Así me tiene el *bully de mi hermano* (o cualquier hombre que pague el precio). Después de usar mi boca como si fuera un mingitorio, me obliga a quedarme de rodillas, inmóvil. Me agarra del mentón con fuerza y me ordena: "Abrí bien grande, que quiero ver cómo te dejé". Tengo la boca desbordando de su leche espesa y caliente. Se la muestro, dejando que los hilos de saliva y semen me manchen los labios, y recién cuando él me da el visto bueno con una sonrisa de asco, me la trago entera, saboreando el pago que acabo de ganarme. Pasé de dar asco a pedir por favor que me llenen, porque cada gota que trago es dinero en mi cuenta. Soy la puta que cobra por limpiar los excesos de los hombres.

Así me tiene *mi propio padre. Me tiene arrodillada en el suelo de su oficina, totalmente desnuda, sintiendo el aire frío en mi piel mientras mi cara está bañada en su semen. Me chorrea por las mejillas, me entra en los ojos y se me pega al pelo. Él se sienta en su sillón de cuero, saca un fajo de billetes y me los tira a la cara, dejando que se peguen a mi piel húmeda. *"Ahí tenés para tus gastos, Alejandra, te lo ganaste como la puta que sos", me dice con desprecio. Y yo, lejos de llorar, sonrío con la mirada perdida, aceptando que mi cara es el lienzo donde mi viejo descarga su frustración. No soy su hija, soy su inversión más barata y efectiva.

Así me tiene *mi hermano mayor, Rodrigo. Me paga para que me meta con él en la ducha y lo limpie "a fondo". Estoy ahí, entre el vapor y el agua caliente, tratando de taparme con una mano mientras con la otra, temblando de vergüenza y excitación, le jabono la verga gigante que tiene. Siento el roce de sus venas bajo mis dedos mientras él me mira desde arriba con una superioridad que me aplasta. *"Dale, lavala bien, que para eso te pagué el vestido del boliche", me susurra al oído mientras me agarra de la cintura. Antes nos bañábamos de chicos por juego, ahora lo hago porque soy la sirvienta sexual que él financia. Me convertí en la puta de Rodrigo, la que lo deja impecable antes de que él salga a buscar a "chicas de verdad".

Así me tiene mi *padre. Pasé de ser su princesita a ser la inversión más cara de su cuenta bancaria. Me obliga a ponerme en el borde de la cama, con la mitad del cuerpo colgando hacia el piso y la tanga enganchada en los tobillos para que no me olvide de que soy su propiedad. Siento su verga entrando con una violencia legal, reclamando cada centímetro que él mismo "compró" con los billetes que dejó sobre la mesa de luz. Me garcha con un ritmo animal, haciendo que mis pechos golpeen contra el colchón, mientras me susurra al oído: *"Para esto te pago los lujos, Alejandra, para que seas la puta que mejor se abre para su viejo". Soy su desahogo, su secreto pago, y mientras siento cómo me parte al medio, solo puedo pensar en cuánto más me va a dar por dejarme romper así.

Así me tiene mi *tío Elías. Me paga la cuota de la facultad, pero el recibo lo firmo con mi cuerpo. Estoy arriba de él, con la falda levantada hasta la cintura, cabalgando su verga con una desesperación que me da asco y placer a la vez. Él se queda quieto, disfrutando de cómo su sobrina se esfuerza por ganarse el "sueldo" del mes. Subo y bajo, sintiendo cómo su verga me toca el útero en cada caída, mientras él me agarra de la cintura con fuerza y me dice: *"Mové ese culo, nena, que los billetes no se regalan". Soy la sobrina que se olvidó del parentesco por unos pesos, convertida en la puta de lujo de un hombre que sabe exactamente cuánto valgo cuando estoy abierta de piernas.

Así me tiene mi *primo Felipe. Él sabe que necesito plata para mis gastos y me puso una tarifa por cada vez que me pongo debajo de su escritorio. Mientras él está concentrado en la computadora, yo estoy arrodillada en el hueco de sus piernas, tragándome su verga hasta la garganta. El sonido de las teclas se mezcla con mis arcadas y el ruido de mi boca trabajando. De vez en cuando, me agarra del pelo para hundirme más hondo y me tira un billete de mil a la cara como si fuera una propina por mi buen servicio. *"Seguí así, primita, que hoy te ganaste el bono", me dice sin sacarle los ojos a la pantalla. Soy su juguete secreto bajo la mesa, la pariente que se arrodilla por conveniencia y que disfruta de la humillación de ser tratada como un objeto de oficina.

