Desde que mi bully descubrió que me tomé la pastilla Gender Bender y me convertí en esta mina de curvas exageradas, me obligó a ser su puta personal o me iba a hacer la vida miserable en el barrio. El chabón, un macho alfa arrogante, cruel y gigante, supe desde el primer segundo que me tenía completamente pisada. Yo antes era un pibe común que intentaba hacerle frente, pero ahora que soy una mina de piel suave y pechos pesados, mi mente y mi cuerpo quedaron totalmente a su merced. Hoy me citó en su lugar favorito, me desnudó por completo y me tiró al piso frío para recordarme mi nuevo lugar.
— Mirá qué linda te ves así, en bolas y de rodillas sobre el cemento, pedazo de perra regalada, me dijo mi bully, agarrándome firmemente de la coronilla mientras se bajaba el cierre.
— Por favor... no me pises la cabeza contra el piso, te juro que voy a ser una buena chica, le dije, levantando la vista con los ojos llenos de lágrimas y sintiendo el frío de la tarde pegándome directo en las nalgas desnudas.
— Menos palabras y ponete a laburar con la boca, que para eso te salieron esos labios carnosos de trola, me ordenó él con una carcajada ronca, empujándome la cara directo hacia su entrepierna.
— Sí, mi macho... voy a complacerte en todo, le dije con la voz temblando por el puro terror.
Abrí la boca despacio y empecé a lamerle y chuparle los huevos con desesperación, sintiendo el olor rudo y el sabor fuerte de su piel de macho, mientras bajaba mi mano finita hacia su verga venosa para empezar a pajearlo con movimientos rápidos y rítmicos.
— Así me gusta, tragate bien el orgullo que te quedaba de cuando te hacías el pibe; ahora sos mi juguete y vas a mamar hasta que a mí se me cante, me gritó desde arriba, disfrutando de ver cómo su antiguo compañero de colegio se ahogaba con su tamaño sin poder emitir un solo reclamo.

Desde que mi bully descubrió que me tomé la pastilla Gender Bender, me obligó a ser su puta personal o me iba a seguir haciendo miserable frente a todos. Él siempre fue un bruto arrogante, fuerte y dominante que disfrutaba de risa y humillarme, pero ahora que soy mujer, su sadismo se volvió cien veces más caliente y peligroso. Para tenerme bien controlada y pisada, me compró un conjunto de lencería de encaje rojo que es un chiste: una bombacha transparente que no tapa nada y un corpiño tan chico que deja mis dos lolas pesadas desbordadas casi por completo. Su orden fue clara: tenía que ponérmelo, ponerme de rodillas en mi cuarto y ponerme a grabar un video mostrándole cómo me quedaba antes de que viniera a buscarme.
— Tenés diez minutos para mandarme el video en bolas con el trapo que te compré, y más te vale que muestres bien ese orto gigante si no querés que te vaya a buscar y te rompa toda, me dijo por mensaje de voz con esa voz de mando que me congela la sangre.
— Ya me lo puse... mirá cómo me queda, le dije a la cámara del celular con la voz entrecortada, acomodando el teléfono en el piso mientras me ponía de rodillas sobre la alfombra.
— Que se te vean bien las lolas y la cara de sumisa que tenés ahora, trola, no me hagas perder el tiempo, me reordenó en el texto siguiente.
— Sí... acá te muestro todo, mi macho. Mirá cómo se me marcan los pezones a través del encaje... te juro que me da mucha vergüenza mostrate esto pero hago lo que me pedís, le dije a la lente, enfocando mis pechos nuevos y bajando la cámara despacio hacia mis caderas anchas.
— Apretate las nalgas y mostrame cómo te entra la tira por la hendidura, regalada, me exigió con total prepotencia desde el chat.
— Mirá... me separo los cachetes yo misma para que veas que no tengo nada tapado... apurate a venir que me muero de miedo de estar así, le dije al video, soltando un gemido agudo al darme cuenta de que estaba totalmente entregada al morbo y a la brutalidad de mi antiguo acosador.

Desde que mi bully descubrió que me tomé la pastilla Gender Bender, me obligó a ser su puta personal o me iba a seguir haciendo miserable frente a todo el mundo. Él siempre fue un bruto arrogante, cruel, fuerte y dominante que disfrutaba de reírse y humillarme cuando era un pibe, pero ahora que soy esta mina de curvas exageradas y piel de seda, su violencia se volvió un acoso caliente e imparable. Hoy se metió a mi casa sin avisar, me agarró del cuello con una sola mano ruda y me empujó directo hacia el living. Sin darme tiempo a decir nada, me levantó la tela de mi vestido ajustado, enrollándolo violentamente hasta la cintura hasta que quedó apretado como un cinturón, dejando mis nalgas gigantes completamente al aire y mis dos lolas pesadas desbordadas por el escote. Me obligó a doblarme y apoyar los dos brazos firmes sobre el apoyabrazos del sillón, dejándome regalada, entregada y con la cola levantada hacia su cara.
— Mirá el pedazo de orto que te gastás ahora, pedazo de perra regalada; sos perfecta para bancarte a tu macho toda la tarde, me dijo mi bully, clavándome los dedos en las caderas mientras se bajaba el cierre del jean.
— Por favor... no me des tan duro que me hacés doler toda la columna, le dije, lloriqueando mientras sentía cómo me separaba los cachetes con rudeza para apoyar su verga caliente en la entrada.
— Callate la boca y agarrate fuerte del sillón, que ahora vas a aprender a obedecer a tu dueño sin chistar, me respondió él, largando una risita ruda antes de mandarme toda su carne de un solo empuje violento que me sacó un grito agudo.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, te lo ruego... me estás rompiendo al medio! Le dije, clavando las uñas en el tapizado del sillón mientras el tipo me agarraba de los pechos expuestos, apretándome los pezones duros con furia al ritmo de sus embestidas secas y salvajes que me hacían temblar toda la carne.

