Sandra empujó la puerta con el hombro y entró a la sala sin encender más luz que la de la lámpara que ya estaba prendida. Tenía los ojos rojos y los párpados hinchados. Se dejó caer en el sofá como si las piernas se le hubieran vaciado.
Laura Manuela la vio desde la entrada del pasillo. No preguntó nada. Caminó hasta el sofá, se sentó a su lado y la rodeó con los brazos. Sandra se desmoronó contra su pecho.
—Ya, mami —susurró Laura Manuela, y le secó las lágrimas con los pulgares, despacio, una mejilla y luego la otra—. Yo te reconstruyo.
Sandra levantó la cara. Los rostros quedaron a centímetros. La respiración de las dos se mezcló, caliente y entrecortada. El silencio se estiró hasta volverse insoportable.
Laura Manuela presionó sus labios contra los labios de Sandra. Fue un beso lento, húmedo, que se fue abriendo sin prisa. Las manos de Laura Manuela subieron por la cintura definida de Sandra y apretaron su busto por encima de la blusa. Sandra soltó un sollozo que se convirtió en un gemido cuando la boca de Laura Manuela bajó a su cuello.

Laura Manuela desabrochó la blusa de Sandra botón por botón, sin prisa, con los dedos firmes. Cuando la tela se abrió, bajó la boca al pezón derecho y lo succionó. Sandra arqueó la espalda y gimió. Con manos temblorosas, le quitó la camiseta a su hija y se llevó un pezón rosado a los labios. Se lamieron los senos frente a frente, con lenguas ansiosas y dientes que tiraban suave. Los pezones erectos se rozaron, húmedos de saliva. Sandra miró el cuerpo joven de Laura Manuela y vio un reflejo torcido de sí misma. Laura Manuela la empujó contra los cojines y bajó por su abdomen plano.
Laura Manuela le abrió las piernas de medio largo sin pedir permiso. Las manos firmes le separaron los muslos y la boca bajó directo al centro. La lengua plana recorrió la vajina abierta de arriba abajo, recogiendo los fluidos vaginales que ya resbalaban. Sandra soltó un gemido roto y se agarró del borde del sofá. La barbilla de Laura Manuela brillaba mojada mientras lamía el clítoris con la punta de la lengua, círculos rápidos, presión exacta. Metió dos dedos de golpe y Sandra gritó.
Los dedos la penetraron con ritmo rápido y duro, un sonido húmedo y obsceno que llenó la sala. La saliva y los jugos empapaban la tela del sofá. Laura Manuela bombeaba sin pausa, los dedos curvados para golpear el punto G, y Sandra soltó un gemido involuntario y agudo que le salió del pecho como un quejido animal. Las caderas le saltaban solas contra la mano de su hija.

—Date la vuelta —ordenó Sandra con la voz quebrada—. A cuatro.
Laura Manuela obedeció sin dudar. Apoyó las rodillas y los codos en el sofá, el culo alzado, las piernas largas abiertas. Sandra se arrodilló detrás y le separó las nalgas con las dos manos. Enterró la cara entre ellas y pasó la lengua por el ano de su hija. Trazó círculos firmes alrededor del esfínter, despacio, mojándolo todo, y luego presionó la punta de la lengua dentro. Laura Manuela gruñó y empujó el culo hacia atrás para tomar más.

Sandra metió tres dedos en la vajina empapada de Laura Manuela y los embistió con fuerza. Los fluidos vaginales goteaban sobre la tela del sofá mientras los dedos entraban y salían sin piedad. Laura Manuela gemía contra los cojines, las caderas moviéndose al ritmo de las embestidas. Sandra jaló a Laura Manuela por las caderas y la montó de frente para frotarse.
Sandra jaló a Laura Manuela por las caderas y la montó de frente. Las dos resbalaron hasta el borde del sofá, las piernas entrelazadas, las vajinas húmedas aplastándose una contra otra. La pierna de medio largo de Sandra se enganchó sobre el muslo voluminoso de Laura Manuela y empezaron a frotarse con fricción brutal. Los clítoris se tocaron directamente, piel contra piel, lubricados por los fluidos mezclados que ya empapaban los muslos de ambas.

