Los domingos en la casa de donNicolás eran un ritual familiar inquebrantable, disfrazado de"convivencia" pero impulsado por algo mucho más prosaico: el dinero.El abuelo, un hombre de sesenta y tantos años, con una vitalidad que desmentíasu edad, había construido una fortuna impresionante durante dos décadas deahorro obsesivo, inversiones astutas y un olfato para los negocios que lo habíaconvertido en millonario. Una suma que, como él solía bromear, no se gastaríani en tres vidas. Sus tres hijos —Sergio, Nadia y otro más discreto de nombreManuel— habían recibido una educación impecable gracias a él, y ahora extendíasu generosidad a los nietos, cubriendo sus colegiaturas universitarias sinpestañear. Pero no era solo filantropía; don Nico disfrutaba del poder que esole daba, de ser el patriarca indiscutible, el que dictaba las reglas con unasonrisa cariñosa que ocultaba un lado mucho más oscuro, pervertido y dominante.
Entre los nietos, dos destacabanen su mente por razones muy distintas: Kike y Paulita. Kike, de dieciocho años,era el orgullo de la familia, hijo de Sergio y Jimena, el matrimonio másmodesto económicamente pero el que mejor había educado a su prole. Alto,delgado y con una educación impecable, Kike era centrado, amable y siempredispuesto a ayudar. Contrastaba drásticamente con Paulita y su hermano Joaquín,frutos del matrimonio de Nadia y Santiago. Ellos eran egocéntricos, maleducadosy convenencieros hasta el tuétano; se movían como tiburones en aguas ricas,obedeciendo solo a quien les convenía y despreciando al resto. Paulita, enparticular, había desarrollado un arte para manipular con su encantosuperficial, siempre calculando cómo sacar provecho.
Ese domingo fue diferente. DonNico organizó una carne asada en el amplio jardín de su mansión, un oasis verdeen las afueras de la ciudad, con césped impecable que se extendía hasta unapiscina olímpica rodeada de palmeras y tumbonas de lujo. El sol de mediodíapicaba fuerte, y el aroma a carne asada y chorizos se mezclaba con el cloro delagua y las risas de la familia. Como siempre, al final de la tarde, don Nicoformaba a los nietos en fila y les repartía su "dominguito": milpesos mexicanos —unos cincuenta y cinco dólares— para cada uno, un gesto quedisfrazaba de cariño pero que en realidad compraba lealtades. Ese día, sinembargo, todos los nietos y nietas habían llevado sus trajes de baño, y lapiscina se convirtió en el centro de la diversión. Los chapoteos y las bromasllenaban el aire, pero para don Nico, el verdadero espectáculo llegó con lasnietas emergiendo del agua en sus bikinis ajustados.
Retirado en su balcón privado enla terraza superior de la casa —un rincón exclusivo con vistas panorámicas aljardín, amueblado con un sillón de mimbre y una mesita para su whiskey—, donNico observaba todo con una sonrisa paternal que ocultaba el fuego que ardía ensu interior. Su mirada, aguda y experimentada, se posó inevitablemente enPaulita. Ahí estaba ella, de dieciocho años recién cumplidos, saliendo de lapiscina con gotas de agua resbalando por su piel tersa y luminosa. Su figuraera una escultura viviente, una silueta extrema de reloj de arena que hacía queel bikini rojo —un top tejido que apenas contenía sus curvas generosas y unabraguita diminuta que acentuaba sus caderas anchas y su cintura diminuta—pareciera una invitación al pecado. Su rostro ovalado y armonioso capturaba laluz del sol, con facciones equilibradas que irradiaban una belleza natural ycautivadora. Ojos grandes y expresivos, de un tono claro que mezclaba dulzura ymisterio, delineados sutilmente para resaltar su mirada suave y profunda. Narizfina y proporcionada, labios carnosos y bien definidos que pedían ser besados.Piel fresca con un rubor rosado en las mejillas y la nariz, salpicada de pecassuaves que le daban un encanto auténtico y juvenil. Su cabello oscuro y abundante,con un flequillo ligero, caía húmedo sobre sus hombros, enmarcando todo con unavibra romántica y delicada. Un collar delicado colgaba entre sus senos,añadiendo un toque elegante a su presencia íntima y estética. Paulita no erasolo bonita; era una visión de feminidad explosiva, con una armonía entre suexpresión relajada, su estilo provocativo y la luz que la rodeaba, haciendo quesu cuerpo de reloj de arena —pechos firmes y altos, cintura de avispa, caderasvoluptuosas y piernas tonificadas— pareciera diseñado para tentar.
Don Nico sintió un tiróninmediato en su entrepierna, su mente saltando a fantasías prohibidas mientrasla observaba desde arriba, oculto en las sombras del balcón. Ahí estaba ella,apartándose a un rincón apartado del jardín, donde el muro de buganvillas laescondía de los ojos de sus padres y primos. Sacó su teléfono y comenzó atomarse selfies provocativas: arqueando la espalda para resaltar sus curvas,mordiéndose el labio inferior con esa mirada misteriosa, ajustando el top paraque sus pechos se asomaran un poco más, capturando ángulos que gritabanseducción. Don Nico se inclinó sobre la barandilla, su respiraciónacelerándose, imaginando cómo sería enseñarle "lecciones" que ningúnabuelo debería impartir: dominarla con su experiencia, hacerla suya en secreto,castigarla con placer por su egocentrismo.
Pero entonces, su miradaperiférica captó algo más. En el borde de la piscina, Kike estaba sentado enuna tumbona, fingiendo leer un libro pero con los ojos clavados en Paulita. Surostro era el de un pendejo enamorado: boca entreabierta, mejillas sonrojadas,una expresión boba y embobada que delataba su enamoramiento evidente. El chicoeducado y centrado se había convertido en un tonto hipnotizado, devorándola conla vista sin disimulo, ajeno a que su abuelo lo observaba todo desde arriba.Don Nico sonrió para sí, una sonrisa perversa formándose en sus labios. Ahí estabala oportunidad perfecta para una "lección" que involucraría aambos... pero eso vendría después.
Don Nicolás, sentado en su sillónde mimbre en el balcón privado, sentía el peso del tiempo de una forma nueva yurgente. Los médicos no lo decían con todas sus letras, pero él lo sabía: sucorazón, sus pulmones, todo eso que había aguantado décadas de excesosdiscretos, ya no le daría muchas vueltas más al reloj. Y en lugar de miedo, loque le invadía era una determinación feroz: si la vida se le acababa, que almenos se fuera llena de las fantasías que durante años había guardado en elcajón más oscuro de su mente. El dinero, ese viejo amigo fiel, sería la llave.Siempre lo había sido.
Con el teléfono en la mano, abrióel chat grupal de nietos que usaban para pedirle favores. Pero esta vezescribió dos mensajes privados, casi simultáneos.
Primero a Kike: «Mijo, ¿has vistoa Paulita? Llevo rato sin verla por el jardín. Avísame si la encuentras, porfavor.» (Sabía perfectamente dónde estaba. Solo quería que el chico sedesesperara un poco más.)
Luego a Paulita: «Paulita bonita,sube un momento al balcón de la terraza, por la escalera de atrás. Quierohablar contigo a solas. Te espero con algo rico.»
Paulita, en ese preciso instante,estaba en el rincón más escondido del jardín, detrás de las buganvillas, con elteléfono en alto, el cuerpo arqueado en una pose que hacía que su cinturapareciera imposiblemente estrecha y sus caderas aún más generosas. El top rojotejido se pegaba a su piel húmeda, los pezones marcados sutilmente por el fríodel agua. Justo cuando disparaba otra selfie con mordida de labio, el teléfonovibró. Leyó el mensaje y sus ojos se iluminaron. Dinero. Siempre dinero. Sinpensarlo dos veces, se ajustó el bikini, se pasó los dedos por el cabellomojado y corrió descalza por la escalera trasera, emocionada como niña enNavidad.
Nadie en la fiesta notó suausencia. Los adultos charlaban, los primos seguían en la alberca. Solo Kike,sentado en la tumbona con su libro olvidado sobre las piernas, escudriñaba eljardín con mirada ansiosa. La buscaba con esa cara de cachorro perdido, elcuello estirado, el ceño fruncido. No la encontraba. Y eso, para don Nico quelo observaba todo desde arriba, era deliciosamente perfecto.
Paulita abrió la puerta delbalcón con un empujoncito tímido. «¡Abuelito!» exclamó con esa voz melosa quereservaba para cuando quería algo.
