
Santi nunca imaginĂł que esa Navidad serĂa distinta. TenĂa todo listo para viajar con su madre, pero los trámites fallaron a Ăşltimo minuto.
Su madre, desesperada, buscĂł una soluciĂłn y Valeria —su hermana, 35 años, figura curvilĂnea, sonrisa peligrosa— fue la primera en ofrecerse.
—Dejalo conmigo, Mery… termine con mi pareja, voy a pasar estas fiestas sola. Además… me hará compañĂa.
Valeria lo mirĂł desde la puerta con esa mirada cálida que siempre lo hacĂa sentir raro. Una tĂa distinta… demasiado atractiva para sentirse familia.
Esa noche, Valeria lo recibió en su casa con un abrazo más largo de lo normal.
Llevaba un vestido de algodón que moldeaba cada curva de su cintura; al acercarse él sintió su aroma, dulce con un toque atrevido.
—Pasa, Santi. Aquà vas a estar mejor que solo en tu casa.
Santi se sentĂł en el sillĂłn, tratando de no mirarla demasiado.
Valeria se movĂa por la casa con soltura, caderas lentas, mirada de reojo…
Como si disfrutara la atenciĂłn del muchacho.
—¿Te sirvo algo?
—Agua… está bien —respondió él, nervioso.
—Ay, mi amor, estás todo tĂmido… no muerdo, —susurrĂł ella desde la cocina.
Más tarde, Luego de la cena, viendo una pelĂcula, Valeria se recostĂł a su lado.
Sus piernas se rozaron, apenas un segundo… pero suficiente para encender algo.
Ella lo mirĂł.
Él también.
Demasiado cerca.
—Has crecido tanto, Santi…
Su voz tenĂa una caricia escondida.
—Ya no sos un niño.
Santi tragĂł saliva. SabĂa que estaba jugando, seduciendo…
Y su cuerpo reaccionĂł antes que su mente.
Valeria lo notó. Sonrió, una sonrisa lenta, conocedora… peligrosa.
Un trueno afuera la hizo sobresaltarse —o eso fingió— y de inmediato se acomodó sobre él, abrazándolo por la espalda.
—Ay… me asusté.
—Es solo un trueno, tĂa… —susurrĂł Ă©l, sintiendo su respiraciĂłn en la nuca.
—No me digas tĂa asĂ… no hoy.
Su mano bajĂł, se posĂł en su pecho.
Lo sintió fuerte, latiendo rápido.
Valeria sonriĂł satisfecha.
—Qué corazóncito acelerado… ¿por qué será?
Sus dedos siguieron descendiendo, traspasando la lĂnea inocente.
Santi gimiĂł suavemente.
Valeria acercĂł su boca a su oĂdo.
—Decime si querés que pare…
Él negó. No con palabras: con el cuerpo, con la respiración, con el temblor.
Valeria se subió sobre él, despacio, como si disfrutara cada segundo del tormento.
Su vestido se deslizĂł por los muslos, revelando más piel de la que Ă©l jamás habĂa visto tan cerca.
—MĂrame… —ordenĂł ella.
Santi obedeciĂł.
Valeria le tocó el pene través de la tela, presionando lo suficiente para arrancarle un suspiro quebrado.
La tela ya no servĂa de nada.
Con un sĂłlo movimiento, se lo sacĂł. La pija de Santi quedĂł rĂgida, latiendo con fuerza, apuntando al cielo.
—Qué hermoso… —murmuró ella, admirándolo.
—TenĂa curiosidad desde hace tiempo…
Se inclinó y lo besó, lento al principio, luego más profundo, más húmedo, más delirante, dándole pequeños chupones.
Santi apretó los dientes, intentando no perderse demasiado rápido.
Valeria lo rodeó con su cuerpo, bajando lentamente, guiándo su pija dentro de su concha caliente y palpitante.

—Ay, cielo… qué bien llenás…
Comenzó a moverse con una cadencia lenta al inicio, luego más intensa, marcando el ritmo con sus caderas perfectas.
Sus gemidos suaves se mezclaron con los del chico, creando una sinfonĂa prohibida pero irresistible.
