You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La Noche de La Joaqui

En las calles de Buenos Aires, donde el tango se cruza con el perreo del reggaetón, La Joaqui era la reina absoluta. Pelo negro cayéndole en ondas salvajes sobre los hombros, ojos oscuros que te prometían quilombo y placer, y un cuerpo curvilíneo que parecía hecho para romperla. Cantante de trap, voz ronca y provocadora que te dejaba loco, había llenado escenarios y corazones, pero esa noche, en un after exclusivo en un loft de Palermo Soho, todo se iba a poner más zarpado.


La Noche de La Joaqui


Se llamaba Mateo, un productor de 28 pirulos, barba de tres días y ojos verdes que te comían con la mirada. Había laburado en el backstage de su último show, ajustando luces y cables. Cada vez que se cruzaban las miradas en el caos del recital, ella le tiraba una sonrisita pícara. Y ahora, en la fiesta, lo buscó entre la gente sudada y las botellas de fernet y champagne.

La música retumbaba fuerte, el loft era enorme: techos altos, sillones de cuero negro, luces neón rojo y violeta que pintaban todo de caliente. La Joaqui venía con un top ajustadísimo que dejaba ver el abdomen marcado y el piercing en el ombligo brillando como una invitación, falda corta de cuero pegada a las caderas anchas y los muslos firmes. Botas altas que hacían que cada paso sonara como un latido. Mateo la vio desde la barra, sirviéndose un trago, y sintió que se le paraba al toque.

Ella se le acercó moviendo las caderas al ritmo del beat bajo, le rozó el brazo con los dedos y le dijo con esa voz grave que te eriza la piel: 
- "¿Vos sos el que me salvó con el micrófono en el show, che?" -

Mateo tragó saliva: - "Sí, Joaqui. Un gustazo." -

Ella se rió, se pegó más y le rozó los pechos contra el pecho. 

- "El gustazo va a ser mío esta noche" -, le susurró al oído, y lo agarró de la mano, lo arrastró hasta una habitación privada al fondo.

Cerró la puerta y el ruido de la fiesta se apagó. La pieza era un lujo: cama king con sábanas de seda negra, velas que olían a vainilla, y un espejo de cuerpo entero que reflejaba todo. La Joaqui lo empujó contra la pared, arrastrando sus manos por el pecho musculoso bajo la remera. 

- "Me copás un montón, Mateo. Tenés esa pinta de pendejo malo que me pone re caliente." -

Se besaron con hambre, lenguas enredadas, húmedas, urgentes. Él le saboreó la boca a menta y fernet, mientras las manos bajaban por la espalda y le apretaban el orto redondo y duro, moldeado por horas de perreo en el escenario.

Ella se separó jadeando, se sacó el top de un tirón y dejó al aire las tetas grandes, pezones oscuros ya parados de la calentura. Mateo no aguantó: bajó la cabeza y se metió uno en la boca, chupando fuerte, girando su lengua alrededor del pezón. La Joaqui gimió, arqueó la espalda, uñas clavadas en la nuca. 

- "¡Así, papi… chupámelas fuerte, dale!"-

Bajó las manos al pantalón de él, lo desabrochó rápido, sintió la pija dura bajo el bóxer y la sacó. La agarró con la mano caliente, lo pajeó lento al principio, disfrutando cómo se ponía más dura, la cabeza ya mojada.

Mateo la levantó de las piernas, la llevó a la cama y la tiró con ganas. Ella se rió excitada. Se arrodilló entre las piernas, le subió la falda y vió que no tenía calzones. El conchita depilada, labios hinchados y brillando de mojada. 

- "Mirá cómo me dejaste, boludo… re mojada" -, le dijo abriendo más las piernas.

Él metió la cabeza y le pasó la lengua desde el clítoris hasta el agujerito. La Joaqui se retorcía, levantando las caderas para apretarse contra la boca. 

- "¡Sí, comémela toda! Usá la lengua como si fuera tu pija, dale!" -

Le metió dos dedos adentro, calientes y apretados, los movió en círculos mientras le chupaba el clítoris. Ella gemía cada vez más fuerte. 

