Llevo veinte años mirándola de reojo, o al menos eso me parece. Veinticinco años para Juli, veintiuno para Cata, y cincuenta y uno para mí, que sigo corriendo cinco kilómetros cada mañana y manteniendo el cuerpo duro como una roca, gracias a Dios y a la disciplina. No soy un viejo arrugado; soy un hombre en su prime, y cuando las veo entrar por la puerta del chalet de la costa, con esa luz dorada del atardecer pegándoseles a la piel, siento ese latido fuerte en el pecho, el mismo de cuando tenía treinta.
Juli se quitó los zapatos junto a la entrada y se quedó quieta un segundo, estirando la espalda. Llevaba un vestido blanco muy corto, de tela ligera, que se le subía justo lo suficiente para dejar ver esas piernas largas, tonificadas, definidas por meses de gimnasio y vida activa. Su cintura, esos 60 centímetros de puro músculo y gracia, se marcaba perfectamente bajo la tela. Se giró hacia mí y sonrió, con esa boca carnosa ligeramente entreabierta, esa confianza natural que tiene desde que era una niña, pero que ahora, a los 25, tiene un peso distinto. Un peso eléctrico.
—Abuelo —dijo, y su voz sonó más profunda, más mujer—. Mira qué calor hace aquí dentro.
Me levanté del sofá, donde había estado leyendo, y me acerqué a ella. No fui un abuelo tímido. Me gusta ser directo. La saludé con un beso en la mejilla, pero mi mano se detuvo un instante en su nuca, sintiendo la calidez de su cuello, el cabello rubio con balayage que le caía en ondas suaves sobre los hombros. Sus ojos verdes me clavaron la mirada, directos, brillantes, sin miedo. Sabía que me veía. Sabía que la veía yo.
—Haces mucho calor, Juli —murmuré, sin soltarla del todo, dejando que mi palma recorriera brevemente la curva de su hombro definido—. Y tienes un vestido... demasiado fino para este clima.
Cata, que estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, observaba la escena con una sonrisa pícara. Tenía el físico diferente, más curvilíneo, más voluptuoso, pero también atlético. Sus caderas, esas 94 centímetros de pura sensualidad, se destacaban bajo su falda corta. Ella sabía el juego mejor que nadie.

—Déjala ir a cambiarse, viejo —dijo Cata, mordiéndose el labio inferior mientras me miraba de arriba abajo, evaluándome a mí también—. O vas a tener un infarto antes de que termine la cena.
Juli se soltó de mí y dio un paso atrás, pero no antes de que sus caderas, esos 96 centímetros firmes y redondeados, describieran un movimiento natural al caminar. Se dirigió a la habitación de huéspedes, dejándome allí, con el corazón acelerado no por la edad, sino por la anticipación.
Fui al bar y servime dos whiskys. El hielo crujió en el vaso. Escuché cómo Juli cerraba la puerta de la habitación. No tardaría en volver. Y cuando lo hiciera, ya no sería solo la nieta bonita. Sería la mujer que llevo deseando en silencio durante años, esa modelo de Instagram con el cuerpo esculpido y la mirada segura, que ahora estaba a menos de diez metros de distancia, esperando que yo diera el primer paso de verdad.
Cata se levantó y vino hacia mí, apoyándose en la encimera de la cocina, cerca de donde estaba yo. Huelo su perfume, algo dulce, intenso.
—Creo que sabe lo que quieres —me dijo en voz baja, acercando su rostro al mío. Sus labios carnosos formaron una pequeña sonrisa—. Y creo que tú también sabes lo que quieres.
Miré hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada por la que Juli había desaparecido. Mi mente fue instantemente a su figura: la piel bronceada, los músculos definidos en el abdomen, el pecho firme copa B que se alzaba con cada respiración, y ese culo perfecto, moldeado por el ejercicio, que ahora imaginaba bajo cualquier prenda.
—No quiero esperar a que se vista —dije, tomando un sorbo de whisky—. Quiero verla como está. Sin filtros. Sin cámara.
Cata asintió lentamente, entendiendo. Era el momento. La vi vuelta a aparecer en el umbral de la habitación. Había cambiado el vestido blanco por un bikini de dos piezas, negro, ajustado. La tela negra realzaba aún más su tono bronceado. El top de malla con flecos dejaba ver el escote natural, proporcionado, firme. Y al girarse para buscarme, vi cómo la tela se ajustaba a sus glúteos, redondos y firmes, moviéndose con cada paso seguro que daba hacia nosotros.
Se detuvo frente a mí, sin vergüenza, mostrando todo lo que llevaba puesto. Sus ojos verdes me escrutaron, buscando aprobación, buscando deseo.
¿Qué hago? ¿Le digo que venga aquí? ¿O dejo que Cata tome la iniciativa?

Cata no perdió ni un segundo. Se giró hacia Juli con una confianza que demostraba que llevaba tiempo observando a su amiga, y sin decir palabra, le hizo un gesto con la cabeza hacia el sofá grande del salón, donde las luces estaban bajas y la privacidad era absoluta.
—Ven aquí —ordenó Cata, con esa voz grave que a veces usaba para intimidar a sus modelos en los castings, pero que ahora sonaba a invitación pura—. Abuelo quiere verte. Quiero que te veas tú misma.
Juli dudó apenas un instante, sus ojos verdes buscando los míos. Yo no parpadeé. La sostuve con la mirada, dejándole claro que no había juicio, solo deseo. Ella respiró hondo, se acercó al sofá y se sentó al borde, separando ligeramente las piernas largas y tonificadas. La tela negra del bikini se estiró sobre sus muslos definidos, marcando cada fibra muscular.
Cata se arrodilló frente a ella, justo entre sus piernas. El movimiento fue fluido, experto. Juli cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello largo y elegante, esos hombros definidos que brillaban bajo la luz tenue.
Yo me quedé de pie, justo detrás de Juli, con mi whisky aún en la mano, pero ya olvidado. Mi vista era privilegiada. Desde detrás, podía ver cómo la espalda de Juli se arqueaba sutilmente cuando Cata comenzó su trabajo. Vi la curva perfecta de su columna vertebral, la definición de sus omóplatos, y cómo la piel bronceada se tensaba con cada pequeño temblor que recorría su cuerpo.
Cata no perdió ni un segundo. Se giró hacia Juli con una confianza que demostraba que llevaba tiempo observando a su amiga, y sin decir palabra, le hizo un gesto con la cabeza hacia el sofá grande del salón, donde las luces estaban bajas y la privacidad era absoluta.
—Ven aquí —ordenó Cata, con esa voz grave que a veces usaba para intimidar a sus modelos en los castings, pero que ahora sonaba a invitación pura—. Abuelo quiere verte. Quiero que te veas tú misma.
Juli dudó apenas un instante, sus ojos verdes buscando los míos. Yo no parpadeé. La sostuve con la mirada, dejándole claro que no había juicio, solo deseo. Ella respiró hondo, se acercó al sofá y se sentó al borde, separando ligeramente las piernas largas y tonificadas. La tela negra del bikini se estiró sobre sus muslos definidos, marcando cada fibra muscular.
Cata se arrodilló frente a ella, justo entre sus piernas. El movimiento fue fluido, experto. Juli cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello largo y elegante, esos hombros definidos que brillaban bajo la luz tenue.
Yo me quedé de pie, justo detrás de Juli, con mi whisky aún en la mano, pero ya olvidado. Mi vista era privilegiada. Desde detrás, podía ver cómo la espalda de Juli se arqueaba sutilmente cuando Cata comenzó su trabajo. Vi la curva perfecta de su columna vertebral, la definición de sus omóplatos, y cómo la piel bronceada se tensaba con cada pequeño temblor que recorría su cuerpo.

