Camila

Como Camila siempre sería la perra caliente que no para de tocarse ella sola: No podría concentrarme en ninguna actividad diaria. Viviría encerrada en mi pieza, con las persianas bajas, tocándome a mí misma a cada hora del día, imaginando que cualquier tipo que cruzo en la calle entra a mi cuarto a dominarme, sin poder controlar este hambre físico que me consumiría por completo. Me pasaría la mano por la entrepierna sintiendo la humedad desbordar por mis muslos mientras miro el techo.
— Ay, no puedo más... necesito que venga alguien y me rompa toda. Gemí para mí misma en el silencio del cuarto vacío.
Me metí dos dedos de golpe, arqueando la espalda sobre la alfombra mugrienta.
— Sos una puta, Camila, mirá cómo estás por un poco de carne. Me insulté en voz alta, disfrutando del asco y del placer.
Me froté con más fuerza, imaginando la respiración de un extraño en mi nuca.
— Por favor, que entre cualquiera... que me agarre y me use como a una perra. Supliqué al aire, perdiendo el control de mis propios dedos.

Como Camila implica ser la puta que siempre termina con la cara en la cama y los brazos atrás de la espalda: Esta sería mi realidad de todas las noches terminaría sometida, con las muñecas firmemente sujetadas detrás de la espalda por un macho de verdad que me agarre con fuerza. Me obligaría a morder las sábanas mientras me coge duro y lento, disfrutando de sentir cómo entra cada centímetro de su verga en mi culo hasta dejarme sin aire. Sentí el peso de su cuerpo borracho aplastándome contra el colchón.
— Quedate quieta, pedazo de zorra, que este culito hoy es mío. Me ordenó él, torciéndome las muñecas con violencia.
— Pará... me duele, me estás apretando muy fuerte. Lloriqueé, aunque por dentro me moría de las ganas.
Él empujó su miembro de golpe, desgarrándome el orificio anal sin una gota de lubricante.
— ¡Ahhh! ¡Me partís! ¡Sacala por favor! Chillé, hundiendo los dientes en la almohada para no gritar más fuerte.
— Callate y tragate el dolor, que naciste para esto, Camila. Me escupió él en la oreja, dándome una embestida salvaje que me dejó muda.

Ser Camila significaría que mi verdadero trabajo sería complacer al jefe: Aunque me contrataran como secretaria para atender los teléfonos de la oficina, todos sabrían a qué fui en realidad. El jefe me ordenaría atender las llamadas de los clientes completamente desnuda sobre su escritorio, obligándome a hablar con voz profesional mientras él me coje de atrás y se ríe de cómo intento que no se note en el tono de voz. Escuché el tono del teléfono fijo sonando mientras sentía sus manos grandes en mis caderas.
— Atendé, Camila, y que el cliente no note que te estoy rompiendo el orto. Me mandó el jefe con una sonrisa cínica en la cara.
— Hola... buenas tardes, empresa... ¡Agh! Balbuceé, conteniendo un gemido agudo cuando él me dio un empujón profundo.
Él se rió fuerte, disfrutando de mi desesperación por mantener las formas.
— Decile que le mandás el presupuesto mañana, dale, puta obediente. Me susurró, dándome un chirlo seco en la nalga.
— Sí, señor... mañana mismo se lo... ¡ay!... se lo enviamos. Alcancé a decir, transpirando del esfuerzo mientras sentía el semen viejo chorrearme por las piernas.

Como Camila, mi manera de despertar a los hombres sería siempre la misma: No sabría lo que es un desayuno normal en la cama. Mi única función al amanecer sería ponerme de rodillas al costado del colchón, buscar la verga de mi dueño entre las colchas y metérmela entera en la boca para despertarlo con un pete profundo, tragándome todo el calor de la mañana en silencio. Aparté las sábanas despacio, viendo cómo su miembro ya estaba erecto y venoso.
— Buenos días, mi amor... mirá lo que tengo para vos. Susurré con voz de gata, lamiéndole la punta con la lengua.
Él ni siquiera abrió los ojos; me agarró del pelo y me hundió la cabeza de un tirón seco.
— Menos charla y más garganta, Camila, movete. Me exigió con la voz pastosa del sueño.
Me atraganté por completo, sintiendo la verga tocarme la boca del estómago mientras se me escapaban las lágrimas.
— ¿Te gusta recibirme así? Decime que sos mi esclava matutina. Me apuró él, empezando a mover la pelvis con fuerza dentro de mi boca.

Como Camila, esta sería la humilación que mi bully grabaría con mi propio celular: En medio del viaje de egresados, mi bully me sacaría el teléfono de las manos no para robármelo, sino para filmar en primer plano cómo me coge duro y profundo contra la mesa de luz. Después se encargaría de mandarle ese video a todos mis contactos de WhatsApp para que todo el mundo vea la clase de perra sumisa que soy cuando estoy a sus pies. Me puso el lente de la cámara a centímetros de la cara mientras me tiraba del pelo.
— Saludá a tus amigas del colegio, Camila, deciles lo mucho que te gusta la pija del que te hace la vida imposible. Se burló mi bully, enfocándome el rostro lloroso.
— No lo hagas... por favor, no se lo mandes a nadie... me arruinás la vida. Supliqué, temblando sobre los tacos.
Él me dio una embestida tan fuerte que me hizo golpear la frente contra la madera de la mesa de luz.
— Mirá cómo entregás el culo, sos una regalada. Gritó él para el video, dándome un chirlo que sonó en toda la habitación del hotel.
— ¡Sí, soy tu perra! ¡Graba lo que quieras pero no pares! Terminé gritando, totalmente quebrada por la humillación y el placer taboo.

