
Elisa tenĂa 44 años. Elegante, segura, con una belleza que no dependĂa de la edad, sino de la experiencia.
Divorciada, sin hijos, su vida transcurrĂa entre yoga, reuniones con amigas y una libido que Ăşltimamente estaba más activa que nunca.
Cuando conociĂł a Tomás, el hijo de su mejor amiga Laura, sintiĂł algo que hacĂa tiempo no le pasaba: un cosquilleo debajo del ombligo.
24 años. Alto. Silencioso. Bien formado. Educado. Inaccesible.
—¿Este es tu hijo? —le preguntĂł a Laura ese dĂa del almuerzo.
—SĂ, volviĂł hace poco del extranjero. Es tranquilo, medio frĂo, pero buen chico.
Elisa no vio frialdad. Vio misterio. Y eso la excitó más.
Comenzaron los encuentros casuales: una charla, una copa, una visita.
Cada vez que podĂa, Elisa lo provocaba con pequeñas cosas: una blusa sin corpiño, una caricia más larga al despedirse, un cruce de piernas en el momento exacto.
Y Ă©l, serio, siempre firme, siempre educado… pero con los ojos que la recorrĂan aunque no dijera nada.
Una tarde, lo encontrĂł solo en el patio, leyendo. Se le acercĂł despacio, se inclinĂł por detrás para “ver el libro” y dejĂł que su escote quedara a centĂmetros de su rostro.
—¿Siempre tan concentrado? —le dijo en voz baja.
Tomás se acomodó en el asiento, incómodo.
—Me gusta leer tranquilo, Elisa.
—También me podés leer a mà si querés… —susurró ella con una sonrisa.
Él se levantó, serio.
—Mirá… sos muy atractiva, pero sos la mejor amiga de mi mamá.
Esto está mal. No quiero cruzar esa lĂnea.
Y se fue.
Esa noche, sola en su cama, Elisa pensó en él.
Se mordiĂł el labio.
Se imaginó montándolo, cabalgándolo con fuerza, sintiendo su cuerpo joven temblando bajo el suyo.
Se encendiĂł tanto que se tomĂł una foto:
Desnuda, en la cama, tapada apenas por una sábana.
Nada vulgar. Solo fuego.
Se la enviĂł.
“Por lo menos decime si no te gustó.”
Silencio.
Minutos después, un mensaje apareció.
“No deberĂas hacer eso.”
Y luego, otro.
“Pero sĂ… me gustĂł.”
Elisa sonriĂł.
SabĂa que la llama se habĂa encendido.
Desde que recibió aquella foto, Tomás no volvió a estar en paz.
Se la habĂa guardado, sin querer borrarla.
Y cada vez que intentaba dormir, aparecĂa ella en su mente: Elisa, la mujer prohibida.
La mejor amiga de su madre.
Y, al mismo tiempo, la que lo excitaba como ninguna.
IntentĂł alejarse.
No respondió más sus mensajes.
Pero cada vez que la veĂa, con esos vestidos que marcaban sus curvas, con ese perfume que le quedaba en la ropa sin tocarlo… su voluntad se deshacĂa.
Una tarde, Laura saliĂł a hacer compras.
Y como si el universo se burlara de él, Elisa apareció en la casa.
—Ay, Âżotra vez solos? —dijo, con esa sonrisa que parecĂa un susurro de pecado.
Tomás se quedó en silencio.
TenĂa el corazĂłn latiendo como tambor.
—No vine a incomodarte, tranquilo —agregó—. Solo pasaba a dejar esto… —y le mostró un frasco de dulce que trajo “para tu mamá”.
Pero cuando él lo tomó, sus dedos rozaron los de ella.
Y ese roce lo quemĂł.
Elisa no se moviĂł. Lo mirĂł fijo.
No sonrió esta vez. Solo lo miró… abierta, entregada, segura.
