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Aniversario Madre E Hijo

El candado de la puerta principal cedió con el mismo chasquido de siempre, pero algo en el silencio que lo recibió después le resultó equivocado.

Normalmente, al entrar, encontraba al menos dos o tres señales de vida: el murmullo lejano de la televisión en la sala, el tintineo de platos si era hora de cena, la voz de su madre hablando por teléfono o tarareando alguna canción vieja mientras ordenaba algo. Hoy no había nada. Solo el zumbido tenue del refrigerador y el rumor del tráfico amortiguado que entraba por la ventana entreabierta de la cocina.

—¿Ma? —dijo en voz media, más por costumbre que por expectativa real.

Nada.

Dejó la mochila junto al perchero y subió las escaleras sin encender la luz del pasillo. Los escalones crujieron bajo sus tenis como siempre, pero el sonido le pareció más fuerte de lo normal, como si la casa entera estuviera conteniendo la respiración.

Arriba, oscuridad casi completa. Todas las puertas cerradas menos una: la de la habitación principal. Por la rendija inferior se escapaba una luz cálida, anaranjada, como de lámpara de mesa o de vela. No era la luz fría del plafón que su madre solía usar para leer o planchar.

Se acercó despacio. El corazón le latía un poco más rápido de lo que quería admitir, aunque no sabía bien por qué.

Empujó la puerta con dos dedos.

Y se quedó congelado en el umbral.

Su madre estaba sobre la cama. Arrodillada. Las manos atadas a la espalda con una cuerda negra fina que él reconoció al instante: era el cordón decorativo que siempre colgaba del jarrón grande del recibidor. Una venda de satén oscuro le cubría los ojos. El cabello suelto le caía sobre los hombros y parte del rostro. Llevaba puesta esa camisola de encaje negro que él solo había visto una vez, años atrás, cuando por accidente abrió el cajón equivocado buscando calcetines.
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Ella no se movió al oírlo entrar. En cambio, ladeó ligeramente la cabeza, como un animal que detecta un aroma familiar, y sonrió con una mezcla de picardía y nervios.

—Llegaste temprano, amor… —susurró, la voz baja, ronca, cargada de una intención que él nunca le había escuchado—. Pensé que ibas a tardar más… quería tener todo listo para cuando entraras.

Hizo una pausa. Se mordió el labio inferior un instante.

—Ven… acércate. Quiero sentirte antes de que me quites la venda. Quiero adivinarte solo con las manos… con la boca.

El aire se le atoró a él en la garganta.

Ella no sabía.

No sabía que no era su padre quien acababa de entrar.

Y seguía hablando.

—Hoy es nuestro día, ¿verdad? Veinte años… —ronroneó, inclinándose apenas hacia adelante, los senos presionando contra la tela fina—. Veinte años y todavía me pones como la primera vez… Ven, castígame por haberte hecho esperar tanto…

El pasillo a su espalda parecía haberse vuelto más oscuro. La luz cálida de la habitación lo bañaba entero, pero él no podía moverse. No podía hablar. Solo podía escuchar cómo su madre, con los ojos vendados y el cuerpo ofrecido, seguía hablando con esa voz que nunca había sido para él.

Hasta ese momento.

El silencio se estiró como un elástico a punto de romperse.

Ella ladeó la cabeza otra vez, esperando. El satén de la venda brillaba ligeramente bajo la luz ámbar de la lámpara de noche.

—¿Amor…? —susurró, ahora con un filo de impaciencia juguetona—. No me hagas rogar… ya sabes que cuando me dejas así, esperando, me mojo más de lo que debería.

Hizo un pequeño movimiento de caderas, un vaivén apenas perceptible al principio. Luego, como si hubiera decidido castigarlo con su propia impaciencia, empezó a dar saltitos cortos sobre las rodillas. La cama crujió suavemente con cada rebote. El encaje negro de la camisola se tensaba y aflojaba contra sus pechos; los pezones ya marcados se dibujaban con claridad bajo la tela fina.

