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madre e hijo el comienzo

Cuando terminé de masturbarme,me quedé tirada en la cama, mirando el techo, con el cuerpo todavía temblando yla mente en llamas. Pasado un tiempo —no sé cuánto—, me cambié de ropa y salíde mi habitación.
Me acerqué a la de Enrique, pero ya no estaba. Eran las once dela mañana.
Empecé a hacer mis tareas domésticas, pero no podía sacarme a mihijo de la cabeza. Tenía que hablar de esto con alguien. ¿Y quién más que miamiga Gleny? Con ella ya había hablado un poco sobre la atracción que sentíapor Enrique. Tal vez podría entenderme y darme algún consejo.
Después de un rato de darle vueltas, la llamé.
—Gleny: ¿Hello? ¿Y ese milagro de que tú me llames? —fue loprimero que dijo. La verdad es que casi nunca la llamaba.
—Sandra: Hola, mi querida amiga. No digas eso. Sabes que siemprete tengo presente. —Aunque solo sea en mi mente, pensé, y sonreí para misadentros.
—Gleny: Sí, sí, Sandra. ¿Cómo está todo?
—Sandra: Todo bien. Te llamo porque necesito tu opinión... o unconsejo sobre algo.
—Gleny: ¡Sabía que por algo me llamabas, mala amiga! —dijo ella,riendo.
—Sandra: Sabes que te quiero mucho. Pero vamos al tema. Hace untiempo te hablé sobre mi hijo Enrique, de que me atraía como hombre. ¿Lorecuerdas?
—Gleny: Sí, claro que lo recuerdo. Hasta a mí me atrae esemachote —dijo entre risas—. ¡Ja, ja, ja!
—Sandra: Bueno, resulta que ayer pasó algo. —Le conté todo loque había ocurrido, pero omití lo que hicimos hoy en la habitación.
—Gleny: No lo puedo creer. ¿Y de verdad es tan grande y hermosasu verga?
—Sandra: Sí, amiga. Es algo que no había visto nunca. Elproblema es que ahora no puedo sacarlo de la cabeza.
—Gleny: Te entiendo, amiga. Y más con lo abandonada que te tienetu esposo. Pero lo único que te puedo aconsejar es que, si vas a hacer algo,tengas en cuenta que nadie más lo sepa. Eso puede acabar con tu familia.Aunque, si te soy sincera, con una verga así en mi casa, yo también pensaría enfollármelo, aunque sea mi hijo.
—Sandra: Aún no decido nada, Glenys.
Mentira. Ya estaba decidido. Me lo voy a follar. Tal vez no hoy,pero lo voy a hacer.
—Gleny: Bueno, amiga, hablamos luego. Y si lo follas y te gusta,¡me los prestas! Ja, ja, ja. ¡Adiós!
Colgué.
Seguí con mis asuntos. El día transcurrió normal. Bruno, miamante, me estuvo llamando, pero no le respondí. Hoy solo tenía cabeza parapensar en mi hijo.
Cuando dieron las seis de la tarde, me duché y me cambié. Ropasexy. Provocativa. La que guardaba para ocasiones especiales. Me miré al espejoy supe que esta noche iba a dar un paso más.
Me puse un vestido ajustado, escotado, que marcaba cada curva. Taconesaltos. Perfume en las muñecas, detrás de las orejas, entre los pechos.
Bajé a esperar a mi futuro macho.
A las seis y media llegó mi esposo. Me miró de arriba abajo. Susojos recorrieron mi cuerpo con una lentitud que me dio lástima.
—Mi esposa está bien hermosa hoy —dijo.
Si supieras que es para tu hijo que me puse así, pensé. Nohablarás, me reí por dentro.
