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Mi mamá y el futbol 1

El sol de mediodía pegaba fuerte sobre el césped sintético, pero el calor que se sentía en las gradas era de otro tipo. Mi mamá estaba sentada en la tercera fila, piernas cruzadas, el blue jean ajustado marcando cada curva como si hubiera sido cosido directamente sobre su piel blanca y tersa. El top negro, de escote sutil pero profundo, dejaba ver justo lo suficiente para que más de un padre desviara la mirada y luego fingiera que no lo había hecho. Llevaba el cabello oscuro suelto, cayéndole en ondas sobre los hombros, y unas gafas de sol grandes que sólo se quitaba cuando gritaba mi nombre.
— ¡Vamos, Cesar, mi amor! ¡Tú puedes, carajo! Su voz cortaba el aire cada vez que tocaba el balón. Yo había entrado a los quince minutos del segundo tiempo, con el marcador 2-0 en contra y las piernas todavía pesadas de los nervios. Suplente de lujo, como siempre. Pero ella gritaba como si yo fuera el nueve titular y estuviéramos a un gol de remontar la final de la liga.
Leonardo, el 10 del otro equipo, era otra cosa. Hijo de padre argentino y madre Mexicana. Diecinueve años, cuerpo tallado en gimnasio y cancha, pelo húmedo pegado a la frente, sonrisa de quien sabe que el partido ya es suyo aunque todavía falten veinte minutos. Había metido los dos pases de gol sin despeinarse. Corría con una elegancia perezosa, como si le sobrara talento y le fastidiara tener que demostrarlo. En una de esas, intenté cerrarle el espacio. Le entré con todo el cuerpo, pierna alta, lo toqué apenas con la punta de la bota. Falta clara. El árbitro pitó y mi mamá se puso de pie de un salto.
— ¡Eso no es falta, árbitro! ¡Está jugando con miedo, no seas pendejo! Los demás padres la miraron entre escandalizados y fascinados. Leo, desde el suelo, levantó la vista hacia las gradas. Frunció el ceño un segundo al verla. No dijo nada, sólo se levantó sacudiéndose el short y siguió. Minutos después me dejó parado con un amague de cuerpo y definió con el exterior. 3-0. Mi mamá volvió a gritar, pero esta vez su voz sonó más contenida.
— ¡Tranquilo, mi vida! ¡Tú sigues siendo el mejor! Leo, al celebrar, miró otra vez hacia arriba. Frunció el ceño de nuevo, pero esta vez la comisura de su boca se curvó apenas. Como si acabara de entender algo. La siguiente jugada fue peor. Me dribló con dos toques suaves, me dejó sentado en el césped y fusiló al portero. 4-0. Mi mamá gritó mi nombre otra vez, pero el fervor ya se le había escapado un poco. Su voz llegó más suave, casi íntima, como si estuviera hablándome sólo a mí entre tanta gente. 
Yo seguía en el suelo, respirando agitado, viendo cómo Leo corría hacia el centro con los brazos abiertos. Miró hacia las gradas. Directo a ella. La última falta fue fuera del área. Le entré tarde, desesperado. Mi mamá se levantó otra vez.
— ¡No mames, árbitro! ¡Eso no es falta, está exagerando! Leo se acomodó el balón. Mamá seguía de pie, el pecho subiendo y bajando rápido. Él tomó carrera, disparó con efecto, el balón besó el ángulo. 5-0. Y entonces, mientras sus compañeros lo abrazaban, Leo se giró hacia las gradas, se llevó la mano al corazón y, con una lentitud casi teatral, hizo una reverencia profunda mirando exactamente donde estaba mi mamá. Ella se quedó quieta. No gritó. No aplaudió. Sólo se mordió el labio inferior un instante, bajó la mirada y volvió a sentarse despacio. Las otras mamás la miraron de reojo. Algunos padres carraspearon. El silbatazo final llegó poco después. 
Cuando bajé del campo, sudoroso, con la camiseta pegada al cuerpo y las piernas temblando, ella ya estaba esperándome al borde de la reja. Me abrazó fuerte, como siempre, aunque esta vez sentí que su cuerpo estaba más caliente de lo normal.
— ¿Quién es ese muchacho, Casarín? —preguntó en voz baja, casi al oído, mientras me pasaba una botella de agua.
—Leonardo. El 10. Dicen que en unos meses ya está firmando profesional.
Ella asintió despacio, sin despegar los ojos del campo. En ese momento, Leo salió del vestidor con su mochila en una mano y una sonrisa que parecía tallada en mármol. Sus compañeros lo rodeaban, pero mi mamá no dudó. Se abrió paso entre ellos con esa seguridad que sólo tienen las mujeres que saben exactamente lo que valen. Los chicos se apartaron, por instinto le miraron el culo. Le tendió una tarjeta blanca impecable.
—Luciana Torres. Abogada y contadora. Cuando firmes contrato profesional vas a necesitar un sponsor, alguien que te cuide las espaldas… y las cuentas. Llámame. Leonardo tomó la tarjeta con dos dedos, la leyó despacio, levantó la vista y la miró de arriba abajo sin disimulo. Sonrió de lado.
—Gracias. Lo tendré muy en cuenta. Ella le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego se dio la vuelta y regresó conmigo, ante la mirada atenta de Leo y sus compañeros. Me pasó el brazo por los hombros, apretándome contra su cuerpo. Olía a perfume caro, sudor limpio y algo más… algo que no supe nombrar.
—Vámonos a casa, mi amor —susurró, rozándome la oreja con los labios—. Te voy a preparar ese baño caliente que tanto te gusta. Mientras caminábamos hacia el estacionamiento, sentí la mirada de Leo clavada en nosotros. En ella. Y supe que esa tarjeta no iba a terminar en el fondo de un cajón.
La semana pasó lenta, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso después de aquel partido. En casa, el ambiente era el de siempre: mamá tarareando en la cocina, el olor a café recién hecho por las mañanas, yo haciendo tareas en la mesa del comedor. Pero había algo diferente en ella. Pequeños detalles que antes no notaba tanto. El miércoles por la noche, mientras veíamos una serie en el sofá, mi mamá se giró hacia mí con esa naturalidad fingida que usa cuando quiere sonsacar información sin que parezca importante.
