Lucas tenía 19 años, alto y delgado pero con músculos definidos de jugar al fútbol los fines de semana con amigos del barrio. Pelo castaño revuelto que siempre parecía necesitar un corte, ojos verdes intensos y una sonrisa inocente que contrastaba con la lujuria que lo consumía en secreto. Vivía con sus padres en una fila de casas adosadas modestas pero bien cuidadas, con patios traseros pequeños separados por vallas bajas de madera. Estudiaba primero de Ingeniería por las mañanas en la universidad pública, y cuando sus padres salían temprano —el padre a la fábrica metalúrgica, la madre a su puesto de administrativa en una gestoría—, la casa quedaba en un silencio absoluto que invitaba a sus vicios privados.
Esa mañana de jueves, como casi todas, se encerró en su habitación del primer piso. La ventana daba directamente al patio trasero compartido, sin cortinas ni persianas porque “nunca pasaba nada interesante”. Abrió el portátil sobre la cama, buscó uno de sus vídeos favoritos: una escena amateur de un chico joven dominando a una mujer madura en una cocina. Se bajó los vaqueros y los calzoncillos hasta los tobillos, la polla ya completamente dura, venosa y ligeramente curvada hacia arriba, la punta brillante de pre-semen. Empezó a masturbarse despacio al principio, la mano derecha moviéndose con ritmo firme, la izquierda sujetando el portátil para ver mejor. Gemía bajito, imaginando que la mujer del vídeo era Julia, la vecina del adosado contiguo.
Julia tenía 50 años exactos, casada con un hombre de 55 que pasaba semanas enteras fuera por su trabajo como representante comercial de maquinaria industrial. Era una mujer de curvas maduras y generosas: 1,65 m de altura, piel blanca con un leve bronceado de verano, tetas grandes y pesadas (talla 100D) que se movían con naturalidad bajo cualquier blusa, cintura marcada por los años pero aún definida, caderas anchas y culo redondo, alto y firme que se notaba especialmente cuando usaba pantalones de yoga para hacer ejercicio en el patio o faldas largas que se pegaban al caminar. Pelo gris plateado recogido en un moño suelto que dejaba mechones rebeldes sobre la nuca, gafas de montura fina que le daban un aire intelectual y severo, labios finos pero carnosos cuando se pintaba de rojo discreto. Siempre olía a jabón floral y a café, y su voz tenía ese tono firme que usaba cuando regañaba a los niños del barrio o hablaba con el cura después de misa.
Lucas aceleraba la mano, los gemidos subiendo de volumen, cuando oyó el golpe seco en el cristal de la ventana abierta. Levantó la vista de golpe, el corazón en la garganta: Julia estaba en su propio patio trasero, de pie junto a la valla baja, mirándolo directamente con los brazos cruzados y una expresión de incredulidad y desaprobación. Llevaba una blusa blanca abotonada hasta el cuello, falda larga gris que le llegaba a los tobillos y zapatillas de casa. El sol de la mañana le iluminaba la cara, haciendo brillar las gafas.
Lucas se quedó congelado. La polla aún tiesa en la mano, el vídeo reproduciéndose con gemidos obscenos que ahora sonaban ridículos y acusadores. Intentó taparse con la sábana arrugada, la cara ardiendo, el sudor frío bajándole por la espalda