—Gracias, cariño —respondí, con una sonrisa que no llegaba a misojos.
Pasados unos quince minutos, llegó mi hijo.
Enrique entró por la puerta y se quedó paralizado. Me miró dearriba abajo, igual que su padre, pero de otra forma. Sus ojos verdes, losmíos, se detuvieron en mis piernas, en mis caderas, en mis pechos.
—Mamá... —dijo, con la voz ronca—. Estás hermosa.
Se sonrojó como un tomate maduro.
Me acerqué a él. Pegué mis labios a su oído. Sentí cómo seestremecía.
—Me lo puse para ti, mi amor —susurré—. Qué bueno que te guste.
Luego le di un beso en el cuello. Un beso suave, húmedo,deliberado. Sentí cómo se le erizaba la piel bajo mis labios.
No dijo nada. Solo me miró, con los ojos brillantes, y subió asu habitación a ducharse antes de cenar.
Pasado un rato, mi esposo y mi hijo bajaron a cenar.
La cena transcurrió de manera normal. O casi. Mi esposo hablabadel trabajo, de que tenía que salir por una semana, de reuniones y números. Mihijo apenas habló. Lo sentía tenso. Sus miradas se clavaban en el plato. Dereojo miraba a su padre, como si temiera ser descubierto.
Jennifer no estaba. Había salido con sus amigas.
Cuando terminamos de cenar, mi esposo se fue al salón a ver lasnoticias. Como siempre. Mi hijo me ayudó a recoger los platos y los llevó a lacocina.
El momento que había estado esperando.
—Cariño —dije, mientras dejaba los platos en el fregadero—.Gracias por ayudarme.
—No es nada, mamá —respondió él—. Sabes que siempre puedescontar conmigo.
—Cariño... —Hice una pausa. Mi corazón latía con fuerza—.Acércate y dame un abrazo. Me hace falta. Desde que creciste ya no me dasabrazos. Ven... acércate. Y abrázame por detrás.
Él dudó un segundo. Luego obedeció.
Sus brazos rodearon mi cintura por detrás. Su pecho se pegó a miespalda. Su aliento, cálido, rozó mi nuca. Aproveché el momento. Me restreguécontra él. Mi culo presionó su entrepierna.
En cuestión de segundos, lo sentí. Duro. La verga de Enriquecrecía contra la tela de su pantalón, presionando la raja de mi culo a travésde mi vestido.
—Mamá, esto... —hizo una pausa, la voz quebrada—. Papá está enla sala.
—Tranquilo, cariño —dije, moviendo mis caderas apenas, apenas—.Solo es un abrazo. No tiene nada de malo.
Él tomó confianza. Se pegó más a mí. Hundió su erección contrami cuerpo. Un gemido se me escapó. Bajo. Prohibido.
—Qué rico abrazo, mi amor —dije, con la voz temblorosa—. Lonecesitaba.
Luego me di la vuelta. Lo miré a los ojos. Sus mejillas estabanencendidas. Sus labios entreabiertos. Su pecho subía y bajaba.
—Ahora sube a tu habitación —le susurré—. Espérame despierto. Tevoy a enseñar algo.
Asintió. Salió de la cocina con pasos torpes. Subió lasescaleras.
Me quedé sola, con los platos sucios en el fregadero y elcorazón a punto de estallar.
Solo faltaba que mi esposo se fuera a dormir.
Esta noche avanzaría un paso más en mi plan.
Esta noche, mi hijo aprenderá una nueva lección.
Terminé de fregar lostrastes y limpiar la cocina. Cuando salí a la sala, mi esposo roncaba en elmueble. Lo desperté suavemente y le dije que se fuera a su