—Casarín… ¿y cuándo vuelve a jugar el equipo de Leo? —preguntó, como si se le acabara de ocurrir—. La miré un segundo. Ella tenía las piernas cruzadas, el short de algodón gris subido hasta medio muslo, dejando a la vista esa piel blanca y suave que parecía brillar bajo la luz tenue de la lámpara. El top holgado se deslizaba un poco por un hombro, dejando ver el tirante negro del sostén.
—Este sábado —respondí, intentando sonar indiferente—. A las cuatro de la tarde, en el mismo campo. Ella sonrió, leve, y volvió la vista a la pantalla. —Qué bien. Tal vez vayamos a verlo, ¿no? Para que veas cómo juega el que te va a quitar el puesto en la selección amateur —bromeó, pero su voz tenía un matiz juguetón que no era del todo inocente. No dije nada más. Solo asentí.
El sábado llegó con un sol fuerte y un cielo sin una sola nube. Llegamos temprano. Mamá se había puesto un vestido veraniego blanco, ligero, de tirantes finos y falda que le llegaba justo por encima de las rodillas. El escote era discreto, pero cada vez que se inclinaba o el viento lo movía, se adivinaba la curva generosa de sus senos y el encaje del brasier push-up que los levantaba con descaro. Llevaba sandalias de tacón bajo y el cabello suelto, negro y brillante, cayéndole por la espalda como una cascada de medianoche.
Nos sentamos en las gradas de metal, a media altura. El partido empezó puntual. Leo estaba imparable. Cada vez que tocaba el balón, mamá se inclinaba un poco hacia adelante, los labios entreabiertos, los ojos brillantes. Cuando metió el primer gol —un disparo cruzado desde fuera del área—, ella se puso de pie de un salto y aplaudió con fuerza, soltando un “¡Vamos, Leo!” que se escuchó claro entre el murmullo de la gente. 
El segundo gol llegó en el minuto 78: regateó a dos defensas y definió con una vaselina perfecta. Mamá gritó de emoción, se llevó las manos a la boca y luego aplaudió otra vez, esta vez más despacio, como si estuviera saboreando el momento. Yo la miré de reojo. Sus mejillas estaban sonrosadas. No solo por el sol. El partido terminó 3-1 a favor de ellos. Leo fue el héroe indiscutible. Mientras la gente empezaba a bajar de las gradas, le dije a mamá que iba al baño un momento. Ella asintió, todavía con esa sonrisa satisfecha en los labios. 
Cuando regresé, cinco minutos después, los vi. Estaban cerca de la salida del campo, al pie de las gradas. Leo todavía con la camiseta sudada pegada al cuerpo, el cabello húmedo revuelto, una botella de agua en la mano. Mamá frente a él, un poco más cerca de lo que dictaría la distancia entre una espectadora y un jugador. Hablaban. Ella reía bajito, inclinando la cabeza, dejando que un mechón de cabello le cayera sobre la cara. Él se lo apartó con dos dedos, gesto casual pero íntimo, y ella no se apartó. Me senté en una de las bancas más altas, a unos metros, y los observé. 
Leo sacó el celular. Mamá sacó el suyo. Intercambiaron números. Ella tecleó rápido, él sonrió de lado mientras guardaba el contacto. Luego hablaron un poco más. Ella le tocó el brazo un segundo —solo un roce de dedos en el bíceps—, y él se inclinó para despedirse. Un beso en la mejilla. Pero no fue rápido. Los labios de el se demoraron un instante más de lo necesario, rozando apenas la piel de ella. Mamá cerró los ojos un segundo. Cuando se separaron, los dos sonrieron como si compartieran un secreto.
Desde el otro lado del campo, dos compañeros de Leo se acercaron, dándole palmadas en la espalda. — ¡Goleador! ¡Y qué partidazo, cabrón! —gritó uno. El otro, más bajo, miró hacia mamá que ya caminaba hacia mí, y le dijo a Leo en voz alta, sin importarle que lo escucharan: —Y qué buena onda con la morra, eh. Te echaste un partidazo dentro y fuera de la cancha, pinche suertudo. Leo solo rio, negó con la cabeza como quitándole importancia, pero sus ojos la siguieron mientras ella subía las gradas hacia donde yo estaba. 
En el auto, de regreso a casa, el celular de mamá no paraba de vibrar. Mensaje tras mensaje. Ella lo miraba de reojo mientras conducía, una sonrisa pequeña y permanente en los labios. 
—Parece que hiciste match —dije, intentando sonar casual. Ella giró la cabeza hacia mí, los ojos brillantes, casi traviesos.
—Sí… parece que sí —respondió, y su voz salió baja, ronca, como si estuviera confesando algo que las dos sabíamos desde hacía días. Guardó el teléfono en el bolso y arrancó cuando el semáforo cambió.
—Voy a salir con él mañana —me dijo de pronto, sin mirarme directamente—. Nada serio, cita de trabajo… y a tomar algo. A conocernos mejor. Asentí. No supe qué más decir. El resto del camino fue silencio. Pero no era un silencio vacío. Era un silencio cargado de anticipación, de imágenes que empezaban a formarse en mi cabeza sin que pudiera detenerlas: mamá riendo con él, mamá acercándose más, mamá dejando que esas manos grandes y fuertes la tocaran donde yo nunca había imaginado que alguien más lo haría. Y en el fondo, muy en el fondo, una parte de mí no quería que parara.
Esa noche, después de que mamá anunció que saldría con Leo al día siguiente, la casa se llenó de un silencio diferente. No era el silencio cómodo de siempre. Era un silencio que pesaba, que tenía textura. Me enceré en mi cuarto. Sin quitarme el tenis me acosté en la cama, mirando el techo con las manos detrás de la cabeza. El ventilador giraba lento, haciendo un ruido monótono que no lograba tapar los pensamientos que me daban vueltas. ¿Por qué no me molestaba más? Debería estar furioso. Debería sentir asco, celos puros, rabia de hijo protector. Mi mamá -coqueteando con un chico de 19 años, 1 año menor que yo. Un tipo que me había humillado en la cancha, que había metido 3 goles y me los había festejado en la cara. Y ahora ese mismo tipo le escribía mensajes que hacían que mi mamá sonriera al celular como una adolescente.
