
Hace un tiempo, en una sala de espera de unas instalaciones médicas, alcancé a escuchar una conversación que me puso cachondo cabrón, y ya entenderán por qué.
Una mujer de alrededor de cuarenta años (por lo menos eso le calculo) hablaba por celular cerca de mí. Parecía que platicaba con su esposo. Aquella le decía que ya estaban allí, esperando a que llamaran a su hija. Fue entonces que puse atención en la joven que estaba a su lado, tendría unos 19 años. La verdad estaba de buen ver; la seño tampoco estaba mal, parecía de clase bien, ya sabrán, señora acomodada; de esas mujeres que no les ha faltado nada en la vida. Como puse atención en la hija, pude notar que ésta venía acompañada de una chica más o menos de la misma edad; supuse que serían hermanas o amigas. Como fuera se veían antojables, ya me entienden... ¡cogibles pues! Eran de esas chamacas que están en su punto, aún benditas por la juventud y de fina fisonomía. Mientras que la madura aún aguantaba; tenía rasgos agradables, de tez clara, con amplios volúmenes en caderas. Era de esas que se antojan para que se le sienten a uno en el regazo o en la cara, ¡pinche pedazo de culote que debía tener! (Antes de verla de pie ya me lo imaginaba).
Me llamó la atención su plática, pues la mujer hablaba en un tono serio, y, a veces, se le quebraba la voz. Parecía a punto del llanto. Esto picó mi curiosidad por lo que puse mucha atención a su conversación.
Por lo que escuché, ella y su hija, a quien llamaré Sofía, sólo para identificarla (he conocido muchas chicas bonitas con este nombre), habían sufrido un desagradable suceso cuando ambas, junto al hermanito de ésta, iban con el papá. Según entendí, la mujer (a quien llamaré Antonia) y su cónyuge estaban separados, aunque no del todo divorciados. Por eso sus hijos pasaban unos días con ella y otros con aquél. Y fue justo cuando Antonia llevaba a sus hijos con el marido cuando ocurrió todo.
Su auto sufrió un percance quedándose varadas a mitad de carretera, en un solitario lugar. Antonia, sin saber qué hacer, y sin señal de celular, tuvo que esperar a que algún automovilista se detuviera y les brindara su ayuda.
Tras varios minutos sin que nadie pasara, vio de pronto aproximarse una vieja camioneta. De esas pick up con una cabina tipo camper adaptada detrás, en la batea. Según entendí, por como la describió.

Un hombre bajó del vehículo. El tipo le preguntó si tenía algún problema y ella explicó que el coche había comenzado a desacelerar y a sacar mucho humo negro antes de detenerse. El aspecto del tipo era rudo y sucio, lo que la incomodó, pero aceptó su ayuda pues no tenía ninguna otra opción.

Según la señora, notó que el hombre, al percatarse de su joven hija, le dirigió una mirada lasciva. Sin embargo, la seño calmó sus primeros temores asumiendo que quizás estaba siendo prejuiciosa.
Aquél se asomó al motor y con desplante condescendiente le dijo que lo podía arreglar, pero que necesitaba de su ayuda. Le pidió que lo acompañara a la cabina de su pick up, para traer unas herramientas.
Antonia lo siguió hasta la parte trasera de la camioneta, pero, tras abrir la puerta, la empujó al interior tirándola en el suelo.
El hombre la sometió, comenzó a estrujarla. Le subió la blusa y, violentamente, le quitó el sostén, dejando que sus senos colgaran libremente.
Se sintió impulsada a gritar, pero, según ella, pensó en sus hijos, así que se contuvo. Sabía bien que si gritaba ellos acudirían y el hombre podría hacerles daño. Además quién podría socorrerla en aquel apartado lugar. Aunque trató de liberarse usando todas sus fuerzas, pronto dejó de hacerlo, ya que aquél la amenazó si no cooperaba. Fue así como Antonia se dejó hacer en el interior del improvisado camper.
Aunque no describió los detalles, yo imaginé la escena en mi cabeza: El calor en ese lugar debía ser sofocante; el olor a sudor agrio de aquel salvaje ser debía impregnar el pequeño espacio; las paredes del sucio y viejo vehículo estarían cubiertas de pringue.
