El dormitorio aún apestaba a transpiración y a su calor denso. Seguía arrodillada sobre las baldosas frías, con la vagina ardiendo y la boca anegada de su semen espeso. Braian se acomodaba la campera en la orilla de la cama con total desinterés.
— Bueno, perra, ya me vacié bastante, dejame esto impecable antes de irme. Me ordenó con voz ronca, clavándome los dedos en la nuca.
Me tiró de la cabeza hacia abajo con fuerza bruta, sacando su verga semidura directo contra mi cara.
— Abrí bien esa boca y limpiame cada rincón, no pienso irme con olor a tu concha rota.
Obedecí por puro reflejo, arrastrando los labios por su carne sudada mientras me atragantaba con su tamaño.
*— Te detesto con cada célula, sos mi peor pesadilla...* Pensé ahogada en lágrimas y saliva.
— Jajaja, mirá tu cara de sumisa. Terminás siempre de rodillas lamiéndome como la puta barata que sos. Se burló, dándome una palmada seca.
*— Pero tengo demasiado miedo de que te enojes o dejes sin nada a nuestro hijo...* Me repetí con un nudo en la garganta, tragando su sabor amargo.
— Gracias por mantenerme bien alimentado con mis propios jugos, perra.
*— Ojalá te mueras solo y la vida te devuelva este infierno...* Pensaba con furia ciega, moviendo la lengua de arriba abajo obedeciendo su ritmo.
— Acá abajo no sos nadie, solo mi basurero personal. Me remarcó apretándome el cuero cabelludo para obligarme a chupar más profundo.
*— Maldito hijo de puta, me arruinaste y ahora me usas como se te canta el orto...* Pensé con náuseas.
— Ya cumpliste, descansa un rato hasta la próxima vez que tenga ganas de usar este orto. Dijo sacándome la verga de un tirón seco.
— Chau, trola, cuidame al crío que después vuelvo para otra ronda. Me tiró desde el umbral antes de dar un portazo.

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El zumbido del celular sobre la mesa me sacudió. El mensaje de Braian fue una orden: *“Ponete el vestido más putón que te compré. Estoy llegando y vas a estar bien abierta, porque te voy a destrozar a cogidas”*.
Fui corriendo al placard, saqué un trapo negro y brillante que apenas me cubría, me lo encajé sin ropa interior y lo esperé en el living temblando de excitación y miedo.
No tardó en entrar oliendo a alcohol y sudor. Me agarró del cuello con violencia y me tiró de espaldas contra el sillón.
— Con que vestidito de puta me esperabas. Qué bien sabés atender a tu dueño. Me siseó levantándome la tela de un solo manotazo.
Sin preámbulos, me abrió las piernas a la fuerza y me clavó su verga gorda directo en la concha, embistiéndome con una furia salvaje que me hizo arquear.
— ¡Aiaaaah! ¡Braian, más fuerte! Gemí enterrando los dedos en los almohadones mientras sus veintitrés centímetros me desgarraban delicioso.
— ¡Si vine a romperte toda la concha! Mirá cómo me apretás, sos mi bolsa de carne favorita. Me escupió acelerando el ritmo hasta hacerme ver estrellas.
Cuando se hartó de adelante, me tiró del pelo para dar vuelta el juego.
— Date vuelta y apoyate contra el respaldar, que quiero ese orto. Me ordenó con una sonrisa sádica.
Me puse boca abajo, arqueando las nalgas y separando las cachas solita para devorarlo mejor.
— ¡Abrí bien las cachas, qué buena puta sos! Se burló dándome una nalgada seca.
De un golpe seco me clavó la verga en el culo. El dolor me cortó la respiración, haciéndome morder el almohadón de puro placer y ardor.
*— Si supieras cómo me prende y cómo te odio a la vez...* Pensé con los ojos llorosos mientras sus caderas me destrozaban.
— Shhh, bajá el volumen que el nene duerme, perra. Me siseó al oído.
*— Me quedo callada, abriéndome más para que me rompas...* Pensaba sintiendo el calor extremo recorriéndome.
— ¿Te duele que te rompa el orto? Ninguna otra te aguanta así de fácil. Se rio dando una estocada brutal.
*— Nadie te da este culo como yo...* Gemía por dentro, entregada al vicio de su abuso.
— Mirá lo húmeda y blandita que me ponés la cola, sos una adicta a mi pija. Me humilló azotándome la cadera.
*— Sí, soy tu puta adicta...* Suplicaba mi mente mientras mis músculos se derretían bajo sus embestidas.
— ¡Toda tuya, perra, tragate mi leche! Rugió Braian dándome la estocada final, inundándome el culo caliente mientras me dejaba temblando y vacía sobre el sillón.

