
Elena siempre habĂa sido una mujer correcta. Puntual, profesional, educada. Pero dentro de ella ardĂa una fantasĂa que nunca se habĂa atrevido a confesar en voz alta: hacer el amor con un hombre totalmente desconocido. Sin nombres, sin historia, sin compromisos. Solo sexo. Crudo. Intenso. AnĂłnimo.
Una noche, despuĂ©s de unas copas y mucho deseo contenido, descargĂł una app de citas anĂłnimas. “No nombres. No fotos. Solo encuentros.” decĂa el eslogan. Le temblaban los dedos cuando escribiĂł su perfil: “Quiero un hombre. Esta noche. No quiero tu cara. Solo tu cuerpo.”
RecibiĂł decenas de mensajes. IgnorĂł todos hasta que uno la atrapĂł. Directo. Sucio.
> “Hotel Monte Real. Habitación 507. Puerta entreabierta. Entra y cierra. No digas nada. Solo quédate en ropa interior. Yo haré el resto.”
No habĂa foto. No habĂa nombre. Solo una promesa.
Elena llegó al hotel con el corazón en llamas. Llevaba un conjunto negro de encaje, debajo de un vestido largo y un abrigo. Caminó por el pasillo como en trance. Cuando llegó a la 507, la puerta estaba justo como él dijo: entreabierta. Tragó saliva. Entró. Cerró.
La habitaciĂłn estaba a oscuras, con apenas una lámpara tenue encendida. Silencio. No habĂa nadie a la vista.
—¿Hola?
Nada.
Entonces lo vio.
Un hombre, alto, de espaldas, en silencio, frente a la ventana. Solo un pantalĂłn oscuro. El torso desnudo, ancho, firme. Se girĂł lentamente. No dijo palabra. Solo la mirĂł. Lento. Intenso. Como si supiera todo lo que ella querĂa.
Elena se quitó el abrigo, el vestido. Quedó en ropa interior. El encaje negro resaltaba su piel blanca. El hombre se acercó sin hablar. Le acarició el rostro. Sus dedos grandes, ásperos, bajaron por su cuello, hasta sus pechos, apretándolos con firmeza.
Ella temblĂł.
Él le dio la vuelta. La colocĂł de frente a la pared. Le bajĂł el sostĂ©n por detrás. Ella jadeĂł. SintiĂł su aliento caliente en el cuello, mientras sus manos la recorrĂan como si fueran suyas. Le metiĂł la mano entre las piernas por detrás de la tanga.
—Estás empapada.
Primera frase. Voz grave. Ronca.
Ella se arqueó hacia atrás, pegando su culo contra su entrepierna.
—Quiero que me cojas —susurró ella—. Como a una puta.
Y él lo hizo. Le arrancó la tanga de un tirón. La levantó de los muslos con una fuerza brutal y le metió la pija en la concha, de pie, de golpe, sin aviso, como si la poseyera.

—¡Ahh… mierda! —gimió ella, sintiendo cómo la llenaba.
La embestĂa contra la pared con fuerza. Rápido. Brutal. Su pija entraba hasta el fondo, y salĂa mojada, caliente. Sus manos sujetaban sus caderas con fiereza. Ella no podĂa ni hablar. Solo gemir.
La llevó a la cama, boca abajo. Se arrodilló detrás de ella y volvió a penetrarla. Esta vez más lento. Más profundo. Su lengua recorrió su espalda. Sus dedos le abrieron el culo, jugueteando, sin entrar.
—¿Esto también lo querés?
—SĂ… todo… haceme todo…
Él escupió su huequito. Lo preparó con un dedo. Luego dos. Luego le metió la pija en el culo, mientras la masturbaba con la otra mano.
—¡Dios… sĂ… asĂ… me estás rompiendo…!
Ella se corriĂł en un orgasmo feroz, sacudiĂ©ndose como una poseĂda, apretando su pija con ambos agujeros.
Él la sacó y se masturbó sobre su espalda, acabando con un gruñido salvaje. El calor de su leche se mezcló con el sudor de ambos.
Silencio.
RespiraciĂłn agitada.
Él fue al baño. Cuando volviĂł, ella seguĂa acostada, en shock. Se agachĂł, le susurrĂł:
—Gracias por confiar en un extraño.
Y se fue.
Elena se quedĂł ahĂ, desnuda, con el cuerpo temblando y el alma flotando. No sabĂa quiĂ©n era. No sabĂa si lo volverĂa a ver. Pero habĂa cumplido su fantasĂa.
Y ya no era la misma.