Esta es la posición en la que siempre terminaría mi cuerpo si fuera Camila: No tendría la fuerza ni las ganas de dominar en la cama. Terminaría siempre boca arriba, completamente entregada, agarrando mis propias piernas por detrás de las rodillas para abrirlas lo más posible, suplicándole con la mirada al macho de turno que me coja lo más duro que pueda hasta dejarme los muslos acalambrados. Miré mis pies apuntando al techo mientras sentía mis pechos pesados caer hacia los costados.
— Mirá qué abierta que estás, pareces una puta de la ruta. Me insultó él, acomodándose entre mis muslos carnosos.
— Cojeme rápido... no aguanto más el dolor de tener las piernas así. Le pedí con un hilo de voz sumisa.
Él se metió de lleno, haciéndome arquear la espalda del espasmo.
— ¿Querías duro? Tomá, para que aprendas a respetar a los hombres. Me gritó, dándome golpes secos que hacían rebotar todo mi cuerpo contra el piso.
— ¡Ay, sí! ¡Rompeme toda, no me dejes caminar mañana! Gemí descontrolada, clavándole las uñas en los brazos.

Como mujer, esta sería mi rutina diaria de sumisión ante mi bully: Viviría de rodillas adelante de él en cualquier rincón oscuro de la escuela o del barrio. Camila siempre estaría abajo, dejando que él me agarre del pelo desde atrás para empujar su verga hasta el fondo de mi garganta, obligándome a mirarlo desde el piso mientras gimo y saboreo mi propia humillación. Me arrodillé sobre el cemento frío del baño de varones, sintiendo el olor a pis y desinfectante.
— Dale, abrí bien esa boquita que tenés, que no tengo todo el día. Me ordenó mi bully, sacándose el pantalón con desprecio.
— Dejame salir antes de que toque el timbre, por favor. Le pedí, aunque ya estaba saboreando la punta de su miembro.
Él me agarró de la nuca con los dedos entrelazados en mis mechones castaños y me la metió hasta el fondo sin piedad.
— ¿Quién te dio permiso para hablar, basura? Chupá y callate. Me escupió las palabras mientras yo me ahogaba con su tamaño.
Hice un ruido sordo de arcada, tragándome mis propias lágrimas mientras lo miraba con sumisión absoluta desde el suelo.

Ser Camila en las fiestas de disfraces: No importaría de qué me disfrace, siempre terminaría igual de rodillas encima de una silla en el fondo del quincho, con el disfraz roto y levantado, mientras los pibes hacen fila para cogerme de atrás como la perra obediente que soy, usando mi cuerpo como el juguete oficial de la joda. Sentí la tela del vestido de enfermera rasgarse por completo mientras las risas de los pibes me rodeaban.
— Miren a la enfermerita cómo se puso en cuatro solita, está regalada la Camila. Gritó Nacho desde atrás, con el vaso de fernet en la mano.
— Por favor... de a uno... no me hagan daño. Suplicé de compromiso, con el culo gigante apuntando a la fila de pibes.
El primero me agarró de las caderas con fuerza ordinaria y me la metió de un solo viaje, haciéndome saltar de la silla.
— ¡Qué pedazo de orto tiene esta mina! Dale, Nacho, sacale una foto así le queda de recuerdo. Se burló el que me estaba dando de atrás.
— ¡Ahhh! ¡Cojeme más rápido, haceme lo que quieras! Terminé gritando, entregada por completo al morbo de ser la puta de la joda.

Como Camila, la única forma de tomar leche sería la que me imponga mi bully: Si fuera mina, él me tendría tan dominada que no me dejaría terminar adentro ni en la boca. Me obligaría a ponerme desnuda boca abajo en su cama, se correría todo en las sábanas y el muy maldito me ordenaría que chupe su sabrosa leche directamente de la tela, haciéndome arrastrar la lengua como una hambrienta que no tiene orgullo. Me quedé temblando boca abajo, sintiendo las gotas calientes caer sobre mi espalda y el colchón.
— Mirá el desastre que hiciste, Camila, limpiá toda la cama ahora mismo con la lengua. Me ordenó mi bully con una voz fría que me congeló la sangre.
— Pero... está todo sucio, dejame ir al baño a buscar un trapo. Lloriqueé, arrastrándome por las sábanas revueltas.
Él me pisó la cabeza contra la almohada, obligándome a oler el semen espeso que se desparramaba por la tela.
— Te dije que limpies con la boca, pedazo de inútil, dale que tenés hambre de esto. Me gritó, presionando con fuerza.
Empecé a lamer la tela húmeda, tragándome su leche con total degradación mientras escuchaba cómo se reía de mí desde arriba.

Como Camila: Si fuera mujer, me perdería en las zonas más oscuras de las fiestas. Dejaría que los negros borrachos que se quedan al fondo del boliche me sorprendan por la espalda, me agarren de las caderas y me dejen completamente muda al sentir el tamaño de sus vergas presionando mi vestido, entregándome al instante a lo que quieran hacer conmigo sin oponer resistencia. Sentí unas manos gigantescas y rústicas levantarme la pollera de golpe en medio de la oscuridad del patio.
— Mirá la morochita qué escondida estaba... vení para acá, mami. Me susurró un tipo enorme con aliento a cerveza pura.
— No... acá no... nos va a ver la gente. Balbuceé con miedo, pero mi cuerpo ya se estaba arqueando hacia atrás.
El negro me empujó la verga durísima entre las nalgas, traspasando la tanga fina de un solo tirón.
— ¡Ggggh! ¡Dios mío, es enorme! Solté en un ronroneo de gata en celo, perdiendo el equilibrio sobre los tacos altos.
— Callate y mové ese culo para los negros, que hoy salís de acá con el orto bien abierto, Camila. Sentenció él, dándome una embestida que me hizo chocar contra la medianera del boliche.