madre e hijo el comienzo
habitación. Subí junto con él.Me puse la bata de dormir, me acosté a su lado y esperé a que empezara a roncarotra vez.
No tardó.
Apenas unos minutos después, su respiración se volvió pesada yregular. Me levanté sin hacer ruido. Salí de la habitación a pasos lentos,descalza, la bata rozándome los muslos. El pasillo estaba a oscuras. Solo laluz de la luna entrando por la ventana del fondo.
Llegué a la habitación de mi hijo.
La puerta estaba medio abierta. Empujé suavemente. Entré.
Enrique estaba sentado en el borde de la cama, esperando.Esperando a su madre. A la puta de su madre. Sus ojos verdes brillaron en lapenumbra cuando me vio.
—Ya estoy aquí, cariño —dije, cerrando la puerta—. Ven,acércate.
Se puso de pie. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Cuando lo tuveenfrente, dejé caer la bata.
La tela blanca cayó a mis pies. Debajo llevaba un conjunto delencería blanco, más diminuto que el anterior. Hilos. Encaje. Transparencias.Casi nada.
—¿Te gusta, mi amor? —pregunté, girando apenas para que me vierabien—. Me lo puse para ti. Ya que tu padre no me mira. Y me alegra saber que almenos un hombre en esta casa me mira.
—Estás hermosa, mamá —dijo él, con la voz ronca—. Te queda muybien.
Estaba tenso. Nervioso. Sus manos temblaban a los costados.
—¿Quieres tocar a mamá otra vez, mi amor?
—Este... sí. Me encantaría, mamá.
Cada vez que me llamaba "mamá", me ponía más caliente.La palabra prohibida. El nombre que no debería pronunciarse en este contexto. Ysin embargo, ahí estaba. Mojándome.
Ya con menos vergüenza, empezó a meter sus manos debajo de lalencería. Me agarró el culo. Lo apretó con fuerza. Con la otra mano me tocabael coño por encima de la tela blanca. Yo estaba en las nubes.
—¡Ooohh, sí, cariño! —gemí—. ¡Toca a mamá así!
Sus dedos se movían torpes pero ansiosos. Aprendían. Exploraban.Yo me dejaba hacer.
—Espera, cariño. Para.
Él me miró extrañado. Sus manos se detuvieron al instante.
—¿Hice algo que te molestara, mamá?
—No, mi amor. Me encanta lo que me haces. —Me acerqué a él. Lebesé la frente. Luego los labios. Un beso rápido. Una promesa—. Solo queríahacer esto.
Me quité toda la ropa interior. El sujetador de encaje cayó. Lasbraguitas diminutas también. Quedé completamente desnuda frente a mi hijo.
—Ahora sí, bebé. Ven. Tócame. Métele mano a mamá.
Me empezó a tocar, pero ahora piel con piel. Sus dedosrecorrieron mi espalda, mis caderas, mis nalgas. Me agarró el culo y lo apretócon más fuerza. Luego bajó una mano. Sintió mi humedad. Metió un dedo dentro demí.
—No ahí, cariño —dije, guiándolo—. Aquí.
Le enseñé dónde debía tocarme. Llevé su dedo a mi clítoris. Lopresioné suavemente. Él entendió. Empezó a acariciarlo con movimientoscirculares.
Cuando tocó el punto exacto, me retorcí de placer.
—¡Aahhh, sí, bebé! —grité—. Justo ahí. Tócame. Sigue, sigue. ¡Nopares!
Él seguía tocándome. Su ritmo se volvió más seguro. Yo estaba apunto de correrme.
—Sigue, mi amor —dije, jadeando—. Chúpame las tetas, mi vida.Eso vuelve loca a mami.
Se pegó a mis pechos como un becerro. Su boca húmeda, caliente.Pasaba de uno al otro. Chupaba. Lamía. Mordía suavemente.
—¡Aaaaahhhh! —gemí—. ¡Ohhh!
Su lengua en mis pezones. Sus dedos en mi clítoris. Mi cuerpoardiendo.
Ya estaba a punto. El orgasmo subía como una ola.
—¡Me corro, bebé! —grité—. ¡Me corroooooo! ¡Aaaaahhhh! ¡Ohhh,sí, sí, sí, sííííí!
Me corrí en su mano como pocas veces me había corrido en mivida. Un orgasmo largo, profundo, que me sacudió entera. Mi cuerpo tembló. Misrodillas flaquearon.
Y él no paraba.
Seguía tocándome. Su dedo seguía moviéndose sobre mi clítoris.La sensibilidad era demasiado.
—Para, para, bebé —dije, apartando su mano—. Suficiente.
Respiré hondo. Me recuperé.
—Quítate la ropa, cariño.
Él obedeció. Rápido. Ansioso. El pantalón del pijama cayó. Loscalzoncillos también.
Quedó completamente desnudo.
Y por fin. Por fin tenía esa enorme y hermosa verga frente a mí.
Veinte centímetros. Gruesa. Venosa. La cabeza roja, brillante.Palpitando. Apuntando hacia mí como si me conociera.
—Ponte de pie —dije.
Me arrodillé junto a él.
Tomé su verga con las dos manos. La acaricié. Sentí su peso. Sucalor. Su latido. Bajé la cabeza. Besé la punta. La lamí despacio. Círculosalrededor del glande.
Enrique gimió al sentir el contacto de mi lengua.
—¡Ooohh, Dios, mamá!
Se retorcía de placer. Su cuerpo temblaba.
Fui introduciendo su enorme anaconda en mi boca poco a poco. Noestaba segura de poder tragarla entera. Pero seguí. Relajé la garganta. Bajémás. Más. Hasta que tuve la cabeza rozando el fondo de mi garganta.
—¡Ooohh, Dios! —gritó él—. ¡Qué rico, mamá!
Me la saqué para preguntarle.
—¿Te gusta, mi amor? —dije, con la voz ronca—. ¿Te gusta como tela chupa mamá?
—¡Siiiii, mamá! ¡Me encanta! —sus dedos se enredaron en mipelo—. ¡Oh, Dios mío! Me voy a correr.
Sentí cómo su cuerpo se tensó. El orgasmo subía. Su verga palpómi boca.
Y luego, chorros de leche caliente llenaron mi garganta. Mecorrí dentro de mi boca. Tragué todo. Sin asco. Sin vergüenza. Con devoción.
Seguí chupándole hasta dejarlo limpio. Hasta que su verga empezóa ablandarse entre mis labios.
—Gracias, mamá —dijo él, con la voz rota, el pecho subiendo ybajando—. Por esa experiencia. Nunca me había sentido algo así.

