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Familia México-Colombiana 3

Después de esa primera vez, la cosa no se detuvo. Héctor y yo seguíamos follándonos a escondidas cada vez que podíamos: en el baño de visitas cuando Alejandra estaba en la cocina, en el carro en el estacionamiento del súper, en mi casa cuando ella salía de compras. 
Pero la tensión crecía. Yo quería más. Quería que él supiera que no era solo yo la que lo deseaba… y que mi hermanita, en el fondo, también sentía curiosidad.
Alejandra siempre ha sido la “buena” de la familia: más delgada que yo, tetas un poco más pequeñas que las mías, pero aun grandes y firmes, culo parado y redondo, pelo largo negro y esa cara de niña inocente que engaña. Pero yo la conozco. La he oído gemir cuando Héctor se la coge, la he visto tocarse disimuladamente cuando ve porno en su celular. Y después de que Héctor y yo empezamos, noté que ella me miraba diferente: con envidia, con curiosidad, con algo caliente en los ojos cuando yo entraba con el vestido ajustado y las tetas rebotando.
Una noche, hace unos días, todo explotó. Era viernes, Alejandra invitó a “tomar algo” en su casa. Yo llegué con un top escotado sin brasier, falda corta y tanga roja. 
Héctor abrió la puerta y se le marcaron los ojos en mis pezones duros. Me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, y sentí su verga rozarme el muslo.
Entré. Alejandra estaba en el sofá con un shortcito y camiseta de tirantes, sin brasier tampoco. 
El ambiente estaba cargado. Bebimos tequila, bailamos un rato con reggaetón viejo. Yo me pegué a Héctor “para bailar”, restregándole el culo contra su entrepierna. Él se ponía duro rápido. 
Alejandra nos miraba, no con enojo… con una sonrisa rara, como si supiera.
En un momento, fui al baño. Cuando salí, Héctor me esperaba en el pasillo oscuro. Me agarró por la cintura, me besó fuerte y metió la mano bajo mi falda. 
“Cuñadita… tu hermana está ahí…” me susurro al oído, pero ya me estaba mojando.
“Lo sé… pero no aguanto.”
Lo empujé contra la pared y me arrodillé. Le bajé el cierre, saqué su verga gruesa y me la metí a la boca profunda. Chupé con ganas, saliva corriendo por su tronco, lamiendo las venas hinchadas. Él gemía bajito, agarrándome el pelo.
De repente, luz en el pasillo. Alejandra estaba ahí, apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No gritó. No se fue. Solo dijo, con voz ronca:
“¿Desde cuándo, Erika?”
Me saqué la verga de la boca, todavía brillante de mi saliva, y la miré fijo.
“Desde hace unas semanas. Pero tú ya lo sospechabas, ¿verdad, hermanita?”
Ella tragó saliva. Sus pezones se marcaron en la camiseta. “Sí… y me ponía cachonda imaginarlo.”
Héctor se quedó con la verga al aire, palpitando. Alejandra se acercó despacio, se arrodilló al lado mío y miró la verga de su marido.
“¿Quieres que la compartamos?” le pregunté, con voz de puta.
Ella asintió, lenta. “Sí… pero quiero verte a ti primero, Erika. Quiero ver cómo te lo coges.”
Me puse de pie, me quité la tanga empapada y me subí la falda. Me apoyé en la pared, abrí las piernas y separé mis labios gruesos con los dedos. Mi coño estaba chorreando, clítoris hinchado.
Héctor entró de una embestida. 
Gemí fuerte. 
Alejandra se acercó, me besó en la boca –beso de hermanas, pero sucio, lenguas enredadas–. Luego bajó y me chupó un pezón mientras Héctor me follaba duro. 
Sus tetas rozaban las mías, pezones duros chocando.
“Más fuerte, Héctor… rómpela como me rompes a mí…” dijo Alejandra, metiendo una mano entre mis piernas para frotarme el clítoris mientras él me embestía.
Me corrí rápido, squirteando en su mano, chorros calientes cayendo al piso. Héctor no paró. Me la sacó y me giró. Me puso a cuatro patas en el pasillo. Alejandra se sentó frente a mí, abrió las piernas y se bajó el short. Su coño era más depilado que el mío, labios rosados, mojados.
“Lámeme, Erika… mientras él te la mete.”
Me lancé. Metí la lengua en su coño, saboreando su humedad dulce, chupando su clítoris pequeño pero duro. Ella gemía alto, agarrándome el pelo. Héctor me entró por atrás, esta vez en el coño, profundo, golpeando mis nalgas con sus bolas.
“Puta madre… miren cómo las tengo a las dos…” gruñó él.
Alejandra se corrió en mi boca, temblando, empujando su coño contra mi cara. Yo seguía lamiéndola, tragándome sus jugos. Héctor aceleró, me agarró las tetas desde atrás y las apretó fuerte.
“Me vengo… ¿dónde quieren que les eche mi leche?”
Alejandra respondió: “Adentro de ella… y luego yo te limpio.”
Se vino dentro de mí, chorros calientes llenándome el coño, desbordando por mis muslos. 
Cuando salió, Alejandra se arrodilló y me lamió el coño, chupando la mezcla de su marido y yo. 
Gemí otra vez, corriéndome en su boca.
Luego nos fuimos al sofá. Los tres desnudos. Héctor sentado en el medio. Yo y Alejandra a cada lado, turnándonos para chupársela. Primero yo profunda, hasta la garganta. Luego ella, lamiendo suave, besando la cabeza. Nos besábamos con su verga en medio, lenguas rozándose en su tronco.
Héctor se puso duro otra vez. Alejandra se montó en él, cabalgándolo lento, sus tetas rebotando. Yo me senté en su cara, restregándole mi coño mojado en la boca. Él me chupaba el clítoris mientras su mujer lo montaba.
“Cógete a tu esposa, cuñis… y después a mí otra vez…” le dije.
Cambiamos. Yo me monté en reversa, culo en pompa hacia él, subiendo y bajando en su verga. Alejandra se puso frente a mí, besándome, chupándome las tetas, metiendo dedos en mi culo mientras Héctor me follaba.
Al final, las dos de rodillas, bocas abiertas. Héctor se pajeó y se vino en nuestras caras: chorros gruesos en mis tetas, en la boca de Alejandra, en mi lengua. Nos besamos, compartiendo su leche, lamiéndonos la cara.
Nos quedamos tiradas en el sofá, sudadas, pegajosas, riendo bajito.
Alejandra me miró: “Esto no fue la última vez, ¿verdad?”
Yo sonreí: “No, hermanita. Ahora somos tres… y vamos a cogernos todas las noches que podamos.”
Héctor solo suspiró, con una sonrisa de mexicano satisfecho: “Pinches colombianas… me van a matar.”
Y yo pensé: qué buena muerte.

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