Abril

Como Ailen, terminar de rodillas con la cara cubierta de semen sería una obligación, No sabría lo que es salir de joda y volver a casa entera. Mi única meta cada fin de semana sería terminar arrodillada en el piso de cualquier departamento ajeno, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, esperando el momento exacto en el que mi dueño me avise que se va a correr. Sentí las gotas espesas y calientes salpicarme los párpados y las mejillas mientras me quedaba quieta.
— Mirá cómo te dejé la carita de muñeca, Ailen, sos un desastre de lo puta que sos. Me insultó él, limpiándose con mi propio pelo.
— Limpiame vos... dejame toda llena de tu leche, por favor. Le pedí con los ojos llorosos, saboreando el goteo que me caía por los labios.
Él se rió con desprecio, dándome un chirlo suave en la cara húmeda.
— Te vas a quedar así toda la noche, nena, que todos vean para qué servís. Me ordenó, dándose la vuelta.
— Sí, mi amor... lo que vos me digas. Susurré en un hilo de voz, sintiendo el semen secarse en mi piel nueva.

Ser Ailen significaría estar de rodillas en un callejón de día mientras le paso la lengua al borracho que me agarró, No tendría vergüenza ni dignidad si un hombre me reclama en la vía pública. Dejaría que cualquier linyera o borracho del barrio me arrastre atrás de un volquete a plena luz del mañana, obligándome a bajarle los pantalones pesados mientras el ruido de los autos se escucha a metros. Me arrodillé en la tierra, agarrando su miembro venoso con mis manos finitas.
— Esa boca que tenés solo sirve para complacer a los machos como yo, ¿entendiste, Ailen? Me dijo el viejo con aliento a vino, agarrándome del mentón con fuerza ordinaria.
— Sí... tenés razón, soy solo para esto. Balbuceé, pasándole la lengua de costado a lo largo de toda su verga sucia.
Él soltó un gruñido, empujando la pelvis hacia adelante para hacerme rozar los dientes.
— Chupala bien, perra, que los pibes como vos nacieron para estar abajo de los hombres. Me ordenó, escupiéndome el piso al lado de los tacos.
Hice un ruido sordo de sumisión, tragándome el asco y succionando con desesperación en medio del callejón.

Como Ailen, la única forma en la que me dejaría sacar videos sería chupando la verga de los machos de rodillas, Mi celular estaría lleno de archivos explícitos de mi propia degradación sexual. Me pasaría las noches de rodillas frente a mis dueños mientras ellos sostienen la cámara a centímetros de mi boca, enfocando cómo mis labios pintados de rojo se estiran para meter el miembro entero hasta el fondo. Miré fijo al lente con los ojos abiertos, parpadeando sumisa.
— Mirá a la cámara, Ailen, que todos tus amigos vean cómo te atragantás con una pija de verdad. Me mandó el tipo, tironeándome del pelo castaño.
— ¡Mmhg!... ¡ahg!... Hice un ruido ahogado, sin poder hablar por el tamaño que me llenaba la boca.
Él movió el celular para enfocar mis pechos nuevos rebotando bajo el escote.
— Decí que sos mi esclava y que te encanta que te grabe así de puta. Me exigió, dándome un empujón más profundo.
Sola saqué la verga de mi boca un segundo para lamerle la punta y mirar fijo al flash.
— Soy tu esclava... filmame todo lo que quieras mientras me la tomo toda. Supliqué, volviendo a cerrar los ojos.

Como Ailen, todas las salidas del boliche terminarían de la misma forma con el más borracho del lugar, No podría negarme ante la insistencia de un tipo violento y mamado adentro del baño de la joda. Dejaría que entre detrás mío al cubículo, trabe la puerta con el pie y me levante el vestido negro de un solo tirón para ponerme de espaldas contra la bacha. Apoyé mi cara y mis manos desesperadas contra el espejo empañado.
— Mirá qué apretado que está este culito, Ailen, no te entra ni un dedo y mirá cómo te la voy a meter. Se burló el borracho, acomodándose la ropa de traje desprolija.
— ¡No, por favor... está viniendo gente al baño, nos van a escuchar! Supliqué con un gemido que sonó a ruego de gata.
Él entró de golpe por el ano, haciéndome golpear la frente contra el vidrio del espejo.
— ¡Ahhh! ¡Pará, me rompes toda! Chillé, viendo mi propio reflejo lloroso y humillado.
Él se rió a carcajadas de mi sufrimiento, dándome embestidas salvajes que hacían vibrar mis nalgas gigantes.
— Gritá todo lo que quieras, puta, que a estos giles les encanta escuchar cómo me cojo a la más linda del boliche. Me escupió, dejándome las piernas temblando sobre los tacos de quince centímetros.

Ser Ailen implica que mi forma de esperar a los machos sería siempre boca abajo agarrando mis piernas, No sabría recibir a los hombres de otra manera que no sea exhibiendo mis orificios en el living de casa. Me pondría desnuda en el sillón, levantando el culo bien alto y separando mis muslos carnosos con mis propias manos finas, dejando toda mi intimidad expuesta para cuando mis dueños entren con sus amigos. Me quedé temblando, escuchando sus pasos pesados entrar al living.
— Miren lo que nos preparó la Ailen, está lista para que elijamos qué parte usar primero. Dijo Nacho, dándole un sorbo a su cerveza.
— Usen lo que quieran... soy su juguete para hoy. Les dije con la voz quebrada y la cara hundida en el almohadón.
El más grande se acercó y me plantó una mano ordinaria en el cachete del culo, abriéndome más la vagina.
— Yo arranco por el orto, Nacho, ponete vos en la boca así no se aburre la perra. Ordenó él, sacándose el cinturón.
— Sí, por favor... úsenme los dos al mismo tiempo, dejenmé llena de leche. Rogué por puro instinto de sumisión.