Y sin embargo…Cuando los vi besarse en la mejilla, ese beso que duró un segundo de más, no fue solo enojo lo que sentí. Fue un nudo en el estómago, sí, pero también un calor que bajó directo entre las piernas. Una erección repentina, incómoda, traicionera. Tuve que cruzar las piernas en la banca de las gradas para que nadie notara. Me odiaba por eso. Me odiaba porque, en el auto de regreso, mientras mamá tarareaba bajito y contestaba mensajes con una mano en el volante, no podía dejar de imaginarla con Leo. Las manos grandes de leo en la cintura breve de ella. Los labios de Leo bajando por el cuello blanco que siempre olía a vainilla y a perfume caro. Los muslos carnosos de mamá abriéndose para él, los jeans ajustados tirados en algún rincón, el top negro levantado, los pezones saltones endureciéndose bajo la lengua de ese cabrón que corría como si el balón fuera suyo por derecho divino.
Cerrando mis ojos. Mi mano bajó sola hasta el cierre del pantalón. Toque mi verga por encima de la tela, solo un roce, como probando si el cuerpo seguía respondiendo a esas imágenes prohibidas. Y sí. Respondía. Dolorosamente. Me detuve. Respire hondo. No era solo atracción física lo que sentía por mamá. Siempre la había visto hermosa, siempre había sentido ese orgullo torcido cuando los demás la miraban. Pero ahora era diferente. Ahora había un tercero. Un intruso. Y en lugar de querer sacarlo a patadas, una parte enferma quería… ¿ver? ¿Saber? ¿Que pasara? Quería odiar a Leo. Pero también lo envidiaba. Envidiaba esa seguridad, esa altura, ese cuerpo que parecía tallado para el deporte y para el deseo. Envidiaba que mamá lo hubiera elegido a él para sonreírle de esa forma, para tocarle el brazo, para contestarle mensajes hasta la medianoche. Y lo peor: envidiaba que Leo pudiera tener sus besos, sus caricias y disfrutara de su cuerpo.
Fui al baño a lavarme la cara con agua fría. Me mire en el espejo, debajo de la vergüenza había algo más oscuro, más caliente: curiosidad. Una curiosidad malsana que me hacía preguntarme cómo sería escucharlos. Cómo sonaría la risa de mamá cuando Leo la besara de verdad. Cómo se vería su cuerpo moviéndose debajo de él. Si gemiría bajito o si soltaría esos suspiros roncos que a veces se le escapaban cuando se estiraba en la mañana. Apague la luz del baño y volví a la cama. Me tire boca abajo, enterrando la cara en la almohada para no pensar más. Pero pensé. Pensé en mañana. En que mamá se arreglaría frente al espejo del pasillo, poniéndose ese vestido negro que se pegaba a todo, pintándose los labios de rojo oscuro, perfumándose en las muñecas y en el hueco entre los senos. Saliendo de casa, moviendo las caderas y el culo rítmicamente hasta el auto de Leo. Me quede dormido así, con el miembro todavía medio duro contra el colchón, el corazón latiendo fuerte y un nudo en la garganta que no era solo tristeza. Era deseo. Era confusión. Era el principio de algo que no tenía nombre todavía.
El sol ya se había escondido cuando el sonido del agua empezó a correr en el baño principal. Era domingo por la noche, pero para Mamá era como si el fin de semana apenas estuviera empezando. 
Yo estaba en la sala, hundido en el sofá, con el control remoto en la mano y el partido de la Liga MX encendido en la pantalla grande. No prestaba atención real al juego; los jugadores corrían, el comentarista gritaba, pero mi cabeza estaba en otro lado. El estómago me daba vueltas. Cada pocos minutos miraba el reloj del decodificador: 8:17… 8:22… 8:28. Leo llegaría en cualquier momento. 
Desde el pasillo llegó el ruido amortiguado del agua golpeando las baldosas, el vapor escapando por debajo de la puerta entreabierta del baño. Luego, la voz de mamá, suave pero clara, atravesando el chorro constante.
—Casarín, amor… ¿me traes una toalla? Se me olvidó—. Tragué saliva. Me levanté casi de un salto, como si hubiera sido pillado en algo. Caminé rápido por el pasillo hasta su recámara. El aroma de su gel de baño ya flotaba en el aire: vainilla con un toque de coco, dulce y cálido. Sobre la cama estaba extendido el vestido que había elegido: negro, ajustado, de escote en V profundo y falda que terminaba a medio muslo. Junto a él, el sostén de encaje negro y las tangas a juego. Sentí un calor subir por el cuello.
Abrí el armario del baño contiguo y agarré la primera toalla que vi: mediana, blanca, de esas suaves que ella prefiere. La doblé rápido y me acerqué a la puerta del baño, que estaba entreabierta unos quince centímetros.
—Aquí tienes, ma —dije, extendiendo el brazo sin mirar del todo. La cortina de la ducha se abrió de golpe. El vapor salió en una nube espesa. Y ahí estaba ella desnuda. No pude evitar mirarla. Fue solo un segundo. Pero suficiente para que mi pulso se disparara. Ella sonrió, esa sonrisa lenta y natural que siempre usaba, como si no tuviera idea del efecto que causaba.
—Gracias, mi amor —dijo, tomando la toalla de mis manos. Sus dedos rozaron los míos, fríos por el agua, pero su piel seguía caliente—. Ya casi termino.
Salió descalza, el agua todavía resbalando por su piel blanca como perlas líquidas. La toalla que le había dado apenas alcanzaba: la había envuelto alrededor del torso, pero el borde inferior quedaba justo donde empezaban los muslos, dejando expuestas esas piernas interminables, torneadas, carnosas en los lugares precisos. 
