Costó 15 minutos llegar al restorán desde la cabaña. Es un restaurante de piedra y madera, con luces cálidas que se ven desde la calle y música jazz suave que se escapa por la puerta cuando Marcus la abre para mí.
Al entrar, varias miradas se dirigen hacia nosotros de inmediato. Noto cómo los hombres que están en las mesas cercanas desvían su atención de sus comidas o de sus acompañantes para fijarse en mí. El vestido negro se ajusta a cada curva de mi cuerpo, grandes tetas que sobre salen del escote y los tacones altos hacen que camine con una cadencia más segura. Siento un cosquilleo de orgullo recorrer mi espalda —es bueno saber que aún puedo causar ese efecto en los demás— pero mi mirada no se aleja de Marcus ni por un instante. Él abre la silla para que me siente y luego se coloca frente a mí, su postura recta y atenta.
Camarero: Buenas noches, ¿les gustaría ver el menú o tienen ya en mente algo?
Marcus: Déjanos unos minutos, por favor.
El camarero se retira y Marcus baja la mirada al mantel blanco, pasando sus dedos por el borde de la copa de agua. Es el primer momento en que se queda pensativo: sus cejas se fruncen ligeramente y su mandíbula se tensa como si estuviera revisando algo en su mente.
Yo: El lugar es precioso. No sabía que existía algo así tan cerca de la cabaña.
Levanta la vista hacia mí, y por un instante veo cómo la tensión desaparece de su rostro.
Marcus: Lo encontré buscando opciones hace unos días. Sabía que te gustarían los detalles de la decoración —mira esas lámparas de cristal colgantes.
Yo: Sí, son hermosas. Recuerdo que cuando éramos novios siempre buscábamos lugares así para cenar.
Marcus: También recuerdo que siempre pedías el plato de pasta con salsa de champiñones.
Sonríe levemente y noto cómo se afloja el ambiente entre nosotros. Pedimos nuestras comidas —él el filete y yo la pasta que mencionó— y mientras esperamos, la conversación fluye con más naturalidad de lo que esperaba. Hablamos del bosque cerca de la cabaña, de cómo han crecido los árboles desde la última vez que vinimos juntos, de planes para arreglar algunos detalles de nuestra casa en la ciudad.
Mientras comemos, el segundo momento de ensimismamiento llega: está a punto de llevar el tenedor a su boca cuando se detiene, mirando hacia la esquina del restaurante como si oyera algo que yo no percibo. Su expresión se vuelve seria de nuevo y se queda así por varios segundos antes de volver a concentrarse en su comida.
Yo: ¿Todo bien?
Marcus: Sí, claro. Solo estaba pensando en algo del trabajo. Nada importante.
Terminamos la cena y la música en el salón se vuelve un poco más animada. Veo que hay un pequeño espacio libre en un rincón donde algunas parejas están bailando. Me levanto de mi silla y me acerco a su lado, extendiéndole la mano.
Yo: ¿Me bailas una canción?
Él mira mi mano luego hacia el espacio de baile, dudando por un instante, pero finalmente toma mi mano y se pone de pie.
EN EL BAILE
Nos colocamos en el espacio libre y él pone una de sus manos en mi cintura mientras la otra sostiene mi mano derecha. Comenzamos a bailar al compás de un tema lento y sensual. Muevo mis caderas con el ritmo, acercando mi cuerpo cada vez más al suyo hasta que nuestras piernas están entrelazadas y mi pecho rozando su pecho.
Siento cómo mi cuerpo responde al contacto: mi piel se calienta y una sensación de excitación comienza a extenderse por mi vientre. Muevo mis manos por su espalda, luego por sus hombros, descendiendo hasta sus manos que están sobre mi cintura. Cada vez que mi cadera se frota contra la suya, noto cómo la entrepierna de Marcus está caliente y endurecida, presionándose contra mí. Eso me hace sentir aún más deseada, más segura de que lo que estoy haciendo está funcionando.
Le acerco mi rostro cerca del suyo, moviendo mi cabeza al compás de la música mientras mis dedos juegan con los botones de su camisa. Él cierra los ojos por un instante, y siento cómo su mano aprieta mi cintura con más fuerza. Continuo bailando pegada a él, trazando círculos con mis caderas, sintiendo cada vez más el calor que emana de su cuerpo. Cuando la canción llega a su fin, ambos estamos respirando un poco más rápido de lo normal.
Marcus: Vamos... deberíamos regresar a la cabaña.
Su voz está un poco más grave de lo habitual, y eso me hace sonreír por dentro.
El viaje de regreso transcurre en un silencio cargado de tensión, pero esta vez no es de incomodidad: es un silencio lleno de expectativa, de deseos compartidos que flotan en el aire. Marcus conduce con atención, pero noto cómo sus manos se aprietan levemente en el volante cada vez que mi pierna rozá la suya.
Cuando llegamos a la cabaña, él apaga el motor y se baja primero para abrirme la puerta. Yo tomo su mano y lo guío sin decir nada hacia la entrada, luego por el pasillo hasta el dormitorio principal. La luz de la luna entra por la ventana, iluminando el cuarto con un resplandor suave.
Cierro la puerta con cuidado detrás de nosotros y miro a los ojos a Marcus, sintiendo cómo el deseo recorre cada parte de mi cuerpo. En ese instante, sin previo aviso, él extiende su brazo y atrae mi cuerpo hacia él de un movimiento brusco y decidido. Su mano se aposenta con fuerza en mi cintura, aprisionándome contra su pecho de tal manera que no puedo moverme ni un milímetro. El calor de su cuerpo invade el mío de golpe, y un escalofrío de sorpresa y expectativa recorre mi columna vertebral.
Antes de que pueda decir nada, sus labios se estrellan contra los míos en un beso que me quita el aliento de inmediato. No es suave ni tierno como solían ser los nuestros en el pasado; es brusco, exigente, con sus labios presionándose con fuerza contra los míos y su lengua buscando entrada sin permiso. Mis manos se agarran instintivamente a su pecho, entre el placer de sentirlo tan cerca y la sorpresa por la rudeza del gesto. Siento cómo mi corazón late a mil por hora, y aunque la intensidad me deja atónita, hay algo en esa crudeza que despierta en mí una mezcla de excitación y sumisión que no puedo explicar. El beso parece durar una eternidad y un instante a la vez, hasta que de repente él se aleja, soltando mi cintura como si me hubiera quemado.
Me quedo allí, los labios temblando y tratando de recuperar el aliento, inspirando con rapidez mientras mis pulmones luchan por llenarse de aire. Mis ojos están medio cerrados, todavía perdida en la intensidad del momento, cuando siento un sonido seco y un dolor ardiente que cruza mi mejilla derecha. Una bofetada fuerte, tan inesperada que me hace dar un paso atrás sin poder evitarlo. Mis manos vuelan instintivamente a la piel que ahora arde como si estuviera en llamas, y siento cómo las lágrimas comienzan a nublar mi vista, asomándose en el rincón de mis ojos. Mi mente está en completo shock: no puedo procesar lo que acaba de pasar, cómo de la pasión más intensa hemos pasado a esto en un abrir y cerrar de ojos.
—Marcus... ¿qué...? —comienzo a preguntar, mi voz quebrada y temblorosa, buscando en sus ojos alguna explicación, algún destello de la ternura que conocí alguna vez. Pero antes de que pueda terminar la frase, otra bofetada —esta vez en la mejilla izquierda— me corta en seco. El impacto es tan fuerte que mi cabeza gira con el movimiento, y las lágrimas que retenía descienden por mis mejillas calientes y doloridas. Mi cuerpo tiembla, ya no por el deseo que me invadía hace instantes, sino por la mezcla de dolor, confusión y miedo que ahora se apodera de mí.
Mi cabeza aún está girando del impacto de la segunda bofetada, las lágrimas ruedan por mis mejillas y el sabor salado llena mi boca. De repente, siento cómo su brazo vuelve a rodear mi cintura con fuerza, atraéndome de nuevo hacia él hasta que nuestro cuerpos están pegados de nuevo, el calor de su piel contrasta con el ardor de mis mejillas doloridas. No tengo fuerzas para resistirme, me quedo inmóvil, temblando ligeramente mientras mis manos agarran débilmente la tela de su camisa.
Con su mano libre, me agarra del cabello —sus dedos se enreden en mis mechones rubios con una firmeza que hace que mi cuello se estire hacia arriba— y tira suavemente pero decididamente hacia abajo, obligándome a levantar la cabeza hasta que mi rostro quede justo a la altura del suyo. El tirón me hace abrir la boca de un suspiro mezclado con un pequeño gemido de sorpresa, y en ese instante sus labios se abalanzan sobre los míos de nuevo.
No es un beso como el anterior, ahora se dedica a besar y chupar mis labios uno por uno, pasando su lengua por el contorno de mi boca abierta. Cada vez que intento cerrarla un poco, él tira ligeramente de mi cabello para mantenerla abierta, jugando con mi lengua con la suya, succionándola y besándome con una urgencia que mezcla placer y dolor. Mis sentidos están enloquecidos: el dolor en mi cuello y mejillas, el calor de su cuerpo contra el mío, la forma en que sus labios dominan los míos... siento una confusión abrumadora, entre el miedo que aún me retuerce el estómago y una respuesta física que no puedo controlar.
Después de lo que parece una eternidad, él se separa un paso, soltando mi cabello y dejándome inclinar la cabeza hacia adelante mientras intento recuperar el aliento, jadeando suavemente. Mis piernas tiemblan y me apoyo levemente en su pecho, buscando en sus ojos algo que pueda entender.
—Marcus... —susurro, mi voz rota y entrecortada— ¿Qué está pasando? ¿Por qué haces esto? Pensé que estábamos aquí para intentarlo de nuevo...
Él sonríe, pero en su mirada no hay ternura: solo ironía y sarcasmo. Se acerca un poco más, hasta que su aliento toca mi rostro.
Marcus: ¿De verdad creías que sería tan fácil, amor mío? ¿Que con un vestido bonito y unos bailes sensuales iba a olvidar todo lo que hiciste? ¿A olvidar cómo me humillaste, cómo me hiciste sentir menos que nada mientras tú te dejabas llevar por otro?
Sus palabras son como latigazos que golpean mi corazón, y las lágrimas vuelven a inundar mis ojos.
Marcus: Esta noche no vamos a simplemente "reconstruir" nada. Esta noche aprenderás las consecuencias de lo que hiciste. Te castigaré toda la noche, hasta que esté satisfecho... tanto emocionalmente como sexualmente. No tendrás más opciones que aceptarlo, como aceptaste nuestro acuerdo.
Antes de que pueda responder, su lengua se desliza por mi mejilla, desde la barbilla hasta la sien, limpiando una de mis lágrimas. Luego, sus labios se estrellan de nuevo contra los míos en un beso brusco y fugaz, tanto que apenas logro sentirlo —al final, tira ligeramente de mi labio inferior con sus dientes, pero lo suelta antes de que el dolor se haga presente, dejándome con la boca abierta y un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo.
Me quedo inmóvil frente a él, los ojos abiertos de par en par mientras sus palabras me alcanzan. Mis mejillas se calientan de vergüenza, aunque no estoy segura si es por el reproche en su voz o por la crudeza de sus preguntas.
Marcus: ¿Cómo te ocurrió que después de serle infiel, era buena idea ponerte un vestido tan provocador, que casi no deja nada a la imaginación? ¿Ir y exhibirte así ante otros hombres como si no tuvieras dueño?
No encuentro palabras para responderle. Quiero decirle que lo hice solo para él, para recordarle por qué me deseaba, pero mi voz se atasca en la garganta. De repente, veo cómo su mano se mueve con rapidez hacia mi pecho: agarra el escote de mi vestido negro de seda con fuerza y lo arranca violentamente hacia arriba, oyendo el crujido de la tela al romperse en dos. El vestido cae en pedazos a mis pies, dejándome apenas cubierta por mis bragas y sostén.
Un escalofrío de sorpresa y vergüenza recorre mi cuerpo; mi primera reacción es intentarme cubrir con las manos, pero él me impide moviéndome más cerca. Acerca su rostro al mío hasta que su boca queda justo al lado de mi oreja, y siento cómo su aliento caliente hace temblar mis músculos. Empieza a jugar con ella: lamiendo suavemente el lóbulo, luego chupándolo con una firmeza que me hace estremecer. Mis manos se agarran involuntariamente a sus hombros, entre el deseo que comienza a despertar en mí y la confusión que aún me consume.
Mientras sigue jugando con mi oreja, su voz baja y ronca cala hondo en mi piel:
Marcus: A mí no me molesta que quieras ser una puta, cariño... mientras tengas MUY claro de quién eres la puta. Solo mía. Nadie más tendrá derecho a mirarte, a tocarte, a tenerte como yo te voy a tener ahora.
Sus palabras son crudas, hirientes, pero al mismo tiempo llenas de una posesión que hace que mi cuerpo responda de manera involuntaria. Siento cómo el calor se concentra en mi entrepierna, a pesar del miedo y la vergüenza que aún me retuercen el corazón.
Se separa de mi rostro y se pone frente a mí, mirándome de arriba abajo con una sonrisa maliciosa en los labios. Sus ojos brillan con una mezcla de deseo y determinación que no he visto en mucho tiempo.
Marcus: Me alegro de saber que mi amada esposa es una puta... porque a partir de ahora, ese es el trato que te voy a dar. Ese es el lugar que te corresponde: ser mía, completamente mía, para hacer con ti lo que me plazca.
Antes de que pueda procesar sus palabras, sus labios se estrellan contra los míos de nuevo, pero esta vez el beso es más apasionado, más profundo. Siento cómo sus manos descienden hasta mi trasero, apretándolo con fuerza, palpando cada curva con una urgencia que se transmite a mi cuerpo entero. Mis brazos se enroscan alrededor de su cuello por sí solos, mientras mis sentidos se desvanecen en el calor de su tacto y el sabor de sus labios.
Mientras sus manos siguen palpando mi trasero, siento cómo agarra mis piernas con fuerza y las sube hasta su cintura. Mi cuerpo se eleva del suelo, y de instinto enrosco mis piernas alrededor de su cadera para sostenerme, mis brazos aún apretados a su cuello. Siento el movimiento de sus pasos mientras camina hacia la cama, el roce de nuestro cuerpo uno contra el otro hace que mi respiración se acelere, pero ahora mezclada con un miedo creciente que se apodera de mi pecho. Todavía estoy aturdida por la crudeza de sus palabras y la violencia de sus gestos anteriores.
De repente, deja de besarme, separando su rostro del mío con un movimiento brusco. No tengo tiempo de preguntarle qué pasa ni de prepararme, cuando me lanza con fuerza sobre la cama. El impacto hace que mi cuerpo rebote ligeramente sobre las sábanas, el aire se me queda en la garganta por la sorpresa y el golpe. Mis manos buscan apoyo en el colchón tratando de incorporarme, pero antes de que pueda moverme un centímetro, él se abalanza sobre mí.
Lo siento encima de mí, girando mi cuerpo con fuerza hasta que quede boca abajo. Su peso presiona el mío contra la cama, haciendo que no pueda moverme ni un poco. Una de sus manos se coloca sobre mi cabeza, presionándola suavemente pero con firmeza contra la almohada, impidiéndome levantarla. El olor de las sábanas y de su piel llena mis pulmones, mientras mi corazón late tan fuerte que siento que va a salir de mi pecho. Hay una mezcla extraña en mí: parte de mí todavía siente el deseo que despertó su tacto, pero ahora es dominado por la angustia y el miedo a lo que va a pasar.