Desde que mi bully descubrió que me tomé la pastilla Gender Bender, me obligó a ser su puta personal o me iba a seguir haciendo miserable frente a todos. El tipo es un macho alfa arrogante, cruel y brutal que sabe exactamente cómo quebrarme el orgullo. En medio de la paliza sexual, me agarró de la nuca y me tiró de trompa a la alfombra, obligándome a ponerme en cuatro patas con los pechos colgando y las nalgas abiertas. Empezó a darme una tanda de embestidas brutales por mi intimidad húmeda, cada vez más rápido y con más saña, hasta que pegó un rugido ronco y se pegó entero a mis muslos. Sentí una marea hirviente y espesa llenándome el vientre por dentro, una sensación profunda que me congeló la sangre al instante.
— ¡No! ¡¿Qué hiciste?! ¡Te dijera que te salieras, la puta madre! Le dije, sintiendo el calor espeso de su semen acumulándose adentro de mi carne de mujer.
— Te la bancás, mami; a las putas como vos se las llena bien para que aprendan quién manda, me respondió mi bully, dándose la vuelta con una carcajada socarrona mientras se acomodaba los pantalones.
Me di la vuelta desesperada en el piso, temblando de pies a cabeza, y con los dedos finitos me abrí despacio mi nueva vagina para revisar la entrada. Sentí cómo el fluido espeso y caliente se me escurría lentamente entre los labios rosados, confirmándome el peor de los miedos de mi nueva anatomía: me había acabado todo adentro y la posibilidad de quedar embarazada me hizo estallar en un llanto de pánico y rabia.
— ¡Sos un hijo de re mil puta! ¡Me dejaste llena por dentro, me vas a dejar embarazada, no podés ser tan basura! Le dije enojada y desesperada, mirándolo desde el piso mientras me tapaba la cara con las manos manchadas.
— ¿Y a mí qué me importa? Arreglate sola, trola; te pensaste que te iba a cuidar después de cogerte. Me dijo él con desprecio, mirándome desde arriba con la cara llena de prepotencia.
— Por favor... no me dejes tirada así, ayudame, no puedo tener un hijo tuyo, le supliqué con la voz rota, viendo cómo se caminaba hacia la puerta de salida sin siquiera mirarme de vuelta.
— Hubieras pensado en eso antes de tomarte esa pastilla y andar regalándote como una puta. Ahora bancate quedar preñada y abandonada por regalada, me dijo mi bully, pegando un portazo violento que me dejó sola, destruida de rodillas en el piso, llorando mi humillación total con el vientre lleno de su rastro.

Mis viejos salieron un par de horas y pensé que iba a tener un segundo de paz en mi propio cuarto, pero me olvidé de que para mi bully ya no existen los límites. El chabón me tiene completamente fichada desde que esa pastilla me dejó este cuerpo de mina suave, con tetas pesadas y nalgas gigantes. Escuché el picaporte de la entrada y antes de que pudiera reaccionar, el chabón ya estaba parado en el marco de mi pieza, mirándome con esa sonrisa cruel de macho alfa que sabe que no puedo hacer nada para defenderme. Me acorraló contra la cama de un solo envión, tirándome de boca contra el colchón y enganchándome las dos muñecas con una sola de sus palmas rudas para clavármelas arriba de la cabeza.
— Te pensaste que porque no estaban tus viejos te ibas a salvar de tu dueño, pedazo de perra regalada, me dijo mi bully, apoyando todo su peso contra mi espalda mientras con la mano libre se bajaba el jean hasta las rodillas.
— Por favor... acá no, en mi pieza no te lo ruego... si vuelven mis papás me muero de la vergüenza, le dije, pateando inútilmente con las piernas desnudas mientras sentía la tela de mi pollera levantada y su verga caliente presionando directo en mi entrepierna.
— Se van a enterar de la puta que tienen de hija si no te quedás quieta y me abrís ese culo gigante, me respondió él, largando una carcajada socarrona que retumbó en las paredes de mi pieza.
Con un movimiento bruto, me separó los cachetes de la cola y me clavó toda su carne ruda de un solo viaje en el anal, sacándome un alarido de dolor que tuve que ahogar contra la almohada.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, te lo pido por favor... me estás rompiendo al medio, me duele muchísimo! Le dije con la voz rota y las lágrimas empapándome la cara, sintiendo cómo me clavaba los dedos en las caderas para marcarme el ritmo.
— Gritá despacito, trola, mirá cómo te deforma el orto mi pedazo mientras te reventás de dolor, me dijo mi bully, riéndose sin ninguna piedad en mi oreja mientras me daba embestidas secas y salvajes que hacían crujir los resortes de la cama.

Para mi acosador, tenerme totalmente domada y sumisa ya no es suficiente; ahora necesita dejar registro de cada humillación para acordarme que me convertí en su juguete personal. Me arrastró de los pelos desde el dormitorio hasta el baño, obligándome a ponerme de rodillas sobre los azulejos fríos frente al lavatorio. Con el torso desnudo y las lolas pesadas bamboleándose con cada temblor de mi cuerpo, vi cómo sacaba el celular del bolsillo y apuntaba la cámara directo hacia el espejo gigante. La imagen reflejada era devastadora: él parado atrás mío con el torso erguido, arrogante y brutal, agarrándome firmemente de la cintura mientras me clavaba su carne gruesa por la intimidad húmeda.
— Mirá la pantalla, mami; mirá la carita de perra usada que ponés cuando te atiende un macho de verdad, me dijo mi bully, acomodando el celular para que saliera bien enfocado el movimiento en el espejo.
— No me grabes... te lo pido por lo que más quieras, no me hagas esto que me muero de la humillación, le dije, intentando taparme la cara con las manos temblorosas.
— Bajá las manos y mirá la cámara, trola, que este video es para que te acuerdes quién manda cada vez que te quieras hacer la guapa, me ordenó él con tono amenazante, pegándome una nalgada seca que dejó su marca roja reflejada en el cristal.
— Está bien... ya miro... pero no me des tan duro que no aguanto el dolor, le dije a la lente con la voz cortada por los gemidos y el llanto, viendo en el espejo cómo su cuerpo enorme me dominaba por completo mientras yo me deshacía en mi nueva condición de mujer entregada.
— Eso es, posá para tu dueño mientras te lleno bien la garganta y el cuerpo de leche, me respondió él, soltando una risa pesada mientras mantenía el teléfono firme, filmando cada segundo de mi humillación total.

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Mi vida es un infierno desde que la pastilla Gender Bender me dejó este cuerpo de mina suave con curvas enormes. Mi bully se enteró y me convirtió en su puta personal, usando cualquier momento para humillarme. Hoy mis viejos no estaban y el chabón se metió a mi casa como si fuera el dueño. No le bastó con usar mi pieza, sino que me agarró de los pelos y me llevó arrastrando hasta la cama matrimonial de mis padres. Trajo una cámara en la mano, la acomodó sobre la mesa de luz apuntando directo al colchón y me tiró de espaldas, dejándome completamente regalada sobre el acolchado de mis viejos.
— Mirá dónde terminaste, pedazo de trola; te voy a reventar toda en la cama de tus viejos para que aprendas quién es tu dueño, me dijo mi bully, agarrándome los dos tobillos para abrirmelos de par en par frente al lente de la cámara.
— Por favor... acá no, en la cama de mis papás no te lo ruego... es demasiado asqueroso lo que hacés, le dije, llorando del puro terror mientras intentaba taparme las lolas pesadas que me saltaban en el pecho.
— Te me callás la boca y mirás a la cámara mientras te abro bien al medio, mami, me respondió él con una risa cruel, metiéndose entre mis muslos y clavándome toda su carne de un solo empuje brutal.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, te lo pido por favor... me estás rompiendo al medio! Le dije, clavando las uñas en las sábanas de mis padres mientras sentía el dolor anal desgarrándome la carne.
— Gritá bien fuerte así queda todo grabado en el video, regalada, me dijo mi bully, dándome embestidas secas y salvajes que sacudían toda la cama mientras se reía de mi humillación frente a la lente.