HabĂan pasado tres semanas desde aquella noche.
Elena volvĂa a su rutina. Trabajo, cafĂ©, libros… pero nada era igual. Desde aquella experiencia con el extraño, todo habĂa cambiado. Su cuerpo lo recordaba en sueños. Lo sentĂa en los silencios. Se tocaba pensando en Ă©l. En su voz. En cĂłmo la habĂa tomado sin palabras, como si la conociera desde siempre.
Esa mañana de sábado, fue sola a su cafeterĂa habitual. PidiĂł su latte doble con leche de almendras y buscĂł una mesa junto a la ventana. SacĂł su libro, cruzĂł las piernas… y entonces lo sintiĂł.
Esa presencia. LevantĂł la vista. Estaba ahĂ. Él.
El mismo cuerpo. La misma mirada. Vestido con jeans y una camisa oscura. Más casual, más humano… pero igual de magnético.
Él también la reconoció. Caminó hacia ella con calma. Se detuvo frente a su mesa. Sonrió. Esa sonrisa la hizo mojarse en segundos.
—Ahora sĂ te puedo hablar —dijo Ă©l, con esa voz ronca que aĂşn la hacĂa estremecer.
Elena sonriĂł, coqueta, juguetona.
—PodĂ©s… pero no digamos los nombres todavĂa.
—¿No?
—No. TodavĂa no. Juguemos un poco más.
Él se sentó frente a ella. Se inclinó, con los codos sobre la mesa.
—¿Y cómo querés que nos llamemos?
—Yo te llamaré el señor de la noche —dijo ella, lamiendo suavemente el borde de su taza.
—¿Y yo?
Ella se acercĂł, con una sonrisa felina.
—Vos me vas a llamar la gata.
Él sonrió.
—¿Y la gata quiere jugar otra vez?
Elena cruzó aún más las piernas. Se inclinó hacia él y le susurró:
—La gata no ha dejado de pensar en cómo la cogiste. En cómo la dejaste marcada sin saber tu nombre.
—Y el señor de la noche no ha podido sacarse el sabor de tu piel de la lengua.
Sus ojos se encontraron. El deseo estaba ahĂ, intacto. Vivo. Ardiendo.
Elena deslizĂł su pie por debajo de la mesa, tocando su pantorrilla con lentitud.
—Te voy a mandar una direcciĂłn esta noche —dijo, suave, como una amenaza dulce—. Pero esta vez te quiero con más tiempo. Quiero que me des vuelta como la primera vez… pero que esta vez me digas al oĂdo cosas sucias mientras lo hacĂ©s.
—¿Y puedo atarte las muñecas?
—Podés hacerme lo que quieras, señor de la noche.
Ambos sonrieron.
—Pero no me digas tu nombre —añadió ella—. Quiero seguir siendo tu gata… hasta que ya no lo soportemos más.
Él asintió.
—Entonces prepárate. Esta vez, voy a cogerte lento… pero te voy a dejar ronroneando por dĂas.
Elena se mordiĂł el labio.
—Te estaré esperando.
Y asĂ, sin más, se levantĂł, le guiñó un ojo… y se fue.
Él la mirĂł alejarse. No sabĂa cĂłmo se llamaba.
Pero ya le pertenecĂa.
La direcciĂłn llegĂł a las 22:44. Un mensaje corto, sin saludo.
> “Depto 8C. Puerta sin traba. Luz baja. Venà con ganas.”
Él no respondió. Solo fue.
El edificio era discreto, moderno, con entrada directa desde la calle. SubiĂł por ascensor. Al llegar, la puerta del 8C estaba apenas cerrada, tal como ella prometiĂł.
EntrĂł.
La penumbra era perfecta. Una vela sobre la mesa. Olor a vainilla y piel. Y ahĂ estaba ella: la gata.
Tacones negros. Liguero. Un body transparente que dejaba ver todo menos lo necesario. Cabello suelto, mirada afilada, copa de vino en la mano.
—Bienvenido, señor de la noche —dijo con tono felino, caminando lento hacia él.
Él iba a decir algo, pero ella lo detuvo con un dedo en los labios.
—Esta noche me toca a mĂ.
Le quitó la camisa despacio. Lo empujó hasta hacerlo sentar en un sillón de cuero. Se arrodilló entre sus piernas. Sus manos pequeñas le desabrocharon el cinturón, luego el pantalón… hasta liberar su erección, gruesa, palpitante, como si ya la estuviera esperando desde que salió de casa.
—Extrañabas esto, ¿no? —susurró, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Cada maldita noche —admitió él.
Elena le pasĂł la lengua por toda la base, lenta, provocadora, haciendo contacto visual. Luego lo tomĂł entero en la boca, con una succiĂłn profunda, mojada, ruidosa.
—Mierda… gata… vas a hacer que me venga ya —gruñó él.
Ella soltĂł su pija con un hilo de saliva que le colgaba del labio.
—No todavĂa.
Se subió sobre él sin quitarse nada, solo se abrió el body por el centro. Su concha estaba empapada. Tomó su pija y la guió directo a su interior, sentándose con un gemido ronco.
—Ahhh… sĂ… eso querĂa…
Lo montĂł con fuerza. No se movĂa suave: cabalgaba como si fuera la Ăşltima vez. El sonido de su cuerpo chocando contra el de Ă©l llenaba el ambiente. El hombre intentĂł tomar el control, sujetarle las caderas.
—No —dijo ella, dominante—. Esta noche mando yo.
Lo mantuvo quieto. Se movĂa con ritmo firme, exacto. Su clĂtoris rozando su pelvis, sus tetas rebotando sobre su pecho. Sudaban. GemĂan. Se devoraban la boca entre estocadas.