—Así, mami, así —jadeó Laura Manuela, las pupilas dilatadas.
Sandra no respondió. Solo embistió más fuerte. Las caderas de las dos se movían descontroladas, violentas, el sonido de carne húmeda golpeando carne húmeda llenando la sala. La mesa de centro se tambaleó con cada sacudida. El jarrón vibró sobre la superficie de madera.
—No pares —gimió Sandra, mordiéndose el labio.
Laura Manuela clavó los dedos en las caderas de su madre y empujó hacia arriba. El roce era insoportable, directo, los clítoris hinchados frotándose sin descanso. La mesa se sacudió otra vez. El jarrón se deslizó hacia el borde.
—Me voy a correr, mami, me voy a—
El jarrón cayó al suelo y se hizo añicos con un estruendo seco. Ninguna se detuvo. Los cristales saltaron sobre la alfombra mientras Sandra y Laura Manuela seguían embistiendo con las caderas, los muslos chocando, los gemidos subiendo de tono.

—¡Me corro! —gritó Sandra.
—¡Yo también! —gritó Laura Manuela al mismo tiempo.
El gemido agudo e involuntario de ambas se fundió en un solo sonido. Sandra soltó un chorro de fluidos vaginales sobre el pubis de Laura Manuela, caliente y abundante, mientras Laura Manuela se corría con espasmos violentos, sus propios fluidos goteando sobre el suelo entre los cristales rotos. Las dos temblaron, abrazadas, sin soltarse.
Sandra yacía sobre la alfombra, los cristales del jarrón esparcidos alrededor como estrellas rotas. Su pecho subía y bajaba con una respiración que por fin encontraba calma. Los muslos le temblaban todavía, pegajosos de sudor y fluidos.
Sus dedos trazaron líneas perezosas sobre el abdomen plano y tonificado de Laura Manuela, recogiendo el sudor y los restos secos que brillaban sobre la piel. La caricia era lenta, sin prisa, como si dibujara un mapa nuevo sobre el cuerpo de su hija.

—Mami —susurró Laura Manuela, los ojos claros todavía dilatados.
Sandra le acarició el cabello fucsia, apartándole el flequillo de la frente húmeda. Se inclinó y le besó la frente con los labios entreabiertos, dejando allí el calor de su aliento.
Laura Manuela sonrió con los labios cerrados, esa sonrisa leve que siempre tenía, pero ahora cargada de algo distinto.

—Todo va a estar bien —dijo, y sus dedos encontraron los de Sandra sobre los cristales rotos.
Laura Manuela entrelazó sus piernas de largo medio con las piernas estilizadas de Sandra sobre los cristales rotos y cerró los ojos.
Laura Manuela abrió los ojos y miró los cristales rotos alrededor. Su piel todavía hormigueaba, los muslos le temblaban con el eco del orgasmo. Se incorporó despacio, apoyando una mano en la alfombra, y sintió el tirón pegajoso del sudor en su abdomen cuando se giró hacia Sandra.
—Mami, susurró, apartándole un mechón castaño de la mejilla húmeda, . Vamos a bañarnos. Déjame limpiarte.

Sandra parpadeó, los ojos todavía enrojecidos pero ya sin lágrimas frescas. Asintió sin palabras, los labios entreabiertos, y dejó que Laura Manuela la tomara de las manos. La ayudó a levantarse con cuidado, esquivando los fragmentos de vidrio, y la sostuvo cuando las piernas de Sandra flaquearon. Cruzaron la sala desnudas, los pies descalzos sobre la madera, y Laura Manuela encendió la luz del baño. El vapor empezó a alzarse apenas abrió el grifo de la bañera, el agua caliente golpeando la porcelana con un rumor sordo.
Sentó a Sandra en el borde de la bañera y tomó la esponja del estante. La empapó, la enjabonó hasta que la espuma le resbaló por los dedos, y se arrodilló frente a ella. Pasó la esponja por los muslos de Sandra, despacio, limpiando la película seca de fluidos vaginales y sudor que se había endurecido sobre la piel. Los restos blanquecinos se disolvieron bajo la espuma, el agua jabonosa corriendo en hilos finos hacia el desagüe. Laura Manuela frotó con suavidad la cara interna de los muslos, subió hasta la ingle, y cuando llegó a la vulva de Sandra, los dedos de su madre se aferraron a sus hombros.
—Déjame a mí ahora, murmuró Sandra, y le quitó la esponja de las manos.
Laura Manuela se incorporó y sintió la esponja tibia deslizarse sobre su abdomen plano, limpiando el sudor, la saliva seca, los restos del orgasmo compartido. Sandra la enjabonó con movimientos circulares, subió hasta sus senos y se detuvo allí, pasando la esponja una y otra vez sobre los pezones rosados hasta que se endurecieron bajo la espuma, tensos y sensibles. Laura Manuela soltó un suspiro entrecortado. Sandra dejó caer la esponja y acercó los labios a su hija. El beso fue húmedo, con sabor a jabón y a saliva, bajo el chorro de agua tibia que ahora caía sobre ambas.