Para tenerme bien pisada y acordarme que ya no soy el pibe de antes, mi bully me mandó un conjunto de lencería que es un chiste de lo fino y ordinario que es. Me obligó a ponérmelo, pararme frente al espejo gigante de mi cuarto y ponerme a grabar un video mostrando lo puta que me veo con eso puesto antes de que él viniera. El corpiño apenas me tapaba la mitad de mis pechos nuevos y la bombacha transparente no disimulaba nada de mi intimidad. Con las manos temblándome por la vergüenza, agarré el celular y empecé a filmar mi propio reflejo.
— Mirá la lencería de puta que me diste... me da muchísima vergüenza mostrate esto, le dije a la cámara con la voz cortada, enfocando cómo la tela roja me apretaba las caderas anchas.
— Bajate el sostén y mostrame una teta entera, no te hagas la santa que sabés para qué servís, me exigió por un mensaje de audio con su voz ruda de mando.
— Está bien... mirá cómo me lo bajo... acá la tenés expuesta, le dije al video, agarrando la taza del corpiño y tirándola hacia abajo para dejar mi pecho pesado totalmente al aire con el pezón durísimo por el frío y el miedo.
— Apretatela un poco y mostrame cómo se te pone dura la piel cuando pensás en tu macho, me reordenó en el chat.
— Mirá... me la aprieto yo misma como me pedís... apurate a venir que me muero de terror de estar así vestida, le dije a la lente, viendo en el reflejo lo entregada y sumisa que me veía para su placer.

Después de una tanda brutal de embestidas que me dejaron el cuerpo latiendo y destruido, mi bully se acabó entero en mi cara, dejándome la piel de seda empapada en su rastro espeso. Me dejó tirada de rodillas en el piso, con la cara manchada de semen, mugre y un sudor caliente que me corría por el cuello. La mente se me nubló por completo, destruida por la humillación constante y por el morbo asqueroso de sentirme totalmente domada por la fuerza de mi acosador. Con el torso desnudo y las dos lolas pesadas colgando frente a él, me quedé mirándolo desde abajo con la cabeza ida.
— Mirá la carita de idiota que pones cuando te lleno bien la jeta de leche, sos una enferma total, mami, me dijo mi bully, mirándome con desprecio absoluto desde arriba.
— Sí... mirá cómo estoy toda sucia por tu culpa... le dije con un hilo de voz, empezando a mover y a jugar con mis pechos desnudos con mis manos finitas, apretándomelos frente a él para provocarlo.
— Sacá la lengua bien afuera y mostrame cómo te quedó la boca llena de tu castigo, trola, me ordenó él, dándome un chirlo seco en la nalga.
— Acá la tenés... mirá cómo la saco toda afuera... me volviste totalmente idiota, le dije, sacando la lengua por completo con la cara manchada de semen y los ojos perdidos en el vacío, asumiendo que mi mente de hombre ya no existía y que solo me quedaba ser su juguete personal.

Quedé destruida de rodillas sobre el piso, sintiendo el peso de la mano ruda de mi bully apretándome la cabeza con una fuerza bruta que no me dejaba moverme. La mente me daba vueltas, adormecida por la paliza sexual y por la humillación constante a la que me sometía desde que la pastilla me dejó este cuerpo de mina. El chabón me clavó los dedos en el pelo y me estiró la cabeza hacia atrás, obligándome a abrir la boca y sacar la lengua por completo mientras se pajeaba frenético sobre mi cara.
— Sacá bien esa lengua, pedazo de trola, que vas a tomarte hasta la última gota de tu dueño, me dijo mi bully, respirando agitado desde arriba con esa voz ruda de macho alfa que me helaba la sangre.
— Está bien... ya la tengo afuera... le dije con un hilo de voz ahogada, cerrando los ojos con fuerza por el puro terror y el dolor que sentía en todo el cuerpo.
De repente, sentí el primer chorro espeso y caliente impactando directo en mi lengua y en mis labios. Su verga enorme, gorda y venosa no paraba de venirse, llenándome la boca con un fluido abundante que me inundó con un olor fuerte y agrio, un sabor feo y pesado a macho dominante que me hizo dar arcadas. Me quedé inmóvil, con los ojos cerrados y las lágrimas corrérseme por las mejillas, sintiendo cómo el semen me chorreaba por la barbilla mientras mi mente de hombre se terminaba de romper ante su brutalidad.

Aprovechando que mis papás no estaban en la casa, el muy maldito se instaló como si fuera el dueño y me obligó a meterme a la cocina a prepararle de comer. Yo estaba parada frente a la mesada, temblando, cortando verduras para el almuerzo mientras intentaba asimilar mi humillación. De la nada, escuché sus pasos pesados atrás mío y, antes de que pudiera darme la vuelta, me manoteó del cuello con una sola palma gigante, cortándome el aire y aplastándome de frente contra la mesada. Con la mano libre, tiró de mi pantalón hacia abajo con tanta furia que lo dejó a la altura de las rodillas, al mismo tiempo que desabrochaba mi remera para dejar mis dos lolas pesadas desbordadas y expuestas al aire frío.
— Te dijera que te apures con la comida, mami, pero primero te voy a usar de plato principal, me dijo mi bully, soltando una risa cruel antes de clavarme toda su carne gruesa directo por el anal sin un solo segundo de piedad.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, el cuchillo, te lo ruego... me vas a hacer lastimar! Le grité, soltando el cubierto y clavando las uñas en la madera de la mesada mientras sentía el dolor anal desgarrándome la piel.
Él no aflojó ni un segundo; me apretaba el cuello con furia desde atrás mientras me daba embestidas secas, brutales y violentas que hacían temblar toda la cocina y sacudían mis pechos desnudos. Sentía cómo mi carne estrecha cedía a la fuerza, estirándose al límite hasta que el tipo empezó a reírse a carcajadas en mi oreja, burlándose de cómo me dejaba el ano bien abierto, deformado y roto por su tamaño.
— Mirá cómo te queda el orto de estirado, regalada; no vas a poder sentarte a comer en toda la semana, me dijo él con desprecio, dándome un último empujón rudo que me hizo soltar un sollozo desgarrador.