Julia no gritó ni se apartó. Subió la voz firme, pero sin elevarla demasiado para no alertar a otros vecinos:
—Lucas… ¿qué estás haciendo? Eso es pecado. No está bien… sobre todo antes de ir a clase. Tus padres se matan trabajando para que estudies, y tú aquí, rebajándote a esto.
Lucas tartamudeó, voz quebrada, incapaz de sostenerle la mirada:
—Perdón… señora Julia… no quería que me viera… por favor, no se lo diga a nadie… ni a su marido… ni a mis padres… lo juro que paro…
Julia lo observó unos segundos en silencio, los ojos entrecerrados detrás de las gafas. Luego señaló la valla con un gesto seco.
—Baja ahora mismo. Hablaremos como adultos. No quiero que los vecinos vean esto o empiecen a cotillear.
Lucas dudó, el pulso latiéndole en las sienes como un tambor. Pero el miedo a que lo delatara lo impulsó. Se vistió a toda prisa —vaqueros, camiseta arrugada—, bajó por la escalera trasera y saltó la valla baja con facilidad. Julia lo esperaba con los brazos cruzados, expresión dura, el olor a jabón floral y café envolviéndolo cuando se acercó.
—Pasa adentro —ordenó, abriendo la puerta trasera de su cocina—. Mi marido está de viaje hasta el viernes. Nadie nos molestará.
Entraron. La cocina era impecable: encimeras de granito reluciente, olor a café recién hecho y pan tostado, fotos familiares en la nevera mostrando a Julia sonriente junto a un hombre calvo y serio. Julia cerró la puerta con llave y se giró hacia él, apoyándose en la encimera.
—Siéntate —dijo señalando una silla de madera—. Y explícame por qué un chico como tú, con un futuro por delante, se rebaja a masturbarse como un animal en vez de prepararse para la universidad.
Lucas se sentó, cabeza gacha, las manos temblando sobre las rodillas.
—Es que… la tentación es fuerte… pienso en mujeres mayores… en usted a veces… con esa forma de caminar por el patio, esas blusas que marcan sus tetas cuando se inclina a regar las plantas, esas faldas que se pegan al culo cuando sube la escalera del tendedero…
Julia se sonrojó intensamente, ajustándose las gafas con un gesto nervioso, pero intentó mantener la compostura.
—¿En mí? No digas tonterías. Estoy casada. Mi marido me respeta y yo a él. Lo que haces es sucio, Lucas. Deberías avergonzarte.
Lucas levantó la vista lentamente. La vergüenza inicial se estaba transformando en una rabia caliente, un deseo acumulado por meses de miradas furtivas: verla tender la ropa con pantalones ajustados que marcaban cada curva, regar las plantas inclinada con la blusa abierta un botón de más, o simplemente caminar por el patio con esa sensualidad madura que ella misma ignoraba. Se levantó de golpe, acercándose a ella con pasos lentos pero decididos.

—Usted me está mirando todos los días desde su patio. Con esas blusas apretadas que dejan ver los pezones cuando hace frío, y esas faldas que se pegan al culo cuando camina. ¿Cree que no me doy cuenta? Usted también tiene ganas, señora Julia. Solo que las tapa porque su marido no le da lo que necesita. Él la respeta demasiado, ¿verdad? La trata como a una señora decente, no como a la zorra que lleva dentro.
Julia retrocedió un paso, las mejillas rojas, pero chocó con la encimera de granito.
—No te atrevas… eso no es cierto… soy una mujer casada…
Lucas avanzó, la acorraló contra la encimera, sus cuerpos casi pegados. La agarró por la cintura con fuerza, sintiendo la suavidad de la falda y la carne madura debajo.
—Usted me pilló. Ahora yo la voy a pillar a usted. Y le voy a enseñar lo que es una follada de verdad, no las caricias suaves y aburridas de su maridito.
Julia forcejeó, empujándolo por el pecho con las manos temblorosas.
—¡Suéltame! ¡Esto no está bien! ¡Tengo marido! ¡Para ahora mismo!
Pero Lucas no paró. La giró de golpe, empujándola contra la encimera, levantándole la falda larga hasta la cintura con rudeza. Reveló medias de compresión hasta medio muslo, bragas blancas de algodón simples con una mancha húmeda evidente en la entrepierna. Se las bajó de un tirón hasta los tobillos, exponiendo su coño depilado solo en los bordes (un triángulo recortado de vello grisáceo), labios gruesos e hinchados, brillantes de excitación, y el culo redondo con estrías leves que lo ponían aún más cachondo.