Se acercó y le plantó un besosonoro en la mejilla, inclinándose lo justo para que su perfume dulce y el olora cloro se mezclaran. Don Nicolás recibió el beso con los ojos entrecerrados deplacer, y mientras ella se apartaba, su mano grande y venosa se posó connaturalidad en esa cintura de avispa, los dedos abarcando casi toda la curvaestrecha. Paulita no puso ni un respingo; de hecho, sonrió más amplio,acostumbrada a que los hombres la tocaran así cuando querían impresionarla.
—Ven, siéntate aquí conmigo, mireina —dijo él con voz grave y cariñosa, palmeando el cojín a su lado.
Paulita se acomodó, cruzando laspiernas de forma que el bikini se subiera un poco más por los muslos. Don Nicosirvió un chorrito generoso de whiskey en un vaso de cristal tallado y se lotendió.
—Ay, abuelito… mis papás no medejan tomar —dijo ella con risita fingida de niña buena.
—Aquí en mi casa, mis reglas—respondió él con una sonrisa paternal que escondía mucho más—. Anda, prueba.Es suave, te va a gustar.
Paulita dio un sorbito, luegootro más grande. Tosió un poquito al principio, pero enseguida los ojos lebrillaron. —Está rico… —murmuró, aceptando que le sirviera el segundo vaso sinprotestar.
Don Nico empezó con las preguntassuaves, como un abuelo cualquiera: —¿Cómo va la escuela, mija? ¿Qué quiereshacer después? ¿Tienes novio? Cuéntame tus sueños…
Paulita, ya con el segundowhiskey calentándole las mejillas, se soltó hablando de viajes a Europa, debolsas de diseñador, de vivir en un departamento de lujo, de tener un cochedeportivo. Todo material, todo superficial, todo muy Paulita. Él escuchaba conatención fingida, asintiendo, mientras sus ojos recorrían el cuerpo de su nietasin disimulo.
Cuando el segundo vaso ya iba porla mitad, don Nico cambió el tono, bajando la voz: —Oye, bonita… ¿qué era esoque te estabas tomando allá atrás? ¿Sesión de fotos?
Paulita soltó una risitanerviosa, se mordió el labio. —Ay, abuelito… nada. Solo… estaba jugando. Heestado pensando en abrir un OnlyFans. Muchas chavas ganan un chorro de lana. Yonecesito dinero para viajar, para comprarme cosas… ya sabes.
Don Nico asintió despacio, comosi lo pensara. —Mira, Paulita… esas fotos no se borran nunca de internet. Undía te pueden salir en la cara, en un trabajo, en una relación seria. Tureputación…
Ella puso cara de «sí, sí,sermón», rodando los ojos por dentro. Pero mantuvo la sonrisa superficial.
Entonces él soltó la bomba, concalma absoluta: —…Por eso yo no pienso permitir que mi nieta favorita semalbarate en internet. Menos siendo yo tu fan número uno.
Paulita se quedó congelada, luegosoltó una carcajada incrédula. —¿Quééé? Abuelito, ¿estás bromeando?
Don Nico no sonreía. Sacó delbolsillo interior de su guayabera un fajo de billetes. Cinco mil pesos,contantes y sonantes. Los puso en la mano de ella con delicadeza.
—Para que te compres ropa sexypara la próxima sesión… pero solo para mí. Exclusividad total. Nadie más lasve.
Paulita miró los billetes, luegoa él, luego los billetes otra vez. La risa se le congeló en una mezcla desorpresa y codicia. —¿En serio…? ¿Tú… quieres mis fotos?
—Paulita, yo ya estoy grande—dijo él con voz suave, casi tierna—. Me queda poco tiempo, y quiero darme unúltimo gustito. Siempre me fascinaron las mujeres como tú: curvas perfectas,mirada dulce pero traviesa… Si tuviera cuarenta años menos, hasta te pedíamatrimonio aquí mismo.
Hizo una pausa, y luego soltó unade sus ocurrencias: —Además, ¿quién mejor que tu abuelito para apreciarte? Nohay nadie que te conozca desde chiquita… y que ahora te vea tan… crecidita.
Paulita se rió, esta vez deverdad. La forma en que él lo decía, sin morbo crudo, con ese tono de bromacariñosa y elegante, la hizo bajar la guardia. Se sentía halagada, deseada,pero de una forma “segura”. Tomó el dinero, lo guardó en el pequeño bolso quellevaba colgado al cuello.
—Ay, abuelito… eres terrible—dijo entre risas—. Bueno… te prometo que seré tu modelo exclusiva.
—Así me gusta —respondió él,acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. Y quiero que me visites másseguido. Incluso aquí en el jardín puedes tomarte todas las fotos que quieras…sin tantos metiches alrededor. Solo tú y yo.
Paulita asintió, todavía riendo,con los ojos brillantes por el whiskey y la emoción del dinero fresco.
Esa misma tarde, antes de que lacarne asada terminara, don Nicolás se acercó a Nadia y Santiago con su sonrisade patriarca generoso. —Oigan, ¿qué les parece si Paulita me apoya con unascosas tecnológicas que no entiendo entre semana?
Los padres, encantados con laidea de que el abuelo se involucrara más (y con la posibilidad de más dinero depor medio), asintieron sin dudar.
Mientras tanto, Kike seguíabuscando a Paulita por el jardín, ajeno a todo. Y arriba, en el balcón, donNicolás observaba la escena con una sonrisa satisfecha. El juego apenascomenzaba.
El lunes por la tarde, Paulitallegó a la mansión de don Nicolás con una bolsita de compras discretas y unasonrisa que no cabía en su rostro. El abuelo la recibió en la puerta principalcon los brazos abiertos, como siempre, pero esta vez su mirada se demoró unsegundo más en las curvas que el vestido veraniego ligero apenas disimulaba.
—Pasa, mi reina —dijo con esa vozgrave y cálida—. Te preparé algo rico para que te relajes.
La llevó al salón principal, convistas al jardín y la piscina que ya se había convertido en su escenariosecreto. Sobre la mesa baja había una jarra de mojito suave (ron apenasperceptible, mucho limón, menta fresca y soda), vasos altos con hielo y unasfresas para decorar. Paulita se sentó en el sofá amplio, cruzando las piernas,y sacó lo que había comprado con los cinco mil.
—Mira, abuelito… me compré esto—dijo sacando un par de conjuntos: un body negro de encaje transparente contirantes finos, un shortcito de satén rojo que apenas cubría, y un top cropajustado con transparencias que dejaba ver el ombligo y el inicio de lossenos—. ¿Te gustan?
Don Nicolás asintió despacio, losojos brillando. —Preciosos… pero vas a lucirlos mejor en fotos. Espera.
Se levantó y regresó con unacámara réflex profesional, nueva, con lente zoom luminoso y trípode. La habíacomprado esa misma mañana, pensando en ella. —Hoy yo soy el fotógrafo oficial.Vamos al jardín, la luz de la tarde es perfecta.
La sesión empezó divertida:risas, bromas, él diciéndole “gira un poquito más, así… ¡qué guapa mi nieta!”.Paulita, ya con el mojito en la mano, se soltaba. Las poses subían de tono sinque pareciera forzado.
Primera: de espaldas a lapiscina, mirando por encima del hombro, el body negro pegado a su siluetahourglass, las manos subiendo por sus costados hasta rozar los senos, arqueandola espalda para que la cintura se marcara aún más.
Segunda: sentada al borde de unatumbona, piernas abiertas en V sutil, el shortcito rojo subido hasta donde nodebía, inclinada hacia adelante con los brazos apretando los pechos para crearmás escote, mordiéndose el labio con esa mirada dulce-misteriosa que volvíaloco a cualquiera.
Tercera: de rodillas en elcésped, torso erguido, manos detrás de la cabeza, el top crop levantado lojusto para mostrar la curva inferior de los senos, pecas brillando bajo el solponiente, cabello oscuro cayendo en cascada.
Cuarta: recostada boca abajo enla tumbona, pero con las caderas elevadas, mirando a cámara con ojosentrecerrados, una mano deslizándose por su muslo como si se acariciara a símisma.
Don Nicolás disparaba sin parar,el clic de la cámara mezclándose con sus cumplidos: “Así, perfecta… eres unaobra de arte, Paulita”. Ella reía, posaba, se sentía deseada y poderosa.
Al final, exhausta y sonrojada,se sentó a su lado en el sofá interior. Él le sirvió otro mojito y sacó dosfajos más de billetes.
—Otros cinco mil… para que lapróxima vez traigas lencería de verdad —dijo con una sonrisa cariñosa, tierna,casi paternal—. Quiero verte con cositas más… delicadas.
Antes de que ella pudieraprocesarlo, le puso otro fajo en la mano. —Y estos otros cinco mil son para ti,nada más. Porque te lo mereces, mi reina.
