
El domingo por la tarde el sol ya se estaba poniendo cuando sonó el timbre, puntual como siempre a las siete. Abrí la puerta y ahí estaba Rodrigo, con esa sonrisa de quien sabe que el mundo le debe algo: el six de cervezas en una mano, la otra metida en el bolsillo del pantalón, la playera negra pegada al pecho ancho y los brazos que parecían tallados para romper cosas. O personas. Me dio un abrazo fuerte, de esos que duran un segundo de más, y cuando entró a la sala sus ojos buscaron a Mariana.
Ella salió de la cocina secándose las manos en un trapo, con esa falda corta de algodón que apenas le cubría la mitad del muslo y una blusita ajustada que marcaba cada curva de sus tetas. El cabello suelto, todavía húmedo del baño que se había dado por la tarde, olía a vainilla y a algo más dulce, casi pecaminoso. Le dio un beso en la mejilla, pero sus labios se demoraron un instante en la piel, y cuando se separó me miró de reojo con esa chispa nueva que había aparecido desde el sábado: una mezcla de inocencia fingida y hambre real.
Cenamos tacos de carne asada que ella había preparado con esmero, como si fuera una cena cualquiera. Cebolla picada fina, cilantro fresco, salsa verde que picaba justo lo necesario. Hablamos de fútbol, del tráfico que no da tregua en la ciudad, de anécdotas tontas del trabajo. Todo parecía normal, pero el aire estaba espeso, cargado de algo que ninguno nombraba todavía. Cada vez que Mariana se levantaba a traer más cerveza o a servir otro taco, Rodrigo la seguía con la mirada sin disimulo alguno: los ojos recorriendo las piernas largas, la curva de las caderas, el culo que se movía con cada paso como si tuviera vida propia. Y ella lo sabía. Caminaba más lento, contoneaba las caderas un poco más de lo necesario, dejaba que la falda se levantara lo justo para que la tanga negra se asomara entre sus nalgotas perfectas.
Rodrigo soltó un silbido bajo, largo, como el de un lobo que huele sangre, esa era siempre su actitud.
—Mari, por Dios… ese culo es un delito. Si no estuvieras casada con este cabrón, ya estaría de rodillas rogándote que me lo dejes probar.
Mariana se giró despacio, con una sonrisa que empezó tímida y terminó cruel. Clavó sus ojos verdes en mí, sin parpadear.
—¿Verdad que sí, Alfredo? Tu siempre dice que es mi mejor atributo. ¿O no, amor? Dile tu secreto, lo que descubrimos ayer, cuentale cuánto te gusta que otros lo miren.
Sentí el calor subir por el cuello hasta las orejas. Mi verga ya estaba medio dura bajo la mesa, traicionándome sin que yo pudiera hacer nada.
Rodrigo soltó una carcajada ronca, de esas que retumban en el pecho.
Mariana dejó el trapo en la mesa y se acercó a mí sin prisa. Se sentó de lado en mis piernas, me pasó los brazos por el cuello, su mano derecha bajó directo a mi entrepierna y apretó con fuerza, sintiendo la erección que ya no podía esconder. Me habló al oído, lo suficientemente alto para que Rodrigo escuchara cada sílaba.
—¿Y si te doy permiso ahora mismo, Rodri? ¿Me tratarías como puta?
El silencio que siguió fue espeso, casi tangible. Rodrigo dejó de reír. Me miró fijo un segundo, evaluándome, luego a ella. El aire se volvió denso, como antes de una tormenta.
—¿Hablas en serio, Mariana?
Ella se levantó con gracia felina, se giró hacia él y le puso ambas manos en el pecho, los dedos extendidos como si quisiera clavárselos.
—Bésame.
Rodrigo no esperó más. La tomó del cuello con una mano firme, la otra enredada en su cabello castaño, y la besó con violencia cruda. Sus lenguas chocaron, se mordieron los labios, gemidos ahogados llenaron la sala. Las manos de él bajaron al culo de Mariana y lo agarraron con brutalidad, separando las nalgas por encima de la tela fina de la falda, apretando hasta que ella gimió alto contra su boca.
Se separó apenas lo suficiente para mirarme. Sus ojos brillaban con algo oscuro, delicioso.
—Quítate todo, Alfredo. Siéntate en el sillón y sácala. Quiero verte pajearte como el cornudo patético que eres mientras tu amigo me detona como me merezco.
