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Captions Gender Bender Bariloche

Así me dejaría tratar si fuera mujer y estuviera en medio del viaje de egresados. Imaginate: volvemos de Grisú todos pasados de rosca, el alcohol me tiene la cabeza a mil y la pastilla hizo que mi cuerpo sea una invitación al pecado. Me quedo sola en la habitación del hotel, totalmente en bolas, y me pongo en cuclillas frente al espejo largo. Tengo la cara toda manchada, chorreando el semen caliente que me dejó el coordinador del viaje hace cinco minutos en el pasillo.

No puedo parar; el hambre que tiene mi nuevo cuerpo de mujer me obliga a meterme los dedos en la vagina, bien profundo, tocándome con una desesperación que nunca sentí cuando era hombre. Me encanta ver mi reflejo así: humillada, sucia, con el rastro de un tipo que ni me conoce la cara pero que me usó como un trapo. Lo hago porque quiero sentir que ya no queda nada de mi masculinidad, que ahora soy solo un agujero que se llena y una boca que agradece. Me dedeo con furia mientras me miro los ojos vidriosos, aceptando que en este viaje soy la puta oficial de la delegación y que mi único propósito es terminar cada noche así: bañada en leche y rogando por más.
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Así me trataría si fuera mujer y me tocara el coordinador más pesado de la empresa de viajes. Ese tipo que tiene el doble de mi tamaño y que manda en todo el hotel. Me citó en su habitación privada después de la cena, "para hablar de mi conducta", pero los dos sabemos a qué vine. Me obliga a apoyarme contra el borde de la cama, con las manos firmes en el colchón y el culo bien levantado, apuntando al techo.

Él se para atrás, un negro enorme que no tiene ni un poquito de delicadeza, y me clava su verga gigante de una sola embestida que me hace ver estrellas. Siento cómo me estira toda por dentro, cómo su peso me aplasta contra la cama mientras me coge de parado con una fuerza bruta, rítmica, demoledora. Lo hago porque me calienta sentirme diminuta, porque quiero que un hombre de verdad me rompa toda y me haga olvidar que alguna vez tuve pantalones. Escucho sus gemidos de animal atrás de mi nuca y me encanta saber que, mientras mis compañeros de curso están durmiendo o jugando a la Play, a mí me están martillando el cuerpo en la suite principal. Soy su juguete de la semana, la perra que él usa para descargarse de todo el estrés del viaje, y yo muerdo la sábana para no gritar de puro placer y dolor.
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Así me dejaría tratar si fuera mujer y un desconocido, un tipo de seguridad o un mecánico del lugar, me engancha volviendo sola del boliche por un callejón oscuro cerca de los galpones donde guardan los micros. El tipo no me diría ni una palabra, me agarraría de un brazo y me estamparía contra el portón de metal de un taller. Me obligaría a ponerme en cuatro, agarrada de esas cadenas gruesas y oxidadas que cierran el negocio, usándolas para mantenerme en pie mientras él me levanta la pollera y me rompe el culo sin un gramo de lástima.

