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Soy escritora

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Hola amigos de la comunidad 👍
Me llamo Abi ❤️ y soy escritora porno desde hace unos meses , si andas buscando relatos de algún tipo 
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Salud2 

Soy escritora

5 comentarios - Soy escritora

gigolino
hola... me interesa leer lo que escribes
granate67
hola estoy buscando relatos
Fedemagico
me encantaron tus relatos, yo también falopero y muy morboso
Fedemagico
morochitas
morochitas
Ese viernes me quedé dormido. El despertador sonó, pero la fiaca, el frío en la ventana o mi sueño desarreglado por el llanto de mi bebé casi toda la noche hicieron que mi mano lo apague para entonces apolillar un ratito más. Además tenía que saber controlar los nervios de mi mujer que hacía dos semanas que había dado a luz a nuestro primer hijo. Tenía que ir al barrio de la Chacarita a pintar un techo, y ya estaba llegando tarde. Nunca me gustó ser impuntual. Encima el tráfico estaba tan denso como la llovizna que entristecía la ciudad.
A eso de las 11 arribé a la casa de la señora Graciela, quien no estaba, pero que cuando me contactó dijo que me abriría alguna de sus hijas.
Toqué varias veces el timbre y nada. Hasta que justo cuando me prendía un pucho para amenizar la espera, me abre una morochita con los ojos pegados, despeinada y con un conjunto pijama de short y remerita.
Fue amable. Me guió a la cocina donde estaba la porción de techo donde tenía que trabajar y puso agua para unos mates tras preguntarme si la acompañaba con algunos. En una ligera charla que tuvimos supe que se llamaba Sofía, que iba a quinto año pero que era pésima en el cole, al punto tal de que había repetido, que jugaba al fútbol y que era muy amiguera.
Cuando la vi mejor me enterneció con sus pantuflas de osito, pero también me calentó un poco cuando se tumbó en un sillón con las piernas abiertas. Era tetona, de sonrisa fácil y bastante inquieta.
De igual modo, todo lo que pudiera pensar o sentir debía quedar solo en la fantasía. En estos tiempos hay que respetar el laburo y no jugarse la vida por meterse en líos de pollera, decía mi viejo. Pero aquella vez tuvo que ser la excepción.
Cuando la nena tuvo el mate listo se tomó el primero, limpió un poco la mesa y me dio uno. Yo ya estaba subido en una silla para rasquetear la pintura vieja. Se lo devolví, tomó otro ella, me trajo otro con un bizcocho y así pasaron varios mates. De repente me detengo a mirarla mientras toma uno, sin que lo note, ¡y la guacha le pasaba la lengua a la bombilla como lamiendo un chupetín! Se reía, y después me cebaba uno como si nada. Pero tras el octavo o noveno se me re apoyó en el bulto.
Naturalmente pensé que fue sin querer. En el próximo me tocó el paquete sin vergüenza, y yo seguía incrédulo. Ya en el siguiente apoyó su cara en mi entrepierna donde la erección de mi pene era inocultable. Cuando le regresé el mate lo dejó sobre la mesa, y sin despegarse de mí me dijo:
¡dale, tocame las tetas!, levantándose la remerita.
Confuso, derrotado y en aprietos por la carne y lo impensado lo hice, y ella se atrevió a bajarme el cierre del short.
¡qué hacés pendeja!, le largué sin convicción, mientras mi mano se enamoraba de la piel desnuda de sus tetas perfectas, como dos pomelitos rosados. Fregó su cara en la tela estirada de mi bóxer y sacó sin ninguna traba mi pija gorda de allí para tocarla, olerla y darle tres lametazos que me dieron ganas de embarazarla hasta por el orto. Pero debía guardar mesura.
Cuando su lengua tocó el hueco de mi glande me estremecí de tal forma que casi me caigo de la silla; por lo que permanecí parado en el suelo dispuesto a gozar de la boquita de esa nena atrevida. Se la metió en la boca y gemía rapidito, lamía suave y se ahogaba bastante. En un momento se detuvo para decirme:
¿querés mirarme la bombacha?, y siguió chupándome la pija después de llevar su short hasta sus rodillas.
Me insistió para que vuelva a subirme a la silla y le obedecí. Ahí me lamió las bolas, besó mis piernas mientras meneaba mi pene, se lo pasó por las tetas que me quedaban a la altura justa, y luego, regresaba a mamarla como toda una experta, aunque sin espacio en su boca para la longitud de mi carne, con mucha saliva saliéndose de sus mejillas y usando excesivamente sus dientes. Yo hacía equilibrio con mis ojos en su culote rosa, con su colita como dos pompones al aire y en el hueco de sus piernas, donde divisé una conchita pelada y con algunos brillitos, acaso por algo de flujo resultado de su calentura.
Me salía de la vaina por olerla. Hasta que se oyeron unas llaves girar en la cerradura de la puerta de entrada. Quise zafarme y la eché. Pero ella no soltaba mi pija y seguía infalible. Por mucho que lo hiciera, en cuanto la despegaba de mí o le intentaba quitar su diversión la turrita me la mordía. Era peor la enfermedad que el remedio.
Apenas retumbó en la casa:
¡sofía, qué hacés con ese tipo putita?!, sentí que se me venía un bobazo, mientras veía enrojecerse el rostro de una chica alta, morocha de rulos, con un jean ajustado, camisa y pañuelo en el cuello, seguro unos años mayor que su hermana.
Le dio una cachetada a Sofía, le arregló la ropa y la acompañó a su cuarto entre empujones, jalones de pelo y frases como:
¡sos muy chiquita para putonear así pendeja, sos una trola y de esto mami se va a enterar!
Se oy
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