Cata era hábil. Usaba ambas manos para acarrear los flancos de Juli, esas caderas estrechas de 94 centímetros que contrastaban tanto con la solidez de su torso. Juli dejó escapar un gemido suave, contenido, pero yo lo oí perfectamente. Era un sonido húmedo, vibrante, que hizo que mi sangre se concentrara inmediatamente en la parte baja de mi abdomen.
Me acerqué más. Ya no estaba lejos. Me coloqué directamente detrás de ella, mis manos grandes y callosas por el deporte rozando la cintura marcada de Juli, esos 60 centímetros de puro músculo abdominal. Podía sentir el calor que emanaba su piel, el ritmo acelerado de su respiración.
—Mírate —susurré cerca de su oído, mientras mis manos bajaban lentamente desde su cintura hasta posarse firmemente sobre sus glúteos. Eran duros, densos, perfectos. Los apreté suavemente, sintiendo la resistencia de la masa muscular bajo la piel suave—. No tienes nada que ocultar.
Juli abrió los ojos y me miró por encima del hombro. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus labios entreabiertos jadeando ligeramente. Cata seguía trabajando con una dedicación obsesiva, sus labios envolviendo a Juli con precisión, mientras sus dedos jugaban con los pezones de Juli a través del top de malla del bikini, tirando de los flecos con delicadeza.
Vi cómo el pecho de Juli se alzaba y bajaba rápidamente, copa B firme, redonda, respondiendo al estímulo. Sus brazos se tensaron, los músculos de los bíceps y tríceps definiéndose bajo la piel bronceada. Era una obra de arte en movimiento. Cada vez que Cata movía la cabeza, Juli se estremecía, y yo podía ver cómo sus glúteos se contraían involuntariamente bajo mis palmas.
Me incliné hacia adelante, pasando mis brazos por encima de los hombros de Juli, abrazándola casi completamente, atrapándola entre mi cuerpo y el sofá. Sentí el sudor frío mezclado con el calor de su piel. Mi rostro quedó junto al de ella, pero mis ojos estaban fijos en lo que Cata hacía abajo.
Era hipnótico. Ver a mi nieta, esa chica fuerte e independiente, siendo desmontada pieza por pieza por su mejor amiga, mientras yo la poseía con la mirada y con el tacto. Juli levantó una mano, tocándose el propio cabello rubio ondulado, como si buscara anclaje, mientras Cata aumentaba la intensidad, usando la lengua con una técnica que hacía que los músculos abdominales de Juli se contrajeran violentamente.

—Abuelo... —jadeó Juli, y esta vez no fue un susurro, fue una súplica—. Toca más.
Deslicé una mano por su vientre marcado, sintiendo la dureza de sus rectos abdominales bajo mis dedos, y bajé hasta la cintura estrecha, donde mis pulgares se hundieron en la curva justa antes de llegar a la cadera. Con la otra mano, tomé uno de sus glúteos, apretándolo con fuerza, sintiendo cómo la carne firme cedía ligeramente ante mi presión.
Cata levantó la vista un segundo, mirándome con una sonrisa sucia y satisfecha, con los labios brillantes, antes de volver a sumergirse en su tarea, haciendo que Juli arquease la espalda nuevamente, ofreciéndome una vista completa de su perfil tonificado, de sus piernas largas extendidas sobre el sofá, y de la forma perfecta en que su cuerpo reaccionaba al placer.

No me quedé quieto. La vista de Juli temblando bajo las manos de Cata y su boca ya había encendido la mecha, pero el impulso de actuar fue inmediato, visceral. Me separé ligeramente del abrazo trasero para ganar espacio, manteniendo una mano en la cintura de Juli para no perder el contacto visual con ella mientras miraba cómo se preparaba el escenario.
—Cata —dije, con la voz ronca, señalando el sofá—. Tú también te vas a quedar.
Cata se levantó de rodillas, jadeante, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Asintió, entendiendo el juego al instante. Se quitó rápidamente el top de su conjunto negro, dejando sus pechos voluptuosos al aire, y se colocó de cuatro sobre el cojín grande del centro del sofá, arqueando la espalda para resaltar esas curvas pronunciadas que la hacían tan diferente a la línea atlética de Juli. Sus glúteos firmes y redondos quedaron expuestos, perfectos para ser tomados.
Yo me quité la camisa, tirándola al suelo, y me coloqué detrás de ella. No hubo preámbulo. Mi miembro, duro y pulsante por la excitación acumulada durante años de miradas furtivas, chocó contra sus nalgas. Con un movimiento fluido, empujé hacia adelante, penetrándola profundamente en una sola estocada.
Cata soltó un grito ahogado, clavando las uñas en la tela del sofá, elevando aún más su trasero hacia mí. Sentí cómo sus músculos internos se contraían alrededor de mi glande, apretándome con fuerza húmeda y cálida. Era una sensación eléctrica, directa, primitiva. Empecé a moverme, golpeando con ritmo constante, fuerte, sintiendo el impacto de mis caderas contra su carne firme. El sonido de mi piel chocando contra la de ella resonaba en el salón silencioso.
Mientras cataceteaba a Cata, sentía la mirada de Juli fija en nosotros. Ella seguía tumbada, pero ahora estaba completamente activa. Sus piernas estaban abiertas, ofreciéndole a Cata acceso directo a su entrepierna. Y ahí estaba Cata, no solo chupando, sino usando sus dedos.

