Boca abajo sobre la cama, la pelirroja parecía debatirse entre esconderse y mostrarse. Su cabello caía desordenado sobre la almohada, cubriéndole parte del rostro, como si esa cortina rojiza fuera un refugio. Tenía la respiración un poco acelerada, no por esfuerzo, sino por esa mezcla eléctrica de timidez y deseo de ser vista.

Sus piernas se doblaban apenas en las rodillas, los pies suspendidos en el aire por un instante antes de volver a apoyarse en el colchón. El movimiento era pequeño, casi nervioso, pero revelaba más de lo que pretendía ocultar. Sus dedos se aferraban a la sábana, arrugándola con suavidad, como si necesitara anclarse.

Giró el rostro hacia un lado. Sus mejillas estaban levemente encendidas, no solo por el tono natural de su piel, sino por la conciencia de su propio cuerpo extendido allí, ofrecido en silencio. No sabía exactamente dónde mirar, así que bajó la vista, dejando que su espalda hablara por ella.

Había algo vulnerable en esa postura, pero también una intención clara. Su cintura se arqueaba apenas, no exagerado, solo lo suficiente para acentuar la línea que descendía hacia sus caderas. Era como si su cuerpo tuviera más valentía que sus palabras.

Respiró hondo. El aire le infló el pecho y lo dejó salir lentamente. En ese gesto mínimo se notaba la ansiedad dulce de quien quiere lucirse, pero teme el peso de la mirada. No buscaba provocar de manera evidente. Buscaba ser contemplada.
Y en esa tensión delicada entre la vergüenza y el deseo de brillar, la pelirroja resultaba infinitamente más magnética que cualquier pose ensayada

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