—Qué puta hipócrita —gruñó, arrodillándose detrás de ella—. Me regaña por tocarme y mire esto: chorreando como una perra en celo mientras su marido está lejos.
Julia jadeó, intentando bajar la falda con manos temblorosas.
—No… por favor… mi marido… él nunca me ve así… es sucio…
Lucas la obligó a inclinarse más sobre la encimera, separándole las nalgas con las manos fuertes. Se acercó la cara a centímetros de su coño y culo. Olía a mujer madura excitada, a deseo reprimido durante años. Metió la lengua directo en su coño, lamiendo los labios hinchados de abajo arriba, chupando el clítoris con avidez, saboreando el jugo salado y dulce.
—Diga que le gusta, señora casada. Diga que mi lengua joven es mejor que cualquier cosa que su marido le haya hecho.
Julia gimió ahogado, las manos aferradas al borde de la encimera, las rodillas temblando.
—No… para… es indecente… ay… joder… lame más… no pares… mi marido nunca me ha lamido así…
Lucas rio contra su piel húmeda, metiendo dos dedos en su coño empapado mientras lamía con más fuerza. Luego subió la lengua al ano apretado, rodeando el esfínter con círculos lentos y profundos, empujando la punta dentro, saboreando el sabor prohibido.
—Mire qué culo virgen. Apuesto que su marido nunca se atrevió a tocarlo ni a mirarlo. Pero yo sí. Voy a comerlo hasta que suplique que la folle.
Julia empujó el culo hacia atrás instintivamente, gimiendo más alto, la voz rota.
—Dios… no… pero sí… lame más profundo… eres un cerdo… un cerdo joven y sucio… pero no pares… me estás volviendo loca…
Lucas siguió alternando: lengua en el coño, dedos follándola despacio, luego lengua en el culo, chupando y lamiendo con saña. Julia se corrió por primera vez así, temblando entera, jugos chorreando por sus muslos y goteando al suelo de baldosas blancas.

—Suplíqueme, zorra. Diga que quiere mi polla. Diga que necesita que la follen como nunca.
Julia, voz entrecortada y desesperada:
—Por favor… fóllame… necesito tu polla joven… mi marido no me llena… no me hace sentir nada… métemela… rómpeme…
Lucas se levantó, se bajó los vaqueros y calzoncillos. Polla dura, joven, venosa, la punta goteando. La penetró de golpe por detrás, enterrándose hasta los huevos en su coño empapado.
Julia gritó de placer puro.
—Ay… joder… eres enorme… me estás partiendo… más… más fuerte…
—No despacio —gruñó él—. Quiero que sienta cada centímetro que su marido no le da. Quiero que se acuerde de esto cada vez que él la toque.
Embestía brutalmente, agarrándole las tetas por encima de la blusa, arrancando botones uno a uno hasta liberarlas. Tetones grandes, pesados, pezones oscuros y duros como piedras. Los pellizcó con fuerza, tirando de ellos, girándolos.
—Diga que le gusta, hipócrita. Diga que mi polla es mejor que la de su viejo. Diga que es una puta infiel.
Julia lloriqueaba de placer, empujando hacia atrás con cada embestida.
—Sí… más fuerte… por favor… rómpeme… él nunca me ha follado así… eres un animal… un puto animal… pero quiero más… métemela hasta el fondo… hazme gritar…

Lucas aceleró, follándola con saña salvaje, la mesa crujiendo, platos y tazas tintineando en los armarios. Le daba palmadas fuertes en el culo, dejando marcas rojas en forma de mano, le tiraba del pelo para arquearle la espalda, obligándola a mirarlo por encima del hombro.
—Usted me llamó pecador. Ahora su coño de mujer casada está tragando polla como una zorra desesperada mientras su marido trabaja. ¿Qué diría si supiera que su mujer es una puta que se corre squirteando con un crío de 19 años?
Julia se corrió otra vez, más fuerte: squirteando sobre el suelo, el cuerpo convulsionando, lágrimas de éxtasis rodando por sus mejillas.
—No se lo digas nunca… pero córrete… lléname… quiero sentir tu semen joven dentro… que se note cuando vuelva mi marido…
Lucas salió de golpe, la giró de cara a él, la obligó a arrodillarse en el suelo frío y sucio de la cocina.
—No dentro. En la cara. Abre la boca, zorra. Saca la lengua.
Julia obedeció al instante, arrodillada, boca abierta, lengua fuera, ojos vidriosos de sumisión total.
Lucas se masturbó rápido, apuntando directamente a su cara.
—Levanta la barbilla. Mira a la cámara. Quiero verte bien: la mujer casada decente con la cara llena de leche de un crío.
Julia levantó la barbilla, los ojos cerrados a medias, temblando de excitación y vergüenza.
Lucas se corrió con un gruñido profundo, chorros espesos y calientes salpicándole las mejillas, la nariz, los labios, cayendo sobre las gafas empañadas, goteando por la barbilla y el cuello hasta manchar la blusa rota.
Julia jadeó, sintiendo cada chorro caliente en su piel.