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El aire de la cocina todavía estaba pesado, impregnado de sudor seco y del rastro espeso de su semen goteándome del culo. Tenía las piernas temblando sobre las baldosas y las nalgas palpitando de dolor.
— Bueno, mucamita de cuarta, ahora hacé lo que mejor sabés: agachate, abrime bien las cachas y mostrá cómo te dejé el orto deformado para los muchachos. Me ordenó Braian con voz ronca, dándome una palmada seca en la cadera.
Me obligó a ponerme el maldito disfraz de sirvienta francesa: un trapo negro diminuto de encaje blanco que apenas me cubría la cintura. Me agaché, apoyando las manos en el suelo frío.
— Así, bien abierta, que se note la leche que te acabo de volcar adentro. No te muevas hasta que grabe, perra. Me siseó, acercándome el celular a la cara.
*— Si tan solo tuviera el valor de levantarme, escupirle la cara y mandarlo a la mierda...* Pensé con los ojos en lágrimas y los dientes apretados.
— ¿Qué tanto ponés esa carita de mártir? ¿Te molesta cumplir tu laburo de puta para mantener al crío? Apurate a separar bien las nalgas si querés cobrar. Me ladró, pateándome la rodilla para que abriera más.
*— Pensar en lo que iba a ser mi vida... Imaginaba que iba a crecer, que encontraría a un hombre que me amara de verdad, que me cuidara y me hiciera sentir segura...* Me latía la cabeza con amargura.
— Mováis los dedos, trola, hacete la que te gusta que te rompan el orto para que los pajeros de internet paguen la suscripción. Me gritó, clavándome el lente a centímetros.
*— En cambio, mírame ahora... El último tipo en este mundo al que quise tener en mi cama es el que me penetra a la fuerza y me usa de basurero en las redes...* Las lágrimas caían al suelo.
— Eso, mirá a la cámara y poné cara de golosa, que se vea bien cómo chorreás mis jugos. Sos una obra de arte para el vicio, lástima que para otra cosa no servís. Se burló Braian.
*— Me trago el orgullo, las náuseas y este disfraz estúpido... Todo por una miseria para comprarle la comida al hijo que me hizo a la fuerza...* Sentía un vacío negro en el pecho.
— Dale, perra, decime en el video lo mucho que te encanta que tu bully te coja el orto. Empezá a hablar antes de que te pegue. Me amenazó.
*— Si le contestara lo que pienso, le diría que es un cobarde... Pero tengo miedo. Miedo a que nos deje sin un peso y a terminar de hundirme...* Pensé ahogándome.
— Por favor, Braian... haceme tu puta mucama todos los días... mirá cómo me dejaste el culo abierto para vos... Tartamudeé a la cámara con voz patética, obligándome a actuar como una sumisa desesperada.
— Muy bien, putita, obediente como los perras. Quédate ahí hasta que suba el contenido, que en unas horas vuelvo para otra ronda. Me tiró con desprecio, dándose media vuelta y dejándome tirada en el suelo.

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El escritorio crujía bajo mi cuerpo mientras Braian me estampaba contra la madera fría, exigiéndome que posara para su fantasía de empresario y secretaria sumisa. Me había obligado a meterme en una pollera tubo insoportablemente ajustada, una camisa blanca translúcida sin corpiño y anteojos, mientras él se paseaba con un traje arrugado y olor a sudor.
— ¿Te creías muy profesional con este conjuntito, trola? Vamos a ver qué tan buena empleada sos. Me dijo Braian abriéndose la bragueta de golpe.
— S-sos un maldito... por favor, no me rompas la ropa... Le supliqué intentando acomodarme la falda.
*— Si tuviera el valor de pararme y gritarle que es un infeliz...* Pensé con los ojos en lágrimas, sintiendo el frío de la mesa. *Mirarme acá, encajada sobre un mueble viejo, sirviéndole de juguete sexual.*
— ¿Qué decís? Apurate a separar bien las nalgas sobre la esquina, que los pajeros de internet están esperando ver cómo te hago gritar. Me ladró, agarrándome del pelo para tirarme la cabeza hacia atrás.
*— Antes de que este monstruo me arruinara la vida en la secundaria, yo soñaba con algo distinto...* Me latía la cabeza. *Imaginaba un trabajo real de oficina, un escritorio de verdad y un hombre respetuoso que me hiciera sentir segura.*
— Movete y poné a grabar el teléfono de una vez, que no tengo todo el día. Me gritó, dándome un golpe seco en la nalga.
*— En vez de eso, mírame ahora...* Las lágrimas goteaban contra los papeles. *Penetrada a la fuerza por el tipo que juré odiar, convertida en una puta de redes para sobrevivir.*
— Poné cara de golosa y deciles a los pajeros que estás lista para que tu jefe te rompa la concha, o te corto la guita para la leche del pibe. Me amenazó, apretándome los pezones a través de la tela fina.
*— Me trago el orgullo, las náuseas y me abro las piernas frente a una cámara...* Sentía un vacío negro. *Todo por una miseria para darle de comer al hijo que me hizo a la fuerza.*
— Por favor, jefe... h-haga lo que quiera conmigo... mirá cómo le dejo la oficina lista... Tartamudeé frente a la cámara con voz patética, obligándome a actuar como una secretaria caliente mientras por dentro me moría.
— Muy bien, putita corporativa, obediente y arrastrada. Ahora abrime bien esas piernas que te voy a fundar la empresa a pura cogida. Me tiró él, clavándome los veintitrés centímetros de un solo golpe seco en la vagina mientras apretaba el botón de grabar.

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Horas antes habíamos mandado al nene con la excusa de "trabajar". La verdad era una maratón pornográfica para el OnlyFans de Braian, donde él se quedaba con todo mientras a mí me dejaba migajas.
El departamento olía a sudor, lubricante y semen. Me hizo pasar por una docena de disfraces groseros: enfermera transparente, colegiala microscópica y cuero apretado. En cada set me penetraba sin piedad en cuatro, de costado o colgada del respaldo.
— *Si tuviera el valor de pararme y romperle la cámara...* Pensaba llorando en silencio mientras me ponía una peluca rubia. *Pero si me planto, nos quedamos en la calle y el pibe no come.*
— Apurate a cambiarte, que los pajeros de internet esperan contenido y no quiero excusas. Me ladró sirviéndose vino.
— *Pensé que iba a estudiar, que conseguiría un trabajo digno, que un hombre me amaría de verdad... En cambio, mírame: el único que penetra mi cuerpo todos los días es mi propio bully, usándome como una puta de redes.*
La tortura siguió sin tregua. Me metió la verga por la concha hasta dejarme las paredes ardiendo, corriéndose adentro tres veces seguidas. Sin respiro, me giró y me empujó por el culo en cuatro poses, obligándome a tragar fluidos y aguantar sus escupitajos. Tenía el estómago revuelto y la boca pastosa.
— ¡Mováis las nalgas, perra! ¡Hacete la calentita que disfruta que le rompan el orto! Gritaba cacheteándome los muslos frente al trípode.
— *Me trago el orgullo, las náuseas y su leche... Todo por plata para los pañales. Me vendí por completo.*
En medio de una escena contra la pared, la cámara parpadeó en rojo y se apagó: la tarjeta se había quedado sin espacio.
— ¿Qué carajo hiciste, inútil? Me insultó tirando el aparato.
— T-te juro que la vacié... grabamos demasiado... Le contesté tiritando.
Aunque ya no grababa, Braian seguía con una energía sádica incontenible. Al verme ahí, exhausta y chorreando, se le volvió a parar de inmediato.
— Si la cámara se quedó sin espacio, jodete, porque a mí me sobra leche. Vení acá, perra. Gruñó con una sonrisa macabra.
Me agarró del pelo con violencia y me arrastró al centro del living.
— ¡Aiaaaah! ¡No doy más, estoy rota por dentro! Supliqué con la voz quebrada.
— ¡A mí no me importa, agachate al piso y ponete en cuatro o te rompo los dientes! Me ordenó, doblándome las rodillas de una patada.
Me dejé caer sobre la alfombra, en cuatro patas, con la cola dolorida y la concha palpitando.
— Mirá cómo tenés ese orto, chorreando mi leche... Vamos a cerrar la noche, perra sumisa. Me siseó al oído.
Sin preámbulo, me clavó sus veintitrés centímetros directo en el culo. Sentí que la carne se me desgarraba en un dolor agudo que me cortó la respiración.
— ¡¡¡AAAAAHHHH! ¡P-POR FAVOR, EL CULO NO! Aullé apretando los puños contra la alfombra mientras sus caderas me martillaban el esfínter sin piedad, destruyéndome por completo.