Así me tiene el *bully de mi hermano* y mis propios primos. En medio de la fiesta, cuando el alcohol ya hizo efecto, me ofrecen un fajo de billetes para que les dé el show que tanto esperan. Pasé de ser la chica tímida a ser la que se levanta la blusa sin dudarlo adelante de todo el mundo, dejando mis tetas al aire mientras los pibes gritan y me sacan fotos. Siento el aire frío en la piel y el calor de la vergüenza, pero el poder de saber que me pagan por ser su puta es más fuerte. Me muerdo el labio mientras ellos me tiran billetes al escote mojado. "Mirá lo que es la hermanita de Rodrigo, por dos mangos te muestra todo", gritan, y yo solo sonrío porque sé que ahora mi cuerpo tiene precio y ellos son mis dueños.

Así me tiene *mi tío Elías. Me compró este disfraz de mucama diminuto, con un delantal que no tapa nada y una tanga de hilo que ya está en el piso. Me obliga a ponerme en cuatro sobre el sillón del living, justo donde la familia se junta a tomar mate. Me ordena que me abra las nalgas con mis propias manos, exponiendo mi culo bien dilatado para él. Siento cómo su verga entra con una violencia anal que me quita el aliento, rompiéndome por dentro mientras me dice al oído: *"Limpiame bien la verga, sobrina, que hoy te pagué el doble". Soy la sirvienta de sus deseos más sucios, una puta uniformada que gime de dolor y placer en el corazón de la casa.

Así me tiene *el popular de la escuela* en las vacaciones familiares. Estamos en la playa, a oscuras, con el sonido de las olas de fondo. Me sacó el corpiño del bikini y me tiene arrodillada en la arena, con mis tetas saltando cada vez que hundo mi cara en su entrepierna. Me pagan para que no me detenga, para que le chupe la verga con la desesperación de quien adora a un Dios de carne. Siento la arena en mis rodillas y el sabor salado de su piel mezclándose con su pre-semen. El riesgo de que alguien pase con una linterna me vuelve loca, pero soy la puta de la costa, la que cobra por dejar al rey del colegio impecable bajo las estrellas.

Así me tiene el *bully de mi hermano*, que ahora vive en casa y paga mi "sueldo". Me obliga a usar este disfraz de mucama que apenas me tapa el culo mientras limpio el living. Siento su mirada pesada clavada en mis nalgas cada vez que me agacho, y sé perfectamente lo que está pensando. Me hace refregar el piso de rodillas frente a él, y cuando volteo a mirarlo, tengo que hacerlo con los ojos bajos, aceptando que no soy más que su empleada doméstica con beneficios. "Limpiá bien ahí, Alejandra, que si queda una mancha te la cobro con el culo", me dice mientras se pajea mirándome. En esto me convertí: en la mucama que cobra por dejarse humillar mientras mantiene la casa impecable para su dueño.

Así me tiene mi *padrastro*. Me llama a su cuarto usando la campanita, como si fuera un hotel, y tengo que entrar vestida de mucama, arrodillarme al borde de la cama y sacarle la verga de los pantalones sin decir una palabra. Él se queda ahí, relajado, mirando la tele mientras yo me atraganto con su verga, tratando de no hacer ruido para que mi vieja no escuche desde el otro cuarto. Me paga por cada vez que lo dejo vacío, y yo cuento los billetes con la boca todavía llena de su sabor. Soy la puta que le hace el servicio de habitación al hombre que debería protegerme, pero que prefiere usarme como su descarga de placer privada. Antes era su "hijastra", ahora soy su inversión más rentable.

Así me tiene el *mejor amigo de mi viejo*. Me citó en el garaje de la casa, a oscuras, todavía con el uniforme de mucama puesto. Me estampó contra el capó frío del auto y me levantó la pollerita de un tirón. Siento el metal en mis tetas y su verga golpeándome sin piedad desde atrás. El ruido de los fierros choca con mis gemidos mientras él me susurra que me paga el doble porque "las de uniforme siempre son más putas". Me garcha con una bronca que me hace vibrar todo el cuerpo, marcándome contra el vehículo que mi propio padre usa todos los días. Soy la mercancía que se entrega en el garaje, la puta de la familia que se deja romper contra los fierros por unos pesos más