—Tia… —jadeó él.
—No pares, mi vida… dejame darte la Navidad que te merecés.
Lo cabalgó con fuerza creciente, su cabello rubio cayéndole sobre el rostro, sus uñas marcando su pecho, su boca devorando sus suspiros.
Se inclinĂł, ofreciĂ©ndole sus tetas, mientras movĂa su cintura con maestrĂa, llevándolo al borde una y otra vez.
—MĂrame, Santi… quiero que me veas cuando explotes.
Y él lo hizo. Con un gemido ahogado, aferrándose a sus caderas, perdiéndose completamente en el cuerpo de ella.
Valeria lo abrazĂł fuerte, los dos temblando aĂşn, respirando entrecortado.
Ella sonriĂł, satisfecha.
Y en sus ojos habĂa algo claro:
Esa Navidad…
recién empezaba.

Santi despertĂł tarde. HabĂa dormido profundo despuĂ©s de aquella noche imposible, todavĂa con el cuerpo temblando por los recuerdos.
Se levantĂł despacio, con el pulso acelerado apenas al pensar en Valeria.
Ella ya no estaba en la habitaciĂłn.
Pero habĂa dejado la puerta del baño entreabierta, como si lo invitara.
Santi entrĂł, se quitĂł la ropa y abriĂł la ducha. El vapor llenĂł el lugar y Ă©l dejĂł que el agua caliente resbalara por su piel, intentando calmar la mezcla de nervios y deseo que le hervĂa en el pecho.
CerrĂł los ojos.
RespirĂł profundo.
Entonces escuchó la puerta del baño cerrarse con un clic.
—¿TĂa…? —preguntĂł, aunque ya sabĂa la respuesta.
La puerta de la ducha se abriĂł.
Valeria entrĂł sin decir nada, envuelta solo en una toalla que dejĂł caer al piso como si no significara nada.
Quedó desnuda frente a él.
Su cuerpo perfecto, curvilĂneo, hĂşmedo por el vapor…
Una visiĂłn prohibida hecha realidad.
—No me gusta que te bañes solo.
Su voz sonaba ronca, peligrosa, encendida.
—Podés resbalarte… o no lavarte bien… —sonrió, lenta— asà que vine a ayudarte.
Santi tragĂł saliva.
Apenas podĂa hablar.
—Tia… anoche…
—Anoche no terminó, mi amor.
Se acercĂł.
El agua resbalaba entre ambos cuando ella apoyó sus manos en su pecho, bajando despacio, delineando cada músculo con las uñas.
—Mirá cómo te paró con solo verme entrar…
Su mano llegó a la zona que él intentaba ocultar en vano.
Su pija ya estaba despierta, dura, apuntando al cielo bajo la lluvia caliente.
Valeria lo tomó con la mano, envolviéndolo con una suavidad peligrosa.
Santi jadeĂł, apoyando la mano en la pared para no perder el equilibrio.
—Shhh… dejame hacerte esto…
Lo empezĂł a lavar, sĂ… pero con movimientos lentos, dedicados, demasiado sensuales para tener nada de inocentes.
SubĂa y bajaba suavemente, masajeando su pija con la espuma, mientras sus ojos verdes, hambrientos, no se despegaban del rostro del chico.
—Qué hermoso sos… —susurró acercándose más— y tan… fuerte.
Santi cerró los ojos, intentando no perder el control demasiado rápido.
—Tia… asà no puedo…
—Sà podés. Y vas a hacerlo conmigo.
Ella se acercó hasta pegar su cuerpo húmedo contra el de él.
Sus tetas suaves rozaron su piel.
Su vientre cálido se presionó contra su dureza, encajando perfectamente.
—Quiero sentirte otra vez… acá.

Se dio la vuelta lentamente, ofreciendo su espalda mojada, su cintura estrecha, y más abajo sus nalgas perfectas que brillaban bajo el agua.
—Poné tus manos en mis caderas.
Él obedeció, jadeando.
Sus dedos se hundieron en su piel hĂşmeda.
Valeria inclinó un poco su cuerpo hacia adelante, guiándolo entre sus piernas.