—Ven… fóllame la boca primero —ronroneó, abriendo los labios un poco, sacando apenas la punta de la lengua—. Quiero saborearte antes de que me abras entera… como aquella vez en el coche, ¿te acuerdas? Cuando casi nos pillan y tú seguías empujando hasta el fondo…

Cada palabra le llegaba a él como un golpe suave y ardiente en el estómago. El pene ya le presionaba dolorosamente contra el cierre del pantalón. Intentó tragar saliva, pero la boca se le había secado.

Quería decir algo.
Quería decir “ma, soy yo”.
Quería dar media vuelta, bajar las escaleras de tres en tres, salir a la calle y fingir que nunca había subido.

Pero los pies no le obedecían.

Y ella seguía moviéndose.

Los saltitos se volvieron más rítmicos, más obscenos. Las caderas dibujaban círculos pequeños, como si realmente estuviera cabalgando algo invisible. La cuerda que le ataba las muñecas se tensaba cada vez que tiraba hacia atrás, arqueando la espalda y empujando el pecho hacia adelante.

—Mmm… ¿ya estás duro para mí? —preguntó con voz mimosa, casi infantil—. Puedo olerlo desde aquí… ven, tócame. Tócame como castigo por haberte hecho esperar.

Un paso.

Otro.

El suelo de madera crujió bajo su peso.

Ella lo oyó y sonrió más amplio, victoriosa.

—Así, amor… más cerca…

Él se detuvo a un metro de la cama. Podía olerla ahora: el perfume suave que siempre usaba mezclado con algo más cálido, más íntimo, más húmedo. Extendió la mano temblorosa y rozó apenas con las yemas de los dedos el borde de la camisola, a la altura del muslo.

Ella soltó un gemidito inmediato, como si ese contacto mínimo ya fuera una caricia profunda.

—Siiií… justo ahí… sube un poco más…

Los dedos subieron. Tímidos al principio, temblorosos. Rozaron la piel suave del interior del muslo. Ella separó apenas las rodillas, invitándolo. Él sintió el calor que irradiaba entre sus piernas antes siquiera de tocarla.

—Más fuerte… sabes que me gusta cuando me marcas…

Las manos de él subieron por los costados, rodearon los pechos por encima del encaje. Los apretó, los masajeó con movimientos circulares, pellizcando apenas los pezones entre índice y pulgar. Ella se mordió el labio y empezó a jadear en pequeños sollozos entrecortados.

—Bésame… por favor… —suplicó, ladeando la cara hacia donde calculaba que estaba él—. Bésame como si fuera la primera vez…

Él se inclinó.

Primero solo rozó los labios con los suyos, apenas un contacto. Ella suspiró contra su boca.

Luego presionó más. Los labios se abrieron. Las lenguas se encontraron con torpeza al principio, después con hambre. Ella lo besaba como si realmente estuviera besando a veinte años de matrimonio; con confianza, con memoria muscular, con gemidos que vibraban dentro de la boca de él.
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Él le sujetó la nuca con una mano mientras la otra seguía amasando un pecho, bajando después por el vientre, deslizándose bajo el encaje hasta rozar el borde de la humedad que ya empapaba la tela interior.

Ella seguía con la venda puesta, el pecho subiendo y bajando con respiraciones rápidas y superficiales. El beso había dejado sus labios hinchados, brillantes de saliva compartida. Lentamente, como si supiera exactamente lo que hacía, se inclinó hacia adelante hasta que su rostro quedó a centímetros del cierre de los pantalones de él.

El aliento caliente le rozaba la tela. Podía sentir cómo temblaba el aire entre ellos.

—Sácala… —susurró, la voz ronca, casi suplicante—. Quiero sentirla en la cara antes de metérmela entera. Quiero olerla, probarla… por favor, amor, no me hagas esperar más.

Las manos atadas a la espalda le impedían ayudarse, así que solo podía mover la cabeza, rozando la mejilla contra la protuberancia dura que ya tensaba el denim. Un roce inocente que no tenía nada de inocente.

Él dudó. El pulso le retumbaba en los oídos. Podía parar ahora. Podía retroceder un paso, bajar las escaleras, desaparecer. Pero el cuerpo ya no le obedecía a la razón.

