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139📑La Amiga de Mamá

139📑La Amiga de Mamá


Elisa tenía 44 años. Elegante, segura, con una belleza que no dependía de la edad, sino de la experiencia.
Divorciada, sin hijos, su vida transcurría entre yoga, reuniones con amigas y una libido que últimamente estaba más activa que nunca.

Cuando conoció a Tomás, el hijo de su mejor amiga Laura, sintió algo que hacía tiempo no le pasaba: un cosquilleo debajo del ombligo.

24 años. Alto. Silencioso. Bien formado. Educado. Inaccesible.

—¿Este es tu hijo? —le preguntó a Laura ese día del almuerzo.

—Sí, volvió hace poco del extranjero. Es tranquilo, medio frío, pero buen chico.

Elisa no vio frialdad. Vio misterio. Y eso la excitó más.



Comenzaron los encuentros casuales: una charla, una copa, una visita.
Cada vez que podía, Elisa lo provocaba con pequeñas cosas: una blusa sin corpiño, una caricia más larga al despedirse, un cruce de piernas en el momento exacto.

Y él, serio, siempre firme, siempre educado… pero con los ojos que la recorrían aunque no dijera nada.

Una tarde, lo encontró solo en el patio, leyendo. Se le acercó despacio, se inclinó por detrás para “ver el libro” y dejó que su escote quedara a centímetros de su rostro.

—¿Siempre tan concentrado? —le dijo en voz baja.

Tomás se acomodó en el asiento, incómodo.

—Me gusta leer tranquilo, Elisa.

—También me podés leer a mí si querés… —susurró ella con una sonrisa.

Él se levantó, serio.

—Mirá… sos muy atractiva, pero sos la mejor amiga de mi mamá.
Esto está mal. No quiero cruzar esa línea.

Y se fue.


Esa noche, sola en su cama, Elisa pensó en él.
Se mordiĂł el labio.
Se imaginó montándolo, cabalgándolo con fuerza, sintiendo su cuerpo joven temblando bajo el suyo.

Se encendiĂł tanto que se tomĂł una foto:
Desnuda, en la cama, tapada apenas por una sábana.
Nada vulgar. Solo fuego.

Se la enviĂł.

“Por lo menos decime si no te gustó.”

Silencio.

Minutos después, un mensaje apareció.

“No deberías hacer eso.”

Y luego, otro.

“Pero sí… me gustó.”

Elisa sonriĂł.
SabĂ­a que la llama se habĂ­a encendido.


Desde que recibió aquella foto, Tomás no volvió a estar en paz.

Se la habĂ­a guardado, sin querer borrarla.
Y cada vez que intentaba dormir, aparecĂ­a ella en su mente: Elisa, la mujer prohibida.
La mejor amiga de su madre.
Y, al mismo tiempo, la que lo excitaba como ninguna.

IntentĂł alejarse.
No respondió más sus mensajes.
Pero cada vez que la veía, con esos vestidos que marcaban sus curvas, con ese perfume que le quedaba en la ropa sin tocarlo… su voluntad se deshacía.


Una tarde, Laura saliĂł a hacer compras.
Y como si el universo se burlara de él, Elisa apareció en la casa.

—Ay, ¿otra vez solos? —dijo, con esa sonrisa que parecía un susurro de pecado.

Tomás se quedó en silencio.
TenĂ­a el corazĂłn latiendo como tambor.

—No vine a incomodarte, tranquilo —agregó—. Solo pasaba a dejar esto… —y le mostró un frasco de dulce que trajo “para tu mamá”.

Pero cuando él lo tomó, sus dedos rozaron los de ella.
Y ese roce lo quemĂł.

Elisa no se moviĂł. Lo mirĂł fijo.
No sonrió esta vez. Solo lo miró… abierta, entregada, segura.

—¿Todavía creés que está mal? —preguntó en voz baja.

Tomás tragó saliva.

—Sí… pero me cuesta cada vez más recordarlo.

Y entonces ella se acercĂł.
Despacio. Sin invadir, sin empujar.

Le puso la mano en el pecho, sobre la camiseta.

—Si no querés, me voy ahora mismo.

Él no respondió. Solo la tomó de la cintura y la besó.


El primer beso fue torpe, casi con rabia contenida.
Después, se volvió hambre.

Tomás la llevó contra la pared, y ella lo recibió con el cuerpo arqueado, jadeando.
Le sacĂł la blusa , y encontrĂł esas tetas firmes, turgentes, que tantas veces habĂ­a imaginado.

—Estás temblando —susurró ella.

—Te estuve deseando tanto tiempo…

La levantó con fuerza y la llevó al sofá.
Elisa se desnudó sin pudor, lo ayudó a quitarse la ropa, y guió su pene adentro de su vagina, con un gemido que le vibró en los oídos.