—¿TodavĂa creĂ©s que está mal? —preguntĂł en voz baja.
Tomás tragó saliva.
—SĂ… pero me cuesta cada vez más recordarlo.
Y entonces ella se acercĂł.
Despacio. Sin invadir, sin empujar.
Le puso la mano en el pecho, sobre la camiseta.
—Si no querés, me voy ahora mismo.
Él no respondió. Solo la tomó de la cintura y la besó.
El primer beso fue torpe, casi con rabia contenida.
Después, se volvió hambre.
Tomás la llevó contra la pared, y ella lo recibió con el cuerpo arqueado, jadeando.
Le sacĂł la blusa , y encontrĂł esas tetas firmes, turgentes, que tantas veces habĂa imaginado.
—Estás temblando —susurró ella.
—Te estuve deseando tanto tiempo…
La levantó con fuerza y la llevó al sofá.
Elisa se desnudĂł sin pudor, lo ayudĂł a quitarse la ropa, y guiĂł su pene adentro de su vagina, con un gemido que le vibrĂł en los oĂdos.
El movimiento fue lento al principio, como una danza esperada.
Después, más salvaje, más profundo.
Elisa lo cabalgaba con los ojos cerrados y el cabello suelto, diciendo su nombre entre suspiros.
Cuando Tomás la puso en cuatro, y la cogia con furia, ella sonrió sin mirar atrás.
—SabĂa que ibas a caer… solo necesitabas una excusa.
Y él, jadeando, respondió:
—No… solo necesitaba valor, para romperte la concha.
Y se lo dio todo. Una y otra vez.

Después, quedaron desnudos, abrazados, con el cuerpo aún caliente.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó él.
Elisa lo besĂł en el pecho.
—Ahora… repetimos.
Elisa quedĂł encima de Ă©l, con el cuerpo aĂşn temblando por el clĂmax.
Tomás tenĂa una mano en su cintura, otra acariciando su espalda sudada.
Sus respiraciones se mezclaban, todavĂa aceleradas.
—¿Te arrepentĂs? —susurrĂł ella, con una sonrisa ladeada.
—Solo de no haberlo hecho antes —respondió él, mirándola con deseo encendido.
Ella bajó la mirada… y luego bajó su cuerpo también.
DeslizĂł los labios por su pecho, trazando un camino lento con la lengua, jugando con la punta de los dedos por su abdomen.
Y cuando llegĂł a su pene, lo mirĂł desde abajo, con esos ojos felinos que decĂan más que mil palabras.
—Me encanta tu pija, Tomás… —susurró, acariciándolo con la palma caliente—. Es perfecto.
Y sin más, lo tomó con la boca, con suavidad al principio, como si lo redescubriera.
Luego con más hambre.
Lo lamĂa, lo succionaba, lo devoraba.
Tomás se mordĂa los labios, con la cabeza hacia atrás, jadeando, con los dedos hundidos en su cabello.
Cuando estuvo nuevamente duro, ella subió sobre él, lenta, firme, guiándo su pija con la mano entre sus piernas a su concha mojada.
—Ahora es mĂo otra vez —dijo entre suspiros, hundiĂ©ndose despacio.
Y comenzĂł a moverse.
Sus tetas brincaban frente a él, provocándolo.
Tomás se incorporó apenas, las tomó con ambas manos, y las besó, las mordió, las adoró.
Elisa lo cabalgaba con furia dulce, gimiendo en su oĂdo, pidiĂ©ndole más, apretándolo con las piernas.
—No pares… no pares, dame pija Tomás…
La sostuvo por las caderas, la invirtiĂł, y comenzĂł a embestirla desde abajo con fuerza.
El sofá crujĂa. El aire estaba cargado de olor a deseo y piel.
Cuando llegaron al borde juntos, ella se arqueó con un gemido casi animal, y él se derramó dentro de ella, jadeando.
Quedaron en silencio.
Elisa se acurrucĂł contra su pecho.