Lucas respiró hondo, sacó el móvil del bolsillo y le hizo una foto rápida: Julia de rodillas, cara cubierta de semen espeso que brillaba bajo la luz de la cocina, gafas empañadas, blusa rota dejando ver las tetas manchadas, falda arrugada alrededor de la cintura, semen goteando por la barbilla y el cuello.
—Sonríe para la foto, puta. Di “quiero más”.
Julia, voz ronca y quebrada, con semen aún en los labios:
—Quiero… más… por favor… quiero más…

Lucas guardó el móvil con una sonrisa fría.
—Esto es mi seguro. Si alguna vez intentas negarte o contarle algo a alguien, esta foto llega a tu marido. O a tus amigas del club de lectura. O a quien yo quiera. Mañana por la mañana, cuando mis padres se vayan, deja la puerta trasera abierta. Estaré esperando. Y me recibirás de rodillas, con la boca abierta, lista para chupar y suplicar más.

Julia se quedó en el suelo, jadeando, semen resbalando por su cara y cuello, el cuerpo temblando de réplicas. Miró hacia arriba, los ojos llenos de una mezcla de vergüenza, culpa y deseo incontrolable.
—Por favor… —susurró, voz temblorosa y suplicante—. Mañana… ven antes… quiero más… quiero que me uses otra vez… no puedo parar de pensar en tu polla… en cómo me has roto… en tu semen en mi cara… por favor… dame más… necesito más…

Lucas le dio una palmada suave pero dominante en la mejilla manchada.
—Buena zorra. Mañana te doy más. Mucho más. Y la próxima foto será aún mejor.
Salió por la puerta trasera, dejando a Julia arrodillada en su cocina impecable, ahora manchada de semen, jugos y deseo prohibido, con la cara cubierta y una sonrisa culpable que no podía borrar.

Sabía que mañana estaría esperando de rodillas, suplicando.
Esa mañana de jueves, como casi todas, se encerró en su habitación del primer piso. La ventana daba directamente al patio trasero compartido, sin cortinas ni persianas porque “nunca pasaba nada interesante”. Abrió el portátil sobre la cama, buscó uno de sus vídeos favoritos: una escena amateur de un chico joven dominando a una mujer madura en una cocina. Se bajó los vaqueros y los calzoncillos hasta los tobillos, la polla ya completamente dura, venosa y ligeramente curvada hacia arriba, la punta brillante de pre-semen. Empezó a masturbarse despacio al principio, la mano derecha moviéndose con ritmo firme, la izquierda sujetando el portátil para ver mejor. Gemía bajito, imaginando que la mujer del vídeo era Julia, la vecina del adosado contiguo.
Julia tenía 50 años exactos, casada con un hombre de 55 que pasaba semanas enteras fuera por su trabajo como representante comercial de maquinaria industrial. Era una mujer de curvas maduras y generosas: 1,65 m de altura, piel blanca con un leve bronceado de verano, tetas grandes y pesadas (talla 100D) que se movían con naturalidad bajo cualquier blusa, cintura marcada por los años pero aún definida, caderas anchas y culo redondo, alto y firme que se notaba especialmente cuando usaba pantalones de yoga para hacer ejercicio en el patio o faldas largas que se pegaban al caminar. Pelo gris plateado recogido en un moño suelto que dejaba mechones rebeldes sobre la nuca, gafas de montura fina que le daban un aire intelectual y severo, labios finos pero carnosos cuando se pintaba de rojo discreto. Siempre olía a jabón floral y a café, y su voz tenía ese tono firme que usaba cuando regañaba a los niños del barrio o hablaba con el cura después de misa.
Lucas aceleraba la mano, los gemidos subiendo de volumen, cuando oyó el golpe seco en el cristal de la ventana abierta. Levantó la vista de golpe, el corazón en la garganta: Julia estaba en su propio patio trasero, de pie junto a la valla baja, mirándolo directamente con los brazos cruzados y una expresión de incredulidad y desaprobación. Llevaba una blusa blanca abotonada hasta el cuello, falda larga gris que le llegaba a los tobillos y zapatillas de casa. El sol de la mañana le iluminaba la cara, haciendo brillar las gafas.
Lucas se quedó congelado. La polla aún tiesa en la mano, el vídeo reproduciéndose con gemidos obscenos que ahora sonaban ridículos y acusadores. Intentó taparse con la sábana arrugada, la cara ardiendo, el sudor frío bajándole por la espalda