Vio cómo Juli se retorcia, hipnotizada por la vista de su abuelo follando a su mejor amiga desde atrás. Con una mano libre, Cata deslizó dos dedos lubricados por la propia saliva de Juli y por el sudor del acto sexual, introduciéndolos directamente en la vagina de la modelo. Juli gritó, un sonido agudo, puro, que se mezcló con los gemidos de Cata.
—¡Dios! —exclamó Juli, llevando las manos a su propio pecho, tocándose los pezones erectos bajo la tela mojada del bikini—. ¡Sí!
La visión era obscena y perfecta. Veía el trasero de Cata rebotando contra mis caderas, veía la entrada de sus dedos entrando y saliendo de Juli, veía cómo el cuerpo tonificado de mi nieta se tensaba y relajaba al ritmo de esa doble estimulación. Su abdomen marcado se contraía violentamente con cada embestida interna de los dedos de Cata, mostrando cada definición muscular, cada vena pequeña que surgía bajo la piel bronceada debido al esfuerzo y el placer.
Me incliné hacia adelante, pasando mis brazos por encima de los hombros de Cata para abrazarla desde atrás, mordiendo suavemente su cuello mientras la penetraba con más fuerza. Pero mi atención principal, mi foco absoluto, era Juli.
—Mírala, abuelo —jadeó Cata, girando la cabeza hacia atrás para mirarme con ojos vidriosos, mientras sus dedos seguían trabajando dentro de Juli con rapidez implacable—. Mírala cómo se corre...
Juli estaba al borde. Sus caderas se movían involuntariamente hacia atrás, buscando más fricción contra los dedos de Cata, mientras sus manos se aferraban al respaldo del sofá. Su rostro estaba cubierto de sudor, los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta en un grito mudo de placer extremo. Cada vez que Cata le metía los dedos más profundo, Juli arqueaba la espalda, exponiendo todo su cuerpo musculoso, vulnerable y poderoso a la vez.
Yo aumenté el ritmo, follando a Cata con furia contenida, sintiendo cómo mi propia eyaculación se acercaba, pero negándome a terminar hasta verla a ella romper. Quería verla llegar al límite. Quería ser testigo de su destrucción completa.
—Juli —ladré su nombre, sin soltar a Cata, mirando fijamente cómo sus muslos temblaban—. Ven aquí. Ahora.
Ella abrió los ojos, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando frenéticamente. Entendió la orden. Se puso de pie tambaleándose, aún siendo tocada por los dedos de Cata, y se acercó a nosotros, quedando de pie frente al sofá, justo enfrente de donde yo sostenía a Cata.
Cata dejó de usar los dedos momentáneamente para mirar a Juli, sonriendo con satisfacción ante la obra de arte que habíamos creado juntas. Yo seguí follando a Cata sin parar, manteniéndola anclada al sofá, mientras Juli se colocaba entre mis piernas, lista para tomar el relevo, o para sumarse a la locura que acababa de comenzar.

La tensión en el aire era ya eléctrica, casi sólida. Juli estaba de pie frente al sofá, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando frenéticamente bajo la tela mojada del bikini. Sus ojos verdes me buscaban, brillantes, húmedos, suplicantes. Cata seguía allí, de cuatro, con las nalgas aún marcadas por mis manos, jadeando suavemente mientras observaba, disfrutando del espectáculo que habíamos montado.
Me detuve un segundo, sacando mi miembro de la vagina de Cata, dejando una estela de sudor y fluidos que conectaba nuestros cuerpos. No perdí el erección ni un segundo. La miré a Juli directamente a los ojos, señalando el espacio vacío en el centro del sofá, justo donde Cata acababa de levantarse ligeramente.
—Siéntate —ordené, con voz grave, apontando hacia mí—. Aquí. Ahora.
Juli no dudó. Se dejó caer sobre el cojín central, abriendo las piernas ancho, exponiendo su entrepierna tonificada, esa zona íntima que llevaba tanto tiempo deseando ver abierta para mí. Sus muslos, duros y definidos, se tensaron cuando me coloqué entre ellos. Me arrodillé brevemente para asegurarme de que estaba alineada, luego me puse de pie sobre el sofá, straddling sus piernas abiertas, quedando encaramado sobre ella como un jinete.
Cata se movió atrás, dándonos espacio, pero se quedó ahí, apoyada en los codos, mirando fijamente cómo mis caderas se alineaban con las de Juli. Era la posición perfecta: profunda, directa, sin barreras.

Agarré sus caderas con ambas manos, sintiendo la firmeza de sus huesos bajo la piel suave, esas curvas de 94 centímetros que encajaban perfectamente en mis palmas. Levanté un poco su cuerpo, ayudándola a elevarse, y con mi glande ya rozando su entrada, húmeda y lista por el trabajo previo de Cata, la empujé hacia abajo.
Fue brutal. La penetré hasta el fondo de un solo golpe, hundiendo mi pene profundamente dentro de ella, tocando casi el fondo de su útero. Juli gritó, un sonido puro, desgarrador, que resonó en todo el salón. Sus uñas se clavaron en mis brazos, marcando mi piel bronceada con fuerza.
—¡Jueputa! —gritó ella, con los ojos desorbitados, mirándome fijamente mientras sentía mi grosor llenándola por completo—. ¡Asíii!
No le di tiempo a adaptarse. Empecé a moverme, levantándola y dejándola caer sobre mi glande con cada movimiento, controlando la profundidad con mis manos en sus caderas. Era una penetración profunda, visceral, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí, apretándome con una fuerza deliciosa. Su abdomen marcado se tensaba con cada impacto, mostrando cada definición muscular, cada vena pequeña que surgía bajo la piel bronceada debido al esfuerzo.
—Abueee... —jadeó Juli, arqueando la espalda, ofreciéndome más superficie de contacto, más profundidad—. ¡Sí! ¡Más profundo!
Me incliné hacia adelante, pasando mis brazos por encima de sus hombros, abrazándola contra mi pecho. Podía sentir el calor de su cuerpo, el latido acelerado de su corazón contra el mío. Mis manos bajaron desde sus hombros hasta sus glúteos firmes, apretándolos con fuerza mientras la embestía con ritmo constante, fuerte, implacable.
Cata nos miraba, hipnotizada, viendo cómo su amiga se deshacía bajo mis embestidas. Veía cómo la piel de Juli se sonrojaba, cómo su cabello rubio ondulado se pegaba a su cuello sudoroso, cómo sus labios carnosos se abrían en gritos de placer absoluto.
—Mírala, Cata —dije, sin dejar de follarla, mirando a mi amiga que observaba desde el borde del sofá—. Mírala cómo se corre para mí.
Juli levantó una mano, tocándose el propio pecho, sintiendo sus pezones erectos bajo la tela mojada, mientras la otra mano se aferraba a mi espalda, tirando de mi cuerpo hacia abajo, intentando profundizar aún más mi penetración. Sus piernas, largas y tonificadas, se enrollaron alrededor de mi cintura, buscando más fricción, más conexión.
El sonido de nuestra piel chocando, el sonido de sus jadeos, el sonido de mi propia respiración agitada se mezclaban en una sinfonía de deseo. Yo la sentía vibrar alrededor de mí, sintiendo cómo sus músculos internos se contraían rítmicamente, preparándola para el clímax.
—Voy a correrme dentro de ti —le susurré al oído, mordiendo suavemente su lóbulo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba al máximo—. Ahora mismo.
Juli cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y elegante, y dejó escapar un grito largo, prolongado, mientras su cuerpo entero temblaba violentamente, sus glúteos apretándose contra mis caderas con cada contracción final. Yo seguí embistiéndola con fuerza, vaciándome dentro de ella, sintiendo cómo cada gota de semen llegaba al fondo de su ser, marcándola como mía.