—Ahora sĂ… me vas a mirar distinto cada vez que venga a tomar el tĂ© con tu madre.
Tomás rió.
—Ahora voy a desear que nunca más te vayas.

Elisa habĂa ido como siempre, con su mejor sonrisa, su vestido entallado, y esa confianza serena que la volvĂa irresistible.
Laura la recibió con mate, como todos los sábados, entre risas, anécdotas y un poco de chisme.
Pero en el fondo, Elisa solo esperaba una cosa: Ver a Tomás.
Y justo cuando Laura se levantó a atender un llamado en la cocina…
La puerta se abriĂł.
Tomás entrĂł. No venĂa solo.
Una chica rubia, joven, de sonrisa amplia y vestido ligero lo acompañaba de la mano.
—Hola, má… vine a buscar eso que te dije. Ah, ella es Camila, mi… novia.
Elisa sintió un pequeño puñal en el pecho.
—Mucho gusto —dijo la chica, amable, estirando la mano.
Elisa la saludĂł con cortesĂa, sin mostrar ni un centĂmetro del fuego que crecĂa por dentro.
Tomás la miró. Fugaz.
Casi pidiendo perdĂłn con los ojos.
Pero Elisa no se moviĂł.
Se mantuvo firme, con la guanpa en la mano y una sonrisa impecable.
—No sabĂa que tenĂas novia —dijo, fingiendo interĂ©s—. QuĂ© bien, Tomás… ¡al fin alguien te atrapa!
Él bajó la mirada.
—No hace falta que me felicites, Elisa.
Ella riĂł por lo bajo. Seca. Elegante. Peligrosa.
—No, claro que no. Ya tendrás otras razones para que te felicite.
Camila no entendiĂł el doble sentido.
Pero Tomás sĂ.
La tensiĂłn en la habitaciĂłn podĂa cortarse con un cuchillo.
Al rato, Laura volviĂł, y todos charlaron como si nada.
Camila hablaba de su carrera, sus viajes, sus planes.
Pero Elisa no la escuchaba.
Miraba a Tomás.
Y él… la evitaba. O al menos, lo intentaba.
Cuando se despidieron, Tomás se acercó a ella.
—No hagas esto más difĂcil…
—¿Qué hago? Solo vine a tomar mate —respondió ella con una sonrisa venenosa.
—No sigas.
—¿Siguir qué, Tomás? Si vos ya seguiste primero —le susurró, y rozó con disimulo su mano al tomar la suya.
Y antes de irse, con una voz casi imperceptible, le dijo al oĂdo:
—Cuando te canses de jugar a los novios… mi cuerpo sigue recordando el tuyo.
Y se fue, dejando a Tomás con el corazón latiendo como un tambor, y a Camila acariciándole el brazo, sin saber que estaba tocando a un hombre en conflicto con su deseo.
Pasaron unos dĂas.
Tomás no respondió mensajes. No llamó. No apareció.
Elisa tampoco insistiĂł. No necesitaba hacerlo. SabĂa que tarde o temprano Ă©l iba a caer otra vez.
Y asĂ fue.
Un jueves por la tarde, aprovechando que Laura tenĂa turno mĂ©dico, Elisa apareciĂł en la casa sin anunciarse.
Golpeó la puerta. Tomás abrió.
El silencio fue inmediato.
—No vine por tu madre —dijo ella, sin rodeos—. Vine por vos.
Él tragĂł saliva. Su rostro era una mezcla de sorpresa, tensiĂłn y ese deseo que seguĂa vivo detrás de los ojos.
—No deberĂas venir —dijo Ă©l, bajando la mirada—. Camila…
—Camila no está. Y no hablemos de ella —lo cortó—. Hablemos de vos. Y de mĂ.
Y de esto que todavĂa no se te fue del cuerpo.
Dio un paso adelante. Él no se movió.