Paulita abrió los ojos grandes,tomó el dinero sin dudar, lo abrazó fuerte (pecho contra pecho, sin que ella seapartara rápido) y le dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
Esa noche, solo en su habitaciónprincipal, don Nicolás cerró la puerta con llave, encendió la luz tenue y abrióla computadora. Pasó las fotos a la pantalla grande. Se sentó en la cama, sebajó los pantalones despacio y se masturbó mirándolas una por una: el cuerpoarqueado, los labios entreabiertos, las curvas imposibles. Se corrió con ungruñido bajo, imaginando que era ella la que lo tocaba.
Paulita empezó a ir casi diario.Llegaba por la tarde, se quedaba hasta la noche. Don Nicolás la consentía:comidas ricas, bebidas suaves, regalos pequeños. Una semana después, en la cenaque prepararon juntos (ella en short corto y top, él en camisa abierta), élsoltó la propuesta con naturalidad.
—Paulita… esta casa ya está muysola. ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo? Hay un cuarto enorme para ti, conbaño propio, closet gigante. Yo ya no estoy para tanto ajetreo solo… y la casanecesita una dueña.
Ella lo miró, calculando. Pensóen la libertad, en el dinero constante, en que eventualmente todo eso seríasuyo cuando él… ya sabes. No estaba tan equivocada.
—Está bien, abuelito… me mudo.
La mudanza fue rápida. Sus padresencantados (más tiempo con el abuelo = más favores). Paulita ocupó la suite deinvitados, pero pasaba las noches en el salón con él viendo películas, riendo,bebiendo.
La seducción empezó lenta,efectiva, casi imperceptible.
Primero: masajes en los hombrosdespués de “un día cansado”, sus manos grandes bajando por la espalda, rozandolos costados de los senos “sin querer”.
Luego: comentarios casuales perocargados. “Estás más guapa cada día… si no fueras mi nieta…” seguido de risapara que no sonara serio.
Después: noches de “pelis deterror” donde ella se acurrucaba contra él en el sofá, su mano descansando enel muslo de Paulita, subiendo milímetro a milímetro sin que ella protestara.
Una tarde, mientras ella seprobaba lencería nueva para “la sesión”, él entró al cuarto con la cámara.—Déjame ayudarte a ajustarla… —dijo, dedos rozando su piel desnuda al“arreglar” los tirantes.
Paulita sentía el calor subir,pero el dinero, la comodidad, la atención… todo la mantenía ahí. Y don Nicolássabía que el tiempo jugaba a su favor. Cada día un paso más. Cada noche un rocemás largo.
La mudanza de Paulita a lamansión de don Nicolás marcó el inicio de una nueva coreografía, un ballet deseducción lenta donde cada movimiento estaba calculado al milímetro. La suiteque ocupaba—con su baño de mármol, closet y vista a la piscina—era más lujosaque cualquier departamento que hubiera imaginado. Pero la verdadera prisióntenía barrotes dorados.
Las primeras semanas fueron deadaptación dulcemente envenenada. Don Nicolás desplegaba una atención de novioadolescente, pero con los recursos de un magnate. Flores frescas cada mañana ensu habitación, desayunos servidos en la terraza con jugo recién exprimido yfrutas exóticas, pequeñas joyas que aparecían en su almohada como premiospor... simplemente existir.
“Para mi princesa,” murmurabadejando un par de aretes de perlas sobre la mesa de noche.
Paulita, acostumbrada a laatención masculina pero nunca a esta intensidad calculada, se dejaba envolver.El dinero había sido el primer anzuelo; ahora era la comodidad extrema, lasensación de ser el centro absoluto de un universo privado.
Fue una tarde de lluvia, tressemanas después de la mudanza, cuando don Nicolás plantó la primera semillaexplícita. Estaban en la biblioteca, ella hojeando una revista de moda, élfingiendo leer un informe financiero.
“Paulita,” comenzó, su voz graverompiendo el silencio acomodado, “¿nunca te has preguntado cómo sería estar conun hombre... experimentado?”
Ella levantó la vista, ceñoligeramente fruncido. “¿Experimentado?”
“Sí.” Dejó el informe, se acercóa la ventana observando la lluvia golpear los cristales. “Un hombre que sabe loque una mujer realmente quiere. No esos chiquillos torpes que solo piensan enellos mismos.”
Paulita soltó una risitanerviosa. “Abuelito, qué cosas dices.”
“No soy tan abuelo,” respondiósin voltear. “El cuerpo puede envejecer, Paulita, pero el deseo... el deseo sevuelve más sabio, más paciente. Un hombre maduro sabe venerar un cuerpo como eltuyo.”
Ella guardó silencio, pero no selevantó para irse. Don Nicolás notó cómo sus dedos jugueteaban con las páginasde la revista.
“Imagínate,” continuó,volviéndose lentamente, “ser adorada como una diosa. Tocada no con la urgenciade un niño, sino con la devoción de un creyente. Cada curva estudiada, cadasuspiro registrado, cada placer administrado como el sommelier sirve un vinoraro.”
“Eso suena...” Paulita tragósaliva, “...interesante.”
“Es más que interesante.” Seacercó, deteniéndose a dos pasos de distancia. “Es transformador. Una mujercomo tú debería conocer eso antes de... conformarse con menos.”
La semilla estaba plantada. Rególa tierra en los días siguientes con comentarios casuales pero cargados:
“Ese vestido te hace parecer unaemperatriz. Cualquier hombre sería tu siervo.”
“Tu risa es más adictiva quecualquier droga. Me pregunto cómo sonarías en otros momentos.”
“La belleza como la tuya mereceser desbloqueada por manos expertas. Es un crimen dejarla en manosaficionadas.”
La seducción avanzó como un juegode ajedrez donde don Nicolás movía todas las piezas.
Utilizaba la intimidad físicadisfrazada de cuidado. Masajes después de sus “sesiones de fotos” queahora incluían lencería cada vez más transparente. Sus manos, grandes yvenosas, aprendían cada centímetro de su espalda, sus glúteos, sus muslos.“Solo estoy aliviando la tensión, mi reina,” murmuraba cuando ella emitía ungemido involuntario.
La normalización del tabú. Películaspor la noche que gradualmente se volvieron más sugerentes. “Es arte, Paulita,”decía cuando aparecían escenas de pasión intensa. “Mira cómo la toca... conreverencia. Así debería ser siempre.”
Y finalmente, el aislamientodorado. Minimizó sus salidas, maximizó su dependencia. “¿Para quéquieres ir a ese antro lleno de niños sudorosos? Aquí tenemos el mejor vino, lamejor música... y nadie te miraría con la pureza que yo te miro.”
Así fue que comenzó lareescritura de la moral. “El deseo es natural, Paulita. Lo antinaturales reprimirlo. Dos adultos consintiendo... ¿quién puede juzgar eso? El placerno conoce de edades ni de parentescos, solo de conexiones.”
Una noche, después del tercervaso de vino, se atrevió a más. Estaban en el sofá, ella recostada contra suhombro.
“¿Sabes cuál es la diferenciaentre un hombre joven y uno maduro?” preguntó, su mano acariciando su cabello.
“¿Cuál?”
“El joven toma; el maduro da. Eljoven conquista; el maduro venera.” Su mano bajó hasta su cuello, el pulgartrazando círculos en su clavícula. “El joven se apresura hacia su propioclímax; el maduro haría cualquier cosa por ver el tuyo, aunque le tome horas.”
Paulita respiró hondo. “Suena...agotador.”
“No.” Su voz era un susurrocálido en su oído. “Suena a paraíso. Y tú, Paulita... eres mi tierraprometida.”
Esa noche, por primera vez, no seapartó cuando sus labios rozaron su sien al darle las buenas noches.
La conquista final llegó un mesdespués, en una noche de verano sofocante donde el aire mismo parecía contenerpresagios.
Don Nicolás había preparado elescenario con precisión militar:
Cena íntima en la terraza privada: langosta, caviar, un vino blanco frío que bebieron directamente de la botella entre risas. Regalo estratégico: un collar de diamantes que colocó alrededor de su cuello con dedos deliberadamente lentos, sintiendo el latido acelerado de su arteria carótida. Conversación dirigida: hablaron de su soledad, de su mortalidad, de cómo el tiempo se escapaba. “Tengo tanto que dar todavía,” lamentó, “pero nadie que lo reciba.”Paulita, con cuatro copas de vinoen el sistema y la cabeza mareada por meses de atención concentrada, puso sumano sobre la suya. “Yo estoy aquí, abuelito.”
“¿Estás?” Sus ojos la atraparon.“¿Realmente?”
La llevó al salón donde habíapreparado un “espectáculo privado”: fotos de ella proyectadas en la pared, lasmás hermosas, las más sugerentes, las más íntimas. Allí estaba ella, ampliada aescala monumental: curva de cintura, profundidad de mirada, promesa de labios.