Tal escenario incentivó mis pensamientos más obscenos. Quizás no sería la primera vez que aquél abusivo individuo se saciara de una madura en esas condiciones. Quizás a eso se dedicaba. A muchos nos gustan las maduronas. A mí en lo personal me gusta fantasear con milfs culonas. Pero quizás ese cabrón no se conformaba con fantasear y se iba sobre ellas. Posiblemente ya tenía la maña de abordarlas tal como hizo con esa seño.
Imaginé que, incluso, las obligaba a ser fotografiadas para recordarlas posteriormente. Para rememorar cómo se las había cogido y cómo habían reaccionado. Supuse que, aquel sujeto, tendría toda una colección de dichas mujeres reaccionando intimidadas ante la cámara, al saber por lo que iban a pasar, o justamente capturadas en el momento mismo del acto, siendo así forzadas a posar en condiciones incómodas.

Con eso en mi cabeza, visualicé todo lo que aquel bellaco les obligaría a hacer a tales féminas. Desde la incomodidad de posar en paños menores, o de plano desnudas, y hasta más. Lo que esas mujeres pudieron haber padecido.
La propia señora a la que escuchaba, debió ser tomada de ambas mamas por aquellas manos callosas y sucias del hombre que deseaba poseerla. Aquellas dos tetas desnudas, una después de otra, debieron ser introducidas en la boca de aquel bellaco; ser besuqueadas; chupeteadas; mamadas, y hasta exprimidas con una succión poderosa. Los pezones de la mujer debieron quedar lastimados tras de aquel inmisericorde ataque.
«Pobre —pensé—, aquella mujer debió realizar un enorme esfuerzo por no chillar.»
Mirándola ahí en la sala de espera, tratando de que no se diera cuenta de mi propia lascivia mientras le recorría todo su cuerpo de mujer generosa, recreé en mi mente como aquel macho debió meter su cabeza en la tupida pelambrera del sexo de aquella madura. Sus muslos eran nutridos, así que aquél debió de apretujarlos, disfrutando de su voluptuosidad, de su turgencia. Mientras su lengua no debió perder la oportunidad de sumergirse en la intimidad enmarañada de aquella ponedora. Debió lamerle varias veces, dejando muy húmeda su vagina, preparándola para lo que vendría.
No fue difícil imaginar el falo saliendo amenazante. De seguro aquél sacaría su verguda hombría con intención de lubricarla, pero con la saliva de la mujer. El falo debió ser grande, duro y grueso. La cabeza (el glande) bien pudo moverse con palpitaciones de deseo animal. La sangre, impulsada por fuertes bombeos desde el corazón, se le acumularía toda en aquella gruesa cabezota que se hinchaba a intervalos, frente a la angustiada mirada de la indefensa señora, a quien no le quedaría más que abrir la boca y recibir verga.
Con brusquedad debió obligarla a tragar. El pene debió entrar hasta el tope, pese a la repulsión que eso provocaría en la dama de clase bien. Aquel rudo hombre seguramente contrastaría con la apariencia refinada de la mujer, quien le comía la verga sin mayor opción.
Dudo que aquél se conformara con las habilidades orales de la señora, así que visualicé que, con sus propias manos, bien la pudo sujetar de su cabeza para tener pleno dominio de los movimientos de mete y saque. Debió tratar su boca como si fuera una vagina, penetrándola violentamente, metiéndosela y sacándosela con brutal rapidez. ¡Puta madre! no dudo ni tantito que le metiera la verga hasta el fondo para que su hombría chocara con su úvula, llevándola así a las nauseas y hasta el vómito.
Yo ya estaba salivando con lo que me imaginaba: aquel hombre colocándole su enorme verga a la entrada de su vagina, escupiéndole luego, de manera por demás asquerosa, la hendidura vertical, restregándole la punta de aquel falo de arriba abajo embarrándole así tal escupitajo, a manera de gel lubricante. Después, con un contundente empujón, clavándosela cual estaca en tierra suelta.
Dudo que la seño se haya podido contener; algún grito bien pudo escapársele tras el brutal ataque. Mientras que su atacador bien pudo expeler algo como: “Te voy a vergar como nunca te lo han hecho mamacita, hasta me vas a suplicar que te dé más.”
