. Chorros de squirt le salían de la concha cada vez que le tocaban el punto G. La cama estaba empapada.
Al final, los dos hombres se pararon sobre ella. Laura se arrodilló en el piso, con la cara levantada, la boca abierta y la lengua afuera.
—Pedilo —ordenó Lucas.
—Por favor… córranse en mi cara… enléchenme como la puta que soy mientras mi marido cuida a los chicos…
Diego y Lucas se pajearon fuerte hasta que descargaron chorros espesos y abundantes de leche sobre la cara de Laura. Le llenaron la frente, los ojos, la nariz, la boca. Un hilo grueso le cayó sobre las tetas.
Laura tragó lo que pudo, sonriendo con la cara destruida de semen.
—Gracias… —susurró—. Me encanta que me usen así…
Diego le dio una última cachetada suave en la cara.
—Decile a tu marido cuando vuelva que su mujer es una guarra sin remedio. Y que la próxima vez quizás traigamos a más compañeros del hospital para que te hagan un tren.
Se vistieron y se fueron riendo.
Laura se quedó un rato tirada en el piso del dormitorio, con la cara y el cuerpo cubiertos de semen, la concha roja e hinchada, el culo abierto y chorreando. Se tocó lentamente, todavía excitada.
Desde el altillo, Martín bajó en silencio cuando oyó que el auto de Diego se alejaba. Bajó las escaleras sin hacer ruido y entró al dormitorio.
Laura levantó la vista, sorprendida y asustada al verlo allí.
—Martín… ¿qué hacés acá? Pensé que…
Él no dijo nada al principio. Solo la miró de arriba abajo: su mujer, la madre de sus hijos, la cirujana respetada, completamente destruida, con la cara pintada de leche ajena.
Se bajó el pantalón. Su pija estaba durísima.
—Limpiate la cara con la lengua —le ordenó con voz fría.
Laura, todavía en shock, obedeció. Se pasó la lengua por los labios y tragó los restos de semen de los dos enfermeros.
Martín se acercó, la agarró del pelo y le metió la pija en la boca todavía sucia.
—Ahora vas a contarme todo lo que te dijeron… todo lo que te hicieron… mientras te cojo hasta que no puedas sentarte.
Y mientras Laura empezaba a relatar entre gemidos cómo la habían humillado, llamándola puta, guarra, esposa infiel y madre de mierda, Martín la penetró con furia, mezclando su semen con el de los otros dos hombres dentro de la concha y el culo de su mujer.
Esa noche, la humillación se convirtió en el nuevo combustible de su matrimonio retorcido.
Martín ya no quería parar. Quería ver más. Quería que Laura se hundiera cada vez más profundo en esa espiral de morbo y degradación.
Y Laura… Laura ya no sabía si podía, o quería, detenerse.
Fin
la cirujana infiel

3 comentarios - la cirujana infiel

Elpndjomacho
tremendo relato!! una puta hecha y derecha la cirujana, gracias por compartir @ julietanay +10 a fav
Pipi-tolargo
Soy enfermero, las doctoras putas me vuelven loco, y la pija se me puso al palo leyéndote. +10