“Mírate,” ordenó con voz grave.“Eres una obra maestra. Y las obras maestras... deben ser experimentadas, nosolo admiradas.”
Paulita observó las imágenes,sintiendo una mezcla de vergüenza y poder. “Son... intensas.”
“Tú eres intensa.” Se paró detrásde ella, sin tocarla aún. “He pasado noches enteras mirándolas,preguntándome... ¿cómo sería? ¿Cómo sonaría tu voz cuando pasa de la sorpresaal placer? ¿Cómo se sentiría tu piel bajo mis labios y no solo bajo mi mirada?”
Ella tembló. No se apartó.
“Paulita,” su voz ahora eraurgencia contenida, “déjame adorarte. Déjame mostrarte lo que es realmente seruna mujer. No esa caricatura que muestras al mundo... la verdadera. La que estádebajo.”
“Es... estamos...” Tartamudeó, lamoralidad luchando contra la codicia entrenada.
“Somos dos almas que seencuentran,” corrigió suavemente. “El resto son etiquetas sin importancia.” Susmanos finalmente descendieron sobre sus hombros. “Dime que sí. O al menos... nome digas que no.”
El silencio que siguió duró unminuto entero. Paulita miró las fotos, luego el reflejo de ambos en elventanal: él, canoso pero imponente; ella, joven pero vacía. Vacía de todomenos de deseo por todo lo que él representaba.
No dijo que sí.
Pero cuando sus labiosencontraron su cuello, ella inclinó la cabeza dando acceso.
La llevó enbrazos—sorprendentemente fuerte para su edad—hasta su habitación, no la suitede invitados. La cama era enorme, con sábanas de satén negro que contrastaríanbrutalmente con su piel.
“No tengas miedo,” murmurómientras la depositaba suavemente. “Voy a hacerte sentir como nunca.”
Paulita yacía inmóvil, ojos muyabiertos, el alcohol y la confusión nublando sus defensas. “Esperaba... nosé...”
“¿Que fuera tu primera vez con unnoviecito torpe?” Terminó él la frase mientras se desabrochaba la camisa. “Esosería un desperdicio criminal. Esto... esto será un rito de iniciación digno deti.”
Se desvistió con parsimonia,exhibiendo un cuerpo que, aunque marcado por la edad, mantenía una fuerzaimponente. Paulita desvió la mirada, ruborizada.
“Mírame,” ordenó. “Mira a quienvas a pertenecer.”
Cuando obedeció, él ya estabasobre la cama, sus manos comenzando el ritual prometido.
Cada prenda fue removida no conprisa, sino con ceremonia. El vestido, deslizado por sus hombros como unacascada. El sostén, desabrochado con dedos expertos que no titubearon. Lasbragas, bajadas centímetro a centímetro mientras sus labios seguían el recorrido.
“Dios mío,” respiró al verlacompletamente expuesta. “Eres... más perfecta de lo que imaginé.”
Sus manos, su boca, sulengua—instrumentos de una orquesta sinfónica—recorrieron cada centímetro. Noera el frote urgente de la juventud; era cartografía devota. Aprendió qué hacíaque sus dedos se crisparan en las sábanas, qué sonido emergía cuando su lenguatrazaba círculos alrededor de sus pezones, exactamente cuánta presión aplicaren el interior de sus muslos.
“Así,” murmuraba entre besos,“así se prepara un cuerpo para la gloria.”
Paulita, a pesar de sí misma,comenzó a responder. Sus caderas elevaron un leve arco involuntario. Susgemidos, al principio sofocados, ganaron volumen. La vergüenza comenzó a cederante sensaciones que nunca había experimentado.
“Estás mojándote para mí,”observó con satisfacción obscena, dedos deslizándose a través de sus pliegues.“Tu cuerpo ya me elige, aunque tu mente vacile.”
Cuando estuvo seguro de queestaba lista—más que lista, necesitada—se colocó entre sus piernas. Con unamano guió su miembro hacia su entrada, con la otra enmarcó su rostro.
“Esto cambiará todo,” advirtió, yno había cariño en su voz ahora, solo posesión feroz. “Después de esta noche,nunca volverás a ser la misma.”
El empuje inicial fue lento,deliberado, dándole tiempo a sentir cada milímetro de resistencia.
“Duele...” protestó ella, manosempujando contra su pecho.
“Solo un momento, mi reina. Soloel dolor necesario para nacer de nuevo.”
Y entonces, con un movimientofirme y decisivo, rompió a través.
Paulita gritó—un sonido agudo desorpresa y dolor genuino. Don Nicolás contuvo la respiración, sus ojos cerradosen éxtasis puro. La sensación fue gloriosa, triunfal, primitiva. Nosolo la estrechez virginal—que era exquisita—sino el simbólicoquebrantamiento, la victoria completa. Sentir ese delgado tejido ceder bajosu empuje, saber que nadie había estado allí antes, que él erael primero, el único, el reclamador absoluto de un territorio que otros solohabían anhelado... fue un poder intoxicante.
“Sssh,” arrulló mientras semantenía completamente dentro, dejando que se adaptara. “El dolor pasa. Lo queviene... lo que viene es el paraíso.”
Comenzó a moverse entonces, nocon la prisa de un adolescente, sino con la cadencia ritualística de un hombreque sabe que ha ganado el premio mayor. Cada embestida era unaafirmación: mía, mía, mía.
“Mírame,” jadeaba, embistiendomás profundo. “Mira a quien está tomando tu virginidad. A tu abuelo. Al hombreque te dará todo... a cambio de esto.”
Paulita, lágrimas en los ojos,obedecía. La contradicción la atravesaba: dolor y placer, vergüenza yexcitación, repulsión y una extraña gratitud por ser tan... completamenteposeída.
“Eres mía ahora,” gruñó, el ritmoacelerándose. “Cada centímetro. Cada suspiro. Cada orgasmo que tendrás por elresto de tu vida... llevará mi marca.”
Sus palabras se volvieron másperversas, más crudas, alimentadas por la lujuria desatada:
“¿Tus amiguitos te desearían sisupieran que el viejo al que desprecian fue el primero en reventarte?”
“¿Sientes lo profundo que llego?Más profundo que cualquier niño jamás podría.”
“Tu himen roto es mi trofeo,Paulita. Lo guardaré en mi memoria hasta el día que me muera.”
El clímax se acercó paraambos—para él como una tormenta que se había estado gestando durante meses;para ella como una ola que surgía de un mar desconocido.
“Voy a llenarte,” anunció,embistiendo con fuerza animal ahora, abandonando toda pretensión de ternura.“Voy a inundar tu vientre virginal con mi semilla. Quiero que sientas cadagota.”
Paulita gritó de nuevo, pero estavez no era de dolor. Un orgasmo involuntario, brutal en su intensidad, lasacudió—traicionando su cuerpo a su moralidad.
Esa fue la señal para donNicolás. Con un rugido gutural, se enterró hasta el fondo y explotó dentro deella. Oleadas de semen caliente llenaron su interior virginal, marcándola de lamanera más biológicamente primitiva posible.
“Toma,” jadeó, bombeando cadaúltima gota. “Toma mi semilla, mi marca, mi posesión.”
Colapsó sobre ella, sudoroso,jadeante, victorioso. Permanecieron así por minutos, el único sonido surespiración entrecortada.
Cuando rodó a un lado, lo primeroque hizo fue observar la mancha carmesí en las sábanas negras. Sonrió—unaexpresión de triunfo puro.
“Mira,” murmuró, señalando. “Laprueba.”
Paulita, en shock, se cubrió elrostro con las manos. “Dios... qué hicimos...”
“Lo inevitable.” Se inclinó ybesó sus dedos temblorosos. “Y solo el comienzo.”
La limpió con suavidad ahora, ungesto que parecía casi tierno después de la violencia de la posesión.
“Duele,” lloriqueó.
“Sí.” No negó. “Pero pronto solorecordarás el placer. Te entrenaré, Paulita. Tu cuerpo aprenderá a anhelaresto.”
Esa noche, durmió abrazada a élno por deseo, sino por agotamiento y confusión. Don Nicolás, en cambio,permaneció despierto horas, acariciando su cabello, planificando ya la próximafase.
Al amanecer, cuando la luzcomenzó a filtrarse, sacó de su mesita de noche un fajo de billetes mucho másgrueso que todos los anteriores. Lo colocó sobre la almohada, junto a un nuevocollar—más elaborado, más costoso.
Paulita abrió los ojos, vio eldinero, vio el collar, luego lo miró a él.
“Buenos días, mujer,” dijo élsuavemente.
Ella miró el dinero otra vez. Unsollozo escapó de sus labios, pero sus dedos cerraron alrededor de losbilletes.
La rendición estaba completa.
