Me llamo Hanna. Tengo veintitrés años y, si me vieras en la calle, lo primero que pensarías es "qué chica tan tierna". Tez clara, de esa que se pone roja con nada, ojos cafés grandes y brillantes, cabello negro lacio que me cae hasta media espalda y que casi siempre traigo en una coleta alta porque si no se me pega al cuello con el calor. Cara de niña buena: mejillas suaves, labios no muy gruesos pero con forma de corazón, y una expresión que la gente siempre interpreta como inocencia. Y bueno, sí, tengo cara de niña buena.
Pero mi cuerpo no es de niña buena.

Tengo las tetas grandes, redondas, firmes, que desde el colegio me hicieron sufrir con los uniformes porque siempre se me marcaban los pezones con el frío. Tengo cintura estrecha y caderas anchas, de esas que hacen que los pantalones se me ajusten de una manera que los hombres no pueden dejar de mirar. Y tengo un culo, ay, un culo que es mi orgullo y mi desgracia al mismo tiempo: redondo, parado, que se mueve solo cuando camino y que ha causado más de un choque de carritos en el supermercado. Las piernas las tengo largas y torneadas, y entre ellas, bueno, entre ellas tengo un coño que hasta hace unos meses era más bien tranquilo, más bien inocente, que solo conocía la verga de un solo hombre.
Ese hombre era Diego.
Diego era mi novio desde hacía tres años. Alto, moreno, con cara de galán, buena labia y muy poca responsabilidad. Al principio me enamoró con sus promesas, con sus "mi amor, tú y yo vamos a salir de pobres", con sus planes de un futuro bonito. Y yo, que soy una romántica de mierda, me lo creí todo. Vivíamos juntos en un departamento chico, pagábamos la renta entre los dos, aunque en realidad la pagaba yo casi toda porque Diego siempre andaba corto. Trabajaba de lo que caía —mesero, chofer, vendedor— y en cada chamba duraba unos meses antes de aburrirse o de que lo corrieran. Y en el inter, se metió a las apuestas. Primero fueron apuestas chiquitas, partidos de fútbol con los compas, quinielas. Después se hizo adicto a las máquinas, a los casinos, a esas apps de apuestas que te chupan el alma poquito a poco.
Yo no me di cuenta de la magnitud del problema hasta que empezaron a llegar los cobradores.
Un martes por la noche llegó un tipo grandote con una playera negra y tocó la puerta como si fuera a derribarla. Diego no estaba, y yo abrí en pijama, con el pelo suelto y sin brasier, y el tipo me miró de arriba a abajo antes de decirme: "Señorita, vengo por lo del préstamo". Le dije que qué préstamo, y me sacó un papel donde estaba la firma de Diego y una cantidad que me dejó helada: doscientos mil pesos. Doscientos mil. Cuando Diego llegó esa noche lo encaré y él, con esa carita de perro apaleado que sabe usar tan bien, me confesó todo. Que había pedido prestado para "recuperar" lo que había perdido, que se le había ido la mano, que los intereses crecían como la espuma y que ya debía el doble. Que la única forma de pagar era rápido, porque los del préstamo no eran del banco, eran de esos que te van a buscar a tu casa y te hacen la vida imposible.
Y así fue como llegué a la puerta de la oficina de mi jefe.
Se llamaba Marcus. Un hombre grande, enorme de verdad, de esos que llenan el marco de la puerta cuando entran. Negro, de piel oscura y brillante como el café tostado, con la cabeza rapada, hombros anchísimos y una sonrisa blanca que contrastaba con su cara seria de hombre de negocios. Tenía como cuarenta y tantos, era dueño de una empresa de importaciones donde yo trabajaba como asistente administrativa desde hacía un año, y siempre había sido correcto conmigo, aunque yo sentía sus ojos en la espalda cada vez que me agachaba a recoger algo del piso. Era casado, tenía hijos, y se rumoraba en la oficina que era exigente, seco y que no le gustaba que le fallaran. También se rumoraba otra cosa: que le encantaban las mujeres jóvenes y que tenía "amiguitas" por todos lados.
Yo entré a su oficina ese viernes a las siete de la noche, cuando ya todos se habían ido, con el corazón en la garganta y una carpetita en la mano donde había juntado todos los papeles de la deuda de Diego. Traía puesta mi blusa blanca de botones, ajustada, y una falda de lápiz negra que me llegaba a la rodilla, con unos tacones que me hacían las piernas más largas. Me había arreglado sin darme cuenta de que me estaba arreglando, ¿sabes? Me pinté los labios de un rojo discreto, me solté el pelo, me puse el perfume que me regaló mi mamá. Cosas de mujer que sabe que va a pedir un favor.
Marcus estaba sentado detrás de su escritorio, con la camisa arremangada hasta los codos y los antebrazos gruesos y venosos a la vista. Levantó la vista cuando entré y me sonrió despacio, como si ya supiera por qué estaba ahí.
—Hanna —dijo, y su voz era grave, profunda, con un acento que no era de aquí, un acento que le daba a cada palabra un peso distinto—. Pasa, siéntate.
Me senté en la silla frente a él, crucé las piernas y sentí cómo la falda se me subía un poco en el muslo. Él lo notó, claro que lo notó, y sus ojos cafés casi negros bajaron un segundo antes de volver a mi cara.
—Mi jefe... Marcus... —empecé, y la voz me tembló—. Vengo a pedirle un favor. Un favor grande.
Le conté todo. La deuda de Diego, los cobradores, el miedo de que nos sacaran del departamento, que yo sola no podía juntar esa cantidad ni en sueños con mi sueldo. Le puse los papeles sobre el escritorio y él los revisó con calma, pasando las hojas con esos dedos gruesos, sin apurarse. Cuando terminó, se recargó en el respaldo de su silla, se cruzó de brazos y me miró fijamente. El silencio se me hizo eterno.
—Puedo prestarte el dinero —dijo por fin—. Tengo con qué. Pero Hanna, nada en esta vida es gratis, y menos conmigo.
—Yo le pago con intereses, lo que usted diga, le firmo lo que sea...
Él negó con la cabeza, despacio, y una sonrisa se le dibujó en los labios.
—No quiero tus intereses. Quiero otra cosa.
Y ahí, en ese momento, el aire de la oficina se puso espeso. Yo sentí cómo se me erizaba la piel de los brazos. Traqué saliva.
—¿Qué cosa?
Marcus se levantó. Y cuando un hombre así se levanta, tú lo sientes en todo el cuerpo. Se acercó a mí, se puso a mi lado, apoyó una mano en el respaldo de mi silla y se inclinó hacia mi oído. Olía a madera, a perfume caro y a hombre. Su voz me llegó caliente en el cuello.
—Quiero usarte, Hanna. Cuando yo quiera, como yo quiera.
Yo me quedé en blanco un segundo. "Usarme". La palabra me dio un vuelco en el estómago, un vuelco que no era solo de nervios, era también de otra cosa, de algo que me empezó a latir más abajo.
—¿Usarme cómo? —pregunté, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
—Como mi mujer cuando me dé la gana —dijo, y me puso la mano en el hombro, un peso grande y cálido—. Tú vienes, me dejas hacerte lo que yo quiera, y a cambio yo pago tu deuda. Toda. Y si eres buena conmigo, hasta te sobra.
Yo pensé en Diego. Pensé en dos segundos y medio, honestamente. Porque en el fondo yo ya sabía que Diego, con lo distraído que era, no se iba a dar cuenta de nada mientras él tuviera su techo y su comida. Y porque el cuerpo me estaba pidiendo a gritos que dijera sí.
—Sí —dije—. Sí, Marcus.
Él sonrió otra vez, esa sonrisa blanca y lenta, y me acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Bien. Muy bien, nena.
Y así, esa misma noche, en su oficina, empezó todo.
Me pidió que me parara. Me puse de pie frente a él, temblando un poquito, y él me recorrió con la mirada de arriba abajo sin ningún apuro, como quien revisa mercancía y se deleita con lo que encuentra. Después me tomó de la cintura con las dos manos, me atrajo hacia él y me besó. Fue un beso distinto a todos los que había dado antes. Diego besaba bonito, tierno, con labios suaves. Marcus besaba como si me estuviera reclamando, me abrió la boca con la lengua y me la metió profunda, y yo sentí el sabor a café y a menta, y sentí su aliento, y sentí cómo todo mi cuerpo se derretía contra el suyo. Me sostuvo la nuca con una mano grande, me pegó a su pecho y yo sentí, ahí abajo, contra mi vientre, algo que me dejó sin aire.
Porque Marcus tenía una verga enorme. Enorme de verdad, de esas que se sienten a través de la tela, que abultan y que te hacen pensar "y eso cómo va a entrar en mí". Yo llevaba tres años cogiendo con Diego, que estaba bien, normal, correcto, pero Diego no era esto. Diego era un vaso de agua. Marcus era un río.
Él me bajó las manos por la espalda, me apretó las nalgas por encima de la falda y soltó un gruñido bajito.
—Mmm —murmuró contra mi boca—. Sabía que tenías un culo así. Te lo miraba todos los días, Hanna. Todos los días desde que entraste a trabajar aquí.
—Y yo sentía que me miraba —confesé, y me dio vergüenza decirlo, pero lo dije.
—Claro que te miraba. ¿Cómo no te voy a mirar? —me dio una nalgada suave, y el sonido seco retumbó en la oficina vacía—. Pero ya no es de lejos, nena. Ahora eres mía.

