La Tarde en el Río
Era una tarde de verano cuando fui al río con el grupo. Jazmín estaba allí, con ese bikini rosa que apenas contenía sus senos grandes y naturales. Llevaba los lentes en la cabeza, el pelo recogido, y se veía tan inocente... pero yo sabía que no lo era.
Nos quedamos los últimos cuando los demás se fueron. Estábamos solos, el agua cristalina, el sol bajando. Ella se acercó sonriendo, con esa carita de "¿y ahora qué?".
—¿Quieres ver algo? —me dijo, y sin esperar respuesta se quitó el bikini.
Sus senos quedaron expuestos, perfectos, con pezones rosados que se endurecieron al contacto con el aire fresco. Se metió al agua desnuda, nadando hacia una zona apartada entre las rocas.
La seguí. El agua estaba tibia, y cuando la alcancé, ella me esperaba recostada en una rota plana, completamente abierta, mostrándome todo.
—Nadie viene aquí —susurró.
Me desvestí rápido. Ella me miró con hambre, con esos ojos que parecían inocentes pero escondían una putita bien caliente. Cuando me acerqué, me agarró la verga con ambas manos, sintiendo cómo se endurecía bajo el agua.
—Estás grande —dijo, y se la metió a la boca allí mismo, en el río, con el agua llegándonos a la cintura.
Me la chupó como si tuviera hambre de días, usando la lengua en la punta, tragándose hasta la mitad. Luego se giró, apoyándose en la roca, ofreciéndome su culo redondito.
La penetré sin condón, sintiendo su calor húmedo, más caliente que el agua del río. Gemía bajito, tratando de no hacer ruido, pero cada embestida la hacía jadear más fuerte.
—Dame más fuerte —pidió, y obedecí.
La cogí durante veinte minutos, cambiando de posición, viendo sus senos rebotar cada vez que la embestía. Cuando estaba a punto de venirme, ella se giró, se arrodilló en el agua y me la chupó de nuevo hasta que exploté en su boca, llenándola de leche que se mezcló con el agua del río.
Se tragó todo, sonriendo después con esa carita de niña buena.
—Nadie va a saber —dijo, y se volvió a poner el bikini como si nada.












La Mañana con Casandra
Era domingo por la mañana cuando llegué a su departamento. Casandra me abrió la puerta con esa sonrisa amplia que tiene, esos dientes perfectos, el pelo castaño todavía despeinado de la cama.
—Entra —dijo, y apenas cerré la puerta ya me estaba besando.
Era diferente a las otras. Casandra tenía algo de dulzura, de ternura. No era la putita agresiva, era la amiga que se convierte en amante. Me llevó a su cuarto, donde las sábanas de rayas azules y blancas estaban revueltas, todavía con su olor.
Se desvistió despacio, sin prisa, dejando ver su cuerpo delgado, tonificado, esas piernas largas y esa barriguita plana. Sus senos eran medianos, naturales, con pezones rosaditos que se endurecieron cuando la miré.
—Te gusta lo que ves? —preguntó, sonriendo como siempre.
La empujé suavemente sobre la cama. Se dejó caer, abriendo las piernas para mí, mostrándome su vagina ya húmeda, rosadita, perfecta. Me desvestí y me acosté encima de ella, sintiendo su piel suave contra la mía.
La penetré despacio, mirándola a los ojos. Ella no apartaba la mirada, sonriendo entre jadeos, como si disfrutara cada segundo. No era sexo salvaje, era íntimo, profundo.
—Más profundo —susurró, y obedecí.
La cogí durante media hora, cambiando de posición, viendo cómo su sonrisa se convertía en gemidos de placer. Cuando ella estaba a punto de venirse, sus ojos se cerraron y su boca se abrió en una "O" perfecta, jadeando mi nombre.
Me vine dentro de ella, llenándola, y ella se quedó así, sonriendo, con mi semen escurriendo entre sus piernas.
—La mejor mañana —dijo después, acariciándome el pecho.