Acerca nuevamente su rostro a mi oído, su aliento caliente contrasta con el escalofrío que recorre mi espalda. Con su mano libre, empieza a palpar mis nalgas con firmeza, apretándolas de vez en cuando. Su voz suena baja y burlona, como si estuviera disfrutando con cada instante.
Marcus: Bueno, mi querida puta... ya es hora de empezar tu castigo. La verdad es que estoy emocionado de poder torturarte sexualmente como te mereces. Y déjame decirte algo: entre más me pidas que me detenga, más te suplicues que pare, más caliente me pondré. Eso solo hará que siga por más tiempo.
Sus palabras son como un cubo de agua fría sobre mi cuerpo. Intenté moverme, pero su peso me mantiene completamente inmovilizada. Siento cómo su cuerpo se ajusta sobre el mío, y luego escucho el sonido de su cinto al desabrocharse. Mi mente empieza a trabajar a toda velocidad, tratando de encontrar una manera de escapar, de pedirle que se detenga, pero la única cosa que sale de mi boca es un susurro tembloroso: "Marcus... por favor... no..."
Pero él no hace caso. Empieza a forcejear conmigo, sujetando mis brazos libres detrás de mi espalda con una mano mientras con la otra intenta envolver el cinto alrededor de ellos. Mis músculos se tensan, intento resistirme, pero su fuerza es mucho mayor que la mía. Siento cómo el cuero del cinto se aprieta alrededor de mis muñecas, apretándolas hasta que empiezo a sentir un hormigueo en las puntas de los dedos. Mi respiración se hace entrecortada, las lágrimas vuelven a rodar por mis mejillas y se filtran en las sábanas debajo de mí. No entiendo cómo llegamos hasta aquí, cómo el deseo de recuperar lo nuestro se ha convertido en esto.
Mientras el cuero del cinto se aprieta cada vez más alrededor de mis muñecas, mi voz se quebra con cada súplica que sale de mi boca, mezclada con las lágrimas que mojan la almohada.
—Marcus, por favor... hablemos, no hace falta que hagas esto —digo entre jadeos—. Ya te pedí perdón mil veces, lo siento de verdad, lo siento... no tienes que hacer esto para perdonarme.
Él sigue con su tarea sin decir palabra, y siento cómo su cuerpo se ha sentado encima de mi culo. Mientras termina de asegurar el nudo del cinto, no deja de mover su pelvis suavemente, frotando su entrepierna contra mis nalgas. Puedo sentir claramente su erección, caliente y dura, presionándose contra mí con cada movimiento. Mi mente lucha entre el pánico que me hace temblar y una respuesta física que no consigo controlar, un calor que comienza a extenderse por mi vientre a pesar de todo lo que siento.
Una vez que termina de atar mis brazos, sus manos se apoyan en mis caderas mientras sigo suplicando que se detenga.
Marcus: ¿O tal vez esto te está excitando, verdad? ¿No es así, cariño?
—No... no, Marcus, no es eso —respondo con la voz entrecortada, moviendo la cabeza de lado a lado contra la almohada. Pero en ese instante, él ríe baja y burlona.
Marcus: Entonces, ¿por qué te mueves las caderas así, frotándome las nalgas contra mi entrepierna? ¿No te gusta sentir cómo estoy duro por ti? A ver, admítelo... eres una puta depravada que se calienta cuando la trato con rudeza.
Mi rostro se quema de vergüenza porque tiene razón: sin darme cuenta, mis caderas se han estado moviendo de forma involuntaria, buscando el roce de su cuerpo contra el mío. A pesar del miedo y la confusión que me consumen, el calor en mi entrepierna es cada vez más intensa, y siento cómo mi cuerpo responde a su tacto a pesar de mi voluntad.
—No es eso... —susurro con voz agitada, cerrando los ojos con vergüenza—. Es que... después de que me ha estado estimulando así, es normal que mi cuerpo reaccione... aunque por dentro no quiero esto...
Pero él no me deja terminar. Se mueve a un costado, levantando ligeramente mi cadera con una mano mientras la otra baja hasta mi entrepierna. Siento sus dedos rozar mi piel húmeda, y una oleada de vergüenza y excitación me recorre el cuerpo. Luego, se acerca su mano a mi rostro, llevándomela hasta la nariz y luego a los labios.
Marcus: ¿Ah, sí? Entonces explícame qué es esto que estoy oliendo y saboreando... ¿no es el jugo de puta de tu entrepierna? Lo sientes, ¿no? Tu cuerpo dice algo completamente distinto a lo que dices con tu boca.
Yo me quedo callada, sin saber qué responder. Puedo sentir el sabor salado y cálido en mis labios, y la vergüenza me hace cerrar los ojos con fuerza mientras las lágrimas vuelven a desbordar. Mi cuerpo tiembla entre el deseo que no consigo reprimir y el miedo a lo que vendrá después.
Siento que me levanta con cuidado pero con firmeza, acomodándome sobre la cama mientras mis manos atadas detrás de la espalda me impiden moverme como quisiera. El miedo me hace temblar de pies a cabeza, y mi voz sale entrecortada:
—Marcus... ¿qué vas a hacer? ¿Qué es lo que planeas?
Él no responde de inmediato, solo alcanza una por una todas las almohadas de la cama y las junta frente a mí. Su movimiento es metódico, como si estuviera preparando algo con mucho cuidado, lo que solo aumenta mi angustia. No entiendo qué está haciendo, pero cada gesto suyo me llena de más pánico.
Luego, levanta ligeramente mi torso y mis caderas, empezando a colocar las almohadas debajo de mi panza y mi entrepierna. Con cada almohada que coloca, mi trasero se eleva más y más, hasta quedar completamente levantado y expuesto. La posición me hace sentir vulnerable y avergonzada, mientras mi respiración se hace más rápida y agitada. Siento cómo la tensión se acumula en mi cuerpo, mezclada con una sensación de impotencia que me hace querer llorar.
Una vez que termina de acomodarlas, comprueba con la mano que están bien colocadas, ajustándolas un poco hasta que queden como él quiere. Después, se coloca al costado de mí, y sus manos comienzan a deslizarse por mi trasero y mis muslos, acariciándolos con suavidad antes de apretarlos con firmeza. El contacto de sus manos calientes en mi piel hace que un escalofrío recorra mi espalda, entre el miedo y una respuesta física que no logro controlar.
—Marcus, por favor... dime qué vas a hacer —pregunto desesperadamente, moviendo la cabeza de lado a lado en un intento de verlo—. No hagas nada más, por favor...
Él se acerca su rostro a mi oído, y siento su sonrisa maliciosa antes de escuchar su voz:
Marcus: Te voy a azotar, mi amor. 200 nalgadas... una por cada día de esos dos meses en los que fuiste infiel, en los que elegiste a otro hombre antes que a mí. Ese tiempo fue suficiente para que olvidaras a quién perteneces.
La noticia me hace sentir como si el aire se me quedara en la garganta. Mi voz se llena de pánico y empiezo a ruegar con todas mis fuerzas:
—No, por favor Marcus, no lo hagas... no puedo aguantar eso, te lo ruego... lo siento tanto, lo siento...
Él ríe baja y burlona, y siento cómo sus manos se preparan en mi trasero:
Marcus: Bueno, mi amada puta... es hora de dejar bien claro a quién pertenece ese cuerpo de puta que tienes. Vas a aprender a no olvidarlo nunca más.
Su expresión cambia, llenándose de excitación y malicia. Luego, su mano cae sobre mi trasero con una fuerza que hace que mi cuerpo se estire hacia adelante. Cada nalgada es más fuerte que la anterior, aumentando la intensidad con cada golpe. El dolor se propaga por todo mi cuerpo, mezclándose con una sensación de confusión absoluta: parte de mí sufre con cada impacto, mientras otra parte responde de manera involuntaria al contacto, generando una tormenta de emociones que no logro entender ni controlar. Las lágrimas descienden sin cesar por mis mejillas, y mi voz se pierde en súplicas y gemidos que se mezclan en la oscuridad de la habitación.
Después de lo que parecen cinco minutos interminables, el dolor se hace tan intenso que no puedo aguantarlo más y grito con todas mis fuerzas:
—¡Marcus, por favor, detente! ¡No puedo más! —Susurro entre jadeos, mientras mis súplicas se vuelven más desesperadas—. Te prometo que nunca más volveré a hacerlo, te lo juro... haré todo lo que quieras, solo por favor, detente...
Pero él ni se inmuta. Deja de azotarme, pero su mano sigue apoyada en mi trasero, apretando la piel entre sus dedos con firmeza, haciendo que el dolor siga latiendo en cada centímetro de mi cuerpo. Mi respiración es entrecortada, y las lágrimas han empapado completamente la almohada debajo de mi rostro.
Entre sollozos, empiezo a pedir disculpas por todo, por absolutamente todo:
—Lo siento... lo siento tanto por mi infidelidad... por haber roto nuestra confianza... también lo siento por el vestido anoche... por haber sido tan tonta... por todas las cosas malas que he hecho en nuestro matrimonio... nunca debí hacer nada de esto... te fallé... te fallé tanto...
Él se queda en silencio por un momento, recuperando el aliento, mientras su mano sigue apretando mi trasero. Luego, sin previo aviso, vuelve a empezar con las nalgadas, esta vez con una potencia aún mayor que antes. Cada golpe hace que mi cuerpo se arquee hacia adelante, y salgo gritos fuertes que se pierden en la habitación. El dolor es tan agudo que siento como se nubla mi mente, y solo puedo pensar en cada impacto que cae sobre mí.
—¡Por favor... ten piedad... ten compasión de mí! —digo desesperadamente, mi voz rota y entrecortada por los gemidos.
Él se detiene por un instante, y siento su sonrisa maliciosa antes de escuchar su voz:
Marcus: ¿Crees que es un castigo justo por lo que hiciste? ¿O pensabas que sería un esposo cruel por castigar a una puta infiel como tú? ¿No crees que te lo mereces?
No puedo responderle; de mi boca solo salen gemidos y gritos entrecortados, mientras mi cuerpo tiembla con cada latido de mi corazón. En ese momento, él me toma del cabello con fuerza y da unos tirones que hacen que mi cabeza se levante de la almohada.
Con la desesperación de alguien que busca cualquier manera de detener el dolor, empiezo a gritar las palabras que sé que él quiere escuchar:
—¡Sí... soy una puta! ¡Olvidé mi lugar como tu puta! ¡Lo siento! ¡Lo reconozco!
Él sigue apretando mi cabello mientras vuelve a empezar con las nalgadas, gritando a mi oído:
Marcus: ¡Entonces ¡reconoce que serás mi esclava sexual exclusiva! ¡Que serás una dama en la calle, una excelente esposa en el matrimonio y una puta en la cama! ¡Dilo! ¡Dilo en voz alta!
Mis gritos se mezclan con las palabras que salen desesperadamente de mi boca, con cada fibra de mi ser pidiéndole que detenga el castigo mientras prometo lo que sea necesario:
—¡Sí, Marcus! ¡Prometo ser todo lo que me pidas y más! Seré tu dama en la calle, tu esposa dedicada en el matrimonio y tu puta en la cama... ¡seré tu recipiente de semen personal! ¡Exprimiendo hasta la última gota con mi boca y mi vagina! ¡Lo prometo! ¡Nunca más volveré a hacer nada que te haga daño!
Después de lo que parece una eternidad —25 minutos interminables de dolor y confusión—, él se detiene por completo. Siento cómo retira su mano de mi cuerpo y se aleja un poco, respirando con dificultad, tomando grandes bocanadas de aire. Mi propio cuerpo tiembla, el ardor en mis nalgas es intenso, pero al mismo tiempo siento un alivio abrumador al saber que ha terminado... por ahora.
Marcus: [con una sonrisa que parece divertida, aunque sus ojos aún muestran intensidad] Fue realmente emocionante... y excitante. No esperaba que el castigo me llenara tanto así.
Me quedo quieta, respirando con dificultad, sintiendo el ardor en mi trasero mientras mi mente lucha por procesar todo lo que pasó. Por más doloroso que haya sido, hay un extraño sentimiento de alivio en mi interior —como si una carga que llevaba encima desde hace meses finalmente se hubiera soltado un poco. Y aunque no quiera admitirlo, mi cuerpo respondió en formas que no entendía: durante esos minutos de azote, sentí cómo la excitación se mezclaba con el dolor, y tuve dos momentos en los que mi cuerpo se tensó y liberó una oleada de placer a pesar de todo.
Marcus se acerca y me levanta con cuidado, colocándome boca arriba en la cama, ajustando las almohadas debajo de mi cabeza para que esté cómoda. Luego se acuesta a mi lado, su cuerpo aún caliente y su respiración un poco agitada.
Marcus: La verdad es que esta experiencia fue... muy emocionante. No sabía cómo se sentiría castigarte así, pero fue más intensa de lo que esperaba. Y ya te lo digo: en el futuro lejano, lo volveremos a hacer. Necesitaremos recordar de quién eres propiedad.
Siento su mano rozando mi brazo suavemente, y cierro los ojos por un instante, tratando de calmar mi corazón que aún late a mil por hora. Estoy exhausta, cada músculo de mi cuerpo duele, pero hay algo en su voz ahora —un matiz de calidez que no había escuchado en horas— que me hace sentir un poco más tranquila.
Después de un rato, él se sienta en la cama y luego se mueve hacia el costado, tomándome del hombro y arrastrándome suavemente hacia el borde de la cama. Mis manos aún están atadas, pero su agarre es cuidadoso esta vez, como si quisiera asegurarme que estoy cerca sin hacerme daño. Mi cuerpo sigue temblando un poco, pero ahora es más por el agotamiento que por el miedo o la excitación pasada. Solo quiero descansar, solo quiero que todo esto haya valido la pena para recuperar lo que tuvimos alguna vez.
Siento cómo Marcus mueve mi cuerpo con cuidado pero con firmeza, acomodándome hasta el borde de la cama hasta que mi cabeza queda justo en el límite, casi a punto de caer. Mi cuerpo aún está cansado, mis músculos duelen y solo puedo observar lo que sucede, sin fuerzas para oponerme activamente en ese momento.
Después, lo veo arrodillarse frente a mí, sus ojos brillando con una intensidad que no había visto en mucho tiempo. Acerca su rostro al mío y me da un beso apasionado, pero invertido por la posición en la que estoy. El beso comienza suave, pero poco a poco se vuelve más lasivo, con sus labios moviéndose sobre los míos de manera lenta y insistente. Cuando se aparta, quedan hilos de baba entre nosotros, y la sensación me deja aturdida.
Se pone de pie y se deshace de su pantalón y boxer en un solo movimiento, tirándolos al suelo. Mi mirada se centra en su erección —grande, firme y prominente— y siento cómo el jugo pegajoso que chorrea de ella cae sobre mi rostro, cubriéndome en calidez y provocando una oleada de excitación que lucha con el agotamiento que aún siento en mi cuerpo.
Marcus: “Ya no aguanto más esta calentura… voy a usar tu boca de puta para aliviarme.”
Sus manos agarran mi cabeza con fuerza mientras apunta su miembro hacia mi boca. Pero en ese instante, cierro los labios con firmeza, haciendo que su erección choque contra ellos en lugar de entrar. Marcus empieza a frotar desesperadamente su miembro por toda mi cara —sus mejillas, mi frente, mi barbilla— antes de apartarlo bruscamente.