La concha caliente, palpitante, lo recibiĂł con un gemido ahogado de ella.
—Ay… Santi… asĂ…
Él la sostuvo fuerte por la cintura.
Ella comenzĂł a moverse hacia atrás, lenta al principio, luego más rĂtmica, más salvaje, mientras el agua caĂa sobre ambos como una lluvia ardiente.
—Eso… mi amor… llename…
Los movimientos se volvieron más profundos.
Más rápidos.
Más desesperados.
Santi ya no podĂa contenerse: sus caderas respondĂan solas, chocando con las de ella en un ritmo hĂşmedo y feroz, su pija bombeaba su concha, mientras Valeria apoyaba las manos en la pared de la ducha y gemĂa sin pudor.
—Duro… asĂ… no pares…
El vapor los envolvĂa, los cuerpos chocaban una y otra vez, el sonido del agua se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas.
Hasta que ella, temblando, arqueĂł la espalda:
—Santi… Santi… ay…
Él la sostuvo fuerte, entregándose tambiĂ©n, sintiĂ©ndola pulsar alrededor suyo mientras ambos se perdĂan en una ola que parecĂa nunca terminar.
Valeria quedĂł apoyada contra la pared, respirando agitada.
Santi la abrazó por detrás, apretándole las tetas, dejando la frente sobre su hombro.
Ella sonrió… esa sonrisa suya, peligrosa, posesiva.
—Creo que estas fiestas van a ser… inolvidables.
Se girĂł, lo besĂł profundo, con hambre.
—Y todavĂa falta la noche buena…

Valeria apareciĂł en la puerta de la habitaciĂłn con una sonrisa tranquila, el cabello aĂşn hĂşmedo por la ducha que habĂa “compartido” con Ă©l momentos antes. Santi seguĂa sintiendo en la piel el rastro tibio de sus manos, esa forma “inocente” en que lo habĂa ayudado a enjabonarse, cuidando cada rincĂłn de su cuerpo como si fuera un tesoro frágil que debĂa quedar brillante.
—Santi… —dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta, con esa mirada que mezclaba ternura y picardĂa—. ÂżTe puedo decir algo sin que te asustes?
Él tragĂł saliva. La toalla en su cintura parecĂa más delgada que nunca.
—SĂ… claro.
Ella avanzĂł lentamente, como si caminara sobre un pensamiento prohibido. Se sentĂł en la cama y acariciĂł la sábana con los dedos, dibujando cĂrculos suaves.
—No quiero dormir sola esta noche —murmurĂł con voz baja—. TĂş sabes que no estoy pasando por un buen momento, y… contigo me siento segura, acompañada. Es Navidad… y odio sentir frĂo.
Le sonriĂł, ladeando la cabeza.
—¿Te molestarĂa si dormimos juntos? —preguntĂł, deslizando los dedos por la tela de la cama—. Sin ropa. Para… sentirnos más cĂłmodos. Nada raro, solo… piel calentando piel. Para no pensar tanto.
Las palabras flotaron en el aire como chispas sobre la chimenea imaginaria.
Santi se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas. La idea lo aturdió, lo prendió fuego, le recorrió la columna como un relámpago dulce.
—¿Desnudarnos… asĂ… los dos? —preguntĂł Ă©l, con la voz más temblorosa de lo que esperaba.
Valeria acercĂł su mano a la suya y entrelazĂł los dedos.
—No tienes que hacer nada que no quieras. Solo… sentir. Y dejar que yo también sienta. —Sus labios apenas rozaron su mejilla—. Quiero abrazarte esta noche, Santi… sin telas entre nosotros.
Se enderezĂł y, sin soltarlo, añadiĂł al oĂdo:
—Además… ya te vi en la ducha. No creo que haya algo que tengamos que ocultarnos.
La habitaciĂłn quedĂł en silencio, cargada, vibrante, expectante.
—Ven —susurró ella, tirando suavemente de su toalla—. Hagamos que esta sea una Navidad inolvidable.
La habitaciĂłn estaba apenas iluminada por las luces del árbol que Valeria habĂa dejado encendidas en el pasillo. Ese resplandor suave entraba por la puerta entreabierta y bañaba la cama con tonos cálidos, casi dorados.