Para tenerme completamente dominada y marcada ante la vista de todos, mi bully me prohibió usar pantalones cuando salgo con él; me obligó a ponerme minifaldas diminutas que penas me tapan el borde de las nalgas gigantes que me salieron con la transformación. Cada vez que salimos al barrio o nos sentamos en algún lado, el tipo busca cualquier rincón para exhibirme y humillarme. Me obligó a ponerme a horcajadas arriba suyo, pero dando la vuelta, quedando de espaldas a su cara mientras él permanecía sentado en el sillón.
— Levantate esa pollera de mierda y ponete bien arriba mío, que quiero ver cómo te tiembla la carne, me ordenó mi bully, agarrándome firmemente de la cintura para acomodarme.
— Por favor... la ventana está abierta, si pasa alguien nos va a ver, le dije, intentando bajar la tela barata mientras sentía el frío del ambiente pegándome directo en las nalgas desnudas.
— A mí me importa un carajo si ven a la puta que me atiendo; subí ese trapo ya mismo, me respondió él con tono amenazante.
Con las manos temblando de pánico y vergüenza, me enrollé la minifalda hasta la cintura, dejando mi cola gigante y desnuda expuesta justo al lado de su cara. En cuanto me tuvo acomodada arriba suyo, me cruzó la mano con una fuerza tremenda, dándome nalgadas secas y sonoras en los dos cachetes que hicieron retumbar la pieza.
— ¡Ay! ¡No tan fuerte, por favor... me arde muchísimo! Le supliqué, saltando sobre su regazo con cada chirlo mientras mis dos pechos pesados rebotaban con el temblor de mi cuerpo.
— Esto es para que aprendas a moverte y a estar siempre lista para tu dueño, trola, me dijo mi bully, riéndose con prepotencia mientras me dejaba la marca roja de sus dedos impresa en mis nalgas expuestas.

Estaba completamente desnuda sobre el colchón de mi cama, tirada boca arriba con los brazos abiertos y las piernas separadas de par en par. La posición me dejaba en una vulnerabilidad absoluta, exponiendo mi nueva intimidad húmeda y mis dos pechos pesados ante la mirada hambrienta de mi acosador. Mi bully se acomodó entre mis muslos y me agarró de las caderas, clavándome toda su carne gruesa y caliente en una embestida profunda que me arrancó un grito agudo. Empezó a marcar un ritmo violento y parejo, haciéndome rebotar contra las sábanas mientras sus ojos no se despegaban de mi cara llena de lágrimas.
— Mirá lo regalada que estás, mami; mirá cómo te entra toda la verga de tu macho mientras te quedás bien abierta, me dijo mi bully, dándole un chirlo seco a mi muslo carne dura.
— Por favor... hacelo más despacio que me estás haciendo sentir cosas horribles, le dije, apretando la sábana con las manos mientras sentía cómo el roce violento en mi clítoris me disparaba oleadas de placer indeseado.
El desgarro del dolor se mezcló de golpe con una electricidad caliente que me recorrió el vientre; intenté resistirme, pero mi nueva anatomía de mujer me traicionó por completo. Cerré los ojos con rabia y humillación mientras los espasmos de un orgasmo salvaje me sacudían la cadera, haciéndome arquear la espalda y chorrear entre sollozos frente a su risa triunfante.
— Mirá cómo te venís, trola; te hacés la que no querés y te estás terminando de romper de placer con tu dueño, me respondió él con prepotencia, acelerando los golpes para aplastarme del todo.

No me dio ni un segundo para recuperarme; de un tirón bruto del brazo me dio la vuelta y me obligó a ponerme en cuatro patas sobre el colchón. La cabeza me quedó pegada al colchón, boca abajo, con el torso hundido y las nalgas gigantes levantadas apuntando hacia su pecho. Antes de que pudiera acomodarme, mi bully me enredó la mano ruda en el pelo castaño, tirándome la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que sentí el cuello a punto de quebrarse.
— Acomodá bien ese orto que ahora te toca la lección de verdad, pedazo de perra, me ordenó con esa voz ronca de macho dominante.
— ¡No, por ahí no! Te lo suplico... me vas a romper el culo otra vez, le dije, lloriqueando con la cara hundida en la almohada mientras intentaba cerrar los muslos.
Sin escuchar mis ruegos, apoyó la punta de su verga seca en mi entrada anal y empujó todo su tamaño de un solo viaje salvaje. El dolor me partió el cuerpo al medio; sentí mi carne estrecha desgarrarse y estirarse al límite mientras él me mantenía inmóvil agarrándome del pelo y me daba embestidas brutales que hacían crujir la cama.
— Gritá todo lo que quieras que acá no te salva nadie; sos mi juguete y te voy a deformar la cola cuantas veces quiera, me dijo mi bully, riéndose a carcajadas mientras los golpes secos de sus huevos retumbaban contra mis nalgas.

Con el dolor del anal todavía latiéndome en las entrañas, el tipo me aplastó por completo boca abajo contra el colchón, dejándome plana contra la cama. Se tiró encima mío con todo su peso rudo y me pasó un brazo gigante por el cuello, apretándome la garganta con una fuerza que me dejó casi sin aire y con la vista nublada.
— Quedate bien quietita y sentí cómo te voy a estirar toda la carne de abajo, mami, me susurró al oído con una frialdad que me congeló la sangre.
— Mmmgh... me estás ahogando... por favor soltame el cuello, le dije con un hilo de voz ahogada, arañándole el brazo con mis uñas finitas sin poder mover la cadera.
Sacó su carne de mi cola y, sin darme respiro, me la embocó de lleno por mi vagina estrecha y sensible. El golpe fue tan bruto que sentí cómo me abría a la fuerza por dentro, estirando las paredes de mi intimidad hasta los límites de la anatomía. Me mantuvo aplastada contra las sábanas, dándome embestidas profundas que me dejaban sin aliento mientras su mano en mi cuello me recordaba mi sumisión total.
— Aceptalo de una vez, regalada; tu cuerpo nuevo se hizo para esto, para que te rompa la vagina hasta que te olvides de que fuiste hombre, me respondió mi bully, apretándome el agarre mientras me dominaba por completo.