Así me tiene mi *tío Elías*. Me hizo poner el disfraz de mucama, pero me obligó a sacarme la bombacha para que el acceso sea inmediato. Estamos de cucharita en su cama, y mientras me clava la verga por el culo con una lentitud que me tortura, yo misma tengo que usar mis manos para abrirme las nalgas y que él vea cómo me estira. Lo más humillante es sentir los billetes de 10.000 pesos pegados a mis tetas por el sudor y el roce; es el pago por mi sumisión.
—"Mirate, Alejandra... con la guita pegada al pecho como la puta que sos. ¿Te gusta que el tío te pague por ese ojete?"— me susurra mientras me muerde la oreja.
Gimo de dolor y placer, sintiendo cómo su verga golpea mi fondo mientras el dinero me recuerda que ya no soy su sobrina favorita, sino su empleada sexual privada. Soy la mucama que cobra por cada embestida anal

Así me tiene mi *hermano Rodrigo*. Estamos en el comedor, supuestamente estudiando para el parcial. Los libros están sobre la mesa, pero yo estoy abajo, arrodillada sobre la alfombra. Rodrigo me paga los apuntes y las salidas, pero el precio es este: tengo que chupársela mientras él lee en voz alta. Siento la presión de su verga en mi garganta y el miedo constante de que alguien entre a la cocina.
—"Seguí, no pares... si querés que te pague la cuota del mes, dejame la verga impecable, hermanita"— dice con tono frío mientras me acaricia el pelo con brusquedad.
Tengo que esforzarme por no hacer ruido, tragándome sus ganas mientras escucho el pasar de las hojas sobre mi cabeza. Pasé de ser su compañera de estudio a ser su desestresante bajo la mesa. Mi silencio y mi boca son su propiedad comprada.

Así me tiene el *novio de mi hermana*. Esto es lo más bajo que caí, pero la plata que me dio me hizo olvidar los códigos. Estoy en cuatro, entregada totalmente, mientras él me rompe con una saña que me hace gritar como una perra. Mi hermana está ahí, parada a un metro, obligada a mirar cómo su novio disfruta de mi cuerpo. Me mira con odio, pero yo le devuelvo una mirada de triunfo empañada por la lujuria.
—"Lo siento, hermanita, por tener a un novio con la verga tan grande y a una hermana tan puta como yo... pero él paga mejor que nadie"— le digo entre gemidos mientras él me agarra del pelo y me da la embestida final.
Sentir que él me prefiere a mí, que paga por usarme a mí adelante de ella, es una droga de humillación y poder. Soy la puta de la familia, la que se garcha al cuñado por unos billetes mientras el honor de mi hermana se cae a pedazos.

Así me tiene *mi propio padre. Me tiene arrodillada en el suelo de su oficina, totalmente desnuda, sintiendo el aire frío en mi piel mientras mi cara está bañada en su semen. Me chorrea por las mejillas, me entra en los ojos y se me pega al pelo. Él se sienta en su sillón de cuero, saca un fajo de billetes y me los tira a la cara, dejando que se peguen a mi piel húmeda. *"Ahí tenés para tus gastos, Alejandra, te lo ganaste como la puta que sos", me dice con desprecio. Y yo, lejos de llorar, sonrío con la mirada perdida, aceptando que mi cara es el lienzo donde mi viejo descarga su frustración. No soy su hija, soy su inversión más barata y efectiva.

Así me tiene *mi hermano mayor, Rodrigo. Me paga para que me meta con él en la ducha y lo limpie "a fondo". Estoy ahí, entre el vapor y el agua caliente, tratando de taparme con una mano mientras con la otra, temblando de vergüenza y excitación, le jabono la verga gigante que tiene. Siento el roce de sus venas bajo mis dedos mientras él me mira desde arriba con una superioridad que me aplasta. *"Dale, lavala bien, que para eso te pagué el vestido del boliche", me susurra al oído mientras me agarra de la cintura. Antes nos bañábamos de chicos por juego, ahora lo hago porque soy la sirvienta sexual que él financia. Me convertí en la puta de Rodrigo, la que lo deja impecable antes de que él salga a buscar a "chicas de verdad".