Con dedos torpes abrió el botón. Bajó el cierre. El sonido del metal fue obsceno en el silencio de la habitación.

Liberó el pene. Estaba tan duro que dolía. Más grueso de lo que recordaba haber estado nunca, las venas marcadas, la cabeza brillante de líquido preseminal. Lo sostuvo un segundo, apuntando directo al rostro vendado de su madre.

Ella lo olió primero. Inhaló profundo, como si fuera el aroma más adictivo del mundo.

—Mmm… huele tan… diferente hoy… —murmuró, casi para sí misma—. Más fuerte. Más… hombre.

Sacó la lengua y lamió el aire un instante antes de encontrar la punta. Un lametón lento, desde la base hasta el glande, recogiendo el sabor salado con un gemido de aprobación.
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—Dios… está más caliente que nunca… —susurró, lamiendo de nuevo, esta vez rodeando el contorno con la lengua plana—. Y más gruesa… ¿qué te pasa hoy, amor? ¿Te pusiste así de cachondo pensando en mí todo el día?

Empezó a chupar solo la cabeza. Labios suaves envolviéndola, succionando con delicadeza experta, como si conociera cada centímetro de memoria… y sin embargo, algo no encajaba en su cabeza. La lengua exploraba, midiendo, comparando.
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—Está… más larga… —dijo entre chupadas, la voz vibrando contra la piel sensible—. Más dura… joder, parece que no eres tú… o sí eres tú pero… más joven, más viril…

La idea la atravesó como electricidad. Sus caderas se movieron involuntariamente, frotándose contra el aire, buscando fricción que no encontraba. Un gemido largo le salió de la garganta.

—Ay, amor… me estás volviendo loca… me encanta que se sienta así… como si fuera la primera vez que me la metes… como si fueras otro hombre… pero eres tú, ¿verdad? Solo estás… más cabrón hoy…

Abrió la boca más. Lo tomó entero de golpe, hasta donde pudo. La garganta se contrajo alrededor de él en un espasmo delicioso. Empezó a mover la cabeza adelante y atrás, succionando con fuerza, masturbándolo con los labios mientras la lengua presionaba la parte inferior del tronco.

Él ya no podía pensar. Solo sentía el calor húmedo, el roce perfecto de esos labios que conocía de toda la vida pero que nunca habían estado ahí. Las manos se le fueron solas a la nuca de ella, enredándose en el cabello. Empezó a empujar.

Primero suave. Después más profundo. Más rápido.

Ella gemía alrededor de la carne que le llenaba la boca. Saliva le corría por la barbilla, goteando sobre sus pechos expuestos.
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—Siiií… fóllame la boca… —balbuceó cuando él se retiró un segundo para dejarla respirar—. Usa mi garganta como si fuera mi coño… está tan dura… tan gruesa… joder, no recuerdo que me hayas llenado así nunca… me estás abriendo la boca como virgen…

Volvió a tragárselo entero. Él empujó hasta el fondo. Sintió cómo la garganta se abría para recibirlo, cómo ella tragaba alrededor, masajeándolo con los músculos internos. Los gemidos se volvieron gorgoteos ahogados, pero no se apartó. Al contrario, empujó la cabeza hacia adelante, buscando más.

—Más… más profundo… —suplicó entre arcadas—. Quiero sentir que me ahogas con ella… que me follas la cara hasta que llores… aunque… aunque no seas exactamente tú… me excita tanto pensar que podrías no serlo…

La contradicción la encendía más. Creía que era solo su imaginación pervertida por los años de matrimonio, por la nostalgia y el deseo acumulado. Pero esa idea —la fantasía fugaz de que era otro hombre, alguien más joven, más salvaje— la hacía temblar entera.

Él ya no podía contenerse.

Apretó el cabello con más fuerza.

Empujó hasta que la nariz de ella tocó su pubis.