En el jardín, las buganvillasflorecían violentamente, indiferentes a los pactos humanos. Y en la tumbonajunto a la piscina, un libro olvidado de Kike seguía esperando a un lector queya no volvería con la misma inocencia.
El juego, como había dicho donNicolás, apenas comenzaba. Pero las reglas ahora estaban escritas en semen ylágrimas, en billetes y vergüenza. Y ambos jugadores, aunque por razones muydistintas, habían cruzado un umbral del que no había retorno.
Entre los nietos, dos destacabanen su mente por razones muy distintas: Kike y Paulita. Kike, de dieciocho años,era el orgullo de la familia, hijo de Sergio y Jimena, el matrimonio másmodesto económicamente pero el que mejor había educado a su prole. Alto,delgado y con una educación impecable, Kike era centrado, amable y siempredispuesto a ayudar. Contrastaba drásticamente con Paulita y su hermano Joaquín,frutos del matrimonio de Nadia y Santiago. Ellos eran egocéntricos, maleducadosy convenencieros hasta el tuétano; se movían como tiburones en aguas ricas,obedeciendo solo a quien les convenía y despreciando al resto. Paulita, enparticular, había desarrollado un arte para manipular con su encantosuperficial, siempre calculando cómo sacar provecho.
Ese domingo fue diferente. DonNico organizó una carne asada en el amplio jardín de su mansión, un oasis verdeen las afueras de la ciudad, con césped impecable que se extendía hasta unapiscina olímpica rodeada de palmeras y tumbonas de lujo. El sol de mediodíapicaba fuerte, y el aroma a carne asada y chorizos se mezclaba con el cloro delagua y las risas de la familia. Como siempre, al final de la tarde, don Nicoformaba a los nietos en fila y les repartía su "dominguito": milpesos mexicanos —unos cincuenta y cinco dólares— para cada uno, un gesto quedisfrazaba de cariño pero que en realidad compraba lealtades. Ese día, sinembargo, todos los nietos y nietas habían llevado sus trajes de baño, y lapiscina se convirtió en el centro de la diversión. Los chapoteos y las bromasllenaban el aire, pero para don Nico, el verdadero espectáculo llegó con lasnietas emergiendo del agua en sus bikinis ajustados.
Retirado en su balcón privado enla terraza superior de la casa —un rincón exclusivo con vistas panorámicas aljardín, amueblado con un sillón de mimbre y una mesita para su whiskey—, donNico observaba todo con una sonrisa paternal que ocultaba el fuego que ardía ensu interior. Su mirada, aguda y experimentada, se posó inevitablemente enPaulita. Ahí estaba ella, de dieciocho años recién cumplidos, saliendo de lapiscina con gotas de agua resbalando por su piel tersa y luminosa. Su figuraera una escultura viviente, una silueta extrema de reloj de arena que hacía queel bikini rojo —un top tejido que apenas contenía sus curvas generosas y unabraguita diminuta que acentuaba sus caderas anchas y su cintura diminuta—pareciera una invitación al pecado. Su rostro ovalado y armonioso capturaba laluz del sol, con facciones equilibradas que irradiaban una belleza natural ycautivadora. Ojos grandes y expresivos, de un tono claro que mezclaba dulzura ymisterio, delineados sutilmente para resaltar su mirada suave y profunda. Narizfina y proporcionada, labios carnosos y bien definidos que pedían ser besados.Piel fresca con un rubor rosado en las mejillas y la nariz, salpicada de pecassuaves que le daban un encanto auténtico y juvenil. Su cabello oscuro y abundante,con un flequillo ligero, caía húmedo sobre sus hombros, enmarcando todo con unavibra romántica y delicada. Un collar delicado colgaba entre sus senos,añadiendo un toque elegante a su presencia íntima y estética. Paulita no erasolo bonita; era una visión de feminidad explosiva, con una armonía entre suexpresión relajada, su estilo provocativo y la luz que la rodeaba, haciendo quesu cuerpo de reloj de arena —pechos firmes y altos, cintura de avispa, caderasvoluptuosas y piernas tonificadas— pareciera diseñado para tentar.
Don Nico sintió un tiróninmediato en su entrepierna, su mente saltando a fantasías prohibidas mientrasla observaba desde arriba, oculto en las sombras del balcón. Ahí estaba ella,apartándose a un rincón apartado del jardín, donde el muro de buganvillas laescondía de los ojos de sus padres y primos. Sacó su teléfono y comenzó atomarse selfies provocativas: arqueando la espalda para resaltar sus curvas,mordiéndose el labio inferior con esa mirada misteriosa, ajustando el top paraque sus pechos se asomaran un poco más, capturando ángulos que gritabanseducción. Don Nico se inclinó sobre la barandilla, su respiraciónacelerándose, imaginando cómo sería enseñarle "lecciones" que ningúnabuelo debería impartir: dominarla con su experiencia, hacerla suya en secreto,castigarla con placer por su egocentrismo.
Pero entonces, su miradaperiférica captó algo más. En el borde de la piscina, Kike estaba sentado enuna tumbona, fingiendo leer un libro pero con los ojos clavados en Paulita. Surostro era el de un pendejo enamorado: boca entreabierta, mejillas sonrojadas,una expresión boba y embobada que delataba su enamoramiento evidente. El chicoeducado y centrado se había convertido en un tonto hipnotizado, devorándola conla vista sin disimulo, ajeno a que su abuelo lo observaba todo desde arriba.Don Nico sonrió para sí, una sonrisa perversa formándose en sus labios. Ahí estabala oportunidad perfecta para una "lección" que involucraría aambos... pero eso vendría después.
Don Nicolás, sentado en su sillónde mimbre en el balcón privado, sentía el peso del tiempo de una forma nueva yurgente. Los médicos no lo decían con todas sus letras, pero él lo sabía: sucorazón, sus pulmones, todo eso que había aguantado décadas de excesosdiscretos, ya no le daría muchas vueltas más al reloj. Y en lugar de miedo, loque le invadía era una determinación feroz: si la vida se le acababa, que almenos se fuera llena de las fantasías que durante años había guardado en elcajón más oscuro de su mente. El dinero, ese viejo amigo fiel, sería la llave.Siempre lo había sido.
Con el teléfono en la mano, abrióel chat grupal de nietos que usaban para pedirle favores. Pero esta vezescribió dos mensajes privados, casi simultáneos.
Primero a Kike: «Mijo, ¿has vistoa Paulita? Llevo rato sin verla por el jardín. Avísame si la encuentras, porfavor.» (Sabía perfectamente dónde estaba. Solo quería que el chico sedesesperara un poco más.)
Luego a Paulita: «Paulita bonita,sube un momento al balcón de la terraza, por la escalera de atrás. Quierohablar contigo a solas. Te espero con algo rico.»
Paulita, en ese preciso instante,estaba en el rincón más escondido del jardín, detrás de las buganvillas, con elteléfono en alto, el cuerpo arqueado en una pose que hacía que su cinturapareciera imposiblemente estrecha y sus caderas aún más generosas. El top rojotejido se pegaba a su piel húmeda, los pezones marcados sutilmente por el fríodel agua. Justo cuando disparaba otra selfie con mordida de labio, el teléfonovibró. Leyó el mensaje y sus ojos se iluminaron. Dinero. Siempre dinero. Sinpensarlo dos veces, se ajustó el bikini, se pasó los dedos por el cabellomojado y corrió descalza por la escalera trasera, emocionada como niña enNavidad.
Nadie en la fiesta notó suausencia. Los adultos charlaban, los primos seguían en la alberca. Solo Kike,sentado en la tumbona con su libro olvidado sobre las piernas, escudriñaba eljardín con mirada ansiosa. La buscaba con esa cara de cachorro perdido, elcuello estirado, el ceño fruncido. No la encontraba. Y eso, para don Nico quelo observaba todo desde arriba, era deliciosamente perfecto.
Paulita abrió la puerta delbalcón con un empujoncito tímido. «¡Abuelito!» exclamó con esa voz melosa quereservaba para cuando quería algo.
Se acercó y le plantó un besosonoro en la mejilla, inclinándose lo justo para que su perfume dulce y el olora cloro se mezclaran. Don Nicolás recibió el beso con los ojos entrecerrados deplacer, y mientras ella se apartaba, su mano grande y venosa se posó connaturalidad en esa cintura de avispa, los dedos abarcando casi toda la curvaestrecha. Paulita no puso ni un respingo; de hecho, sonrió más amplio,acostumbrada a que los hombres la tocaran así cuando querían impresionarla.
—Ven, siéntate aquí conmigo, mireina —dijo él con voz grave y cariñosa, palmeando el cojín a su lado.