El agua goteaba de su cabello negro ondulado, pegado a la espalda y a los hombros, y bajaba en riachuelos por el valle entre sus senos, que empujaban contra la tela húmeda de la toalla. Los pezones se marcaban claramente, endurecidos por el cambio de temperatura. La curva de sus caderas se insinuaba bajo el nudo precario de la tela, y cuando dio un paso hacia adelante, la toalla se levantó un poco más, revelando el inicio de sus nalgas firmes, redondas, en forma de corazón perfecto.
Caminó hacia su recámara con esa sensualidad innata que no necesitaba esfuerzo: el balanceo sutil de caderas, el movimiento de los muslos rozándose apenas, las gotas de agua dejando un rastro brillante en el piso de madera. Cerró la puerta detrás de ella, pero no con llave. Nunca lo hacía.
Volví a la sala temblando un poco. Me senté de nuevo, subí el volumen del partido para tapar el ruido de mi propia respiración. Intenté concentrarme en el balón, en los pases, pero solo veía fragmentos de ella: la curva de su cintura, el brillo del agua en sus piernas, el modo en que la toalla se había adherido a su cuerpo como una segunda piel. Entonces sonó el rugir potente de una moto en la calle, segundos después sonó el timbre. Mi corazón dio un brinco.
—Casarín, ¿puedes abrir? —Gritó mamá desde su recámara —Es Leo. Hazlo pasar a la sala, por favor—.
Respiré hondo. Me levanté. Las manos me sudaban. Abrí la puerta. Ahí estaba él. 1.83, camiseta azul cielo ajustada marcando el pecho definido, jeans oscuros, tenis deportivos impecables. El cabello todavía un poco húmedo de la ducha, olor a jabón fresco y colonia masculina. Me miró con esa sonrisa confiada.
—Qué onda, campeón —dijo, extendiendo la mano. —Qué tal —respondí, estrechándola. La suya era grande, firme. La mía se sintió pequeña.
— ¿Y Luciana?
—Se está terminando de arreglar, pasa. Lo hice entrar. Se sentó en el sofá, relajado, piernas abiertas, como si ya fuera su casa. Yo me quedé de pie un momento, incómodo, antes de sentarme en el sillón de enfrente.
—Buen partido el del otro día, ¿no? —Dijo, rompiendo el hielo—. Tu equipo jugó bien, pero nosotros estamos en otra liga, ¿verdad? 
Sonreí forzado.
—Sí… felicidades por los goles.
—Gracias. Ya me andan hablando de un equipo de segunda división. Si sigo metiendo así, me voy pronto. —Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Pero oye… ¿tú y Luciana son hermanos o qué? Se ven muy cercanos. Tragué saliva. El nudo en la garganta se apretó.
—No. Es mi mamá. Leo parpadeó. Pasó saliva visiblemente. La nuez de Adán subió y bajó. Por un segundo perdió esa seguridad de capitán. Luego soltó una risa baja, nerviosa.
—Ah… caray. No me lo esperaba. —Se rascó la nuca—. Pues… se ve… increíble para ser tu mamá. No supe qué contestar. Solo asentí. En ese momento se abrió la puerta de la recámara. Luciana mi mamá salió. 
El vestido negro se adhería a su cuerpo como si estuviera mojado. El escote dejaba ver el inicio de sus senos firmes, el encaje del brasier asomando apenas. El vestido corto ajustado, abrazaba sus caderas y muslos, y cada paso hacía que la tela subiera un centímetro, mostrando esas piernas espectaculares, bronceadas por el sol de las canchas y los paseos. Llevaba tacones negros de aguja, el cabello suelto y ondulado cayendo sobre un hombro, labios pintados de rojo oscuro, ojos delineados que parecían más grandes, más profundos. Caminó hacia nosotros con esa gracia felina. El perfume llegó antes que ella: intenso, floral, con un fondo almizclado que prometía cosas.
—Hola, guapo —le dijo a Leo, inclinándose para besarlo en la mejilla. Sus labios rozaron la piel de él un segundo más de lo necesario. Leo se puso de pie rápido, la tomó de la cintura con una mano y devolvió el beso en la mejilla de mi mama. Ella no se apartó. Por unos instantes se miraron fijamente. Luego se giró hacia mí.
—Casarín, te duermes temprano, ¿sí? No me esperes despierto. Lo dijo con ese tono maternal, casi infantilízate, como si yo tuviera diez años. Sentí las mejillas arder.
—Sí, ma. Leo me miró, sonrió de lado, y con sorna me dijo:
—Nos vemos, Casarín. Cuídate. Humillado lo mire tomar la mano de mamá. Los dedos de él se entrelazaron con los de ella, posesivos. Caminaron hacia la puerta. Yo los seguí como un autómata. En el umbral, mamá se giró un segundo y me mandó un beso volado.
—Te quiero, mi amor— Cerré la puerta detrás de ellos.
Desde la ventana de la sala los vi en el garaje, mamá saco su camioneta y Leo metió su moto a nuestro garaje. Ella bajo a cerrar el portón y le cedió las llaves de su camioneta a Leo, este le abrió la puerta del copiloto como caballero. Ella subió, la falda se levantó lo justo para mostrar más muslo. Leo rodeó el auto, se subió, encendió el motor. Las luces traseras se encendieron rojas. La camioneta se alejó despacio por la calle, giró en la esquina y desapareció. 
Me quedé ahí parado, con la frente pegada al vidrio frío. El partido seguía sonando en la televisión, pero ya no había nadie viéndolo. Solo yo. Y un silencio que pesaba toneladas.
La puerta se cerró con un clic suave, casi inaudible, pero para mí sonó como un portazo en el pecho. Me quedé ahí, de pie en el recibidor, con la mano todavía en el pomo, mirando el espacio vacío donde hacía segundos habían estado ellos dos. La camioneta ya había desaparecido en la esquina, llevándose el ronroneo del motor y el perfume de mamá que aún flotaba en el aire como un rastro invisible.
Caminé despacio hacia la sala. La pantalla seguía encendida, el partido ya en el segundo tiempo, pero el volumen parecía lejano, como si viniera de otra casa. Me dejé caer en el sofá, exactamente donde Leo había estado sentado minutos antes. El cojín aún conservaba un poco de su calor corporal. Lo noté porque puse la mano ahí sin querer, y sentí la huella tibia. La retiré rápido, como si quemara.