Y empezó a follarle la boca con embestidas cortas y brutales, sintiendo cómo la saliva le chorreaba por los testículos, cómo la garganta se contraía una y otra vez alrededor de su longitud hinchada.
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Ella solo gemía.
Y seguía hablando sucio entre arcadas.

—Está… demasiado grande… demasiado dura… joder, amor… o quien seas… me estás rompiendo la boca… y me encanta…

La venda seguía en su lugar.
La cuerda seguía atándole las manos.
Y ninguno de los dos parecía dispuesto a parar.

Las embestidas se volvieron erráticas, desesperadas. Él sentía el orgasmo subiendo como una ola imparable desde la base de la columna, apretándole los testículos, tensándole los muslos. Intentó retroceder, un último intento de cordura, de control.

—Voy a… —murmuró, la voz rota, casi inaudible.

Pero ella no lo dejó.

Con un movimiento rápido y decidido —imposible para alguien con las manos atadas a la espalda—, inclinó la cabeza hacia adelante al mismo tiempo que él tiraba hacia atrás. La nariz de ella chocó contra el pubis de él. Toda la longitud desapareció en su garganta en un solo empujón profundo. Los músculos se contrajeron alrededor, masajeándolo en oleadas involuntarias mientras tragaba una y otra vez.

Él se rompió.

Un gemido ahogado le salió del pecho. Las caderas se pegaron contra el rostro de ella y se corrió con fuerza, chorro tras chorro caliente directo al fondo de su garganta. Ella tragó todo sin soltar, sin retroceder un centímetro, gimiendo de placer alrededor de la carne que palpitaba dentro de su boca. La saliva y el semen se mezclaron en las comisuras de sus labios, goteando por la barbilla hasta manchar el encaje negro de la camisola.
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Cuando por fin la dejó salir, lenta y temblorosa, ella jadeó buscando aire, pero sonrió con los labios hinchados y brillantes.

—Tan espeso... —susurró, lamiéndose los labios—. Qué rico… siempre tan abundante cuando estás muy caliente…

Él retrocedió un paso, las piernas flojas. Respirando como si hubiera corrido kilómetros. El pene aún semiduro colgaba pesado entre sus piernas, brillante de saliva y restos de semen. Cerró los ojos un segundo, intentando procesar lo que acababa de pasar.

Ella, aún arrodillada, empezó a darle besitos tiernos en la polla ligeramente ablandada como felicitación

—Ven, amor… acuéstate un rato conmigo. —Su voz era suave ahora, casi maternal en medio de la lujuria—. Sabes que después de correrte así necesitas al menos una hora para recargar. Como siempre… te preparo un cafecito, te dejo descansar y luego seguimos hasta que amanezca, ¿sí? Veinte años y todavía aguantamos como conejos…

Hizo una pausa, esperando respuesta. No la hubo.

Pero entonces lo sintió.

El pene de su hijo, que apenas empezaba a ablandarse, dio un salto visible. Se hinchó de nuevo, más rápido de lo que debería ser posible. En menos de treinta segundos ya estaba completamente erecto otra vez: grueso, venoso, apuntando al techo con una dureza casi dolorosa. Más duro incluso que antes.

Ella lo sintió —Lo erguido que se puso con cada contacto de sus labios— y se quedó quieta un instante, como si no pudiera creerlo.

—¿Ya…? —susurró, incrédula—. ¿Ya estás listo otra vez?

Se mordió el labio inferior. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Joder… hoy estás imparable… —ronroneó, la voz temblando de excitación pura—. No recuerdo la última vez que te recuperaste tan rápido… pareces un muchacho de veinte…

Sin esperar más, se dejó caer hacia atrás sobre la cama. Las manos seguían atadas, pero abrió las piernas con lentitud deliberada, exponiéndose por completo. La tela interior estaba empapada, pegada a los labios hinchados. Separó más los muslos, arqueando la espalda para que la camisola se subiera hasta la cintura.