La humillación que me exige mi acosador no termina cuando salgo a la calle; el tipo se asegura de que todos sepan el tipo de perra en la que me convertí. Para salir a hacer los mandados o caminar por el barrio, me obliga a ponerme un abrigo largo de invierno, una campera gigante que por fuera parece normal, pero abajo la regla es macabra: tengo que ir vestida únicamente con un bikini diminuto y transparente o conjuntos de lencería de hilo dental que me dejan casi completamente en bolas.
— Mándame un video ya mismo de cómo te queda el trapo que te dije antes de cruzar la puerta, y más te vale que abras el abrigo frente al espejo si no querés que te vaya a buscar, me exigió por audio con su tono de mando habitual.
Me paré temblando frente al espejo del pasillo con el celular en la mano, con el corazón latiéndome en la garganta por el pavor de que me descubran.
— Ya me lo puse... mirá lo que es esto, no me tapa nada, le dije al video con la voz quebrada, abriéndome los botones del abrigo largo para mostrar la cámara.
Deslicé la tela del abrigo hacia los lados, dejando ver el bikini rojo microscópico que apenas me tapaba los pezones pesados y se me metía por completo en la división de las caderas anchas y las nalgas.
— Mostrame cómo te queda de atrás y bajate un poco el corpiño, trola, no me hagas perder el tiempo, me reordenó en el chat.
— Mirá... me doy la vuelta y me lo bajo como querés... te juro que me muero de vergüenza de salir así a la vereda, le dije a la lente, enfocando mi cola desnuda y bajándome la taza del bikini para dejar un pecho expuesto antes de mandarle el archivo, totalmente entregada a sus órdenes.
— Mirá qué linda te ves así, en bolas y de rodillas sobre el cemento, pedazo de perra regalada, me dijo mi bully, agarrándome firmemente de la coronilla mientras se bajaba el cierre.
— Por favor... no me pises la cabeza contra el piso, te juro que voy a ser una buena chica, le dije, levantando la vista con los ojos llenos de lágrimas y sintiendo el frío de la tarde pegándome directo en las nalgas desnudas.
— Menos palabras y ponete a laburar con la boca, que para eso te salieron esos labios carnosos de trola, me ordenó él con una carcajada ronca, empujándome la cara directo hacia su entrepierna.
— Sí, mi macho... voy a complacerte en todo, le dije con la voz temblando por el puro terror.
Abrí la boca despacio y empecé a lamerle y chuparle los huevos con desesperación, sintiendo el olor rudo y el sabor fuerte de su piel de macho, mientras bajaba mi mano finita hacia su verga venosa para empezar a pajearlo con movimientos rápidos y rítmicos.
— Así me gusta, tragate bien el orgullo que te quedaba de cuando te hacías el pibe; ahora sos mi juguete y vas a mamar hasta que a mí se me cante, me gritó desde arriba, disfrutando de ver cómo su antiguo compañero de colegio se ahogaba con su tamaño sin poder emitir un solo reclamo.

Desde que mi bully descubrió que me tomé la pastilla Gender Bender, me obligó a ser su puta personal o me iba a seguir haciendo miserable frente a todos. Él siempre fue un bruto arrogante, fuerte y dominante que disfrutaba de risa y humillarme, pero ahora que soy mujer, su sadismo se volvió cien veces más caliente y peligroso. Para tenerme bien controlada y pisada, me compró un conjunto de lencería de encaje rojo que es un chiste: una bombacha transparente que no tapa nada y un corpiño tan chico que deja mis dos lolas pesadas desbordadas casi por completo. Su orden fue clara: tenía que ponérmelo, ponerme de rodillas en mi cuarto y ponerme a grabar un video mostrándole cómo me quedaba antes de que viniera a buscarme.
— Tenés diez minutos para mandarme el video en bolas con el trapo que te compré, y más te vale que muestres bien ese orto gigante si no querés que te vaya a buscar y te rompa toda, me dijo por mensaje de voz con esa voz de mando que me congela la sangre.
— Ya me lo puse... mirá cómo me queda, le dije a la cámara del celular con la voz entrecortada, acomodando el teléfono en el piso mientras me ponía de rodillas sobre la alfombra.
— Que se te vean bien las lolas y la cara de sumisa que tenés ahora, trola, no me hagas perder el tiempo, me reordenó en el texto siguiente.
— Sí... acá te muestro todo, mi macho. Mirá cómo se me marcan los pezones a través del encaje... te juro que me da mucha vergüenza mostrate esto pero hago lo que me pedís, le dije a la lente, enfocando mis pechos nuevos y bajando la cámara despacio hacia mis caderas anchas.
— Apretate las nalgas y mostrame cómo te entra la tira por la hendidura, regalada, me exigió con total prepotencia desde el chat.
— Mirá... me separo los cachetes yo misma para que veas que no tengo nada tapado... apurate a venir que me muero de miedo de estar así, le dije al video, soltando un gemido agudo al darme cuenta de que estaba totalmente entregada al morbo y a la brutalidad de mi antiguo acosador.

Desde que mi bully descubrió que me tomé la pastilla Gender Bender, me obligó a ser su puta personal o me iba a seguir haciendo miserable frente a todo el mundo. Él siempre fue un bruto arrogante, cruel, fuerte y dominante que disfrutaba de reírse y humillarme cuando era un pibe, pero ahora que soy esta mina de curvas exageradas y piel de seda, su violencia se volvió un acoso caliente e imparable. Hoy se metió a mi casa sin avisar, me agarró del cuello con una sola mano ruda y me empujó directo hacia el living. Sin darme tiempo a decir nada, me levantó la tela de mi vestido ajustado, enrollándolo violentamente hasta la cintura hasta que quedó apretado como un cinturón, dejando mis nalgas gigantes completamente al aire y mis dos lolas pesadas desbordadas por el escote. Me obligó a doblarme y apoyar los dos brazos firmes sobre el apoyabrazos del sillón, dejándome regalada, entregada y con la cola levantada hacia su cara.
— Mirá el pedazo de orto que te gastás ahora, pedazo de perra regalada; sos perfecta para bancarte a tu macho toda la tarde, me dijo mi bully, clavándome los dedos en las caderas mientras se bajaba el cierre del jean.
— Por favor... no me des tan duro que me hacés doler toda la columna, le dije, lloriqueando mientras sentía cómo me separaba los cachetes con rudeza para apoyar su verga caliente en la entrada.
— Callate la boca y agarrate fuerte del sillón, que ahora vas a aprender a obedecer a tu dueño sin chistar, me respondió él, largando una risita ruda antes de mandarme toda su carne de un solo empuje violento que me sacó un grito agudo.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, te lo ruego... me estás rompiendo al medio! Le dije, clavando las uñas en el tapizado del sillón mientras el tipo me agarraba de los pechos expuestos, apretándome los pezones duros con furia al ritmo de sus embestidas secas y salvajes que me hacían temblar toda la carne.

Desde que mi bully descubrió que me tomé la pastilla Gender Bender, me obligó a ser su puta personal o me iba a seguir haciendo miserable frente a todos. El tipo es un macho alfa arrogante, cruel y brutal que sabe exactamente cómo quebrarme el orgullo. En medio de la paliza sexual, me agarró de la nuca y me tiró de trompa a la alfombra, obligándome a ponerme en cuatro patas con los pechos colgando y las nalgas abiertas. Empezó a darme una tanda de embestidas brutales por mi intimidad húmeda, cada vez más rápido y con más saña, hasta que pegó un rugido ronco y se pegó entero a mis muslos. Sentí una marea hirviente y espesa llenándome el vientre por dentro, una sensación profunda que me congeló la sangre al instante.
— ¡No! ¡¿Qué hiciste?! ¡Te dijera que te salieras, la puta madre! Le dije, sintiendo el calor espeso de su semen acumulándose adentro de mi carne de mujer.
— Te la bancás, mami; a las putas como vos se las llena bien para que aprendan quién manda, me respondió mi bully, dándose la vuelta con una carcajada socarrona mientras se acomodaba los pantalones.
Me di la vuelta desesperada en el piso, temblando de pies a cabeza, y con los dedos finitos me abrí despacio mi nueva vagina para revisar la entrada. Sentí cómo el fluido espeso y caliente se me escurría lentamente entre los labios rosados, confirmándome el peor de los miedos de mi nueva anatomía: me había acabado todo adentro y la posibilidad de quedar embarazada me hizo estallar en un llanto de pánico y rabia.
— ¡Sos un hijo de re mil puta! ¡Me dejaste llena por dentro, me vas a dejar embarazada, no podés ser tan basura! Le dije enojada y desesperada, mirándolo desde el piso mientras me tapaba la cara con las manos manchadas.
— ¿Y a mí qué me importa? Arreglate sola, trola; te pensaste que te iba a cuidar después de cogerte. Me dijo él con desprecio, mirándome desde arriba con la cara llena de prepotencia.
— Por favor... no me dejes tirada así, ayudame, no puedo tener un hijo tuyo, le supliqué con la voz rota, viendo cómo se caminaba hacia la puerta de salida sin siquiera mirarme de vuelta.
— Hubieras pensado en eso antes de tomarte esa pastilla y andar regalándote como una puta. Ahora bancate quedar preñada y abandonada por regalada, me dijo mi bully, pegando un portazo violento que me dejó sola, destruida de rodillas en el piso, llorando mi humillación total con el vientre lleno de su rastro.