La casa estaba en silencio absoluto, salvo por el murmullo del comentarista y el tic-tac del reloj de pared. Ese silencio me aplastaba. Era la primera vez en mucho tiempo que me quedaba solo de verdad, sin el ruido de fondo de mamá moviéndose por la cocina, tarareando, preguntándome si quería algo de cenar. Sin su risa suave cuando leía algo gracioso en el celular. Sin ella.
Y ahora ella estaba con él. Cerré los ojos y dejé que las imágenes llegaran solas, sin resistirme esta vez. Porque resistirme ya no servía de nada. La imaginé subiendo al auto, la falda del vestido negro subiéndose un poco más al sentarse, dejando a la vista el muslo blanco y firme que Leo seguramente miró mientras arrancaba. Lo imaginé poniendo la mano en su rodilla, casual al principio, como probando. Mamá no la apartaría. No de inmediato. Sonreiría esa sonrisa lenta, la misma que me dedicaba a mí cuando yo hacía algo bien en la escuela o en la cancha, pero ahora era para él. Para ese cabrón que medía 1.83 y tenía el cuerpo que yo nunca tendría.
Pensé en cómo hablarían en el camino. En voz baja, con esa complicidad que se forma cuando dos personas ya saben que van a terminar en la misma cama. Leo le diría algo sobre lo guapa que se veía, y ella bajaría la mirada un segundo, fingiendo modestia, pero sus ojos brillarían. Luego él pondría música suave, algo con ritmo lento, y su mano subiría un poco más por el muslo, rozando la piel suave que todavía olía a la crema que se ponía después de la ducha.
¿Se besaría en el semáforo? ¿O esperaría a llegar al lugar donde fueran a tomar algo? ¿O ni siquiera llegarían a tomar nada? Tal vez Leo desviaría el camino hacia algún motel discreto. Mamá no se negaría. Lo sabía. Lo sentía en los huesos. Y yo… yo aquí, solo, con el miembro endureciéndose otra vez contra el pantalón sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Me odié por eso. Me odié porque mi mano bajó sola, abrió el cierre, se metió dentro. 
Me toqué despacio, casi con rabia, imaginando no a mamá conmigo —eso era una línea que no cruzaba, ni siquiera en la fantasía más oscura—, sino a mamá con él. Imaginando cómo gemiría cuando Leo le quitara el vestido, cómo sus senos firmes quedarían libres, los pezones saltones endureciéndose al aire. Cómo se arquearía cuando él los tomara en la boca. Cómo sus muslos carnosos se abrirían para dejarlo entrar, cómo su cintura breve se movería al ritmo de las embestidas, cómo su cabello negro se esparciría sobre la almohada mientras jadeaba su nombre. “Leo… sí… así…”El nombre salió de mi boca en un susurro ronco, y me sentí sucio. Pero no paré. Me masturbé pensando en el sonido de sus gemidos, en cómo se vería su culo en forma de corazón levantado mientras él la tomaba por detrás, en cómo sus uñas se clavarían en la espalda de él, en cómo terminaría temblando, sudada, satisfecha, con esa sonrisa de después que yo había visto mil veces pero nunca en ese contexto.
Cuando me corrí, fue rápido y violento. El semen salió caliente sobre mi mano, sobre el pantalón, y me quedé ahí jadeando, con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un partido entero. Luego vino la vergüenza. Fría, pesada, como una losa. Me limpié con una servilleta de la mesa, me subí el cierre y me quedé mirando la pantalla sin verla. El partido ya había terminado. No sabía quién había ganado.
Me levanté, apagué la pantalla y caminé por la casa como un fantasma. Entré a la recámara de mamá. La puerta estaba entreabierta. El olor a su perfume todavía estaba fuerte, mezclado con el vapor de la ducha. Sobre la cama, la toalla que había usado seguía tirada, húmeda. La toqué. Estaba tibia. Me senté en el borde de la cama. Miré el espejo del tocador, donde ella se había maquillado hacía menos de una hora. Vi mi reflejo: cara redonda, ojos enrojecidos, pelo revuelto. Parecía un niño perdido. Pero no era un niño. Era un hombre de 20 años que acababa de masturbarse pensando en su madre follando con otro. Y lo peor era que no sabía si quería que volviera pronto… o que tardara toda la noche. Porque si tardaba, significaba que Leo la estaba haciendo gozar de verdad. Y una parte enferma de mí quería saber cómo sonaba eso. Me tiré boca arriba en su cama, hundí la cara en la almohada que todavía olía a ella, y dejé que las lágrimas salieran en silencio. No eran solo de vergüenza. Eran de confusión. De deseo. De soledad absoluta. La casa estaba vacía. Y yo estaba más vacío que nunca.
El reloj marcaba las 12:30 de la madrugada cuando el sueño me eludió por completo. Me incorporé en la cama, el sudor pegado a la espalda, y miré hacia la ventana, la calle estaba desierta. Mamá no había vuelto. No había mandado ni un mensaje. Solo silencio. Me levanté, caminé descalzo por el pasillo y entré a su recámara. Saque el álbum de fotos guardado en su clóset. La primera foto: Mi mamá a los 15 años, embarazada de mí. Está en una playa, el sol poniéndose detrás, el vientre redondo bajo un vestido blanco ligero que el viento levanta. Sonríe, pero hay algo en los ojos: una mezcla de miedo y determinación. Papá no aparece en ninguna foto. Mamá nunca hablaba mucho de él. Solo decía “se fue antes de que nacieras, mi amor. No valía la pena”.
Hojeo más rápido. Fotos de Luciana trabajando en una tienda de ropa a los 18. Fotos de ella estudiando de noche, con libros de contabilidad abiertos, mientras yo duermo en el sofá. Fotos de cumpleaños con mis abuelos: solo nosotros 4, pastel barato, velitas. Ella siempre sonriendo para la cámara .Y luego, el cambio cuando dejamos la casa de mis abuelos. Hace unos ocho años. Fotos donde mamá empieza a verse… diferente. Más arreglada. Vestidos ajustados, maquillaje perfecto, viajes cortos que nunca explicaba del todo. “Trabajo, mi amor. Cosas de adultos”. 