—Ven… —susurró, la voz embriagada de deseo—. Mírame… estoy chorreando por ti. Quiero sentir esa polla nueva, esa que está tan dura, tan gruesa… métemela toda de una vez. Quiero que me abras, que me llenes hasta que no quepa más… fóllame como si fuera tu puta, amor… o como si fuera la primera vez que me tienes…

Hizo círculos con las caderas, el clítoris rozando contra el aire fresco de la habitación. Un hilo de humedad se deslizó por su entrepierna hasta manchar las sábanas.

—No pares… no descanses… hoy no quiero que seas el de siempre. Quiero que me rompas… que me hagas gritar tu nombre hasta que me duela la garganta…

La venda seguía cubriéndole los ojos.
La cuerda seguía atándole las muñecas.
Y entre sus piernas abiertas, el cuerpo temblaba de anticipación, esperando que él —quien fuera que fuera en ese momento— se acercara y la tomara sin piedad.

Él se quedó ahí, de pie al borde de la cama, mirando el cuerpo abierto de su madre bajo la luz ámbar. Las piernas separadas, las rodillas flexionadas, los muslos temblando ligeramente de anticipación. Entre ellos, la tela interior estaba tan empapada que se había oscurecido y se adhería a los labios hinchados, delineando cada pliegue. Un brillo húmedo se extendía por la cara interna de los muslos.

Dudó. El último resto de razón le gritaba que parara, que se fuera, que todo esto era una línea que no se debía cruzar. Pero la voz de ella lo envolvió como humo caliente.

—Ven… no me dejes así… —susurró, moviendo las caderas en círculos lentos, desesperados—. Estoy ardiendo por dentro… quiero sentirte crudo, sin nada… solo tú y yo… métemela ya, amor… por favor…

Las palabras le golpearon directo en la entrepierna. El pene, ya completamente erecto otra vez, palpitaba con cada latido.

Se quitó la camisa, la única prenda que le quedaba.

Se acercó de rodillas sobre el colchón. Apoyó una mano en el muslo de su madre, sintiendo la piel caliente y suave. Bajó la otra mano y rozó con los dedos la humedad. Estaba empapada. Los labios se abrieron solos al contacto, resbaladizos, calientes. Metió dos dedos apenas un centímetro y ella arqueó la espalda con un gemido largo.

—Siiií… justo ahí… más adentro…
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Retiró los dedos. Pensó en el cajón de la mesita de noche, donde sabía que su padre guardaba condones. Por un segundo, la idea cruzó su mente: protección, cordura, consecuencias. Pero la excitación era un rugido ensordecedor. La cabeza del pene ya rozaba la entrada, resbalando por la humedad, buscando el camino sin permiso.

Se inclinó hacia adelante.

Y la clavó de una sola embestida.

Sin condón. Sin aviso. Directo hasta el fondo.
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Ella soltó un grito ahogado de sorpresa, los ojos vendados abriéndose bajo la tela aunque no pudiera ver nada.

—¡Ahhh…! Dios… ¡qué grande…! —jadeó, las caderas levantándose instintivamente para recibirlo—. ¿Qué…? ¿Cómo…? está… está más adentro que nunca…

Él no dijo nada. Solo se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo las paredes internas se contraían alrededor de su longitud, apretándolo como un puño caliente y húmedo. Luego empezó a moverse. Lento al principio, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con fuerza, cada embestida profunda y medida.
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Ella gemía sin control, la voz entrecortada por el placer.

—Joder… amor… ¿qué te comiste hoy…? —balbuceó entre jadeos—. Está tocando sitios que… que nunca llegas… más arriba… más profundo… me estás abriendo entera… siento la cabeza golpeando justo donde… donde me vuelvo loca…

Cada palabra lo encendía más. Aceleró el ritmo. Las caderas chocaban contra las de ella con un sonido húmedo y rítmico. Las manos de él se clavaron en los muslos abiertos, abriéndola aún más. La camisola se había subido hasta el cuello, dejando los pechos expuestos, rebotando con cada embestida.