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Eran pasadas las tres cuando sentí la puerta abrirse de un golpe y los pasos pesados de Braian viniendo directo a la cama. Como me obligaba a dormir desnuda y con las piernas abiertas, mi cuerpo quedó expuesto de inmediato. Se tiró encima sin aviso, me aplastó la cara contra la almohada y me dio vuelta de un solo tirón.
— Cerrá el orto, perra, no te muevas o te rompo el cuello. Me siseó al oído, pegándome una nalgada seca mientras me destrozaba el culo de una sola estocada brutal con sus veintitrés centímetros.
— ¡Aiaaah! ¡Por favor, Braian! Gemi ahogada, sintiendo el calor de su cuerpo sudado y el olor a vino barato mientras me clavaba la verga sin piedad.
— ¿Te duele, trola? Así te gusta, soportá bien, puta barata. Se burló, sacando la lengua y obligándome a mirar la pantalla del celular que nos grababa para el OnlyFans del que me robaba hasta el último centavo.
— M-me asustaste... pensé que era un ladrón... Le reclamé llorando, sintiendo su miembro gigante palpitando hondo en mi interior.
— ¿Qué esperabas, si lo único de valor acá sos vos, mi putita personal? Me respondió sacándose el pasamontañas y riéndose en mi cara.
— Sos un hijo de puta... me tratás como a basura... Le dije con la voz rota, tragándome la bronca sabiendo que si se enojaba y no me cogía las cien veces necesarias para ganar mi peso, mi hijo y yo nos quedábamos sin comer.
— A mí no me rompas las pelotas, si te encanta que te rompa el orto por miseria. Mirá cómo me apretás, estás bien húmeda y calentita. Me humilló, agarrándome de la cintura para acelerar el ritmo con más saña.
— N-no es de gusto... te odio... Gemi para mis adentros, mientras mi cuerpo, condicionado por la necesidad y el vicio de su verga, empezaba a gotear y a arquearse solo para hacerlo venir más rápido.
— ¡Eso, poné cara de golosa para la cámara, trola! ¡Que los pajeros vean cómo gime la madre de mi hijo! Gritó él, girando el teléfono para capturar cada ángulo de mi degradación.
— S-sí... más fuerte, Braian, romperme toda la concha... Ah, por favor... Gemí con falsicia, retorciéndome bajo su peso, usando toda mi malicia de puta sumisa para ordeñarle la leche.
— Mirá cómo te encanta, perra barata, te hacés la sufrida pero te morís por tragar mi verga. Me embistió con más furia, haciendo crujir el colchón.
— S-sí, soy tu perra... cogeáme todo el día, pagame lo que quieras pero no me dejes tirada... Le rogué con falsa devoción, arrastrándome a su merced para asegurar el pan de mi crío.
— Qué patética sos, pero reconozco que para garchar sos un fierro insaciable. Me escupió con desprecio.
— Vení a usarnos todas las veces que quieras... llename de leche... Le mentí descaradamente, tragándome el vómito y actuando como su putita más fiel para que mañana volviera a pagarme las monedas.
— Cerrá el orto y seguí moviendo las caderas, que todavía faltan un montón de cogidas para juntar los cien pesos de hoy. Me sentenció Braian, hundiéndome el miembro hasta el fondo sin piedad.

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Eran casi las dos de la mañana cuando el celular vibró con furia sobre la mesada. El mensaje de Braian era una orden inapelable: *“Dejá al crío y venite ya mismo a mi casa con un vestido corto. Si tardás, te corto los pagos y olvidate de que te vuelva a tocar”*.
El estómago se me encogió de terror. Necesitaba su plata para que mi hijo no pasara necesidades, por más que lo detestara con un odio ciego que me quemaba las entrañas. Me encajé un vestido tan diminuto y apretado que apenas me cubría la cadera, saliendo a la oscuridad de la madrugada en tacos altos y sin ropa interior; sabía que el animal ese me iba a romper la tela apenas cruzara la puerta.
Cuando llegué y golpeé, la puerta se abrió de golpe. Braian me agarró del cuello con mano ruda, me empujó contra la pared del pasillo y me levantó el vestido de un manotazo.
— Mirá a la puta barata cómo vino corriendo obediente... y encima sin bombacha, bien regalada. Me siseó con una risa sádica, pegándome una nalgada seca.
— S-sí... vine corriendo porque sabía que querías usarme y me saqué todo para vos... Le contesté temblando, adoptando el papel de perra sumisa para encenderlo.
— ¿Te creés viva por venir sin ropa interior, trola? Te debés haber cruzado a mil tipos deseando que te violen. Me insultó, apretándome los pechos con violencia mientras me respiraba el alcohol en la cara.
— Tenía miedo en la calle... pero solo quería llegar para que me cojas... Le mentí arqueando la espalda contra sus manos, poniéndome bien caliente para él.
— Qué patética que sos, cómo te humillás por dos mangos... pero para abrirme las piernas no servís para otra cosa. Me escupió, metiéndome los dedos en la concha sin previo aviso para comprobar que ya chorreaba.
— Ay, Braian... sí, rompeme toda... hacé conmigo lo que quieras pero no me dejes sin tus pagos... Le supliqué con los ojos llorosos, lamiéndole el cuello sudado.
Sin soltarme, me dio vuelta contra la pared, me abrió las piernas a la fuerza y me hundió sus veintitrés centímetros de un solo golpe seco, arrancándome un grito ahogado.
— ¡Aiaaaah! ¡Sí, metémela toda, rompeme la concha! Gemí de manera exagerada y falsa, retorciéndome contra su cuerpo mientras por dentro maldecía su nombre.
— Mirá cómo me apretás con esa concha de puta, te encanta que te trate como a mi bolsa de basura personal, ¿no? Me siseó al oído, acelerando las embestidas con furia animal.
— Me encanta... soy tuya, haceme mierda... cogéme hasta que te corras adentro y dejame bien llena de tu leche... Le rogaba con voz entrecortada, incitándolo a terminar rápido.
— ¡Eso, poné cara de golosa y suplicame más, perra del orto! Rugió él, levantándome del suelo y azotándome contra el respaldo del sillón para seguir destrozándome sin piedad.