Obedecí sin pensarlo dos veces. Me desnudé temblando, la ropa cayendo al piso en un montón desordenado. Me senté en el sillón frente al sofá. Mi verga salió tiesa, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Mariana se arrodilló frente a Rodrigo, le bajó el cierre con dedos ansiosos y sacó esa vergota gruesa, venosa, larga y pesada. La miró con admiración genuina, casi reverente, luego giró la cabeza hacia mí.
—Mira esto, Alfredo… esto sí es una verga de verdad.
Empezó a chuparla con furia animal: lamió las bolas pesadas, recorrió su verga gruesa con la lengua, se la metió hasta la garganta hasta que le dio arcadas y la saliva le escurrió por la barbilla goteando sobre sus tetas. Rodrigo le agarró el pelo con ambas manos y le folló la boca sin piedad, empujando profundo mientras gruñía.
—Así, perra… trágatela toda. Esto es lo que una puta como tú merece. Chúpala bien.
Mariana gemía alrededor de su verga, los ojos llorosos de placer y esfuerzo, las lágrimas mezclándose con la baba que le caía por el mentón. Después de varios minutos brutales, se puso de pie, se bajo la falda y la tanga de un tirón. Quedó solo con la blusita ajustada, las tetas a punto de reventar la tela, los pezones duros marcándose como piedras. Se puso en cuatro sobre el sofá, culo empinado hacia mí, piernas abiertas, coño ya brillante de humedad y labios hinchados.
—Rodrigo… follame. Cógete a tu perra delante de mi marido. Haz que grite como nunca ha gritado con esa vergota que me encanta.
Rodrigo le dio una nalgada que resonó como un latigazo en la sala silenciosa. Luego otra. Y otra más fuerte. Las nalgas de Mariana se pusieron rojas al instante, temblando con cada impacto, la piel encendida y caliente. Ella gemía de placer y dolor mezclado, mordiéndose el labio inferior.
—Di que eres mi perra, puta. Di que te encanta que te trate como la zorra que eres.
—Soy tu perra… soy tu puta Rodrigo… ¡trátame como tal, papi! ¡Rómpeme!
Él apuntó la punta gruesa a la entrada de su coño y la penetró de un solo golpe salvaje, hasta chocar contra el fondo. Mariana soltó un grito largo y ronco que me atravesó el pecho.
—¡Aaaahhh, joder! ¡Sí! ¡Más duro, cabrón!
Rodrigo empezó a bombearla como bestia. Embestidas brutales, rápidas, profundas. Su pelvis chocaba contra sus nalgotas temblorosas con violencia, el sonido húmedo y carnoso llenando la habitación. Le jaló el pelo hacia atrás con fuerza, obligándola a arquear la espalda hasta el límite, con la boca abierta en un gemido continuo.
—Míra, cornudo —gruñó Rodrigo sin parar de follarla—. Mira cómo me cojo a tu mujer. Mira cómo la hago gritar.
Mariana giró la cabeza, sus ojos vidriosos por el placer y una sonrisa sádica y cruel.
—¿Ves, Alfredo? Esto es follar de verdad. Tu nunca me haz hecho sentir nada parecido. Di que soy la puta de Rodrigo. Di que te encanta ser un cornud.
—S-sí… eres la puta de Rodrigo… me encanta ser cornudo… me encanta verte así…
Rodrigo aceleró aún más, le dio nalgadas que dejaban marcas rojas, le metió un dedo en el culo mientras la penetraba sin piedad, estirándola, preparándola.
—Voy a llenarte el coño de leche caliente. Y tu marido va a dormir sabiendo que un hombre de verdad te marcó por dentro.
Mariana gemía sin control, el cuerpo temblando al borde del abismo.
—Dámela toda, papi… lléname… haz que mi cornudo vea lo que un macho de verdad deja dentro de su mujer…
Rodrigo rugió y se vino profundo, embistiendo hasta vaciarse por completo, con el cuerpo tenso, los músculos marcados bajo la playera. Mariana explotó en un orgasmo brutal, gritando su nombre, apretando las piernas alrededor de él, su coño chorreando alrededor de la verga que la había destrozado, el cuerpo convulsionando como si le hubieran dado corriente.