incesto

—No tienes que agradecer, miamor —respondí, poniéndome de pie, besándole la frente—. Pero esto tiene queser nuestro secreto.
—Claro, mamá. No diré nada.
Hizo una pausa. Dudó. Luego me miró a los ojos.
—Mamá... —su voz era un hilo—. ¿Me dejarías metértela?
Ya lo tenía donde quería. Él mismo me lo había pedido.
—Cariño —dije, acariciándole la mejilla—. Lo voy a pensar.
Mentira. Claro que sí. Lo haría. Pero no esta noche. Aún no.
—Ahora duerme —dije—. Mañana tienes clase y práctica de fútbol.Necesitas descansar.
Asintió. Se metió en la cama. Lo tapé con la sábana. Apagué laluz.
Salí de su habitación.
Y cuando salía, me encontré en el pasillo con Jennifer.
Ella me miró.
No dijo nada.
Solo se quedó allí, apoyada en el marco de su puerta, con losbrazos cruzados. Su cara era una máscara impenetrable.
Luego se dio la vuelta y se metió en su habitación.
No sé si había llegado justo en ese momento o si había escuchadoalgo de lo que pasó.
Pero su mirada me heló la sangre.
Fui a mi habitación, donde mi esposo seguía roncando. Me metí enla cama, pegué mi espalda a la suya y cerré los ojos. Ya tenía a mi hijo dondequería. Había avanzado más de lo que imaginaba en una sola noche. Pero algo medejó inquieta.
Jennifer.
No sabía si había escuchado. No sabía cuánto. Pero su mirada enel pasillo me heló la sangre.
A la mañana siguiente me levanté temprano. Me duché. Me vestí.Bajé a la cocina.
Allí estaba mi hija.
Jennifer estaba de pie junto a la encimera, con una taza de caféen la mano. Cuando me vio, sus ojos se clavaron en los míos por un segundo.Luego apartó la mirada. Tomó sus cosas rápido. Su mochila. Las llaves. Elteléfono.
—Buenos días, mi niña —la saludé, con la voz más cálida quepude.
Ella me ignoró. Salió a toda prisa de la casa. La puerta secerró con un golpe seco.
Me quedé paralizada junto al fuego.
Sabía. Había escuchado algo. Tal vez todo.
Mi esposo bajó más tarde. Dio un beso seco en mi mejilla, comosiempre. Tomó una taza de café de pie, junto a la ventana. Salió a toda prisa asu trabajo. No me miró a los ojos. Nunca lo hacía.
Enrique bajó a la cocina más tarde. Yo ya desayunaba sola,mirando el vacío.
—Buenos días, mamá —dijo.
Tenía una sonrisa que no le veía desde hacía mucho tiempo. Unasonrisa limpia, feliz, de quien ha descubierto algo nuevo y maravilloso.
—Buenos días, mi vida —respondí, sintiendo cómo se me ablandabael corazón—. ¿Cómo amaneciste?
—Muy bien, mamá —dijo, sentándose frente a mí—. Feliz. Por teneruna madre como tú.
Mis ojos se humedecieron. Mi hijo estaba feliz. Y yo también.Por primera vez en años, los dos estábamos felices.
Pero nuestra nueva relación estaba amenazada.
Jennifer ya sabía algo.
No le dije nada a Enrique. No quería preocuparlo. No queríaarruinar su felicidad. Pero algo tendría que hacer para que Jennifer guardarasilencio. No permitiría que esta felicidad terminara. No ahora. No cuandoapenas empezaba.
Mi hijo terminó su desayuno, me besó en la mejilla y salió.Universidad. Prácticas de fútbol. Su vida normal.
Yo me quedé sola en la cocina. Inicié mis labores domésticas conel corazón encogido.
A las once de la mañana, mi teléfono vibró.
Bruno.