Me desabrochó la blusa botón por botón, sin prisa, y con cada botón que abría me besaba el cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho. Cuando la blusa cayó al piso yo quedé con mi brasier negro de encaje, y él se detuvo un momento para mirarme.
—Quítatelo.
Me lo quité, y mis tetas se soltaron y le quedaron ahí, al aire, con los pezones ya duros, parados, rosados, temblando de frío y de ganas. Marcus bajó la cabeza y me chupó un pezón, fuerte, con toda la boca, y yo solté un gemido que me salió del centro del pecho. Me chupó y me mordió suavecito, me pasó la lengua en círculos, me apretó la otra teta con la mano mientras me mamaba, y yo ya estaba empapada, ya sentía el calzón húmedo, ya me estaba apretando las piernas una contra otra para aguantar.
—Dios, Marcus... —jadeé, y le agarré la cabeza rapada con las dos manos.
Él me bajó la falda y me la hizo a un lado, y me dejó ahí, parada frente a él, con solo el calzón negro puesto, mis tetas al aire y las piernas temblorosas. Me hizo dar la vuelta, para que le mostrara el culo, y me dio otra nalgada, esta vez más fuerte, y luego se arrodilló detrás de mí y me mordió una nalga. Me separó las nalgas con las manos y me pasó la lengua por el calzón, justo donde ya estaba húmedo, y yo solté un grito bajito porque nadie me había hecho eso nunca, nunca, ni Diego ni nadie.
—Estás empapada, nena —dijo, y me bajó el calzón por las piernas hasta que se me cayó a los tobillos—. Mira nomás.
Y me tocó. Me pasó los dedos por la raja, despacio, de arriba a abajo, y yo ya estaba tan mojada que sonaba, sonaba de verdad, y él se rió bajito de gusto. Me metió un dedo, luego dos, y sus dedos eran gruesos, gruesos como su mano entera, y yo los sentí abrirme y me agarré del escritorio para no caerme.
—Por favor... —dije, sin saber muy bien qué le estaba pidiendo.
—Por favor qué, nena. Dime.
—Por favor, Marcus... ya... ya quiero.
Él me dio la vuelta, me levantó en brazos como si yo no pesara —y eso que no soy flaquita, tengo carnes, tengo nalgas y tengo tetas, pero él me levantó como si nada— y me sentó en el borde del escritorio. Me abrió las piernas con las rodillas, se puso de pie entre ellas, y ahí fue cuando se desabrochó el pantalón.
Y cuando lo sacó, yo abrí los ojos grandes.
Era negra, gruesa, larga, pesada. Le colgaba hacia adelante, con la punta gruesa y brillante, y el glande era del tamaño de un albaricoque, y a lo largo del tronco se le marcaban las venas. Diego la tenía tal vez de quince centímetros. Marcus la tenía de veintitrés, veinticuatro, y del grosor de mi muñeca. Yo la miré y sentí una mezcla de miedo y de hambre que me subió por el pecho.
—¿Te asusta? —preguntó él, y se pasó la mano por el tronco, despacio, mostrándomela.
—Un poquito —confesé.
—No te va a asustar mucho rato.
Se acercó, me puso la punta contra mi entrada y me la restregó por toda la raja, arriba y abajo, mojándola con mis propios jugos, y yo sentí ese calor, ese bulto grande tocándome donde más lo necesitaba, y ya no podía pensar. Me agarró las caderas con las dos manos, me sostuvo firme y empezó a empujar.
Y ay, Dios, cómo se sintió.
Entró despacio, con cuidado, pero aun así me abrió de una manera que yo no conocía. Sentí cómo mi coño se estiraba alrededor de esa verga gruesa, cómo se acomodaba, cómo me llenaba hasta el fondo, y cuando ya la tenía toda adentro —toda, hasta los huevos, que me quedaron pegados al culo—, los dos nos quedamos quietos un segundo, respirando. Él me miraba a los ojos con una intensidad que me daba cosquillas en la nuca.
—Ahí está —dijo, ronco—. Toda metida. ¿Ves que sí cabías?
—Sí —respondí, casi sin voz—. Sí, cabía.
Y entonces empezó a moverse.
Al principio despacio, saliendo casi toda y volviendo a entrar, largo y profundo, con un ritmo que me hacía sentir cada centímetro, cada vena, cada roce de su glande contra ese punto adentro que me hacía ver luces. Yo me agarré de sus hombros y él me agarró del culo con las dos manos, me apretó las nalgas y me atrajo hacia él en cada embestida, para que lo sintiera más adentro. La oficina se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando, ese aplauso húmedo de la piel contra la piel, y de mis gemidos, que no podía callar, que se me escapaban del pecho cada vez que él me embestía.

—Así, nena, así —me decía él, cada vez más rápido—. Aguanta, que esto apenas empieza.
Y no mentía. Porque me cogió así, sobre el escritorio, un buen rato largo, hasta que las piernas me temblaban y yo ya estaba a punto, ya estaba en la orilla, apretándolo por dentro con todo mi coño, y entonces él cambió el ritmo, se puso más duro, más rápido, y me metió la mano entre las piernas y me frotó el clítoris con el pulgar mientras me embestía, y yo me vine. Me vine como nunca me había venido, con un orgasmo que me sacudió entera, que me hizo cerrar los ojos y apretar los dientes y temblar de la cabeza a los pies, y él siguió cogiendo, siguió embistiendo, alargándome el placer hasta que yo ya no aguantaba y le pedía que parara y él no paraba, y así, conmigo todavía temblando, me sacó, me dio la vuelta y me puso de espaldas sobre el escritorio.

—Ahora aguántame tú a mí —dijo, y me volvió a meter.
Esta vez fue distinto. Esta vez fue más profundo, más animal, me agarró del pelo —de la coleta, que ya se me había medio deshecho— y me tiró la cabeza hacia atrás, y me cogió mirándome a los ojos, y yo sentí cómo su verga me tocaba el fondo, el fondo de verdad, ese lugar que yo no sabía que tenía. Me mordió el cuello, me apretó las tetas, me dijo cosas al oído en ese acento grave suyo, "qué rico te sientes, nena", "qué apretadita estás", "así me gusta, que grites", y yo gritaba, gritaba sin vergüenza en esa oficina vacía, gritaba su nombre, le pedía más, le pedía todo.

