La habitación respiraba una penumbra tibia, casi líquida. Afuera, la ciudad se hundía en su propio sueño, pero entre esas paredes el aire tenía un pulso, un ritmo secreto que latía con su nombre.El silencio no era quietud: era una espera que ardía despacio, como una vela consumiéndose.
El roce del tejido contra su piel parecía tener intención, como si la noche misma la rozara, curiosa.
Cada sombra, cada destello tenue parecía murmurar lo mismo: el deseo no duerme.



















0 comentarios - La noche me toca por dentro... El fuego no necesita testigos