Mis viejos salieron un par de horas y pensé que iba a tener un segundo de paz en mi propio cuarto, pero me olvidé de que para mi bully ya no existen los límites. El chabón me tiene completamente fichada desde que esa pastilla me dejó este cuerpo de mina suave, con tetas pesadas y nalgas gigantes. Escuché el picaporte de la entrada y antes de que pudiera reaccionar, el chabón ya estaba parado en el marco de mi pieza, mirándome con esa sonrisa cruel de macho alfa que sabe que no puedo hacer nada para defenderme. Me acorraló contra la cama de un solo envión, tirándome de boca contra el colchón y enganchándome las dos muñecas con una sola de sus palmas rudas para clavármelas arriba de la cabeza.
— Te pensaste que porque no estaban tus viejos te ibas a salvar de tu dueño, pedazo de perra regalada, me dijo mi bully, apoyando todo su peso contra mi espalda mientras con la mano libre se bajaba el jean hasta las rodillas.
— Por favor... acá no, en mi pieza no te lo ruego... si vuelven mis papás me muero de la vergüenza, le dije, pateando inútilmente con las piernas desnudas mientras sentía la tela de mi pollera levantada y su verga caliente presionando directo en mi entrepierna.
— Se van a enterar de la puta que tienen de hija si no te quedás quieta y me abrís ese culo gigante, me respondió él, largando una carcajada socarrona que retumbó en las paredes de mi pieza.
Con un movimiento bruto, me separó los cachetes de la cola y me clavó toda su carne ruda de un solo viaje en el anal, sacándome un alarido de dolor que tuve que ahogar contra la almohada.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, te lo pido por favor... me estás rompiendo al medio, me duele muchísimo! Le dije con la voz rota y las lágrimas empapándome la cara, sintiendo cómo me clavaba los dedos en las caderas para marcarme el ritmo.
— Gritá despacito, trola, mirá cómo te deforma el orto mi pedazo mientras te reventás de dolor, me dijo mi bully, riéndose sin ninguna piedad en mi oreja mientras me daba embestidas secas y salvajes que hacían crujir los resortes de la cama.

Para mi acosador, tenerme totalmente domada y sumisa ya no es suficiente; ahora necesita dejar registro de cada humillación para acordarme que me convertí en su juguete personal. Me arrastró de los pelos desde el dormitorio hasta el baño, obligándome a ponerme de rodillas sobre los azulejos fríos frente al lavatorio. Con el torso desnudo y las lolas pesadas bamboleándose con cada temblor de mi cuerpo, vi cómo sacaba el celular del bolsillo y apuntaba la cámara directo hacia el espejo gigante. La imagen reflejada era devastadora: él parado atrás mío con el torso erguido, arrogante y brutal, agarrándome firmemente de la cintura mientras me clavaba su carne gruesa por la intimidad húmeda.
— Mirá la pantalla, mami; mirá la carita de perra usada que ponés cuando te atiende un macho de verdad, me dijo mi bully, acomodando el celular para que saliera bien enfocado el movimiento en el espejo.
— No me grabes... te lo pido por lo que más quieras, no me hagas esto que me muero de la humillación, le dije, intentando taparme la cara con las manos temblorosas.
— Bajá las manos y mirá la cámara, trola, que este video es para que te acuerdes quién manda cada vez que te quieras hacer la guapa, me ordenó él con tono amenazante, pegándome una nalgada seca que dejó su marca roja reflejada en el cristal.
— Está bien... ya miro... pero no me des tan duro que no aguanto el dolor, le dije a la lente con la voz cortada por los gemidos y el llanto, viendo en el espejo cómo su cuerpo enorme me dominaba por completo mientras yo me deshacía en mi nueva condición de mujer entregada.
— Eso es, posá para tu dueño mientras te lleno bien la garganta y el cuerpo de leche, me respondió él, soltando una risa pesada mientras mantenía el teléfono firme, filmando cada segundo de mi humillación total.

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Mi vida es un infierno desde que la pastilla Gender Bender me dejó este cuerpo de mina suave con curvas enormes. Mi bully se enteró y me convirtió en su puta personal, usando cualquier momento para humillarme. Hoy mis viejos no estaban y el chabón se metió a mi casa como si fuera el dueño. No le bastó con usar mi pieza, sino que me agarró de los pelos y me llevó arrastrando hasta la cama matrimonial de mis padres. Trajo una cámara en la mano, la acomodó sobre la mesa de luz apuntando directo al colchón y me tiró de espaldas, dejándome completamente regalada sobre el acolchado de mis viejos.
— Mirá dónde terminaste, pedazo de trola; te voy a reventar toda en la cama de tus viejos para que aprendas quién es tu dueño, me dijo mi bully, agarrándome los dos tobillos para abrirmelos de par en par frente al lente de la cámara.
— Por favor... acá no, en la cama de mis papás no te lo ruego... es demasiado asqueroso lo que hacés, le dije, llorando del puro terror mientras intentaba taparme las lolas pesadas que me saltaban en el pecho.
— Te me callás la boca y mirás a la cámara mientras te abro bien al medio, mami, me respondió él con una risa cruel, metiéndose entre mis muslos y clavándome toda su carne de un solo empuje brutal.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, te lo pido por favor... me estás rompiendo al medio! Le dije, clavando las uñas en las sábanas de mis padres mientras sentía el dolor anal desgarrándome la carne.
— Gritá bien fuerte así queda todo grabado en el video, regalada, me dijo mi bully, dándome embestidas secas y salvajes que sacudían toda la cama mientras se reía de mi humillación frente a la lente.