—Más… más fuerte… —suplicó ella, tirando de las cuerdas que le ataban las muñecas—. Me estás llenando tanto… es como si fueras más grueso… más largo… me estás llegando al fondo del todo… ay, Dios… ahí… justo ahí… no pares… fóllame como si quisieras romperme…

Él obedeció en silencio. Empujaba con todo el peso de su cuerpo, sintiendo cómo el clítoris de ella rozaba contra su pubis en cada embestida. Las paredes internas se contraían una y otra vez, succionándolo hacia adentro. El placer era cegador, animal. No había palabras, solo respiración pesada, gemidos de ella y el sonido obsceno de la carne chocando.
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Ella seguía hablando, perdida en la sensación.

—Nunca… nunca me habías llegado tan profundo… —gimió, la voz temblorosa—. Es como si estuvieras más joven… más salvaje… me estás tocando el cérvix… me estás haciendo cosquillas en el útero… joder… voy a correrme solo con eso… solo con sentirte tan adentro…

Las piernas de ella se tensaron alrededor de la cintura de él, clavándole los talones en la espalda. La venda seguía en su lugar, pero el rostro estaba rojo, los labios entreabiertos, la boca jadeante.

Y él no paraba.
No podía parar.

Las embestidas se volvieron más rápidas, más brutales. Él sentía cómo las paredes internas de ella se contraían en espasmos cada vez más frecuentes, apretándolo como si quisieran retenerlo para siempre. El clítoris hinchado rozaba contra su pubis con cada golpe profundo, y los gemidos de ella se volvieron más agudos, más desesperados.

—Ay… amor… estoy cerca… estoy tan cerca… —jadeó, la voz quebrándose—. Bésame… por favor… bésame mientras me corro… quiero tu boca cuando me venga…

Él se inclinó sin dudar. La venda seguía en su lugar, pero ella levantó la cabeza buscando sus labios. Se encontraron en un beso torpe y hambriento: lenguas enredadas, dientes rozando, saliva compartida. Ella gimió dentro de su boca, un sonido largo y vibrante que se transformó en un grito ahogado cuando el orgasmo la atravesó.

El cuerpo entero se tensó. Las piernas se cerraron alrededor de la cintura de él como un torno. Las caderas se levantaron de la cama en un arco imposible y entonces… explotó.

Un chorro caliente y abundante salió de ella, empapando el pene, los muslos de él, las sábanas debajo. Squirt tras squirt, contracciones rítmicas que lo apretaban y lo soltaba al mismo tiempo. Ella gritó contra su boca, el sonido amortiguado por el beso, pero igual de intenso.
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— ¡Siiiííí…! ¡Me estoy corriendo… me estás haciendo squirtear… joder… nunca… nunca así…! —balbuceó entre besos y jadeos, el cuerpo temblando entero.

Él siguió empujando a través del clímax de ella, sintiendo cómo los fluidos le chorreaban por los testículos, cómo el colchón se empapaba debajo. Solo cuando los espasmos empezaron a disminuir, aminoró el ritmo hasta quedarse quieto dentro, enterrado hasta la raíz, sintiendo las últimas contracciones débiles alrededor de su longitud.

Se separaron lentamente. Ella jadeaba con la boca abierta, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Él se retiró con cuidado, el pene brillante de fluidos mixtos, aún duro como piedra. Se dejó caer a un lado sobre la cama, respirando pesado, el corazón latiéndole en los oídos.

Ella giró la cabeza hacia donde calculaba que estaba él, todavía con la venda puesta, todavía con las manos atadas.

—Dios… qué rico… —susurró, la voz ronca y satisfecha—. Me dejaste hecha un desastre… pero… no hemos terminado, ¿verdad? Quiero darte tu regalo de aniversario…

Hizo una pausa, mordiéndose el labio con picardía.

—Date la vuelta un segundo… o mejor… ayúdame a ponerme a cuatro patas. Quiero que lo veas.

Él se incorporó, el cuerpo todavía tembloroso de adrenalina. La ayudó a girarse: la tomó por las caderas, la puso de rodillas, las manos atadas quedando cruzadas a la altura de la cintura. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose por completo.

Y ahí estaba.