Era adolescente ya, y empezaba a notar cómo los hombres la miraban en la calle. Cómo ella respondía a veces con una sonrisa coqueta, como probando algo nuevo. Como si, después de años de ser solo “mamá”, estuviera recordando que también era mujer. Una foto me detiene en seco: Mi mamá en un bar, riendo con un hombre mayor, trajeado, que le pasa un brazo por la cintura. La fecha en el reverso: hace seis años. Noches en que ella salía, volvía tarde, olía a colonia cara y a alcohol, y se metía a la ducha sin decir nada. Cierro el álbum. Es entender, de golpe, que Luciana no solo es mi madre, es una mujer que ahora, a los 35, con un cuerpo que vuelve locos a todos —incluido a mí. Pienso en Leo, en cómo la mira, en cómo ella lo deja. Mamá sobrevivió a mucho, Merece divertirse. Merece a alguien que la haga sentir deseada de verdad.
1:30 de la madrugada, ahora quería saber sobre él. Sobre Leo. El chico un año menor que yo, el que se la había llevado como si fuera suya. El que la hacía reír con mensajes y la tocaba con esa confianza que me causaba morbo. Encendí mi laptop en la mesa del comedor. El brillo de la pantalla iluminó la habitación vacía. Abrí el navegador y busqué su nombre: Leo Bertoni. No era difícil; en la liga estudiantil todos hablaban de él. En su Instagram, Fotos de partidos, goles celebrados con el puño en alto, foto en el gimnasio con el torso desnudo, venas marcadas en los brazos y abdomen definido como si estuviera tallado en mármol. Seguidores: más de 5 mil. Comentarios de chicas: “Guapo”, “Ídolo”, “¿Cuándo sales conmigo?”. Pero eso era la superficie. Seguí escarbando. Encontré un artículo en un sitio local de deportes: “Leo Bertoni, la promesa del fútbol estudiantil que apunta a lo profesional”. Nacido en Mexico, 19 años, huérfano de padre desde los 12. Mamá viuda que trabajaba doble turno para mantener los estudios de sus hijos. 
Leo juega en la liga estudiantil y talachero en ligas amateurs, es semi-profesional. Fue rechazado por dos equipos de segunda división por “falta de disciplina”, pero ahora se metió de lleno a los entrenamientos y al Gym. Con su equipo actual, ha metido 18 goles en la temporada. El scout de un club de primera lo seguía. “Es un depredador en el área”, decía el artículo. “Rápido, letal, con instinto asesino”. Instinto asesino. Eso explicaba por qué me había humillado en la cancha. Y por qué ahora estaba con mi mamá. Seguí bajando. Encontré un podcast donde lo entrevistaban. Lo puse en volumen bajo. Hablaba de su vida: “Mi viejo era argentino, jugo en equipos de segunda división falleció en un accidente cuando yo era chavo. Me dejó con mi jefa y una hermanita, que son mi todo. Por ellas me parto la madre en la cancha. Quiero sacar de trabajar a mi jefa, comprarle una casa grande”. Pausa. Risa baja. “Y sí, me gustan las mujeres mayores, las MILF. Tienen experiencia, saben lo que quieren, que me enseñen, espero conocer una de ellas. No como las chavas de mi edad, que andan en dramas”. Sentí un puñetazo en el estómago. Mujeres mayores, MILF Como mamá, que me enseñen. Y ahora estaba haciendo realidad sus fantasías con ella. 
La había visto en el campo, había cruzado miradas, había coqueteado sin piedad. Y ella, después de años de ser solo mamá, había caído. O tal vez no caído: elegido. Porque Leo ofrecía algo que yo nunca podría: juventud cruda, cuerpo perfecto, esa seguridad que hace que una mujer se sienta deseada como nunca. Cerré la laptop. Me quedé sentado en la oscuridad, imaginando qué estaría pasando en ese momento. Leo conduciendo con una mano en el volante, la otra en el muslo de ella. Parando en algún mirador, besándola con urgencia, sus labios bajando por el cuello blanco de mamá, sus dedos grandes desabrochando el vestido negro. Ella gimiendo bajito, como en mis fantasías, pero ahora real. Leo tomándola con fuerza, embistiéndola en el asiento reclinado, su sudor mezclándose con el perfume de ella, sus gemidos llenando el auto.
Pero ahora, sabiendo más de él, no era solo envidia lo que sentía. Era una rabia mezclada con… admiración! Leo había salido de la nada, como mamá. Había luchado. Y ahora reclamaba lo que quería: el fútbol, el dinero, las mujeres. Incluida mí mamá.
La noche se había vuelto densa, casi pegajosa, como si el aire mismo supiera lo que estaba por pasar. Leo estacionó la camioneta frente al restaurante con un movimiento preciso, apagó el motor y se giró hacia mi mamá antes de bajar. La miró en silencio un segundo largo, los ojos recorriendo el escote del vestido negro que dejaba a la vista la caída natural de sus senos, estos se elevaban con cada respiración. Ella sintió el peso de esa mirada como una caricia física: lenta, deliberada, hambrienta.
—Estás… peligrosa esta noche —murmuró él, la voz ronca, nerviosa, vibrando en el espacio reducido del auto. Luciana sonrió de lado, cruzó las piernas despacio, dejando que la falda se subiera lo justo para mostrar el inicio del muslo blanco y firme. El movimiento fue calculado, pero fingió inocencia.
— ¿Peligrosa? Solo vine a verte firmar tu contrato. Leo se inclinó, apoyó el antebrazo en el respaldo del asiento de ella. Su aliento rozó la oreja de mi mamá cuando susurró:
—No mientas. Viniste a que todos sepan que eres mía esta noche. Ella no respondió con palabras. Solo se mordió el labio inferior, un gesto pequeño pero letal, y bajó la mirada hacia la mano de él que ya descansaba en su rodilla, los dedos abriéndose lentamente, subiendo por la piel caliente hasta donde la tela del vestido empezaba a tensarse. Entraron al restaurante así: él con la mano posesiva en la parte baja de su espalda, los dedos rozando el borde superior de sus nalgas cada vez que daba un paso. El dueño y el representante los esperaban en la mesa del fondo.