De repente, una de sus manos se mueve hasta mi nariz, tapando mis aberturas con sus dedos. En mi mente, sé lo que vendrá: la falta de aire me obligará a abrir la boca, y él introducirá su pene caliente y grande en ella. Ya me imagino cómo mi lengua se moverá por cada centímetro de él, lamiendo, chupando y succionando lo que siento como su néctar.
Y como lo había imaginado, no pasa mucho tiempo antes de que la necesidad de aire se haga insoportable. Con una leve sonrisa que espero que no note, abro la boca —una mezcla de ansiedad y una emoción que no logro contener se apodera de mí, a pesar de todo lo que he pasado.
En un instante, su barra de carne cae dentro de mi boca con fuerza, haciendo que sus bolas choquen violentamente contra mi nariz.
Marcus empieza a mover sus caderas con un ritmo lento y medido, sacando su miembro casi por completo de mi boca antes de volver a introducirlo con cuidado, como si estuviera saboreando cada instante. Entre jadeos, se escapan gemidos guturales que vibran en su pecho y resuenan en el silencio de la habitación, mezclándose con el suave crujido de la cama bajo nuestro peso.
Yo me concentro en cada centímetro de él, sintiendo cómo el calor de su piel caliente se propaga por mi lengua. Mi saliva se mezcla con el presemen que ya comienza a brotar de su punta —espeso y tibio, con un sabor acre que se adhiere a mis papilas gustativas. Sierra mis labios contra el miembro, sin apretarlos con fuerza, mientras empiezo a mover mi lengua de forma salvaje y voraz: recorriendo la línea dorsal con pequeños círculos, descendiendo hasta sus bolas para rozarlas suavemente antes de volver a subir, succionando con fuerza cada vez que él introduce su pene más hondo en mi boca. Con cada empuje de sus caderas, su abdomen roza ligeramente mi frente y sus bolas chocan bruscamente contra mi nariz, enviando una oleada de sensaciones que mezcla placer y ligera sorpresa.
—¡Mierda, maldita puta! —gime en voz alta, arqueando su cuerpo hacia adelante— ¿Desde cuándo tienes una boca tan jodidamente buena? ¡Increíble! ¡Tengo una puta hecha a la medida, solo para chuparme la polla como se debe! —Su ritmo aumenta un poco, sus dedos se enroscan en mi cabello con más fuerza, guiándome pero sin dominar completamente mis movimientos— ¡Sigue así, y me volveré adicto a esto!
Los segundos se desvanecen en un torbellino de sensaciones: el aroma a sudor y piel masculina que llena mis fosas nasales, el roce de sus muslos contra mis mejillas, el sonido de su respiración agitada que se mezcla con mis propios jadeos. Pasados unos instantes de ese intenso sexo oral, noto cómo su cuerpo se tensa de golpe, sus músculos se endurecen y su jadeo se convierte en un grito gutural de placer. Un chorro potente de leche caliente sale disparado de su miembro, caliente, espeso y viscoso, llenando mi boca de un sabor más concentrado que el presemen anterior.
Él retira su miembro de mi boca justo en ese momento, llevándolo hacia arriba, lo que provoca que las siguientes ráfagas de su corrida caigan directamente sobre mi rostro. El líquido golpea mi nariz con fuerza, luego se extiende por mis mejillas, alcanza los bordes de mis ojos y resbala hasta mi frente, empapando mi piel en una capa caliente y pegajosa que brilla bajo la luz tenue de la luna que entra por la ventana.
Después de que la última ráfaga termine, él se tambalea un poco antes de sentarse frente a mí, apoyando sus manos en la cama a ambos lados de mi cuerpo. Su respiración es aún agitada, gotas de sudor recorren su cuello y su frente. Con voz suave pero firme, casi un susurro cargado de autoridad, me dice:
—Traga todo lo que tienes en la boca primero… luego no te muevas.
Obedezco sin vacilar, tragando lentamente lo que tengo en mi boca —la textura espesa se desliza por mi garganta con facilidad. Entonces él se inclina hacia adelante, llevando sus dedos de su mano derecha a mi rostro. Con movimientos lentos y precisos, rastrea cada rincón donde el semen ha caído: primero mi nariz, recogiendo la mezcla de líquido y saliva con la yema de sus dedos; luego mis mejillas, pasando sus dedos por mi piel con una ligera presión; después los bordes de mis ojos, siendo más cuidadoso para no molestar mi vista; y por último mi frente, recogiendo cada gota restante. A medida que va recogiendo, va llevando sus dedos a mi boca, presionándolos suavemente contra mis labios para que los introduzca y trague todo, hasta que mi rostro quede completamente limpio.
Entonces él se inclina más aún, acercando su rostro al mío hasta que nuestros labios casi se tocan. Después de un instante de tensión cargada de deseo, vuelve a besarme con una pasión arrolladora. Nuestros labios se unen en un contacto lascivo, donde los restos de semen que quedan en sus labios y los míos se mezclan e intercambian, creando una textura pegajosa que hace que el beso sea aún más intenso. La forma en que su lengua explora mi boca, chupando la saliva mezclada con su líquido, provoca en mí una oleada de excitación tan fuerte que siento cómo mi cuerpo tiembla por completo, mis músculos se tensan y una sensación de placer casi inaguantable recorre mi vientre —estoy a punto de alcanzar el orgasmo, solo con la intensidad de ese beso. Pero justo en ese momento, él se aparta bruscamente, rompiendo el contacto y dejándome suspendida en el borde del éxtasis, sin poder completar la sensación.
Antes de que pueda asimilar lo que acaba de pasar, él se pone de pie de un salto y, con un movimiento rápido y decidido, me abofetea con fuerza en la mejilla derecha, haciendo que mi cabeza gire de un lado. Su miembro, que hasta hace instantes estaba duro, comienza a aflojarse poco a poco ahora que se ha puesto de pie.
Marcus: [con voz gruesa y firme, con un matiz de frustración en el tono] “Maldita sea… no debí correrme todavía. No estaba listo para acabar así, puta. Tenía más cosas planeadas, más formas de hacerte sentir quién es tu dueño.”
Antes de que pueda reaccionar, me suelta otra bofetada —esta vez en la mejilla opuesta, con la misma fuerza que la anterior. Pero en esta ocasión, el impacto no me provoca dolor como en un principio; al contrario, una oleada de calor se propaga por todo mi cuerpo, concentrándose en mi entrepierna y excitándome aún más. Ya no siento miedo al contacto, sino todo lo contrario: en este momento, cada gesto suyo, cada toque, parece encender una chispa dentro de mí que no puedo controlar.
Lo sigo con la mirada mientras se aleja hasta una de sus maletas que está apoyada en la esquina del cuarto. Se agacha, abriendo la cremallera con un sonido seco que resuena en la habitación, y comienza a buscar algo dentro, moviendo prendas de ropa y otros objetos con cuidado. Después de unos segundos de búsqueda, su mano emerge del interior y levanta lo que buscaba: un frasco transparente de lubricante con un dispensador de presión, cuyo contenido espeso y translúcido se ve claramente bajo la luz lunar.

De repente, sus manos se posan en mis caderas con firmeza y me levantan del borde de la cama, sentándome en el centro de las sábanas. Antes de que pueda reaccionar, su mano derecha se enreda en mi cabello, tirando suavemente pero con decisión hasta que mi cuerpo queda completamente derecho, mis hombros erguidos y mi rostro alineado con el suyo. La presión en mi cuello me hace respirar un poco más rápido, y siento cómo el aire se me queda en la garganta por la intensidad de su mirada.
Mientras sigo parada sobre la cama, apoyada en mis manos detrás de mí, su mano izquierda desciende hasta mi trasero. Sus dedos se ciernen sobre mi piel aún sensible de los azotes anteriores, y de pronto aprietan con fuerza una de mis nalgas, pellizcándola con una firmeza que hace que mi cuerpo se estire hacia adelante y escape de mi boca un grito gutural que mezcla dolor y placer. El impacto de su pellizco hace que mis piernas tiemblen y que un escalofrío recorra mi espalda, concentrándose en mi entrepierna.
Sin decir una palabra, su agarre en mi cabello se hace más fuerte y me lanza bruscamente sobre la cama, haciendo que mi torso golpee las sábanas con un pequeño ruido. Mi cabeza gira con el movimiento, y antes de que pueda levantarme, él se sube a la cama y se coloca a mi lado, su cuerpo caliente rozando el mío. Con una mano, toma mi pierna derecha y la levanta suavemente, doblando la rodilla hasta que mi muslo queda apoyado contra mi abdomen.
Luego, se inclina hacia adelante y empieza a recoger las almohadas que quedaron desordenadas por la cama después de lo anterior. Las toma una por una, llevándolas hasta mi cuerpo y colocándolas con cuidado debajo de mi entrepierna, ajustándolas para que mi pelvis quede elevada y expuesta. Mientras hace esto, su voz suena baja y ronca cerca de mi oído:
—¿Una puta como tú sigue siendo virgen del ano, verdad? —pregunta con un tono mezclado de curiosidad y malicia, mientras sus manos siguen acomodando las almohadas.
Me quedo un instante en silencio, sintiendo cómo la duda y el nerviosismo invaden mi mente. Sé que esto es nuevo, que nunca hemos llegado a este punto antes, y aunque mi cuerpo sigue respondiendo al contacto, una pequeña voz de preocupación se hace escuchar en mi interior. Finalmente, respondo en un susurro tembloroso:
—Sí… claro que soy virgen ahí. Nunca hemos hecho nada así, nunca me ha tocado nadie más allá de lo que ya conoces…
Él se detiene por un momento, y siento cómo su mano acaricia suavemente mi piel antes de seguir ajustando las almohadas, esta vez debajo de mi panza para que la posición sea más cómoda. Retrocede un poco hasta situarse entre la altura de mis rodillas, con una pierna arrodillada a cada lado de las mías, de manera que sus muslos rozan los míos con cada pequeño movimiento. Sus manos vuelven a descender hasta mi trasero, masajeando suavemente la piel aún sensible mientras mira hacia mí con una expresión que parece combinar deseo y algo que podría ser ternura:
—No te preocupes, zorra… esta vez seré tierno —dice, aunque en sus ojos sigue brillando esa intensidad que me ha acompañado toda la noche—. Solo quiero asegurarme de que estés lista para mí.
Sus manos comienzan a palpar mis nalgas con firmeza, recorriendo cada curva y contorno, apretando la piel de vez en cuando antes de soltarla lentamente. De repente, pellizca un lado y luego el otro, y cada pellizco envía una corriente que mezcla dolor agudo y placer cálido por todo mi cuerpo, haciendo que gemidos suaves se escapen de mi boca. Después de unos instantes, sus dedos se acercan a la zona más sensible, tomando la piel alrededor de mi ano y estirándola con cuidado pero con suficiente fuerza para dejarlo completamente al descubierto. La sensación de estar tan expuesta me hace temblar, mientras mi corazón late con más fuerza.
Siento entonces su aliento caliente rozando la superficie de mi ano, un susurro de aire que hace que mis músculos se tensen de anticipación. Al instante, algo húmedo y cálido comienza a recorrer el área alrededor, trazando círculos lentos y precisos —su lengua— que se desliza suavemente, explorando cada milímetro con una atención que me deja sin aliento.
Mientras su lengua continúa su recorrido, sus dedos ejercen más presión, estirando al máximo la piel para dejar la entrada completamente descubierta. Luego se detiene justo en el borde, comenzando a jugar con la zona: lamiendo con ligereza, chupando suavemente la piel alrededor, como si estuviera saboreando cada instante. La mezcla de sensaciones es abrumadora, y siento cómo el calor en mi entrepierna aumenta cada segundo.
De pronto, siento cómo su lengua empieza a presionar suavemente contra la entrada, avanzando poco a poco y masajeando las paredes de mi recto con movimientos lentos y cuidadosos. La sensación es extraña al principio, llena de ansiedad por lo desconocido, pero rápidamente se convierte en una oleada de excitación que hace que mi cuerpo se arquee hacia adelante, buscando más contacto.
Sus labios se pegan completamente a mi ano, succionando con fuerza mientras su lengua se mueve de forma salvaje dentro de mí, explorando cada rincón. Al mismo tiempo, sus manos apretan mis nalgas con tanta firmeza que siento cómo intenta abrirme más para introducir su lengua aún más profundo. Mis músculos tiemblan, y un gemido gutural se escapa de mi garganta, mezclado con el sonido de su respiración agitada.
Después de lo que parece una eternidad, él se despega bruscamente buscando aire, su respiración entrecortada y su voz rota cuando habla: “Mierda… tu ano está delicioso… ya no aguanto la idea de meter mi miembro ahí… sentir cómo tus paredes lo exprimen, se aprietan contra mí…” Sus palabras hacen que un escalofrío recorra mi espalda, mientras la excitación me consume por completo.
En ese momento, uno de los dedos que mantenía mi ano expuesto se dirige hacia la entrada, rozando la superficie con ligereza antes de empezar a penetrar lentamente y luego salir, en un movimiento de mete y saca despacio que me hace estremecer. Sin previo aviso, el dedo avanza bruscamente hasta el fondo, y en ese instante el orgasmo que llevaba acumulado desde hace mucho tiempo estalla en mi cuerpo con fuerza: mis músculos se tensan hasta el límite, una oleada de placer caliente recorre mi vientre, y mis ojos se cierran con fuerza mientras un grito de éxtasis sale de mi boca.
“Mi erección está casi recuperada…” dice él, su voz cargada de deseo “…te daré el toque final a tu ano.” Siento cómo su boca vuelve a posarse en la entrada, ensalivando la zona con movimientos lentos y cuidadosos para lubricarla. Al mismo tiempo, sus dedos se dirigen hacia mi vagina, buscando el jugo que aún queda de antes, recogiendo la humedad con sus yemas. Luego vuelve a llevar su boca al ano, depositando la humedad allí, repitiendo la acción varias veces hasta que la zona está completamente lubricada, lista para lo que vendrá después.
Él se endereza lentamente, pero sus manos no abandonan mi trasero ni por un instante, manteniendo sus dedos firmes sobre mi piel aún sensible. En cuestión de segundos, pega su cuerpo entero al mío, presionando su abdomen contra mi espalda mientras sus manos se cierran con fuerza sobre cada una de mis nalgas, soltando varias palmadas secas y potentes que hacen que mi cuerpo se estire hacia adelante, gemidos entrecortados escapando de mi boca. El dolor es intenso pero se entrelaza con una excitación que ya no logro contener, sintiendo cómo mi piel arde con cada impacto.
Momentos después, la entrepierna caliente de Marcus se posa sobre mi culo, su peso y el calor de su piel haciendo que tiemble. Siente cómo sus manos se mueven para abrir y separar mis nalgas con cuidado, depositando su miembro duro entre ellas. Comienza a mover las caderas con brusquedad, haciendo que su pene roce con fuerza contra mi piel, enviando corrientes de placer y sorpresa por todo mi cuerpo cada vez que su cuerpo choca con el mío.
Luego, él presiona mis nalgas alrededor de su miembro, apretándolas con justa medida mientras su ritmo se vuelve más suave y controlado. El calor que expulsa su pene se propaga por mi piel, caliente y envolvente, hasta que finalmente suelta mis nalgas, dejando que su miembro siga rozando suavemente entre ellas con cada pequeño movimiento de sus caderas.
Una de sus manos se aprieta contra mis brazos amarrados en la espalda, presionándolos ligeramente mientras la otra se engancha con fuerza en mi cabello. Tira de él hacia abajo, hundiendo mi cabeza en la cama hasta que mi rostro queda pegado a las sábanas, justo en ese momento empieza a embestir mi culo y a frotar su pene violentamente contra la piel, con un ritmo rápido y potente que hace que el colchón cruja bajo nuestro peso.