Así me tiene mi *padre. Pasé de ser su princesita a ser la inversión más cara de su cuenta bancaria. Me obliga a ponerme en el borde de la cama, con la mitad del cuerpo colgando hacia el piso y la tanga enganchada en los tobillos para que no me olvide de que soy su propiedad. Siento su verga entrando con una violencia legal, reclamando cada centímetro que él mismo "compró" con los billetes que dejó sobre la mesa de luz. Me garcha con un ritmo animal, haciendo que mis pechos golpeen contra el colchón, mientras me susurra al oído: *"Para esto te pago los lujos, Alejandra, para que seas la puta que mejor se abre para su viejo". Soy su desahogo, su secreto pago, y mientras siento cómo me parte al medio, solo puedo pensar en cuánto más me va a dar por dejarme romper así.

Así me tiene mi *tío Elías. Me paga la cuota de la facultad, pero el recibo lo firmo con mi cuerpo. Estoy arriba de él, con la falda levantada hasta la cintura, cabalgando su verga con una desesperación que me da asco y placer a la vez. Él se queda quieto, disfrutando de cómo su sobrina se esfuerza por ganarse el "sueldo" del mes. Subo y bajo, sintiendo cómo su verga me toca el útero en cada caída, mientras él me agarra de la cintura con fuerza y me dice: *"Mové ese culo, nena, que los billetes no se regalan". Soy la sobrina que se olvidó del parentesco por unos pesos, convertida en la puta de lujo de un hombre que sabe exactamente cuánto valgo cuando estoy abierta de piernas.

Así me tiene mi *primo Felipe. Él sabe que necesito plata para mis gastos y me puso una tarifa por cada vez que me pongo debajo de su escritorio. Mientras él está concentrado en la computadora, yo estoy arrodillada en el hueco de sus piernas, tragándome su verga hasta la garganta. El sonido de las teclas se mezcla con mis arcadas y el ruido de mi boca trabajando. De vez en cuando, me agarra del pelo para hundirme más hondo y me tira un billete de mil a la cara como si fuera una propina por mi buen servicio. *"Seguí así, primita, que hoy te ganaste el bono", me dice sin sacarle los ojos a la pantalla. Soy su juguete secreto bajo la mesa, la pariente que se arrodilla por conveniencia y que disfruta de la humillación de ser tratada como un objeto de oficina.

Así me tiene el *bully de mi hermano* y mis propios primos. En medio de la fiesta, cuando el alcohol ya hizo efecto, me ofrecen un fajo de billetes para que les dé el show que tanto esperan. Pasé de ser la chica tímida a ser la que se levanta la blusa sin dudarlo adelante de todo el mundo, dejando mis tetas al aire mientras los pibes gritan y me sacan fotos. Siento el aire frío en la piel y el calor de la vergüenza, pero el poder de saber que me pagan por ser su puta es más fuerte. Me muerdo el labio mientras ellos me tiran billetes al escote mojado. "Mirá lo que es la hermanita de Rodrigo, por dos mangos te muestra todo", gritan, y yo solo sonrío porque sé que ahora mi cuerpo tiene precio y ellos son mis dueños.

Así me tiene *mi tío Elías. Me compró este disfraz de mucama diminuto, con un delantal que no tapa nada y una tanga de hilo que ya está en el piso. Me obliga a ponerme en cuatro sobre el sillón del living, justo donde la familia se junta a tomar mate. Me ordena que me abra las nalgas con mis propias manos, exponiendo mi culo bien dilatado para él. Siento cómo su verga entra con una violencia anal que me quita el aliento, rompiéndome por dentro mientras me dice al oído: *"Limpiame bien la verga, sobrina, que hoy te pagué el doble". Soy la sirvienta de sus deseos más sucios, una puta uniformada que gime de dolor y placer en el corazón de la casa.

Así me tiene *el popular de la escuela* en las vacaciones familiares. Estamos en la playa, a oscuras, con el sonido de las olas de fondo. Me sacó el corpiño del bikini y me tiene arrodillada en la arena, con mis tetas saltando cada vez que hundo mi cara en su entrepierna. Me pagan para que no me detenga, para que le chupe la verga con la desesperación de quien adora a un Dios de carne. Siento la arena en mis rodillas y el sabor salado de su piel mezclándose con su pre-semen. El riesgo de que alguien pase con una linterna me vuelve loca, pero soy la puta de la costa, la que cobra por dejar al rey del colegio impecable bajo las estrellas.