Cuando él ya estaba cerca, se puso todavía más duro, más grueso, y me embistió tres, cuatro veces más, hasta el fondo, y se quedó hundido, temblando, y yo sentí cómo me llenaba. Sentí ese calor, ese chorro grueso y cálido vaciándose adentro de mí, y él soltó un gemido grave, profundo, que le salió del pecho, y se quedó encima de mí unos segundos, respirando fuerte, con la frente pegada a la mía.

—Bienvenida a mi vida, Hanna —dijo por fin, y me dio un beso suave, casi tierno, que contrastaba con todo lo que acababa de hacerme.
Yo me quedé ahí, sobre el escritorio, con sus fluidos escurriéndome por el muslo, con el corazón a mil, y pensé: "en qué me metí". Y en el fondo, bien en el fondo, supe que no me arrepentía ni un poquito.
Esa noche llegué a mi casa a las once, con el pelo revuelto y el cuerpo adolorido y una sonrisa que no me podía quitar de la cara. Diego estaba dormido frente al televisor. Me metí a la ducha, y mientras el agua me caía encima, me pasé los dedos por donde Marcus me había tenido, y todavía estaba sensible, todavía me latía. Y me masturbé ahí, bajo el agua, pensando en él, en su verga enorme, en cómo me había llenado, y me vine otra vez, con la mano tapándome la boca para no despertar a Diego.
Y desde esa noche, todo cambió.
Los primeros días fueron de arreglar lo de la deuda. Marcus cumplió, vaya que cumplió. Un lunes me citó en su oficina, me dio un sobre con el primer pago y me dijo que se encargaría de todo con los cobradores, que él sabía tratar a esa gente. Y así fue, porque a la semana ya no había cobradores tocando la puerta, y Diego, el muy feliz, creyó que había sido suerte, que se había "acomodado" todo solo. Nunca le conté la verdad. Nunca le dije que su novia se estaba cogiendo a su jefe para pagar sus deudas. Y mientras menos se lo contaba, más me gustaba el secreto, más me gustaba tener esa parte de mi vida que era solo mía.
Porque Marcus me empezó a usar de verdad. No era una cosa de una sola vez. Era algo permanente, casi diario. A veces me llamaba a su oficina en horas de trabajo, me mandaba un mensaje con una sola palabra —"ven"— y yo tenía que inventar una excusa, dejar un archivo a medias y presentarme en su despacho con el corazón acelerado. Y ahí, con la puerta con llave, me cogía rápido, contra la pared, sobre el escritorio, de rodillas en la alfombra. Y yo volvía a mi escritorio con el calzón en la bolsa, con las piernas temblorosas, y mis compañeras me preguntaban si estaba bien y yo decía "sí, sí, todo bien", cuando en realidad acababa de tener la verga más grande de mi vida dentro de la boca.
Porque también me enseñó a chupársela.
La primera vez que me la puso en la boca pensé que no iba a poder. Era demasiado gruesa para mis labios, me abría la quijada, me llegaba hasta la garganta y me hacía lagrimear. Marcus se sentó en su silla, me puso de rodillas entre sus piernas y me tomó de la coleta, y me guio la cabeza con la mano, despacio, enseñándome el ritmo. Al principio yo tosía, me atragantaba, me salivaba todo, pero él era paciente, me decía "tranquila, nena, usa la lengua", me decía "así, muy bien", y me acariciaba la cabeza mientras yo se la mamaba. Poco a poco le fui agarrando el modo, y empecé a disfrutarlo, a disfrutar de tenerla en la boca, de sentirla latir contra mi lengua, de oler ese olor suyo, tan distinto al de Diego, tan de hombre, tan fuerte. Y cuando él se venía, me agarraba la nuca y me hundía la cabeza hasta el fondo, y yo me tragaba todo, todo, y él soltaba ese gemido grave suyo que me encantaba, y después me acariciaba la mejilla y me decía "buena chica", y esas dos palabras me hacían temblar más que cualquier cosa.

Me volví adicta a él, honestamente. Adicta a su verga, a su olor, a la forma en que me trataba. A Diego lo seguía queriendo, claro, era mi novio, dormíamos juntos, cogíamos de vez en cuando, pero coger con Diego se me volvió como comer pan: rico, necesario, pero sin chiste. Y Marcus era el postre, era el banquete, era la cosa que me hacía temblar de anticipación cada mañana cuando me vestía para ir al trabajo y me ponía, siempre, el calzón más bonito que tenía, por si acaso. Por si me llamaba. Por si le daba por revisarme debajo de la falda en algún pasillo. Porque le gustaba hacerlo, le gustaba meterme la mano por debajo de la falda cuando yo pasaba a dejarle un café, le gustaba tocarme por encima del calzón y decir "mhh, qué mojada estás, nena", y yo me moría de la vergüenza y de las ganas al mismo tiempo, con la puerta entreabierta y la gente pasando por el pasillo.


A las dos semanas me invitó a su departamento. Un sábado. Me dijo que le dijera a Diego que iba a ver a una amiga, y así lo hice, y Diego me creyó sin chistar, porque Diego creía todo lo que yo le decía, el pobre. Llegué a su edificio, un piso alto con vista a la ciudad, y Marcus me abrió la puerta en bata, recién bañado, con el pecho ancho brillando y unas gotas de agua todavía en los hombros. Me recibió con un beso largo y me llevó de la mano a la recámara, y ahí, en una cama grande y limpia, me tuvo toda la tarde.
Porque Marcus, entre tantas cosas, tenía una obsesión con mi culo. Le encantaba, desde el primer día, me lo apretaba cada vez que podía, me decía "tienes el mejor culo que he visto en mi vida, nena, no sabes el daño que me haces con esta cosa". Y esa tarde, después de cogerme un buen rato por delante, después de hacerme venir dos veces con la lengua y con los dedos, me puso boca abajo sobre la cama, me levantó las caderas con una almohada debajo, me separó las nalgas con las manos y me pasó la lengua por el ojito.
Yo nunca había hecho eso. Nunca. Diego y yo lo habíamos intentado una vez y me dolió tanto que no lo volvimos a hacer. Pero con Marcus fue distinto, porque Marcus tenía paciencia, y porque Marcus sabía. Me lamió ahí, me mojó, me relajó, me fue metiendo primero la punta de un dedo, luego el dedo entero, con aceite que sacó de una botellita, y me fue abriendo despacio, poquito a poquito, hablándome bajito, "tranquila, nena, respira", "te va a gustar, ya verás", y cuando ya me tenía abierta y relajada y loca, se puso el condón, se untó más aceite, me puso la punta de esa verga enorme contra mi ojito y empezó a empujar.

Dios. Dios, cómo se sintió. Al principio fue una presión grande, un ardor, una sensación de que me partía, y yo apreté las sábanas con las dos manos y gruñí, y él se quedó quieto, con la punta apenas dentro, esperando, y me acarició la espalda y me dijo "respira, mi amor, respira", y yo respiré, y él empujó un poquito más, y más, y más, hasta que la punta pasó, hasta que el anillo se me abrió y él entró entero de un solo movimiento suave, y yo sentí ese llenado tan distinto, tan profundo, tan raro y tan rico a la vez, y me corrí sin que me tocara nada. Me vine solo con eso, con la sensación de tenerlo entero en el culo, y él se rió bajito, sorprendido, y me dijo "¿ves? te dije".

Y después me cogió el culo como me había cogido el coño, despacio primero y después fuerte, agarrándome de las caderas, embistiendo contra mis nalgas con ese aplauso seco que retumbaba en la recámara, y yo ya estaba perdida, ya no pensaba, solo sentía, solo gemía, solo le pedía más, y él me metía la mano por debajo para frotarme el clítoris y me cogía el culo y el coño al mismo tiempo, y así, conmigo gimiendo como una loca, se vino adentro otra vez, y yo sentí ese calor profundo y me corrí por tercera vez, y las dos nos quedamos tirados en la cama, sudados, sin habla, riéndonos como dos tontos.