El aire en el salón aún vibraba con la intensidad del clímax compartido. Me quedé un momento dentro de ella, sintiendo cómo sus músculos internos seguían contrayéndose suavemente alrededor de mi glande, reclamando cada milímetro de mi presencia. Juli respiraba pesadamente, su pecho subía y bajaba frenéticamente contra el mío, pegado a mí por el sudor y la adrenalina.
Pero no estaba lista para terminar. Con una energía sorprendente, colocó las manos firmes sobre mis hombros, aprovechando la definición muscular de mis bíceps para impulsarse hacia arriba. Se deslizó ligeramente, sacándome apenas lo suficiente para volver a hundirse con fuerza, creando un movimiento rítmico, fluido, dominante.
Estaba cabalgándome.
La vista era hipnótica. Desde abajo, mirando hacia arriba, podía ver perfectamente la estructura de su cuerpo: los hombros definidos que se movían con cada oscilación, el abdomen marcado que se tensaba y relajaba como un mecanismo perfecto, y esa cintura estrecha de 60 centímetros que giraba con gracia natural al moverse. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue, cada gota de sudor resaltando la tonificación de sus muslos mientras las abraza a mi cintura, elevándome ligeramente del sofá.
Cata seguía ahí, sentada ahora en el borde del sofá, con las piernas cruzadas pero abiertas, observando sin parpadear. Sus ojos verdes seguían cada movimiento de Juli, admirando la técnica, la fuerza, la pura posesión física. Veía cómo sus propios pechos se agitaban con la respiración acelerada, cómo su boca entreabierta mostraba una mezcla de deseo y aprobación.
Juli levantó la vista, encontrando mi mirada. Sus ojos estaban oscurecidos por el placer, las pupilas dilatadas, pero brillantes, vivos. Se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos en mis pectorales, acercando su rostro al mío hasta que nuestros labios estuvieron a milímetros de distancia. Podía sentir su aliento cálido, saborear el sabor salado de su piel, el dulzor residual de su propia saliva.
—Tú... —susurró, antes de cerrar la distancia.
Me besó. No fue un beso suave ni tímido. Fue profundo, húmedo, hambriento. Sus labios carnosos se movieron contra los míos con una seguridad absoluta, probando, explorando, marcando territorio. Mientras ella me cabalgaba con ritmo constante, fuerte, profundizando cada vez que bajaba, mantuve ese beso, devolviéndole la pasión con la misma intensidad. Mis manos subieron desde sus caderas hasta su espalda, apretando la curva perfecta de sus glúteos, guiándola en cada subida y bajada, asegurándome de que cada embestida tocara el punto más sensible de mi interior.
—Ta mo abue... —murmuré contra sus labios, rompiendo brevemente el contacto solo para soltar esas palabras cargadas de complicidad y deseo primitivo—. Eres mía.
Juli sonrió contra mi boca, un gesto de triunfo y entrega simultáneos. Sus caderas se movían con una precisión atlética, sus glúteos firmes golpeando mis muslos con cada movimiento, creando un sonido húmedo, rítmico, que se mezclaba con nuestros jadeos entrelazados.
Cata aplaudió suavemente, una vez, dos veces, con una sonrisa lenta y satisfecha en el rostro. No decía nada, pero su presencia era innegable, un testigo cómplice que validaba cada segundo de nuestra unión. Ella sabía exactamente lo que estábamos haciendo: no solo follando, sino reivindicando nuestro lugar juntos, rompiendo todas las barreras de la familia convencional para crear algo nuevo, algo visceral y verdadero.
Juli aumentó la velocidad, sus músculos abdominales contrayéndose con cada impacto, su cabello rubio ondulado cayendo como una cortina a nuestro alrededor, aislándonos del mundo exterior. Era una mujer completa, poderosa, hermosa, y yo estaba atrapado bajo ella, disfrutando de cada segundo de su dominio temporal.
—No pares —jadeé, agarrando sus caderas con más fuerza, invitándola a seguir, a profundizar aún más, a llevarnos a ambos al límite otra vez.
Ella asintió, entendiendo la orden, y se dejó llevar por el impulso, cabalgándome con una ferocidad deliciosa, mientras Cata continuaba observando, absorbviendo cada detalle de esta escena íntima y salvaje que habíamos creado juntas.
juli se traga el semen de su abuelo junto con cata cada una añ lado de el mirandose cuando el se viene al final
NoTrack
El ritmo se volvió errático, salvaje. Juli ya no solo me cabalgaba; me estaba domando. Sus caderas golpeaban mi pubis con una fuerza atlética, cada bajada acompañada de un jadeo gutural que resonaba en el pequeño espacio. Sentía cómo mis testículos se contraían, cómo la presión acumulada en mi base comenzaba a subir como una ola imparable, urgente, inevitable.
—Abue... —gimió ella, inclinándose hacia adelante para que su cabello rubio nos cubriera a todos, creando una burbuja íntima donde solo existíamos nosotros tres—. Me voy. Voy a correrme dentro de ti ahora mismo.
Cata se había acercado más, eliminando la distancia entre el sofá y sus propios cuerpos. Estaba sentada a mi izquierda, las piernas abiertas, mirándome con esa intensidad verde que lo absorbía todo. Juli, por su parte, se movió ligeramente hacia la derecha, posicionándose estratégicamente para que su rostro quedara alineado con mi boca, pero dejando claro que su atención estaba completamente en mí.
Sentí el espasmo inicial, ese tirón profundo en la columna que precede al estallido. Mis manos se aferraron a los muslos tonificados de Juli, marcando la piel bronceada, mientras mi cuerpo se tensaba al máximo. No fui lento esta vez. Dejé que la corriente me arrastrara.
Me corrí con fuerza, vertiendo semilla caliente directamente en su interior, llenándola hasta el borde. Fue un flujo continuo, potente, marcado por contracciones rítmicas que duraron varios segundos. Juli cerró los ojos, disfrutando de cada gota, manteniendo el contacto firme conmigo mientras recibía mi esencia.
Pero no terminamos ahí.
Con una sonrisa pícara y los labios hinchados por el beso anterior, Juli se incorporó un poco, rompiendo la conexión interna pero manteniéndose sobre mí. Se llevó un dedo a la comisura de los labios, recogiendo un poco del fluido que escapaba de su entrada, y luego lo llevó a su propia boca, saboreándolo con una elegancia casi ritualística. Sus ojos verdes brillaban con diversión y lujuria.
—¿Te atreves? —murmuró, mirando primero a Cata y luego a mí.
Sin esperar respuesta, Juli se inclinó hacia la izquierda, hacia Cata. La modelo rubia abrió la boca sin vacilar, aceptando la ofrenda con una naturalidad sorprendente. Juli le dio un beso largo, profundo, transfiriéndole parte de mi sabor, mezclando nuestras saliva y fluidos en un intercambio íntimo y crudo. Cuando se separó, Cata sonrió, lamiéndose los labios lentamente, con una mirada de complicidad absoluta.
Luego fue mi turno. Juli giró suavemente sobre sí misma, trayendo su rostro al centro, frente al mío. Esta vez, no hubo duda. Abrió la boca, invitándome a participar en el juego final. Le di un último empujón interno, liberando el resto de mi semen, y ella lo atrapo hábilmente, tragándolo con movimientos suaves y deliberados, mirándome fijamente a los ojos mientras lo degustaba. Era un acto de posesión total: llevaba mi esencia dentro de ella, y acababa de compartirla con la única otra persona que conocía nuestro secreto.
Cuando finalmente se detuvo, exhausta pero radiante, se dejó caer sobre mi pecho, respirando agitadamente. Cata se colocó a mi otro lado, apoyando la cabeza en mi hombro, tomando mi mano entrelazando los dedos con los suyos. Los tres estábamos sudorosos, desordenados, conectados por un hilo invisible de deseo compartido.
Nadie dijo nada durante unos largos minutos. Solo escuchamos nuestros propios latidos acelerados sincronizándose lentamente. El silencio era pesado, pero cómodo. Habíamos cruzado la línea, habíamos hecho lo que siempre habíamos deseado en silencio, y el resultado era mejor de lo que cualquier fantasía había podido predecir.