Julia no gritó ni se apartó. Subió la voz firme, pero sin elevarla demasiado para no alertar a otros vecinos:
—Lucas… ¿qué estás haciendo? Eso es pecado. No está bien… sobre todo antes de ir a clase. Tus padres se matan trabajando para que estudies, y tú aquí, rebajándote a esto.
Lucas tartamudeó, voz quebrada, incapaz de sostenerle la mirada:
—Perdón… señora Julia… no quería que me viera… por favor, no se lo diga a nadie… ni a su marido… ni a mis padres… lo juro que paro…
Julia lo observó unos segundos en silencio, los ojos entrecerrados detrás de las gafas. Luego señaló la valla con un gesto seco.
—Baja ahora mismo. Hablaremos como adultos. No quiero que los vecinos vean esto o empiecen a cotillear.
Lucas dudó, el pulso latiéndole en las sienes como un tambor. Pero el miedo a que lo delatara lo impulsó. Se vistió a toda prisa —vaqueros, camiseta arrugada—, bajó por la escalera trasera y saltó la valla baja con facilidad. Julia lo esperaba con los brazos cruzados, expresión dura, el olor a jabón floral y café envolviéndolo cuando se acercó.
—Pasa adentro —ordenó, abriendo la puerta trasera de su cocina—. Mi marido está de viaje hasta el viernes. Nadie nos molestará.
Entraron. La cocina era impecable: encimeras de granito reluciente, olor a café recién hecho y pan tostado, fotos familiares en la nevera mostrando a Julia sonriente junto a un hombre calvo y serio. Julia cerró la puerta con llave y se giró hacia él, apoyándose en la encimera.
—Siéntate —dijo señalando una silla de madera—. Y explícame por qué un chico como tú, con un futuro por delante, se rebaja a masturbarse como un animal en vez de prepararse para la universidad.
Lucas se sentó, cabeza gacha, las manos temblando sobre las rodillas.
—Es que… la tentación es fuerte… pienso en mujeres mayores… en usted a veces… con esa forma de caminar por el patio, esas blusas que marcan sus tetas cuando se inclina a regar las plantas, esas faldas que se pegan al culo cuando sube la escalera del tendedero…
Julia se sonrojó intensamente, ajustándose las gafas con un gesto nervioso, pero intentó mantener la compostura.
—¿En mí? No digas tonterías. Estoy casada. Mi marido me respeta y yo a él. Lo que haces es sucio, Lucas. Deberías avergonzarte.
Lucas levantó la vista lentamente. La vergüenza inicial se estaba transformando en una rabia caliente, un deseo acumulado por meses de miradas furtivas: verla tender la ropa con pantalones ajustados que marcaban cada curva, regar las plantas inclinada con la blusa abierta un botón de más, o simplemente caminar por el patio con esa sensualidad madura que ella misma ignoraba. Se levantó de golpe, acercándose a ella con pasos lentos pero decididos.