- "No pares… me vengo, ¡ahhh!"-. Y se corrió fuerte, un orgasmo que la hizo temblar, chorros de concha en la lengua de él. 
Mateo lamió todo, hasta que ella lo jaló para arriba y lo besó con furia para probarse a sí misma.

Ahora le tocaba a ella. Lo empujó boca arriba, se montó encima. Su falda todavía subida, se frotó contra la pija dura antes de metérsela despacio, empalándose entera. 

- "¡Qué pija rica tenés, la puta madre!" gritó, sintiendo cómo la llenaba. 

Empezó a cabalgar, arriba y abajo, las tetas rebotando con cada embestida. Mateo le agarró las caderas, la guiaba, empujando para meterla más hondo. El ruido de los cuerpos chocando, los gemidos y la cama crujiendo llenaban todo.

Se inclinó, sus tetas chocan contra el pecho de él, aceleró girando la cadera en círculos que lo volvían loco. 

- "Cogeme duro, Mateo… haceme mierda, dale." -

Él la dio vuelta de un movimiento, la puso boca arriba y la penetró con fuerza, caderas chocando fuerte. Sus manos pellizcándole los pezones, bajando a frotarle el clítoris mientras la metía hasta el fondo. Ella le clavó las uñas en la espalda, piernas alrededor de la cintura, atrayéndolo más.

El espejo reflejaba todo: cuerpos sudados, ella con la cabeza echada para atrás en éxtasis, él dominándola. 

- "Quiero que me llenes, boludo. La quiero adentro" -, suplicó jadeando. 

Mateo sintió que se venía. Con un último empujón profundo se corrió adentro, semen caliente llenándola mientras ella llegaba a otro orgasmo, su concha apretando y ordeñándolo hasta la última gota.

Jadeando, se tiraron uno al lado del otro. Pero La Joaqui no era de conformarse con una. Sonrió picarona y bajó la cabeza hasta la pija semidura. 

- "Ahora te voy a limpiar esto, che" -, murmuró, lamiéndole la pija despacio. 

Se la metió entera en la boca, chupando con maestría, rodeando con su lengua la cabeza sensible. Mateo gimió, se le paró de nuevo en esa boca caliente y húmeda. Ella se la metió hasta el fondo, su nariz le tocaba el pubis, mientras que con sus manos masajeaba sus bolas.

Cuando estuvo lista otra vez, se montó de espaldas, dándole vista al orto perfecto rebotando. 

- "Mirá cómo te cojo, papi" -, dijo moviéndose hipnótico, glúteos apretando la pija. 

Mateo le dio una nalgada suave, dejando marca roja en la piel tatuada, lo que la hizo gemir más. - "Más fuerte… castigame, dale." -

La puso en cuatro patas, la agarró de las caderas y la metió desde atrás, deslizándose en lo resbaladizo. Cada embestida le pegaba en el punto G, haciéndola gritar. 

- "¡Sí, así! Rompeme la concha… esperá." - Se detuvo, lo miró por encima del hombro con sonrisa maligna. 

- "Quiero probar otra cosa." - Se lubricó con sus fluidos y guió la pija al culo, relajándose para recibirla.
Mateo entró despacio, sintiendo lo apretado que estaba. - "La concha de tu madre, Joaqui… estás re estrecha." - 

Ella empujó para atrás, lo tomó todo, y empezaron a moverse juntos. Placer intenso: él metiendo con cuidado al principio, después más fuerte, mientras ella se tocaba el clítoris. 

- "Metémela por el culo como si fuera tuyo", jadeó. 

Otro orgasmo la sacudió. Mateo no aguantó: se corrió adentro, llenándola de leche caliente.

Agotados pero re satisfechos, se acurrucaron bajo las sábanas. La Joaqui le besó el pecho y le susurró: - "Esto es solo el principio, boludo. Mañana hay otro toque… y otro after." - 

Afuera seguía la joda, pero para ellos el mundo era esa pieza, donde el deseo tenía voz en gemidos y puteadas cariñosas. La Joaqui había encontrado un nuevo ritmo en los brazos de un macho fugaz, que le iba a quedar grabada para siempre.

0 comentarios - La Noche de La Joaqui