Como Ailen, terminaría de rodillas escupiendo un poco el semen de mi bully para luego tragarlo, Disfrutaría del morbo de mostrarle la prueba de su dominación en mi propia boca antes de terminar el trabajo. Me quedaría arrodillada entre sus piernas, abriendo los labios despacio para dejar caer un hilo espeso de su leche sobre mi barbilla, dejando que él vea su propio desecho en mi rostro. Miré hacia arriba, viendo su miembro ya flácido y exhausto gracias a mi garganta.
— Mirá la asquerosidad que sos, Ailen, tenés la boca chorreando de mi pija. Se burló mi bully, pasándome el dedo por los labios húmedos.
— Es tu semen... mirá cómo me lo dejas en la lengua. Le respondí, mostrando la sustancia blanca con total degradación.
Él me dio un cachetazo suave en la mejilla, obligándome a cerrar la boca.
— Dale, tragatelo todo y no dejes ni una gota, perra muerta de hambre. Me mandó con asco.
Hice el movimiento con la garganta, tragando el líquido amargo en un gemido sumiso.
— Listo... ya me lo tomé todo, mi amor. Susurré, limpiándome la boca con la mano finita.

Como Ailen, mi realidad post-coito sería estar de cucharita mientras de mi vagina sale el semen de mi bully, Me quedaría acostada de lado en su cama revuelta, sintiendo el frío de la noche en la espalda y el goteo constante de su leche caliente desbordando por mis muslos suaves. Él me abrazaría de atrás, no por amor, sino para recordar que soy de su propiedad. Sentí su respiración pesada en mi nuca.
— Qué lindo cómo te quedó la colita chorreando, Ailen, te llené bien adentro. Me susurró mi bully con los ojos entrecerrados.
— Sí... me dejas un desastre siempre, me vas a terminar embarazando si seguimos así. Le contesté, acariciando mis propias caderas gigantes.
Él me apretó la cintura con fuerza, haciéndome soltar un quejido agudo.
— Y si te embarazo te jodés por puta, vamos a seguir con esto un par de veces más antes de que te deje ir. Sentenció él, volviendo a buscar mi intimidad húmeda.
— Sí, por favor... llename de nuevo, haceme lo que quieras. Cedí por completo, entregándole mi cuerpo otra vez.

Ser Ailen significaría ver cómo mi bully agarraría mis tetas nuevas para morderlas y dejarlas marcadas, Mis pechos pesados y sensibles serían el territorio oficial de su violencia. Me tendría sentada arriba de él en su pieza, apretándome los bultos de carne con tanta fuerza que me dejaría los dedos marcados en la piel blanca. Me agarró el pezón derecho con los dientes, tironeando hacia afuera.
— ¡Ahhh! ¡Duele! ¡No me muerdas tan fuerte, por favor! Grité, arqueando la espalda del dolor placentero.
— Callate, Ailen, te voy a dejar bien marcada para que cuando te mires al espejo te acuerdes quién es tu dueño. Me escupió él, cambiando al otro pecho sin piedad.
Sentí sus dientes hundirse en mi piel suave, dejándome dos hematomas violetas alrededor de la aureola.
— Quedaron hermosas, ahora todos van a saber que estas tetas tienen dueño. Se burló él, dándoles un chirlo que las hizo rebotar.
— Sí... soy tuya... gracias por marcarme así. Balbuceé, escondiendo la cara en su cuello de la pura vergüenza.

Como Ailen, me pondrían de parados mientras me coge mi bully y yo miraría hacia atrás abriéndome el culo, Estaría apoyada contra el ventanal de su departamento, con el vestido levantado hasta el cuello y las piernas temblando por el esfuerzo de los tacos. Con una de mis manos pequeñas me agarraría la nalga gigante para abrir bien el orificio anal, mirando por arriba del hombro cómo su verga entra y sale de mi cuerpo. El sonido de mis tetas rebotando contra el vidrio era lo único que se escuchaba.
— Mirá cómo se te mueve todo este pan dulce, Ailen, sos de goma de lo puta que sos. Me gritó mi bully, dándome embestidas que me hacían chocar contra el cristal.
— ¡Mirame cómo me abrís! ¡Mirá cómo me dejas el orto de abierto! Le grité descontrolada, perdiendo el hilo de la cordura por el morbo.
Él me agarró del pelo para obligarme a mantener la mirada hacia atrás.
— Eso es para que veas lo que te pasa por hacerte la linda en el colegio, perra. Sentenció él, acelerando el ritmo.
— ¡Sí! ¡Rompeme toda contra el vidrio, que vean todos los vecinos cómo me coges! Gemí, entregada por completo a la exhibición.

Esta es la imagen de Ailen boca arriba con las piernas abiertas viendo cómo sale el semen de mi jefe, Terminada la tarde en la oficina, me quedaría tirada arriba del escritorio de madera, rodeada de papeles y carpetas desordenadas. Tendría los muslos acalambrados y separados al máximo, mirando fijamente hacia abajo cómo el líquido blanco y espeso de mi jefe gotea desde mi vagina directamente sobre los informes contables. Él se estaría acomodando la corbata frente al espejo.
— Buen trabajo hoy, Ailen, dejaste el escritorio hecho un desastre con tu humedad. Me dijo el jefe con tono corporativo y frío.
— Limpiame... no me dejes tirada así, señor. Le pedí con los ojos llorosos, sin poder cerrar las piernas del cansancio.
Él tiró un pañuelo descartable arriba de mi panza chorreada de semen.
— Limpiate sola, puta, y acomodá esos papeles que mañana tenemos reunión temprano. Me ordenó, saliendo de la oficina sin mirarme.
Me quedé ahí sola, viendo el semen de mi jefe manchar los documentos oficiales, aceptando que como Ailen mi único valor era ser el desahogo de los hombres de poder.