—Usted me está mirando todos los días desde su patio. Con esas blusas apretadas que dejan ver los pezones cuando hace frío, y esas faldas que se pegan al culo cuando camina. ¿Cree que no me doy cuenta? Usted también tiene ganas, señora Julia. Solo que las tapa porque su marido no le da lo que necesita. Él la respeta demasiado, ¿verdad? La trata como a una señora decente, no como a la zorra que lleva dentro.
Julia retrocedió un paso, las mejillas rojas, pero chocó con la encimera de granito.
—No te atrevas… eso no es cierto… soy una mujer casada…
Lucas avanzó, la acorraló contra la encimera, sus cuerpos casi pegados. La agarró por la cintura con fuerza, sintiendo la suavidad de la falda y la carne madura debajo.
—Usted me pilló. Ahora yo la voy a pillar a usted. Y le voy a enseñar lo que es una follada de verdad, no las caricias suaves y aburridas de su maridito.
Julia forcejeó, empujándolo por el pecho con las manos temblorosas.
—¡Suéltame! ¡Esto no está bien! ¡Tengo marido! ¡Para ahora mismo!
Pero Lucas no paró. La giró de golpe, empujándola contra la encimera, levantándole la falda larga hasta la cintura con rudeza. Reveló medias de compresión hasta medio muslo, bragas blancas de algodón simples con una mancha húmeda evidente en la entrepierna. Se las bajó de un tirón hasta los tobillos, exponiendo su coño depilado solo en los bordes (un triángulo recortado de vello grisáceo), labios gruesos e hinchados, brillantes de excitación, y el culo redondo con estrías leves que lo ponían aún más cachondo.

—Qué puta hipócrita —gruñó, arrodillándose detrás de ella—. Me regaña por tocarme y mire esto: chorreando como una perra en celo mientras su marido está lejos.
Julia jadeó, intentando bajar la falda con manos temblorosas.
—No… por favor… mi marido… él nunca me ve así… es sucio…
Lucas la obligó a inclinarse más sobre la encimera, separándole las nalgas con las manos fuertes. Se acercó la cara a centímetros de su coño y culo. Olía a mujer madura excitada, a deseo reprimido durante años. Metió la lengua directo en su coño, lamiendo los labios hinchados de abajo arriba, chupando el clítoris con avidez, saboreando el jugo salado y dulce.
—Diga que le gusta, señora casada. Diga que mi lengua joven es mejor que cualquier cosa que su marido le haya hecho.
Julia gimió ahogado, las manos aferradas al borde de la encimera, las rodillas temblando.
—No… para… es indecente… ay… joder… lame más… no pares… mi marido nunca me ha lamido así…
Lucas rio contra su piel húmeda, metiendo dos dedos en su coño empapado mientras lamía con más fuerza. Luego subió la lengua al ano apretado, rodeando el esfínter con círculos lentos y profundos, empujando la punta dentro, saboreando el sabor prohibido.
—Mire qué culo virgen. Apuesto que su marido nunca se atrevió a tocarlo ni a mirarlo. Pero yo sí. Voy a comerlo hasta que suplique que la folle.
Julia empujó el culo hacia atrás instintivamente, gimiendo más alto, la voz rota.
—Dios… no… pero sí… lame más profundo… eres un cerdo… un cerdo joven y sucio… pero no pares… me estás volviendo loca…
Lucas siguió alternando: lengua en el coño, dedos follándola despacio, luego lengua en el culo, chupando y lamiendo con saña. Julia se corrió por primera vez así, temblando entera, jugos chorreando por sus muslos y goteando al suelo de baldosas blancas.

—Suplíqueme, zorra. Diga que quiere mi polla. Diga que necesita que la follen como nunca.
Julia, voz entrecortada y desesperada:
—Por favor… fóllame… necesito tu polla joven… mi marido no me llena… no me hace sentir nada… métemela… rómpeme…
Lucas se levantó, se bajó los vaqueros y calzoncillos. Polla dura, joven, venosa, la punta goteando. La penetró de golpe por detrás, enterrándose hasta los huevos en su coño empapado.
Julia gritó de placer puro.
—Ay… joder… eres enorme… me estás partiendo… más… más fuerte…
—No despacio —gruñó él—. Quiero que sienta cada centímetro que su marido no le da. Quiero que se acuerde de esto cada vez que él la toque.
Embestía brutalmente, agarrándole las tetas por encima de la blusa, arrancando botones uno a uno hasta liberarlas. Tetones grandes, pesados, pezones oscuros y duros como piedras. Los pellizcó con fuerza, tirando de ellos, girándolos.
—Diga que le gusta, hipócrita. Diga que mi polla es mejor que la de su viejo. Diga que es una puta infiel.
Julia lloriqueaba de placer, empujando hacia atrás con cada embestida.
—Sí… más fuerte… por favor… rómpeme… él nunca me ha follado así… eres un animal… un puto animal… pero quiero más… métemela hasta el fondo… hazme gritar…