Para tenerme bien pisada y acordarme que ya no soy el pibe de antes, mi bully me mandó un conjunto de lencería que es un chiste de lo fino y ordinario que es. Me obligó a ponérmelo, pararme frente al espejo gigante de mi cuarto y ponerme a grabar un video mostrando lo puta que me veo con eso puesto antes de que él viniera. El corpiño apenas me tapaba la mitad de mis pechos nuevos y la bombacha transparente no disimulaba nada de mi intimidad. Con las manos temblándome por la vergüenza, agarré el celular y empecé a filmar mi propio reflejo.
— Mirá la lencería de puta que me diste... me da muchísima vergüenza mostrate esto, le dije a la cámara con la voz cortada, enfocando cómo la tela roja me apretaba las caderas anchas.
— Bajate el sostén y mostrame una teta entera, no te hagas la santa que sabés para qué servís, me exigió por un mensaje de audio con su voz ruda de mando.
— Está bien... mirá cómo me lo bajo... acá la tenés expuesta, le dije al video, agarrando la taza del corpiño y tirándola hacia abajo para dejar mi pecho pesado totalmente al aire con el pezón durísimo por el frío y el miedo.
— Apretatela un poco y mostrame cómo se te pone dura la piel cuando pensás en tu macho, me reordenó en el chat.
— Mirá... me la aprieto yo misma como me pedís... apurate a venir que me muero de terror de estar así vestida, le dije a la lente, viendo en el reflejo lo entregada y sumisa que me veía para su placer.

Después de una tanda brutal de embestidas que me dejaron el cuerpo latiendo y destruido, mi bully se acabó entero en mi cara, dejándome la piel de seda empapada en su rastro espeso. Me dejó tirada de rodillas en el piso, con la cara manchada de semen, mugre y un sudor caliente que me corría por el cuello. La mente se me nubló por completo, destruida por la humillación constante y por el morbo asqueroso de sentirme totalmente domada por la fuerza de mi acosador. Con el torso desnudo y las dos lolas pesadas colgando frente a él, me quedé mirándolo desde abajo con la cabeza ida.
— Mirá la carita de idiota que pones cuando te lleno bien la jeta de leche, sos una enferma total, mami, me dijo mi bully, mirándome con desprecio absoluto desde arriba.
— Sí... mirá cómo estoy toda sucia por tu culpa... le dije con un hilo de voz, empezando a mover y a jugar con mis pechos desnudos con mis manos finitas, apretándomelos frente a él para provocarlo.
— Sacá la lengua bien afuera y mostrame cómo te quedó la boca llena de tu castigo, trola, me ordenó él, dándome un chirlo seco en la nalga.
— Acá la tenés... mirá cómo la saco toda afuera... me volviste totalmente idiota, le dije, sacando la lengua por completo con la cara manchada de semen y los ojos perdidos en el vacío, asumiendo que mi mente de hombre ya no existía y que solo me quedaba ser su juguete personal.

Quedé destruida de rodillas sobre el piso, sintiendo el peso de la mano ruda de mi bully apretándome la cabeza con una fuerza bruta que no me dejaba moverme. La mente me daba vueltas, adormecida por la paliza sexual y por la humillación constante a la que me sometía desde que la pastilla me dejó este cuerpo de mina. El chabón me clavó los dedos en el pelo y me estiró la cabeza hacia atrás, obligándome a abrir la boca y sacar la lengua por completo mientras se pajeaba frenético sobre mi cara.
— Sacá bien esa lengua, pedazo de trola, que vas a tomarte hasta la última gota de tu dueño, me dijo mi bully, respirando agitado desde arriba con esa voz ruda de macho alfa que me helaba la sangre.
— Está bien... ya la tengo afuera... le dije con un hilo de voz ahogada, cerrando los ojos con fuerza por el puro terror y el dolor que sentía en todo el cuerpo.
De repente, sentí el primer chorro espeso y caliente impactando directo en mi lengua y en mis labios. Su verga enorme, gorda y venosa no paraba de venirse, llenándome la boca con un fluido abundante que me inundó con un olor fuerte y agrio, un sabor feo y pesado a macho dominante que me hizo dar arcadas. Me quedé inmóvil, con los ojos cerrados y las lágrimas corrérseme por las mejillas, sintiendo cómo el semen me chorreaba por la barbilla mientras mi mente de hombre se terminaba de romper ante su brutalidad.

Aprovechando que mis papás no estaban en la casa, el muy maldito se instaló como si fuera el dueño y me obligó a meterme a la cocina a prepararle de comer. Yo estaba parada frente a la mesada, temblando, cortando verduras para el almuerzo mientras intentaba asimilar mi humillación. De la nada, escuché sus pasos pesados atrás mío y, antes de que pudiera darme la vuelta, me manoteó del cuello con una sola palma gigante, cortándome el aire y aplastándome de frente contra la mesada. Con la mano libre, tiró de mi pantalón hacia abajo con tanta furia que lo dejó a la altura de las rodillas, al mismo tiempo que desabrochaba mi remera para dejar mis dos lolas pesadas desbordadas y expuestas al aire frío.
— Te dijera que te apures con la comida, mami, pero primero te voy a usar de plato principal, me dijo mi bully, soltando una risa cruel antes de clavarme toda su carne gruesa directo por el anal sin un solo segundo de piedad.
— ¡¡AHHH!! ¡Pará, el cuchillo, te lo ruego... me vas a hacer lastimar! Le grité, soltando el cubierto y clavando las uñas en la madera de la mesada mientras sentía el dolor anal desgarrándome la piel.
Él no aflojó ni un segundo; me apretaba el cuello con furia desde atrás mientras me daba embestidas secas, brutales y violentas que hacían temblar toda la cocina y sacudían mis pechos desnudos. Sentía cómo mi carne estrecha cedía a la fuerza, estirándose al límite hasta que el tipo empezó a reírse a carcajadas en mi oreja, burlándose de cómo me dejaba el ano bien abierto, deformado y roto por su tamaño.
— Mirá cómo te queda el orto de estirado, regalada; no vas a poder sentarte a comer en toda la semana, me dijo él con desprecio, dándome un último empujón rudo que me hizo soltar un sollozo desgarrador.