Si fuera mujer, me aferraría a esas cadenas con toda mi fuerza, sintiendo el metal frío en mis manos mientras el tipo me da una embestida tras otra, haciéndome chocar la cara contra el portón de chapa. Me encantaría el ruido de las cadenas golpeando contra el metal en el silencio de la noche, marcando el ritmo de mi humillación. Lo haría porque me calienta ser carne de cañón para un extraño, ser la "putita de la calle" que un tipo cualquiera usa y descarta en un rincón sucio de Bariloche. Me dejaría garchar hasta que mis piernas no aguanten más, con el culo roto y chorreando su leche sobre el asfalto, agradecida de que me haya usado como si no valiera nada. Volvería al hotel caminando con las medias rotas y el olor a él encima, sintiéndome la perra más sucia y satisfecha de toda la ciudad.
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Así me trataría si fuera mujer en pleno viaje de egresados. Mientras todos mis compañeros bajaron al comedor a cenar, yo me quedé en la pieza del hotel con la excusa de un dolor de cabeza, pero la realidad es que no aguanto las ganas de usar mi nuevo cuerpo. Me pongo frente al espejo largo del placard, totalmente desnuda, y pego un consolador transparente gigante contra el vidrio. Me paro de espaldas, abro bien las piernas y empiezo a cabalgar ese bicho de plástico, mirando por el reflejo cómo mi culo de mujer se lo traga entero y se estira. Lo hago porque necesito entrenar, porque sé que esta noche en Cerebro me van a agarrar los coordinadores y los pibes más pesados, y quiero estar bien abierta para ellos. Me encanta ver cómo el plástico transparente se llena de mis jugos mientras subo y bajo con desesperación. Lo hago para recordarme que ya no soy el pibe que jugaba al fútbol; ahora soy la puta del curso que se prepara sola para que a la noche me rompan como a una perra. Quiero llegar al boliche con el centro bien caliente, sabiendo que cualquier mano que me toque la cintura va a encontrar a una mujer que no tiene límites.
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Así me dejaría tratar si fuera mujer y el coordinador del viaje me engancha volviendo de la fiesta de disfraces. Me agarra en el pasillo oscuro, me mete en el cuarto de servicio y me obliga a ponerme de rodillas. No me dice ni "hola", directamente se saca la verga y me agarra del pelo con una fuerza que me hace lagrimear los ojos. Me usa la boca como si fuera un tacho de basura, dándome arcadas mientras me recuerda que él manda en este viaje. Cuando siente que va a terminar, me tira la cabeza hacia atrás, me aprieta las mejillas y se corre con una furia impresionante sobre toda mi cara. Yo me quedo ahí, quieta, sacando la lengua para recibir cada gota de su leche caliente, dejando que me manche los ojos, la nariz y los labios. Lo hago porque me calienta sentirme inferior, porque ser la "mascota" del personal de la empresa de viajes me hace sentir la mujer más deseada y degradada de Bariloche. Me quedo mirando hacia arriba con la cara chorreando, agradecida de que un tipo así me haya elegido para vaciarse. Lo haría mil veces para que todo el hotel sepa, aunque sea en secreto, que la nena linda del viaje es en realidad la que le limpia la verga a los dueños de la noche.
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Así me dejaría tratar si fuera mujer y el padre acompañante de mi grupo (el papá de mi mejor amiga) me encuentra en el pasillo del hotel volviendo de la fiesta de blanco, toda despeinada y con olor a alcohol. Me mete en su habitación "para darme una lección de comportamiento", pero apenas cierra la puerta me obliga a subirme arriba de él. Me hizo dos trenzas apretadas antes de empezar, solo para tener de dónde agarrarme.

Me pongo arriba, cabalgando su verga gigante, pero él no me deja llevar el ritmo. Me agarra de las dos trenzas con una fuerza bruta, tirándome la cabeza hacia atrás y empujando mis caderas hacia abajo con una violencia que me hace arquear la espalda. Siento cómo su verga se me entierra en el culo, estirándome cada fibra, mientras él me gruñe al oído que soy una nena malcriada que necesita que un hombre de verdad la ponga en su lugar.

Lo haría porque me vuelve loca que un tipo mayor, un "padre responsable", me use como su puta privada del viaje. Me dejaría tironear del pelo, sintiendo el cuero cabelludo arder mientras mi culo se parte al medio, gozando de que el tipo que nos tiene que cuidar sea el primero en profanarme. Me quedaría ahí, colgada de mis trenzas, entregándole mi inocencia a cambio de que me llene las entrañas con su leche de viejo verde.
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Así me dejaría tratar si fuera mujer y estuviera en la previa del hotel, con el alcohol pegándome fuerte antes de ir a Roket. Me encerraría en el baño, me bajaría el corpiño del conjunto de lencería que me compré solo para provocar y me sacaría una selfie de esas que te cortan la respiración. Me agarraría las tetas con las dos manos, apretándolas bien fuerte hacia el centro para que el escote explote, y subiría la foto a Mejores Amigos de Instagram con un texto bien regalado: "¿Cuál de mis 'amigos' me va a dar el castigo que me merezco esta noche?".