—Apuesto a que ella no te hace lo que yo te hice esa tarde en el sofá.
Tomás levantó la mirada.
—Basta, Elisa.
—¿Basta? —dijo ella, avanzando aĂşn más—. ÂżQuerĂ©s que te recuerde cĂłmo gemĂas sobre mi? ÂżCĂłmo te temblaban las piernas cuando te mamĂ© la pija, mirándote a los ojos?
Él apretĂł la mandĂbula.
—No es justo…
—Lo que no es justo, es que te niegues algo que tu cuerpo todavĂa busca cada noche.
Decime que no te tocaste pensando en mĂ. DecĂmelo a la cara y me voy.
Tomás se quedĂł callado. El aire estaba cargado. Su respiraciĂłn era agitada. Ella estaba a centĂmetros, con ese perfume que lo enloquecĂa, esa mirada que lo desnudaba más que cualquier foto.
Y él, vencido, la besó.
Con rabia. Con hambre. Con fuego.
La empujĂł contra la pared.
Elisa gimiĂł en su boca y se entregĂł como si el tiempo no hubiera pasado.
Las manos de él le subieron el vestido. Ella se lo quitó.
No llevaba nada debajo.
—SabĂa que ibas a caer —susurrĂł ella, mientras le bajaba el pantalĂłn—. No podĂ©s resistirme.
—No quiero resistirte más —jadeó él.
Y ahĂ, contra la pared del pasillo, entre ropa tirada y bocas desesperadas, se volvieron a consumir.
Elisa lo montĂł con fuerza, gimiendo con las tetas en su rostro.
Él la tomó por la cintura y le metió la pija en la concha, con ansias, con furia contenida.
Luego, la puso en cuatro sobre el sillĂłn, y ella solo murmurĂł:
—SĂ, Tomás… sĂ… asĂ. Cogeme como te gusta.
Cuando terminaron, quedaron sudados, jadeando, con el cuerpo aĂşn vibrando.
Tomás no dijo nada.
Pero la mirĂł, como si reciĂ©n entonces entendiera que ese vĂnculo no se rompĂa con una simple decisiĂłn.
Elisa se acomodĂł el cabello, se puso el vestido y dijo, antes de irse:
—La juventud es linda, Tomás… pero yo sé hacerte hombre.
Vos decidĂs si querĂ©s seguir jugando… o sentir de verdad.
Y se fue, dejando su aroma en la casa… y su fuego bajo su piel.

Tomás no pudo dormir esa noche.
Camila dormĂa abrazada a Ă©l, tranquila, serena, mientras su mente no hacĂa más que volver una y otra vez a la misma escena:
El cuerpo de Elisa.
Su perfume.
Esa lengua que lo volvĂa loco.
Y la forma en que lo miraba, como si lo conociera desde siempre.
El problema era simple. La querĂa. A Camila.
Pero con Elisa ardĂa.
La semana pasĂł con esa incomodidad constante.
Cada vez que se cruzaba con su madre, temĂa que supiera algo.
Cada vez que Camila lo besaba, pensaba en otra boca.
Hasta que no pudo más.
Le escribiĂł a Elisa.
> “Necesito verte. Pero no para eso. Necesito hablar.”
Ella no tardĂł en responder.
> “Entonces venĂ. Pero sĂ© sincero.”
La encontrĂł en su casa. No estaba arreglada.
Llevaba una remera suelta, el cabello recogido.
—¿Querés o no querés verme? —preguntó Elisa, directa.
Tomás se sentó frente a ella, nervioso.
—Estoy perdido… No sé qué hacer.
Quiero a Camila. Es buena. Me trata bien. Me cuida.
Pero cuando estoy con vos… me quemo.
Elisa lo escuchaba con los ojos fijos.
Silencio.
Después habló.
—No vine a arruinarte nada, Tomás.
No te pedĂ que me des tu vida. Vos viniste a mĂ. Vos me abriste la puerta.
