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El mañanero


El sol apenas rayaba cuando Luis abrió los ojos y lo primero que le pegó fue la imagen de María ahí, sentada al borde de la cama, de espaldas a él, peleando con el cierre del sostén de encaje rosado. La tela se le escapaba de los dedos ,el broche no entraba, y ella soltaba un “¡la puta madre!” entre dientes, frustrada, moviendo los hombros. Esa espalda suave, esa curva de la cintura que se perdía en las nalgas grandes y redondas apenas cubiertas por la tanguita azul marino que se le metía entre el culo… eso fue suficiente. La verga de Luis, que ya venía medio parada del sueño húmedo que traía, se le empinó de golpe, dura como piedra, palpitando contra la sábana, goteando una gota espesa que se le escapó de la punta.

El mañanero

No esperó ni un segundo. Se incorporó de rodillas detrás de ella, le puso las manos calientes en la espalda baja, justo donde la piel se ponía más sensible, y fue bajando despacio, clavándole los dedos en la carne blanda de las nalgas. Las apretó fuerte, las separó un poco, dejando que la tanguita se hundiera más en el surco. Le pasó el pulgar por encima de la tela, rozándole el ano por encima, y después metió los dedos por los bordes, jalando la tela hacia un lado para tocarle directo la piel caliente y húmeda.

—Ay ,Luis, no jodas… me estoy vistiendo, carajo… —dijo ella, pero la voz le salió ronca, entrecortada, y no se movió para apartarse.

Él se pegó contra su espalda, le besó el cuello con mordidas suaves que le dejaron marcas rojas, le chupó el lóbulo de la oreja y le susurró con voz gruesa:

—Ni madres te dejo salir sin que te coja primero… mírate, toda calientita, con la chucha ya mojada… se te nota.

María intentó resistir un segundo más, pero cuando sintió la verga dura presionándole contra el culo, se le escapó un gemido traicionero. Giró rápido, se puso de rodillas frente a él en la cama, le bajó el boxer de un tirón violento y la verga le saltó a la cara, gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Olía a macho, a deseo puro.

—La puta que te parió… qué rica te pusiste… —murmuró ella, agarrándola con las dos manos, apretándola fuerte desde la base hasta la punta, sacándole más gotas que le chorrearon por los dedos.

Primero le pasó la lengua plana por toda la verga, de abajo hacia arriba, lamiendo lento, saboreando cada vena. Después se metió la cabeza entera en la boca, succionando fuerte, haciendo ruido de saliva y gemidos ahogados. Luis le agarró el pelo con las dos manos, le jaló la cabeza hacia adelante y empezó a follarle la boca despacio pero profundo, sintiendo cómo la garganta se abría para tragársela toda.
—Así, mi puta… chúpamela hasta el fondo… trágatela toda… —le decía entre jadeos, moviendo las caderas, follándole la cara mientras ella gemía y babeaba.

María se la sacó un segundo para respirar, con hilos de saliva colgándole de los labios, y le miró con ojos vidriosos:

—Quiero sentirte adentro… ya no aguanto…

Se quitó el sostén de un manotazo, las tetas grandes y pesadas rebotaron libres, pezones duros como piedras. Se arrancó la tanguita empapada, la tiró al piso y se subió encima de él a horcajadas. Agarró la verga con una mano temblorosa, se la apuntó al coño hinchado y rosado, y se dejó caer de golpe, tragándosela entera hasta que los huevos le golpearon el culo.

Los dos gritaron al mismo tiempo.

—Ay, carajo… qué rico me llenas… me partes en dos… —gimió ella, empezando a moverse como loca, subiendo y bajando rápido, haciendo que las nalgas le rebotaran contra los muslos de él con palmadas fuertes.
Luis le agarró las tetas con las dos manos, las apretó brutal, les pellizcó los pezones hasta que ella soltó un grito de placer y dolor mezclado. Le mordió uno, lo chupó fuerte, mientras le decía:

—Muévete más duro, mi reina… móntame como perra… quiero sentir cómo me aprietas el rabo con esa chucha caliente…

Ella aceleró, el colchón chirriaba como si se fuera a romper, el sonido de la carne chocando contra carne llenaba el cuarto, mezclado con los gemidos y las palabras sucias.

—Dame más… rómpeme la chepa, Luis… ¡clávamela hasta el fondo, papi! ¡Sí, así, culéame duro!

Él la agarró de las caderas, la levantó un poco y empezó a bombear desde abajo con fuerza, embistiéndola como loco, haciendo que las tetas le brincaran descontroladas. De pronto la volteó de un tirón, la puso en cuatro, le separó las nalgas con las dos manos y le escupió directo en el culo antes de volver a metérsela en el coño de un solo empujón brutal.

—Te voy a reventar… te voy a llenar hasta que te chorree por las piernas… —gruñó, dándole nalgadas fuertes que le dejaban la piel roja y ardiente.

María empujaba hacia atrás, pidiéndole más, gritando:

—¡Sí, córrete adentro! ¡Lléname toda, amor! ¡Me vengo… ay, me vengo ya…!

El orgasmo la atravesó como corriente, el coño se le contrajo alrededor de la verga, apretándola tan fuerte que Luis no aguantó. Se vino con un rugido, descargando chorros calientes y espesos dentro de ella, uno tras otro, hasta que le empezó a gotear por los muslos, mezclándose con los jugos de ella.
Se quedaron pegados, jadeando, sudados, temblando. La verga todavía dentro, palpitando suave. María se giró a medias, le dio un beso lento y profundo, con lengua, y le susurró con voz ronca:

—Ahora sí me dejas ir a trabajar, … el café ya está listo. Esta noche te quiero listo para un nuevo round… y no me vengas con excusas.

Luis se rio bajito, todavía enterrado en ella, y le mordió el labio:

—Cuando quieras, mi vida… te voy a dar hasta que no puedas ni caminar.

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