Incluso podía visualizar y escuchar el chocar de sus testículos contra el perineo de la mujer, a quien podía olerle su fino perfume. Pinche mujer, tan elegante que ahí se veía, tan fina, cómo se vería con su ropa hecha girones y abierta de piernas... ¡uuufff, qué rico!
Lo único que yo quería, que rogaba, es que a la hija también la hubiesen involucrado del mismo modo que a la madre. No era por ser desalmado, era solo que... bueno, ustedes me entienden. Con eso en mente, no perdí detalle de lo siguiente en la conversación, y hasta dejé pasar mi turno cuando escuché mi nombre. Total, ya regresaría en otra ocasión, pero esto no me lo perdería. Y es que, escuchar algo así, y más en un lugar como ese, rodeado de personas con padecimientos y achaques, nunca me lo habría imaginado.
Y mi paciencia tuvo su recompensa. Como creí, los gritos de la madre, por más que ella intentó contenerlos, siempre sí salieron expulsados, por lo que ella misma admitió que tales gritos atrajeron a la hija, quien se asomó por una ventanilla al interior de la cabina.
Supongo que el ver que a su madre la sometían a tan tremendas y crueles embestidas la debió haber afectado.
Según le confiaba a su esposo por celular, para ese momento ella (pese a su suplicio) trataba de hacer venir al hombre que la abusaba, con tal de que aquel se vaciara y ni siquiera pensara en su hija. Al parecer, la mujer habría pretendido vaciarlo del todo y así dejarlo sin ganas.
Imaginé a la seño expresándole palabras cachondas que lo estimularan a evacuar su semilla, aún sabiendo que ella recibiría tan sucia deposición en su seno materno. Muy a su pesar debió rodearlo con sus piernas, atenazándolo, haciendo que ambos cuerpos se pegaran aún más en su apareamiento, pese al asco que debía producirle. Está por demás decir que tal sacrificio sería enorme, propio de una amorosa madre. Aquél que la ultrajaba debería parecerle un ser asqueroso que expelía sudor agrio y causaba repulsión. De seguro se aguantó las ganas de vomitar, con tal de darle la pronta satisfacción, y así saciarlo de sus bestiales apetitos, para que las dejara en paz y se largara.
Imaginé que ella lo alentaría a culminar con palabras como: “¡Eso, así! Eyacula... vente... vente en mí... vente rico. ¡Échame toda tu leche!”
Me era inevitable imaginarla diciendo todo tipo de guarradas, pese a su horrible situación.
El hombre debió darle duros estacazos, descargando en ella todo el coraje contenido en él. Aquella cosa dura y gruesa, le debió entrar y salir sin cesar como si quisiera partirla en dos.
Y, según entendí, en tan vergonzosa circunstancia, es que Antonia se dio cuenta que por una de las ventanillas de la cabina se asomaba su hija, quien atestiguaba tan obsceno comportamiento por parte de su madre. Sofía, llena de asombro, veía a su madre alentar al hombre que la fornicaba tan violentamente, a hacerlo aún más fuerte, y no lo podía creer.
Para su desgracia, según le contó al marido, el abusivo hombre también se dio cuenta de la presencia de su hija debido a su propia mirada.
Cuando el fulano volteó hacia ella, la chica huyó, pero el hombre no tardó en desacoplarse de la madre para ir tras ella; así, desnudo como estaba.
Pese a que Antonia trató de detenerlo, el ruin alcanzó a la chamaca fácilmente. La sujetó con brusquedad y la arrastró hacia la camioneta.
Con quebrada voz, la mujer le explicó a su marido cómo le gritó; le rogó; le suplicó, con lágrimas en los ojos, para que soltara a su hija. E incluso ella misma se ofreció a soportar más vejaciones en vez que le hiciera algo a tal chamaca. Pero aquel ser sin entrañas llevó a Sofía al interior de la cabina y luego de él mismo meterse, cerró la puerta; dejando a la madre afuera.
Desnuda, impotente, en medio de ese aislado lugar; así me imaginé a la seño que tenía delante, mientras la escuchaba hablar con su marido.