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Caí de rodillas de inmediato y me puse en cuatro patas, con la cola bien arriba y la frente pegada al piso, en la postura más sucia.
— Arriba ese culo, perra, no me bajes la cola. Me siseó Braian, dándome un golpe seco en la rodilla para abrirme más las piernas.
Agarró mis nalgas con brutalidad y las separó con violencia, dejando al descubierto mi entrada anal destrozada y mi concha rota chorreando sus fluidos.
— Mirá cómo te dejé el orto y la concha, totalmente abiertos para mí. Se burló el hijo de puta, clavándome los dedos al lado del esfínter.
— P-por favor... me duele... Le supliqué con la voz quebrada.
— ¿Querés compasión? Si estás donde te merecés, temblando como perra. Me escupió, respirándome en la espalda.
*— Te odio con el alma, ojalá te mueras...* Pensé con furia ciega, tragando bilis mientras sentía sus dedos tanteándome la carne.
— S-sí... soy tu perra, Braian... hacé conmigo lo que quieras... Le dije con voz falsa y melosa, arqueando la espalda para rogarle su verga.
— Te encanta estar ahí tirada como un trapo, ¿no? Me humilló, dándome una nalgada sorda.
— ¡Sí, por favor, cogeme el culo y la concha hasta que te corras adentro! Le gemí, entregándole todo para que me use y me pague.
— Qué patética sos, puta insuperable... Se rio él, escupiéndose la mano antes de abalanzarse a romperme sin piedad.

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La cama de mi habitación crujía con violencia bajo las embestidas de Braian, mientras la cuna de nuestro hijo en el pasillo me obligaba a morder la almohada para ahogar los gritos.
Él estaba encima, con las piernas mías dobladas hasta el pecho y encajadas bajo sus axilas, abriéndome de par en par a sus veintitrés centímetros que me destrozaban la vagina.
— Más despacio... el nene duerme cerquita... Siseé con un hilo de voz, aferrándome a sus hombros sudados.
— ¿Te da vergüenza que escuche cómo te hago mierda la concha? A él le toca ver a su madre sirviendo de basurero. Me escupió con una sonrisa sádica, acelerando el ritmo.
— No... por favor... bajá la velocidad... Le rogué, arqueando la espalda y gimiendo más alto, rozándole el cuello con los labios para encenderlo y hacer que se vaciara rápido.
— Mirá cómo me apretás con esa concha, perra... te encanta que te coja. Rugió, dándome una estocada tan profunda que me hizo sangrar el labio de la mordedura.
*Hace un año soñaba con ser una mujer amada y respetada...* Pensé, con los ojos llenos de lágrimas mirando su cara sudada. *Y míreme ahora... convertida en la puta de mi bully, usada como bolsa de carne mientras le suplico que me coja para comprarle leche al nene.*
— ¿En qué pensás, trola? ¿Te estás enamorando de mi pija? Me sacudió con una palmada en la cadera.
— N-nada... solo en vos... en lo bien que me hacés... Le mentí con docilidad, arqueando las caderas y fingiendo espasmos de placer, dispuesta a arrastrarme para mantener a salvo a mi hijo.
— Así me gusta. Chupame el cuello y gime más fuerte, perra. Me ordenó tirándome del pelo.
— S-sí... más fuerte... llename toda... Gemí tragándome el asco, lista para entregarle el alma entera a cambio de su leche.