El movimiento fue lento al principio, como una danza esperada.
Después, más salvaje, más profundo.
Elisa lo cabalgaba con los ojos cerrados y el cabello suelto, diciendo su nombre entre suspiros.

Cuando Tomás la puso en cuatro, y la cogia con furia, ella sonrió sin mirar atrás.

—Sabía que ibas a caer… solo necesitabas una excusa.

Y él, jadeando, respondió:

—No… solo necesitaba valor, para romperte la concha.

Y se lo dio todo. Una y otra vez.
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Después, quedaron desnudos, abrazados, con el cuerpo aún caliente.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó él.

Elisa lo besĂł en el pecho.

—Ahora… repetimos.

Elisa quedó encima de él, con el cuerpo aún temblando por el clímax.
Tomás tenía una mano en su cintura, otra acariciando su espalda sudada.
Sus respiraciones se mezclaban, todavĂ­a aceleradas.

—¿Te arrepentís? —susurró ella, con una sonrisa ladeada.

—Solo de no haberlo hecho antes —respondió él, mirándola con deseo encendido.

Ella bajó la mirada… y luego bajó su cuerpo también.

DeslizĂł los labios por su pecho, trazando un camino lento con la lengua, jugando con la punta de los dedos por su abdomen.
Y cuando llegó a su pene, lo miró desde abajo, con esos ojos felinos que decían más que mil palabras.

—Me encanta tu pija, Tomás… —susurró, acariciándolo con la palma caliente—. Es perfecto.

Y sin más, lo tomó con la boca, con suavidad al principio, como si lo redescubriera.
Luego con más hambre.
Lo lamĂ­a, lo succionaba, lo devoraba.
Tomás se mordía los labios, con la cabeza hacia atrás, jadeando, con los dedos hundidos en su cabello.

Cuando estuvo nuevamente duro, ella subió sobre él, lenta, firme, guiándo su pija con la mano entre sus piernas a su concha mojada.

—Ahora es mío otra vez —dijo entre suspiros, hundiéndose despacio.

Y comenzĂł a moverse.

Sus tetas brincaban frente a él, provocándolo.
Tomás se incorporó apenas, las tomó con ambas manos, y las besó, las mordió, las adoró.

Elisa lo cabalgaba con furia dulce, gimiendo en su oído, pidiéndole más, apretándolo con las piernas.

—No pares… no pares, dame pija Tomás…

La sostuvo por las caderas, la invirtiĂł, y comenzĂł a embestirla desde abajo con fuerza.
El sofá crujía. El aire estaba cargado de olor a deseo y piel.

Cuando llegaron al borde juntos, ella se arqueó con un gemido casi animal, y él se derramó dentro de ella, jadeando.


Quedaron en silencio.

Elisa se acurrucĂł contra su pecho.

—Ahora sí… me vas a mirar distinto cada vez que venga a tomar el té con tu madre.

Tomás rió.

—Ahora voy a desear que nunca más te vayas.

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Elisa habĂ­a ido como siempre, con su mejor sonrisa, su vestido entallado, y esa confianza serena que la volvĂ­a irresistible.
Laura la recibió con mate, como todos los sábados, entre risas, anécdotas y un poco de chisme.
Pero en el fondo, Elisa solo esperaba una cosa: Ver a Tomás.

Y justo cuando Laura se levantó a atender un llamado en la cocina…
La puerta se abriĂł.

Tomás entró. No venía solo.

Una chica rubia, joven, de sonrisa amplia y vestido ligero lo acompañaba de la mano.

—Hola, má… vine a buscar eso que te dije. Ah, ella es Camila, mi… novia.

Elisa sintió un pequeño puñal en el pecho.

—Mucho gusto —dijo la chica, amable, estirando la mano.

Elisa la saludĂł con cortesĂ­a, sin mostrar ni un centĂ­metro del fuego que crecĂ­a por dentro.

Tomás la miró. Fugaz.
Casi pidiendo perdĂłn con los ojos.

Pero Elisa no se moviĂł.
Se mantuvo firme, con la guanpa en la mano y una sonrisa impecable.

—No sabía que tenías novia —dijo, fingiendo interés—. Qué bien, Tomás… ¡al fin alguien te atrapa!

Él bajó la mirada.

—No hace falta que me felicites, Elisa.

Ella riĂł por lo bajo. Seca. Elegante. Peligrosa.

—No, claro que no. Ya tendrás otras razones para que te felicite.

Camila no entendiĂł el doble sentido.
Pero Tomás sí.

La tensiĂłn en la habitaciĂłn podĂ­a cortarse con un cuchillo.


