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con mi ami en la habitacion

La habitación estaba sumida en una penumbra dorada, el aire pesado con el olor a perfume caro y sudor anticipado. Estaban solas. La puerta cerrada era el único límite con el mundo exterior; dentro, solo existían ellas: Elena, la madre, y Sofía, su hija.


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Elena se sentó en el borde de la cama grande, sus tacones blancos aún en los pies, mirando a su hija. Sofía estaba recostada en el sofá, el vestido azul verdoso de satén brillando bajo la luz tenue. Se miraron. No era la mirada de desconocidos buscando algo casual; era la mirada de quien conoce la forma exacta de la otra piel, la historia de cada cicatriz, cada curva heredada.

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—Ayúdame —dijo Elena, con voz baja, invitando a Sofía a romper la tensión.
Sofía se levantó. El satén crujió suavemente mientras se acercaba. Sin palabras, comenzó a desabrocharle los tacones a su madre. Sus dedos, jóvenes y ágiles, rozaron los tobillos de Elena. Al quitárselos, Elena se puso de pie y dejó caer el vestido rojo. Cayó al suelo como una mancha de sangre seca.
Elena quedó desnuda ante su hija. Y para Sofía, ver a su madre así fue un choque eléctrico. Conocía ese cuerpo desde dentro, desde ser parte de él, pero verlo ahora fuera, expuesto, era diferente. Los senos de Elena eran más grandes, más pesados, maduros por la vida, por la experiencia. La cintura marcada por el cinturón imaginario, las caderas anchas diseñadas para dar luz... todo eso era su herencia.

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Sofía extendió una mano y trazó el camino que ella misma había recorrido en el útero de su madre. Sus dedos bajaron por el esternón de Elena, sintiendo la piel suave, casi aterciopelada. Llegó a los pechos. Los tomó con ambas manos, probando su peso, su firmeza. Elena jadeó, no de sorpresa, sino de reconocimiento. Era su propio placer reflejado en la carne de su hija.
—Son tuyos también —susurró Elena, pasando una mano por el cabello de Sofía, despeinándola ligeramente.

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Sofía se dio la vuelta lentamente, ofreciéndole a su madre la vista de su espalda joven, tersa, sin marcas del tiempo. El vestido azul se deslizó hasta sus tobillos cuando ella se lo quitó con un tirón juguetón. Quedó desnuda, perfecta, húmeda ya de la anticipación.

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Elena avanzó hacia ella. La diferencia de edad se notaba en la textura: la piel de Sofía era más lisa, menos marcada, pero la curva de sus nalgas, la forma de sus caderas, era un espejo exacto de las de Elena.

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—Tengo tu postura —murmuró Sofía, arqueando la espalda como Elena había hecho minutos antes.
—Y mis labios —respondió Elena, besando el hombro de su hija, mordiendo suavemente la piel sensible.
Se fundieron en la cama. No fue una conquista, fue un retorno. Elena se tumbó boca arriba, abriendo las piernas, invitando a Sofía a entrar en su espacio. Sofía se colocó entre sus muslos, sintiendo el calor húmedo de su madre irradiando hacia ella.

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Las manos de Elena recorrieron la espalda de Sofía, contando vértebras, sintiendo la juventud vibrante bajo sus palmas. Luego bajaron a sus nalgas, apretándolas con posesión maternal y erótica a la vez. Sofía gimió, hundiendo el rostro en el cuello de su madre, respirando su perfume, el mismo que había inhalado durante años.

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Frotaron sus cuerpos desnudos, piel contra piel, sin fricción de telas. Sentían cómo sus clítorides se buscaban, cómo la humedad las unía. Cada roce era una confirmación: somos iguales. Las manos de Sofía subieron por el torso de Elena, tocando sus senos con la misma familiaridad con la que los había tocado de niña, pero ahora con intención sexual, con hambre adulta.
—Siente cómo me respondes —dijo Elena, agarrando las caderas de Sofía con fuerza, marcando la piel con sus uñas.
Sofía se incorporó, balanceando las caderas, encontrando el ritmo perfecto. El sonido de sus cuerpos chocando era íntimo, húmedo. Miraron fijamente a los ojos mientras se movían, viendo en el rostro de la otra su propia imagen distorsionada por el placer.

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No había vergüenza. Solo la verdad cruda de la sangre y el deseo. Cuando el clímax llegó, fue una explosión compartida, un gemido doble que resonó en la habitación vacía. Cayeron juntas, exhaustas, entrelazadas, con las manos aún agarrándose mutuamente, sintiendo cómo los corazones latían al unísono, madres e hijas, unidas por la carne y la memoria.


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