Mi amante. El hombre que me daba lo que mi esposo no me daba. Oal menos, el que me lo había estado dando hasta ahora.

incesto familiar

—¿Sandra? —dijo, con su vozronca—. ¿Nos vemos?
Lo pensé un segundo. Necesitaba despejar la cabeza. Necesitabasentir algo que no fuera miedo.
—Hotel de siempre. Media hora —respondí.
Llegué. Él ya estaba en la habitación, sentado en el borde de lacama, con una copa de vino en la mano. La televisión encendida en volumen bajo.Intento de ambiente romántico.
—Sandra —dijo, levantándose—. Qué hermosa estás hoy.
—Bruno —respondí, cerrando la puerta con pestillo—. Vine afollar. No a hablar. Ven. Métemela.
Él me miró extrañado.
—Estás rara hoy. ¿Qué te pasa?
—Nada —mentí.
No le iba a contar la verdad. No podía. No iba a decirle que micabeza estaba llena de mi hijo, no de él. No iba a decirle que su cuerpo, suverga, sus manos, ya no me bastaban. Que necesitaba más. Que necesitaba aEnrique.
Bruno me puso en cuatro sobre la cama. Me levantó la falda. Mebajó las braguitas. Yo ya estaba que chorreaba, pero no por él. Por lasimágenes que no podía sacar de mi cabeza. Por la verga de mi hijo. Por sus gemidos.Por su leche en mi garganta.
—Te voy a follar, puta —dijo Bruno, frotando su verga contra mientrada—. Ponte en cuatro. Te voy a romper el coño.
—¡Oh, por Dios! —gemí—. ¡Sí! ¡Fóllame!
Entró. De golpe. Hasta el fondo.
Pero yo no sentía su verga. Sentía la de Enrique.
—¿Así te gusta, puta? —preguntó él—. ¿Que te folle duro?
—¡Aaaaahhhh! —grité—. ¡Ohhh, sí, cabrón! ¡Fóllame! ¡Fóllameduro!
Me siguió follando unos minutos. Diez. Quince. Mi cuerporespondía, pero mi mente estaba en otra parte. En mi casa. En la habitación demi hijo. En su boca sobre mis pechos. En mis dedos mojados por sus jugos.
—¡Me voy a correr! —anuncié, más por inercia que por deseo.
—¡Córrete, puta! —ordenó él.
Me corrí. Mi cuerpo tembló. Pero fue un orgasmo vacío. Sin alma.
Unos segundos después, él también se corrió. Se derrumbó a milado, jadeando, sudoroso.
—Hoy te sentí poco concentrada, Sandra —dijo, encendiendo uncigarrillo.
—Asuntos familiares —respondí, levantándome de la cama.
Me duché. Me vestí. No lo miré mientras lo hacía.
—¿Te vas ya? —preguntó.
—Ya.
—¿Cuándo nos vemos?
—No lo sé. Te llamo.
Mentira. No iba a llamarlo. Al menos no pronto.
Bajamos juntos del hotel. Él por las escaleras. Yo por elascensor.
Llegué al vestíbulo. Pagué. Caminé hacia la puerta.
Y entonces la vi.
Jennifer estaba sentada en uno de los sillones de la recepción,con una revista en las manos. No leía. Me miraba.
Nuestras miradas se cruzaron.
El mundo se me vino abajo.
Mi hija me había seguido.
Ella cerró la revista. Se levantó. Salió del hotel sin decir unapalabra. Sin mirar atrás.
Me quedé paralizada junto a la puerta, con el corazón latiéndomeen la garganta.
Se acabó, pensé. Estoy jodida.
Conduje hasta la casa con la cabeza hecha un lío. Las manossudaban sobre el volante. El corazón me latía con fuerza. Repasaba mentalmentelo que le diría. Lo que podría negar. Lo que podría confesar.
Abrí la puerta.