Juli se quitó los zapatos junto a la entrada y se quedó quieta un segundo, estirando la espalda. Llevaba un vestido blanco muy corto, de tela ligera, que se le subía justo lo suficiente para dejar ver esas piernas largas, tonificadas, definidas por meses de gimnasio y vida activa. Su cintura, esos 60 centímetros de puro músculo y gracia, se marcaba perfectamente bajo la tela. Se giró hacia mí y sonrió, con esa boca carnosa ligeramente entreabierta, esa confianza natural que tiene desde que era una niña, pero que ahora, a los 25, tiene un peso distinto. Un peso eléctrico.
—Abuelo —dijo, y su voz sonó más profunda, más mujer—. Mira qué calor hace aquí dentro.
Me levanté del sofá, donde había estado leyendo, y me acerqué a ella. No fui un abuelo tímido. Me gusta ser directo. La saludé con un beso en la mejilla, pero mi mano se detuvo un instante en su nuca, sintiendo la calidez de su cuello, el cabello rubio con balayage que le caía en ondas suaves sobre los hombros. Sus ojos verdes me clavaron la mirada, directos, brillantes, sin miedo. Sabía que me veía. Sabía que la veía yo.
—Haces mucho calor, Juli —murmuré, sin soltarla del todo, dejando que mi palma recorriera brevemente la curva de su hombro definido—. Y tienes un vestido... demasiado fino para este clima.
Cata, que estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, observaba la escena con una sonrisa pícara. Tenía el físico diferente, más curvilíneo, más voluptuoso, pero también atlético. Sus caderas, esas 94 centímetros de pura sensualidad, se destacaban bajo su falda corta. Ella sabía el juego mejor que nadie.

—Déjala ir a cambiarse, viejo —dijo Cata, mordiéndose el labio inferior mientras me miraba de arriba abajo, evaluándome a mí también—. O vas a tener un infarto antes de que termine la cena.
Juli se soltó de mí y dio un paso atrás, pero no antes de que sus caderas, esos 96 centímetros firmes y redondeados, describieran un movimiento natural al caminar. Se dirigió a la habitación de huéspedes, dejándome allí, con el corazón acelerado no por la edad, sino por la anticipación.
Fui al bar y servime dos whiskys. El hielo crujió en el vaso. Escuché cómo Juli cerraba la puerta de la habitación. No tardaría en volver. Y cuando lo hiciera, ya no sería solo la nieta bonita. Sería la mujer que llevo deseando en silencio durante años, esa modelo de Instagram con el cuerpo esculpido y la mirada segura, que ahora estaba a menos de diez metros de distancia, esperando que yo diera el primer paso de verdad.
Cata se levantó y vino hacia mí, apoyándose en la encimera de la cocina, cerca de donde estaba yo. Huelo su perfume, algo dulce, intenso.
—Creo que sabe lo que quieres —me dijo en voz baja, acercando su rostro al mío. Sus labios carnosos formaron una pequeña sonrisa—. Y creo que tú también sabes lo que quieres.
Miré hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada por la que Juli había desaparecido. Mi mente fue instantemente a su figura: la piel bronceada, los músculos definidos en el abdomen, el pecho firme copa B que se alzaba con cada respiración, y ese culo perfecto, moldeado por el ejercicio, que ahora imaginaba bajo cualquier prenda.
—No quiero esperar a que se vista —dije, tomando un sorbo de whisky—. Quiero verla como está. Sin filtros. Sin cámara.
Cata asintió lentamente, entendiendo. Era el momento. La vi vuelta a aparecer en el umbral de la habitación. Había cambiado el vestido blanco por un bikini de dos piezas, negro, ajustado. La tela negra realzaba aún más su tono bronceado. El top de malla con flecos dejaba ver el escote natural, proporcionado, firme. Y al girarse para buscarme, vi cómo la tela se ajustaba a sus glúteos, redondos y firmes, moviéndose con cada paso seguro que daba hacia nosotros.
Se detuvo frente a mí, sin vergüenza, mostrando todo lo que llevaba puesto. Sus ojos verdes me escrutaron, buscando aprobación, buscando deseo.
¿Qué hago? ¿Le digo que venga aquí? ¿O dejo que Cata tome la iniciativa?

Cata no perdió ni un segundo. Se giró hacia Juli con una confianza que demostraba que llevaba tiempo observando a su amiga, y sin decir palabra, le hizo un gesto con la cabeza hacia el sofá grande del salón, donde las luces estaban bajas y la privacidad era absoluta.
—Ven aquí —ordenó Cata, con esa voz grave que a veces usaba para intimidar a sus modelos en los castings, pero que ahora sonaba a invitación pura—. Abuelo quiere verte. Quiero que te veas tú misma.
Juli dudó apenas un instante, sus ojos verdes buscando los míos. Yo no parpadeé. La sostuve con la mirada, dejándole claro que no había juicio, solo deseo. Ella respiró hondo, se acercó al sofá y se sentó al borde, separando ligeramente las piernas largas y tonificadas. La tela negra del bikini se estiró sobre sus muslos definidos, marcando cada fibra muscular.
Cata se arrodilló frente a ella, justo entre sus piernas. El movimiento fue fluido, experto. Juli cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello largo y elegante, esos hombros definidos que brillaban bajo la luz tenue.
Yo me quedé de pie, justo detrás de Juli, con mi whisky aún en la mano, pero ya olvidado. Mi vista era privilegiada. Desde detrás, podía ver cómo la espalda de Juli se arqueaba sutilmente cuando Cata comenzó su trabajo. Vi la curva perfecta de su columna vertebral, la definición de sus omóplatos, y cómo la piel bronceada se tensaba con cada pequeño temblor que recorría su cuerpo.
Cata no perdió ni un segundo. Se giró hacia Juli con una confianza que demostraba que llevaba tiempo observando a su amiga, y sin decir palabra, le hizo un gesto con la cabeza hacia el sofá grande del salón, donde las luces estaban bajas y la privacidad era absoluta.
—Ven aquí —ordenó Cata, con esa voz grave que a veces usaba para intimidar a sus modelos en los castings, pero que ahora sonaba a invitación pura—. Abuelo quiere verte. Quiero que te veas tú misma.
Juli dudó apenas un instante, sus ojos verdes buscando los míos. Yo no parpadeé. La sostuve con la mirada, dejándole claro que no había juicio, solo deseo. Ella respiró hondo, se acercó al sofá y se sentó al borde, separando ligeramente las piernas largas y tonificadas. La tela negra del bikini se estiró sobre sus muslos definidos, marcando cada fibra muscular.
Cata se arrodilló frente a ella, justo entre sus piernas. El movimiento fue fluido, experto. Juli cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello largo y elegante, esos hombros definidos que brillaban bajo la luz tenue.
Yo me quedé de pie, justo detrás de Juli, con mi whisky aún en la mano, pero ya olvidado. Mi vista era privilegiada. Desde detrás, podía ver cómo la espalda de Juli se arqueaba sutilmente cuando Cata comenzó su trabajo. Vi la curva perfecta de su columna vertebral, la definición de sus omóplatos, y cómo la piel bronceada se tensaba con cada pequeño temblor que recorría su cuerpo.