Cuando mi mamá se acercó, el aire pareció cargarse de electricidad estática. El dueño se levantó primero. Sus ojos se detuvieron en el escote, luego bajaron por la curva de la cintura hasta las caderas que se balanceaban con cada paso. Tragó saliva visiblemente.
—Luciana… —dijo, la voz más baja de lo necesario—. Un placer inmenso. Le tendió la mano. Ella la tomó, pero él no la soltó de inmediato: la retuvo un segundo, el pulgar rozando el interior de su muñeca en un gesto que pretendía ser cortés pero que era puro deseo contenido. El representante no fue tan sutil. Se ajustó las gafas, pero sus ojos se clavaron en los pezones que se marcaban contra la tela fina del vestido cada vez que ella respiraba un poco más hondo.
—Leo, cabrón —dijo entre dientes, sin apartar la vista de ella—. No mereces tanta suerte. Leo solo sonrió, tirante, y apretó más la mano en la cintura de mi mamá, los dedos hundiéndose lo suficiente para que ella sintiera la presión, la reclamación silenciosa. La cena fue una tortura lenta. Contratos firmados entre copas de vino tinto, pero nadie hablaba realmente de fútbol. El dueño hacía preguntas inocentes sobre “cómo se conocieron”, mientras sus ojos seguían cada movimiento de los labios de mí mamá cuando bebía, cada vez que se lamía una gota de vino que se escapaba por la comisura. El representante comentaba cifras, pero su voz se quebraba cada vez que ella cruzaba y descruzaba las piernas bajo la mesa, el roce sutil de los muslos produciendo un sonido casi inaudible que solo Leo parecía notar.
En un momento, bajo la mesa, la mano de Leo encontró el muslo desnudo de mamá. Subió despacio, los dedos trazando círculos en la piel sensible del interior, deteniéndose justo donde la tela de la tanga empezaba a humedecerse. Ella apretó los labios para no soltar un jadeo, pero sus pupilas se dilataron. Leo lo sintió: el calor que emanaba de entre sus piernas, la forma en que sus músculos se tensaban bajo su toque. El dueño lo vio. No dijo nada, pero su mandíbula se apretó. El representante se removió en la silla, incómodo, envidiando en silencio. Los flashes empezaron cuando salieron. Paparazis locales, alertados por alguien del staff. Leo la abrazó por la cintura, los dedos hundidos en la curva de su cadera. Luciana echó la cabeza hacia atrás, riendo, el cuello expuesto, la piel blanca brillando bajo las luces de la calle. Un beso rápido en la comisura de los labios, suficiente para que los fotógrafos capturaran el momento: labios hinchados, miradas cargadas.
El antro fue peor. O mejor. Dependía de cómo se mirara. Luces moradas y azules pulsando al ritmo de los bajos. Leo la llevó directo a la pista, sin pedir permiso. La pegó a su cuerpo desde atrás, el pecho duro contra su espalda, la erección evidente presionando contra sus nalgas a través de la tela. Sus manos bajaron por los costados del vestido, subieron por los muslos, levantando la falda lo justo para que el aire fresco rozara la piel caliente. Mi mamá arqueó la espalda, ofreciéndose sin palabras. Se besaron contra la pared del pasillo oscuro que llevaba a los baños. Lenguas enredadas, dientes rozando labios, gemidos ahogados por la música. Leo bajó la boca al cuello de ella, succionó fuerte, dejando una marca roja que mañana sería imposible esconder. Sus manos subieron por debajo del vestido, apretando las nalgas desnudas —solo la tanga de encaje negro entre ellos—, los dedos hundiéndose en la carne firme, separando apenas para sentir el calor húmedo que escapaba. Mi mamá jadeó contra su oído:
—No aquí… pero no pares. Él no paró. La besó hasta que los dos respiraban con dificultad, hasta que las piernas de ella temblaban, hasta que el deseo se volvió un nudo doloroso en el bajo vientre de ambos.
Llegaron a casa a las 4:40. El portón eléctrico de la casa se abrió. Las luces de la camioneta iluminaron mi cuarto en el segundo piso despertándome, sigiloso me acerque a la ventana para mirar. 
La camioneta se detuvo con un chirrido suave en el garaje, el motor aún caliente emitiendo pequeños crujidos que se perdían en la quietud de la madrugada. Leo no apagó las luces interiores de inmediato; dejó que el tenue resplandor ámbar iluminara el interior del auto, bañando el cuerpo de mí mamá en una luz pecaminosa. Ella bajó primero, descalza, los tacones colgando de dos dedos. El vestido negro se había subido hasta la mitad de los muslos durante el trayecto, arrugado por las manos ansiosas de él, la tela pegada a la piel sudorosa. El aire frío de la noche le erizó la piel de los brazos y endureció los pezones hasta que se marcaron como dos puntas agresivas contra el escote profundo. Pero no entró a la casa. Se giró hacia Leo, que seguía sentado al volante, la mirada fija en ella como un depredador que aún no ha terminado de cazar, le escuche suplicar: 
—Venga, solo una mamada. Mi erección fue instantánea, mire a mi mamá abrir de nuevo la puerta del copiloto y subirse nuevamente a ella. De rodillas en el asiento. Cerró la puerta con un golpe seco que resonó en el silencio. El espacio se volvió claustrofóbico al instante: el olor a sexo, a sudor, a colonia masculina y a su perfume floral ahora mezclado con el almizcle crudo de la excitación. 
Leo reclinó el asiento lo máximo que permitió el mecanismo, abrió las piernas con rudeza y se desabrochó el cinturón de un tirón. Mi mamá se inclinó entre sus muslos, el vestido subiéndose por completo hasta la cintura, exponiendo las nalgas firmes y redondas, la tanga de encaje negro empapada y adherida a los labios hinchados de su sexo. El aire frío rozó su piel caliente y húmeda, haciendo que un escalofrío le recorriera la columna. Sus manos temblorosas —de deseo, no de nervios— bajaron el cierre del pantalón de Leo con urgencia, ya había sentido su tamaño en el antro, ahora quería verla de cerca. Él levantó las caderas, gruñendo bajo. Ella exclamo un “oh my god” cuando la erección saltó libre, dura, grande, gruesa, venosa, la piel tensa y brillante por el líquido pre seminal que ya goteaba de la punta hinchada. 