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Horas de tortura sexual me habían dejado rota: la vagina destrozada, el culo ardiendo y el estómago pesado por su semen. Me arrastré desde el dormitorio y me hinqué de rodillas sobre las baldosas frías frente a Braian, que se acomodaba los pantalones en el sillón.
— Bueno, perra, ya me vacié bastante. Parate y preparame algo para comer. Me ordenó con su voz ronca, chasqueando los dedos.
— S-sí... ya te cocino, mi amor... Le contesté con una sumisión enfermiza, tragando saliva con el sabor amargo de su leche en la garganta.
*— Qué tipo repugnante, ojalá se ahogue y se muera...* Pensé con odio puro, mientras fingía una sonrisa servil.
— Gracias por llevarte al nene a lo de mis viejos, Braian... Le dije con voz melosa, acariciándole las rodillas.
— ¿De qué hablás, tarada? Me frunció el ceño él.
— De que hiciste bien... para que no escuche cómo su papá convierte a su mamá en una puta barata. Continué, bajando la mirada patética.
— Jajaja, ¡qué pelotuda sos! Sí, le ahorré el trauma de ver a su vieja arrastrándose como la zorra que es. Se burló dándome una palmada en la mejilla.
— Por eso te amo y te agradezco tanto, mi amor... Dije tragando mis propias náuseas.
— ¡Basta de charla y ponete a cocinar antes de que te vuelva a hacer mierda acá mismo! Me gritó, pateándome el hombro.
Me levanté a los tropezones, chorreando de su abuso, lista para obedecer.
— Bueno, perra, ya me vacié bastante, dejame esto impecable antes de irme. Me ordenó con voz ronca, clavándome los dedos en la nuca.
Me tiró de la cabeza hacia abajo con fuerza bruta, sacando su verga semidura directo contra mi cara.
— Abrí bien esa boca y limpiame cada rincón, no pienso irme con olor a tu concha rota.
Obedecí por puro reflejo, arrastrando los labios por su carne sudada mientras me atragantaba con su tamaño.
*— Te detesto con cada célula, sos mi peor pesadilla...* Pensé ahogada en lágrimas y saliva.
— Jajaja, mirá tu cara de sumisa. Terminás siempre de rodillas lamiéndome como la puta barata que sos. Se burló, dándome una palmada seca.
*— Pero tengo demasiado miedo de que te enojes o dejes sin nada a nuestro hijo...* Me repetí con un nudo en la garganta, tragando su sabor amargo.
— Gracias por mantenerme bien alimentado con mis propios jugos, perra.
*— Ojalá te mueras solo y la vida te devuelva este infierno...* Pensaba con furia ciega, moviendo la lengua de arriba abajo obedeciendo su ritmo.
— Acá abajo no sos nadie, solo mi basurero personal. Me remarcó apretándome el cuero cabelludo para obligarme a chupar más profundo.
*— Maldito hijo de puta, me arruinaste y ahora me usas como se te canta el orto...* Pensé con náuseas.
— Ya cumpliste, descansa un rato hasta la próxima vez que tenga ganas de usar este orto. Dijo sacándome la verga de un tirón seco.
— Chau, trola, cuidame al crío que después vuelvo para otra ronda. Me tiró desde el umbral antes de dar un portazo.

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El zumbido del celular sobre la mesa me sacudió. El mensaje de Braian fue una orden: *“Ponete el vestido más putón que te compré. Estoy llegando y vas a estar bien abierta, porque te voy a destrozar a cogidas”*.
Fui corriendo al placard, saqué un trapo negro y brillante que apenas me cubría, me lo encajé sin ropa interior y lo esperé en el living temblando de excitación y miedo.
No tardó en entrar oliendo a alcohol y sudor. Me agarró del cuello con violencia y me tiró de espaldas contra el sillón.
— Con que vestidito de puta me esperabas. Qué bien sabés atender a tu dueño. Me siseó levantándome la tela de un solo manotazo.
Sin preámbulos, me abrió las piernas a la fuerza y me clavó su verga gorda directo en la concha, embistiéndome con una furia salvaje que me hizo arquear.
— ¡Aiaaaah! ¡Braian, más fuerte! Gemí enterrando los dedos en los almohadones mientras sus veintitrés centímetros me desgarraban delicioso.
— ¡Si vine a romperte toda la concha! Mirá cómo me apretás, sos mi bolsa de carne favorita. Me escupió acelerando el ritmo hasta hacerme ver estrellas.
Cuando se hartó de adelante, me tiró del pelo para dar vuelta el juego.
— Date vuelta y apoyate contra el respaldar, que quiero ese orto. Me ordenó con una sonrisa sádica.
Me puse boca abajo, arqueando las nalgas y separando las cachas solita para devorarlo mejor.
— ¡Abrí bien las cachas, qué buena puta sos! Se burló dándome una nalgada seca.
De un golpe seco me clavó la verga en el culo. El dolor me cortó la respiración, haciéndome morder el almohadón de puro placer y ardor.
*— Si supieras cómo me prende y cómo te odio a la vez...* Pensé con los ojos llorosos mientras sus caderas me destrozaban.
— Shhh, bajá el volumen que el nene duerme, perra. Me siseó al oído.
*— Me quedo callada, abriéndome más para que me rompas...* Pensaba sintiendo el calor extremo recorriéndome.
— ¿Te duele que te rompa el orto? Ninguna otra te aguanta así de fácil. Se rio dando una estocada brutal.
*— Nadie te da este culo como yo...* Gemía por dentro, entregada al vicio de su abuso.
— Mirá lo húmeda y blandita que me ponés la cola, sos una adicta a mi pija. Me humilló azotándome la cadera.
*— Sí, soy tu puta adicta...* Suplicaba mi mente mientras mis músculos se derretían bajo sus embestidas.
— ¡Toda tuya, perra, tragate mi leche! Rugió Braian dándome la estocada final, inundándome el culo caliente mientras me dejaba temblando y vacía sobre el sillón.

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El aire de la cocina todavía estaba pesado, impregnado de sudor seco y del rastro espeso de su semen goteándome del culo. Tenía las piernas temblando sobre las baldosas y las nalgas palpitando de dolor.
— Bueno, mucamita de cuarta, ahora hacé lo que mejor sabés: agachate, abrime bien las cachas y mostrá cómo te dejé el orto deformado para los muchachos. Me ordenó Braian con voz ronca, dándome una palmada seca en la cadera.
Me obligó a ponerme el maldito disfraz de sirvienta francesa: un trapo negro diminuto de encaje blanco que apenas me cubría la cintura. Me agaché, apoyando las manos en el suelo frío.
— Así, bien abierta, que se note la leche que te acabo de volcar adentro. No te muevas hasta que grabe, perra. Me siseó, acercándome el celular a la cara.
*— Si tan solo tuviera el valor de levantarme, escupirle la cara y mandarlo a la mierda...* Pensé con los ojos en lágrimas y los dientes apretados.
— ¿Qué tanto ponés esa carita de mártir? ¿Te molesta cumplir tu laburo de puta para mantener al crío? Apurate a separar bien las nalgas si querés cobrar. Me ladró, pateándome la rodilla para que abriera más.
*— Pensar en lo que iba a ser mi vida... Imaginaba que iba a crecer, que encontraría a un hombre que me amara de verdad, que me cuidara y me hiciera sentir segura...* Me latía la cabeza con amargura.
— Mováis los dedos, trola, hacete la que te gusta que te rompan el orto para que los pajeros de internet paguen la suscripción. Me gritó, clavándome el lente a centímetros.
*— En cambio, mírame ahora... El último tipo en este mundo al que quise tener en mi cama es el que me penetra a la fuerza y me usa de basurero en las redes...* Las lágrimas caían al suelo.
— Eso, mirá a la cámara y poné cara de golosa, que se vea bien cómo chorreás mis jugos. Sos una obra de arte para el vicio, lástima que para otra cosa no servís. Se burló Braian.
*— Me trago el orgullo, las náuseas y este disfraz estúpido... Todo por una miseria para comprarle la comida al hijo que me hizo a la fuerza...* Sentía un vacío negro en el pecho.
— Dale, perra, decime en el video lo mucho que te encanta que tu bully te coja el orto. Empezá a hablar antes de que te pegue. Me amenazó.
*— Si le contestara lo que pienso, le diría que es un cobarde... Pero tengo miedo. Miedo a que nos deje sin un peso y a terminar de hundirme...* Pensé ahogándome.
— Por favor, Braian... haceme tu puta mucama todos los días... mirá cómo me dejaste el culo abierto para vos... Tartamudeé a la cámara con voz patética, obligándome a actuar como una sumisa desesperada.
— Muy bien, putita, obediente como los perras. Quédate ahí hasta que suba el contenido, que en unas horas vuelvo para otra ronda. Me tiró con desprecio, dándose media vuelta y dejándome tirada en el suelo.