Cada embestida es acompañada de grandes gemidos guturales que brotan de su pecho, resonando en el cuarto mientras su mano presiona aún más mi cabeza contra la cama. Siento la intensidad con la que él goza al dominarme así, el placer que le produce se transmite a través de cada roce y cada movimiento, haciendo que mi propio cuerpo responda con un calor cada vez más fuerte en mi entrepierna.
Después de varios minutos de ese ritmo frenético, él se detiene bruscamente, jadeando con fuerza mientras intenta recuperar el aliento. Su respiración golpea mi espalda en bocanadas calientes, y siento cómo se mueve ligeramente sobre mí, buscando algo fuera de mi vista —el sonido de plástico rozándose me hace saber que ha encontrado el frasco de lubricante.
Mientras vuelve a mover las caderas, frotando su miembro despacio entre mis nalgas, siento cómo el líquido viscoso del lubricante cae sobre su pene, caliente y espeso. Usa una mano para esparcirlo por todo el largo de su miembro, pasando sus dedos con cuidado desde la base hasta la punta, asegurándose de que esté completamente cubierto.
Finalmente, retira su miembro de entre mis nalgas y lleva sus dedos, con los restos de lubricante, hasta mi ano, extendiendo el líquido con suavidad sobre la entrada y alrededor. Una vez que termino de lubricar la zona, siento cómo la cabeza de su pene se posa en la entrada de mi ano, cálida y firme. Lentamente, muy despacio, empieza a introducirla solo hasta la cabeza, un movimiento cuidadoso que hace que mis músculos se tensen y un suspiro profundo escape de mis labios.
El aire se cortó cuando sus palabras alcanzaron mi oído como una descarga eléctrica: "¿Estás lista, zorra de mierda?". Su aliento caliente y húmedo se mezcló con el perfume que siempre usaba, ese olor a madera quemada y menta artificial. Antes de que pudiera responder, sentí su cuerpo desplomarse sobre el mío con el peso preciso.
La primera penetración llegó como un cuchillo al rojo vivo. Su miembro, grueso y venoso, se abrió paso a través de mi esfínter con una precisión brutal. Cada centímetro que avanzaba dentro de mi recto sentía como si me rasgaran por dentro, la fricción generando un calor casi insoportable. La sensación de estar siendo rellenada, estirada más allá de lo que creía posible, hizo que mis uñas se clavaran en mis propias palmas atadas.
El grito que escapó de mi garganta no sonó humano. Las lágrimas brotaron instantáneamente, quemando como ácido mientras rodaban por mis mejillas y empapaban las sábanas debajo de mí. Mis intentos de moverme eran inútiles; las ataduras cortaban la circulación en mis muñecas. Cuando su mano se enredó en mi cabello y tiró hacia atrás, crei que varios mechones se desprenderian de mi cuero cabelludo. El dolor agudo se mezcló con la presión constante en mis entrañas.
"Tu culo es una maravilla", escupió contra mi nuca mientras ajustaba su agarre. Su voz sonaba distorsionada, como si hablara a través de una capa de saliva y excitación descontrolada. Mis protestas apenas formaban palabras coherentes: "Detente... por favor... me duele...". Pero mi cuerpo traicionero ya comenzaba a responder, los espasmos involuntarios de mi canal anal apretándose alrededor de su miembro en una contradicción biológica que odié al instante.
Su risa fue tan cortante como el golpe que siguió. "¿En serio creías que las nalgadas serían suficiente castigo para una puta infiel?". Un nuevo tirón de cabello sincronizado con una embestida más profunda. "El verdadero castigo es este." Sentí el lubricante frío mezclándose con mis fluidos, creando un sonido obsceno con cada movimiento. "Deberías agradecer que usé lubricante", murmuró mientras aceleraba el ritmo. "Mi plan original era hacerte llorar de agonía."
De pronto mi cabeza fue arqueada hacia atrás con una fuerza que me hizo soltar un grito. Su brazo rodeó mi cuello como una serpiente constrictora, los músculos de su antebrazo presionando contra mi tráquea. Cuando su rostro se apoyo sobre mí cabeza, pude sentir la intensidad de su respiración agitada.
El ajuste de su postura fue meticulosa. Sus pies se anclaron a cada lado de mis caderas, dándole un apalancamiento perfecto. La madera de la cama gimió bajo nuestro peso combinado. "Prepárate puta", anunció con una determinación aterradora. Su siguiente embestida fue tan violenta que mi cuerpo se desplazó varios centímetros hacia adelante sobre las sábanas arrugadas.
Mis súplicas se convirtieron en un mantra entrecortado: "No más... por favor... no puedo...". Las lágrimas habían formado un charco bajo mi cara. Su mano libre se cerró alrededor de mi cráneo como una abrazadera de metal, los dedos hundiéndose en mis sienes mientras su otro brazo mantenía la presión en mi garganta.
El ritmo era ahora una tortura calculada. Sentía la cabeza de su miembro rozando mi esfínter en cada retroceso parcial, solo para volver a hundirse hasta el fondo con un golpe seco que resonaba en mi pelvis. Cuando disminuía la velocidad, podía sentir cada pulso de su erección dentro de mí. Luego venían las series rápidas, cinco o seis embestidas consecutivas que hacían que la estructura de la cama protestara en sincronía con mis gemidos. Mi mente se fracturó en esemomento, dividiéndose entre el dolor agudo y un placer culpable que ascendía desde lo más profundo de mi ser. Cada golpe enviaba ondas de calor por mi espina dorsal, haciendo que mis músculos se contrajeran involuntariamente alrededor de su miembro. La fricción generaba un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con nuestros jadeos.
"¡Perdón! ¡Lo siento!" grité entre lágrimas, pero mis palabras sonaban más como un ruego desesperado que como una disculpa genuina. Él respondió con un gruñido gutural: "ya casi... termino...". Y entonces llegó el empujón final, tan brutal que mi visión se nubló por un instante. Su cuerpo se tensó como un arco antes de soltar un rugido animal. El calor de su semen inundó mi interior, espeso y abrasador, llenando cada espacio disponible mientras su miembro palpitaba y se deslizaba fuera de mí.
El peso de su cuerpo cayó sobre mí como un saco de arena mojada, aplastándome contra el colchón. Cuando rodó hacia un lado, sentí su semen escapando de mi cuerpo, mezclándose con el sudor que cubría mis muslos. Mis sollozos eran ahora silenciosos, agotados. Él respiraba con dificultad, pecho levantándose y bajando con agitación.
En algún punto, sin darme cuenta, había llegado al clímax. La revelación me golpeó con más fuerza que cualquier impacto anterior, no podía creer que mi cuerpo pudiera encontrar placer en medio de tanta confusión, tanto dolor, tanta humillación. Todo se había mezclado en un cóctel perverso que mis sentidos no pudieron resistir, un torbellino de sensaciones que me dejó temblando contra las sábanas arrugadas de la cama de la cabaña.
"En... unas horas... lo repetiremos de nuevo", murmuró él con voz ronca, su aliento caliente rozando mi piel mientras pasaba un dedo por mi espalda sudorosa, siguiendo las curvas de mis costillas como si estuviera trazando un mapa que apenas comenzaba a descubrir. "Pero está vez seré gentil."
Esa promesa sonó casi tierna en medio del desorden que habíamos creado entre cuatro paredes de madera oscura y desgastada por el tiempo. Cerré los ojos, sintiendo cómo mi cuerpo exhausto comenzaba a hundirse en el sueño, cada músculo latiendo con el eco de lo que habíamos vivido. La habitación olía a sexo violento, a lágrimas secas sobre la tela, a madera vieja y a la bruma del bosque que se colaba por las rendijas de las ventanas. Y en algún rincón oscuro y oculto de mi mente, una parte de mí – una parte que aún no entendía completamente – ya anhelaba la siguiente sesión, preguntándose qué forma tomaría esa gentileza que me prometía.
El resto de nuestra estancia en aquel refugio apartado del mundo pasó entre esos momentos de intensidad cruda y ráfagas de ternura inesperada – besos lentos que sanaban las marcas en mi piel, manos que masajeaban mis músculos tensos mientras el sol se ponía detrás de los árboles de caucho. Cuando llegó el día del regreso, el motor de la camioneta rugió con determinación, alejándonos de los senderos de tierra y llevándonos de vuelta al ritmo de la ciudad. Ahora, dos semanas después, el aroma de madera vieja y polvo de la cabaña ha sido completamente reemplazado por los olores que hacen de este lugar nuestro hogar.
Hoy he puesto la mesa con el mantel de encaje blanco que Marcus dijo que le gustaba, el que me regaló por nuestro tercer aniversario de casados. Las velas aromáticas de lavanda humean suavemente en el centro, y el aroma del estofado de ternera con hierbas que he estado cocinando desde la tarde llena cada rincón de nuestra casa en Pasir Panjang. Siento cómo mis dedos se detienen brevemente sobre la superficie pulida de la hornalla mientras mi mente viaja dos semanas atrás, hasta el momento en que bajamos de su camioneta frente a esta misma puerta después de cuatro días en la cabaña.
Recuerdo que el viaje de regreso fue en silencio por largos tramos, salvo por el suave murmullo del motor y el sonido de las llantas sobre la carretera. Yo estaba exhausta, aún sintiendo el cosquilleo en mis muñecas donde había estado atada, el recuerdo del dolor y el placer entrelazados quemado en mi piel. Cuando paramos en un semáforo, Marcus extendió su mano derecha hasta mi muslo y la apretó con firmeza – no con rudeza, sino con la certeza de alguien que sabe lo que quiere.
Sus condiciones fueron sencillas, recuerdo voz, segura y determinada. "Quiero tu completa sumisión y obediencia en todo lo que pida, no importa si a lo 2 minutos cambio de parecer". No volverás a ocultarme nada, ni siquiera los pensamientos que creas que pueden dolerme. Si desobedeces, incluso veo dudas en tu rostro, habrá castigo – no serán tan extremos como los del primer día, pero siempre justo según lo que merezcas."
Yo asentí sin decir una palabra, mi cabeza aún procesando todo lo que habíamos vivido. No cuestioné nada; en aquel momento, después de ver el peso que había llevado Marcus en silencio durante tanto tiempo, sentí que era lo único correcto. Había roto nuestra confianza, y él – que siempre había sido el esposo más paciente y atento que podría haber deseado – finalmente había dejado salir todo lo que se había reprimido en los cinco años de relación y 3 de matrimonio.
Con el tiempo, fui entendiendo mejor. En una de las noches en que hablábamos hasta tarde en la cabaña, acurrucados en el sofá con una taza de té caliente entre nuestras manos, me contó que siempre había sentido deseos más intensos, más primarios, pero que los había callado por miedo a asustarme, a que pensara que no la veía como más que un objeto de placer. Cuando descubrió que había compartido con otro hombre cosas que él siempre había soñado hacer conmigo, algo dentro suyo se rompió. "Me volví loco", me confesó horas después esa misma noche después un sesión intensa, mirándome a los ojos con una mezcla de pesar y determinación. "Vi que te habías aceptado hacer cosas que yo me negaba a pedirte, y me sentí tan traicionado. El castigo fue extremo porque necesité que entendieras lo profundo que me heriste y había llegado mi dolor – y también lo fuerte que era mi deseo de tenerte completamente para mí."
Nuestra vida sexual ahora plena
Cada día desde entonces ha sido un descubrimiento. Marcus ya no se contiene, y yo he descubierto partes de mí misma que nunca imaginé existían. Hay momentos de ternura – besos y caricias que parecen durar horas, manos que acarician mi piel con la delicadeza de quien maneja algo preciado – y momentos en los que su pasión se desata con una fuerza que me deja sin aliento.
Ya no hay secretos entre nosotros en la cama. Él me muestra habla de sus fantasías, y yo le cuento las mías, y juntos exploramos lo que nos hace bien. He aprendido que la sumisión que acepté no es debilidad, sino sobre confianza – confiar en que él nunca pasará los límites que me hagan llorar, confiar en que su deseo por mí va de la mano con su amor. A veces, cuando estamos solos en casa, me dice que me sienta libre de decirle que me gusta y que no, que el castigo solo existe cuando he desobedecido.
Cuando llega a casa
El sonido de las llaves en la cerradura me sacan de mis pensamientos y hace que mi corazón dé un salto de alegría – no lo he visto desde hace tres días, estuvo fuera por un viaje de negocios. Escucho sus pasos en el pasillo, el sonido de su maleta apoyándose contra la pared, y cuando aparece en la puerta de la cocina, mis ojos lágrimean de emoción sin que me dé cuenta.
Él lleva el traje gris que le queda tan bien, su camisa azul oscura un poco arrugada por el viaje, pero su sonrisa es la misma que me enamoró hace seis años. Se acerca hasta donde estoy apoyada en la encimera, y antes de que pueda decir nada, pone sus manos en mi cintura y me atrae hacia él.
"Hola, mi preciosa puta", murmura contra mi pelo, besando mi sien con ternura. Ese es nuestro acuerdo: cuando estamos solos, me llama así– palabras que al principio me hicieron sentir avergonzada, pero que ahora me llenan de calor, porque sé que para él no son un insulto, sino una forma de decir que soy suya completamente.
"¡Marcus! ¡Me alegro tanto de que estés de vuelta!", le digo, rodeándole el cuello con mis brazos y presionando mi cuerpo contra el suyo. Siento cómo su aroma – mezcla de su perfume habitual de cedro y un toque de sudor del viaje – invade mis sentidos, y mi piel se eriza de emoción. "He preparado tu estofado favorito, y también he preparado un postre que se, te gustará."
Él sonríe, y sus ojos se oscurecen un poco con el deseo que conozco tan bien ahora. Sus manos bajan hasta mi trasero, apretándolo suavemente antes de deslizarse por mis muslos. Muevo mi mano derecha con lentitud por su pecho, por la tela de su camisa, hasta llegar a su entrepierna, donde ya puedo sentir su erección firme bajo el pantalón. Lo palpo con suavidad, presionando ligeramente mientras mi pulso se acelera.
"Entonces, amor mío", digo, acercándome mi boca a la suya hasta que apenas nos tocamos los labios. "¿Qué quieres comer primero? El mostré o la comida que tengo lista en la cocina?"
Él se queda un instante en silencio, mirándome a los ojos con una intensidad que hace que mi entrepierna se caliente. Luego, baja su cabeza y me besa el cuello, mordisqueando suavemente el lóbulo de mi oreja antes de responder:
"He estado acumulando mucho estrés en estos días fuera, mí putita. He pensado en ti cada noche, imaginándo cada parte y agujeros de tu perfecto cuerpo esperándome para hacerte todo lo que me plazca." Pausa, y sus manos se aferran con más fuerza a mi cuerpo. "¿Estás preparada para una sesión intensa?
Porque vengo bien cargando por a verme reprimido durante estos días, esta noche no vamos a dormir hasta muy tarde."
Mi respiración se hace entrecortada, y siento cómo el calor se concentra en mi interior. Sonrío, acariciándole la mejilla con la mano libre antes de responderle con la misma pasión que siento en el alma:
"Ya sabes que mi cuerpo está para servirte, Marcus. Soy toda tuya – haz conmigo lo que quieras."
