Te acorralé contra el cabecero, sintiendo cómo tu piel ardía bajo mis palmas mientras te obligaba a recibirme por completo. "Mira cómo te tengo", te solté al oído, con la voz cargada de una lujuria que ya no conocía frenos.
Mis manos se cerraron sobre tus pechos, estrujándolos con fuerza, marcando mis dedos en esa carne blanca mientras mis pulgares no daban tregua a tus pezones.
Bajé una mano para encontrar tu clítoris, frotándolo con una presión salvaje, casi ruda, escuchando cómo tus súplicas se transformaban en gritos roncos cada vez que mi cadera golpeaba contra la tuya, reclamando cada rincón de tu anatomía.













La fricción se volvió una guerra de fluidos y deseo sucio. Me hundía en ti con una saña animal, alternando entre la humedad de tu sexo y la estrechez asfixiante de tu retaguardia, sintiendo cómo tus paredes me succionaban en un espasmo constante.
Estabas empapada, desbordada; el sonido de nuestra carne chocando era lo único que llenaba el aire. De pronto, tu cuerpo se tensó como un arco y un chorro violento de placer, un squirting incontrolable y salvaje, empapó las sábanas y mis muslos mientras colapsabas bajo el peso de una estimulación que te sobrepasaba, vibrando contra mí con una intensidad que me hizo perder el juicio.











Sentí el rugido subiendo por mi garganta cuando mi propia resistencia se quebró. Te sujeté del pelo, obligándote a arquearte mientras me hundía por última vez hasta el fondo, y mi eyaculación estalló con una fuerza violenta, una descarga caliente y espesa que te inundó por completo.
Fue un final crudo, casi sísmico, donde mis fluidos se mezclaron con los tuyos en un rastro viscoso que cubría tu vientre y mis manos. Nos quedamos ahí, jadeando como bestias, con el olor del sexo pegado a la piel y el corazón latiendo en un eco sordo de posesión total.

2 comentarios - Un enorme y venoso revientaculos