Al rato, Laura volviĂł, y todos charlaron como si nada.
Camila hablaba de su carrera, sus viajes, sus planes.
Pero Elisa no la escuchaba.
Miraba a Tomás.
Y él… la evitaba. O al menos, lo intentaba.

Cuando se despidieron, Tomás se acercó a ella.

—No hagas esto más difícil…

—¿Qué hago? Solo vine a tomar mate —respondió ella con una sonrisa venenosa.

—No sigas.

—¿Siguir qué, Tomás? Si vos ya seguiste primero —le susurró, y rozó con disimulo su mano al tomar la suya.

Y antes de irse, con una voz casi imperceptible, le dijo al oĂ­do:

—Cuando te canses de jugar a los novios… mi cuerpo sigue recordando el tuyo.

Y se fue, dejando a Tomás con el corazón latiendo como un tambor, y a Camila acariciándole el brazo, sin saber que estaba tocando a un hombre en conflicto con su deseo.


Pasaron unos dĂ­as.

Tomás no respondió mensajes. No llamó. No apareció.

Elisa tampoco insistió. No necesitaba hacerlo. Sabía que tarde o temprano él iba a caer otra vez.

Y asĂ­ fue.

Un jueves por la tarde, aprovechando que Laura tenía turno médico, Elisa apareció en la casa sin anunciarse.
Golpeó la puerta. Tomás abrió.

El silencio fue inmediato.

—No vine por tu madre —dijo ella, sin rodeos—. Vine por vos.

Él tragó saliva. Su rostro era una mezcla de sorpresa, tensión y ese deseo que seguía vivo detrás de los ojos.

—No deberías venir —dijo él, bajando la mirada—. Camila…

—Camila no está. Y no hablemos de ella —lo cortó—. Hablemos de vos. Y de mí.
Y de esto que todavĂ­a no se te fue del cuerpo.

Dio un paso adelante. Él no se movió.

—Apuesto a que ella no te hace lo que yo te hice esa tarde en el sofá.

Tomás levantó la mirada.

—Basta, Elisa.

—¿Basta? —dijo ella, avanzando aún más—. ¿Querés que te recuerde cómo gemías sobre mi? ¿Cómo te temblaban las piernas cuando te mamé la pija, mirándote a los ojos?

Él apretó la mandíbula.

—No es justo…

—Lo que no es justo, es que te niegues algo que tu cuerpo todavía busca cada noche.
Decime que no te tocaste pensando en mĂ­. DecĂ­melo a la cara y me voy.

Tomás se quedó callado. El aire estaba cargado. Su respiración era agitada. Ella estaba a centímetros, con ese perfume que lo enloquecía, esa mirada que lo desnudaba más que cualquier foto.

Y él, vencido, la besó.

Con rabia. Con hambre. Con fuego.

La empujĂł contra la pared.
Elisa gimiĂł en su boca y se entregĂł como si el tiempo no hubiera pasado.

Las manos de él le subieron el vestido. Ella se lo quitó.
No llevaba nada debajo.

—Sabía que ibas a caer —susurró ella, mientras le bajaba el pantalón—. No podés resistirme.

—No quiero resistirte más —jadeó él.


Y ahĂ­, contra la pared del pasillo, entre ropa tirada y bocas desesperadas, se volvieron a consumir.

Elisa lo montĂł con fuerza, gimiendo con las tetas en su rostro.
Él la tomó por la cintura y le metió la pija en la concha, con ansias, con furia contenida.
Luego, la puso en cuatro sobre el sillĂłn, y ella solo murmurĂł:

—Sí, Tomás… sí… así. Cogeme como te gusta.

Cuando terminaron, quedaron sudados, jadeando, con el cuerpo aĂşn vibrando.

Tomás no dijo nada.
Pero la miró, como si recién entonces entendiera que ese vínculo no se rompía con una simple decisión.

Elisa se acomodĂł el cabello, se puso el vestido y dijo, antes de irse:

—La juventud es linda, Tomás… pero yo sé hacerte hombre.
Vos decidís si querés seguir jugando… o sentir de verdad.

Y se fue, dejando su aroma en la casa… y su fuego bajo su piel.

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Tomás no pudo dormir esa noche.
Camila dormía abrazada a él, tranquila, serena, mientras su mente no hacía más que volver una y otra vez a la misma escena:

El cuerpo de Elisa.
Su perfume.
Esa lengua que lo volvĂ­a loco.
Y la forma en que lo miraba, como si lo conociera desde siempre.

El problema era simple. La querĂ­a. A Camila.
Pero con Elisa ardĂ­a.