—¿Ves que sí te gustaba? —me dijo, pasándome el brazo por encima y atrayéndome a su pecho.
—Me gustó demasiado —contesté, con la cara escondida en su cuello.
—Pues ya tienes tres huecos que me gustan —dijo, y me dio un beso en la frente—. Y pienso usarlos todos, Hanna. Todos, muchas veces.
Y vaya que los usó. Esa tarde me quedé hasta las nueve de la noche. Me bañó con él, me enjabonó él mismo, me lavó entre las piernas con esas manos grandes y me dejó limpia y tierna, me dio de cenar, me prestó una camiseta suya que me quedaba enorme y me llegaba hasta los muslos, y yo andaba por su departamento con esa camiseta y nada debajo, sintiéndome más suya que de nadie. Antes de que me fuera, me cogió una última vez, de pie, contra la puerta, con las dos manos en mi culo, y yo con las piernas alrededor de su cintura, y cuando terminó me dejó bajar despacio, me besó, me abrió la puerta y me dijo:
—El lunes te veo en la oficina. Y el lunes, cuando te llame, vienes y te arrodillas, ¿ok?
—Ok —le dije, y bajé las escaleras del edificio con las piernas de gelatina y una sonrisa de idiota en la cara.
Llegué a mi casa y Diego estaba viendo el partido. Me preguntó qué tal con "mi amiga", y yo le dije que bien, que nos habíamos quedado platicando hasta tarde, y me metí a la cama con él. Y cuando Diego se durmió, yo me quedé despierta mirando el techo, repasando todo, repasando su verga, sus manos, su boca, el olor de su cuello, y me metí la mano en el calzón y me toqué pensando en él, y me vine en silencio, a lado de mi novio, por cuarta vez en un día.
Y así fueron pasando las semanas.
Marcus me pagó la deuda completa en un mes y medio. Pero yo ya no quería que se acabara, y él tampoco. Me dijo que la deuda se había terminado pero que él seguía teniéndome "de planta", y yo me reí y le dije que sí, que de planta y de lo que él quisiera. Ya ni siquiera era por el dinero, o no del todo. Era porque él me había despertado algo, me había mostrado un lado de mí que yo no conocía, y una vez que lo probé ya no podía volver atrás. Con Diego era la Hanna de antes, la Hanna tranquila, la que cogía con luz apagada y con la cobija encima. Con Marcus era otra Hanna, una Hanna que gemía fuerte, que pedía más, que se arrodillaba sin que se lo pidieran, que se dejaba hacer cosas que jamás se habría imaginado.
Y lo mejor de todo, lo más morboso, lo que más me excitaba de toda la situación, era el secreto. Tenía a mi novio en casa, que me besaba al despedirse, que me preguntaba cómo me había ido en el trabajo, que me decía "te ves cansada, amor, ¿todo bien?", y yo le sonreía y le decía que sí, que todo bien, cuando hacía apenas unas horas me había tenido el jefe contra su escritorio con la verga hasta el fondo. Me sentía una puta, en el mejor sentido de la palabra. Me sentía viva. Me sentía dueña de algo que era solo mío, un placer secreto que Diego no conocía, que ni se imaginaba, y eso me ponía muchísimo.
Hubo un día, un viernes, que se me quedó grabado. Marcus me llevó a un hotel, uno bonito, de esos con espejos en el techo y jacuzzi. Me pidió que me pusiera un vestido corto, de esos que apenas me cubren el culo, y unos tacones altos, y que me soltara el pelo. Y cuando llegué a la habitación, él ya estaba ahí, con una botella de vino, y me recibió como si fuera una novia de verdad, me abrió la puerta, me tomó de la cintura, me besó como si me quisiera. Cenamos, brindamos, platicamos de cosas que nunca hablábamos en la oficina, de su vida, de sus hijos, de por qué estaba casado con una mujer a la que ya casi no tocaba, y yo le conté de Diego, de sus deudas, de su flojera, y él se rió y me dijo:

—Ese hombre no sabe la joya que tiene en casa. Y menos se imagina lo que haces cuando sales a "ver a tus amigas".
—No se imagina nada —le dije, y los dos nos reímos, y después él me llevó al jacuzzi.

En el jacuzzi me quitó el vestido mojado, que se me pegaba al cuerpo, y me lo quitó despacio, disfrutando, y me dejó desnuda en el agua caliente, y él se desnudó también y se metió conmigo, y ahí, flotando en el agua, me sentó sobre su verga y me cogió despacio, con las burbujas subiéndome por la espalda y el vapor empañando los espejos, y yo me movía sobre él, arriba y abajo, con las manos en sus hombros, y él me miraba desde abajo, con las manos en mi culo, sosteniéndome, ayudándome a subir y bajar, y me decía cosas, cosas sucias, bonitas, "qué linda te ves encima de mí", "muévete así, nena, así", y yo me movía, me movía hasta que los dos nos vinimos en el agua tibia, y después nos acostamos en la cama, empapados, y lo hicimos otra vez, ya sin agua, sobre las sábanas blancas, hasta que los dos nos quedamos dormidos abrazados.
A la mañana siguiente, el sábado, me desperté con él besándome la espalda. Me despertó con la boca, bajando por mi columna, por mis nalgas, y me cogió otra vez, de mañanita, medio dormidos los dos, despacio, tierno, casi. Y yo pensé, con la cara hundida en la almohada y él encima de mí, moviéndose lento, que ojalá esto nunca se acabara.
Y todavía no se ha acabado.
Han pasado unos meses ya. La deuda de Diego quedó atrás, y Diego sigue sin saber nada, sigue creyendo que fue suerte, sigue apostando poquito, sigue durmiendo a mi lado. Y yo sigo yendo a trabajar cada mañana con el calzón bonito, sigo esperando el mensaje de Marcus que dice "ven", sigo arrodillándome en su oficina, sigo dejándome usar como él quiere, cuando él quiere. A veces me llama a media tarde y me dice que suba a su despacho, y a veces me manda mensajes los fines de semana y le digo a Diego que voy a ver a mi mamá, o a una amiga, y me voy corriendo a que me coja. Ya hasta tengo una bolsa con ropa y cosas de baño escondida en el clóset de su departamento. Ya hasta me llama "mi nena" todo el tiempo, y yo le digo "mi jefe" en la oficina y "Marcus" en la cama, y a veces, cuando estoy muy metida en el placer, se me escapa un "mi amor" que él finge no oír pero que le gusta.
Y lo más morboso, lo que me tiene más enganchada, es que ya no sé qué voy a hacer cuando esto se termine, si es que se termina algún día. Porque Diego es mi novio, es mi casa, es mi vida ordenada. Pero Marcus es la verga más grande que he conocido, es el hombre que me abrió el culo y me enseñó a chupar, es el que me hace sentir mujer de verdad, hembra, puta, todo al mismo tiempo. Y yo, la niña buena de cara inocente, la de los ojos cafés y el pelo negro lacio, la que todos creen tranquila y recatada, me estoy cogiendo a mi jefe negro, grandote, varias veces por semana, y me encanta, y no pienso parar.
Porque una cosa es lo que la gente ve, mi carita de niña buena, mi blusa blanca, mi coleta. Y otra cosa es lo que pasa cuando Marcus me abre la puerta de su oficina y le pongo la mano en el pecho y él me cierra la puerta con llave, y yo ya sé lo que viene, ya sé que me va a usar, y me dejo, y me gusta, y me mojo, y gimo, y me arrodillo, y él me levanta de la cintura y me pone contra la pared, y me embiste con esa verga suya que me llena hasta el fondo, y yo me agarro de sus hombros y cierro los ojos y pienso, mientras él me coge, que ojalá nadie se entere nunca de la clase de puta que soy cuando nadie mira.
Y bueno, ya lo dije todo. Esa soy yo. Hanna. La de cara de niña buena y cuerpo de mujer, la que tiene un novio que no sabe nada y un jefe que lo sabe todo, la que empezó esto por una deuda y se quedó por el placer, la que cada mañana se pone la tanga mas pequeña por si acaso, por si él me llama, por si hoy también me toca. Y me toca casi todos los días, gracias a Dios.
Pero mi cuerpo no es de niña buena.