Paulita se acomodó, cruzando laspiernas de forma que el bikini se subiera un poco más por los muslos. Don Nicosirvió un chorrito generoso de whiskey en un vaso de cristal tallado y se lotendió.
—Ay, abuelito… mis papás no medejan tomar —dijo ella con risita fingida de niña buena.
—Aquí en mi casa, mis reglas—respondió él con una sonrisa paternal que escondía mucho más—. Anda, prueba.Es suave, te va a gustar.
Paulita dio un sorbito, luegootro más grande. Tosió un poquito al principio, pero enseguida los ojos lebrillaron. —Está rico… —murmuró, aceptando que le sirviera el segundo vaso sinprotestar.
Don Nico empezó con las preguntassuaves, como un abuelo cualquiera: —¿Cómo va la escuela, mija? ¿Qué quiereshacer después? ¿Tienes novio? Cuéntame tus sueños…
Paulita, ya con el segundowhiskey calentándole las mejillas, se soltó hablando de viajes a Europa, debolsas de diseñador, de vivir en un departamento de lujo, de tener un cochedeportivo. Todo material, todo superficial, todo muy Paulita. Él escuchaba conatención fingida, asintiendo, mientras sus ojos recorrían el cuerpo de su nietasin disimulo.
Cuando el segundo vaso ya iba porla mitad, don Nico cambió el tono, bajando la voz: —Oye, bonita… ¿qué era esoque te estabas tomando allá atrás? ¿Sesión de fotos?
Paulita soltó una risitanerviosa, se mordió el labio. —Ay, abuelito… nada. Solo… estaba jugando. Heestado pensando en abrir un OnlyFans. Muchas chavas ganan un chorro de lana. Yonecesito dinero para viajar, para comprarme cosas… ya sabes.
Don Nico asintió despacio, comosi lo pensara. —Mira, Paulita… esas fotos no se borran nunca de internet. Undía te pueden salir en la cara, en un trabajo, en una relación seria. Tureputación…
Ella puso cara de «sí, sí,sermón», rodando los ojos por dentro. Pero mantuvo la sonrisa superficial.
Entonces él soltó la bomba, concalma absoluta: —…Por eso yo no pienso permitir que mi nieta favorita semalbarate en internet. Menos siendo yo tu fan número uno.
Paulita se quedó congelada, luegosoltó una carcajada incrédula. —¿Quééé? Abuelito, ¿estás bromeando?
Don Nico no sonreía. Sacó delbolsillo interior de su guayabera un fajo de billetes. Cinco mil pesos,contantes y sonantes. Los puso en la mano de ella con delicadeza.
—Para que te compres ropa sexypara la próxima sesión… pero solo para mí. Exclusividad total. Nadie más lasve.
Paulita miró los billetes, luegoa él, luego los billetes otra vez. La risa se le congeló en una mezcla desorpresa y codicia. —¿En serio…? ¿Tú… quieres mis fotos?
—Paulita, yo ya estoy grande—dijo él con voz suave, casi tierna—. Me queda poco tiempo, y quiero darme unúltimo gustito. Siempre me fascinaron las mujeres como tú: curvas perfectas,mirada dulce pero traviesa… Si tuviera cuarenta años menos, hasta te pedíamatrimonio aquí mismo.
Hizo una pausa, y luego soltó unade sus ocurrencias: —Además, ¿quién mejor que tu abuelito para apreciarte? Nohay nadie que te conozca desde chiquita… y que ahora te vea tan… crecidita.
Paulita se rió, esta vez deverdad. La forma en que él lo decía, sin morbo crudo, con ese tono de bromacariñosa y elegante, la hizo bajar la guardia. Se sentía halagada, deseada,pero de una forma “segura”. Tomó el dinero, lo guardó en el pequeño bolso quellevaba colgado al cuello.
—Ay, abuelito… eres terrible—dijo entre risas—. Bueno… te prometo que seré tu modelo exclusiva.
—Así me gusta —respondió él,acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. Y quiero que me visites másseguido. Incluso aquí en el jardín puedes tomarte todas las fotos que quieras…sin tantos metiches alrededor. Solo tú y yo.
Paulita asintió, todavía riendo,con los ojos brillantes por el whiskey y la emoción del dinero fresco.
Esa misma tarde, antes de que lacarne asada terminara, don Nicolás se acercó a Nadia y Santiago con su sonrisade patriarca generoso. —Oigan, ¿qué les parece si Paulita me apoya con unascosas tecnológicas que no entiendo entre semana?
Los padres, encantados con laidea de que el abuelo se involucrara más (y con la posibilidad de más dinero depor medio), asintieron sin dudar.
Mientras tanto, Kike seguíabuscando a Paulita por el jardín, ajeno a todo. Y arriba, en el balcón, donNicolás observaba la escena con una sonrisa satisfecha. El juego apenascomenzaba.
El lunes por la tarde, Paulitallegó a la mansión de don Nicolás con una bolsita de compras discretas y unasonrisa que no cabía en su rostro. El abuelo la recibió en la puerta principalcon los brazos abiertos, como siempre, pero esta vez su mirada se demoró unsegundo más en las curvas que el vestido veraniego ligero apenas disimulaba.
—Pasa, mi reina —dijo con esa vozgrave y cálida—. Te preparé algo rico para que te relajes.
La llevó al salón principal, convistas al jardín y la piscina que ya se había convertido en su escenariosecreto. Sobre la mesa baja había una jarra de mojito suave (ron apenasperceptible, mucho limón, menta fresca y soda), vasos altos con hielo y unasfresas para decorar. Paulita se sentó en el sofá amplio, cruzando las piernas,y sacó lo que había comprado con los cinco mil.
—Mira, abuelito… me compré esto—dijo sacando un par de conjuntos: un body negro de encaje transparente contirantes finos, un shortcito de satén rojo que apenas cubría, y un top cropajustado con transparencias que dejaba ver el ombligo y el inicio de lossenos—. ¿Te gustan?
Don Nicolás asintió despacio, losojos brillando. —Preciosos… pero vas a lucirlos mejor en fotos. Espera.
Se levantó y regresó con unacámara réflex profesional, nueva, con lente zoom luminoso y trípode. La habíacomprado esa misma mañana, pensando en ella. —Hoy yo soy el fotógrafo oficial.Vamos al jardín, la luz de la tarde es perfecta.
La sesión empezó divertida:risas, bromas, él diciéndole “gira un poquito más, así… ¡qué guapa mi nieta!”.Paulita, ya con el mojito en la mano, se soltaba. Las poses subían de tono sinque pareciera forzado.
Primera: de espaldas a lapiscina, mirando por encima del hombro, el body negro pegado a su siluetahourglass, las manos subiendo por sus costados hasta rozar los senos, arqueandola espalda para que la cintura se marcara aún más.
Segunda: sentada al borde de unatumbona, piernas abiertas en V sutil, el shortcito rojo subido hasta donde nodebía, inclinada hacia adelante con los brazos apretando los pechos para crearmás escote, mordiéndose el labio con esa mirada dulce-misteriosa que volvíaloco a cualquiera.
Tercera: de rodillas en elcésped, torso erguido, manos detrás de la cabeza, el top crop levantado lojusto para mostrar la curva inferior de los senos, pecas brillando bajo el solponiente, cabello oscuro cayendo en cascada.
Cuarta: recostada boca abajo enla tumbona, pero con las caderas elevadas, mirando a cámara con ojosentrecerrados, una mano deslizándose por su muslo como si se acariciara a símisma.
Don Nicolás disparaba sin parar,el clic de la cámara mezclándose con sus cumplidos: “Así, perfecta… eres unaobra de arte, Paulita”. Ella reía, posaba, se sentía deseada y poderosa.
Al final, exhausta y sonrojada,se sentó a su lado en el sofá interior. Él le sirvió otro mojito y sacó dosfajos más de billetes.
—Otros cinco mil… para que lapróxima vez traigas lencería de verdad —dijo con una sonrisa cariñosa, tierna,casi paternal—. Quiero verte con cositas más… delicadas.
Antes de que ella pudieraprocesarlo, le puso otro fajo en la mano. —Y estos otros cinco mil son para ti,nada más. Porque te lo mereces, mi reina.
Paulita abrió los ojos grandes,tomó el dinero sin dudar, lo abrazó fuerte (pecho contra pecho, sin que ella seapartara rápido) y le dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
Esa noche, solo en su habitaciónprincipal, don Nicolás cerró la puerta con llave, encendió la luz tenue y abrióla computadora. Pasó las fotos a la pantalla grande. Se sentó en la cama, sebajó los pantalones despacio y se masturbó mirándolas una por una: el cuerpoarqueado, los labios entreabiertos, las curvas imposibles. Se corrió con ungruñido bajo, imaginando que era ella la que lo tocaba.