Como Camila siempre sería la perra caliente que no para de tocarse ella sola: No podría concentrarme en ninguna actividad diaria. Viviría encerrada en mi pieza, con las persianas bajas, tocándome a mí misma a cada hora del día, imaginando que cualquier tipo que cruzo en la calle entra a mi cuarto a dominarme, sin poder controlar este hambre físico que me consumiría por completo. Me pasaría la mano por la entrepierna sintiendo la humedad desbordar por mis muslos mientras miro el techo.
— Ay, no puedo más... necesito que venga alguien y me rompa toda. Gemí para mí misma en el silencio del cuarto vacío.
Me metí dos dedos de golpe, arqueando la espalda sobre la alfombra mugrienta.
— Sos una puta, Camila, mirá cómo estás por un poco de carne. Me insulté en voz alta, disfrutando del asco y del placer.
Me froté con más fuerza, imaginando la respiración de un extraño en mi nuca.
— Por favor, que entre cualquiera... que me agarre y me use como a una perra. Supliqué al aire, perdiendo el control de mis propios dedos.

Como Camila implica ser la puta que siempre termina con la cara en la cama y los brazos atrás de la espalda: Esta sería mi realidad de todas las noches terminaría sometida, con las muñecas firmemente sujetadas detrás de la espalda por un macho de verdad que me agarre con fuerza. Me obligaría a morder las sábanas mientras me coge duro y lento, disfrutando de sentir cómo entra cada centímetro de su verga en mi culo hasta dejarme sin aire. Sentí el peso de su cuerpo borracho aplastándome contra el colchón.
— Quedate quieta, pedazo de zorra, que este culito hoy es mío. Me ordenó él, torciéndome las muñecas con violencia.
— Pará... me duele, me estás apretando muy fuerte. Lloriqueé, aunque por dentro me moría de las ganas.
Él empujó su miembro de golpe, desgarrándome el orificio anal sin una gota de lubricante.
— ¡Ahhh! ¡Me partís! ¡Sacala por favor! Chillé, hundiendo los dientes en la almohada para no gritar más fuerte.
— Callate y tragate el dolor, que naciste para esto, Camila. Me escupió él en la oreja, dándome una embestida salvaje que me dejó muda.

Ser Camila significaría que mi verdadero trabajo sería complacer al jefe: Aunque me contrataran como secretaria para atender los teléfonos de la oficina, todos sabrían a qué fui en realidad. El jefe me ordenaría atender las llamadas de los clientes completamente desnuda sobre su escritorio, obligándome a hablar con voz profesional mientras él me coje de atrás y se ríe de cómo intento que no se note en el tono de voz. Escuché el tono del teléfono fijo sonando mientras sentía sus manos grandes en mis caderas.
— Atendé, Camila, y que el cliente no note que te estoy rompiendo el orto. Me mandó el jefe con una sonrisa cínica en la cara.
— Hola... buenas tardes, empresa... ¡Agh! Balbuceé, conteniendo un gemido agudo cuando él me dio un empujón profundo.
Él se rió fuerte, disfrutando de mi desesperación por mantener las formas.
— Decile que le mandás el presupuesto mañana, dale, puta obediente. Me susurró, dándome un chirlo seco en la nalga.
— Sí, señor... mañana mismo se lo... ¡ay!... se lo enviamos. Alcancé a decir, transpirando del esfuerzo mientras sentía el semen viejo chorrearme por las piernas.

Como Camila, mi manera de despertar a los hombres sería siempre la misma: No sabría lo que es un desayuno normal en la cama. Mi única función al amanecer sería ponerme de rodillas al costado del colchón, buscar la verga de mi dueño entre las colchas y metérmela entera en la boca para despertarlo con un pete profundo, tragándome todo el calor de la mañana en silencio. Aparté las sábanas despacio, viendo cómo su miembro ya estaba erecto y venoso.
— Buenos días, mi amor... mirá lo que tengo para vos. Susurré con voz de gata, lamiéndole la punta con la lengua.
Él ni siquiera abrió los ojos; me agarró del pelo y me hundió la cabeza de un tirón seco.
— Menos charla y más garganta, Camila, movete. Me exigió con la voz pastosa del sueño.
Me atraganté por completo, sintiendo la verga tocarme la boca del estómago mientras se me escapaban las lágrimas.
— ¿Te gusta recibirme así? Decime que sos mi esclava matutina. Me apuró él, empezando a mover la pelvis con fuerza dentro de mi boca.

Como Camila, esta sería la humilación que mi bully grabaría con mi propio celular: En medio del viaje de egresados, mi bully me sacaría el teléfono de las manos no para robármelo, sino para filmar en primer plano cómo me coge duro y profundo contra la mesa de luz. Después se encargaría de mandarle ese video a todos mis contactos de WhatsApp para que todo el mundo vea la clase de perra sumisa que soy cuando estoy a sus pies. Me puso el lente de la cámara a centímetros de la cara mientras me tiraba del pelo.
— Saludá a tus amigas del colegio, Camila, deciles lo mucho que te gusta la pija del que te hace la vida imposible. Se burló mi bully, enfocándome el rostro lloroso.
— No lo hagas... por favor, no se lo mandes a nadie... me arruinás la vida. Supliqué, temblando sobre los tacos.
Él me dio una embestida tan fuerte que me hizo golpear la frente contra la madera de la mesa de luz.
— Mirá cómo entregás el culo, sos una regalada. Gritó él para el video, dándome un chirlo que sonó en toda la habitación del hotel.
— ¡Sí, soy tu perra! ¡Graba lo que quieras pero no pares! Terminé gritando, totalmente quebrada por la humillación y el placer taboo.