Lo haría porque me encanta la adrenalina de saber que mis compañeros de curso, esos que antes me trataban como a un pibe más, ahora se están pajeando viendo mis nuevas tetas en sus celulares. Me dejaría usar por sus miradas, alimentando sus fantasías más sucias mientras espero que alguno me encare en el boliche para hacerme bosta. Me fascina ser la "amiguita" que calienta el grupo, la que usa su cuerpo para que todos se vuelvan locos de ganas de corrérsele encima. Es mi forma de avisarles que la nena linda del viaje está disponible para el que tenga la verga más grande y la mano más pesada.
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Así me trataría si fuera mujer y tuviera la lista de "Mejores Amigos" en Instagram llena de los pibes más jeropas del curso y los coordinadores. Después de una noche de boliche, llegaría al cuarto del hotel, me encerraría en el baño con el vapor de la ducha y sacaría el celular. Me grabaría un video bien sucio, con los ojos vidriosos por el escabio, bajándome el corpiño del disfraz de colegiala hasta que mis nuevas tetas salten afuera.

Me empezaría a amasar un pezón con una mano mientras con la otra sostengo el teléfono en primer plano, mostrando cómo me toco para ellos. Lo subiría a "Besties" sabiendo que en cinco minutos voy a tener a tres pibes del curso y al coordinador de la empresa golpeándome la puerta del cuarto. Lo haría porque me fascina que todos sepan que la "linda" del viaje es una regalada que busca atención de la forma más barata.

Me grabaría bajándome la bombacha también, mostrando el hilo de baba que me queda después de pensar en lo que me van a hacer cuando entren. Es la adrenalina de ser la puta del viaje, la que calienta a todos por la pantalla para después terminar en cuatro en cualquier pasillo oscuro del hotel, recibiendo lo que pedí a gritos con ese video.
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Así me dejaría tratar si fuera mujer en pleno viaje de egresados. Me tomé la pastilla y ahora soy la perrita que todos los pibes de la división quieren usar en la semana de boliches. Estamos en la pieza del hotel en Bariloche, con el **coordinador del viaje** mirándome desde la silla mientras los demás están en la previa. Me hice comprar el conjunto de lencería más diminuto y sucio en la calle Mitre antes de subir. Me pongo en cuatro arriba de la cama, separando bien las piernas para que él vea que ya no soy el pibe de antes, sino una puta con un culo ansioso por ser reclamado por un hombre de verdad. Muevo las caderas con un ritmo lento, provocador, sintiendo cómo el frío que entra por la ventana choca contra mi piel caliente. Lo haría porque me encanta que me miren como un objeto, porque quiero que el coordinador sepa que, mientras las otras chicas se hacen las santas, yo estoy acá lista para ser su juguete de la semana. Quiero que se acerque, me agarre de las nalgas con esas manos grandes y me diga que soy la mejor "inversión" que hizo la empresa de viajes. Me dejaría hacer de todo con tal de que me use como su descarga personal cada noche después de volver de *Cerebro* o *Byblos*.
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Así me trataría si fuera mujer y estuviera volviendo del boliche totalmente borracha y caliente. Me arrodillo en la cama frente al **popular del curso**, el que siempre me bardeaba o ni me registraba cuando era hombre. Ahora, bajo la luz tenue de la habitación del hotel, me bajo el corpiño despacio, dejando que mis nuevas tetas, firmes y rosadas por el efecto de la pastilla, salten a la vista. Me encanta ver cómo se le dilatan las pupilas; no puede creer que el "pibe" que conocía ahora tenga este cuerpo de hembra lista para ser usada. Expongo mi pecho con orgullo, apretándome las tetas con mis propias manos para que vea lo suave que soy ahora y lo mucho que deseo que las muerda. Lo haría porque quiero borrar mi pasado de hombre con su mirada de deseo, porque necesito que me use para sacarse las ganas de todo el viaje conmigo. Quiero que me agarre del pelo, que me chupe los pezones con hambre y que me haga entender que mi único propósito en Bariloche es ser la perra que le caliente las noches a los pibes más picantes del grupo. Me dejaría humillar y usar con tal de sentir que soy su favorita, la que siempre tiene leche en la cara al amanecer.
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sissy


