Cayenne Klein (o Ají Cayena, como le dicen sus follamigos) es una flaquita rubia, hija de un poderoso oligarca ruso, que, como todas las de su clase, vive la vida como una hedonista empedernida, disfrutando de los placeres carnales, los excesos y con la única preocupación de siempre verse bella y apetecible, poniendo especialmente énfasis en el cuidado de sus pies.
Al igual que el cuento de Hans Christian Andersen, la vanidad de esta chica la ha hecho esclava de unos tacones rojos que, al calzárselos, hacen que se sienta más sexy y cachonda, como si todo su cuerpo fuera invadido por una ola de lascivia que comienza desde la punta de los dedos de sus pies, subiendo por sus piernas hasta desembocar en una fuerte sacudida en su depilado clítoris.
Cayena de por sí ya es una guarrilla, pero al usar sus zapatos rojos la calentura es tal, que prácticamente sus pies cobran vida propia y se mueven de tal manera durante la jodienda que sus amigos la llaman “Pies Picantes”.
Su padre, cansado de ver como la heredera de su imperio malgasta su vida entre fiestas de lujo, adicciones y sexo, decide mandar a desocupar uno de los hoteles de su propiedad en el Mediterráneo y enviarla allí de vacaciones, esperando que, entre la comodidad, la tranquilidad y la soledad del lugar, ella reflexione y enderece el rumbo de su vida.
Una mañana soleada, durante su estadía allí, Cayena reflexionaba caminando sola por las instalaciones del hotel, pensando en todas las pollas que habían pasado por sus pies y preguntándose si habían sido demasiadas y ya era momento de parar; mientras observaba el mar pensativa, apareció de pronto uno de los capataces del hotel, haciendo la inspección diaria.
En seguida, un cosquilleo en los pies de Cayena la alertó de su presencia y al ver al lugareño de piel bronceada y musculosa, la libido comenzó a invadir su cuerpo desde los pies hasta el coño. Ella se resistía pensando en lo que se había dicho a sí misma sobre parar de follar, pero sus pies, enfundados en los tacones rojos y adornados con una exquisita pedicura escarlata, la hicieron cambiar de opinión prometiéndose que esa sería la última polla con la que juguetearían sus pies y luego lo dejaría para encausar su vida por el camino de la rectitud.
Sin más que pensar, Ají Cayena, ataviada en un vestido rojo ceñidito a su delgado cuerpo, con aberturas laterales que dejaban entrever sus torneadas piernas y con un material delgado y fresco que dejaba sus pezones a la vista, se acercó sensualmente hacia el semental, lo saludó y se sentó a conversar con él. Mientras lo hacía, ella iba cruzando sus piernas provocativamente e iba balanceando el pie descolgado para llamar su atención. Afortunadamente, para ella, el sujeto era un adorador de pies y no aguanto un minuto cuando ya se los estaba lamiendo.
Cayena, desgonzada por el placer brindado a sus pies, se dejó llevar por la calentura y con los tacones rojos pajeó la verga de arriba a abajo, sin embargo, las suelas estaban algo sucias, por lo que dejó la chota algo sucia. Disculpándose por su error, Cayena decidió enmendarlo proporcionándole a nuestro amiguito una buena mamada hasta sacarle brillo, dejándolo sublimado de placer y con la verga más maciza que antes.
Con el goce a flor de piel, el capataz pasó al culeo puro y duro, sin dejar de lado el fetichismo de pies, para, finalmente, empotrar a esta diabla lujuriosa en cuatro y terminar chorreándole su lefa en los pies.













































































































































































































Al igual que el cuento de Hans Christian Andersen, la vanidad de esta chica la ha hecho esclava de unos tacones rojos que, al calzárselos, hacen que se sienta más sexy y cachonda, como si todo su cuerpo fuera invadido por una ola de lascivia que comienza desde la punta de los dedos de sus pies, subiendo por sus piernas hasta desembocar en una fuerte sacudida en su depilado clítoris.
Cayena de por sí ya es una guarrilla, pero al usar sus zapatos rojos la calentura es tal, que prácticamente sus pies cobran vida propia y se mueven de tal manera durante la jodienda que sus amigos la llaman “Pies Picantes”.
Su padre, cansado de ver como la heredera de su imperio malgasta su vida entre fiestas de lujo, adicciones y sexo, decide mandar a desocupar uno de los hoteles de su propiedad en el Mediterráneo y enviarla allí de vacaciones, esperando que, entre la comodidad, la tranquilidad y la soledad del lugar, ella reflexione y enderece el rumbo de su vida.
Una mañana soleada, durante su estadía allí, Cayena reflexionaba caminando sola por las instalaciones del hotel, pensando en todas las pollas que habían pasado por sus pies y preguntándose si habían sido demasiadas y ya era momento de parar; mientras observaba el mar pensativa, apareció de pronto uno de los capataces del hotel, haciendo la inspección diaria.
En seguida, un cosquilleo en los pies de Cayena la alertó de su presencia y al ver al lugareño de piel bronceada y musculosa, la libido comenzó a invadir su cuerpo desde los pies hasta el coño. Ella se resistía pensando en lo que se había dicho a sí misma sobre parar de follar, pero sus pies, enfundados en los tacones rojos y adornados con una exquisita pedicura escarlata, la hicieron cambiar de opinión prometiéndose que esa sería la última polla con la que juguetearían sus pies y luego lo dejaría para encausar su vida por el camino de la rectitud.
Sin más que pensar, Ají Cayena, ataviada en un vestido rojo ceñidito a su delgado cuerpo, con aberturas laterales que dejaban entrever sus torneadas piernas y con un material delgado y fresco que dejaba sus pezones a la vista, se acercó sensualmente hacia el semental, lo saludó y se sentó a conversar con él. Mientras lo hacía, ella iba cruzando sus piernas provocativamente e iba balanceando el pie descolgado para llamar su atención. Afortunadamente, para ella, el sujeto era un adorador de pies y no aguanto un minuto cuando ya se los estaba lamiendo.
Cayena, desgonzada por el placer brindado a sus pies, se dejó llevar por la calentura y con los tacones rojos pajeó la verga de arriba a abajo, sin embargo, las suelas estaban algo sucias, por lo que dejó la chota algo sucia. Disculpándose por su error, Cayena decidió enmendarlo proporcionándole a nuestro amiguito una buena mamada hasta sacarle brillo, dejándolo sublimado de placer y con la verga más maciza que antes.
Con el goce a flor de piel, el capataz pasó al culeo puro y duro, sin dejar de lado el fetichismo de pies, para, finalmente, empotrar a esta diabla lujuriosa en cuatro y terminar chorreándole su lefa en los pies.













































































































































































































0 comentarios - Zapatos Rojos, Pies Calientes 👠🌶️🦶🔥