Laura Manuela la guió dentro de la bañera y la sentó contra el borde. El agua les llegaba a las caderas, el vapor envolviéndolas. Se arrodilló entre las piernas de Sandra, el agua caliente golpeándole la espalda, y separó los muslos de su madre con las manos firmes. Bajó la cabeza y pasó la lengua por el clítoris de Sandra con un trazo lento, apenas un roce al principio. Sandra gimió, un sonido involuntario y agudo, y echó la cabeza hacia atrás contra el borde de la bañera. Laura Manuela repitió el movimiento, la lengua plana y cálida deslizándose sobre el botón hinchado, saboreando el agua tibia y el sabor salado de Sandra debajo. Metió dos dedos en la vagina de su madre bajo el agua, empujando con un ritmo suave, acompasado con las lamidas. Los dedos entraban y salían, el agua caliente fluyendo con ellos, y Sandra empezó a temblar. Sus caderas se alzaron, sus muslos apretaron las mejillas de Laura Manuela, y soltó un gemido ahogado cuando el espasmo la recorrió entera. Un chorro de fluidos vaginales calientes se mezcló con el agua de la bañera mientras Sandra se corría, los dedos aferrados al borde de porcelana. El agua tibia siguió corriendo sobre sus piernas temblorosas.
Sandra aún temblaba, los muslos pegajosos de sus propios fluidos, el pecho subiendo y bajando con una respiración entrecortada. Sus ojos rojos e hinchados se fijaron en Laura Manuela, arrodillada aún entre sus piernas, el cabello fucsia empapado pegado a las mejillas llenas de pecas. Sin decir nada, Sandra deslizó la mano temblorosa por el agua tibia y la posó sobre el abdomen plano de su hija. Los dedos se extendieron sobre la piel mojada, sintiendo los músculos tensos debajo. Laura Manuela se quedó quieta, los ojos claros abiertos, las gotas de agua resbalando por sus pestañas.
—No pares nunca, susurró Sandra, la voz ronca y rota, una súplica que le salió del fondo del pecho, . No quiero que esto se acabe.
Los dedos de Sandra bajaron lentamente por el vientre de Laura Manuela, rozando el ombligo, siguiendo la línea del pubis hasta alcanzar la vulva bajo el agua. Laura Manuela soltó un suspiro entrecortado cuando los dedos de su madre se deslizaron entre sus pliegues, encontrándola mojada y caliente. Sandra no esperó. Metió dos dedos en la vagina de su hija de un solo empuje firme, hacia adentro, hasta el fondo, y Laura Manuela gimió con un sonido agudo que rebotó en los azulejos de la bañera.
—Así, mamá, jadeó Laura Manuela, aferrándose a los hombros de Sandra, clavando las uñas en la piel mojada.

Sandra empezó a mover los dedos. Entraban y salían bajo el agua con un ritmo constante, el agua tibia fluyendo entre ambas, el sonido húmedo y rítmico llenando el espacio reducido de la bañera. Laura Manuela arqueó la espalda, los pezones rosados rozando el pecho de su madre, un gemido escapándosele de los labios con cada embestida. Las caderas de Laura Manuela se movían contra la mano de Sandra, buscando más, empujando hacia los dedos que la penetraban.
—Más, suplicó Laura Manuela, la voz quebrada.
Sandra obedeció. Metió un tercer dedo en la vagina apretada de su hija y bombeó con fuerza. Los dedos entraban y salían, los nudillos golpeando la vulva hinchada, el agua salpicando contra sus vientres. Laura Manuela soltó un gemido largo e involuntario, los muslos voluminosos apretando la mano de Sandra, atrapándola mientras el espasmo empezaba a recorrerla. Sus fluidos vaginales fluyeron calientes sobre los dedos de Sandra, mezclándose con el agua tibia de la bañera, un chorro espeso que resbaló por la muñeca de su madre. Laura Manuela se corrió con un gemido agudo, el cuerpo entero tenso, las uñas dejando marcas rojas en los hombros de Sandra. El agua de la ducha seguía cayendo sobre ambas, golpeándoles la espalda, resbalando por sus pechos y sus vientres. Los dedos de Sandra aún dentro de Laura Manuela, temblando, mientras el agua tibia seguía cayendo sobre ambas en la bañera.
Laura Manuela la vio desde la entrada del pasillo. No preguntó nada. Caminó hasta el sofá, se sentó a su lado y la rodeó con los brazos. Sandra se desmoronó contra su pecho.
—Ya, mami —susurró Laura Manuela, y le secó las lágrimas con los pulgares, despacio, una mejilla y luego la otra—. Yo te reconstruyo.
Sandra levantó la cara. Los rostros quedaron a centímetros. La respiración de las dos se mezcló, caliente y entrecortada. El silencio se estiró hasta volverse insoportable.
Laura Manuela presionó sus labios contra los labios de Sandra. Fue un beso lento, húmedo, que se fue abriendo sin prisa. Las manos de Laura Manuela subieron por la cintura definida de Sandra y apretaron su busto por encima de la blusa. Sandra soltó un sollozo que se convirtió en un gemido cuando la boca de Laura Manuela bajó a su cuello.