Por supuesto ella no contaba los detalles, pero era inevitable que mi imaginación los creara: La seño totalmente vulnerable tratando de obtener ayuda en medio de la nada, no quedándole más que asomarse por la ventanilla hacia el interior de la camioneta; la hija adentro, siendo desnudada por el despreciable que minutos antes manoseara de igual manera a la madre.
Podía ver cómo eran removidas bruscamente pantaletas y brasier; abiertas violentamente ambas piernas; mojado a lengüetazos el delicado sexo y, sin escuchar ninguna súplica (ni de la madre, ni de la hija) la introducción impulsiva del miembro invasor.
Pude imaginarme el chillido de la mancillada, de quien su madre (seguramente) creería que aún era virgen. En una situación así debió soportar duros bombeos, para los que, si lo hubiese sido, no estaría preparada. Un tipo como el que describió la madre debió portarse como todo un animal con una chavilla tan menuda; y más teniendo en cuenta que apenas un momento antes se había beneficiado a la madre.
Si de por sí la señora estaba de muy buen ver, pese a ya ser una mujer madura, a la hija daban ganas de darle lengüetazos y morderle todo el finísimo cuerpo. Mordisquear con extrema fruición sus pechos apenas abombados. Maniobrarla de tal forma que quedara de cabeza, para mamarle la estrecha puchita. Colocarla en varias posiciones (bastante vergonzosas y humillantes) gracias a la extrema delgadez de su complexión. Cargarla de sus posaderas para cogérsela parado.
En el interior de una camioneta, como en la que la señora dijo que sucedió todo, los movimientos copulares bien pudieron hacer que la cabeza de su hija chocara contra el techo varias veces. Probablemente aquél hasta la tiró al piso, para que ella cayera sobre sus extremidades. Ya la imaginaba, quedando en cuatro, adecuada para ser así estocada.
Pude visualizar los gestos de dolor en el rostro de la chica, revelando su sentir. Siendo de constitución tan pequeña, joven y delgada, el ingreso de un falo invasor robusto, sin lubricación previa, debió serle devastador; una total tortura.
El ayuntamiento debió durar varios minutos. Fugado en mi fantasía (mientras veía a la chica en la sala de espera) podía verla siendo fornicada. Y fui incluso más lejos.
Imaginé al infame miembro dejando la vagina, solo para colocarse a la entrada de su recto. El hijo de mil putas debió penetrarla por el ano, ¿quién no lo haría? Y es que el angosto asterisco de una chica de tal calidad (dado lo estrecho que prometería ser) debía invitar tentadoramente a metérsela por el ano.
Cuando menos a mí sí me incitaba a enculármela. ¡Pinche chamaca, tan flaquita que parecía fácil de romper! Daban ganas de hacerle unas cuantas sentadillas encima de ella, con el miembro bien conectado a su hueco cloacal. Supongo que el falo no se abriría camino fácilmente, debido a la apretada constitución del orificio anal que una jovencilla así debía poseer, por lo que abría que lamerlo y meterle lengua previamente. Yo lo haría con más gusto que asco.
Ya una vez bien lubricado tal agujero, la punta del miembro venoso debió hundírsele milímetro a milímetro, mientras ella sollozaba de dolor, probablemente al borde del desmayo.
Por mi parte la hubiese sujetado con fuerza de su cintura con ambas manos, impidiéndole alejarse de mí. Así, al ver que aquello no se detendría, siendo que sí o sí se abriría paso a como diera lugar, quizás ella misma se abriría los cachetes del trasero, brindando así mayor apertura.
Bien podía verla abriéndole camino a su atacador por propia cuenta, separándose las nalgas, poniendo la cara en el suelo, y empinándose toda ofrecida.
Sudaba en frío mientras la veía ahí, en la sala de espera, pero figurándomela en el camper de esa camioneta. Imaginaba verla gritar con la máxima intensidad al tener un enorme invasor en sus entrañas. Ver su rostro reaccionar, mientras le atravesaban su anillo de jovencilla dilatado al máximo, me la ponía dura. Tal esfínter (siendo aún tan joven) debió padecer secuelas. Supuse que, quizás, por ello estaban allí. Tal vez le harían una exploración anal para descartar una repercusión en su salud. Incluso, probablemente, le harían unos análisis de sangre para descartar algún contagio.