Esta es la posición en la que siempre terminaría mi cuerpo si fuera Camila: No tendría la fuerza ni las ganas de dominar en la cama. Terminaría siempre boca arriba, completamente entregada, agarrando mis propias piernas por detrás de las rodillas para abrirlas lo más posible, suplicándole con la mirada al macho de turno que me coja lo más duro que pueda hasta dejarme los muslos acalambrados. Miré mis pies apuntando al techo mientras sentía mis pechos pesados caer hacia los costados.
— Mirá qué abierta que estás, pareces una puta de la ruta. Me insultó él, acomodándose entre mis muslos carnosos.
— Cojeme rápido... no aguanto más el dolor de tener las piernas así. Le pedí con un hilo de voz sumisa.
Él se metió de lleno, haciéndome arquear la espalda del espasmo.
— ¿Querías duro? Tomá, para que aprendas a respetar a los hombres. Me gritó, dándome golpes secos que hacían rebotar todo mi cuerpo contra el piso.
— ¡Ay, sí! ¡Rompeme toda, no me dejes caminar mañana! Gemí descontrolada, clavándole las uñas en los brazos.

Como mujer, esta sería mi rutina diaria de sumisión ante mi bully: Viviría de rodillas adelante de él en cualquier rincón oscuro de la escuela o del barrio. Camila siempre estaría abajo, dejando que él me agarre del pelo desde atrás para empujar su verga hasta el fondo de mi garganta, obligándome a mirarlo desde el piso mientras gimo y saboreo mi propia humillación. Me arrodillé sobre el cemento frío del baño de varones, sintiendo el olor a pis y desinfectante.
— Dale, abrí bien esa boquita que tenés, que no tengo todo el día. Me ordenó mi bully, sacándose el pantalón con desprecio.
— Dejame salir antes de que toque el timbre, por favor. Le pedí, aunque ya estaba saboreando la punta de su miembro.
Él me agarró de la nuca con los dedos entrelazados en mis mechones castaños y me la metió hasta el fondo sin piedad.
— ¿Quién te dio permiso para hablar, basura? Chupá y callate. Me escupió las palabras mientras yo me ahogaba con su tamaño.
Hice un ruido sordo de arcada, tragándome mis propias lágrimas mientras lo miraba con sumisión absoluta desde el suelo.

Ser Camila en las fiestas de disfraces: No importaría de qué me disfrace, siempre terminaría igual de rodillas encima de una silla en el fondo del quincho, con el disfraz roto y levantado, mientras los pibes hacen fila para cogerme de atrás como la perra obediente que soy, usando mi cuerpo como el juguete oficial de la joda. Sentí la tela del vestido de enfermera rasgarse por completo mientras las risas de los pibes me rodeaban.
— Miren a la enfermerita cómo se puso en cuatro solita, está regalada la Camila. Gritó Nacho desde atrás, con el vaso de fernet en la mano.
— Por favor... de a uno... no me hagan daño. Suplicé de compromiso, con el culo gigante apuntando a la fila de pibes.
El primero me agarró de las caderas con fuerza ordinaria y me la metió de un solo viaje, haciéndome saltar de la silla.
— ¡Qué pedazo de orto tiene esta mina! Dale, Nacho, sacale una foto así le queda de recuerdo. Se burló el que me estaba dando de atrás.
— ¡Ahhh! ¡Cojeme más rápido, haceme lo que quieras! Terminé gritando, entregada por completo al morbo de ser la puta de la joda.

Como Camila, la única forma de tomar leche sería la que me imponga mi bully: Si fuera mina, él me tendría tan dominada que no me dejaría terminar adentro ni en la boca. Me obligaría a ponerme desnuda boca abajo en su cama, se correría todo en las sábanas y el muy maldito me ordenaría que chupe su sabrosa leche directamente de la tela, haciéndome arrastrar la lengua como una hambrienta que no tiene orgullo. Me quedé temblando boca abajo, sintiendo las gotas calientes caer sobre mi espalda y el colchón.
— Mirá el desastre que hiciste, Camila, limpiá toda la cama ahora mismo con la lengua. Me ordenó mi bully con una voz fría que me congeló la sangre.
— Pero... está todo sucio, dejame ir al baño a buscar un trapo. Lloriqueé, arrastrándome por las sábanas revueltas.
Él me pisó la cabeza contra la almohada, obligándome a oler el semen espeso que se desparramaba por la tela.
— Te dije que limpies con la boca, pedazo de inútil, dale que tenés hambre de esto. Me gritó, presionando con fuerza.
Empecé a lamer la tela húmeda, tragándome su leche con total degradación mientras escuchaba cómo se reía de mí desde arriba.

Como Camila: Si fuera mujer, me perdería en las zonas más oscuras de las fiestas. Dejaría que los negros borrachos que se quedan al fondo del boliche me sorprendan por la espalda, me agarren de las caderas y me dejen completamente muda al sentir el tamaño de sus vergas presionando mi vestido, entregándome al instante a lo que quieran hacer conmigo sin oponer resistencia. Sentí unas manos gigantescas y rústicas levantarme la pollera de golpe en medio de la oscuridad del patio.
— Mirá la morochita qué escondida estaba... vení para acá, mami. Me susurró un tipo enorme con aliento a cerveza pura.
— No... acá no... nos va a ver la gente. Balbuceé con miedo, pero mi cuerpo ya se estaba arqueando hacia atrás.
El negro me empujó la verga durísima entre las nalgas, traspasando la tanga fina de un solo tirón.
— ¡Ggggh! ¡Dios mío, es enorme! Solté en un ronroneo de gata en celo, perdiendo el equilibrio sobre los tacos altos.
— Callate y mové ese culo para los negros, que hoy salís de acá con el orto bien abierto, Camila. Sentenció él, dándome una embestida que me hizo chocar contra la medianera del boliche.