Al entrar, varias miradas se dirigen hacia nosotros de inmediato. Noto cómo los hombres que están en las mesas cercanas desvían su atención de sus comidas o de sus acompañantes para fijarse en mí. El vestido negro se ajusta a cada curva de mi cuerpo, grandes tetas que sobre salen del escote y los tacones altos hacen que camine con una cadencia más segura. Siento un cosquilleo de orgullo recorrer mi espalda —es bueno saber que aún puedo causar ese efecto en los demás— pero mi mirada no se aleja de Marcus ni por un instante. Él abre la silla para que me siente y luego se coloca frente a mí, su postura recta y atenta.
Camarero: Buenas noches, ¿les gustaría ver el menú o tienen ya en mente algo?
Marcus: Déjanos unos minutos, por favor.
El camarero se retira y Marcus baja la mirada al mantel blanco, pasando sus dedos por el borde de la copa de agua. Es el primer momento en que se queda pensativo: sus cejas se fruncen ligeramente y su mandíbula se tensa como si estuviera revisando algo en su mente.
Yo: El lugar es precioso. No sabía que existía algo así tan cerca de la cabaña.
Levanta la vista hacia mí, y por un instante veo cómo la tensión desaparece de su rostro.
Marcus: Lo encontré buscando opciones hace unos días. Sabía que te gustarían los detalles de la decoración —mira esas lámparas de cristal colgantes.
Yo: Sí, son hermosas. Recuerdo que cuando éramos novios siempre buscábamos lugares así para cenar.
Marcus: También recuerdo que siempre pedías el plato de pasta con salsa de champiñones.
Sonríe levemente y noto cómo se afloja el ambiente entre nosotros. Pedimos nuestras comidas —él el filete y yo la pasta que mencionó— y mientras esperamos, la conversación fluye con más naturalidad de lo que esperaba. Hablamos del bosque cerca de la cabaña, de cómo han crecido los árboles desde la última vez que vinimos juntos, de planes para arreglar algunos detalles de nuestra casa en la ciudad.
Mientras comemos, el segundo momento de ensimismamiento llega: está a punto de llevar el tenedor a su boca cuando se detiene, mirando hacia la esquina del restaurante como si oyera algo que yo no percibo. Su expresión se vuelve seria de nuevo y se queda así por varios segundos antes de volver a concentrarse en su comida.
Yo: ¿Todo bien?
Marcus: Sí, claro. Solo estaba pensando en algo del trabajo. Nada importante.
Terminamos la cena y la música en el salón se vuelve un poco más animada. Veo que hay un pequeño espacio libre en un rincón donde algunas parejas están bailando. Me levanto de mi silla y me acerco a su lado, extendiéndole la mano.
Yo: ¿Me bailas una canción?
Él mira mi mano luego hacia el espacio de baile, dudando por un instante, pero finalmente toma mi mano y se pone de pie.
EN EL BAILE
Nos colocamos en el espacio libre y él pone una de sus manos en mi cintura mientras la otra sostiene mi mano derecha. Comenzamos a bailar al compás de un tema lento y sensual. Muevo mis caderas con el ritmo, acercando mi cuerpo cada vez más al suyo hasta que nuestras piernas están entrelazadas y mi pecho rozando su pecho.
Siento cómo mi cuerpo responde al contacto: mi piel se calienta y una sensación de excitación comienza a extenderse por mi vientre. Muevo mis manos por su espalda, luego por sus hombros, descendiendo hasta sus manos que están sobre mi cintura. Cada vez que mi cadera se frota contra la suya, noto cómo la entrepierna de Marcus está caliente y endurecida, presionándose contra mí. Eso me hace sentir aún más deseada, más segura de que lo que estoy haciendo está funcionando.
Le acerco mi rostro cerca del suyo, moviendo mi cabeza al compás de la música mientras mis dedos juegan con los botones de su camisa. Él cierra los ojos por un instante, y siento cómo su mano aprieta mi cintura con más fuerza. Continuo bailando pegada a él, trazando círculos con mis caderas, sintiendo cada vez más el calor que emana de su cuerpo. Cuando la canción llega a su fin, ambos estamos respirando un poco más rápido de lo normal.
Marcus: Vamos... deberíamos regresar a la cabaña.
Su voz está un poco más grave de lo habitual, y eso me hace sonreír por dentro.
El viaje de regreso transcurre en un silencio cargado de tensión, pero esta vez no es de incomodidad: es un silencio lleno de expectativa, de deseos compartidos que flotan en el aire. Marcus conduce con atención, pero noto cómo sus manos se aprietan levemente en el volante cada vez que mi pierna rozá la suya.
Cuando llegamos a la cabaña, él apaga el motor y se baja primero para abrirme la puerta. Yo tomo su mano y lo guío sin decir nada hacia la entrada, luego por el pasillo hasta el dormitorio principal. La luz de la luna entra por la ventana, iluminando el cuarto con un resplandor suave.
Cierro la puerta con cuidado detrás de nosotros y miro a los ojos a Marcus, sintiendo cómo el deseo recorre cada parte de mi cuerpo. En ese instante, sin previo aviso, él extiende su brazo y atrae mi cuerpo hacia él de un movimiento brusco y decidido. Su mano se aposenta con fuerza en mi cintura, aprisionándome contra su pecho de tal manera que no puedo moverme ni un milímetro. El calor de su cuerpo invade el mío de golpe, y un escalofrío de sorpresa y expectativa recorre mi columna vertebral.
Antes de que pueda decir nada, sus labios se estrellan contra los míos en un beso que me quita el aliento de inmediato. No es suave ni tierno como solían ser los nuestros en el pasado; es brusco, exigente, con sus labios presionándose con fuerza contra los míos y su lengua buscando entrada sin permiso. Mis manos se agarran instintivamente a su pecho, entre el placer de sentirlo tan cerca y la sorpresa por la rudeza del gesto. Siento cómo mi corazón late a mil por hora, y aunque la intensidad me deja atónita, hay algo en esa crudeza que despierta en mí una mezcla de excitación y sumisión que no puedo explicar. El beso parece durar una eternidad y un instante a la vez, hasta que de repente él se aleja, soltando mi cintura como si me hubiera quemado.
Me quedo allí, los labios temblando y tratando de recuperar el aliento, inspirando con rapidez mientras mis pulmones luchan por llenarse de aire. Mis ojos están medio cerrados, todavía perdida en la intensidad del momento, cuando siento un sonido seco y un dolor ardiente que cruza mi mejilla derecha. Una bofetada fuerte, tan inesperada que me hace dar un paso atrás sin poder evitarlo. Mis manos vuelan instintivamente a la piel que ahora arde como si estuviera en llamas, y siento cómo las lágrimas comienzan a nublar mi vista, asomándose en el rincón de mis ojos. Mi mente está en completo shock: no puedo procesar lo que acaba de pasar, cómo de la pasión más intensa hemos pasado a esto en un abrir y cerrar de ojos.
—Marcus... ¿qué...? —comienzo a preguntar, mi voz quebrada y temblorosa, buscando en sus ojos alguna explicación, algún destello de la ternura que conocí alguna vez. Pero antes de que pueda terminar la frase, otra bofetada —esta vez en la mejilla izquierda— me corta en seco. El impacto es tan fuerte que mi cabeza gira con el movimiento, y las lágrimas que retenía descienden por mis mejillas calientes y doloridas. Mi cuerpo tiembla, ya no por el deseo que me invadía hace instantes, sino por la mezcla de dolor, confusión y miedo que ahora se apodera de mí.
Mi cabeza aún está girando del impacto de la segunda bofetada, las lágrimas ruedan por mis mejillas y el sabor salado llena mi boca. De repente, siento cómo su brazo vuelve a rodear mi cintura con fuerza, atraéndome de nuevo hacia él hasta que nuestro cuerpos están pegados de nuevo, el calor de su piel contrasta con el ardor de mis mejillas doloridas. No tengo fuerzas para resistirme, me quedo inmóvil, temblando ligeramente mientras mis manos agarran débilmente la tela de su camisa.
Con su mano libre, me agarra del cabello —sus dedos se enreden en mis mechones rubios con una firmeza que hace que mi cuello se estire hacia arriba— y tira suavemente pero decididamente hacia abajo, obligándome a levantar la cabeza hasta que mi rostro quede justo a la altura del suyo. El tirón me hace abrir la boca de un suspiro mezclado con un pequeño gemido de sorpresa, y en ese instante sus labios se abalanzan sobre los míos de nuevo.
No es un beso como el anterior, ahora se dedica a besar y chupar mis labios uno por uno, pasando su lengua por el contorno de mi boca abierta. Cada vez que intento cerrarla un poco, él tira ligeramente de mi cabello para mantenerla abierta, jugando con mi lengua con la suya, succionándola y besándome con una urgencia que mezcla placer y dolor. Mis sentidos están enloquecidos: el dolor en mi cuello y mejillas, el calor de su cuerpo contra el mío, la forma en que sus labios dominan los míos... siento una confusión abrumadora, entre el miedo que aún me retuerce el estómago y una respuesta física que no puedo controlar.
Después de lo que parece una eternidad, él se separa un paso, soltando mi cabello y dejándome inclinar la cabeza hacia adelante mientras intento recuperar el aliento, jadeando suavemente. Mis piernas tiemblan y me apoyo levemente en su pecho, buscando en sus ojos algo que pueda entender.
—Marcus... —susurro, mi voz rota y entrecortada— ¿Qué está pasando? ¿Por qué haces esto? Pensé que estábamos aquí para intentarlo de nuevo...
Él sonríe, pero en su mirada no hay ternura: solo ironía y sarcasmo. Se acerca un poco más, hasta que su aliento toca mi rostro.
Marcus: ¿De verdad creías que sería tan fácil, amor mío? ¿Que con un vestido bonito y unos bailes sensuales iba a olvidar todo lo que hiciste? ¿A olvidar cómo me humillaste, cómo me hiciste sentir menos que nada mientras tú te dejabas llevar por otro?
Sus palabras son como latigazos que golpean mi corazón, y las lágrimas vuelven a inundar mis ojos.
Marcus: Esta noche no vamos a simplemente "reconstruir" nada. Esta noche aprenderás las consecuencias de lo que hiciste. Te castigaré toda la noche, hasta que esté satisfecho... tanto emocionalmente como sexualmente. No tendrás más opciones que aceptarlo, como aceptaste nuestro acuerdo.
Antes de que pueda responder, su lengua se desliza por mi mejilla, desde la barbilla hasta la sien, limpiando una de mis lágrimas. Luego, sus labios se estrellan de nuevo contra los míos en un beso brusco y fugaz, tanto que apenas logro sentirlo —al final, tira ligeramente de mi labio inferior con sus dientes, pero lo suelta antes de que el dolor se haga presente, dejándome con la boca abierta y un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo.
Me quedo inmóvil frente a él, los ojos abiertos de par en par mientras sus palabras me alcanzan. Mis mejillas se calientan de vergüenza, aunque no estoy segura si es por el reproche en su voz o por la crudeza de sus preguntas.
Marcus: ¿Cómo te ocurrió que después de serle infiel, era buena idea ponerte un vestido tan provocador, que casi no deja nada a la imaginación? ¿Ir y exhibirte así ante otros hombres como si no tuvieras dueño?
No encuentro palabras para responderle. Quiero decirle que lo hice solo para él, para recordarle por qué me deseaba, pero mi voz se atasca en la garganta. De repente, veo cómo su mano se mueve con rapidez hacia mi pecho: agarra el escote de mi vestido negro de seda con fuerza y lo arranca violentamente hacia arriba, oyendo el crujido de la tela al romperse en dos. El vestido cae en pedazos a mis pies, dejándome apenas cubierta por mis bragas y sostén.
Un escalofrío de sorpresa y vergüenza recorre mi cuerpo; mi primera reacción es intentarme cubrir con las manos, pero él me impide moviéndome más cerca. Acerca su rostro al mío hasta que su boca queda justo al lado de mi oreja, y siento cómo su aliento caliente hace temblar mis músculos. Empieza a jugar con ella: lamiendo suavemente el lóbulo, luego chupándolo con una firmeza que me hace estremecer. Mis manos se agarran involuntariamente a sus hombros, entre el deseo que comienza a despertar en mí y la confusión que aún me consume.
Mientras sigue jugando con mi oreja, su voz baja y ronca cala hondo en mi piel:
Marcus: A mí no me molesta que quieras ser una puta, cariño... mientras tengas MUY claro de quién eres la puta. Solo mía. Nadie más tendrá derecho a mirarte, a tocarte, a tenerte como yo te voy a tener ahora.
Sus palabras son crudas, hirientes, pero al mismo tiempo llenas de una posesión que hace que mi cuerpo responda de manera involuntaria. Siento cómo el calor se concentra en mi entrepierna, a pesar del miedo y la vergüenza que aún me retuercen el corazón.
Se separa de mi rostro y se pone frente a mí, mirándome de arriba abajo con una sonrisa maliciosa en los labios. Sus ojos brillan con una mezcla de deseo y determinación que no he visto en mucho tiempo.
Marcus: Me alegro de saber que mi amada esposa es una puta... porque a partir de ahora, ese es el trato que te voy a dar. Ese es el lugar que te corresponde: ser mía, completamente mía, para hacer con ti lo que me plazca.
Antes de que pueda procesar sus palabras, sus labios se estrellan contra los míos de nuevo, pero esta vez el beso es más apasionado, más profundo. Siento cómo sus manos descienden hasta mi trasero, apretándolo con fuerza, palpando cada curva con una urgencia que se transmite a mi cuerpo entero. Mis brazos se enroscan alrededor de su cuello por sí solos, mientras mis sentidos se desvanecen en el calor de su tacto y el sabor de sus labios.
Mientras sus manos siguen palpando mi trasero, siento cómo agarra mis piernas con fuerza y las sube hasta su cintura. Mi cuerpo se eleva del suelo, y de instinto enrosco mis piernas alrededor de su cadera para sostenerme, mis brazos aún apretados a su cuello. Siento el movimiento de sus pasos mientras camina hacia la cama, el roce de nuestro cuerpo uno contra el otro hace que mi respiración se acelere, pero ahora mezclada con un miedo creciente que se apodera de mi pecho. Todavía estoy aturdida por la crudeza de sus palabras y la violencia de sus gestos anteriores.
De repente, deja de besarme, separando su rostro del mío con un movimiento brusco. No tengo tiempo de preguntarle qué pasa ni de prepararme, cuando me lanza con fuerza sobre la cama. El impacto hace que mi cuerpo rebote ligeramente sobre las sábanas, el aire se me queda en la garganta por la sorpresa y el golpe. Mis manos buscan apoyo en el colchón tratando de incorporarme, pero antes de que pueda moverme un centímetro, él se abalanza sobre mí.
Lo siento encima de mí, girando mi cuerpo con fuerza hasta que quede boca abajo. Su peso presiona el mío contra la cama, haciendo que no pueda moverme ni un poco. Una de sus manos se coloca sobre mi cabeza, presionándola suavemente pero con firmeza contra la almohada, impidiéndome levantarla. El olor de las sábanas y de su piel llena mis pulmones, mientras mi corazón late tan fuerte que siento que va a salir de mi pecho. Hay una mezcla extraña en mí: parte de mí todavía siente el deseo que despertó su tacto, pero ahora es dominado por la angustia y el miedo a lo que va a pasar.
Acerca nuevamente su rostro a mi oído, su aliento caliente contrasta con el escalofrío que recorre mi espalda. Con su mano libre, empieza a palpar mis nalgas con firmeza, apretándolas de vez en cuando. Su voz suena baja y burlona, como si estuviera disfrutando con cada instante.