Pensar eso impulsó más mis pensamientos sobre lo ocurrido. La señora debió ver a su hija siendo sodomizada por el brutal animal. Pero, en determinado momento, ese hombre tuvo que acabar. Quizás lo hizo tal y como estaba, incrustado en el recto de la pobre muchachilla, por fin soltando todo su esperma en ese canal de desecho. ¡Oh, sí! Tal expulsión debió sentirse asquerosamente caliente para la chica. Uuufff... fue en ese momento qué me di cuenta de que me había venido ahí mismo. Tuve que cubrir mi entrepierna pues, seguramente, la humedad en mi pantalón exteriorizaría mis reflexiones sobre aquellas “damas”.
En ese momento de serenidad interior, que no sé cuánto duró, fue cuando alcancé a escuchar a la señora diciéndole algo de un ultrasonido al marido. Entonces entendí: el tipo de la carretera le había eyaculado adentro del canal reproductivo a la joven que tenía yo delante. Realmente aquél lo había consumado.
Sabiendo eso, visualicé aquel pedazo de carne en brutal arrebato de mete y saque, hasta que, en el máximo clímax, expulsaba la simiente dentro de la apretada opresión vaginal que lo había abrazado hasta deslecharlo. Una vez hubo salido de la vagina el ocupante, debió escurrírsele parte del semen resbalosamente por sus muslos, hasta caer al suelo.
Teniendo esa imagen en mi cabeza, sentí venirme una vez más, sin siquiera tocarme a mí mismo.
¡La escuincla quedó embarazada!
No sé por qué, pero aquella idea me excitaba mucho.
Seguí salivando, mientras no podía dejar de reflexionar. ¿Cuál sería el fin de realizarle un ultrasonido a la hija? ¿Acaso la mamá estaría dispuesta a que conservara al bebé? ¡Uno concebido en tales condiciones!
No podía creerlo, lo sensato hubiera sido...
Pero en ese momento, mientras yo reflexionaba sobre cuestiones éticas y morales, vi a la señora levantarse e ir a los sanitarios.
¡WOW! Nunca me había imaginado hacerme una chaqueta puramente con algo escuchado, prácticamente sin manos, ni mucho menos en un lugar así. Me quedé viendo a las “señoritas” que tenía delante. Las jóvenes se pusieron a platicar entre sí, nada más se alejó la señora. No pude reprimir mi curiosidad y puse atención en su conversación. Hasta me cambié de lugar discretamente, con el propósito de estar más cerca y escuchar bien. ¿Acaso podría enterarme de algún detalle adicional?
En principio sólo conversaban de cosas bastante triviales; de chicos, de amigos, de la escuela, cosas así; de forma muy desenfadada. No podía entender cómo podían estar tan tranquilas, luego de un evento tan traumático como el anteriormente narrado.
Supuse que preferían no hablar de eso. Bueno, había sido una buena eyaculada, bien inspirada y de a gratis; podía irme a casa satisfecho. Estaba a punto de levantarme cuando una de las chicas comentó algo como: "Ay, tu mamá sí que se la rifó. No puedo creer que le haya mentido así a tu papá por ti. Que te cubriera así, o sea... eso de que las violaron. No mames, está muy cabrón. Y lo dijo como si fuera cierto, y como lo más normal del mundo.”
Por su parte la otra chica, la preñada, dijo: “Si le mintió así a mi papá no fue para protegerme, en el fondo es para protegerse a sí misma. Si mi papá se entera quién me embarazó, no mames... Todo se va al carajo para ella. Se queda sin pensión, sin la custodia, sin nada.”
Aquello me sorprendió. ¡Toda la historia que había escuchado, la que había superado mis fantasías más obscenas, todo había sido una mentira!
A estas alturas ustedes podrán pensar que luego de eso me iría yo frustrado. Es decir, decepcionado de que nada de eso en verdad ocurriera. Sin embargo, regresé a casa aún más empalmado. Y es que, gracias a las chicas, me enteré cómo es que se había dado ese embarazo, y por qué la mamá ocultaba a toda costa su verdadero origen. Y, la verdad, estaba bien rico el asunto.
No lo contaré aquí, para no alargar más esto, pero si alguien desea que escriba un relato basándome en lo que escuché, se los comparto.
1 comentarios - Lo que escuchas en una sala de espera