La Casa de Silvia
Me había dicho que su marido salía hasta las seis. Eran las dos de la tarde cuando llegué a su casa, nervioso pero caliente. Silvia me abrió con una bata roja, el pelo recogido, esos labios rojos pintados de propósito.
—Rápido, antes de que llegue —dijo, y me jaló adentro.
En su cuarto, la cama matrimonial estaba recién hecha. Eso me excitó más. Silvia se quitó la bata, mostrando su cuerpo desnudo, esos senos enormes colgando pesados, con areolas grandes y oscuras que me hipnotizaron.
—Mi marido no me toca así —dijo, y se arrodilló.
Me desabrochó el pantalón con urgencia, sacando mi verga ya dura. Se la metió a la boca con hambre de mujer abandonada, usando la lengua en la punta, los labios rojos dejando marca en mi piel.
—Quiero sentirte dentro —pidió, y se subió a la cama, abriendo las piernas.
La penetré en la cama donde dormía con su marido, sintiendo su vagina húmeda, caliente, apretada. Silvia gemía sin control, sin importarle si los vecinos escuchaban.
—Dame más fuerte, por favor —suplicaba, agarrándome la espalda.
La cogí durante cuarenta minutos, en diferentes posiciones, viendo sus senos rebotar salvajemente. Cuando me vine, lo hice sobre esos senos enormes, manchándola de leche.
—Mi marido nunca hace esto —dijo después, sonriendo mientras se limpiaba.











La Noche con Ana Luz
La conocí en un bar de mala muerte. Ana Luz estaba sentada sola, con ese cuerpo curvy que no pasaba desapercibido, el pelo negro largo cayéndole por la espalda, las uñas negras largas tamborileando en el vaso. Tenía un aire de "chica mala" que me prendió al instante.
—¿Te invito una copa? —le dije.
Me miró de arriba abajo, sonriendo con picardía. Dos horas después estábamos en su departamento, ella completamente desnuda frente a mí, mostrándome ese cuerpo escultural.
Se puso en cuclillas en el piso, como si fuera a orar, pero era para chuparme la verga. Lo hizo con una técnica brutal, usando las uñas negras para acariciar mis huevos mientras se tragaba la mitad.
—Quiero que me cojas así —dijo, y se volteó, ofreciéndome su culo enorme y redondo.
La penetré desde atrás, viendo sus caderas anchas, ese culo que se movía con cada embestida. Ana Luz gemía como perra en celo, sin pudor, pidiendo más y más.
—Más fuerte, cabrón —gritaba, y yo obedecía.
El reloj inteligente en su muñeca vibraba con notificaciones que ignorábamos. La cogí durante una hora, en el piso, en la cama, contra la pared. Cuando me vine, fue sobre su tatuaje de flores en el brazo, manchándolo de leche.











Era una tarde de verano cuando fui al río con el grupo. Jazmín estaba allí, con ese bikini rosa que apenas contenía sus senos grandes y naturales. Llevaba los lentes en la cabeza, el pelo recogido, y se veía tan inocente... pero yo sabía que no lo era.
Nos quedamos los últimos cuando los demás se fueron. Estábamos solos, el agua cristalina, el sol bajando. Ella se acercó sonriendo, con esa carita de "¿y ahora qué?".
—¿Quieres ver algo? —me dijo, y sin esperar respuesta se quitó el bikini.
Sus senos quedaron expuestos, perfectos, con pezones rosados que se endurecieron al contacto con el aire fresco. Se metió al agua desnuda, nadando hacia una zona apartada entre las rocas.
La seguí. El agua estaba tibia, y cuando la alcancé, ella me esperaba recostada en una rota plana, completamente abierta, mostrándome todo.
—Nadie viene aquí —susurró.
Me desvestí rápido. Ella me miró con hambre, con esos ojos que parecían inocentes pero escondían una putita bien caliente. Cuando me acerqué, me agarró la verga con ambas manos, sintiendo cómo se endurecía bajo el agua.
—Estás grande —dijo, y se la metió a la boca allí mismo, en el río, con el agua llegándonos a la cintura.
Me la chupó como si tuviera hambre de días, usando la lengua en la punta, tragándose hasta la mitad. Luego se giró, apoyándose en la roca, ofreciéndome su culo redondito.
La penetré sin condón, sintiendo su calor húmedo, más caliente que el agua del río. Gemía bajito, tratando de no hacer ruido, pero cada embestida la hacía jadear más fuerte.
—Dame más fuerte —pidió, y obedecí.
La cogí durante veinte minutos, cambiando de posición, viendo sus senos rebotar cada vez que la embestía. Cuando estaba a punto de venirme, ella se giró, se arrodilló en el agua y me la chupó de nuevo hasta que exploté en su boca, llenándola de leche que se mezcló con el agua del río.
Se tragó todo, sonriendo después con esa carita de niña buena.
—Nadie va a saber —dijo, y se volvió a poner el bikini como si nada.