Marcus: Bueno, mi querida puta... ya es hora de empezar tu castigo. La verdad es que estoy emocionado de poder torturarte sexualmente como te mereces. Y déjame decirte algo: entre más me pidas que me detenga, más te suplicues que pare, más caliente me pondré. Eso solo hará que siga por más tiempo.
Sus palabras son como un cubo de agua fría sobre mi cuerpo. Intenté moverme, pero su peso me mantiene completamente inmovilizada. Siento cómo su cuerpo se ajusta sobre el mío, y luego escucho el sonido de su cinto al desabrocharse. Mi mente empieza a trabajar a toda velocidad, tratando de encontrar una manera de escapar, de pedirle que se detenga, pero la única cosa que sale de mi boca es un susurro tembloroso: "Marcus... por favor... no..."
Pero él no hace caso. Empieza a forcejear conmigo, sujetando mis brazos libres detrás de mi espalda con una mano mientras con la otra intenta envolver el cinto alrededor de ellos. Mis músculos se tensan, intento resistirme, pero su fuerza es mucho mayor que la mía. Siento cómo el cuero del cinto se aprieta alrededor de mis muñecas, apretándolas hasta que empiezo a sentir un hormigueo en las puntas de los dedos. Mi respiración se hace entrecortada, las lágrimas vuelven a rodar por mis mejillas y se filtran en las sábanas debajo de mí. No entiendo cómo llegamos hasta aquí, cómo el deseo de recuperar lo nuestro se ha convertido en esto.
Mientras el cuero del cinto se aprieta cada vez más alrededor de mis muñecas, mi voz se quebra con cada súplica que sale de mi boca, mezclada con las lágrimas que mojan la almohada.
—Marcus, por favor... hablemos, no hace falta que hagas esto —digo entre jadeos—. Ya te pedí perdón mil veces, lo siento de verdad, lo siento... no tienes que hacer esto para perdonarme.
Él sigue con su tarea sin decir palabra, y siento cómo su cuerpo se ha sentado encima de mi culo. Mientras termina de asegurar el nudo del cinto, no deja de mover su pelvis suavemente, frotando su entrepierna contra mis nalgas. Puedo sentir claramente su erección, caliente y dura, presionándose contra mí con cada movimiento. Mi mente lucha entre el pánico que me hace temblar y una respuesta física que no consigo controlar, un calor que comienza a extenderse por mi vientre a pesar de todo lo que siento.
Una vez que termina de atar mis brazos, sus manos se apoyan en mis caderas mientras sigo suplicando que se detenga.
Marcus: ¿O tal vez esto te está excitando, verdad? ¿No es así, cariño?
—No... no, Marcus, no es eso —respondo con la voz entrecortada, moviendo la cabeza de lado a lado contra la almohada. Pero en ese instante, él ríe baja y burlona.
Marcus: Entonces, ¿por qué te mueves las caderas así, frotándome las nalgas contra mi entrepierna? ¿No te gusta sentir cómo estoy duro por ti? A ver, admítelo... eres una puta depravada que se calienta cuando la trato con rudeza.
Mi rostro se quema de vergüenza porque tiene razón: sin darme cuenta, mis caderas se han estado moviendo de forma involuntaria, buscando el roce de su cuerpo contra el mío. A pesar del miedo y la confusión que me consumen, el calor en mi entrepierna es cada vez más intensa, y siento cómo mi cuerpo responde a su tacto a pesar de mi voluntad.
—No es eso... —susurro con voz agitada, cerrando los ojos con vergüenza—. Es que... después de que me ha estado estimulando así, es normal que mi cuerpo reaccione... aunque por dentro no quiero esto...
Pero él no me deja terminar. Se mueve a un costado, levantando ligeramente mi cadera con una mano mientras la otra baja hasta mi entrepierna. Siento sus dedos rozar mi piel húmeda, y una oleada de vergüenza y excitación me recorre el cuerpo. Luego, se acerca su mano a mi rostro, llevándomela hasta la nariz y luego a los labios.
Marcus: ¿Ah, sí? Entonces explícame qué es esto que estoy oliendo y saboreando... ¿no es el jugo de puta de tu entrepierna? Lo sientes, ¿no? Tu cuerpo dice algo completamente distinto a lo que dices con tu boca.
Yo me quedo callada, sin saber qué responder. Puedo sentir el sabor salado y cálido en mis labios, y la vergüenza me hace cerrar los ojos con fuerza mientras las lágrimas vuelven a desbordar. Mi cuerpo tiembla entre el deseo que no consigo reprimir y el miedo a lo que vendrá después.
Siento que me levanta con cuidado pero con firmeza, acomodándome sobre la cama mientras mis manos atadas detrás de la espalda me impiden moverme como quisiera. El miedo me hace temblar de pies a cabeza, y mi voz sale entrecortada:
—Marcus... ¿qué vas a hacer? ¿Qué es lo que planeas?
Él no responde de inmediato, solo alcanza una por una todas las almohadas de la cama y las junta frente a mí. Su movimiento es metódico, como si estuviera preparando algo con mucho cuidado, lo que solo aumenta mi angustia. No entiendo qué está haciendo, pero cada gesto suyo me llena de más pánico.
Luego, levanta ligeramente mi torso y mis caderas, empezando a colocar las almohadas debajo de mi panza y mi entrepierna. Con cada almohada que coloca, mi trasero se eleva más y más, hasta quedar completamente levantado y expuesto. La posición me hace sentir vulnerable y avergonzada, mientras mi respiración se hace más rápida y agitada. Siento cómo la tensión se acumula en mi cuerpo, mezclada con una sensación de impotencia que me hace querer llorar.
Una vez que termina de acomodarlas, comprueba con la mano que están bien colocadas, ajustándolas un poco hasta que queden como él quiere. Después, se coloca al costado de mí, y sus manos comienzan a deslizarse por mi trasero y mis muslos, acariciándolos con suavidad antes de apretarlos con firmeza. El contacto de sus manos calientes en mi piel hace que un escalofrío recorra mi espalda, entre el miedo y una respuesta física que no logro controlar.
—Marcus, por favor... dime qué vas a hacer —pregunto desesperadamente, moviendo la cabeza de lado a lado en un intento de verlo—. No hagas nada más, por favor...
Él se acerca su rostro a mi oído, y siento su sonrisa maliciosa antes de escuchar su voz:
Marcus: Te voy a azotar, mi amor. 200 nalgadas... una por cada día de esos dos meses en los que fuiste infiel, en los que elegiste a otro hombre antes que a mí. Ese tiempo fue suficiente para que olvidaras a quién perteneces.
La noticia me hace sentir como si el aire se me quedara en la garganta. Mi voz se llena de pánico y empiezo a ruegar con todas mis fuerzas:
—No, por favor Marcus, no lo hagas... no puedo aguantar eso, te lo ruego... lo siento tanto, lo siento...
Él ríe baja y burlona, y siento cómo sus manos se preparan en mi trasero:
Marcus: Bueno, mi amada puta... es hora de dejar bien claro a quién pertenece ese cuerpo de puta que tienes. Vas a aprender a no olvidarlo nunca más.
Su expresión cambia, llenándose de excitación y malicia. Luego, su mano cae sobre mi trasero con una fuerza que hace que mi cuerpo se estire hacia adelante. Cada nalgada es más fuerte que la anterior, aumentando la intensidad con cada golpe. El dolor se propaga por todo mi cuerpo, mezclándose con una sensación de confusión absoluta: parte de mí sufre con cada impacto, mientras otra parte responde de manera involuntaria al contacto, generando una tormenta de emociones que no logro entender ni controlar. Las lágrimas descienden sin cesar por mis mejillas, y mi voz se pierde en súplicas y gemidos que se mezclan en la oscuridad de la habitación.
Después de lo que parecen cinco minutos interminables, el dolor se hace tan intenso que no puedo aguantarlo más y grito con todas mis fuerzas:
—¡Marcus, por favor, detente! ¡No puedo más! —Susurro entre jadeos, mientras mis súplicas se vuelven más desesperadas—. Te prometo que nunca más volveré a hacerlo, te lo juro... haré todo lo que quieras, solo por favor, detente...
Pero él ni se inmuta. Deja de azotarme, pero su mano sigue apoyada en mi trasero, apretando la piel entre sus dedos con firmeza, haciendo que el dolor siga latiendo en cada centímetro de mi cuerpo. Mi respiración es entrecortada, y las lágrimas han empapado completamente la almohada debajo de mi rostro.
Entre sollozos, empiezo a pedir disculpas por todo, por absolutamente todo:
—Lo siento... lo siento tanto por mi infidelidad... por haber roto nuestra confianza... también lo siento por el vestido anoche... por haber sido tan tonta... por todas las cosas malas que he hecho en nuestro matrimonio... nunca debí hacer nada de esto... te fallé... te fallé tanto...
Él se queda en silencio por un momento, recuperando el aliento, mientras su mano sigue apretando mi trasero. Luego, sin previo aviso, vuelve a empezar con las nalgadas, esta vez con una potencia aún mayor que antes. Cada golpe hace que mi cuerpo se arquee hacia adelante, y salgo gritos fuertes que se pierden en la habitación. El dolor es tan agudo que siento como se nubla mi mente, y solo puedo pensar en cada impacto que cae sobre mí.
—¡Por favor... ten piedad... ten compasión de mí! —digo desesperadamente, mi voz rota y entrecortada por los gemidos.
Él se detiene por un instante, y siento su sonrisa maliciosa antes de escuchar su voz:
Marcus: ¿Crees que es un castigo justo por lo que hiciste? ¿O pensabas que sería un esposo cruel por castigar a una puta infiel como tú? ¿No crees que te lo mereces?
No puedo responderle; de mi boca solo salen gemidos y gritos entrecortados, mientras mi cuerpo tiembla con cada latido de mi corazón. En ese momento, él me toma del cabello con fuerza y da unos tirones que hacen que mi cabeza se levante de la almohada.
Con la desesperación de alguien que busca cualquier manera de detener el dolor, empiezo a gritar las palabras que sé que él quiere escuchar:
—¡Sí... soy una puta! ¡Olvidé mi lugar como tu puta! ¡Lo siento! ¡Lo reconozco!
Él sigue apretando mi cabello mientras vuelve a empezar con las nalgadas, gritando a mi oído:
Marcus: ¡Entonces ¡reconoce que serás mi esclava sexual exclusiva! ¡Que serás una dama en la calle, una excelente esposa en el matrimonio y una puta en la cama! ¡Dilo! ¡Dilo en voz alta!
Mis gritos se mezclan con las palabras que salen desesperadamente de mi boca, con cada fibra de mi ser pidiéndole que detenga el castigo mientras prometo lo que sea necesario:
—¡Sí, Marcus! ¡Prometo ser todo lo que me pidas y más! Seré tu dama en la calle, tu esposa dedicada en el matrimonio y tu puta en la cama... ¡seré tu recipiente de semen personal! ¡Exprimiendo hasta la última gota con mi boca y mi vagina! ¡Lo prometo! ¡Nunca más volveré a hacer nada que te haga daño!
Después de lo que parece una eternidad —25 minutos interminables de dolor y confusión—, él se detiene por completo. Siento cómo retira su mano de mi cuerpo y se aleja un poco, respirando con dificultad, tomando grandes bocanadas de aire. Mi propio cuerpo tiembla, el ardor en mis nalgas es intenso, pero al mismo tiempo siento un alivio abrumador al saber que ha terminado... por ahora.
Marcus: [con una sonrisa que parece divertida, aunque sus ojos aún muestran intensidad] Fue realmente emocionante... y excitante. No esperaba que el castigo me llenara tanto así.
Me quedo quieta, respirando con dificultad, sintiendo el ardor en mi trasero mientras mi mente lucha por procesar todo lo que pasó. Por más doloroso que haya sido, hay un extraño sentimiento de alivio en mi interior —como si una carga que llevaba encima desde hace meses finalmente se hubiera soltado un poco. Y aunque no quiera admitirlo, mi cuerpo respondió en formas que no entendía: durante esos minutos de azote, sentí cómo la excitación se mezclaba con el dolor, y tuve dos momentos en los que mi cuerpo se tensó y liberó una oleada de placer a pesar de todo.
Marcus se acerca y me levanta con cuidado, colocándome boca arriba en la cama, ajustando las almohadas debajo de mi cabeza para que esté cómoda. Luego se acuesta a mi lado, su cuerpo aún caliente y su respiración un poco agitada.
Marcus: La verdad es que esta experiencia fue... muy emocionante. No sabía cómo se sentiría castigarte así, pero fue más intensa de lo que esperaba. Y ya te lo digo: en el futuro lejano, lo volveremos a hacer. Necesitaremos recordar de quién eres propiedad.
Siento su mano rozando mi brazo suavemente, y cierro los ojos por un instante, tratando de calmar mi corazón que aún late a mil por hora. Estoy exhausta, cada músculo de mi cuerpo duele, pero hay algo en su voz ahora —un matiz de calidez que no había escuchado en horas— que me hace sentir un poco más tranquila.
Después de un rato, él se sienta en la cama y luego se mueve hacia el costado, tomándome del hombro y arrastrándome suavemente hacia el borde de la cama. Mis manos aún están atadas, pero su agarre es cuidadoso esta vez, como si quisiera asegurarme que estoy cerca sin hacerme daño. Mi cuerpo sigue temblando un poco, pero ahora es más por el agotamiento que por el miedo o la excitación pasada. Solo quiero descansar, solo quiero que todo esto haya valido la pena para recuperar lo que tuvimos alguna vez.
Siento cómo Marcus mueve mi cuerpo con cuidado pero con firmeza, acomodándome hasta el borde de la cama hasta que mi cabeza queda justo en el límite, casi a punto de caer. Mi cuerpo aún está cansado, mis músculos duelen y solo puedo observar lo que sucede, sin fuerzas para oponerme activamente en ese momento.
Después, lo veo arrodillarse frente a mí, sus ojos brillando con una intensidad que no había visto en mucho tiempo. Acerca su rostro al mío y me da un beso apasionado, pero invertido por la posición en la que estoy. El beso comienza suave, pero poco a poco se vuelve más lasivo, con sus labios moviéndose sobre los míos de manera lenta y insistente. Cuando se aparta, quedan hilos de baba entre nosotros, y la sensación me deja aturdida.
Se pone de pie y se deshace de su pantalón y boxer en un solo movimiento, tirándolos al suelo. Mi mirada se centra en su erección —grande, firme y prominente— y siento cómo el jugo pegajoso que chorrea de ella cae sobre mi rostro, cubriéndome en calidez y provocando una oleada de excitación que lucha con el agotamiento que aún siento en mi cuerpo.
Marcus: “Ya no aguanto más esta calentura… voy a usar tu boca de puta para aliviarme.”
Sus manos agarran mi cabeza con fuerza mientras apunta su miembro hacia mi boca. Pero en ese instante, cierro los labios con firmeza, haciendo que su erección choque contra ellos en lugar de entrar. Marcus empieza a frotar desesperadamente su miembro por toda mi cara —sus mejillas, mi frente, mi barbilla— antes de apartarlo bruscamente.
De repente, una de sus manos se mueve hasta mi nariz, tapando mis aberturas con sus dedos. En mi mente, sé lo que vendrá: la falta de aire me obligará a abrir la boca, y él introducirá su pene caliente y grande en ella. Ya me imagino cómo mi lengua se moverá por cada centímetro de él, lamiendo, chupando y succionando lo que siento como su néctar.