La semana pasĂł con esa incomodidad constante.
Cada vez que se cruzaba con su madre, temĂ­a que supiera algo.
Cada vez que Camila lo besaba, pensaba en otra boca.

Hasta que no pudo más.

Le escribiĂł a Elisa.

> “Necesito verte. Pero no para eso. Necesito hablar.”

Ella no tardĂł en responder.

> “Entonces vení. Pero sé sincero.”

La encontrĂł en su casa. No estaba arreglada.
Llevaba una remera suelta, el cabello recogido.

—¿Querés o no querés verme? —preguntó Elisa, directa.

Tomás se sentó frente a ella, nervioso.

—Estoy perdido… No sé qué hacer.
Quiero a Camila. Es buena. Me trata bien. Me cuida.
Pero cuando estoy con vos… me quemo.

Elisa lo escuchaba con los ojos fijos.
Silencio.
Después habló.

—No vine a arruinarte nada, Tomás.
No te pedĂ­ que me des tu vida. Vos viniste a mĂ­. Vos me abriste la puerta.

—Lo sé. Pero ahora no sé cómo cerrar ninguna.

Él se pasó la mano por el cabello, agitado. La miró, con desesperación sincera.

—¿Qué hago con esto, Elisa?

Ella se levantó, fue hacia él y le tomó el rostro entre las manos.

—Lo que sentís conmigo no es amor. Es hambre. Deseo.
Y eso… no se controla. Pero se elige.

Tomás respiraba agitado. Tenía los ojos llenos de culpa y fuego.

—¿Y si no quiero elegir?

Ella sonriĂł.

—Entonces seguí viniendo.
Pero no me pidas que sea inocente, Tomás. Yo soy el fuego al que sabés que vas a volver.

Y lo besĂł.

Él no respondió al principio. Pero luego, la tomó por la cintura, la atrajo hacia él…  
Y volviĂł a caer.

Después del sexo, mientras ella le acariciaba el pecho, él murmuró:

—Me vas a destruir…

Elisa apoyĂł la cabeza sobre su hombro y dijo, casi con ternura:

—No, mi amor… solo te voy a mostrar quién sos cuando nadie te ve.

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Tomás apareció en la puerta con el rostro tenso, el corazón latiendo como tambor.
Elisa abrió con la misma expresión que había usado tantas veces: segura, en control… pero esta vez, sus ojos no pudieron esconder el presentimiento.

—Hola —dijo él.

—Hola, Tomás.

Hubo un silencio corto, pero lleno de todo lo que no podĂ­an decir.

—Me salió un trabajo afuera —dijo él finalmente—. Me voy en una semana.

Ella no respondiĂł.
Solo asintiĂł, mirando el suelo.
Tomás la observó, buscando una grieta en su máscara.

—Vine a despedirme —añadió, acercándose un paso—.
Pero también vine por una última vez. No podía irme sin volver a sentirte.
Sin grabarte en mi piel.

Elisa levantĂł la mirada.
Sus labios no temblaban, pero los ojos, sĂ­.

—Pasá —le dijo.

No hubo palabras. No hacĂ­a falta.

Tomás la desvistió despacio, como si memorizara cada centímetro.
Elisa lo acariciaba con ternura y hambre, como si quisiera retenerlo con las yemas de los dedos.

Se besaron con urgencia y calma a la vez.
Ella se arrodilló, tomó su pija con las manos y lo lamió con devoción, con la lengua húmeda y los ojos fijos en él.

—No te olvides de mí —le susurró con la boca llena de su deseo.

—Nunca podría —jadeó él.

La levantĂł en brazos, la llevĂł a la cama.
Ella montó su pija, lenta, profundo, con los ojos cerrados y la espalda arqueada, mientras él le acariciaba las tetas y la cintura como si fuera la última vez que tocaría algo tan hermoso.

Y lo era. Después la giró, la tomó por detrás, le besó el cuello, la espalda, los hombros, mientras penetraba su concha con pasión y tristeza.

Cuando terminaron, se quedaron desnudos, entrelazados.

—¿Volverás? —preguntó ella, con voz baja.

—No lo sé.
Pero quiero que sepas algo… —Tomás se incorporó, la miró a los ojos—.
Nunca nadie me hizo sentir lo que vos.
Y aunque tenga que seguir, y vivir, y amar otras personas… vos vas a ser la llama que no se apaga.

Elisa se mordiĂł el labio, emocionada.

—Y vos, Tomás… vas a ser mi secreto más delicioso.

Se abrazaron fuerte.
Y después, sin más palabras, él se fue.

Pero cuando ella cerrĂł la puerta, sonriĂł.
Porque aunque se fuera lejos, su cuerpo todavĂ­a la recordaba.

Y en sus sueños, volvería a montarlo una y otra vez.

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