Lucas aceleró, follándola con saña salvaje, la mesa crujiendo, platos y tazas tintineando en los armarios. Le daba palmadas fuertes en el culo, dejando marcas rojas en forma de mano, le tiraba del pelo para arquearle la espalda, obligándola a mirarlo por encima del hombro.
—Usted me llamó pecador. Ahora su coño de mujer casada está tragando polla como una zorra desesperada mientras su marido trabaja. ¿Qué diría si supiera que su mujer es una puta que se corre squirteando con un crío de 19 años?
Julia se corrió otra vez, más fuerte: squirteando sobre el suelo, el cuerpo convulsionando, lágrimas de éxtasis rodando por sus mejillas.
—No se lo digas nunca… pero córrete… lléname… quiero sentir tu semen joven dentro… que se note cuando vuelva mi marido…
Lucas salió de golpe, la giró de cara a él, la obligó a arrodillarse en el suelo frío y sucio de la cocina.
—No dentro. En la cara. Abre la boca, zorra. Saca la lengua.
Julia obedeció al instante, arrodillada, boca abierta, lengua fuera, ojos vidriosos de sumisión total.
Lucas se masturbó rápido, apuntando directamente a su cara.
—Levanta la barbilla. Mira a la cámara. Quiero verte bien: la mujer casada decente con la cara llena de leche de un crío.
Julia levantó la barbilla, los ojos cerrados a medias, temblando de excitación y vergüenza.
Lucas se corrió con un gruñido profundo, chorros espesos y calientes salpicándole las mejillas, la nariz, los labios, cayendo sobre las gafas empañadas, goteando por la barbilla y el cuello hasta manchar la blusa rota.
Julia jadeó, sintiendo cada chorro caliente en su piel.

Lucas respiró hondo, sacó el móvil del bolsillo y le hizo una foto rápida: Julia de rodillas, cara cubierta de semen espeso que brillaba bajo la luz de la cocina, gafas empañadas, blusa rota dejando ver las tetas manchadas, falda arrugada alrededor de la cintura, semen goteando por la barbilla y el cuello.
—Sonríe para la foto, puta. Di “quiero más”.
Julia, voz ronca y quebrada, con semen aún en los labios:
—Quiero… más… por favor… quiero más…

Lucas guardó el móvil con una sonrisa fría.
—Esto es mi seguro. Si alguna vez intentas negarte o contarle algo a alguien, esta foto llega a tu marido. O a tus amigas del club de lectura. O a quien yo quiera. Mañana por la mañana, cuando mis padres se vayan, deja la puerta trasera abierta. Estaré esperando. Y me recibirás de rodillas, con la boca abierta, lista para chupar y suplicar más.

Julia se quedó en el suelo, jadeando, semen resbalando por su cara y cuello, el cuerpo temblando de réplicas. Miró hacia arriba, los ojos llenos de una mezcla de vergüenza, culpa y deseo incontrolable.
—Por favor… —susurró, voz temblorosa y suplicante—. Mañana… ven antes… quiero más… quiero que me uses otra vez… no puedo parar de pensar en tu polla… en cómo me has roto… en tu semen en mi cara… por favor… dame más… necesito más…

Lucas le dio una palmada suave pero dominante en la mejilla manchada.
—Buena zorra. Mañana te doy más. Mucho más. Y la próxima foto será aún mejor.
Salió por la puerta trasera, dejando a Julia arrodillada en su cocina impecable, ahora manchada de semen, jugos y deseo prohibido, con la cara cubierta y una sonrisa culpable que no podía borrar.

Sabía que mañana estaría esperando de rodillas, suplicando.
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