Tengo las tetas grandes, redondas, firmes, que desde el colegio me hicieron sufrir con los uniformes porque siempre se me marcaban los pezones con el frío. Tengo cintura estrecha y caderas anchas, de esas que hacen que los pantalones se me ajusten de una manera que los hombres no pueden dejar de mirar. Y tengo un culo, ay, un culo que es mi orgullo y mi desgracia al mismo tiempo: redondo, parado, que se mueve solo cuando camino y que ha causado más de un choque de carritos en el supermercado. Las piernas las tengo largas y torneadas, y entre ellas, bueno, entre ellas tengo un coño que hasta hace unos meses era más bien tranquilo, más bien inocente, que solo conocía la verga de un solo hombre.
Ese hombre era Diego.
Diego era mi novio desde hacía tres años. Alto, moreno, con cara de galán, buena labia y muy poca responsabilidad. Al principio me enamoró con sus promesas, con sus "mi amor, tú y yo vamos a salir de pobres", con sus planes de un futuro bonito. Y yo, que soy una romántica de mierda, me lo creí todo. Vivíamos juntos en un departamento chico, pagábamos la renta entre los dos, aunque en realidad la pagaba yo casi toda porque Diego siempre andaba corto. Trabajaba de lo que caía —mesero, chofer, vendedor— y en cada chamba duraba unos meses antes de aburrirse o de que lo corrieran. Y en el inter, se metió a las apuestas. Primero fueron apuestas chiquitas, partidos de fútbol con los compas, quinielas. Después se hizo adicto a las máquinas, a los casinos, a esas apps de apuestas que te chupan el alma poquito a poco.
Yo no me di cuenta de la magnitud del problema hasta que empezaron a llegar los cobradores.
Un martes por la noche llegó un tipo grandote con una playera negra y tocó la puerta como si fuera a derribarla. Diego no estaba, y yo abrí en pijama, con el pelo suelto y sin brasier, y el tipo me miró de arriba a abajo antes de decirme: "Señorita, vengo por lo del préstamo". Le dije que qué préstamo, y me sacó un papel donde estaba la firma de Diego y una cantidad que me dejó helada: doscientos mil pesos. Doscientos mil. Cuando Diego llegó esa noche lo encaré y él, con esa carita de perro apaleado que sabe usar tan bien, me confesó todo. Que había pedido prestado para "recuperar" lo que había perdido, que se le había ido la mano, que los intereses crecían como la espuma y que ya debía el doble. Que la única forma de pagar era rápido, porque los del préstamo no eran del banco, eran de esos que te van a buscar a tu casa y te hacen la vida imposible.
Y así fue como llegué a la puerta de la oficina de mi jefe.
Se llamaba Marcus. Un hombre grande, enorme de verdad, de esos que llenan el marco de la puerta cuando entran. Negro, de piel oscura y brillante como el café tostado, con la cabeza rapada, hombros anchísimos y una sonrisa blanca que contrastaba con su cara seria de hombre de negocios. Tenía como cuarenta y tantos, era dueño de una empresa de importaciones donde yo trabajaba como asistente administrativa desde hacía un año, y siempre había sido correcto conmigo, aunque yo sentía sus ojos en la espalda cada vez que me agachaba a recoger algo del piso. Era casado, tenía hijos, y se rumoraba en la oficina que era exigente, seco y que no le gustaba que le fallaran. También se rumoraba otra cosa: que le encantaban las mujeres jóvenes y que tenía "amiguitas" por todos lados.
Yo entré a su oficina ese viernes a las siete de la noche, cuando ya todos se habían ido, con el corazón en la garganta y una carpetita en la mano donde había juntado todos los papeles de la deuda de Diego. Traía puesta mi blusa blanca de botones, ajustada, y una falda de lápiz negra que me llegaba a la rodilla, con unos tacones que me hacían las piernas más largas. Me había arreglado sin darme cuenta de que me estaba arreglando, ¿sabes? Me pinté los labios de un rojo discreto, me solté el pelo, me puse el perfume que me regaló mi mamá. Cosas de mujer que sabe que va a pedir un favor.
Marcus estaba sentado detrás de su escritorio, con la camisa arremangada hasta los codos y los antebrazos gruesos y venosos a la vista. Levantó la vista cuando entré y me sonrió despacio, como si ya supiera por qué estaba ahí.
—Hanna —dijo, y su voz era grave, profunda, con un acento que no era de aquí, un acento que le daba a cada palabra un peso distinto—. Pasa, siéntate.
Me senté en la silla frente a él, crucé las piernas y sentí cómo la falda se me subía un poco en el muslo. Él lo notó, claro que lo notó, y sus ojos cafés casi negros bajaron un segundo antes de volver a mi cara.
—Mi jefe... Marcus... —empecé, y la voz me tembló—. Vengo a pedirle un favor. Un favor grande.
Le conté todo. La deuda de Diego, los cobradores, el miedo de que nos sacaran del departamento, que yo sola no podía juntar esa cantidad ni en sueños con mi sueldo. Le puse los papeles sobre el escritorio y él los revisó con calma, pasando las hojas con esos dedos gruesos, sin apurarse. Cuando terminó, se recargó en el respaldo de su silla, se cruzó de brazos y me miró fijamente. El silencio se me hizo eterno.
—Puedo prestarte el dinero —dijo por fin—. Tengo con qué. Pero Hanna, nada en esta vida es gratis, y menos conmigo.
—Yo le pago con intereses, lo que usted diga, le firmo lo que sea...
Él negó con la cabeza, despacio, y una sonrisa se le dibujó en los labios.
—No quiero tus intereses. Quiero otra cosa.
Y ahí, en ese momento, el aire de la oficina se puso espeso. Yo sentí cómo se me erizaba la piel de los brazos. Traqué saliva.
—¿Qué cosa?
Marcus se levantó. Y cuando un hombre así se levanta, tú lo sientes en todo el cuerpo. Se acercó a mí, se puso a mi lado, apoyó una mano en el respaldo de mi silla y se inclinó hacia mi oído. Olía a madera, a perfume caro y a hombre. Su voz me llegó caliente en el cuello.
—Quiero usarte, Hanna. Cuando yo quiera, como yo quiera.
Yo me quedé en blanco un segundo. "Usarme". La palabra me dio un vuelco en el estómago, un vuelco que no era solo de nervios, era también de otra cosa, de algo que me empezó a latir más abajo.
—¿Usarme cómo? —pregunté, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
—Como mi mujer cuando me dé la gana —dijo, y me puso la mano en el hombro, un peso grande y cálido—. Tú vienes, me dejas hacerte lo que yo quiera, y a cambio yo pago tu deuda. Toda. Y si eres buena conmigo, hasta te sobra.
Yo pensé en Diego. Pensé en dos segundos y medio, honestamente. Porque en el fondo yo ya sabía que Diego, con lo distraído que era, no se iba a dar cuenta de nada mientras él tuviera su techo y su comida. Y porque el cuerpo me estaba pidiendo a gritos que dijera sí.
—Sí —dije—. Sí, Marcus.
Él sonrió otra vez, esa sonrisa blanca y lenta, y me acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Bien. Muy bien, nena.
Y así, esa misma noche, en su oficina, empezó todo.
Me pidió que me parara. Me puse de pie frente a él, temblando un poquito, y él me recorrió con la mirada de arriba abajo sin ningún apuro, como quien revisa mercancía y se deleita con lo que encuentra. Después me tomó de la cintura con las dos manos, me atrajo hacia él y me besó. Fue un beso distinto a todos los que había dado antes. Diego besaba bonito, tierno, con labios suaves. Marcus besaba como si me estuviera reclamando, me abrió la boca con la lengua y me la metió profunda, y yo sentí el sabor a café y a menta, y sentí su aliento, y sentí cómo todo mi cuerpo se derretía contra el suyo. Me sostuvo la nuca con una mano grande, me pegó a su pecho y yo sentí, ahí abajo, contra mi vientre, algo que me dejó sin aire.
Porque Marcus tenía una verga enorme. Enorme de verdad, de esas que se sienten a través de la tela, que abultan y que te hacen pensar "y eso cómo va a entrar en mí". Yo llevaba tres años cogiendo con Diego, que estaba bien, normal, correcto, pero Diego no era esto. Diego era un vaso de agua. Marcus era un río.
Él me bajó las manos por la espalda, me apretó las nalgas por encima de la falda y soltó un gruñido bajito.
—Mmm —murmuró contra mi boca—. Sabía que tenías un culo así. Te lo miraba todos los días, Hanna. Todos los días desde que entraste a trabajar aquí.
—Y yo sentía que me miraba —confesé, y me dio vergüenza decirlo, pero lo dije.
—Claro que te miraba. ¿Cómo no te voy a mirar? —me dio una nalgada suave, y el sonido seco retumbó en la oficina vacía—. Pero ya no es de lejos, nena. Ahora eres mía.