Abril

Como Ailen, terminar de rodillas con la cara cubierta de semen sería una obligación, No sabría lo que es salir de joda y volver a casa entera. Mi única meta cada fin de semana sería terminar arrodillada en el piso de cualquier departamento ajeno, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, esperando el momento exacto en el que mi dueño me avise que se va a correr. Sentí las gotas espesas y calientes salpicarme los párpados y las mejillas mientras me quedaba quieta.
— Mirá cómo te dejé la carita de muñeca, Ailen, sos un desastre de lo puta que sos. Me insultó él, limpiándose con mi propio pelo.
— Limpiame vos... dejame toda llena de tu leche, por favor. Le pedí con los ojos llorosos, saboreando el goteo que me caía por los labios.
Él se rió con desprecio, dándome un chirlo suave en la cara húmeda.
— Te vas a quedar así toda la noche, nena, que todos vean para qué servís. Me ordenó, dándose la vuelta.
— Sí, mi amor... lo que vos me digas. Susurré en un hilo de voz, sintiendo el semen secarse en mi piel nueva.

Ser Ailen significaría estar de rodillas en un callejón de día mientras le paso la lengua al borracho que me agarró, No tendría vergüenza ni dignidad si un hombre me reclama en la vía pública. Dejaría que cualquier linyera o borracho del barrio me arrastre atrás de un volquete a plena luz del mañana, obligándome a bajarle los pantalones pesados mientras el ruido de los autos se escucha a metros. Me arrodillé en la tierra, agarrando su miembro venoso con mis manos finitas.
— Esa boca que tenés solo sirve para complacer a los machos como yo, ¿entendiste, Ailen? Me dijo el viejo con aliento a vino, agarrándome del mentón con fuerza ordinaria.
— Sí... tenés razón, soy solo para esto. Balbuceé, pasándole la lengua de costado a lo largo de toda su verga sucia.
Él soltó un gruñido, empujando la pelvis hacia adelante para hacerme rozar los dientes.
— Chupala bien, perra, que los pibes como vos nacieron para estar abajo de los hombres. Me ordenó, escupiéndome el piso al lado de los tacos.
Hice un ruido sordo de sumisión, tragándome el asco y succionando con desesperación en medio del callejón.

Como Ailen, la única forma en la que me dejaría sacar videos sería chupando la verga de los machos de rodillas, Mi celular estaría lleno de archivos explícitos de mi propia degradación sexual. Me pasaría las noches de rodillas frente a mis dueños mientras ellos sostienen la cámara a centímetros de mi boca, enfocando cómo mis labios pintados de rojo se estiran para meter el miembro entero hasta el fondo. Miré fijo al lente con los ojos abiertos, parpadeando sumisa.
— Mirá a la cámara, Ailen, que todos tus amigos vean cómo te atragantás con una pija de verdad. Me mandó el tipo, tironeándome del pelo castaño.
— ¡Mmhg!... ¡ahg!... Hice un ruido ahogado, sin poder hablar por el tamaño que me llenaba la boca.
Él movió el celular para enfocar mis pechos nuevos rebotando bajo el escote.
— Decí que sos mi esclava y que te encanta que te grabe así de puta. Me exigió, dándome un empujón más profundo.
Sola saqué la verga de mi boca un segundo para lamerle la punta y mirar fijo al flash.
— Soy tu esclava... filmame todo lo que quieras mientras me la tomo toda. Supliqué, volviendo a cerrar los ojos.

Como Ailen, todas las salidas del boliche terminarían de la misma forma con el más borracho del lugar, No podría negarme ante la insistencia de un tipo violento y mamado adentro del baño de la joda. Dejaría que entre detrás mío al cubículo, trabe la puerta con el pie y me levante el vestido negro de un solo tirón para ponerme de espaldas contra la bacha. Apoyé mi cara y mis manos desesperadas contra el espejo empañado.
— Mirá qué apretado que está este culito, Ailen, no te entra ni un dedo y mirá cómo te la voy a meter. Se burló el borracho, acomodándose la ropa de traje desprolija.
— ¡No, por favor... está viniendo gente al baño, nos van a escuchar! Supliqué con un gemido que sonó a ruego de gata.
Él entró de golpe por el ano, haciéndome golpear la frente contra el vidrio del espejo.
— ¡Ahhh! ¡Pará, me rompes toda! Chillé, viendo mi propio reflejo lloroso y humillado.
Él se rió a carcajadas de mi sufrimiento, dándome embestidas salvajes que hacían vibrar mis nalgas gigantes.
— Gritá todo lo que quieras, puta, que a estos giles les encanta escuchar cómo me cojo a la más linda del boliche. Me escupió, dejándome las piernas temblando sobre los tacos de quince centímetros.

Ser Ailen implica que mi forma de esperar a los machos sería siempre boca abajo agarrando mis piernas, No sabría recibir a los hombres de otra manera que no sea exhibiendo mis orificios en el living de casa. Me pondría desnuda en el sillón, levantando el culo bien alto y separando mis muslos carnosos con mis propias manos finas, dejando toda mi intimidad expuesta para cuando mis dueños entren con sus amigos. Me quedé temblando, escuchando sus pasos pesados entrar al living.
— Miren lo que nos preparó la Ailen, está lista para que elijamos qué parte usar primero. Dijo Nacho, dándole un sorbo a su cerveza.
— Usen lo que quieran... soy su juguete para hoy. Les dije con la voz quebrada y la cara hundida en el almohadón.
El más grande se acercó y me plantó una mano ordinaria en el cachete del culo, abriéndome más la vagina.
— Yo arranco por el orto, Nacho, ponete vos en la boca así no se aburre la perra. Ordenó él, sacándose el cinturón.
— Sí, por favor... úsenme los dos al mismo tiempo, dejenmé llena de leche. Rogué por puro instinto de sumisión.