Laura Manuela desabrochó la blusa de Sandra botón por botón, sin prisa, con los dedos firmes. Cuando la tela se abrió, bajó la boca al pezón derecho y lo succionó. Sandra arqueó la espalda y gimió. Con manos temblorosas, le quitó la camiseta a su hija y se llevó un pezón rosado a los labios. Se lamieron los senos frente a frente, con lenguas ansiosas y dientes que tiraban suave. Los pezones erectos se rozaron, húmedos de saliva. Sandra miró el cuerpo joven de Laura Manuela y vio un reflejo torcido de sí misma. Laura Manuela la empujó contra los cojines y bajó por su abdomen plano.
Laura Manuela le abrió las piernas de medio largo sin pedir permiso. Las manos firmes le separaron los muslos y la boca bajó directo al centro. La lengua plana recorrió la vajina abierta de arriba abajo, recogiendo los fluidos vaginales que ya resbalaban. Sandra soltó un gemido roto y se agarró del borde del sofá. La barbilla de Laura Manuela brillaba mojada mientras lamía el clítoris con la punta de la lengua, círculos rápidos, presión exacta. Metió dos dedos de golpe y Sandra gritó.
Los dedos la penetraron con ritmo rápido y duro, un sonido húmedo y obsceno que llenó la sala. La saliva y los jugos empapaban la tela del sofá. Laura Manuela bombeaba sin pausa, los dedos curvados para golpear el punto G, y Sandra soltó un gemido involuntario y agudo que le salió del pecho como un quejido animal. Las caderas le saltaban solas contra la mano de su hija.

—Date la vuelta —ordenó Sandra con la voz quebrada—. A cuatro.
Laura Manuela obedeció sin dudar. Apoyó las rodillas y los codos en el sofá, el culo alzado, las piernas largas abiertas. Sandra se arrodilló detrás y le separó las nalgas con las dos manos. Enterró la cara entre ellas y pasó la lengua por el ano de su hija. Trazó círculos firmes alrededor del esfínter, despacio, mojándolo todo, y luego presionó la punta de la lengua dentro. Laura Manuela gruñó y empujó el culo hacia atrás para tomar más.

Sandra metió tres dedos en la vajina empapada de Laura Manuela y los embistió con fuerza. Los fluidos vaginales goteaban sobre la tela del sofá mientras los dedos entraban y salían sin piedad. Laura Manuela gemía contra los cojines, las caderas moviéndose al ritmo de las embestidas. Sandra jaló a Laura Manuela por las caderas y la montó de frente para frotarse.
Sandra jaló a Laura Manuela por las caderas y la montó de frente. Las dos resbalaron hasta el borde del sofá, las piernas entrelazadas, las vajinas húmedas aplastándose una contra otra. La pierna de medio largo de Sandra se enganchó sobre el muslo voluminoso de Laura Manuela y empezaron a frotarse con fricción brutal. Los clítoris se tocaron directamente, piel contra piel, lubricados por los fluidos mezclados que ya empapaban los muslos de ambas.

