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Mi Sobrino Y La Cámara

No sé si estoy perdiendo la cabeza o si simplemente ya la perdí hace rato. Lucas, mi sobrino de diecinueve años, sigue viviendo aquí, y lo que empezó con tangas húmedas y semen ajeno en mi cajón ha escalado a algo que ni en mis fantasías más sucias me imaginaba. Ahora sé que me graba. Me graba mientras me ducho.

La primera vez que lo descubrí fue hace un mes. Entré al baño, me quité la ropa, abrí la regadera y, cuando el agua caliente empezó a caer, vi un brillo extraño en el borde del lavabo. Era su teléfono, apoyado contra el espejo, con la cámara apuntando directo a la ducha. El lente estaba negro, pero la pantalla mostraba el contador de grabación en rojo. Me quedé helada un segundo. El corazón me latió tan fuerte que pensé que él lo oiría desde su habitación. Podría haberlo tomado, borrado el video, gritado, echado a patadas. En cambio, me metí bajo el chorro de agua, le di la espalda a la cámara y empecé a enjabonarme despacio, como si no supiera nada.

Me lavé las tetas con las dos manos, pellizcándome los pezones hasta que se pusieron duros. Bajé una mano entre las piernas, separé los labios con dos dedos y dejé que el agua cayera directo en mi clítoris. Me masturbé mirándome al espejo, sabiendo que él estaba viendo cada movimiento. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio, imaginando su polla dura mientras miraba el video después. Cuando terminé, salí de la ducha, me envolví en la toalla y pasé al lado del teléfono sin tocarlo. Lo dejé grabar hasta que la batería se muriera, o hasta que él lo recogiera. Al día siguiente, el móvil ya no estaba. Y en el cajón de mis tangas apareció una nueva: la negra de encaje, empapada de semen fresco, con un olor tan fuerte que me hizo mojarme al instante.

Al principio pensé que era algo puntual. Un adolescente cachondo espiando a su tía madura. Pero se volvió rutina. Cada vez que me metía a bañar, encontraba el teléfono en un ángulo nuevo: a veces en el toallero, a veces detrás del jabonero, a veces incluso dentro de la canasta de ropa sucia, con la cámara asomando. Él se volvía más descarado.

Y yo… joder, yo empecé a actuar para él.

La primera vez que decidí darle un “regalo” fue hace dos semanas. Me metí a la ducha sabiendo que el teléfono estaba ahí, grabando desde el estante alto. Me puse de espaldas a la cámara, abrí las piernas y dejé que el agua corriera por mi culo. Metí una mano atrás, separé las nalgas y dejé que viera mi ano rosado, húmedo por el agua. Con la otra mano me froté el clítoris en círculos lentos, gimiendo bajito pero lo suficiente para que el micrófono lo captara. “Mmm… sí…”, susurré, como si hablara sola. Me corrí temblando, apoyada en la pared, y dejé que el chorro de la regadera lavara mis jugos por los muslos. Salí, me sequé despacio frente al espejo, y le guiñé un ojo directo a la cámara antes de cubrirla con la toalla.

La última vez… Dios, la última vez fue ayer por la tarde. Lucas había salido “a la uni” pero regresó temprano. Lo oí entrar, subir las escaleras y encerrarse en su cuarto. Sabía lo que venía. Saqué mi dildo favorito del cajón secreto —ese negro, grueso, con venas marcadas y ventosa en la base— y me lo llevé a la ducha. Lo pegué en la pared de azulejos a la altura perfecta, justo frente a la cámara que él había colocado en el toallero esta vez.

Me enjaboné primero, despacio, como siempre. Me puse de espaldas, arqueé la espalda y dejé que viera cómo el agua resbalaba por mi culo. Luego me giré, miré directo al lente —sí, lo miré a los ojos invisibles de él— y me arrodillé. Chupé el dildo como si fuera su polla. Lo lamí desde la base hasta la punta, metiéndomelo hasta la garganta, babeando, gimiendo con la boca llena. "¿Te gusta como chupo tu verga?”, susurré entre lamidas, lo suficientemente alto para que el audio lo captara. Luego me puse de pie, me di la vuelta, apoyé las manos en la pared y empujé el culo hacia atrás. El dildo entró de un solo golpe en mi coño empapado. Gemí fuerte, sin contenerme.

“Sí… métemela toda…”. Empecé a follarme contra la pared, el sonido húmedo de mis caderas chocando resonando en el baño. Me pellizcaba los pezones, me abría el culo con una mano para que viera cómo el dildo entraba y salía, brillante de mis jugos.

Cambie de posición: me senté en el borde de la bañera, abrí las piernas al máximo y me lo metí profundo mientras me frotaba el clítoris. Me corrí gritando su nombre bajito, chorreando tanto que el agua de la ducha no alcanzaba a lavarlo todo. El orgasmo me dejó temblando, con el dildo todavía dentro, palpitando.

Salí de la ducha, me sequé, y dejé el dildo pegado en la pared, goteando, como trofeo. El teléfono seguía grabando. Luego me fui a mi cuarto, me metí en la cama desnuda y me masturbé otra vez pensando en él viendo el video, pajeándose con furia, eyaculando chorros pensando en su tía puta.

No sé qué va a pasar cuando uno de los dos rompa el silencio. Tal vez nunca hablemos. Tal vez siga siendo solo videos, tangas sucias y orgasmos robados.

1 comentarios - Mi Sobrino Y La Cámara

Seximarc69 +2
Alguien va tener que dar el siguiente paso así no tiene que quedar