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El escritorio crujía bajo mi cuerpo mientras Braian me estampaba contra la madera fría, exigiéndome que posara para su fantasía de empresario y secretaria sumisa. Me había obligado a meterme en una pollera tubo insoportablemente ajustada, una camisa blanca translúcida sin corpiño y anteojos, mientras él se paseaba con un traje arrugado y olor a sudor.
— ¿Te creías muy profesional con este conjuntito, trola? Vamos a ver qué tan buena empleada sos. Me dijo Braian abriéndose la bragueta de golpe.
— S-sos un maldito... por favor, no me rompas la ropa... Le supliqué intentando acomodarme la falda.
*— Si tuviera el valor de pararme y gritarle que es un infeliz...* Pensé con los ojos en lágrimas, sintiendo el frío de la mesa. *Mirarme acá, encajada sobre un mueble viejo, sirviéndole de juguete sexual.*
— ¿Qué decís? Apurate a separar bien las nalgas sobre la esquina, que los pajeros de internet están esperando ver cómo te hago gritar. Me ladró, agarrándome del pelo para tirarme la cabeza hacia atrás.
*— Antes de que este monstruo me arruinara la vida en la secundaria, yo soñaba con algo distinto...* Me latía la cabeza. *Imaginaba un trabajo real de oficina, un escritorio de verdad y un hombre respetuoso que me hiciera sentir segura.*
— Movete y poné a grabar el teléfono de una vez, que no tengo todo el día. Me gritó, dándome un golpe seco en la nalga.
*— En vez de eso, mírame ahora...* Las lágrimas goteaban contra los papeles. *Penetrada a la fuerza por el tipo que juré odiar, convertida en una puta de redes para sobrevivir.*
— Poné cara de golosa y deciles a los pajeros que estás lista para que tu jefe te rompa la concha, o te corto la guita para la leche del pibe. Me amenazó, apretándome los pezones a través de la tela fina.
*— Me trago el orgullo, las náuseas y me abro las piernas frente a una cámara...* Sentía un vacío negro. *Todo por una miseria para darle de comer al hijo que me hizo a la fuerza.*
— Por favor, jefe... h-haga lo que quiera conmigo... mirá cómo le dejo la oficina lista... Tartamudeé frente a la cámara con voz patética, obligándome a actuar como una secretaria caliente mientras por dentro me moría.
— Muy bien, putita corporativa, obediente y arrastrada. Ahora abrime bien esas piernas que te voy a fundar la empresa a pura cogida. Me tiró él, clavándome los veintitrés centímetros de un solo golpe seco en la vagina mientras apretaba el botón de grabar.

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Horas antes habíamos mandado al nene con la excusa de "trabajar". La verdad era una maratón pornográfica para el OnlyFans de Braian, donde él se quedaba con todo mientras a mí me dejaba migajas.
El departamento olía a sudor, lubricante y semen. Me hizo pasar por una docena de disfraces groseros: enfermera transparente, colegiala microscópica y cuero apretado. En cada set me penetraba sin piedad en cuatro, de costado o colgada del respaldo.
— *Si tuviera el valor de pararme y romperle la cámara...* Pensaba llorando en silencio mientras me ponía una peluca rubia. *Pero si me planto, nos quedamos en la calle y el pibe no come.*
— Apurate a cambiarte, que los pajeros de internet esperan contenido y no quiero excusas. Me ladró sirviéndose vino.
— *Pensé que iba a estudiar, que conseguiría un trabajo digno, que un hombre me amaría de verdad... En cambio, mírame: el único que penetra mi cuerpo todos los días es mi propio bully, usándome como una puta de redes.*
La tortura siguió sin tregua. Me metió la verga por la concha hasta dejarme las paredes ardiendo, corriéndose adentro tres veces seguidas. Sin respiro, me giró y me empujó por el culo en cuatro poses, obligándome a tragar fluidos y aguantar sus escupitajos. Tenía el estómago revuelto y la boca pastosa.
— ¡Mováis las nalgas, perra! ¡Hacete la calentita que disfruta que le rompan el orto! Gritaba cacheteándome los muslos frente al trípode.
— *Me trago el orgullo, las náuseas y su leche... Todo por plata para los pañales. Me vendí por completo.*
En medio de una escena contra la pared, la cámara parpadeó en rojo y se apagó: la tarjeta se había quedado sin espacio.
— ¿Qué carajo hiciste, inútil? Me insultó tirando el aparato.
— T-te juro que la vacié... grabamos demasiado... Le contesté tiritando.
Aunque ya no grababa, Braian seguía con una energía sádica incontenible. Al verme ahí, exhausta y chorreando, se le volvió a parar de inmediato.
— Si la cámara se quedó sin espacio, jodete, porque a mí me sobra leche. Vení acá, perra. Gruñó con una sonrisa macabra.
Me agarró del pelo con violencia y me arrastró al centro del living.
— ¡Aiaaaah! ¡No doy más, estoy rota por dentro! Supliqué con la voz quebrada.
— ¡A mí no me importa, agachate al piso y ponete en cuatro o te rompo los dientes! Me ordenó, doblándome las rodillas de una patada.
Me dejé caer sobre la alfombra, en cuatro patas, con la cola dolorida y la concha palpitando.
— Mirá cómo tenés ese orto, chorreando mi leche... Vamos a cerrar la noche, perra sumisa. Me siseó al oído.
Sin preámbulo, me clavó sus veintitrés centímetros directo en el culo. Sentí que la carne se me desgarraba en un dolor agudo que me cortó la respiración.
— ¡¡¡AAAAAHHHH! ¡P-POR FAVOR, EL CULO NO! Aullé apretando los puños contra la alfombra mientras sus caderas me martillaban el esfínter sin piedad, destruyéndome por completo.