El olor masculino la golpeó como una bofetada: salado, intenso, animal. Ella inhaló profundo, los ojos cerrándose un segundo mientras lo absorbía. Primero lo rozó con los labios cerrados, besando la base del tronco en un movimiento lento y reverente, subiendo por la vena gruesa que palpitaba bajo la piel. Luego abrió la boca y lo tomó de golpe, sin preámbulos. Los labios se estiraron alrededor de la circunferencia, la lengua plana presionando contra la parte inferior mientras bajaba hasta que la punta golpeó el fondo de su garganta. Un gemido ahogado escapó de Leo; su mano se hundió en el cabello negro ondulado de ella, los dedos enredándose con fuerza, tirando lo justo para que doliera un poco y la hiciera jadear alrededor de su longitud.
Mí mamá empezó a moverse: arriba y abajo, succionando con fuerza cada vez que subía, la lengua girando en espirales alrededor del glande sensible, lamiendo la hendidura donde el sabor era más concentrado. Saliva se escapaba por las comisuras de su boca, bajando en hilos gruesos por el tronco y goteando sobre los testículos pesados. Ella los tomó con una mano, masajeándolos con los dedos, rodándolos suavemente mientras la otra mano se apoyaba en el muslo duro de él para impulsarse. Leo jadeaba con la boca abierta, los abdominales contrayéndose en espasmos visibles bajo la camisa abierta. Empezó a embestir hacia arriba, follándole la boca con movimientos cortos y profundos. Cada embestida hacía que la garganta de Mamá se contrajera alrededor de él, tragando instintivamente, el músculo apretando rítmicamente como si quisiera ordeñarlo.
Lágrimas se formaron en las comisuras de sus ojos por el esfuerzo, pero no se apartó; al contrario, bajó lo más que pudo, siempre chupaba a garganta profunda, hasta que su nariz rozara el vello púbico inhalando su olor mientras lo mantenía enterrado hasta la base. Pero por el tamaño esta vez no pudo.
—Así… joder… trágate lo más que puedas —gruñó Leo, la voz rota, los dedos apretando más fuerte en su cabello, guiándola ahora sin piedad. Ella obedeció. Aceleró el ritmo, la cabeza subiendo y bajando con violencia, la boca haciendo ruidos húmedos y obscenos que llenaban el auto. Gemía alrededor de su polla cada vez que él empujaba profundo, vibraciones que lo hacían temblar. Una mano suya bajó entre sus propias piernas, apartó la tanga y se tocó el clítoris hinchado con dos dedos, frotando en círculos rápidos mientras lo chupaba. El placer la hizo gemir más fuerte, el sonido amortiguado por la carne que llenaba su boca.
Leo se tensó de golpe. Los músculos de sus piernas se endurecieron como acero.
—Voy a correrme… —advirtió entre dientes, la voz un rugido bajo. Mí mamá no se apartó. Al contrario: lo tomó succionando con fuerza brutal, la lengua presionando contra la parte inferior mientras tragaba una y otra vez. Leo se arqueó, un gemido animal escapó de su garganta y se derramó dentro de ella: chorros calientes, espesos, abundantes. Ella tragó todo, el cuello moviéndose visiblemente a cada trago, los labios apretados alrededor de la base para no dejar escapar ni una gota. Siguió succionando suavemente el glande, provocando los últimos espasmos de placer en Leo, ordeñándolo hasta que la última gota salió y él quedó jadeando, tembloroso. Solo entonces se apartó despacio. Un hilo grueso de saliva y semen conectó sus labios con la punta todavía sensible. Lo rompió con la lengua, lamiendo la cabeza una última vez en un beso lento y posesivo. Leo la miró, los ojos vidriosos, la respiración entrecortada.
—Eres una puta maravilla —murmuró, atrayéndola hacia arriba para besarla con violencia, saboreándose a sí mismo en su lengua, mordiendo su labio inferior hasta que ella gimió de dolor y placer. Luciana sonrió contra su boca, se acomodó el vestido como pudo —aunque ya estaba arrugado e insalvable— y bajó de su camioneta por fin. Escuche el rugir de la moto de Leo alejarse cuando ella entró a la casa descalza, las piernas temblando, el sabor salado y espeso de él todavía cubriendo su lengua y garganta, el sexo palpitando entre sus muslos sin alivio. 
Pasó por el pasillo en silencio. La puerta de mi recámara entreabierta. Entró como un espectro cargado de pecado: el perfume roto, el sudor, el tabaco del antro, el gin, y ahora el olor crudo y evidente de semen en su aliento. Se acercó a la cama. Yo fingí dormir, pero mi erección era dolorosa, traicionándome bajo las sábanas. Se inclinó. Su cabello cayó sobre mi cara como una cortina húmeda. Sus labios rozaron mi frente, luego bajaron a la sien, demorándose. El aliento caliente olía a él, a sexo oral reciente, a entrega total.
—Buenas noches, mi amor —susurró, la voz ronca, quebrada por los gemidos que había ahogado en la camioneta. Me dio un beso lento en la mejilla, tan cerca de la comisura de los labios que sentí el rastro húmedo y salado de Leo transferirse a mi piel. Luego se apartó. Salió. La puerta se cerró con suavidad. Me quedé en la oscuridad absoluta, el miembro latiendo con violencia, el corazón desbocado, el olor de ella —y de él— impregnado en cada respiración. No dormí. No podía.

6 comentarios - Mi mamá y el futbol 1

123arth456
Tiene una hermana 😏
seria interesante que sea humillado todo lo posible pero que al final se la termine regresando quedándose con la hermana
superblob
Muy bueno, excelente descripcion de los eventos, esperando segunda parte.
superblob
Muy bueno, excelente descripcion de los eventos, esperando segunda parte.
superblob
Muy bueno, excelente descripcion de los eventos, esperando segunda parte.