Cata era hábil. Usaba ambas manos para acarrear los flancos de Juli, esas caderas estrechas de 94 centímetros que contrastaban tanto con la solidez de su torso. Juli dejó escapar un gemido suave, contenido, pero yo lo oí perfectamente. Era un sonido húmedo, vibrante, que hizo que mi sangre se concentrara inmediatamente en la parte baja de mi abdomen.
Me acerqué más. Ya no estaba lejos. Me coloqué directamente detrás de ella, mis manos grandes y callosas por el deporte rozando la cintura marcada de Juli, esos 60 centímetros de puro músculo abdominal. Podía sentir el calor que emanaba su piel, el ritmo acelerado de su respiración.
—Mírate —susurré cerca de su oído, mientras mis manos bajaban lentamente desde su cintura hasta posarse firmemente sobre sus glúteos. Eran duros, densos, perfectos. Los apreté suavemente, sintiendo la resistencia de la masa muscular bajo la piel suave—. No tienes nada que ocultar.
Juli abrió los ojos y me miró por encima del hombro. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus labios entreabiertos jadeando ligeramente. Cata seguía trabajando con una dedicación obsesiva, sus labios envolviendo a Juli con precisión, mientras sus dedos jugaban con los pezones de Juli a través del top de malla del bikini, tirando de los flecos con delicadeza.
Vi cómo el pecho de Juli se alzaba y bajaba rápidamente, copa B firme, redonda, respondiendo al estímulo. Sus brazos se tensaron, los músculos de los bíceps y tríceps definiéndose bajo la piel bronceada. Era una obra de arte en movimiento. Cada vez que Cata movía la cabeza, Juli se estremecía, y yo podía ver cómo sus glúteos se contraían involuntariamente bajo mis palmas.
Me incliné hacia adelante, pasando mis brazos por encima de los hombros de Juli, abrazándola casi completamente, atrapándola entre mi cuerpo y el sofá. Sentí el sudor frío mezclado con el calor de su piel. Mi rostro quedó junto al de ella, pero mis ojos estaban fijos en lo que Cata hacía abajo.
Era hipnótico. Ver a mi nieta, esa chica fuerte e independiente, siendo desmontada pieza por pieza por su mejor amiga, mientras yo la poseía con la mirada y con el tacto. Juli levantó una mano, tocándose el propio cabello rubio ondulado, como si buscara anclaje, mientras Cata aumentaba la intensidad, usando la lengua con una técnica que hacía que los músculos abdominales de Juli se contrajeran violentamente.

—Abuelo... —jadeó Juli, y esta vez no fue un susurro, fue una súplica—. Toca más.
Deslicé una mano por su vientre marcado, sintiendo la dureza de sus rectos abdominales bajo mis dedos, y bajé hasta la cintura estrecha, donde mis pulgares se hundieron en la curva justa antes de llegar a la cadera. Con la otra mano, tomé uno de sus glúteos, apretándolo con fuerza, sintiendo cómo la carne firme cedía ligeramente ante mi presión.
Cata levantó la vista un segundo, mirándome con una sonrisa sucia y satisfecha, con los labios brillantes, antes de volver a sumergirse en su tarea, haciendo que Juli arquease la espalda nuevamente, ofreciéndome una vista completa de su perfil tonificado, de sus piernas largas extendidas sobre el sofá, y de la forma perfecta en que su cuerpo reaccionaba al placer.

No me quedé quieto. La vista de Juli temblando bajo las manos de Cata y su boca ya había encendido la mecha, pero el impulso de actuar fue inmediato, visceral. Me separé ligeramente del abrazo trasero para ganar espacio, manteniendo una mano en la cintura de Juli para no perder el contacto visual con ella mientras miraba cómo se preparaba el escenario.
—Cata —dije, con la voz ronca, señalando el sofá—. Tú también te vas a quedar.
Cata se levantó de rodillas, jadeante, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Asintió, entendiendo el juego al instante. Se quitó rápidamente el top de su conjunto negro, dejando sus pechos voluptuosos al aire, y se colocó de cuatro sobre el cojín grande del centro del sofá, arqueando la espalda para resaltar esas curvas pronunciadas que la hacían tan diferente a la línea atlética de Juli. Sus glúteos firmes y redondos quedaron expuestos, perfectos para ser tomados.
Yo me quité la camisa, tirándola al suelo, y me coloqué detrás de ella. No hubo preámbulo. Mi miembro, duro y pulsante por la excitación acumulada durante años de miradas furtivas, chocó contra sus nalgas. Con un movimiento fluido, empujé hacia adelante, penetrándola profundamente en una sola estocada.
Cata soltó un grito ahogado, clavando las uñas en la tela del sofá, elevando aún más su trasero hacia mí. Sentí cómo sus músculos internos se contraían alrededor de mi glande, apretándome con fuerza húmeda y cálida. Era una sensación eléctrica, directa, primitiva. Empecé a moverme, golpeando con ritmo constante, fuerte, sintiendo el impacto de mis caderas contra su carne firme. El sonido de mi piel chocando contra la de ella resonaba en el salón silencioso.
Mientras cataceteaba a Cata, sentía la mirada de Juli fija en nosotros. Ella seguía tumbada, pero ahora estaba completamente activa. Sus piernas estaban abiertas, ofreciéndole a Cata acceso directo a su entrepierna. Y ahí estaba Cata, no solo chupando, sino usando sus dedos.

Vio cómo Juli se retorcia, hipnotizada por la vista de su abuelo follando a su mejor amiga desde atrás. Con una mano libre, Cata deslizó dos dedos lubricados por la propia saliva de Juli y por el sudor del acto sexual, introduciéndolos directamente en la vagina de la modelo. Juli gritó, un sonido agudo, puro, que se mezcló con los gemidos de Cata.
—¡Dios! —exclamó Juli, llevando las manos a su propio pecho, tocándose los pezones erectos bajo la tela mojada del bikini—. ¡Sí!
La visión era obscena y perfecta. Veía el trasero de Cata rebotando contra mis caderas, veía la entrada de sus dedos entrando y saliendo de Juli, veía cómo el cuerpo tonificado de mi nieta se tensaba y relajaba al ritmo de esa doble estimulación. Su abdomen marcado se contraía violentamente con cada embestida interna de los dedos de Cata, mostrando cada definición muscular, cada vena pequeña que surgía bajo la piel bronceada debido al esfuerzo y el placer.
Me incliné hacia adelante, pasando mis brazos por encima de los hombros de Cata para abrazarla desde atrás, mordiendo suavemente su cuello mientras la penetraba con más fuerza. Pero mi atención principal, mi foco absoluto, era Juli.
—Mírala, abuelo —jadeó Cata, girando la cabeza hacia atrás para mirarme con ojos vidriosos, mientras sus dedos seguían trabajando dentro de Juli con rapidez implacable—. Mírala cómo se corre...
Juli estaba al borde. Sus caderas se movían involuntariamente hacia atrás, buscando más fricción contra los dedos de Cata, mientras sus manos se aferraban al respaldo del sofá. Su rostro estaba cubierto de sudor, los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta en un grito mudo de placer extremo. Cada vez que Cata le metía los dedos más profundo, Juli arqueaba la espalda, exponiendo todo su cuerpo musculoso, vulnerable y poderoso a la vez.
Yo aumenté el ritmo, follando a Cata con furia contenida, sintiendo cómo mi propia eyaculación se acercaba, pero negándome a terminar hasta verla a ella romper. Quería verla llegar al límite. Quería ser testigo de su destrucción completa.
—Juli —ladré su nombre, sin soltar a Cata, mirando fijamente cómo sus muslos temblaban—. Ven aquí. Ahora.
Ella abrió los ojos, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando frenéticamente. Entendió la orden. Se puso de pie tambaleándose, aún siendo tocada por los dedos de Cata, y se acercó a nosotros, quedando de pie frente al sofá, justo enfrente de donde yo sostenía a Cata.
Cata dejó de usar los dedos momentáneamente para mirar a Juli, sonriendo con satisfacción ante la obra de arte que habíamos creado juntas. Yo seguí follando a Cata sin parar, manteniéndola anclada al sofá, mientras Juli se colocaba entre mis piernas, lista para tomar el relevo, o para sumarse a la locura que acababa de comenzar.