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Eran pasadas las tres cuando sentí la puerta abrirse de un golpe y los pasos pesados de Braian viniendo directo a la cama. Como me obligaba a dormir desnuda y con las piernas abiertas, mi cuerpo quedó expuesto de inmediato. Se tiró encima sin aviso, me aplastó la cara contra la almohada y me dio vuelta de un solo tirón.
— Cerrá el orto, perra, no te muevas o te rompo el cuello. Me siseó al oído, pegándome una nalgada seca mientras me destrozaba el culo de una sola estocada brutal con sus veintitrés centímetros.
— ¡Aiaaah! ¡Por favor, Braian! Gemi ahogada, sintiendo el calor de su cuerpo sudado y el olor a vino barato mientras me clavaba la verga sin piedad.
— ¿Te duele, trola? Así te gusta, soportá bien, puta barata. Se burló, sacando la lengua y obligándome a mirar la pantalla del celular que nos grababa para el OnlyFans del que me robaba hasta el último centavo.
— M-me asustaste... pensé que era un ladrón... Le reclamé llorando, sintiendo su miembro gigante palpitando hondo en mi interior.
— ¿Qué esperabas, si lo único de valor acá sos vos, mi putita personal? Me respondió sacándose el pasamontañas y riéndose en mi cara.
— Sos un hijo de puta... me tratás como a basura... Le dije con la voz rota, tragándome la bronca sabiendo que si se enojaba y no me cogía las cien veces necesarias para ganar mi peso, mi hijo y yo nos quedábamos sin comer.
— A mí no me rompas las pelotas, si te encanta que te rompa el orto por miseria. Mirá cómo me apretás, estás bien húmeda y calentita. Me humilló, agarrándome de la cintura para acelerar el ritmo con más saña.
— N-no es de gusto... te odio... Gemi para mis adentros, mientras mi cuerpo, condicionado por la necesidad y el vicio de su verga, empezaba a gotear y a arquearse solo para hacerlo venir más rápido.
— ¡Eso, poné cara de golosa para la cámara, trola! ¡Que los pajeros vean cómo gime la madre de mi hijo! Gritó él, girando el teléfono para capturar cada ángulo de mi degradación.
— S-sí... más fuerte, Braian, romperme toda la concha... Ah, por favor... Gemí con falsicia, retorciéndome bajo su peso, usando toda mi malicia de puta sumisa para ordeñarle la leche.
— Mirá cómo te encanta, perra barata, te hacés la sufrida pero te morís por tragar mi verga. Me embistió con más furia, haciendo crujir el colchón.
— S-sí, soy tu perra... cogeáme todo el día, pagame lo que quieras pero no me dejes tirada... Le rogué con falsa devoción, arrastrándome a su merced para asegurar el pan de mi crío.
— Qué patética sos, pero reconozco que para garchar sos un fierro insaciable. Me escupió con desprecio.
— Vení a usarnos todas las veces que quieras... llename de leche... Le mentí descaradamente, tragándome el vómito y actuando como su putita más fiel para que mañana volviera a pagarme las monedas.
— Cerrá el orto y seguí moviendo las caderas, que todavía faltan un montón de cogidas para juntar los cien pesos de hoy. Me sentenció Braian, hundiéndome el miembro hasta el fondo sin piedad.

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Eran casi las dos de la mañana cuando el celular vibró con furia sobre la mesada. El mensaje de Braian era una orden inapelable: *“Dejá al crío y venite ya mismo a mi casa con un vestido corto. Si tardás, te corto los pagos y olvidate de que te vuelva a tocar”*.
El estómago se me encogió de terror. Necesitaba su plata para que mi hijo no pasara necesidades, por más que lo detestara con un odio ciego que me quemaba las entrañas. Me encajé un vestido tan diminuto y apretado que apenas me cubría la cadera, saliendo a la oscuridad de la madrugada en tacos altos y sin ropa interior; sabía que el animal ese me iba a romper la tela apenas cruzara la puerta.
Cuando llegué y golpeé, la puerta se abrió de golpe. Braian me agarró del cuello con mano ruda, me empujó contra la pared del pasillo y me levantó el vestido de un manotazo.
— Mirá a la puta barata cómo vino corriendo obediente... y encima sin bombacha, bien regalada. Me siseó con una risa sádica, pegándome una nalgada seca.
— S-sí... vine corriendo porque sabía que querías usarme y me saqué todo para vos... Le contesté temblando, adoptando el papel de perra sumisa para encenderlo.
— ¿Te creés viva por venir sin ropa interior, trola? Te debés haber cruzado a mil tipos deseando que te violen. Me insultó, apretándome los pechos con violencia mientras me respiraba el alcohol en la cara.
— Tenía miedo en la calle... pero solo quería llegar para que me cojas... Le mentí arqueando la espalda contra sus manos, poniéndome bien caliente para él.
— Qué patética que sos, cómo te humillás por dos mangos... pero para abrirme las piernas no servís para otra cosa. Me escupió, metiéndome los dedos en la concha sin previo aviso para comprobar que ya chorreaba.
— Ay, Braian... sí, rompeme toda... hacé conmigo lo que quieras pero no me dejes sin tus pagos... Le supliqué con los ojos llorosos, lamiéndole el cuello sudado.
Sin soltarme, me dio vuelta contra la pared, me abrió las piernas a la fuerza y me hundió sus veintitrés centímetros de un solo golpe seco, arrancándome un grito ahogado.
— ¡Aiaaaah! ¡Sí, metémela toda, rompeme la concha! Gemí de manera exagerada y falsa, retorciéndome contra su cuerpo mientras por dentro maldecía su nombre.
— Mirá cómo me apretás con esa concha de puta, te encanta que te trate como a mi bolsa de basura personal, ¿no? Me siseó al oído, acelerando las embestidas con furia animal.
— Me encanta... soy tuya, haceme mierda... cogéme hasta que te corras adentro y dejame bien llena de tu leche... Le rogaba con voz entrecortada, incitándolo a terminar rápido.
— ¡Eso, poné cara de golosa y suplicame más, perra del orto! Rugió él, levantándome del suelo y azotándome contra el respaldo del sillón para seguir destrozándome sin piedad.