—Así, mami, así —jadeó Laura Manuela, las pupilas dilatadas.
Sandra no respondió. Solo embistió más fuerte. Las caderas de las dos se movían descontroladas, violentas, el sonido de carne húmeda golpeando carne húmeda llenando la sala. La mesa de centro se tambaleó con cada sacudida. El jarrón vibró sobre la superficie de madera.
—No pares —gimió Sandra, mordiéndose el labio.
Laura Manuela clavó los dedos en las caderas de su madre y empujó hacia arriba. El roce era insoportable, directo, los clítoris hinchados frotándose sin descanso. La mesa se sacudió otra vez. El jarrón se deslizó hacia el borde.
—Me voy a correr, mami, me voy a—
El jarrón cayó al suelo y se hizo añicos con un estruendo seco. Ninguna se detuvo. Los cristales saltaron sobre la alfombra mientras Sandra y Laura Manuela seguían embistiendo con las caderas, los muslos chocando, los gemidos subiendo de tono.

—¡Me corro! —gritó Sandra.
—¡Yo también! —gritó Laura Manuela al mismo tiempo.
El gemido agudo e involuntario de ambas se fundió en un solo sonido. Sandra soltó un chorro de fluidos vaginales sobre el pubis de Laura Manuela, caliente y abundante, mientras Laura Manuela se corría con espasmos violentos, sus propios fluidos goteando sobre el suelo entre los cristales rotos. Las dos temblaron, abrazadas, sin soltarse.
Sandra yacía sobre la alfombra, los cristales del jarrón esparcidos alrededor como estrellas rotas. Su pecho subía y bajaba con una respiración que por fin encontraba calma. Los muslos le temblaban todavía, pegajosos de sudor y fluidos.
Sus dedos trazaron líneas perezosas sobre el abdomen plano y tonificado de Laura Manuela, recogiendo el sudor y los restos secos que brillaban sobre la piel. La caricia era lenta, sin prisa, como si dibujara un mapa nuevo sobre el cuerpo de su hija.

—Mami —susurró Laura Manuela, los ojos claros todavía dilatados.
Sandra le acarició el cabello fucsia, apartándole el flequillo de la frente húmeda. Se inclinó y le besó la frente con los labios entreabiertos, dejando allí el calor de su aliento.
Laura Manuela sonrió con los labios cerrados, esa sonrisa leve que siempre tenía, pero ahora cargada de algo distinto.

—Todo va a estar bien —dijo, y sus dedos encontraron los de Sandra sobre los cristales rotos.
Laura Manuela entrelazó sus piernas de largo medio con las piernas estilizadas de Sandra sobre los cristales rotos y cerró los ojos.
Laura Manuela abrió los ojos y miró los cristales rotos alrededor. Su piel todavía hormigueaba, los muslos le temblaban con el eco del orgasmo. Se incorporó despacio, apoyando una mano en la alfombra, y sintió el tirón pegajoso del sudor en su abdomen cuando se giró hacia Sandra.
—Mami, susurró, apartándole un mechón castaño de la mejilla húmeda, . Vamos a bañarnos. Déjame limpiarte.

Sandra parpadeó, los ojos todavía enrojecidos pero ya sin lágrimas frescas. Asintió sin palabras, los labios entreabiertos, y dejó que Laura Manuela la tomara de las manos. La ayudó a levantarse con cuidado, esquivando los fragmentos de vidrio, y la sostuvo cuando las piernas de Sandra flaquearon. Cruzaron la sala desnudas, los pies descalzos sobre la madera, y Laura Manuela encendió la luz del baño. El vapor empezó a alzarse apenas abrió el grifo de la bañera, el agua caliente golpeando la porcelana con un rumor sordo.
Sentó a Sandra en el borde de la bañera y tomó la esponja del estante. La empapó, la enjabonó hasta que la espuma le resbaló por los dedos, y se arrodilló frente a ella. Pasó la esponja por los muslos de Sandra, despacio, limpiando la película seca de fluidos vaginales y sudor que se había endurecido sobre la piel. Los restos blanquecinos se disolvieron bajo la espuma, el agua jabonosa corriendo en hilos finos hacia el desagüe. Laura Manuela frotó con suavidad la cara interna de los muslos, subió hasta la ingle, y cuando llegó a la vulva de Sandra, los dedos de su madre se aferraron a sus hombros.
—Déjame a mí ahora, murmuró Sandra, y le quitó la esponja de las manos.
Laura Manuela se incorporó y sintió la esponja tibia deslizarse sobre su abdomen plano, limpiando el sudor, la saliva seca, los restos del orgasmo compartido. Sandra la enjabonó con movimientos circulares, subió hasta sus senos y se detuvo allí, pasando la esponja una y otra vez sobre los pezones rosados hasta que se endurecieron bajo la espuma, tensos y sensibles. Laura Manuela soltó un suspiro entrecortado. Sandra dejó caer la esponja y acercó los labios a su hija. El beso fue húmedo, con sabor a jabón y a saliva, bajo el chorro de agua tibia que ahora caía sobre ambas.