Me desabrochó la blusa botón por botón, sin prisa, y con cada botón que abría me besaba el cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho. Cuando la blusa cayó al piso yo quedé con mi brasier negro de encaje, y él se detuvo un momento para mirarme.
—Quítatelo.
Me lo quité, y mis tetas se soltaron y le quedaron ahí, al aire, con los pezones ya duros, parados, rosados, temblando de frío y de ganas. Marcus bajó la cabeza y me chupó un pezón, fuerte, con toda la boca, y yo solté un gemido que me salió del centro del pecho. Me chupó y me mordió suavecito, me pasó la lengua en círculos, me apretó la otra teta con la mano mientras me mamaba, y yo ya estaba empapada, ya sentía el calzón húmedo, ya me estaba apretando las piernas una contra otra para aguantar.
—Dios, Marcus... —jadeé, y le agarré la cabeza rapada con las dos manos.
Él me bajó la falda y me la hizo a un lado, y me dejó ahí, parada frente a él, con solo el calzón negro puesto, mis tetas al aire y las piernas temblorosas. Me hizo dar la vuelta, para que le mostrara el culo, y me dio otra nalgada, esta vez más fuerte, y luego se arrodilló detrás de mí y me mordió una nalga. Me separó las nalgas con las manos y me pasó la lengua por el calzón, justo donde ya estaba húmedo, y yo solté un grito bajito porque nadie me había hecho eso nunca, nunca, ni Diego ni nadie.
—Estás empapada, nena —dijo, y me bajó el calzón por las piernas hasta que se me cayó a los tobillos—. Mira nomás.
Y me tocó. Me pasó los dedos por la raja, despacio, de arriba a abajo, y yo ya estaba tan mojada que sonaba, sonaba de verdad, y él se rió bajito de gusto. Me metió un dedo, luego dos, y sus dedos eran gruesos, gruesos como su mano entera, y yo los sentí abrirme y me agarré del escritorio para no caerme.
—Por favor... —dije, sin saber muy bien qué le estaba pidiendo.
—Por favor qué, nena. Dime.
—Por favor, Marcus... ya... ya quiero.
Él me dio la vuelta, me levantó en brazos como si yo no pesara —y eso que no soy flaquita, tengo carnes, tengo nalgas y tengo tetas, pero él me levantó como si nada— y me sentó en el borde del escritorio. Me abrió las piernas con las rodillas, se puso de pie entre ellas, y ahí fue cuando se desabrochó el pantalón.
Y cuando lo sacó, yo abrí los ojos grandes.
Era negra, gruesa, larga, pesada. Le colgaba hacia adelante, con la punta gruesa y brillante, y el glande era del tamaño de un albaricoque, y a lo largo del tronco se le marcaban las venas. Diego la tenía tal vez de quince centímetros. Marcus la tenía de veintitrés, veinticuatro, y del grosor de mi muñeca. Yo la miré y sentí una mezcla de miedo y de hambre que me subió por el pecho.
—¿Te asusta? —preguntó él, y se pasó la mano por el tronco, despacio, mostrándomela.
—Un poquito —confesé.
—No te va a asustar mucho rato.
Se acercó, me puso la punta contra mi entrada y me la restregó por toda la raja, arriba y abajo, mojándola con mis propios jugos, y yo sentí ese calor, ese bulto grande tocándome donde más lo necesitaba, y ya no podía pensar. Me agarró las caderas con las dos manos, me sostuvo firme y empezó a empujar.
Y ay, Dios, cómo se sintió.
Entró despacio, con cuidado, pero aun así me abrió de una manera que yo no conocía. Sentí cómo mi coño se estiraba alrededor de esa verga gruesa, cómo se acomodaba, cómo me llenaba hasta el fondo, y cuando ya la tenía toda adentro —toda, hasta los huevos, que me quedaron pegados al culo—, los dos nos quedamos quietos un segundo, respirando. Él me miraba a los ojos con una intensidad que me daba cosquillas en la nuca.
—Ahí está —dijo, ronco—. Toda metida. ¿Ves que sí cabías?
—Sí —respondí, casi sin voz—. Sí, cabía.
Y entonces empezó a moverse.
Al principio despacio, saliendo casi toda y volviendo a entrar, largo y profundo, con un ritmo que me hacía sentir cada centímetro, cada vena, cada roce de su glande contra ese punto adentro que me hacía ver luces. Yo me agarré de sus hombros y él me agarró del culo con las dos manos, me apretó las nalgas y me atrajo hacia él en cada embestida, para que lo sintiera más adentro. La oficina se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando, ese aplauso húmedo de la piel contra la piel, y de mis gemidos, que no podía callar, que se me escapaban del pecho cada vez que él me embestía.

—Así, nena, así —me decía él, cada vez más rápido—. Aguanta, que esto apenas empieza.
Y no mentía. Porque me cogió así, sobre el escritorio, un buen rato largo, hasta que las piernas me temblaban y yo ya estaba a punto, ya estaba en la orilla, apretándolo por dentro con todo mi coño, y entonces él cambió el ritmo, se puso más duro, más rápido, y me metió la mano entre las piernas y me frotó el clítoris con el pulgar mientras me embestía, y yo me vine. Me vine como nunca me había venido, con un orgasmo que me sacudió entera, que me hizo cerrar los ojos y apretar los dientes y temblar de la cabeza a los pies, y él siguió cogiendo, siguió embistiendo, alargándome el placer hasta que yo ya no aguantaba y le pedía que parara y él no paraba, y así, conmigo todavía temblando, me sacó, me dio la vuelta y me puso de espaldas sobre el escritorio.

—Ahora aguántame tú a mí —dijo, y me volvió a meter.
Esta vez fue distinto. Esta vez fue más profundo, más animal, me agarró del pelo —de la coleta, que ya se me había medio deshecho— y me tiró la cabeza hacia atrás, y me cogió mirándome a los ojos, y yo sentí cómo su verga me tocaba el fondo, el fondo de verdad, ese lugar que yo no sabía que tenía. Me mordió el cuello, me apretó las tetas, me dijo cosas al oído en ese acento grave suyo, "qué rico te sientes, nena", "qué apretadita estás", "así me gusta, que grites", y yo gritaba, gritaba sin vergüenza en esa oficina vacía, gritaba su nombre, le pedía más, le pedía todo.

Cuando él ya estaba cerca, se puso todavía más duro, más grueso, y me embistió tres, cuatro veces más, hasta el fondo, y se quedó hundido, temblando, y yo sentí cómo me llenaba. Sentí ese calor, ese chorro grueso y cálido vaciándose adentro de mí, y él soltó un gemido grave, profundo, que le salió del pecho, y se quedó encima de mí unos segundos, respirando fuerte, con la frente pegada a la mía.