—Lo sé. Pero ahora no sé cómo cerrar ninguna.
Él se pasó la mano por el cabello, agitado. La miró, con desesperación sincera.
—¿Qué hago con esto, Elisa?
Ella se levantó, fue hacia él y le tomó el rostro entre las manos.
—Lo que sentĂs conmigo no es amor. Es hambre. Deseo.
Y eso… no se controla. Pero se elige.
Tomás respiraba agitado. TenĂa los ojos llenos de culpa y fuego.
—¿Y si no quiero elegir?
Ella sonriĂł.
—Entonces seguà viniendo.
Pero no me pidas que sea inocente, Tomás. Yo soy el fuego al que sabés que vas a volver.
Y lo besĂł.
Él no respondiĂł al principio. Pero luego, la tomĂł por la cintura, la atrajo hacia Ă©l… Â
Y volviĂł a caer.
Después del sexo, mientras ella le acariciaba el pecho, él murmuró:
—Me vas a destruir…
Elisa apoyĂł la cabeza sobre su hombro y dijo, casi con ternura:
—No, mi amor… solo te voy a mostrar quién sos cuando nadie te ve.

Tomás apareció en la puerta con el rostro tenso, el corazón latiendo como tambor.
Elisa abriĂł con la misma expresiĂłn que habĂa usado tantas veces: segura, en control… pero esta vez, sus ojos no pudieron esconder el presentimiento.
—Hola —dijo él.
—Hola, Tomás.
Hubo un silencio corto, pero lleno de todo lo que no podĂan decir.
—Me salió un trabajo afuera —dijo él finalmente—. Me voy en una semana.
Ella no respondiĂł.
Solo asintiĂł, mirando el suelo.
Tomás la observó, buscando una grieta en su máscara.
—Vine a despedirme —añadió, acercándose un paso—.
Pero tambiĂ©n vine por una Ăşltima vez. No podĂa irme sin volver a sentirte.
Sin grabarte en mi piel.
Elisa levantĂł la mirada.
Sus labios no temblaban, pero los ojos, sĂ.
—Pasá —le dijo.
No hubo palabras. No hacĂa falta.
Tomás la desvistiĂł despacio, como si memorizara cada centĂmetro.
Elisa lo acariciaba con ternura y hambre, como si quisiera retenerlo con las yemas de los dedos.
Se besaron con urgencia y calma a la vez.
Ella se arrodilló, tomó su pija con las manos y lo lamió con devoción, con la lengua húmeda y los ojos fijos en él.
—No te olvides de mà —le susurró con la boca llena de su deseo.
—Nunca podrĂa —jadeĂł Ă©l.
La levantĂł en brazos, la llevĂł a la cama.
Ella montĂł su pija, lenta, profundo, con los ojos cerrados y la espalda arqueada, mientras Ă©l le acariciaba las tetas y la cintura como si fuera la Ăşltima vez que tocarĂa algo tan hermoso.
Y lo era. Después la giró, la tomó por detrás, le besó el cuello, la espalda, los hombros, mientras penetraba su concha con pasión y tristeza.
Cuando terminaron, se quedaron desnudos, entrelazados.
—¿Volverás? —preguntó ella, con voz baja.
—No lo sé.
Pero quiero que sepas algo… —Tomás se incorporó, la miró a los ojos—.
Nunca nadie me hizo sentir lo que vos.
Y aunque tenga que seguir, y vivir, y amar otras personas… vos vas a ser la llama que no se apaga.
Elisa se mordiĂł el labio, emocionada.
—Y vos, Tomás… vas a ser mi secreto más delicioso.
Se abrazaron fuerte.
Y después, sin más palabras, él se fue.
Pero cuando ella cerrĂł la puerta, sonriĂł.
Porque aunque se fuera lejos, su cuerpo todavĂa la recordaba.
Y en sus sueños, volverĂa a montarlo una y otra vez.

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