Laura Manuela la guió dentro de la bañera y la sentó contra el borde. El agua les llegaba a las caderas, el vapor envolviéndolas. Se arrodilló entre las piernas de Sandra, el agua caliente golpeándole la espalda, y separó los muslos de su madre con las manos firmes. Bajó la cabeza y pasó la lengua por el clítoris de Sandra con un trazo lento, apenas un roce al principio. Sandra gimió, un sonido involuntario y agudo, y echó la cabeza hacia atrás contra el borde de la bañera. Laura Manuela repitió el movimiento, la lengua plana y cálida deslizándose sobre el botón hinchado, saboreando el agua tibia y el sabor salado de Sandra debajo. Metió dos dedos en la vagina de su madre bajo el agua, empujando con un ritmo suave, acompasado con las lamidas. Los dedos entraban y salían, el agua caliente fluyendo con ellos, y Sandra empezó a temblar. Sus caderas se alzaron, sus muslos apretaron las mejillas de Laura Manuela, y soltó un gemido ahogado cuando el espasmo la recorrió entera. Un chorro de fluidos vaginales calientes se mezcló con el agua de la bañera mientras Sandra se corría, los dedos aferrados al borde de porcelana. El agua tibia siguió corriendo sobre sus piernas temblorosas.
Sandra aún temblaba, los muslos pegajosos de sus propios fluidos, el pecho subiendo y bajando con una respiración entrecortada. Sus ojos rojos e hinchados se fijaron en Laura Manuela, arrodillada aún entre sus piernas, el cabello fucsia empapado pegado a las mejillas llenas de pecas. Sin decir nada, Sandra deslizó la mano temblorosa por el agua tibia y la posó sobre el abdomen plano de su hija. Los dedos se extendieron sobre la piel mojada, sintiendo los músculos tensos debajo. Laura Manuela se quedó quieta, los ojos claros abiertos, las gotas de agua resbalando por sus pestañas.
—No pares nunca, susurró Sandra, la voz ronca y rota, una súplica que le salió del fondo del pecho, . No quiero que esto se acabe.
Los dedos de Sandra bajaron lentamente por el vientre de Laura Manuela, rozando el ombligo, siguiendo la línea del pubis hasta alcanzar la vulva bajo el agua. Laura Manuela soltó un suspiro entrecortado cuando los dedos de su madre se deslizaron entre sus pliegues, encontrándola mojada y caliente. Sandra no esperó. Metió dos dedos en la vagina de su hija de un solo empuje firme, hacia adentro, hasta el fondo, y Laura Manuela gimió con un sonido agudo que rebotó en los azulejos de la bañera.
—Así, mamá, jadeó Laura Manuela, aferrándose a los hombros de Sandra, clavando las uñas en la piel mojada.

Sandra empezó a mover los dedos. Entraban y salían bajo el agua con un ritmo constante, el agua tibia fluyendo entre ambas, el sonido húmedo y rítmico llenando el espacio reducido de la bañera. Laura Manuela arqueó la espalda, los pezones rosados rozando el pecho de su madre, un gemido escapándosele de los labios con cada embestida. Las caderas de Laura Manuela se movían contra la mano de Sandra, buscando más, empujando hacia los dedos que la penetraban.
—Más, suplicó Laura Manuela, la voz quebrada.
Sandra obedeció. Metió un tercer dedo en la vagina apretada de su hija y bombeó con fuerza. Los dedos entraban y salían, los nudillos golpeando la vulva hinchada, el agua salpicando contra sus vientres. Laura Manuela soltó un gemido largo e involuntario, los muslos voluminosos apretando la mano de Sandra, atrapándola mientras el espasmo empezaba a recorrerla. Sus fluidos vaginales fluyeron calientes sobre los dedos de Sandra, mezclándose con el agua tibia de la bañera, un chorro espeso que resbaló por la muñeca de su madre. Laura Manuela se corrió con un gemido agudo, el cuerpo entero tenso, las uñas dejando marcas rojas en los hombros de Sandra. El agua de la ducha seguía cayendo sobre ambas, golpeándoles la espalda, resbalando por sus pechos y sus vientres. Los dedos de Sandra aún dentro de Laura Manuela, temblando, mientras el agua tibia seguía cayendo sobre ambas en la bañera.
0 comentarios - consolando a mami