Nadie subÃa al bosque rojo después del anochecer.
DecÃan que ahà vivÃa una bruja. Que hacÃa pactos con demonios. Que se alimentaba de los hombres… y no precisamente de su carne.
Lucas no creÃa en cuentos. Asà que fue. Solo. Una apuesta. Un desafÃo.
Lo que encontró fue… otra cosa.
En medio del claro, una cabaña con luces cálidas. Y frente al fuego, descalza, sentada en una piel de lobo, estaba ella.
Alta, morena, de curvas imposibles. Ojos violetas que brillaban como brasas. Un vestido negro abierto hasta el ombligo, donde sus pechos desafiaban la lógica y la gravedad. El aire olÃa a incienso, miel… y sexo.
—¿Perdido, viajero? —susurró con voz de vino tinto.
Lucas no pudo hablar. Ella se acercó, lo rodeó como un felino, le pasó los dedos por el pecho. El calor le subió desde la base de la columna.
—Estás excitado —dijo sonriendo—. Pero aún no sabés lo que yo puedo darte.
Le tocó el pecho. Su piel ardió. Le susurró algo en un idioma extraño. Su ropa se deshizo como humo. Quedó desnudo. Erección firme. Ella sonrió, lo empujó suavemente al suelo… su vestido se desvaneció dejando ver esas tetas grandes con pezones oscuros, se tocó la concha mojada, y lo montó. Introduciendo su pene duro profundamenteÂ
Su cuerpo era fuego. Se movÃa con ritmo antiguo, como una diosa que habÃa cogido reyes y monstruos en una cabalgata infernal, tetas rebotando. Él no duró mucho… eyaculo con una fuerza que lo hizo ver estrellas.
Pero ella no paró.
Lo mantuvo duro. Con magia. Lo exprimió. Por horas. Le ponÃa la concha en la boca, las tetas, le mamaba el pene bestialmente dándole mordiscos suaves, en cuatro el la cogÃa por el culo, . Cada orgasmo lo dejaba más débil… deslechado y más adicto.
—PodrÃa robarte el alma —susurró mientras cabalgaba su pene con su concha, por enésima vez—, pero me gusta más tu leche. Me mantiene joven.
Cuando por fin ella se detuvo, lo besó en los labios y lo succiono suavemente.
—Volverás —le dijo—. Aunque jures que no. Porque yo soy adicción. Y tu… ya sos mÃo.
Lucas salió del bosque al amanecer, tambaleante, con la mente nublada,  el cuerpo agotado y el pene caliente.
Pero esa noche, volvió.
Y volvió cada luna llena. Y cada vez, ella lo hacÃa correrse como si fuera el fin del mundo.
DecÃan que ahà vivÃa una bruja. Que hacÃa pactos con demonios. Que se alimentaba de los hombres… y no precisamente de su carne.
Lucas no creÃa en cuentos. Asà que fue. Solo. Una apuesta. Un desafÃo.
Lo que encontró fue… otra cosa.
En medio del claro, una cabaña con luces cálidas. Y frente al fuego, descalza, sentada en una piel de lobo, estaba ella.
Alta, morena, de curvas imposibles. Ojos violetas que brillaban como brasas. Un vestido negro abierto hasta el ombligo, donde sus pechos desafiaban la lógica y la gravedad. El aire olÃa a incienso, miel… y sexo.
—¿Perdido, viajero? —susurró con voz de vino tinto.
Lucas no pudo hablar. Ella se acercó, lo rodeó como un felino, le pasó los dedos por el pecho. El calor le subió desde la base de la columna.
—Estás excitado —dijo sonriendo—. Pero aún no sabés lo que yo puedo darte.
Le tocó el pecho. Su piel ardió. Le susurró algo en un idioma extraño. Su ropa se deshizo como humo. Quedó desnudo. Erección firme. Ella sonrió, lo empujó suavemente al suelo… su vestido se desvaneció dejando ver esas tetas grandes con pezones oscuros, se tocó la concha mojada, y lo montó. Introduciendo su pene duro profundamenteÂ
Su cuerpo era fuego. Se movÃa con ritmo antiguo, como una diosa que habÃa cogido reyes y monstruos en una cabalgata infernal, tetas rebotando. Él no duró mucho… eyaculo con una fuerza que lo hizo ver estrellas.
Pero ella no paró.
Lo mantuvo duro. Con magia. Lo exprimió. Por horas. Le ponÃa la concha en la boca, las tetas, le mamaba el pene bestialmente dándole mordiscos suaves, en cuatro el la cogÃa por el culo, . Cada orgasmo lo dejaba más débil… deslechado y más adicto.
—PodrÃa robarte el alma —susurró mientras cabalgaba su pene con su concha, por enésima vez—, pero me gusta más tu leche. Me mantiene joven.
Cuando por fin ella se detuvo, lo besó en los labios y lo succiono suavemente.
—Volverás —le dijo—. Aunque jures que no. Porque yo soy adicción. Y tu… ya sos mÃo.
Lucas salió del bosque al amanecer, tambaleante, con la mente nublada,  el cuerpo agotado y el pene caliente.
Pero esa noche, volvió.
Y volvió cada luna llena. Y cada vez, ella lo hacÃa correrse como si fuera el fin del mundo.
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