Jennifer estaba sentada en el mueble de la sala, con los brazoscruzados, la mirada fija en la puerta. Esperándome.

madre e hijo


La miré. Tuve que bajar lacabeza.
—¿Tienes algo que decirme, Sandra? —dijo mi hija.
Me llamó por mi nombre. No "mamá". Sandra. Como sifuera una desconocida. Como si fuera su enemiga.
—Hija, te puedo explicar...
—¿Qué me vas a decir, Sandra? —me interrumpió, con la vozcargada de veneno—. ¿Que eres una puta que engaña a su esposo con otro hombre?¿O que eres una zorra que se folla a su hijo?
Sentí que el mundo se me venía encima.
Ella lo sabía. Todo. Lo había escuchado todo, la noche anterior.Mis gemidos. Mis palabras. Mis orgasmos.
—Hija, perdóname, por favor.
—No, Sandra. No es a mí a quien tienes que pedirle perdón. Es atu esposo por engañarlo. Y a tu hijo por pervertirlo y follártelo.
—Yo no he follado a mi hijo, Jennifer —dije, con la voz rota.
—Yo escuché todo anoche, Sandra. Escuché cómo gemías. Cómo tecorriste. Cómo le hablabas a tu hijo.
Ya no podía fingir. Ya no podía negar. Mi hija lo sabía todo.
Respiré hondo. Enderecé la espalda. La miré a los ojos.
—Aún no me follo a tu hermano —dije, con la voz firme—. Perosabes que me lo voy a follar. Porque me trae loca desde que cumplió losdieciocho años. Si vieras qué verga más grande y hermosa tiene, tal vez no mejuzgarías. Si le quieres decir a tu padre y que la familia se destruya, estásen todo tu derecho.
—No le voy a contar nada a papá —dijo Jennifer, con desprecio—.Él no merece sufrir por una puta como tú.
—Jennifer, te estás pasando. Ten cuidado cómo me hablas. Soy tumadre.
—¿Mi madre? —soltó una risa amarga—. Me da vergüenza llamartemadre, Sandra. Y antes de que te folles a mi hermano, prefiero follármelo yo. Ysabes que me lo voy a follar. Para que te duela.
—Niña, deja de decir tonterías.
—No son tonterías, Sandra. Si tú eres su madre y te lo quieresfollar, yo también puedo, como su hermana. Yo también he visto esa gran vergade la que hablas. No había pensado en mi hermano como hombre... pero tú,Sandra, grandísima puta, me acabas de abrir los ojos.
Mi hija se levantó. Subió las escaleras sin mirar atrás. Lapuerta de su habitación se cerró con un portazo.
Me quedé en la sala, con la palabra en la boca, el corazón rotoy la cabeza hecha un lío.
Por lo menos no le diría nada a su padre. Eso era algo.
Pero ahora tenía otro problema.
Mi hija no solo sabía la verdad. La aceptaba. Y queríaparticipar.
¿Tendría que ver a mi hija como una rival por la verga de mihijo?
Versión de Jennifer
Subí a mi habitación y cerré la puerta. Pero no me tiré en lacama a llorar ni a dar vueltas. Me senté frente al espejo del escritorio y memiré.
Soy una copia de mi madre. El mismo pelo rubio. Los mismos ojosverdes. El mismo cuerpo curvilíneo que a mis dieciocho años ya es una promesacumplida.
—Si ella puede —me dije en voz alta—, yo puedo.
No sentía celos. No sentía asco. Sentía curiosidad. Y una rabiafría que me hervía por dentro. Mi madre, la mujer que debía darme ejemplo, mehabía abierto los ojos de la peor manera posible. Me había mostrado que lasreglas no existen. Que todo vale. Que el deseo está por encima de la sangre.
Entonces yo también puedo jugar.
Esa noche, mi madre no bajó a cenar. Dijo que le dolía lacabeza. Mi padre ni se inmutó. Comió solo frente al televisor, se terminó unacopa de vino y se fue a dormir temprano. Como siempre. Como un fantasma.
Enrique llegó tarde. Venía de entrenar. Sudoroso. Cansado. Conla camiseta pegada al cuerpo.
Lo esperé en el pasillo de arriba, apoyada en la pared, con losbrazos cruzados.
—Llegas tarde, hermanito —dije, con una voz que no era la mía.Más grave. Más lenta. Más peligrosa.
—Tuve práctica —respondió él, secándose la frente con el dorsode la mano—. ¿Mamá ya se acostó?
—Dice que le duele la cabeza —respondí, encogiéndose dehombros—. Pero yo creo que es otra cosa.
—¿Qué otra cosa?