Y como lo había imaginado, no pasa mucho tiempo antes de que la necesidad de aire se haga insoportable. Con una leve sonrisa que espero que no note, abro la boca —una mezcla de ansiedad y una emoción que no logro contener se apodera de mí, a pesar de todo lo que he pasado.
En un instante, su barra de carne cae dentro de mi boca con fuerza, haciendo que sus bolas choquen violentamente contra mi nariz.
Marcus empieza a mover sus caderas con un ritmo lento y medido, sacando su miembro casi por completo de mi boca antes de volver a introducirlo con cuidado, como si estuviera saboreando cada instante. Entre jadeos, se escapan gemidos guturales que vibran en su pecho y resuenan en el silencio de la habitación, mezclándose con el suave crujido de la cama bajo nuestro peso.
Yo me concentro en cada centímetro de él, sintiendo cómo el calor de su piel caliente se propaga por mi lengua. Mi saliva se mezcla con el presemen que ya comienza a brotar de su punta —espeso y tibio, con un sabor acre que se adhiere a mis papilas gustativas. Sierra mis labios contra el miembro, sin apretarlos con fuerza, mientras empiezo a mover mi lengua de forma salvaje y voraz: recorriendo la línea dorsal con pequeños círculos, descendiendo hasta sus bolas para rozarlas suavemente antes de volver a subir, succionando con fuerza cada vez que él introduce su pene más hondo en mi boca. Con cada empuje de sus caderas, su abdomen roza ligeramente mi frente y sus bolas chocan bruscamente contra mi nariz, enviando una oleada de sensaciones que mezcla placer y ligera sorpresa.
—¡Mierda, maldita puta! —gime en voz alta, arqueando su cuerpo hacia adelante— ¿Desde cuándo tienes una boca tan jodidamente buena? ¡Increíble! ¡Tengo una puta hecha a la medida, solo para chuparme la polla como se debe! —Su ritmo aumenta un poco, sus dedos se enroscan en mi cabello con más fuerza, guiándome pero sin dominar completamente mis movimientos— ¡Sigue así, y me volveré adicto a esto!
Los segundos se desvanecen en un torbellino de sensaciones: el aroma a sudor y piel masculina que llena mis fosas nasales, el roce de sus muslos contra mis mejillas, el sonido de su respiración agitada que se mezcla con mis propios jadeos. Pasados unos instantes de ese intenso sexo oral, noto cómo su cuerpo se tensa de golpe, sus músculos se endurecen y su jadeo se convierte en un grito gutural de placer. Un chorro potente de leche caliente sale disparado de su miembro, caliente, espeso y viscoso, llenando mi boca de un sabor más concentrado que el presemen anterior.
Él retira su miembro de mi boca justo en ese momento, llevándolo hacia arriba, lo que provoca que las siguientes ráfagas de su corrida caigan directamente sobre mi rostro. El líquido golpea mi nariz con fuerza, luego se extiende por mis mejillas, alcanza los bordes de mis ojos y resbala hasta mi frente, empapando mi piel en una capa caliente y pegajosa que brilla bajo la luz tenue de la luna que entra por la ventana.
Después de que la última ráfaga termine, él se tambalea un poco antes de sentarse frente a mí, apoyando sus manos en la cama a ambos lados de mi cuerpo. Su respiración es aún agitada, gotas de sudor recorren su cuello y su frente. Con voz suave pero firme, casi un susurro cargado de autoridad, me dice:
—Traga todo lo que tienes en la boca primero… luego no te muevas.
Obedezco sin vacilar, tragando lentamente lo que tengo en mi boca —la textura espesa se desliza por mi garganta con facilidad. Entonces él se inclina hacia adelante, llevando sus dedos de su mano derecha a mi rostro. Con movimientos lentos y precisos, rastrea cada rincón donde el semen ha caído: primero mi nariz, recogiendo la mezcla de líquido y saliva con la yema de sus dedos; luego mis mejillas, pasando sus dedos por mi piel con una ligera presión; después los bordes de mis ojos, siendo más cuidadoso para no molestar mi vista; y por último mi frente, recogiendo cada gota restante. A medida que va recogiendo, va llevando sus dedos a mi boca, presionándolos suavemente contra mis labios para que los introduzca y trague todo, hasta que mi rostro quede completamente limpio.
Entonces él se inclina más aún, acercando su rostro al mío hasta que nuestros labios casi se tocan. Después de un instante de tensión cargada de deseo, vuelve a besarme con una pasión arrolladora. Nuestros labios se unen en un contacto lascivo, donde los restos de semen que quedan en sus labios y los míos se mezclan e intercambian, creando una textura pegajosa que hace que el beso sea aún más intenso. La forma en que su lengua explora mi boca, chupando la saliva mezclada con su líquido, provoca en mí una oleada de excitación tan fuerte que siento cómo mi cuerpo tiembla por completo, mis músculos se tensan y una sensación de placer casi inaguantable recorre mi vientre —estoy a punto de alcanzar el orgasmo, solo con la intensidad de ese beso. Pero justo en ese momento, él se aparta bruscamente, rompiendo el contacto y dejándome suspendida en el borde del éxtasis, sin poder completar la sensación.
Antes de que pueda asimilar lo que acaba de pasar, él se pone de pie de un salto y, con un movimiento rápido y decidido, me abofetea con fuerza en la mejilla derecha, haciendo que mi cabeza gire de un lado. Su miembro, que hasta hace instantes estaba duro, comienza a aflojarse poco a poco ahora que se ha puesto de pie.
Marcus: [con voz gruesa y firme, con un matiz de frustración en el tono] “Maldita sea… no debí correrme todavía. No estaba listo para acabar así, puta. Tenía más cosas planeadas, más formas de hacerte sentir quién es tu dueño.”
Antes de que pueda reaccionar, me suelta otra bofetada —esta vez en la mejilla opuesta, con la misma fuerza que la anterior. Pero en esta ocasión, el impacto no me provoca dolor como en un principio; al contrario, una oleada de calor se propaga por todo mi cuerpo, concentrándose en mi entrepierna y excitándome aún más. Ya no siento miedo al contacto, sino todo lo contrario: en este momento, cada gesto suyo, cada toque, parece encender una chispa dentro de mí que no puedo controlar.
Lo sigo con la mirada mientras se aleja hasta una de sus maletas que está apoyada en la esquina del cuarto. Se agacha, abriendo la cremallera con un sonido seco que resuena en la habitación, y comienza a buscar algo dentro, moviendo prendas de ropa y otros objetos con cuidado. Después de unos segundos de búsqueda, su mano emerge del interior y levanta lo que buscaba: un frasco transparente de lubricante con un dispensador de presión, cuyo contenido espeso y translúcido se ve claramente bajo la luz lunar.

De repente, sus manos se posan en mis caderas con firmeza y me levantan del borde de la cama, sentándome en el centro de las sábanas. Antes de que pueda reaccionar, su mano derecha se enreda en mi cabello, tirando suavemente pero con decisión hasta que mi cuerpo queda completamente derecho, mis hombros erguidos y mi rostro alineado con el suyo. La presión en mi cuello me hace respirar un poco más rápido, y siento cómo el aire se me queda en la garganta por la intensidad de su mirada.
Mientras sigo parada sobre la cama, apoyada en mis manos detrás de mí, su mano izquierda desciende hasta mi trasero. Sus dedos se ciernen sobre mi piel aún sensible de los azotes anteriores, y de pronto aprietan con fuerza una de mis nalgas, pellizcándola con una firmeza que hace que mi cuerpo se estire hacia adelante y escape de mi boca un grito gutural que mezcla dolor y placer. El impacto de su pellizco hace que mis piernas tiemblen y que un escalofrío recorra mi espalda, concentrándose en mi entrepierna.
Sin decir una palabra, su agarre en mi cabello se hace más fuerte y me lanza bruscamente sobre la cama, haciendo que mi torso golpee las sábanas con un pequeño ruido. Mi cabeza gira con el movimiento, y antes de que pueda levantarme, él se sube a la cama y se coloca a mi lado, su cuerpo caliente rozando el mío. Con una mano, toma mi pierna derecha y la levanta suavemente, doblando la rodilla hasta que mi muslo queda apoyado contra mi abdomen.
Luego, se inclina hacia adelante y empieza a recoger las almohadas que quedaron desordenadas por la cama después de lo anterior. Las toma una por una, llevándolas hasta mi cuerpo y colocándolas con cuidado debajo de mi entrepierna, ajustándolas para que mi pelvis quede elevada y expuesta. Mientras hace esto, su voz suena baja y ronca cerca de mi oído:
—¿Una puta como tú sigue siendo virgen del ano, verdad? —pregunta con un tono mezclado de curiosidad y malicia, mientras sus manos siguen acomodando las almohadas.
Me quedo un instante en silencio, sintiendo cómo la duda y el nerviosismo invaden mi mente. Sé que esto es nuevo, que nunca hemos llegado a este punto antes, y aunque mi cuerpo sigue respondiendo al contacto, una pequeña voz de preocupación se hace escuchar en mi interior. Finalmente, respondo en un susurro tembloroso:
—Sí… claro que soy virgen ahí. Nunca hemos hecho nada así, nunca me ha tocado nadie más allá de lo que ya conoces…
Él se detiene por un momento, y siento cómo su mano acaricia suavemente mi piel antes de seguir ajustando las almohadas, esta vez debajo de mi panza para que la posición sea más cómoda. Retrocede un poco hasta situarse entre la altura de mis rodillas, con una pierna arrodillada a cada lado de las mías, de manera que sus muslos rozan los míos con cada pequeño movimiento. Sus manos vuelven a descender hasta mi trasero, masajeando suavemente la piel aún sensible mientras mira hacia mí con una expresión que parece combinar deseo y algo que podría ser ternura:
—No te preocupes, zorra… esta vez seré tierno —dice, aunque en sus ojos sigue brillando esa intensidad que me ha acompañado toda la noche—. Solo quiero asegurarme de que estés lista para mí.
Sus manos comienzan a palpar mis nalgas con firmeza, recorriendo cada curva y contorno, apretando la piel de vez en cuando antes de soltarla lentamente. De repente, pellizca un lado y luego el otro, y cada pellizco envía una corriente que mezcla dolor agudo y placer cálido por todo mi cuerpo, haciendo que gemidos suaves se escapen de mi boca. Después de unos instantes, sus dedos se acercan a la zona más sensible, tomando la piel alrededor de mi ano y estirándola con cuidado pero con suficiente fuerza para dejarlo completamente al descubierto. La sensación de estar tan expuesta me hace temblar, mientras mi corazón late con más fuerza.
Siento entonces su aliento caliente rozando la superficie de mi ano, un susurro de aire que hace que mis músculos se tensen de anticipación. Al instante, algo húmedo y cálido comienza a recorrer el área alrededor, trazando círculos lentos y precisos —su lengua— que se desliza suavemente, explorando cada milímetro con una atención que me deja sin aliento.
Mientras su lengua continúa su recorrido, sus dedos ejercen más presión, estirando al máximo la piel para dejar la entrada completamente descubierta. Luego se detiene justo en el borde, comenzando a jugar con la zona: lamiendo con ligereza, chupando suavemente la piel alrededor, como si estuviera saboreando cada instante. La mezcla de sensaciones es abrumadora, y siento cómo el calor en mi entrepierna aumenta cada segundo.
De pronto, siento cómo su lengua empieza a presionar suavemente contra la entrada, avanzando poco a poco y masajeando las paredes de mi recto con movimientos lentos y cuidadosos. La sensación es extraña al principio, llena de ansiedad por lo desconocido, pero rápidamente se convierte en una oleada de excitación que hace que mi cuerpo se arquee hacia adelante, buscando más contacto.
Sus labios se pegan completamente a mi ano, succionando con fuerza mientras su lengua se mueve de forma salvaje dentro de mí, explorando cada rincón. Al mismo tiempo, sus manos apretan mis nalgas con tanta firmeza que siento cómo intenta abrirme más para introducir su lengua aún más profundo. Mis músculos tiemblan, y un gemido gutural se escapa de mi garganta, mezclado con el sonido de su respiración agitada.
Después de lo que parece una eternidad, él se despega bruscamente buscando aire, su respiración entrecortada y su voz rota cuando habla: “Mierda… tu ano está delicioso… ya no aguanto la idea de meter mi miembro ahí… sentir cómo tus paredes lo exprimen, se aprietan contra mí…” Sus palabras hacen que un escalofrío recorra mi espalda, mientras la excitación me consume por completo.
En ese momento, uno de los dedos que mantenía mi ano expuesto se dirige hacia la entrada, rozando la superficie con ligereza antes de empezar a penetrar lentamente y luego salir, en un movimiento de mete y saca despacio que me hace estremecer. Sin previo aviso, el dedo avanza bruscamente hasta el fondo, y en ese instante el orgasmo que llevaba acumulado desde hace mucho tiempo estalla en mi cuerpo con fuerza: mis músculos se tensan hasta el límite, una oleada de placer caliente recorre mi vientre, y mis ojos se cierran con fuerza mientras un grito de éxtasis sale de mi boca.
“Mi erección está casi recuperada…” dice él, su voz cargada de deseo “…te daré el toque final a tu ano.” Siento cómo su boca vuelve a posarse en la entrada, ensalivando la zona con movimientos lentos y cuidadosos para lubricarla. Al mismo tiempo, sus dedos se dirigen hacia mi vagina, buscando el jugo que aún queda de antes, recogiendo la humedad con sus yemas. Luego vuelve a llevar su boca al ano, depositando la humedad allí, repitiendo la acción varias veces hasta que la zona está completamente lubricada, lista para lo que vendrá después.
Él se endereza lentamente, pero sus manos no abandonan mi trasero ni por un instante, manteniendo sus dedos firmes sobre mi piel aún sensible. En cuestión de segundos, pega su cuerpo entero al mío, presionando su abdomen contra mi espalda mientras sus manos se cierran con fuerza sobre cada una de mis nalgas, soltando varias palmadas secas y potentes que hacen que mi cuerpo se estire hacia adelante, gemidos entrecortados escapando de mi boca. El dolor es intenso pero se entrelaza con una excitación que ya no logro contener, sintiendo cómo mi piel arde con cada impacto.
Momentos después, la entrepierna caliente de Marcus se posa sobre mi culo, su peso y el calor de su piel haciendo que tiemble. Siente cómo sus manos se mueven para abrir y separar mis nalgas con cuidado, depositando su miembro duro entre ellas. Comienza a mover las caderas con brusquedad, haciendo que su pene roce con fuerza contra mi piel, enviando corrientes de placer y sorpresa por todo mi cuerpo cada vez que su cuerpo choca con el mío.
Luego, él presiona mis nalgas alrededor de su miembro, apretándolas con justa medida mientras su ritmo se vuelve más suave y controlado. El calor que expulsa su pene se propaga por mi piel, caliente y envolvente, hasta que finalmente suelta mis nalgas, dejando que su miembro siga rozando suavemente entre ellas con cada pequeño movimiento de sus caderas.
Una de sus manos se aprieta contra mis brazos amarrados en la espalda, presionándolos ligeramente mientras la otra se engancha con fuerza en mi cabello. Tira de él hacia abajo, hundiendo mi cabeza en la cama hasta que mi rostro queda pegado a las sábanas, justo en ese momento empieza a embestir mi culo y a frotar su pene violentamente contra la piel, con un ritmo rápido y potente que hace que el colchón cruja bajo nuestro peso.