—Bienvenida a mi vida, Hanna —dijo por fin, y me dio un beso suave, casi tierno, que contrastaba con todo lo que acababa de hacerme.
Yo me quedé ahí, sobre el escritorio, con sus fluidos escurriéndome por el muslo, con el corazón a mil, y pensé: "en qué me metí". Y en el fondo, bien en el fondo, supe que no me arrepentía ni un poquito.
Esa noche llegué a mi casa a las once, con el pelo revuelto y el cuerpo adolorido y una sonrisa que no me podía quitar de la cara. Diego estaba dormido frente al televisor. Me metí a la ducha, y mientras el agua me caía encima, me pasé los dedos por donde Marcus me había tenido, y todavía estaba sensible, todavía me latía. Y me masturbé ahí, bajo el agua, pensando en él, en su verga enorme, en cómo me había llenado, y me vine otra vez, con la mano tapándome la boca para no despertar a Diego.
Y desde esa noche, todo cambió.
Los primeros días fueron de arreglar lo de la deuda. Marcus cumplió, vaya que cumplió. Un lunes me citó en su oficina, me dio un sobre con el primer pago y me dijo que se encargaría de todo con los cobradores, que él sabía tratar a esa gente. Y así fue, porque a la semana ya no había cobradores tocando la puerta, y Diego, el muy feliz, creyó que había sido suerte, que se había "acomodado" todo solo. Nunca le conté la verdad. Nunca le dije que su novia se estaba cogiendo a su jefe para pagar sus deudas. Y mientras menos se lo contaba, más me gustaba el secreto, más me gustaba tener esa parte de mi vida que era solo mía.
Porque Marcus me empezó a usar de verdad. No era una cosa de una sola vez. Era algo permanente, casi diario. A veces me llamaba a su oficina en horas de trabajo, me mandaba un mensaje con una sola palabra —"ven"— y yo tenía que inventar una excusa, dejar un archivo a medias y presentarme en su despacho con el corazón acelerado. Y ahí, con la puerta con llave, me cogía rápido, contra la pared, sobre el escritorio, de rodillas en la alfombra. Y yo volvía a mi escritorio con el calzón en la bolsa, con las piernas temblorosas, y mis compañeras me preguntaban si estaba bien y yo decía "sí, sí, todo bien", cuando en realidad acababa de tener la verga más grande de mi vida dentro de la boca.
Porque también me enseñó a chupársela.
La primera vez que me la puso en la boca pensé que no iba a poder. Era demasiado gruesa para mis labios, me abría la quijada, me llegaba hasta la garganta y me hacía lagrimear. Marcus se sentó en su silla, me puso de rodillas entre sus piernas y me tomó de la coleta, y me guio la cabeza con la mano, despacio, enseñándome el ritmo. Al principio yo tosía, me atragantaba, me salivaba todo, pero él era paciente, me decía "tranquila, nena, usa la lengua", me decía "así, muy bien", y me acariciaba la cabeza mientras yo se la mamaba. Poco a poco le fui agarrando el modo, y empecé a disfrutarlo, a disfrutar de tenerla en la boca, de sentirla latir contra mi lengua, de oler ese olor suyo, tan distinto al de Diego, tan de hombre, tan fuerte. Y cuando él se venía, me agarraba la nuca y me hundía la cabeza hasta el fondo, y yo me tragaba todo, todo, y él soltaba ese gemido grave suyo que me encantaba, y después me acariciaba la mejilla y me decía "buena chica", y esas dos palabras me hacían temblar más que cualquier cosa.

Me volví adicta a él, honestamente. Adicta a su verga, a su olor, a la forma en que me trataba. A Diego lo seguía queriendo, claro, era mi novio, dormíamos juntos, cogíamos de vez en cuando, pero coger con Diego se me volvió como comer pan: rico, necesario, pero sin chiste. Y Marcus era el postre, era el banquete, era la cosa que me hacía temblar de anticipación cada mañana cuando me vestía para ir al trabajo y me ponía, siempre, el calzón más bonito que tenía, por si acaso. Por si me llamaba. Por si le daba por revisarme debajo de la falda en algún pasillo. Porque le gustaba hacerlo, le gustaba meterme la mano por debajo de la falda cuando yo pasaba a dejarle un café, le gustaba tocarme por encima del calzón y decir "mhh, qué mojada estás, nena", y yo me moría de la vergüenza y de las ganas al mismo tiempo, con la puerta entreabierta y la gente pasando por el pasillo.


A las dos semanas me invitó a su departamento. Un sábado. Me dijo que le dijera a Diego que iba a ver a una amiga, y así lo hice, y Diego me creyó sin chistar, porque Diego creía todo lo que yo le decía, el pobre. Llegué a su edificio, un piso alto con vista a la ciudad, y Marcus me abrió la puerta en bata, recién bañado, con el pecho ancho brillando y unas gotas de agua todavía en los hombros. Me recibió con un beso largo y me llevó de la mano a la recámara, y ahí, en una cama grande y limpia, me tuvo toda la tarde.
Porque Marcus, entre tantas cosas, tenía una obsesión con mi culo. Le encantaba, desde el primer día, me lo apretaba cada vez que podía, me decía "tienes el mejor culo que he visto en mi vida, nena, no sabes el daño que me haces con esta cosa". Y esa tarde, después de cogerme un buen rato por delante, después de hacerme venir dos veces con la lengua y con los dedos, me puso boca abajo sobre la cama, me levantó las caderas con una almohada debajo, me separó las nalgas con las manos y me pasó la lengua por el ojito.
Yo nunca había hecho eso. Nunca. Diego y yo lo habíamos intentado una vez y me dolió tanto que no lo volvimos a hacer. Pero con Marcus fue distinto, porque Marcus tenía paciencia, y porque Marcus sabía. Me lamió ahí, me mojó, me relajó, me fue metiendo primero la punta de un dedo, luego el dedo entero, con aceite que sacó de una botellita, y me fue abriendo despacio, poquito a poquito, hablándome bajito, "tranquila, nena, respira", "te va a gustar, ya verás", y cuando ya me tenía abierta y relajada y loca, se puso el condón, se untó más aceite, me puso la punta de esa verga enorme contra mi ojito y empezó a empujar.

Dios. Dios, cómo se sintió. Al principio fue una presión grande, un ardor, una sensación de que me partía, y yo apreté las sábanas con las dos manos y gruñí, y él se quedó quieto, con la punta apenas dentro, esperando, y me acarició la espalda y me dijo "respira, mi amor, respira", y yo respiré, y él empujó un poquito más, y más, y más, hasta que la punta pasó, hasta que el anillo se me abrió y él entró entero de un solo movimiento suave, y yo sentí ese llenado tan distinto, tan profundo, tan raro y tan rico a la vez, y me corrí sin que me tocara nada. Me vine solo con eso, con la sensación de tenerlo entero en el culo, y él se rió bajito, sorprendido, y me dijo "¿ves? te dije".

Y después me cogió el culo como me había cogido el coño, despacio primero y después fuerte, agarrándome de las caderas, embistiendo contra mis nalgas con ese aplauso seco que retumbaba en la recámara, y yo ya estaba perdida, ya no pensaba, solo sentía, solo gemía, solo le pedía más, y él me metía la mano por debajo para frotarme el clítoris y me cogía el culo y el coño al mismo tiempo, y así, conmigo gimiendo como una loca, se vino adentro otra vez, y yo sentí ese calor profundo y me corrí por tercera vez, y las dos nos quedamos tirados en la cama, sudados, sin habla, riéndonos como dos tontos.