Santi se deslizĂł bajo las sábanas, sintiendo que cada centĂmetro de piel expuesta era un pequeño volcán dispuesto a despertar. Valeria se acomodĂł detrás de Ă©l, su cuerpo cálido, suave, perfectamente moldeado al suyo. Su respiraciĂłn le rozĂł la nuca.
—Tranquilo… —murmurĂł, recorriendo con la yema de los dedos la lĂnea de su pecho hasta el abdomen—. Solo quiero sentirte cerca.
Sus manos se movieron con una delicadeza casi peligrosa, como si memorizaran cada forma de él bajo la piel. Su voz era un susurro dulce, envolvente:
—Eres tan… hermoso, Santi. No sabĂa cuánto me hacĂa falta una compañĂa asĂ.
Sus labios comenzaron a rozar su hombro, primero apenas un toque, luego besos cortos, suaves, como si lo degustara con paciencia. El cuerpo de él reaccionó inevitablemente, tenso y vivo bajo sus caricias.
Valeria sonriĂł contra su piel.
—Ven… mĂrame —le pidiĂł, guiándolo a girarse hacia ella.
Cuando quedaron frente a frente, ella lo acariciĂł desde la mejilla hasta el pecho, marcando un camino lento, embriagador. Sus dedos descendieron con intenciĂłn clara, acariciando su pija con suavidad.
—Quiero cuidarte esta noche —susurrĂł, acercando sus labios a los suyos para un roce dulce, casi tĂmido—. Quiero… consentirte.
Él dejĂł escapar un suspiro profundo, entregándose al ritmo que ella imponĂa. Valeria se recostĂł boca arriba y tomĂł sus manos.
—Sube —pidió, mirándolo con una mezcla de ternura y deseo contenido—. Quiero sentir tu peso… tu calor.

Santi obedeció, acomodándose sobre ella, metiendole la pija en la concha, sosteniéndose como si temiera aplastarla, pero Valeria lo atrajo más, envolviéndolo con brazos y piernas, guiándolo contra su cuerpo.
—Eso… asà —murmuró—. Esta es la mejor Navidad que he tenido en mucho tiempo. Mientras él se dejaba llevar, bombeandole la concha.

Después, con un movimiento lento y lleno de intención, ella se giró, quedando sobre él. Sus cabellos cayeron como una cortina alrededor de su rostro mientras lo miraba desde arriba, respiración contra respiración.
—¿Te gusta la concha de tu tĂa? estás disfrutando conmigo, mi cielo? —preguntĂł con una sonrisa traviesa y dulce a la vez.
Él apenas logrĂł asentir, perdido en la sensaciĂłn de su cuerpo tibio sobre el suyo, en el vaivĂ©n suave, Ăntimo, que no necesitaba descripciĂłn.
Valeria bajĂł hasta que sus tetas quedaron apoyadas sobre su pecho, su nariz rozando la de Santi. Lo abrazĂł con fuerza, como si quisiera que sus cuerpos se quedaran unidos para siempre.
—Feliz Navidad, amor… —susurró ya con los ojos cerrados.
Y asĂ, envueltos en piel, calor y un abrazo que decĂa más que cualquier palabra, se quedaron dormidos, respirando al mismo ritmo, como si el mundo entero hubiera desaparecido fuera de esa cama.

Santi despertó con una sensación tibia envolviéndolo. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba… o mejor dicho, con quién estaba.
El primer movimiento que sintiĂł fue el de Valeria, que respiraba suavemente contra su clavĂcula, una pierna cruzada sobre la suya, su cuerpo encajado al de Ă©l como si hubieran dormido asĂ toda la vida. Su cabello, desordenado y suave, estaba esparcido sobre su pecho desnudo.
Ella abrió los ojos poco después y lo miró con una sonrisa que mezclaba cariño y travesura.
—Buenos dĂas, mi cielo… —susurrĂł, acariciándole el abdomen con movimientos lentos—. ÂżDormiste bien conmigo?