La Mañana con Casandra
Era domingo por la mañana cuando llegué a su departamento. Casandra me abrió la puerta con esa sonrisa amplia que tiene, esos dientes perfectos, el pelo castaño todavía despeinado de la cama.
—Entra —dijo, y apenas cerré la puerta ya me estaba besando.
Era diferente a las otras. Casandra tenía algo de dulzura, de ternura. No era la putita agresiva, era la amiga que se convierte en amante. Me llevó a su cuarto, donde las sábanas de rayas azules y blancas estaban revueltas, todavía con su olor.
Se desvistió despacio, sin prisa, dejando ver su cuerpo delgado, tonificado, esas piernas largas y esa barriguita plana. Sus senos eran medianos, naturales, con pezones rosaditos que se endurecieron cuando la miré.
—Te gusta lo que ves? —preguntó, sonriendo como siempre.
La empujé suavemente sobre la cama. Se dejó caer, abriendo las piernas para mí, mostrándome su vagina ya húmeda, rosadita, perfecta. Me desvestí y me acosté encima de ella, sintiendo su piel suave contra la mía.
La penetré despacio, mirándola a los ojos. Ella no apartaba la mirada, sonriendo entre jadeos, como si disfrutara cada segundo. No era sexo salvaje, era íntimo, profundo.
—Más profundo —susurró, y obedecí.
La cogí durante media hora, cambiando de posición, viendo cómo su sonrisa se convertía en gemidos de placer. Cuando ella estaba a punto de venirse, sus ojos se cerraron y su boca se abrió en una "O" perfecta, jadeando mi nombre.
Me vine dentro de ella, llenándola, y ella se quedó así, sonriendo, con mi semen escurriendo entre sus piernas.
—La mejor mañana —dijo después, acariciándome el pecho.











La Casa de Silvia
Me había dicho que su marido salía hasta las seis. Eran las dos de la tarde cuando llegué a su casa, nervioso pero caliente. Silvia me abrió con una bata roja, el pelo recogido, esos labios rojos pintados de propósito.
—Rápido, antes de que llegue —dijo, y me jaló adentro.
En su cuarto, la cama matrimonial estaba recién hecha. Eso me excitó más. Silvia se quitó la bata, mostrando su cuerpo desnudo, esos senos enormes colgando pesados, con areolas grandes y oscuras que me hipnotizaron.
—Mi marido no me toca así —dijo, y se arrodilló.
Me desabrochó el pantalón con urgencia, sacando mi verga ya dura. Se la metió a la boca con hambre de mujer abandonada, usando la lengua en la punta, los labios rojos dejando marca en mi piel.
—Quiero sentirte dentro —pidió, y se subió a la cama, abriendo las piernas.
La penetré en la cama donde dormía con su marido, sintiendo su vagina húmeda, caliente, apretada. Silvia gemía sin control, sin importarle si los vecinos escuchaban.
—Dame más fuerte, por favor —suplicaba, agarrándome la espalda.
La cogí durante cuarenta minutos, en diferentes posiciones, viendo sus senos rebotar salvajemente. Cuando me vine, lo hice sobre esos senos enormes, manchándola de leche.
—Mi marido nunca hace esto —dijo después, sonriendo mientras se limpiaba.











La Noche con Ana Luz
La conocí en un bar de mala muerte. Ana Luz estaba sentada sola, con ese cuerpo curvy que no pasaba desapercibido, el pelo negro largo cayéndole por la espalda, las uñas negras largas tamborileando en el vaso. Tenía un aire de "chica mala" que me prendió al instante.
—¿Te invito una copa? —le dije.
Me miró de arriba abajo, sonriendo con picardía. Dos horas después estábamos en su departamento, ella completamente desnuda frente a mí, mostrándome ese cuerpo escultural.
Se puso en cuclillas en el piso, como si fuera a orar, pero era para chuparme la verga. Lo hizo con una técnica brutal, usando las uñas negras para acariciar mis huevos mientras se tragaba la mitad.
—Quiero que me cojas así —dijo, y se volteó, ofreciéndome su culo enorme y redondo.
La penetré desde atrás, viendo sus caderas anchas, ese culo que se movía con cada embestida. Ana Luz gemía como perra en celo, sin pudor, pidiendo más y más.
—Más fuerte, cabrón —gritaba, y yo obedecía.
El reloj inteligente en su muñeca vibraba con notificaciones que ignorábamos. La cogí durante una hora, en el piso, en la cama, contra la pared. Cuando me vine, fue sobre su tatuaje de flores en el brazo, manchándolo de leche.











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