La tensión en el aire era ya eléctrica, casi sólida. Juli estaba de pie frente al sofá, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando frenéticamente bajo la tela mojada del bikini. Sus ojos verdes me buscaban, brillantes, húmedos, suplicantes. Cata seguía allí, de cuatro, con las nalgas aún marcadas por mis manos, jadeando suavemente mientras observaba, disfrutando del espectáculo que habíamos montado.
Me detuve un segundo, sacando mi miembro de la vagina de Cata, dejando una estela de sudor y fluidos que conectaba nuestros cuerpos. No perdí el erección ni un segundo. La miré a Juli directamente a los ojos, señalando el espacio vacío en el centro del sofá, justo donde Cata acababa de levantarse ligeramente.
—Siéntate —ordené, con voz grave, apontando hacia mí—. Aquí. Ahora.
Juli no dudó. Se dejó caer sobre el cojín central, abriendo las piernas ancho, exponiendo su entrepierna tonificada, esa zona íntima que llevaba tanto tiempo deseando ver abierta para mí. Sus muslos, duros y definidos, se tensaron cuando me coloqué entre ellos. Me arrodillé brevemente para asegurarme de que estaba alineada, luego me puse de pie sobre el sofá, straddling sus piernas abiertas, quedando encaramado sobre ella como un jinete.
Cata se movió atrás, dándonos espacio, pero se quedó ahí, apoyada en los codos, mirando fijamente cómo mis caderas se alineaban con las de Juli. Era la posición perfecta: profunda, directa, sin barreras.

Agarré sus caderas con ambas manos, sintiendo la firmeza de sus huesos bajo la piel suave, esas curvas de 94 centímetros que encajaban perfectamente en mis palmas. Levanté un poco su cuerpo, ayudándola a elevarse, y con mi glande ya rozando su entrada, húmeda y lista por el trabajo previo de Cata, la empujé hacia abajo.
Fue brutal. La penetré hasta el fondo de un solo golpe, hundiendo mi pene profundamente dentro de ella, tocando casi el fondo de su útero. Juli gritó, un sonido puro, desgarrador, que resonó en todo el salón. Sus uñas se clavaron en mis brazos, marcando mi piel bronceada con fuerza.
—¡Jueputa! —gritó ella, con los ojos desorbitados, mirándome fijamente mientras sentía mi grosor llenándola por completo—. ¡Asíii!
No le di tiempo a adaptarse. Empecé a moverme, levantándola y dejándola caer sobre mi glande con cada movimiento, controlando la profundidad con mis manos en sus caderas. Era una penetración profunda, visceral, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí, apretándome con una fuerza deliciosa. Su abdomen marcado se tensaba con cada impacto, mostrando cada definición muscular, cada vena pequeña que surgía bajo la piel bronceada debido al esfuerzo.
—Abueee... —jadeó Juli, arqueando la espalda, ofreciéndome más superficie de contacto, más profundidad—. ¡Sí! ¡Más profundo!
Me incliné hacia adelante, pasando mis brazos por encima de sus hombros, abrazándola contra mi pecho. Podía sentir el calor de su cuerpo, el latido acelerado de su corazón contra el mío. Mis manos bajaron desde sus hombros hasta sus glúteos firmes, apretándolos con fuerza mientras la embestía con ritmo constante, fuerte, implacable.
Cata nos miraba, hipnotizada, viendo cómo su amiga se deshacía bajo mis embestidas. Veía cómo la piel de Juli se sonrojaba, cómo su cabello rubio ondulado se pegaba a su cuello sudoroso, cómo sus labios carnosos se abrían en gritos de placer absoluto.
—Mírala, Cata —dije, sin dejar de follarla, mirando a mi amiga que observaba desde el borde del sofá—. Mírala cómo se corre para mí.
Juli levantó una mano, tocándose el propio pecho, sintiendo sus pezones erectos bajo la tela mojada, mientras la otra mano se aferraba a mi espalda, tirando de mi cuerpo hacia abajo, intentando profundizar aún más mi penetración. Sus piernas, largas y tonificadas, se enrollaron alrededor de mi cintura, buscando más fricción, más conexión.
El sonido de nuestra piel chocando, el sonido de sus jadeos, el sonido de mi propia respiración agitada se mezclaban en una sinfonía de deseo. Yo la sentía vibrar alrededor de mí, sintiendo cómo sus músculos internos se contraían rítmicamente, preparándola para el clímax.
—Voy a correrme dentro de ti —le susurré al oído, mordiendo suavemente su lóbulo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba al máximo—. Ahora mismo.
Juli cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y elegante, y dejó escapar un grito largo, prolongado, mientras su cuerpo entero temblaba violentamente, sus glúteos apretándose contra mis caderas con cada contracción final. Yo seguí embistiéndola con fuerza, vaciándome dentro de ella, sintiendo cómo cada gota de semen llegaba al fondo de su ser, marcándola como mía.