Él apenas logró responder cuando su celular comenzó a vibrar sobre la mesa de noche. Los dos se quedaron congelados. Valeria lo miró con sobresalto, luego con una sonrisa nerviosa.
—Debe ser tu mamá… contesta, pero no te muevas… —dijo, deslizando su mano por su cintura—. Me gusta cómo estás ahora mismo.
Santi tragó saliva y tomó el teléfono.
—M… mamá… buenos dĂas.
Del otro lado se escuchaba la voz alegre de su madre, pero también el ruido de aeropuerto al fondo.
—¡Mi amor! Llamo para desearte feliz Nochebuena antes de que embarquemos. ¿Estás bien? ¿Dormiste bien? ¿No estás solo, verdad?
Santi sintiĂł la piel de Valeria rozar la suya. Ella apoyĂł la cabeza en su pecho, mirándolo desde abajo con una expresiĂłn pĂcara mientras deslizaba distraidamente la mano por su abdomen. Su dedo dibujaba cĂrculos peligrosamente cerca de donde Ă©l no podĂa permitirse reaccionar.
Él se aclaró la garganta.
—E-estoy bien… sĂ, dormĂ bien… Tia Valeria está conmigo… —dijo, intentando sonar natural mientras la tĂa le dedicaba un beso lento justo debajo del cuello.
—Ay, quĂ© tranquilidad —respondiĂł su madre—. Yo sabĂa que Valeria iba a cuidarte. ÂżNo te molestĂł dormir en casa ajena?
La mano de Valeria se detuvo un segundo… y luego bajó aún más, como si lo retara a responder.
Santi cerrĂł los ojos, conteniendo el aire.
—No… no… no me molestĂł —respondiĂł, con la voz temblorosa por razones que no podĂa explicar.
Valeria mordiĂł su hombro suavemente.
Su madre continuĂł:
—Bueno, mi amor, pasen un dĂa hermoso. Valeria, ¡gracias por cuidarlo!
La mujer junto a él llevó un dedo a sus labios y susurró:
—Dile que con gusto… que lo cuido muy, muy bien…
Santi tragĂł saliva.
—Dice que… que con gusto.
—Perfecto. Los quiero. ¡Feliz Navidad anticipada!
Cuando la llamada terminó, Santi dejó caer el teléfono al colchón, respirando profundo por primera vez.
Valeria apoyĂł la barbilla en su pecho y lo mirĂł con una sonrisita victoriosa.
—Casi nos descubre… —susurró, subiendo lentamente su mano por el torso de él—. Y tú, aguantando como un campeón…
Se inclinĂł para dejar un beso en sus labios, lento, hĂşmedo, dulce y cargado de promesas.
—Ven aquĂ… —murmurĂł, trepando suavemente sobre su cuerpo—. Que la mañana de Nochebuena apenas está empezando… y pienso seguir cuidándote como anoche.
La tarde pasĂł entre risas y miradas que ninguno de los dos podĂa disimular. Cuando la noche cayĂł sobre la casa, Valeria encendiĂł las luces cálidas del comedor y puso mĂşsica suave mientras preparaban la cena.
Santi picaba verduras, pero no podĂa concentrarse: Valeria se movĂa por la cocina con un vestido rojo ajustado que dejaba ver sus curvas como si el tejido se aferrara a ella. Cada vez que se inclinaba para buscar algo en el horno, Ă©l tragaba saliva.
—¿Te gusta cómo me queda? —preguntó sin girarse, pero sabiendo perfectamente lo que provocaba.
—Mucho Tia —respondió él, con sinceridad inmediata.
Ella sonriĂł, sensual, y continuĂł cocinando.
Comieron juntos, frente a frente, en una mesa iluminada por la luz tenue del árbol. El intercambio de miradas era constante, casi como un juego silencioso. Cada brindis terminaba con los labios de Valeria rozando sutilmente el borde de la copa… y luego mirándolo directamente a los ojos.
—Por tu primera Navidad conmigo —dijo ella, levantando su copa.
—Por… Nuestra Navidad —corrigió él sin pensarlo.
Ella sonriĂł como si esas palabras le encendieran algo muy dentro.
Después de la cena, Valeria lo arrastró hacia el árbol.