Entre las nalgas separadas, brillando bajo la luz cálida de la lámpara, un plug anal de metal plateado, con una base ancha en forma de joya rosada. El ano alrededor estaba rosado, ligeramente hinchado, claramente preparado con anticipación.
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—Quería sorprenderte… —susurró ella, la voz temblando de excitación y nervios—. Sé que no solemos… por ahí… pero hoy es nuestro aniversario… veinte años… pensé que sería especial si te dejaba… si me dejabas probarlo contigo. Lo puse hace rato… me dilaté pensando en ti… en cómo me ibas a abrir despacito… o no tan despacito…

Hizo un pequeño movimiento de caderas, el plug reluciendo al moverse.

—Quítamelo… por favor… quiero sentirte a ti en su lugar… crudo… como todo lo demás hoy…

Él ya no pensaba. La razón se había disuelto hacía rato. Extendió la mano, tomó la base del plug con dedos firmes y tiró lentamente. El metal salió con un sonido húmedo y obsceno, dejando el ano abierto, rosado y dilatado, listo, invitante. Un hilo de lubricante se deslizó hacia afuera, mezclándose con los fluidos que aún le chorreaban del coño.

El agujero se contraía levemente, como si respirara, pidiendo ser llenado.

Él se colocó detrás. La cabeza del pene, aún resbaladiza de los jugos de ella, rozó la entrada. Presionó apenas… y entró fácil. Muy fácil. El ano cedió alrededor de él, caliente, apretado pero acogedor, tragándoselo centímetro a centímetro hasta que las caderas chocaron contra las nalgas de ella.
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Ella soltó un gemido largo, profundo, casi animal.

—Ay… Dios… sí… está entrando… tan fácil… tan profundo… —jadeó, empujando hacia atrás para recibirlo entero—. Me estás llenando el culo… y se siente… se siente enorme… más que nunca… joder… fóllame ahí… rómpeme el culo como regalo de aniversario…

Él empezó a moverse. Lento al principio, sintiendo cada anillo de músculo apretándolo. Luego más rápido. Más profundo. Las manos en las caderas de ella, clavándose en la carne suave, tirando hacia atrás con cada embestida.

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Ella gemía sin parar, la cabeza hundida en la almohada, el cabello pegado a la cara sudorosa.

—Siiií… justo así… métemela toda… quiero sentirte hasta el fondo… quiero que me dejes abierta para ti… para siempre…

El ritmo se volvió salvaje. El sonido de la piel chocando llenaba la habitación otra vez. Y ella seguía hablando, perdida en el placer prohibido que creía compartir solo con su marido.

Él siguió bombeando con fuerza, el ritmo constante y profundo, cada embestida haciendo que las nalgas de ella se abrieran y cerraran alrededor de su pene. Las manos atadas a la espalda le daban un punto perfecto de control: las tomó con una mano grande, tirando hacia atrás para arquearla más, obligándola a ofrecerse completamente. Con la otra mano agarró un puñado de cabello húmedo de sudor y tiró de la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello y forzándola a mirarlo aunque estuviera vendada.
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—Así… joder… tócame el pelo como si fuera tu puta… —gimió ella, la voz entrecortada por los golpes—. Tira más fuerte… hazme doler rico…

Él obedeció. Tiró del cabello hasta que la espalda formó un arco perfecto, luego soltó una mano y la bajó al culo. Abrió una nalga con fuerza, separándola para ver cómo su propio pene entraba y salía del ano dilatado, brillante de lubricante y fluidos mezclados. Levantó la palma y soltó un azote seco, fuerte, que resonó en la habitación.
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—¡Ahhh… sí! —gritó ella, empujando hacia atrás contra él—. Pégame más… azótame el culo mientras me lo abres… soy tu puta, papi… la que se deja follar el culo hasta que le duela… y lo estoy disfrutando como perra en celo…

Otro azote. Más fuerte. La piel se enrojeció al instante. Ella se mordió el labio y soltó un gemido largo, gutural.