Paulita empezó a ir casi diario.Llegaba por la tarde, se quedaba hasta la noche. Don Nicolás la consentía:comidas ricas, bebidas suaves, regalos pequeños. Una semana después, en la cenaque prepararon juntos (ella en short corto y top, él en camisa abierta), élsoltó la propuesta con naturalidad.
—Paulita… esta casa ya está muysola. ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo? Hay un cuarto enorme para ti, conbaño propio, closet gigante. Yo ya no estoy para tanto ajetreo solo… y la casanecesita una dueña.
Ella lo miró, calculando. Pensóen la libertad, en el dinero constante, en que eventualmente todo eso seríasuyo cuando él… ya sabes. No estaba tan equivocada.
—Está bien, abuelito… me mudo.
La mudanza fue rápida. Sus padresencantados (más tiempo con el abuelo = más favores). Paulita ocupó la suite deinvitados, pero pasaba las noches en el salón con él viendo películas, riendo,bebiendo.
La seducción empezó lenta,efectiva, casi imperceptible.
Primero: masajes en los hombrosdespués de “un día cansado”, sus manos grandes bajando por la espalda, rozandolos costados de los senos “sin querer”.
Luego: comentarios casuales perocargados. “Estás más guapa cada día… si no fueras mi nieta…” seguido de risapara que no sonara serio.
Después: noches de “pelis deterror” donde ella se acurrucaba contra él en el sofá, su mano descansando enel muslo de Paulita, subiendo milímetro a milímetro sin que ella protestara.
Una tarde, mientras ella seprobaba lencería nueva para “la sesión”, él entró al cuarto con la cámara.—Déjame ayudarte a ajustarla… —dijo, dedos rozando su piel desnuda al“arreglar” los tirantes.
Paulita sentía el calor subir,pero el dinero, la comodidad, la atención… todo la mantenía ahí. Y don Nicolássabía que el tiempo jugaba a su favor. Cada día un paso más. Cada noche un rocemás largo.
La mudanza de Paulita a lamansión de don Nicolás marcó el inicio de una nueva coreografía, un ballet deseducción lenta donde cada movimiento estaba calculado al milímetro. La suiteque ocupaba—con su baño de mármol, closet y vista a la piscina—era más lujosaque cualquier departamento que hubiera imaginado. Pero la verdadera prisióntenía barrotes dorados.
Las primeras semanas fueron deadaptación dulcemente envenenada. Don Nicolás desplegaba una atención de novioadolescente, pero con los recursos de un magnate. Flores frescas cada mañana ensu habitación, desayunos servidos en la terraza con jugo recién exprimido yfrutas exóticas, pequeñas joyas que aparecían en su almohada como premiospor... simplemente existir.
“Para mi princesa,” murmurabadejando un par de aretes de perlas sobre la mesa de noche.
Paulita, acostumbrada a laatención masculina pero nunca a esta intensidad calculada, se dejaba envolver.El dinero había sido el primer anzuelo; ahora era la comodidad extrema, lasensación de ser el centro absoluto de un universo privado.
Fue una tarde de lluvia, tressemanas después de la mudanza, cuando don Nicolás plantó la primera semillaexplícita. Estaban en la biblioteca, ella hojeando una revista de moda, élfingiendo leer un informe financiero.
“Paulita,” comenzó, su voz graverompiendo el silencio acomodado, “¿nunca te has preguntado cómo sería estar conun hombre... experimentado?”
Ella levantó la vista, ceñoligeramente fruncido. “¿Experimentado?”
“Sí.” Dejó el informe, se acercóa la ventana observando la lluvia golpear los cristales. “Un hombre que sabe loque una mujer realmente quiere. No esos chiquillos torpes que solo piensan enellos mismos.”
Paulita soltó una risitanerviosa. “Abuelito, qué cosas dices.”
“No soy tan abuelo,” respondiósin voltear. “El cuerpo puede envejecer, Paulita, pero el deseo... el deseo sevuelve más sabio, más paciente. Un hombre maduro sabe venerar un cuerpo como eltuyo.”
Ella guardó silencio, pero no selevantó para irse. Don Nicolás notó cómo sus dedos jugueteaban con las páginasde la revista.
“Imagínate,” continuó,volviéndose lentamente, “ser adorada como una diosa. Tocada no con la urgenciade un niño, sino con la devoción de un creyente. Cada curva estudiada, cadasuspiro registrado, cada placer administrado como el sommelier sirve un vinoraro.”
“Eso suena...” Paulita tragósaliva, “...interesante.”
“Es más que interesante.” Seacercó, deteniéndose a dos pasos de distancia. “Es transformador. Una mujercomo tú debería conocer eso antes de... conformarse con menos.”
La semilla estaba plantada. Rególa tierra en los días siguientes con comentarios casuales pero cargados:
“Ese vestido te hace parecer unaemperatriz. Cualquier hombre sería tu siervo.”
“Tu risa es más adictiva quecualquier droga. Me pregunto cómo sonarías en otros momentos.”
“La belleza como la tuya mereceser desbloqueada por manos expertas. Es un crimen dejarla en manosaficionadas.”
La seducción avanzó como un juegode ajedrez donde don Nicolás movía todas las piezas.
Utilizaba la intimidad físicadisfrazada de cuidado. Masajes después de sus “sesiones de fotos” queahora incluían lencería cada vez más transparente. Sus manos, grandes yvenosas, aprendían cada centímetro de su espalda, sus glúteos, sus muslos.“Solo estoy aliviando la tensión, mi reina,” murmuraba cuando ella emitía ungemido involuntario.
La normalización del tabú. Películaspor la noche que gradualmente se volvieron más sugerentes. “Es arte, Paulita,”decía cuando aparecían escenas de pasión intensa. “Mira cómo la toca... conreverencia. Así debería ser siempre.”
Y finalmente, el aislamientodorado. Minimizó sus salidas, maximizó su dependencia. “¿Para quéquieres ir a ese antro lleno de niños sudorosos? Aquí tenemos el mejor vino, lamejor música... y nadie te miraría con la pureza que yo te miro.”
Así fue que comenzó lareescritura de la moral. “El deseo es natural, Paulita. Lo antinaturales reprimirlo. Dos adultos consintiendo... ¿quién puede juzgar eso? El placerno conoce de edades ni de parentescos, solo de conexiones.”
Una noche, después del tercervaso de vino, se atrevió a más. Estaban en el sofá, ella recostada contra suhombro.
“¿Sabes cuál es la diferenciaentre un hombre joven y uno maduro?” preguntó, su mano acariciando su cabello.
“¿Cuál?”
“El joven toma; el maduro da. Eljoven conquista; el maduro venera.” Su mano bajó hasta su cuello, el pulgartrazando círculos en su clavícula. “El joven se apresura hacia su propioclímax; el maduro haría cualquier cosa por ver el tuyo, aunque le tome horas.”
Paulita respiró hondo. “Suena...agotador.”
“No.” Su voz era un susurrocálido en su oído. “Suena a paraíso. Y tú, Paulita... eres mi tierraprometida.”
Esa noche, por primera vez, no seapartó cuando sus labios rozaron su sien al darle las buenas noches.
La conquista final llegó un mesdespués, en una noche de verano sofocante donde el aire mismo parecía contenerpresagios.
Don Nicolás había preparado elescenario con precisión militar:
Cena íntima en la terraza privada: langosta, caviar, un vino blanco frío que bebieron directamente de la botella entre risas. Regalo estratégico: un collar de diamantes que colocó alrededor de su cuello con dedos deliberadamente lentos, sintiendo el latido acelerado de su arteria carótida. Conversación dirigida: hablaron de su soledad, de su mortalidad, de cómo el tiempo se escapaba. “Tengo tanto que dar todavía,” lamentó, “pero nadie que lo reciba.”Paulita, con cuatro copas de vinoen el sistema y la cabeza mareada por meses de atención concentrada, puso sumano sobre la suya. “Yo estoy aquí, abuelito.”
“¿Estás?” Sus ojos la atraparon.“¿Realmente?”
La llevó al salón donde habíapreparado un “espectáculo privado”: fotos de ella proyectadas en la pared, lasmás hermosas, las más sugerentes, las más íntimas. Allí estaba ella, ampliada aescala monumental: curva de cintura, profundidad de mirada, promesa de labios.
“Mírate,” ordenó con voz grave.“Eres una obra maestra. Y las obras maestras... deben ser experimentadas, nosolo admiradas.”
Paulita observó las imágenes,sintiendo una mezcla de vergüenza y poder. “Son... intensas.”
“Tú eres intensa.” Se paró detrásde ella, sin tocarla aún. “He pasado noches enteras mirándolas,preguntándome... ¿cómo sería? ¿Cómo sonaría tu voz cuando pasa de la sorpresaal placer? ¿Cómo se sentiría tu piel bajo mis labios y no solo bajo mi mirada?”