—Vamos, tu mamá va a querer ver cĂłmo estamos celebrando. —Se acercĂł tanto que su perfume lo envolvió—. SonrĂe…
Sacaron varias fotos juntos: una abrazándose, otra ella dándole un beso en la mejilla, otra donde él la rodeaba por la cintura de manera casi natural.
Valeria las enviĂł de inmediato al chat con su madre.
—Listo —dijo sonriendo—. Ahora sĂ… somos oficialmente inocentes.
El doble sentido quedĂł en el aire, espeso y ardiente.
La música cambió a algo más lento y Valeria, con una sonrisa que era más invitación que gesto, extendió la mano.
—Baila conmigo, Santi.
Él aceptó.
Bailaron en el centro de la sala, bajo las luces del árbol y el aroma dulce del vino. Valeria lo tomĂł por el cuello, pegando su cuerpo al de Ă©l. Sus caderas se mecĂan casi rozándolo. Cada movimiento era un roce suave que encendĂa más de lo que apagaba.
—Estás temblando… —susurrĂł ella contra su oĂdo—. ÂżTe pongo nervioso?
—Mucho.
Valeria deslizĂł su nariz por el borde de su cuello, apenas rozando la piel, y eso bastĂł para desatar el resto.
—No puedo contenerme más… —murmuró él.
Ella sonriĂł contra su piel.
—Entonces no te contengas.
Se besaron, sin calma, sin dudas, con tensiĂłn acumulada. Valeria le apretĂł la camisa con ambas manos, tirando de Ă©l mientras sus labios se movĂan con hambre.
El beso terminĂł solo para que ella lo tomara de la mano, respirando agitada.
—Ven… —susurró—. Vamos a donde anoche empezamos algo…
y hoy vamos a terminarlo.
Apenas llegaron al cuarto, Valeria se giró hacia él y lo empujó suavemente a la cama, subiéndose encima con movimientos lentos, casi rituales. Su vestido rojo se deslizó como una segunda piel mientras ella lo miraba con deseo abierto.
—Quiero que recuerdes esta Navidad toda tu vida… —dijo acariciándole el pecho desnudo—. Quiero que cuando seas mayor y tengas tus propias Navidades… recuerdes esta… conmigo.
Santi la tomĂł por la cintura, alzándola un poco, y ella soltĂł un suspiro que dejaba claro que tampoco podĂa esperar más.
—Feliz Navidad, mi Cielo —murmuró—. Ahora sĂ… dĂ©jate llevar.
Valeria quedĂł sobre Ă©l, respirando entrecortada, su cuerpo tibio presionando el suyo mientras sus labios recorrĂan su cuello. De pronto bajĂł lentamente, dejando pequeños besos que se deslizaban como chispas encendidas por su pecho, su abdomen… hasta llegar a su pija.
AhĂ se detuvo solo para mirarlo con una mezcla de picardĂa y ternura peligrosa.
—Mmm… mi regalo de Navidad… —susurró antes de rozarlo con su boca.
EnvolviĂł su pija con un beso cálido, hĂşmedo, profundo. Cada movimiento de sus labios hacĂa que Ă©l arquease la espalda, tratando de no perder el control tan pronto. Ella disfrutaba la reacciĂłn, sonriendo como si saboreara más que piel.
Él no se quedó quieto. La levantó con suavidad, girándola, haciéndola quedar bajo su cuerpo.
Ahora era Ă©l quien descendĂa con la boca, acariciando cada curva de Valeria con su lengua, chupandole las tetas, provocándole estremecimientos que ella trataba de contener clavando los dedos en la sábana.
—Santi… asĂ… —murmurĂł con la voz quebrada de placer.
Cuando le chupo la concha , ella se arqueĂł entera, apretando sus muslos alrededor de su cabeza, incapaz de contener los gemidos.

No pudieron resistir más.
Él se acomodó sobre su cuerpo, ella guio su pija dentro de su concha. Se unieron en un movimiento lento al principio, profundo, que hizo que ambos soltaran un suspiro al mismo tiempo.
—Te siento… completo… —jadeó ella—. No pares.