—Dame el culo —jadeó él, con los dientes apretados.
Ella sonrió. Se levantó de un salto, de espaldas a él. Se inclinó sobre el respaldo del sillón, abrió sus cachetes con las manos.
—¿Querés esto?
—Lo necesito.
Él escupió, preparó el huequito, y entró despacio. Ella jadeó, se arqueó, abrió aún más las piernas.
—AsĂ, señor de la noche… rompeme…
Él la cogiĂł salvajemente por el culo. Sus testĂculos golpeaban contra su concha mojada. Las nalgas de ella se enrojecĂan con cada embestida. Jadeos. Golpes. Lenguas. Sudor. Todo.

—Estoy por venirme —gimió él.
Ella giró el rostro hacia atrás, con la cara llena de lujuria, la mirada encendida, el maquillaje corriéndose.
—Entonces hacelo… dámelo todo… porque la gata quiere leche…
Esas palabras lo hicieron explotar. Salió a tiempo, se la giró de un tirón y le acabó en la cara, en la boca, en las tetas, gruñendo como una bestia.
Ella se relamiĂł.
—Mmm… justo como lo recordaba.
Él, exhausto, se dejó caer sobre el sillón.
Ella lo abrazĂł desde arriba, aĂşn jadeando.
—¿Sabés algo, señor de la noche?
—¿Qué?
—Creo que esta gata ya no quiere huir.
Él la besó, largo. Lento. Su pija aún temblando entre sus muslos.
Y esa noche, ya no fue solo un encuentro.
Fue el comienzo de un vicio compartido.