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Caí de rodillas de inmediato y me puse en cuatro patas, con la cola bien arriba y la frente pegada al piso, en la postura más sucia.
— Arriba ese culo, perra, no me bajes la cola. Me siseó Braian, dándome un golpe seco en la rodilla para abrirme más las piernas.
Agarró mis nalgas con brutalidad y las separó con violencia, dejando al descubierto mi entrada anal destrozada y mi concha rota chorreando sus fluidos.
— Mirá cómo te dejé el orto y la concha, totalmente abiertos para mí. Se burló el hijo de puta, clavándome los dedos al lado del esfínter.
— P-por favor... me duele... Le supliqué con la voz quebrada.
— ¿Querés compasión? Si estás donde te merecés, temblando como perra. Me escupió, respirándome en la espalda.
*— Te odio con el alma, ojalá te mueras...* Pensé con furia ciega, tragando bilis mientras sentía sus dedos tanteándome la carne.
— S-sí... soy tu perra, Braian... hacé conmigo lo que quieras... Le dije con voz falsa y melosa, arqueando la espalda para rogarle su verga.
— Te encanta estar ahí tirada como un trapo, ¿no? Me humilló, dándome una nalgada sorda.
— ¡Sí, por favor, cogeme el culo y la concha hasta que te corras adentro! Le gemí, entregándole todo para que me use y me pague.
— Qué patética sos, puta insuperable... Se rio él, escupiéndose la mano antes de abalanzarse a romperme sin piedad.

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La cama de mi habitación crujía con violencia bajo las embestidas de Braian, mientras la cuna de nuestro hijo en el pasillo me obligaba a morder la almohada para ahogar los gritos.
Él estaba encima, con las piernas mías dobladas hasta el pecho y encajadas bajo sus axilas, abriéndome de par en par a sus veintitrés centímetros que me destrozaban la vagina.
— Más despacio... el nene duerme cerquita... Siseé con un hilo de voz, aferrándome a sus hombros sudados.
— ¿Te da vergüenza que escuche cómo te hago mierda la concha? A él le toca ver a su madre sirviendo de basurero. Me escupió con una sonrisa sádica, acelerando el ritmo.
— No... por favor... bajá la velocidad... Le rogué, arqueando la espalda y gimiendo más alto, rozándole el cuello con los labios para encenderlo y hacer que se vaciara rápido.
— Mirá cómo me apretás con esa concha, perra... te encanta que te coja. Rugió, dándome una estocada tan profunda que me hizo sangrar el labio de la mordedura.
*Hace un año soñaba con ser una mujer amada y respetada...* Pensé, con los ojos llenos de lágrimas mirando su cara sudada. *Y míreme ahora... convertida en la puta de mi bully, usada como bolsa de carne mientras le suplico que me coja para comprarle leche al nene.*
— ¿En qué pensás, trola? ¿Te estás enamorando de mi pija? Me sacudió con una palmada en la cadera.
— N-nada... solo en vos... en lo bien que me hacés... Le mentí con docilidad, arqueando las caderas y fingiendo espasmos de placer, dispuesta a arrastrarme para mantener a salvo a mi hijo.
— Así me gusta. Chupame el cuello y gime más fuerte, perra. Me ordenó tirándome del pelo.
— S-sí... más fuerte... llename toda... Gemí tragándome el asco, lista para entregarle el alma entera a cambio de su leche.

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Horas de tortura sexual me habían dejado rota: la vagina destrozada, el culo ardiendo y el estómago pesado por su semen. Me arrastré desde el dormitorio y me hinqué de rodillas sobre las baldosas frías frente a Braian, que se acomodaba los pantalones en el sillón.
— Bueno, perra, ya me vacié bastante. Parate y preparame algo para comer. Me ordenó con su voz ronca, chasqueando los dedos.
— S-sí... ya te cocino, mi amor... Le contesté con una sumisión enfermiza, tragando saliva con el sabor amargo de su leche en la garganta.
*— Qué tipo repugnante, ojalá se ahogue y se muera...* Pensé con odio puro, mientras fingía una sonrisa servil.
— Gracias por llevarte al nene a lo de mis viejos, Braian... Le dije con voz melosa, acariciándole las rodillas.
— ¿De qué hablás, tarada? Me frunció el ceño él.
— De que hiciste bien... para que no escuche cómo su papá convierte a su mamá en una puta barata. Continué, bajando la mirada patética.
— Jajaja, ¡qué pelotuda sos! Sí, le ahorré el trauma de ver a su vieja arrastrándose como la zorra que es. Se burló dándome una palmada en la mejilla.
— Por eso te amo y te agradezco tanto, mi amor... Dije tragando mis propias náuseas.
— ¡Basta de charla y ponete a cocinar antes de que te vuelva a hacer mierda acá mismo! Me gritó, pateándome el hombro.
Me levanté a los tropezones, chorreando de su abuso, lista para obedecer.
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