Cada embestida es acompañada de grandes gemidos guturales que brotan de su pecho, resonando en el cuarto mientras su mano presiona aún más mi cabeza contra la cama. Siento la intensidad con la que él goza al dominarme así, el placer que le produce se transmite a través de cada roce y cada movimiento, haciendo que mi propio cuerpo responda con un calor cada vez más fuerte en mi entrepierna.
Después de varios minutos de ese ritmo frenético, él se detiene bruscamente, jadeando con fuerza mientras intenta recuperar el aliento. Su respiración golpea mi espalda en bocanadas calientes, y siento cómo se mueve ligeramente sobre mí, buscando algo fuera de mi vista —el sonido de plástico rozándose me hace saber que ha encontrado el frasco de lubricante.
Mientras vuelve a mover las caderas, frotando su miembro despacio entre mis nalgas, siento cómo el líquido viscoso del lubricante cae sobre su pene, caliente y espeso. Usa una mano para esparcirlo por todo el largo de su miembro, pasando sus dedos con cuidado desde la base hasta la punta, asegurándose de que esté completamente cubierto.
Finalmente, retira su miembro de entre mis nalgas y lleva sus dedos, con los restos de lubricante, hasta mi ano, extendiendo el líquido con suavidad sobre la entrada y alrededor. Una vez que termino de lubricar la zona, siento cómo la cabeza de su pene se posa en la entrada de mi ano, cálida y firme. Lentamente, muy despacio, empieza a introducirla solo hasta la cabeza, un movimiento cuidadoso que hace que mis músculos se tensen y un suspiro profundo escape de mis labios.
El aire se cortó cuando sus palabras alcanzaron mi oído como una descarga eléctrica: "¿Estás lista, zorra de mierda?". Su aliento caliente y húmedo se mezcló con el perfume que siempre usaba, ese olor a madera quemada y menta artificial. Antes de que pudiera responder, sentí su cuerpo desplomarse sobre el mío con el peso preciso.
La primera penetración llegó como un cuchillo al rojo vivo. Su miembro, grueso y venoso, se abrió paso a través de mi esfínter con una precisión brutal. Cada centímetro que avanzaba dentro de mi recto sentía como si me rasgaran por dentro, la fricción generando un calor casi insoportable. La sensación de estar siendo rellenada, estirada más allá de lo que creía posible, hizo que mis uñas se clavaran en mis propias palmas atadas.
El grito que escapó de mi garganta no sonó humano. Las lágrimas brotaron instantáneamente, quemando como ácido mientras rodaban por mis mejillas y empapaban las sábanas debajo de mí. Mis intentos de moverme eran inútiles; las ataduras cortaban la circulación en mis muñecas. Cuando su mano se enredó en mi cabello y tiró hacia atrás, crei que varios mechones se desprenderian de mi cuero cabelludo. El dolor agudo se mezcló con la presión constante en mis entrañas.
"Tu culo es una maravilla", escupió contra mi nuca mientras ajustaba su agarre. Su voz sonaba distorsionada, como si hablara a través de una capa de saliva y excitación descontrolada. Mis protestas apenas formaban palabras coherentes: "Detente... por favor... me duele...". Pero mi cuerpo traicionero ya comenzaba a responder, los espasmos involuntarios de mi canal anal apretándose alrededor de su miembro en una contradicción biológica que odié al instante.
Su risa fue tan cortante como el golpe que siguió. "¿En serio creías que las nalgadas serían suficiente castigo para una puta infiel?". Un nuevo tirón de cabello sincronizado con una embestida más profunda. "El verdadero castigo es este." Sentí el lubricante frío mezclándose con mis fluidos, creando un sonido obsceno con cada movimiento. "Deberías agradecer que usé lubricante", murmuró mientras aceleraba el ritmo. "Mi plan original era hacerte llorar de agonía."
De pronto mi cabeza fue arqueada hacia atrás con una fuerza que me hizo soltar un grito. Su brazo rodeó mi cuello como una serpiente constrictora, los músculos de su antebrazo presionando contra mi tráquea. Cuando su rostro se apoyo sobre mí cabeza, pude sentir la intensidad de su respiración agitada.
El ajuste de su postura fue meticulosa. Sus pies se anclaron a cada lado de mis caderas, dándole un apalancamiento perfecto. La madera de la cama gimió bajo nuestro peso combinado. "Prepárate puta", anunció con una determinación aterradora. Su siguiente embestida fue tan violenta que mi cuerpo se desplazó varios centímetros hacia adelante sobre las sábanas arrugadas.
Mis súplicas se convirtieron en un mantra entrecortado: "No más... por favor... no puedo...". Las lágrimas habían formado un charco bajo mi cara. Su mano libre se cerró alrededor de mi cráneo como una abrazadera de metal, los dedos hundiéndose en mis sienes mientras su otro brazo mantenía la presión en mi garganta.
El ritmo era ahora una tortura calculada. Sentía la cabeza de su miembro rozando mi esfínter en cada retroceso parcial, solo para volver a hundirse hasta el fondo con un golpe seco que resonaba en mi pelvis. Cuando disminuía la velocidad, podía sentir cada pulso de su erección dentro de mí. Luego venían las series rápidas, cinco o seis embestidas consecutivas que hacían que la estructura de la cama protestara en sincronía con mis gemidos. Mi mente se fracturó en esemomento, dividiéndose entre el dolor agudo y un placer culpable que ascendía desde lo más profundo de mi ser. Cada golpe enviaba ondas de calor por mi espina dorsal, haciendo que mis músculos se contrajeran involuntariamente alrededor de su miembro. La fricción generaba un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con nuestros jadeos.
"¡Perdón! ¡Lo siento!" grité entre lágrimas, pero mis palabras sonaban más como un ruego desesperado que como una disculpa genuina. Él respondió con un gruñido gutural: "ya casi... termino...". Y entonces llegó el empujón final, tan brutal que mi visión se nubló por un instante. Su cuerpo se tensó como un arco antes de soltar un rugido animal. El calor de su semen inundó mi interior, espeso y abrasador, llenando cada espacio disponible mientras su miembro palpitaba y se deslizaba fuera de mí.
El peso de su cuerpo cayó sobre mí como un saco de arena mojada, aplastándome contra el colchón. Cuando rodó hacia un lado, sentí su semen escapando de mi cuerpo, mezclándose con el sudor que cubría mis muslos. Mis sollozos eran ahora silenciosos, agotados. Él respiraba con dificultad, pecho levantándose y bajando con agitación.
En algún punto, sin darme cuenta, había llegado al clímax. La revelación me golpeó con más fuerza que cualquier impacto anterior, no podía creer que mi cuerpo pudiera encontrar placer en medio de tanta confusión, tanto dolor, tanta humillación. Todo se había mezclado en un cóctel perverso que mis sentidos no pudieron resistir, un torbellino de sensaciones que me dejó temblando contra las sábanas arrugadas de la cama de la cabaña.
"En... unas horas... lo repetiremos de nuevo", murmuró él con voz ronca, su aliento caliente rozando mi piel mientras pasaba un dedo por mi espalda sudorosa, siguiendo las curvas de mis costillas como si estuviera trazando un mapa que apenas comenzaba a descubrir. "Pero está vez seré gentil."
Esa promesa sonó casi tierna en medio del desorden que habíamos creado entre cuatro paredes de madera oscura y desgastada por el tiempo. Cerré los ojos, sintiendo cómo mi cuerpo exhausto comenzaba a hundirse en el sueño, cada músculo latiendo con el eco de lo que habíamos vivido. La habitación olía a sexo violento, a lágrimas secas sobre la tela, a madera vieja y a la bruma del bosque que se colaba por las rendijas de las ventanas. Y en algún rincón oscuro y oculto de mi mente, una parte de mí – una parte que aún no entendía completamente – ya anhelaba la siguiente sesión, preguntándose qué forma tomaría esa gentileza que me prometía.
El resto de nuestra estancia en aquel refugio apartado del mundo pasó entre esos momentos de intensidad cruda y ráfagas de ternura inesperada – besos lentos que sanaban las marcas en mi piel, manos que masajeaban mis músculos tensos mientras el sol se ponía detrás de los árboles de caucho. Cuando llegó el día del regreso, el motor de la camioneta rugió con determinación, alejándonos de los senderos de tierra y llevándonos de vuelta al ritmo de la ciudad. Ahora, dos semanas después, el aroma de madera vieja y polvo de la cabaña ha sido completamente reemplazado por los olores que hacen de este lugar nuestro hogar.
Hoy he puesto la mesa con el mantel de encaje blanco que Marcus dijo que le gustaba, el que me regaló por nuestro tercer aniversario de casados. Las velas aromáticas de lavanda humean suavemente en el centro, y el aroma del estofado de ternera con hierbas que he estado cocinando desde la tarde llena cada rincón de nuestra casa en Pasir Panjang. Siento cómo mis dedos se detienen brevemente sobre la superficie pulida de la hornalla mientras mi mente viaja dos semanas atrás, hasta el momento en que bajamos de su camioneta frente a esta misma puerta después de cuatro días en la cabaña.
Recuerdo que el viaje de regreso fue en silencio por largos tramos, salvo por el suave murmullo del motor y el sonido de las llantas sobre la carretera. Yo estaba exhausta, aún sintiendo el cosquilleo en mis muñecas donde había estado atada, el recuerdo del dolor y el placer entrelazados quemado en mi piel. Cuando paramos en un semáforo, Marcus extendió su mano derecha hasta mi muslo y la apretó con firmeza – no con rudeza, sino con la certeza de alguien que sabe lo que quiere.
Sus condiciones fueron sencillas, recuerdo voz, segura y determinada. "Quiero tu completa sumisión y obediencia en todo lo que pida, no importa si a lo 2 minutos cambio de parecer". No volverás a ocultarme nada, ni siquiera los pensamientos que creas que pueden dolerme. Si desobedeces, incluso veo dudas en tu rostro, habrá castigo – no serán tan extremos como los del primer día, pero siempre justo según lo que merezcas."
Yo asentí sin decir una palabra, mi cabeza aún procesando todo lo que habíamos vivido. No cuestioné nada; en aquel momento, después de ver el peso que había llevado Marcus en silencio durante tanto tiempo, sentí que era lo único correcto. Había roto nuestra confianza, y él – que siempre había sido el esposo más paciente y atento que podría haber deseado – finalmente había dejado salir todo lo que se había reprimido en los cinco años de relación y 3 de matrimonio.
Con el tiempo, fui entendiendo mejor. En una de las noches en que hablábamos hasta tarde en la cabaña, acurrucados en el sofá con una taza de té caliente entre nuestras manos, me contó que siempre había sentido deseos más intensos, más primarios, pero que los había callado por miedo a asustarme, a que pensara que no la veía como más que un objeto de placer. Cuando descubrió que había compartido con otro hombre cosas que él siempre había soñado hacer conmigo, algo dentro suyo se rompió. "Me volví loco", me confesó horas después esa misma noche después un sesión intensa, mirándome a los ojos con una mezcla de pesar y determinación. "Vi que te habías aceptado hacer cosas que yo me negaba a pedirte, y me sentí tan traicionado. El castigo fue extremo porque necesité que entendieras lo profundo que me heriste y había llegado mi dolor – y también lo fuerte que era mi deseo de tenerte completamente para mí."
Nuestra vida sexual ahora plena
Cada día desde entonces ha sido un descubrimiento. Marcus ya no se contiene, y yo he descubierto partes de mí misma que nunca imaginé existían. Hay momentos de ternura – besos y caricias que parecen durar horas, manos que acarician mi piel con la delicadeza de quien maneja algo preciado – y momentos en los que su pasión se desata con una fuerza que me deja sin aliento.
Ya no hay secretos entre nosotros en la cama. Él me muestra habla de sus fantasías, y yo le cuento las mías, y juntos exploramos lo que nos hace bien. He aprendido que la sumisión que acepté no es debilidad, sino sobre confianza – confiar en que él nunca pasará los límites que me hagan llorar, confiar en que su deseo por mí va de la mano con su amor. A veces, cuando estamos solos en casa, me dice que me sienta libre de decirle que me gusta y que no, que el castigo solo existe cuando he desobedecido.
Cuando llega a casa
El sonido de las llaves en la cerradura me sacan de mis pensamientos y hace que mi corazón dé un salto de alegría – no lo he visto desde hace tres días, estuvo fuera por un viaje de negocios. Escucho sus pasos en el pasillo, el sonido de su maleta apoyándose contra la pared, y cuando aparece en la puerta de la cocina, mis ojos lágrimean de emoción sin que me dé cuenta.
Él lleva el traje gris que le queda tan bien, su camisa azul oscura un poco arrugada por el viaje, pero su sonrisa es la misma que me enamoró hace seis años. Se acerca hasta donde estoy apoyada en la encimera, y antes de que pueda decir nada, pone sus manos en mi cintura y me atrae hacia él.
"Hola, mi preciosa puta", murmura contra mi pelo, besando mi sien con ternura. Ese es nuestro acuerdo: cuando estamos solos, me llama así– palabras que al principio me hicieron sentir avergonzada, pero que ahora me llenan de calor, porque sé que para él no son un insulto, sino una forma de decir que soy suya completamente.
"¡Marcus! ¡Me alegro tanto de que estés de vuelta!", le digo, rodeándole el cuello con mis brazos y presionando mi cuerpo contra el suyo. Siento cómo su aroma – mezcla de su perfume habitual de cedro y un toque de sudor del viaje – invade mis sentidos, y mi piel se eriza de emoción. "He preparado tu estofado favorito, y también he preparado un postre que se, te gustará."
Él sonríe, y sus ojos se oscurecen un poco con el deseo que conozco tan bien ahora. Sus manos bajan hasta mi trasero, apretándolo suavemente antes de deslizarse por mis muslos. Muevo mi mano derecha con lentitud por su pecho, por la tela de su camisa, hasta llegar a su entrepierna, donde ya puedo sentir su erección firme bajo el pantalón. Lo palpo con suavidad, presionando ligeramente mientras mi pulso se acelera.
"Entonces, amor mío", digo, acercándome mi boca a la suya hasta que apenas nos tocamos los labios. "¿Qué quieres comer primero? El mostré o la comida que tengo lista en la cocina?"
Él se queda un instante en silencio, mirándome a los ojos con una intensidad que hace que mi entrepierna se caliente. Luego, baja su cabeza y me besa el cuello, mordisqueando suavemente el lóbulo de mi oreja antes de responder:
"He estado acumulando mucho estrés en estos días fuera, mí putita. He pensado en ti cada noche, imaginándo cada parte y agujeros de tu perfecto cuerpo esperándome para hacerte todo lo que me plazca." Pausa, y sus manos se aferran con más fuerza a mi cuerpo. "¿Estás preparada para una sesión intensa?
Porque vengo bien cargando por a verme reprimido durante estos días, esta noche no vamos a dormir hasta muy tarde."
Mi respiración se hace entrecortada, y siento cómo el calor se concentra en mi interior. Sonrío, acariciándole la mejilla con la mano libre antes de responderle con la misma pasión que siento en el alma:
"Ya sabes que mi cuerpo está para servirte, Marcus. Soy toda tuya – haz conmigo lo que quieras."
1 comentarios - Esposa infiel: Entre Castigo, Dolor y Placer
Marcus no es boludo, sabe de las heridas y las suya las dejo sangrar.
El ahora transita: el camino del arte de la insumisión y el humor en la adversidad.
Por ahi... a la narradora le aterra una peor intensidad. Tendra que atravesar su busqueda y conexion con un mas amor puro, como tambien simple.
Sin sexualidad, erotismo, pornografia y lujuria que lo corrompa.
¿The end?