Como Ailen, terminaría de rodillas escupiendo un poco el semen de mi bully para luego tragarlo, Disfrutaría del morbo de mostrarle la prueba de su dominación en mi propia boca antes de terminar el trabajo. Me quedaría arrodillada entre sus piernas, abriendo los labios despacio para dejar caer un hilo espeso de su leche sobre mi barbilla, dejando que él vea su propio desecho en mi rostro. Miré hacia arriba, viendo su miembro ya flácido y exhausto gracias a mi garganta.
— Mirá la asquerosidad que sos, Ailen, tenés la boca chorreando de mi pija. Se burló mi bully, pasándome el dedo por los labios húmedos.
— Es tu semen... mirá cómo me lo dejas en la lengua. Le respondí, mostrando la sustancia blanca con total degradación.
Él me dio un cachetazo suave en la mejilla, obligándome a cerrar la boca.
— Dale, tragatelo todo y no dejes ni una gota, perra muerta de hambre. Me mandó con asco.
Hice el movimiento con la garganta, tragando el líquido amargo en un gemido sumiso.
— Listo... ya me lo tomé todo, mi amor. Susurré, limpiándome la boca con la mano finita.

Como Ailen, mi realidad post-coito sería estar de cucharita mientras de mi vagina sale el semen de mi bully, Me quedaría acostada de lado en su cama revuelta, sintiendo el frío de la noche en la espalda y el goteo constante de su leche caliente desbordando por mis muslos suaves. Él me abrazaría de atrás, no por amor, sino para recordar que soy de su propiedad. Sentí su respiración pesada en mi nuca.
— Qué lindo cómo te quedó la colita chorreando, Ailen, te llené bien adentro. Me susurró mi bully con los ojos entrecerrados.
— Sí... me dejas un desastre siempre, me vas a terminar embarazando si seguimos así. Le contesté, acariciando mis propias caderas gigantes.
Él me apretó la cintura con fuerza, haciéndome soltar un quejido agudo.
— Y si te embarazo te jodés por puta, vamos a seguir con esto un par de veces más antes de que te deje ir. Sentenció él, volviendo a buscar mi intimidad húmeda.
— Sí, por favor... llename de nuevo, haceme lo que quieras. Cedí por completo, entregándole mi cuerpo otra vez.

Ser Ailen significaría ver cómo mi bully agarraría mis tetas nuevas para morderlas y dejarlas marcadas, Mis pechos pesados y sensibles serían el territorio oficial de su violencia. Me tendría sentada arriba de él en su pieza, apretándome los bultos de carne con tanta fuerza que me dejaría los dedos marcados en la piel blanca. Me agarró el pezón derecho con los dientes, tironeando hacia afuera.
— ¡Ahhh! ¡Duele! ¡No me muerdas tan fuerte, por favor! Grité, arqueando la espalda del dolor placentero.
— Callate, Ailen, te voy a dejar bien marcada para que cuando te mires al espejo te acuerdes quién es tu dueño. Me escupió él, cambiando al otro pecho sin piedad.
Sentí sus dientes hundirse en mi piel suave, dejándome dos hematomas violetas alrededor de la aureola.
— Quedaron hermosas, ahora todos van a saber que estas tetas tienen dueño. Se burló él, dándoles un chirlo que las hizo rebotar.
— Sí... soy tuya... gracias por marcarme así. Balbuceé, escondiendo la cara en su cuello de la pura vergüenza.

Como Ailen, me pondrían de parados mientras me coge mi bully y yo miraría hacia atrás abriéndome el culo, Estaría apoyada contra el ventanal de su departamento, con el vestido levantado hasta el cuello y las piernas temblando por el esfuerzo de los tacos. Con una de mis manos pequeñas me agarraría la nalga gigante para abrir bien el orificio anal, mirando por arriba del hombro cómo su verga entra y sale de mi cuerpo. El sonido de mis tetas rebotando contra el vidrio era lo único que se escuchaba.
— Mirá cómo se te mueve todo este pan dulce, Ailen, sos de goma de lo puta que sos. Me gritó mi bully, dándome embestidas que me hacían chocar contra el cristal.
— ¡Mirame cómo me abrís! ¡Mirá cómo me dejas el orto de abierto! Le grité descontrolada, perdiendo el hilo de la cordura por el morbo.
Él me agarró del pelo para obligarme a mantener la mirada hacia atrás.
— Eso es para que veas lo que te pasa por hacerte la linda en el colegio, perra. Sentenció él, acelerando el ritmo.
— ¡Sí! ¡Rompeme toda contra el vidrio, que vean todos los vecinos cómo me coges! Gemí, entregada por completo a la exhibición.

Esta es la imagen de Ailen boca arriba con las piernas abiertas viendo cómo sale el semen de mi jefe, Terminada la tarde en la oficina, me quedaría tirada arriba del escritorio de madera, rodeada de papeles y carpetas desordenadas. Tendría los muslos acalambrados y separados al máximo, mirando fijamente hacia abajo cómo el líquido blanco y espeso de mi jefe gotea desde mi vagina directamente sobre los informes contables. Él se estaría acomodando la corbata frente al espejo.
— Buen trabajo hoy, Ailen, dejaste el escritorio hecho un desastre con tu humedad. Me dijo el jefe con tono corporativo y frío.
— Limpiame... no me dejes tirada así, señor. Le pedí con los ojos llorosos, sin poder cerrar las piernas del cansancio.
Él tiró un pañuelo descartable arriba de mi panza chorreada de semen.
— Limpiate sola, puta, y acomodá esos papeles que mañana tenemos reunión temprano. Me ordenó, saliendo de la oficina sin mirarme.
Me quedé ahí sola, viendo el semen de mi jefe manchar los documentos oficiales, aceptando que como Ailen mi único valor era ser el desahogo de los hombres de poder.
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