Sonreí. Una sonrisa que él no me conocía.
familiar
—Nada. Cosas de mamás. Buenasnoches.
—Buenas noches —respondió, extrañado.
Entré a mi habitación. Cerré la puerta. Pero me quedé pegada ala madera, escuchando.
Oí sus pasos hacia su cuarto. La puerta abrirse y cerrarse.Luego, el agua de la ducha.
Esperé.
Media hora después, Enrique salió de la ducha. Yo estaba en elpasillo otra vez. Me había puesto un short corto y una camiseta blanca, sinsujetador. El pelo suelto. Los labios pintados de un rojo tenue.
—¿Todavía no te acuestas? —preguntó él, secándose el pelo conuna toalla.
—No tengo sueño —respondí, acercándome un paso—. ¿Tú tampoco,verdad?
—Estoy cansado, pero no tengo sueño.
—Yo sé lo que te quita el sueño —dije.
Enrique frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mamá —respondí, sin rodeos—. Mamá te quita el sueño.
Su cuerpo se tensó. Su mano dejó de moverse con la toalla.
—¿Qué estás diciendo?
—Lo que oyes, hermanito. Mamá se te insinuó. Tú te dejaste. Yahora... ahora no puedes dejar de pensar en ella.
—Jennifer...
—No te preocupes —dije, acercándome otro paso—. No voy acontarle nada a papá. No voy a decir nada. Pero quiero algo a cambio.
—¿Qué?
—Tú —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. Una noche. Tú yyo. Solos.
Enrique dio un paso atrás. Su espalda chocó con la pared.
—Estás loca.
—¿Loca? —sonreí—. ¿Loca por querer lo mismo que mamá? ¿Loca porquerer probar esa verga enorme que tienes escondida en el pantalón?

taboo


—No sé de qué hablas.
—Claro que sabes —dije, bajando la mirada a su entrepierna—. Sete nota.
Enrique miró hacia abajo. Su short ya empezaba a marcar unaerección. Maldijo entre dientes.
—No es por ti —dijo.
—No me importa por quién es —respondí—. Solo quiero que sea paramí. Una noche. Y guardó el secreto.
—¿Y si no acepto?
—Entonces —dije, encogiendome de hombros—, papá se entera detodo. De ti. De mamá. De lo que hacen a sus espaldas. Y esta familia se va a lamierda. Todo por tu culpa.
Enrique me miró. Sus ojos verdes, los mismos que yo habíaheredado, estaban llenos de furia y de miedo.
—Eres peor que mamá —dijo.
—Soy igual —respondí—. Somos de la misma sangre. Las dos putas.Las dos zorras. Pero al menos yo soy honesta.
madre e hijo el comienzo

 —¿Honesta?
—Te estoy diciendo lo que quiero, ¿no? No ando con rodeos. No teregalo abrazos falsos. No te pido que me toques el culo con excusas. Te digo: fóllame,y guardó el secreto.
El silencio se hizo denso. Enrique cerró los ojos. Apretó lospuños.
—No voy a follarte —dijo.
—Entonces esta familia se destruye —respondí, dándome lavuelta—. Que tengas buenas noches, hermanito.
—Espera.
Me detuve. No me volví.
—¿Una noche? —preguntó él, con la voz rota.
—Una noche —respondí, girando la cabeza apenas, mostrando miperfil—. Pero no esta noche. Dentro de dos noches. Así lo piensas bien. Y tepreparas.
—¿Por qué dos noches?
—Porque quiero que sepas lo que vas a hacer. Quiero que lodesees. Quiero que cuando estés conmigo, no haya dudas. No habrá vuelta atrás.

incesto
—¿Y si me arrepiento?
—Entonces —dije, volviéndome del todo, mirándolo a los ojos—, lecuento todo a papá. Y tú te quedas sin madre, sin hermana y sin familia. Solo.Por cobarde.
Enrique tragó saliva. Asintió.
—Dos noches —dijo.
—Dos noches —repetí—. En mi habitación. A las doce. No faltes.
Entré. Cerré la puerta.
Me quedé apoyada en la madera, con el corazón latiendo fuerte,una sonrisa en los labios.
Mi madre creía que ella mandaba. Que ella controlaba a mihermano. Que ella era la única mujer en su vida.
Pero se equivocaba, ahora yo también estaba en el juego y dentrode dos noches, Enrique sería mío, aunque fuera solo una vez. Aunque fuera a lafuerza del chantaje.

incesto familiar
Yo también merecía probar esaverga enorme que hacía suspirar a mi madre como una puta.
Y esto… Esto es solo el comienzo.

madre e hijo

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