—¿Ves que sí te gustaba? —me dijo, pasándome el brazo por encima y atrayéndome a su pecho.
—Me gustó demasiado —contesté, con la cara escondida en su cuello.
—Pues ya tienes tres huecos que me gustan —dijo, y me dio un beso en la frente—. Y pienso usarlos todos, Hanna. Todos, muchas veces.
Y vaya que los usó. Esa tarde me quedé hasta las nueve de la noche. Me bañó con él, me enjabonó él mismo, me lavó entre las piernas con esas manos grandes y me dejó limpia y tierna, me dio de cenar, me prestó una camiseta suya que me quedaba enorme y me llegaba hasta los muslos, y yo andaba por su departamento con esa camiseta y nada debajo, sintiéndome más suya que de nadie. Antes de que me fuera, me cogió una última vez, de pie, contra la puerta, con las dos manos en mi culo, y yo con las piernas alrededor de su cintura, y cuando terminó me dejó bajar despacio, me besó, me abrió la puerta y me dijo:
—El lunes te veo en la oficina. Y el lunes, cuando te llame, vienes y te arrodillas, ¿ok?
—Ok —le dije, y bajé las escaleras del edificio con las piernas de gelatina y una sonrisa de idiota en la cara.
Llegué a mi casa y Diego estaba viendo el partido. Me preguntó qué tal con "mi amiga", y yo le dije que bien, que nos habíamos quedado platicando hasta tarde, y me metí a la cama con él. Y cuando Diego se durmió, yo me quedé despierta mirando el techo, repasando todo, repasando su verga, sus manos, su boca, el olor de su cuello, y me metí la mano en el calzón y me toqué pensando en él, y me vine en silencio, a lado de mi novio, por cuarta vez en un día.
Y así fueron pasando las semanas.
Marcus me pagó la deuda completa en un mes y medio. Pero yo ya no quería que se acabara, y él tampoco. Me dijo que la deuda se había terminado pero que él seguía teniéndome "de planta", y yo me reí y le dije que sí, que de planta y de lo que él quisiera. Ya ni siquiera era por el dinero, o no del todo. Era porque él me había despertado algo, me había mostrado un lado de mí que yo no conocía, y una vez que lo probé ya no podía volver atrás. Con Diego era la Hanna de antes, la Hanna tranquila, la que cogía con luz apagada y con la cobija encima. Con Marcus era otra Hanna, una Hanna que gemía fuerte, que pedía más, que se arrodillaba sin que se lo pidieran, que se dejaba hacer cosas que jamás se habría imaginado.
Y lo mejor de todo, lo más morboso, lo que más me excitaba de toda la situación, era el secreto. Tenía a mi novio en casa, que me besaba al despedirse, que me preguntaba cómo me había ido en el trabajo, que me decía "te ves cansada, amor, ¿todo bien?", y yo le sonreía y le decía que sí, que todo bien, cuando hacía apenas unas horas me había tenido el jefe contra su escritorio con la verga hasta el fondo. Me sentía una puta, en el mejor sentido de la palabra. Me sentía viva. Me sentía dueña de algo que era solo mío, un placer secreto que Diego no conocía, que ni se imaginaba, y eso me ponía muchísimo.
Hubo un día, un viernes, que se me quedó grabado. Marcus me llevó a un hotel, uno bonito, de esos con espejos en el techo y jacuzzi. Me pidió que me pusiera un vestido corto, de esos que apenas me cubren el culo, y unos tacones altos, y que me soltara el pelo. Y cuando llegué a la habitación, él ya estaba ahí, con una botella de vino, y me recibió como si fuera una novia de verdad, me abrió la puerta, me tomó de la cintura, me besó como si me quisiera. Cenamos, brindamos, platicamos de cosas que nunca hablábamos en la oficina, de su vida, de sus hijos, de por qué estaba casado con una mujer a la que ya casi no tocaba, y yo le conté de Diego, de sus deudas, de su flojera, y él se rió y me dijo:

—Ese hombre no sabe la joya que tiene en casa. Y menos se imagina lo que haces cuando sales a "ver a tus amigas".
—No se imagina nada —le dije, y los dos nos reímos, y después él me llevó al jacuzzi.

En el jacuzzi me quitó el vestido mojado, que se me pegaba al cuerpo, y me lo quitó despacio, disfrutando, y me dejó desnuda en el agua caliente, y él se desnudó también y se metió conmigo, y ahí, flotando en el agua, me sentó sobre su verga y me cogió despacio, con las burbujas subiéndome por la espalda y el vapor empañando los espejos, y yo me movía sobre él, arriba y abajo, con las manos en sus hombros, y él me miraba desde abajo, con las manos en mi culo, sosteniéndome, ayudándome a subir y bajar, y me decía cosas, cosas sucias, bonitas, "qué linda te ves encima de mí", "muévete así, nena, así", y yo me movía, me movía hasta que los dos nos vinimos en el agua tibia, y después nos acostamos en la cama, empapados, y lo hicimos otra vez, ya sin agua, sobre las sábanas blancas, hasta que los dos nos quedamos dormidos abrazados.
A la mañana siguiente, el sábado, me desperté con él besándome la espalda. Me despertó con la boca, bajando por mi columna, por mis nalgas, y me cogió otra vez, de mañanita, medio dormidos los dos, despacio, tierno, casi. Y yo pensé, con la cara hundida en la almohada y él encima de mí, moviéndose lento, que ojalá esto nunca se acabara.
Y todavía no se ha acabado.
Han pasado unos meses ya. La deuda de Diego quedó atrás, y Diego sigue sin saber nada, sigue creyendo que fue suerte, sigue apostando poquito, sigue durmiendo a mi lado. Y yo sigo yendo a trabajar cada mañana con el calzón bonito, sigo esperando el mensaje de Marcus que dice "ven", sigo arrodillándome en su oficina, sigo dejándome usar como él quiere, cuando él quiere. A veces me llama a media tarde y me dice que suba a su despacho, y a veces me manda mensajes los fines de semana y le digo a Diego que voy a ver a mi mamá, o a una amiga, y me voy corriendo a que me coja. Ya hasta tengo una bolsa con ropa y cosas de baño escondida en el clóset de su departamento. Ya hasta me llama "mi nena" todo el tiempo, y yo le digo "mi jefe" en la oficina y "Marcus" en la cama, y a veces, cuando estoy muy metida en el placer, se me escapa un "mi amor" que él finge no oír pero que le gusta.
Y lo más morboso, lo que me tiene más enganchada, es que ya no sé qué voy a hacer cuando esto se termine, si es que se termina algún día. Porque Diego es mi novio, es mi casa, es mi vida ordenada. Pero Marcus es la verga más grande que he conocido, es el hombre que me abrió el culo y me enseñó a chupar, es el que me hace sentir mujer de verdad, hembra, puta, todo al mismo tiempo. Y yo, la niña buena de cara inocente, la de los ojos cafés y el pelo negro lacio, la que todos creen tranquila y recatada, me estoy cogiendo a mi jefe negro, grandote, varias veces por semana, y me encanta, y no pienso parar.
Porque una cosa es lo que la gente ve, mi carita de niña buena, mi blusa blanca, mi coleta. Y otra cosa es lo que pasa cuando Marcus me abre la puerta de su oficina y le pongo la mano en el pecho y él me cierra la puerta con llave, y yo ya sé lo que viene, ya sé que me va a usar, y me dejo, y me gusta, y me mojo, y gimo, y me arrodillo, y él me levanta de la cintura y me pone contra la pared, y me embiste con esa verga suya que me llena hasta el fondo, y yo me agarro de sus hombros y cierro los ojos y pienso, mientras él me coge, que ojalá nadie se entere nunca de la clase de puta que soy cuando nadie mira.
Y bueno, ya lo dije todo. Esa soy yo. Hanna. La de cara de niña buena y cuerpo de mujer, la que tiene un novio que no sabe nada y un jefe que lo sabe todo, la que empezó esto por una deuda y se quedó por el placer, la que cada mañana se pone la tanga mas pequeña por si acaso, por si él me llama, por si hoy también me toca. Y me toca casi todos los días, gracias a Dios.
0 comentarios - Pidiendo ayuda a mi jefe