Era domingo por la mañana. Afuera llovĂa, y adentro de ese departamento, ella dormĂa desnuda sobre el pecho de Ă©l, con las piernas entrelazadas y las sábanas aĂşn impregnadas del sexo de la noche anterior.
Él la miraba en silencio.
HabĂa sido un mes de encuentros, de cuerpos, de juegos salvajes, de mordidas y gemidos que se quedaban flotando en las paredes. Pero ya no podĂa seguir fingiendo. No con ella ahĂ, abrazándolo como si le perteneciera.
La despertĂł con caricias lentas en la espalda.
—Gata…
—Mmm… ¿s�
—Tengo que decirte algo.
Ella alzĂł la cabeza, aĂşn con el pelo desordenado, los ojos brillantes. Se veĂa hermosa.
—¿Qué pasa, señor de la noche?
Él respiró hondo.
—Estoy loco por vos.
Ella parpadeó. Abrió más los ojos.
—¿Qué…?
—SĂ. Me importás. Mucho más de lo que deberĂa. No sos solo una fantasĂa. Sos la mujer que me hace estar duro con solo escuchar su voz. Que me hace querer coger y quedarme a dormir. Sos… real.
Silencio.
Él la tomó de la cintura, la subió sobre su cuerpo, cara a cara.
—Y quiero salir con vos. Formalmente. Quiero invitarte a cenar, caminar de la mano, besarte en público. Ya no quiero esconderte. Ya no quiero ser solo el señor de la noche. Quiero ser tu hombre, con nombre y todo.
Ella lo mirĂł con los ojos hĂşmedos. Su pecho subĂa y bajaba despacio.
—¿De verdad lo sentĂs asĂ?
—Cada vez que estás encima mĂo, cada vez que te venĂs gritando mi nombre… aunque no me lo digas. Cada vez que me pedĂs leche como una gata desesperada… me enamoro más.
Ella sonriĂł, emocionada. Lo besĂł lento, largo, con ternura.
—Entonces… supongo que llegó el momento.
—¿De qué?
—De saber quiénes somos.
Se sentaron en la cama, uno frente al otro. Se tomaron de las manos.
—Yo me llamo Elena —dijo ella, con una sonrisa dulce y una lágrima corriendo por su mejilla.
Él sonrió, como si hubiese esperado toda la vida para escuchar ese nombre.
—Y yo soy Julián.
Se abrazaron.
El juego habĂa terminado.
Ahora empezaba algo más real… más peligroso.
Pero también más profundo.
Esa noche, Julián la hizo el amor como nunca. Lento, profundo, con palabras dulces y sucias. Ya no era una gata anónima. Era su Elena. Y cuando ella volvió a montarlo, lo miró a los ojos con una sonrisa traviesa.
—Ahora que sabés mi nombre… más te vale que me sigas dando mi leche, ¿eh?
Julián rió.
—Te la voy a dar toda… Elena.
La habitaciĂłn estaba en penumbra, solo iluminada por las luces cálidas del ventanal. La ciudad dormĂa afuera. Dentro, solo estaban ellos.
Julián la tomó de la mano, la llevó hasta el espejo de cuerpo entero frente a la cama.
—Quiero que veas lo que sos para mà —le dijo al oĂdo, con la voz cargada de deseo.
Elena ya estaba desnuda, con el cuerpo todavĂa sensible de tanto placer acumulado, pero algo en su mirada habĂa cambiado. Ya no era la gata juguetona. Era una mujer que sabĂa que iba a entregarse por completo. Y que ese hombre iba a marcarla.
Julián se desvistió lento. Su cuerpo duro, grande, se reflejaba detrás de ella. La sujetó por las caderas, la pegó a su pecho desnudo. Su pija ya estaba dura, gruesa, palpitante entre sus glúteos.
—MĂranos. AsĂ vamos a ser desde ahora. Dos desconocidos que se encontraron… y ya no se sueltan.
Elena temblĂł.
—Haceme tuya —susurró.
—Ya lo sos.
La inclinĂł con suavidad sobre la cĂłmoda, haciendo que viera su propio cuerpo arqueado en el espejo. Le separĂł las piernas. Se inclinĂł y le lamiĂł lentamente la concha, hasta que la hizo gemir con desesperaciĂłn.
—Julián… por favor…
Él se incorporó, tomó su pija con una mano, la frotó contra su entrada mojada… y la penetró de un solo empuje, haciéndola gritar.
—¡Ahhh, sĂ…!
La sujetĂł con ambas manos por la cintura y comenzĂł a embestirla, mirándola a travĂ©s del espejo. El cuerpo de Elena se movĂa con cada golpe, sus tetas rebotaban, el sonido de la piel chocando era salvaje, primitivo.
—Mirá lo puta que te ves cuando sos mĂa —le gruñó al oĂdo.
Ella se mordĂa los labios, jadeando, con las piernas temblando de placer.
—SeguĂ… no pares… marcame, Julián…
Él se detuvo solo para escupir sobre su culo, lo frotĂł con el pulgar, y le metiĂł la pija por ahĂ mientras seguĂa acariciándole el clĂtoris.

—Ahora sos mĂa por completo —dijo—. Cada agujero. Cada gemido. Cada gota de lo que sos.
Elena lloraba de placer. Lo sentĂa en todos lados, lo sentĂa dentro, detrás, en la piel, en el alma. Se rendĂa. Se entregaba.
—¡Me vengo…! —gritó.
—Esperá —gruñó él—. Quiero hacerlo dentro. Sellarte. Marcarte.
Salió, la alzó de golpe en brazos, y la llevó a la cama. La abrió de piernas, la penetró en la concha, esta vez mirándola a los ojos. Lento. Profundo. Conectado.
—Decilo —le susurró—. DecĂ que sos mĂa.
—Soy tuya… soy toda tuya, Julián… cogeme, llename… ¡la gata quiere su leche!
Eso fue lo Ăşltimo. Él se corriĂł dentro de ella, temblando, gimiendo en su cuello, mientras ella se venĂa con espasmos de placer, gritando su nombre.
Después no hablaron.
Solo se abrazaron, sudorosos, con sus sexos aĂşn unidos, sus corazones al galope.
Y supieron, sin necesidad de decirlo:
Ya no habĂa vuelta atrás.
Estaban marcados para siempre.

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