Así me tiene el *bully de mi hermano*, que ahora vive en casa y paga mi "sueldo". Me obliga a usar este disfraz de mucama que apenas me tapa el culo mientras limpio el living. Siento su mirada pesada clavada en mis nalgas cada vez que me agacho, y sé perfectamente lo que está pensando. Me hace refregar el piso de rodillas frente a él, y cuando volteo a mirarlo, tengo que hacerlo con los ojos bajos, aceptando que no soy más que su empleada doméstica con beneficios. "Limpiá bien ahí, Alejandra, que si queda una mancha te la cobro con el culo", me dice mientras se pajea mirándome. En esto me convertí: en la mucama que cobra por dejarse humillar mientras mantiene la casa impecable para su dueño.

Así me tiene mi *padrastro*. Me llama a su cuarto usando la campanita, como si fuera un hotel, y tengo que entrar vestida de mucama, arrodillarme al borde de la cama y sacarle la verga de los pantalones sin decir una palabra. Él se queda ahí, relajado, mirando la tele mientras yo me atraganto con su verga, tratando de no hacer ruido para que mi vieja no escuche desde el otro cuarto. Me paga por cada vez que lo dejo vacío, y yo cuento los billetes con la boca todavía llena de su sabor. Soy la puta que le hace el servicio de habitación al hombre que debería protegerme, pero que prefiere usarme como su descarga de placer privada. Antes era su "hijastra", ahora soy su inversión más rentable.

Así me tiene el *mejor amigo de mi viejo*. Me citó en el garaje de la casa, a oscuras, todavía con el uniforme de mucama puesto. Me estampó contra el capó frío del auto y me levantó la pollerita de un tirón. Siento el metal en mis tetas y su verga golpeándome sin piedad desde atrás. El ruido de los fierros choca con mis gemidos mientras él me susurra que me paga el doble porque "las de uniforme siempre son más putas". Me garcha con una bronca que me hace vibrar todo el cuerpo, marcándome contra el vehículo que mi propio padre usa todos los días. Soy la mercancía que se entrega en el garaje, la puta de la familia que se deja romper contra los fierros por unos pesos más

Así me tiene mi *tío Elías*. Me hizo poner el disfraz de mucama, pero me obligó a sacarme la bombacha para que el acceso sea inmediato. Estamos de cucharita en su cama, y mientras me clava la verga por el culo con una lentitud que me tortura, yo misma tengo que usar mis manos para abrirme las nalgas y que él vea cómo me estira. Lo más humillante es sentir los billetes de 10.000 pesos pegados a mis tetas por el sudor y el roce; es el pago por mi sumisión.
—"Mirate, Alejandra... con la guita pegada al pecho como la puta que sos. ¿Te gusta que el tío te pague por ese ojete?"— me susurra mientras me muerde la oreja.
Gimo de dolor y placer, sintiendo cómo su verga golpea mi fondo mientras el dinero me recuerda que ya no soy su sobrina favorita, sino su empleada sexual privada. Soy la mucama que cobra por cada embestida anal

Así me tiene mi *hermano Rodrigo*. Estamos en el comedor, supuestamente estudiando para el parcial. Los libros están sobre la mesa, pero yo estoy abajo, arrodillada sobre la alfombra. Rodrigo me paga los apuntes y las salidas, pero el precio es este: tengo que chupársela mientras él lee en voz alta. Siento la presión de su verga en mi garganta y el miedo constante de que alguien entre a la cocina.
—"Seguí, no pares... si querés que te pague la cuota del mes, dejame la verga impecable, hermanita"— dice con tono frío mientras me acaricia el pelo con brusquedad.
Tengo que esforzarme por no hacer ruido, tragándome sus ganas mientras escucho el pasar de las hojas sobre mi cabeza. Pasé de ser su compañera de estudio a ser su desestresante bajo la mesa. Mi silencio y mi boca son su propiedad comprada.

Así me tiene el *novio de mi hermana*. Esto es lo más bajo que caí, pero la plata que me dio me hizo olvidar los códigos. Estoy en cuatro, entregada totalmente, mientras él me rompe con una saña que me hace gritar como una perra. Mi hermana está ahí, parada a un metro, obligada a mirar cómo su novio disfruta de mi cuerpo. Me mira con odio, pero yo le devuelvo una mirada de triunfo empañada por la lujuria.
—"Lo siento, hermanita, por tener a un novio con la verga tan grande y a una hermana tan puta como yo... pero él paga mejor que nadie"— le digo entre gemidos mientras él me agarra del pelo y me da la embestida final.
Sentir que él me prefiere a mí, que paga por usarme a mí adelante de ella, es una droga de humillación y poder. Soy la puta de la familia, la que se garcha al cuñado por unos billetes mientras el honor de mi hermana se cae a pedazos.
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