El aire en el salón aún vibraba con la intensidad del clímax compartido. Me quedé un momento dentro de ella, sintiendo cómo sus músculos internos seguían contrayéndose suavemente alrededor de mi glande, reclamando cada milímetro de mi presencia. Juli respiraba pesadamente, su pecho subía y bajaba frenéticamente contra el mío, pegado a mí por el sudor y la adrenalina.
Pero no estaba lista para terminar. Con una energía sorprendente, colocó las manos firmes sobre mis hombros, aprovechando la definición muscular de mis bíceps para impulsarse hacia arriba. Se deslizó ligeramente, sacándome apenas lo suficiente para volver a hundirse con fuerza, creando un movimiento rítmico, fluido, dominante.
Estaba cabalgándome.
La vista era hipnótica. Desde abajo, mirando hacia arriba, podía ver perfectamente la estructura de su cuerpo: los hombros definidos que se movían con cada oscilación, el abdomen marcado que se tensaba y relajaba como un mecanismo perfecto, y esa cintura estrecha de 60 centímetros que giraba con gracia natural al moverse. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue, cada gota de sudor resaltando la tonificación de sus muslos mientras las abraza a mi cintura, elevándome ligeramente del sofá.
Cata seguía ahí, sentada ahora en el borde del sofá, con las piernas cruzadas pero abiertas, observando sin parpadear. Sus ojos verdes seguían cada movimiento de Juli, admirando la técnica, la fuerza, la pura posesión física. Veía cómo sus propios pechos se agitaban con la respiración acelerada, cómo su boca entreabierta mostraba una mezcla de deseo y aprobación.
Juli levantó la vista, encontrando mi mirada. Sus ojos estaban oscurecidos por el placer, las pupilas dilatadas, pero brillantes, vivos. Se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos en mis pectorales, acercando su rostro al mío hasta que nuestros labios estuvieron a milímetros de distancia. Podía sentir su aliento cálido, saborear el sabor salado de su piel, el dulzor residual de su propia saliva.
—Tú... —susurró, antes de cerrar la distancia.
Me besó. No fue un beso suave ni tímido. Fue profundo, húmedo, hambriento. Sus labios carnosos se movieron contra los míos con una seguridad absoluta, probando, explorando, marcando territorio. Mientras ella me cabalgaba con ritmo constante, fuerte, profundizando cada vez que bajaba, mantuve ese beso, devolviéndole la pasión con la misma intensidad. Mis manos subieron desde sus caderas hasta su espalda, apretando la curva perfecta de sus glúteos, guiándola en cada subida y bajada, asegurándome de que cada embestida tocara el punto más sensible de mi interior.
—Ta mo abue... —murmuré contra sus labios, rompiendo brevemente el contacto solo para soltar esas palabras cargadas de complicidad y deseo primitivo—. Eres mía.
Juli sonrió contra mi boca, un gesto de triunfo y entrega simultáneos. Sus caderas se movían con una precisión atlética, sus glúteos firmes golpeando mis muslos con cada movimiento, creando un sonido húmedo, rítmico, que se mezclaba con nuestros jadeos entrelazados.
Cata aplaudió suavemente, una vez, dos veces, con una sonrisa lenta y satisfecha en el rostro. No decía nada, pero su presencia era innegable, un testigo cómplice que validaba cada segundo de nuestra unión. Ella sabía exactamente lo que estábamos haciendo: no solo follando, sino reivindicando nuestro lugar juntos, rompiendo todas las barreras de la familia convencional para crear algo nuevo, algo visceral y verdadero.
Juli aumentó la velocidad, sus músculos abdominales contrayéndose con cada impacto, su cabello rubio ondulado cayendo como una cortina a nuestro alrededor, aislándonos del mundo exterior. Era una mujer completa, poderosa, hermosa, y yo estaba atrapado bajo ella, disfrutando de cada segundo de su dominio temporal.
—No pares —jadeé, agarrando sus caderas con más fuerza, invitándola a seguir, a profundizar aún más, a llevarnos a ambos al límite otra vez.
Ella asintió, entendiendo la orden, y se dejó llevar por el impulso, cabalgándome con una ferocidad deliciosa, mientras Cata continuaba observando, absorbviendo cada detalle de esta escena íntima y salvaje que habíamos creado juntas.
juli se traga el semen de su abuelo junto con cata cada una añ lado de el mirandose cuando el se viene al final
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El ritmo se volvió errático, salvaje. Juli ya no solo me cabalgaba; me estaba domando. Sus caderas golpeaban mi pubis con una fuerza atlética, cada bajada acompañada de un jadeo gutural que resonaba en el pequeño espacio. Sentía cómo mis testículos se contraían, cómo la presión acumulada en mi base comenzaba a subir como una ola imparable, urgente, inevitable.
—Abue... —gimió ella, inclinándose hacia adelante para que su cabello rubio nos cubriera a todos, creando una burbuja íntima donde solo existíamos nosotros tres—. Me voy. Voy a correrme dentro de ti ahora mismo.
Cata se había acercado más, eliminando la distancia entre el sofá y sus propios cuerpos. Estaba sentada a mi izquierda, las piernas abiertas, mirándome con esa intensidad verde que lo absorbía todo. Juli, por su parte, se movió ligeramente hacia la derecha, posicionándose estratégicamente para que su rostro quedara alineado con mi boca, pero dejando claro que su atención estaba completamente en mí.
Sentí el espasmo inicial, ese tirón profundo en la columna que precede al estallido. Mis manos se aferraron a los muslos tonificados de Juli, marcando la piel bronceada, mientras mi cuerpo se tensaba al máximo. No fui lento esta vez. Dejé que la corriente me arrastrara.
Me corrí con fuerza, vertiendo semilla caliente directamente en su interior, llenándola hasta el borde. Fue un flujo continuo, potente, marcado por contracciones rítmicas que duraron varios segundos. Juli cerró los ojos, disfrutando de cada gota, manteniendo el contacto firme conmigo mientras recibía mi esencia.
Pero no terminamos ahí.
Con una sonrisa pícara y los labios hinchados por el beso anterior, Juli se incorporó un poco, rompiendo la conexión interna pero manteniéndose sobre mí. Se llevó un dedo a la comisura de los labios, recogiendo un poco del fluido que escapaba de su entrada, y luego lo llevó a su propia boca, saboreándolo con una elegancia casi ritualística. Sus ojos verdes brillaban con diversión y lujuria.
—¿Te atreves? —murmuró, mirando primero a Cata y luego a mí.
Sin esperar respuesta, Juli se inclinó hacia la izquierda, hacia Cata. La modelo rubia abrió la boca sin vacilar, aceptando la ofrenda con una naturalidad sorprendente. Juli le dio un beso largo, profundo, transfiriéndole parte de mi sabor, mezclando nuestras saliva y fluidos en un intercambio íntimo y crudo. Cuando se separó, Cata sonrió, lamiéndose los labios lentamente, con una mirada de complicidad absoluta.
Luego fue mi turno. Juli giró suavemente sobre sí misma, trayendo su rostro al centro, frente al mío. Esta vez, no hubo duda. Abrió la boca, invitándome a participar en el juego final. Le di un último empujón interno, liberando el resto de mi semen, y ella lo atrapo hábilmente, tragándolo con movimientos suaves y deliberados, mirándome fijamente a los ojos mientras lo degustaba. Era un acto de posesión total: llevaba mi esencia dentro de ella, y acababa de compartirla con la única otra persona que conocía nuestro secreto.
Cuando finalmente se detuvo, exhausta pero radiante, se dejó caer sobre mi pecho, respirando agitadamente. Cata se colocó a mi otro lado, apoyando la cabeza en mi hombro, tomando mi mano entrelazando los dedos con los suyos. Los tres estábamos sudorosos, desordenados, conectados por un hilo invisible de deseo compartido.
Nadie dijo nada durante unos largos minutos. Solo escuchamos nuestros propios latidos acelerados sincronizándose lentamente. El silencio era pesado, pero cómodo. Habíamos cruzado la línea, habíamos hecho lo que siempre habíamos deseado en silencio, y el resultado era mejor de lo que cualquier fantasía había podido predecir.

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