Así me trataría y me dejaría dejar si fuera mujer en la última noche de Bariloche. Después de que el pibe más bully del curso me agarrara en la cama de su habitación y me diera una paliza anal que me dejó viendo estrellas, me quedo ahí, en cuatro, sin poder moverme del dolor rico que siento. Tengo el culo al aire, totalmente roto y colorado por la fuerza que usó, y siento clarito cómo su semen caliente empieza a desbordar y a chorrear por mis nalgas. Mi culo, todavía dilatado por su verga gigante, se abre y se cierra solo, como si estuviera respirando, sacando más y más leche de él con cada espasmo. Lo hago porque quiero que me deje marcada, porque quiero sentir que me rompió bien roto para que nunca me olvide de quién fue el que me estrenó como mujer en este viaje. Me quedo ahí, ofreciendo mi agujero destrozado a la vista de él, disfrutando de la humillación de estar bañada en sus ganas mientras los demás pibes gritan en el pasillo. Soy su depósito de leche del viaje de egresados y no hay nada que me guste más que sentir mi culo arruinado por su culpa
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Así me trataría si fuera mujer después de una noche descontrolada en el boliche Grisú. Volvemos al hotel todos borrachos y me meto en la cama del pibe que siempre fue mi "mejor amigo" cuando yo era hombre. Él se tira boca arriba, entregado, y yo me pongo boca abajo, con el culo bien arriba y las piernas abiertas para que cualquiera que pase por el pasillo vea lo que soy. Le empiezo a chupar la verga con una desesperación de puta, tragándomela entera hasta la raíz, mientras levanto la vista para verle la cara de placer. Me fascina ver cómo el que antes me trataba como un hermano, ahora me mira como a su perra personal, apretándome el pelo y hundiéndome la cabeza entre sus piernas. Lo hago porque me calienta sentir que mi boca es su juguete favorito del viaje, porque quiero que se corra en mi garganta y que sepa que su "amiguito" se convirtió en la mejor petera de todo Bariloche. No me importa el asco, no me importa el honor; solo quiero que goce mientras yo le dejo la verga impecable antes de que amanezca en el Nahuel Huapi.
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Así me trataría y así me dejaría usar si fuera mujer en pleno viaje de egresados. Me tomé la pastilla y ahora tengo este cuerpo de puta que no para de pedir carne. Es la tercera noche en Bariloche, todos están en la previa en el pasillo, pero yo me encerré en la habitación con los juguetes que me compré a escondidas. Me pongo a cabalgar un consolador grueso y venoso por el culo, sintiendo cómo me estira y me rompe mientras reboto con desesperación. Al mismo tiempo, me meto otro en mi nueva vagina, dándole con furia, empujando los dos al mismo tiempo hasta que siento que me falta el aire. Lo hago porque quiero estar bien dilatada y lista para cuando los pibes del grupo vuelvan del boliche borrachos y con ganas de descargar. Quiero que mi cuerpo aprenda a recibir todo tipo de grosores, que mi culo se acostumbre a estar abierto y mi vagina a estar siempre empapada. Me auto-uso de esta forma porque en Bariloche no quiero ser una nena santa, quiero ser la perra entrenada que aguanta dos vergas al mismo tiempo sin quejarse, disfrutando de la humillación de ser un objeto de placer doble
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