Rodrigo se la sacó despacio, con esa lentitud deliberada que hace que el semen se demore en salir, grueso y blanco, resbalando por los muslos temblorosos de Mariana como si quisiera marcar territorio en cada centímetro de piel que alguna vez fue solo mía. Ella permaneció en cuatro un instante más, el culo todavía rojo por las nalgadas, las nalgas brillantes de sudor, el coño abierto y palpitante, dejando escapar un hilo lento y espeso que caía sobre el sofá donde tantas noches habíamos visto series abrazados, riendo de tonterías. El olor a sexo crudo llenaba la sala: sudor, semen caliente, coño mojado, y ese aroma inconfundible de verga que ha estado muy adentro y ahora se retira satisfecha.
Mariana giró la cabeza hacia mí. No con prisa. Sus ojos verdes, todavía nublados por el orgasmo, se clavaron en los míos con una mezcla de ternura cruel y satisfacción absoluta. Se lamio los labios, y cuando habló su voz salió baja, ronca, como si cada palabra le costara un esfuerzo delicioso.
—Ven aquí, cornudito… acércate un poco más. Quiero que lo veas bien.
Me arrastré hasta quedar de rodillas frente al sofá, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el vapor que subía de su piel enrojecida. Mi verga palpitaba dolorosamente, goteando sin que yo la tocara, como si supiera que no tenía permiso para aliviarse todavía.
Ella extendió una mano y me acarició la mejilla con las yemas de los dedos, un gesto casi cariñoso, pero sus uñas se clavaron un poco más de lo necesario.
—Mírame a los ojos mientras te lo digo, Alfredo... hizo una pausa. Su dedo índice trazó el contorno de mis labios, obligándome a abrir la boca un poco.
—Tú… mi cornudo precioso… vas a dormir en el sillón de la sala. La puerta del cuarto va a quedar entreabierta, lo suficiente para que escuches todo. Cada gemido mío cuando me la meta hasta el fondo. Cada detalle cuando me folle en cuatro y me jale el pelo. Cada vez que le diga “sí, papi, rómpeme el culo esta noche”. Vas a oír cómo me llena el coño primero, cómo me hace correrme gritando su nombre, y luego cómo me abre el culo, cómo me hace gemir como perra en celo mientras me inunda por detrás. Y no vas a poder tocarte. Ni un roce. Ni siquiera apretar las piernas. Vas a quedarte ahí, tieso, sufriendo, oliendo a sexo ajeno, escuchando cómo tu mujer se entrega por completo a otro hombre en la cama que compartimos durante siete años. Y solo cuando yo decida, mañana por la mañana, cuando él se haya ido y yo esté satisfecha y adolorida, te voy a llamar para que vengas a ver como me dejó. ¿Entendido, mi amor?
Asentí. No pude hablar. La voz se me había quedado atrapada en la garganta, ahogada por la humillación que me quemaba por dentro y la erección que me dolía como nunca.
Mariana sonrió, esa sonrisa lenta y sádica que nunca le había visto antes de ayer, y se inclinó un poco más para besarme en la frente, como si yo fuera un niño bueno que había aprendido la lección.
—Buen chico… esto apenas empieza. Y créeme, Alfredo: antes de que termine la semana vas a estar rogándome de rodillas que te humille más, que te deje mirar más cerca, que te haga olerlo todo, que te obligue a ver cómo me follan una y otra vez. Porque ahora ya lo sabes: no hay vuelta atrás. Eres cornudo de verdad. Y yo… yo acabo de descubrir cuánto me gusta ser la puta que siempre soñaste.
Se giró hacia Rodrigo, que la esperaba sentado en el sofá con la verga todavía semidura y una sonrisa de dueño satisfecho. Se acurrucó contra su pecho, desnuda, sudorosa, marcada, y me miró una última vez por encima del hombro.
—Ahora ve a lavar los platos, cornudo. Nosotros vamos a seguir follando. Y no te atrevas a pajearte en el baño. Quiero que duermas con las bolas llenas.
Me levanté temblando, desnudo, con el sabor amargo de la excitación y la vergüenza en la boca, y caminé hacia la cocina mientras detrás de mí escuchaba sus risas bajas, sus besos húmedos, el sonido de piel contra piel empezando otra vez.
Supe, en ese instante preciso, que mi vida ya no volvería a ser la misma. Y lo más jodido de todo era que no quería que lo fuera.
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