Él comenzĂł a marcar un ritmo firme, clavándole la pija en la concha intensamente , que hacĂa vibrar la cama. Valeria lo rodeĂł con las piernas, respirando contra su cuello, pidiendo más con cada exhalaciĂłn.
Se girĂł ágilmente y quedĂł encima de Ă©l. Sus caderas se movĂan en cĂrculos lentos al principio, luego más rápidos, más exigentes, mientras su cabello caĂa sobre su rostro y su pecho subĂa y bajaba con desesperaciĂłn.
—¿Te gusta mi concha? —susurró ella sin dejar de cabalgarlo.
—Me vuelves loco, Tia… —respondió él, aferrado a sus tetas.
Valeria sonriĂł como una fiera satisfecha.

Ella misma se bajó, se colocó en cuatro, apoyando las manos en la cama y arqueando la espalda de manera tan provocadora que él casi perdió el control solo con verla.
—Santi… ven —dijo mordiéndose el labio.
Él la tomĂł por la cintura y agarrĂł su pija e embistiĂł su concha con una fuerza que hizo que Valeria enterrara el rostro en la almohada para contener el grito. Cada movimiento la hacĂa temblar, sus caderas chocando contra Ă©l con un sonido que llenaba la habitaciĂłn.
Pero entonces ella giró la cabeza, mirándolo por encima del hombro, con los ojos encendidos.
—¿Quieres… algo especial por Navidad? —susurró con una sonrisa peligrosa.
Él se detuvo, respirando agitado.
—¿Qué… qué quieres decir?
Valeria tomó su pija con su mano y la guió hacia su otro acceso, el más estrecho, el más prohibido.
—Te lo ofrezco… solo porque es Navidad… —susurró—. Ccogeme… por ahĂ.
Él sintió un calor recorrerle todo el cuerpo.
Le metió la pija en el culo despacio, asegurándose de no hacerle daño, mientras ella apretaba los dientes y respiraba hondo… hasta que, lentamente, el gemido de incomodidad se transformó en uno de placer estremecedor.
—Santi… sigue… —pidiĂł ella, temblando—. Dame tu regalo…Â
Él la sujetó con firmeza y marcó un ritmo más profundo, cogiendola más intenso, más prohibido.
Valeria se deshacĂa en sus manos, jadeando, perdiendo el control, empujando hacia atrás para recibirlo más fuerte.
Él no pudo más.
La tomó por las caderas y, en una última embestida, se dejó ir con un gemido ahogado, mientras Valeria también se derrumbaba en un estremecimiento intenso, casi doloroso de tan profundo.
Quedaron respirando agitados, sudorosos, confundidos entre placer y emociĂłn.
Él se inclinó sobre ella, abrazándola desde atrás.
Valeria sonriĂł con los ojos cerrados, satisfecha, completamente rendida.
—Feliz Navidad, mi Santi… —susurró contra su pecho—.
La mejor que he tenido en mi vida.
Él la apretó más fuerte.
Y por primera vez en mucho tiempo… no sintió culpa, solo un deseo que recién comenzaba.
La mañana de Navidad habĂa amanecido tibia, silenciosa, con ese aroma a hogar que solo Valeria sabĂa provocar. Santi saliĂł de la habitaciĂłn todavĂa con la piel sensible por todo lo que habĂan hecho la noche anterior. Valeria, con una bata corta y un brillo travieso en los ojos, lo esperaba en la cocina con una sonrisa satisfecha.
—Despierto, mi rey… —murmuró arrastrando las palabras—. Qué rico amaneces.
Él apenas alcanzó a responder cuando sonó el celular.
Era su madre.
Valeria lo mirĂł con una sonrisa felina.
—Atiéndele, amor. Yo… me ocupo de lo demás.
Santi tragĂł saliva, presintiendo el peligro.
Se sentó en el borde del sofá, tomó aire y presionó el botón verde.
—¡Feliz Navidad, hijo! ¿Cómo amanecieron? —dijo su madre con su tono dulce habitual.
—B-bien, má… todo bien… —respondió él, intentando sonar normal.
Pero Valeria ya estaba de rodillas, fuera del ángulo de la cámara, a su lado.
