
Lucía acababa de cumplir 18 hacía apenas una semana, pero llevaba años sabiendo exactamente lo que quería. Y lo que quería estaba al final del pasillo, detrás de la puerta entreabierta del dormitorio principal.
Esa noche se había quedado a dormir en lo de Sofía, como tantas otras veces. Pizza, películas de terror malas, risas, uñas pintadas de negro mate. Todo normal. Hasta que Sofía se durmió profundamente con los auriculares puestos y el ventilador de techo girando como un mantra.
Lucía no pudo dormir.
Se levantó descalza, con el short de pijama de algodón negro que apenas le cubría el culo y la remera de malla negra que dejaba ver el sostén push-up debajo. El crucifijo de plata colgaba pesado entre sus tetas, rozando la piel cada vez que respiraba hondo. Se miró un segundo en el espejo del pasillo: el delineador corrido de propósito, los labios todavía oscuros, el pelo negro desordenado cayéndole sobre los hombros. Sabía que estaba buena. Y sabía que él lo sabía también.
Caminó despacio hasta la puerta del fondo. Estaba entreabierta, como siempre. La luz tenue de la lámpara de noche se filtraba al pasillo. Lo escuchó respirar. Profundo. Tranquilo. Demasiado tranquilo para alguien que no estaba realmente dormido.
Empujó la puerta con dos dedos.
Él estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, solo con unos bóxers grises que no escondían nada. Los músculos del pecho y los brazos marcados por años de gimnasio, el vello oscuro descendiendo hasta perderse bajo la tela. Cuando la vio entrar, no se sorprendió. Solo sonrió de lado, esa sonrisa lenta y peligrosa que Lucía había fantaseado mil veces.
—¿No podés dormir, Lu? —preguntó en voz baja, casi ronca.
Ella cerró la puerta detrás de sí sin contestar. Dio tres pasos y se paró frente a él, tan cerca que podía oler su perfume caro mezclado con el olor natural de su piel.
—Nunca pude dormir cuando estoy acá —susurró ella—. Y vos lo sabés.
Él la miró de arriba abajo, deteniéndose en el escote profundo, en cómo la malla dejaba ver los pezones endurecidos contra la tela fina. Subió la vista a sus ojos.
—¿Cuánto tiempo llevás pensando en esto?
—Desde que tenía 15 —admitió sin bajar la mirada—. Pero ahora ya soy grande.
Se acercó más. Él abrió las piernas apenas, invitándola a meterse entre ellas. Lucía se arrodilló despacio, apoyando las manos en los muslos duros de él. Subió la mirada mientras sus dedos se deslizaban hacia arriba, rozando la tela tensa de los bóxers. Estaba durísimo. Y grande. Mucho más grande de lo que había imaginado en sus noches sola.
—¿Querés verlo? —preguntó él, voz grave.
Ella asintió, mordiéndose el labio inferior.
Él se bajó los bóxers con calma. La polla saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza ya brillante de líquido preseminal. Lucía soltó un gemido bajito solo de verla. Se inclinó y la tomó con ambas manos; ni siquiera podía cerrar los dedos alrededor. La acarició despacio, sintiendo cómo latía contra su palma.

—Siempre supe que eras una nena mala —murmuró él, enredando los dedos en el pelo negro de ella.
Lucía no contestó con palabras. Abrió la boca y se la metió lo más profundo que pudo. No llegó ni a la mitad, pero el gruñido que escapó de la garganta de él le dijo que estaba haciendo bien. Chupó con ganas, dejando que la saliva le corriera por la barbilla, usando la lengua en círculos alrededor de la cabeza mientras con una mano le masajeaba los huevos pesados.

Él la dejó hacer un rato, disfrutando, hasta que la tomó del pelo y la obligó a mirarlo.
—Arriba. Ahora.
La levantó como si no pesara nada y la tiró boca arriba sobre la cama. Le arrancó la remera de malla de un tirón, dejando sus tetas grandes y firmes saltando libres. Los pezones oscuros estaban duros como piedras. Se los chupó con fuerza, mordiendo justo lo suficiente para que ella arqueara la espalda y soltara un quejido ahogado.
—Calladita —le susurró contra la piel—, o vas a despertar a tu amiga.
Le bajó el short junto con la tanga negra de un solo movimiento. Estaba empapada. Los dedos de él se deslizaron entre los labios hinchados, encontraron el clítoris y lo frotaron en círculos lentos y crueles hasta que las caderas de Lucía empezaron a moverse solas, buscando más.
—Te voy a romper, nena —le dijo al oído mientras se acomodaba entre sus piernas.
La punta gruesa presionó contra la entrada. Lucía contuvo el aliento. Él empujó despacio al principio, abriéndola centímetro a centímetro. Ella gimió largo y bajo cuando sintió cómo la llenaba por completo, hasta el fondo, hasta que sus huevos golpearon contra su culo.
—Joder… estás apretada —gruñó él.
Empezó a moverse. Primero lento, profundo, dejándola sentir cada vena, cada pulso. Luego más rápido. Más fuerte. La cama crujía. Los pechos de Lucía rebotaban con cada embestida. Él le tapó la boca con una mano grande mientras con la otra le apretaba una teta, pellizcando el pezón.
Ella se corrió primero, temblando entera, apretándolo tan fuerte por dentro que él casi pierde el control. Pero aguantó. La dio vuelta boca abajo, le levantó las caderas y volvió a entrar de un solo empujón. Desde atrás era aún más profundo. Lucía enterró la cara en la almohada para no gritar mientras él la follaba con fuerza, las manos clavadas en sus caderas, dejando marcas rojas.
Cuando sintió que él estaba cerca, se apretó más, moviendo las caderas en círculos.
—Adentro —susurró ella, mirándolo por encima del hombro—. Quiero sentirlo todo.
Él gruñó algo ininteligible y se hundió hasta el fondo una última vez. Se corrió con fuerza, llenándola con chorros calientes y espesos que Lucía sintió palpitar dentro. Se quedó quieto un rato, respirando pesado, todavía dentro de ella, mientras los dos intentaban recuperar el aire.


Después la giró con cuidado, la besó en la boca por primera vez —un beso lento, casi tierno— y le apartó el pelo sudoroso de la cara.
—Esto no puede volver a pasar —dijo, aunque los dos sabían que era mentira.
Lucía solo sonrió, traviesa, con los labios hinchados y el crucifijo todavía colgando entre sus tetas marcadas por sus dedos.
—Claro que no —mintió ella.
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