Ella tembló. No se apartó.
“Paulita,” su voz ahora eraurgencia contenida, “déjame adorarte. Déjame mostrarte lo que es realmente seruna mujer. No esa caricatura que muestras al mundo... la verdadera. La que estádebajo.”
“Es... estamos...” Tartamudeó, lamoralidad luchando contra la codicia entrenada.
“Somos dos almas que seencuentran,” corrigió suavemente. “El resto son etiquetas sin importancia.” Susmanos finalmente descendieron sobre sus hombros. “Dime que sí. O al menos... nome digas que no.”
El silencio que siguió duró unminuto entero. Paulita miró las fotos, luego el reflejo de ambos en elventanal: él, canoso pero imponente; ella, joven pero vacía. Vacía de todomenos de deseo por todo lo que él representaba.
No dijo que sí.
Pero cuando sus labiosencontraron su cuello, ella inclinó la cabeza dando acceso.
La llevó enbrazos—sorprendentemente fuerte para su edad—hasta su habitación, no la suitede invitados. La cama era enorme, con sábanas de satén negro que contrastaríanbrutalmente con su piel.
“No tengas miedo,” murmurómientras la depositaba suavemente. “Voy a hacerte sentir como nunca.”
Paulita yacía inmóvil, ojos muyabiertos, el alcohol y la confusión nublando sus defensas. “Esperaba... nosé...”
“¿Que fuera tu primera vez con unnoviecito torpe?” Terminó él la frase mientras se desabrochaba la camisa. “Esosería un desperdicio criminal. Esto... esto será un rito de iniciación digno deti.”
Se desvistió con parsimonia,exhibiendo un cuerpo que, aunque marcado por la edad, mantenía una fuerzaimponente. Paulita desvió la mirada, ruborizada.
“Mírame,” ordenó. “Mira a quienvas a pertenecer.”
Cuando obedeció, él ya estabasobre la cama, sus manos comenzando el ritual prometido.
Cada prenda fue removida no conprisa, sino con ceremonia. El vestido, deslizado por sus hombros como unacascada. El sostén, desabrochado con dedos expertos que no titubearon. Lasbragas, bajadas centímetro a centímetro mientras sus labios seguían el recorrido.
“Dios mío,” respiró al verlacompletamente expuesta. “Eres... más perfecta de lo que imaginé.”
Sus manos, su boca, sulengua—instrumentos de una orquesta sinfónica—recorrieron cada centímetro. Noera el frote urgente de la juventud; era cartografía devota. Aprendió qué hacíaque sus dedos se crisparan en las sábanas, qué sonido emergía cuando su lenguatrazaba círculos alrededor de sus pezones, exactamente cuánta presión aplicaren el interior de sus muslos.
“Así,” murmuraba entre besos,“así se prepara un cuerpo para la gloria.”
Paulita, a pesar de sí misma,comenzó a responder. Sus caderas elevaron un leve arco involuntario. Susgemidos, al principio sofocados, ganaron volumen. La vergüenza comenzó a cederante sensaciones que nunca había experimentado.
“Estás mojándote para mí,”observó con satisfacción obscena, dedos deslizándose a través de sus pliegues.“Tu cuerpo ya me elige, aunque tu mente vacile.”
Cuando estuvo seguro de queestaba lista—más que lista, necesitada—se colocó entre sus piernas. Con unamano guió su miembro hacia su entrada, con la otra enmarcó su rostro.
“Esto cambiará todo,” advirtió, yno había cariño en su voz ahora, solo posesión feroz. “Después de esta noche,nunca volverás a ser la misma.”
El empuje inicial fue lento,deliberado, dándole tiempo a sentir cada milímetro de resistencia.
“Duele...” protestó ella, manosempujando contra su pecho.
“Solo un momento, mi reina. Soloel dolor necesario para nacer de nuevo.”
Y entonces, con un movimientofirme y decisivo, rompió a través.
Paulita gritó—un sonido agudo desorpresa y dolor genuino. Don Nicolás contuvo la respiración, sus ojos cerradosen éxtasis puro. La sensación fue gloriosa, triunfal, primitiva. Nosolo la estrechez virginal—que era exquisita—sino el simbólicoquebrantamiento, la victoria completa. Sentir ese delgado tejido ceder bajosu empuje, saber que nadie había estado allí antes, que él erael primero, el único, el reclamador absoluto de un territorio que otros solohabían anhelado... fue un poder intoxicante.
“Sssh,” arrulló mientras semantenía completamente dentro, dejando que se adaptara. “El dolor pasa. Lo queviene... lo que viene es el paraíso.”
Comenzó a moverse entonces, nocon la prisa de un adolescente, sino con la cadencia ritualística de un hombreque sabe que ha ganado el premio mayor. Cada embestida era unaafirmación: mía, mía, mía.
“Mírame,” jadeaba, embistiendomás profundo. “Mira a quien está tomando tu virginidad. A tu abuelo. Al hombreque te dará todo... a cambio de esto.”
Paulita, lágrimas en los ojos,obedecía. La contradicción la atravesaba: dolor y placer, vergüenza yexcitación, repulsión y una extraña gratitud por ser tan... completamenteposeída.
“Eres mía ahora,” gruñó, el ritmoacelerándose. “Cada centímetro. Cada suspiro. Cada orgasmo que tendrás por elresto de tu vida... llevará mi marca.”
Sus palabras se volvieron másperversas, más crudas, alimentadas por la lujuria desatada:
“¿Tus amiguitos te desearían sisupieran que el viejo al que desprecian fue el primero en reventarte?”
“¿Sientes lo profundo que llego?Más profundo que cualquier niño jamás podría.”
“Tu himen roto es mi trofeo,Paulita. Lo guardaré en mi memoria hasta el día que me muera.”
El clímax se acercó paraambos—para él como una tormenta que se había estado gestando durante meses;para ella como una ola que surgía de un mar desconocido.
“Voy a llenarte,” anunció,embistiendo con fuerza animal ahora, abandonando toda pretensión de ternura.“Voy a inundar tu vientre virginal con mi semilla. Quiero que sientas cadagota.”
Paulita gritó de nuevo, pero estavez no era de dolor. Un orgasmo involuntario, brutal en su intensidad, lasacudió—traicionando su cuerpo a su moralidad.
Esa fue la señal para donNicolás. Con un rugido gutural, se enterró hasta el fondo y explotó dentro deella. Oleadas de semen caliente llenaron su interior virginal, marcándola de lamanera más biológicamente primitiva posible.
“Toma,” jadeó, bombeando cadaúltima gota. “Toma mi semilla, mi marca, mi posesión.”
Colapsó sobre ella, sudoroso,jadeante, victorioso. Permanecieron así por minutos, el único sonido surespiración entrecortada.
Cuando rodó a un lado, lo primeroque hizo fue observar la mancha carmesí en las sábanas negras. Sonrió—unaexpresión de triunfo puro.
“Mira,” murmuró, señalando. “Laprueba.”
Paulita, en shock, se cubrió elrostro con las manos. “Dios... qué hicimos...”
“Lo inevitable.” Se inclinó ybesó sus dedos temblorosos. “Y solo el comienzo.”
La limpió con suavidad ahora, ungesto que parecía casi tierno después de la violencia de la posesión.
“Duele,” lloriqueó.
“Sí.” No negó. “Pero pronto solorecordarás el placer. Te entrenaré, Paulita. Tu cuerpo aprenderá a anhelaresto.”
Esa noche, durmió abrazada a élno por deseo, sino por agotamiento y confusión. Don Nicolás, en cambio,permaneció despierto horas, acariciando su cabello, planificando ya la próximafase.
Al amanecer, cuando la luzcomenzó a filtrarse, sacó de su mesita de noche un fajo de billetes mucho másgrueso que todos los anteriores. Lo colocó sobre la almohada, junto a un nuevocollar—más elaborado, más costoso.
Paulita abrió los ojos, vio eldinero, vio el collar, luego lo miró a él.
“Buenos días, mujer,” dijo élsuavemente.
Ella miró el dinero otra vez. Unsollozo escapó de sus labios, pero sus dedos cerraron alrededor de losbilletes.
La rendición estaba completa.
En el jardín, las buganvillasflorecían violentamente, indiferentes a los pactos humanos. Y en la tumbonajunto a la piscina, un libro olvidado de Kike seguía esperando a un lector queya no volvería con la misma inocencia.
El juego, como había dicho donNicolás, apenas comenzaba. Pero las reglas ahora estaban escritas en semen ylágrimas, en billetes y vergüenza. Y ambos jugadores, aunque por razones muydistintas, habían cruzado un umbral del que no había retorno.
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