Con un gesto lento abrió su bata, dejando ver piel de un tono cálido, y le dedicó una mirada que lo encendió desde dentro.
Santi se tensĂł.
Ella deslizó una mano por su muslo… y luego más arriba.
Muy arriba. Cuando le agarró la pija, Él respiró hondo y apretó los labios.
—¿Te pasa algo? —preguntó la madre—. Tienes la voz rara…
—No, no, todo… perfecto —logró decir él, mientras Valeria continuaba, tocándolo con movimientos suaves, calculados.
Ella, sin dejarse ver, le susurrĂł al oĂdo:
—No te muevas… quĂ©date asĂ… sigue hablando…
Santi sintiĂł cĂłmo se le erizaba la piel.
La madre seguĂa hablando de la cena, del clima, de los regalos, sin notar nada.
Santi asentĂa rĂgido, con el pulso acelerado.
Valeria aumentó el ritmo, lenta pero firme, provocándolo con su respiración caliente sobre su abdomen. Él trató de disimular inclinándose un poco hacia adelante, como si solo estuviera escuchando con atención.
—Dile que la extraño —susurrĂł Valeria, con voz ronca y traviesa, mientras seguĂa su “juego”.
Santi apenas pudo repetirlo.
—La… la extrañamos, má…
—Ay, qué lindo —respondió la madre ilusionada—. Los quiero mucho. Portensé bien, ¿s�
Nos vemos mañana por videollamada también.
Valeria sonriĂł como una diablita.
—Uf… mañana será peor —susurrĂł sin que la madre pudiera oĂrla.
Cuando la llamada por fin terminĂł, Santi soltĂł el aire que habĂa retenido todo el tiempo.
Valeria se incorporó lentamente, con los labios húmedos y los ojos brillantes, acomodándose sobre él como si fuera su trono personal.
—Ahora sĂ… —le dijo mordiĂ©ndole el cuello—. Terminás lo que empezaste en la videollamada.
Lo empujó suavemente hacia el sofá, se acomodó sobre su regazo y, sin darle oportunidad de recuperarse, lo besó con hambre contenida.
—Feliz Navidad, mi amor —susurró—.
Ahora sĂ te voy a dar tu regalo.
Subiéndose encima de él, metiéndose su pija én la concha.
La noche de Navidad se volviĂł un remolino de emociones y deseo. DespuĂ©s de la cena, los brindis y la mĂşsica suave, Valeria lo llevĂł a la intimidad de su habitaciĂłn, con una mirada cargada de picardĂa. “Esta noche será inolvidable”, murmurĂł, mientras lo atraĂa hacia la cama.
Con delicadeza pero con intenciĂłn, comenzĂł a recorrerlo con sus labios y manos, haciendo que su pija se elevara con fuerza. Santi no podĂa resistirse, y la tensiĂłn entre ambos se volviĂł elĂ©ctrica. Valeria se subiĂł sobre Ă©l, guiándo su pija dentro de su concha, cabalgándolo con suavidad primero, y luego con movimientos más intensos, hasta que decidiĂł ponerse en cuatro, el la cogĂa con fuerza, mientras sus gemidos y risas se mezclaban en la habitaciĂłn.
Cuando ambos alcanzaron el clĂmax, Valeria se inclinĂł sobre Ă©l, besándole con dulzura y susurrándole al oĂdo: “Recuerda esta Navidad por siempre, mi cielo… y ya sabes que me puedes visitar cuando quieras”. Santi, aĂşn recuperando el aliento y con el corazĂłn latiĂ©ndole con fuerza, la abrazĂł y le respondiĂł con una sonrisa cĂłmplice: “TĂa… vendrĂ© a verte más seguido”.
Entre caricias finales y abrazos cálidos, la noche terminĂł con la sensaciĂłn de un vĂnculo especial, una Navidad que ninguno de los dos olvidarĂa jamás, llena de deseo, ternura y complicidad.

1 comentarios - 199📑La Navidad Con La Tia 🎄
Por lo demás debeo decir es casi asà , ellas te llevan hasta donde quieren , es asà .
Abrazo vampiro .