Para tenerme completamente dominada y marcada ante la vista de todos, mi bully me prohibió usar pantalones cuando salgo con él; me obligó a ponerme minifaldas diminutas que penas me tapan el borde de las nalgas gigantes que me salieron con la transformación. Cada vez que salimos al barrio o nos sentamos en algún lado, el tipo busca cualquier rincón para exhibirme y humillarme. Me obligó a ponerme a horcajadas arriba suyo, pero dando la vuelta, quedando de espaldas a su cara mientras él permanecía sentado en el sillón.
— Levantate esa pollera de mierda y ponete bien arriba mío, que quiero ver cómo te tiembla la carne, me ordenó mi bully, agarrándome firmemente de la cintura para acomodarme.
— Por favor... la ventana está abierta, si pasa alguien nos va a ver, le dije, intentando bajar la tela barata mientras sentía el frío del ambiente pegándome directo en las nalgas desnudas.
— A mí me importa un carajo si ven a la puta que me atiendo; subí ese trapo ya mismo, me respondió él con tono amenazante.
Con las manos temblando de pánico y vergüenza, me enrollé la minifalda hasta la cintura, dejando mi cola gigante y desnuda expuesta justo al lado de su cara. En cuanto me tuvo acomodada arriba suyo, me cruzó la mano con una fuerza tremenda, dándome nalgadas secas y sonoras en los dos cachetes que hicieron retumbar la pieza.
— ¡Ay! ¡No tan fuerte, por favor... me arde muchísimo! Le supliqué, saltando sobre su regazo con cada chirlo mientras mis dos pechos pesados rebotaban con el temblor de mi cuerpo.
— Esto es para que aprendas a moverte y a estar siempre lista para tu dueño, trola, me dijo mi bully, riéndose con prepotencia mientras me dejaba la marca roja de sus dedos impresa en mis nalgas expuestas.

Estaba completamente desnuda sobre el colchón de mi cama, tirada boca arriba con los brazos abiertos y las piernas separadas de par en par. La posición me dejaba en una vulnerabilidad absoluta, exponiendo mi nueva intimidad húmeda y mis dos pechos pesados ante la mirada hambrienta de mi acosador. Mi bully se acomodó entre mis muslos y me agarró de las caderas, clavándome toda su carne gruesa y caliente en una embestida profunda que me arrancó un grito agudo. Empezó a marcar un ritmo violento y parejo, haciéndome rebotar contra las sábanas mientras sus ojos no se despegaban de mi cara llena de lágrimas.
— Mirá lo regalada que estás, mami; mirá cómo te entra toda la verga de tu macho mientras te quedás bien abierta, me dijo mi bully, dándole un chirlo seco a mi muslo carne dura.
— Por favor... hacelo más despacio que me estás haciendo sentir cosas horribles, le dije, apretando la sábana con las manos mientras sentía cómo el roce violento en mi clítoris me disparaba oleadas de placer indeseado.
El desgarro del dolor se mezcló de golpe con una electricidad caliente que me recorrió el vientre; intenté resistirme, pero mi nueva anatomía de mujer me traicionó por completo. Cerré los ojos con rabia y humillación mientras los espasmos de un orgasmo salvaje me sacudían la cadera, haciéndome arquear la espalda y chorrear entre sollozos frente a su risa triunfante.
— Mirá cómo te venís, trola; te hacés la que no querés y te estás terminando de romper de placer con tu dueño, me respondió él con prepotencia, acelerando los golpes para aplastarme del todo.

No me dio ni un segundo para recuperarme; de un tirón bruto del brazo me dio la vuelta y me obligó a ponerme en cuatro patas sobre el colchón. La cabeza me quedó pegada al colchón, boca abajo, con el torso hundido y las nalgas gigantes levantadas apuntando hacia su pecho. Antes de que pudiera acomodarme, mi bully me enredó la mano ruda en el pelo castaño, tirándome la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que sentí el cuello a punto de quebrarse.
— Acomodá bien ese orto que ahora te toca la lección de verdad, pedazo de perra, me ordenó con esa voz ronca de macho dominante.
— ¡No, por ahí no! Te lo suplico... me vas a romper el culo otra vez, le dije, lloriqueando con la cara hundida en la almohada mientras intentaba cerrar los muslos.
Sin escuchar mis ruegos, apoyó la punta de su verga seca en mi entrada anal y empujó todo su tamaño de un solo viaje salvaje. El dolor me partió el cuerpo al medio; sentí mi carne estrecha desgarrarse y estirarse al límite mientras él me mantenía inmóvil agarrándome del pelo y me daba embestidas brutales que hacían crujir la cama.
— Gritá todo lo que quieras que acá no te salva nadie; sos mi juguete y te voy a deformar la cola cuantas veces quiera, me dijo mi bully, riéndose a carcajadas mientras los golpes secos de sus huevos retumbaban contra mis nalgas.

Con el dolor del anal todavía latiéndome en las entrañas, el tipo me aplastó por completo boca abajo contra el colchón, dejándome plana contra la cama. Se tiró encima mío con todo su peso rudo y me pasó un brazo gigante por el cuello, apretándome la garganta con una fuerza que me dejó casi sin aire y con la vista nublada.
— Quedate bien quietita y sentí cómo te voy a estirar toda la carne de abajo, mami, me susurró al oído con una frialdad que me congeló la sangre.
— Mmmgh... me estás ahogando... por favor soltame el cuello, le dije con un hilo de voz ahogada, arañándole el brazo con mis uñas finitas sin poder mover la cadera.
Sacó su carne de mi cola y, sin darme respiro, me la embocó de lleno por mi vagina estrecha y sensible. El golpe fue tan bruto que sentí cómo me abría a la fuerza por dentro, estirando las paredes de mi intimidad hasta los límites de la anatomía. Me mantuvo aplastada contra las sábanas, dándome embestidas profundas que me dejaban sin aliento mientras su mano en mi cuello me recordaba mi sumisión total.
— Aceptalo de una vez, regalada; tu cuerpo nuevo se hizo para esto, para que te rompa la vagina hasta que te olvides de que fuiste hombre, me respondió mi bully, apretándome el agarre mientras me dominaba por completo.

La humillación que me exige mi acosador no termina cuando salgo a la calle; el tipo se asegura de que todos sepan el tipo de perra en la que me convertí. Para salir a hacer los mandados o caminar por el barrio, me obliga a ponerme un abrigo largo de invierno, una campera gigante que por fuera parece normal, pero abajo la regla es macabra: tengo que ir vestida únicamente con un bikini diminuto y transparente o conjuntos de lencería de hilo dental que me dejan casi completamente en bolas.
— Mándame un video ya mismo de cómo te queda el trapo que te dije antes de cruzar la puerta, y más te vale que abras el abrigo frente al espejo si no querés que te vaya a buscar, me exigió por audio con su tono de mando habitual.
Me paré temblando frente al espejo del pasillo con el celular en la mano, con el corazón latiéndome en la garganta por el pavor de que me descubran.
— Ya me lo puse... mirá lo que es esto, no me tapa nada, le dije al video con la voz quebrada, abriéndome los botones del abrigo largo para mostrar la cámara.
Deslicé la tela del abrigo hacia los lados, dejando ver el bikini rojo microscópico que apenas me tapaba los pezones pesados y se me metía por completo en la división de las caderas anchas y las nalgas.
— Mostrame cómo te queda de atrás y bajate un poco el corpiño, trola, no me hagas perder el tiempo, me reordenó en el chat.
— Mirá... me doy la vuelta y me lo bajo como querés... te juro que me muero de vergüenza de salir así a la vereda, le dije a la lente, enfocando mi cola desnuda y bajándome la taza del bikini para dejar un pecho expuesto antes de mandarle el archivo, totalmente entregada a sus órdenes.
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