—Más duro… fóllame más duro… rómpeme este culo virgen que preparé para ti… quiero que me dejes marcada… que mañana no pueda sentarme sin acordarme de cómo me abriste… soy tu zorra… tu puta sucia… métemela hasta que me duela…

Las palabras lo volvieron loco. Soltó el cabello solo para agarrar las dos nalgas con las dos manos, abriéndolas al máximo mientras empujaba con todo el peso de su cuerpo. Los golpes eran brutales ahora, profundos, sin piedad. El ano se contraía alrededor de él en espasmos, succionándolo hacia adentro cada vez que se retiraba. El sonido húmedo y obsceno llenaba todo: piel contra piel, gemidos, jadeos, el crujir de la cama.
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Ella seguía hablando, cada vez más desquiciada de placer.

—Siiií… justo así… me estás partiendo en dos… me estás haciendo tu puta anal… nunca me habían follado tan salvaje… tan profundo… me estás llegando al estómago… joder… voy a correrme otra vez… solo con tu polla en el culo… azótame más… pégame mientras me corro…

Él levantó la mano y soltó una ráfaga de azotes cortos y fuertes, alternando nalgas, mientras seguía bombeando sin parar. El culo de ella temblaba, rojo, caliente. Las contracciones se volvieron más intensas, más rápidas.
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De pronto ella se tensó entera.

—Voy… voy a… ¡ahhhhhh… me corro… me corro por el culo…!

El segundo orgasmo fue más violento que el primero. El cuerpo se sacudió como si le hubieran dado corriente. Un chorro nuevo salió de su coño, empapando las sábanas otra vez, mientras el ano se contraía en oleadas brutales alrededor del pene de él, apretándolo tan fuerte que casi lo saca. Ella gritó largo, ronco, la voz quebrándose hasta convertirse en sollozos de placer absoluto.

Él no aguantó más.

Con un gruñido bajo, empujó hasta el fondo una última vez y se corrió dentro. Chorros calientes y abundantes llenaron el ano, goteando hacia afuera cuando empezó a retirarse lentamente. El semen blanco se mezcló con el lubricante y salió en hilillos espesos por el agujero ahora abierto y palpitante.
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Ella se dejó caer de golpe sobre la cama, exhausta, temblando. Las piernas se le abrieron solas, el cuerpo laxo, la respiración entrecortada. Un suspiro largo y satisfecho le salió del pecho.

—Dios… qué… qué rico… —murmuró, casi sin voz—. Me dejaste destruida… amor…

No dijo más. Los ojos se le cerraron bajo la venda. La respiración se volvió lenta, profunda. Se durmió casi al instante, el cuerpo relajado, saciado, ajeno a todo.

Él se quedó quieto un momento, mirándola. El corazón todavía le latía desbocado. Con cuidado, le quitó la venda sin despertarla —los párpados ni siquiera se movieron—. Luego desató la cuerda de las muñecas, frotando suavemente las marcas rojas que habían dejado. La cubrió con la sábana, apagó la lámpara de noche y salió de la habitación en silencio.

Bajó las escaleras. Se lavó rápido en el baño de abajo, se cambió de ropa y se sentó en el sofá de la sala como si nada hubiera pasado.

Media hora después, la puerta principal se abrió. Su padre entró, cansado pero sonriente, con una bolsa de comida para llevar en la mano.

—Llegué tarde, perdón —dijo, dejando las llaves en la mesita—. Tu madre ya debe estar dormida, ¿no? El aniversario fue… intenso en el trabajo hoy.

Él levantó la mirada del celular, expresión neutra, voz calmada.

—Sí, subió hace rato. Creo que se durmió temprano.

El padre soltó una risa suave.

—Normal, con lo que preparamos… —Se dejó caer en el sillón de al lado y encendió la televisión—. ¿Quieres ver algo?

—Claro.

Pusieron un partido cualquiera. El padre hablaba de tonterías del trabajo. Él respondía con monosílabos, sonrisa educada, mirada fija en la pantalla.

Arriba, en la habitación principal, la madre dormía profundamente, el cuerpo todavía caliente, el ano sensible y lleno de semen que no sabía de dónde había salido, convencida de que todo había sido con su marido.

Y en la sala, el hijo mayor disimulaba perfectamente, como si la última hora nunca hubiera existido.

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