–No sabes cuánto lo siento, cariño –dijo mi madre, acariciando la mejilla de mi hermana Caro.

Yo también estaba jodido. El último día de las vacaciones del año anterior había conocido a una rubita preciosa de 19 años, Estefania. Me dijo que su familia y ella volverían el verano siguiente al mismo camping, y ya había hecho planes de retomar –bueno, más bien comenzar– lo que no pudo ser por falta de tiempo. Claro que en 365 días pueden pasar muchas cosas, igual la alemanita (era de Villa Gral. Belgrano) a estas alturas ya tenía un Otto o un Franz y capaz que ni bola me daba.

Por un momento, se me cruzó que podía buscar la carpa integral e irme en el auto familiar, imaginando que mi padre no tendría inconvenientes en prestarmelo, ya lo había hecho otras veces. Luego, me dí cuenta que no podía dejar a Caro sola en casa. Pero la idea de pedirle prestado el auto a mi padre me había traído otra:

–papá, y... si nos dejaras… mirá... yo entiendo que mamá y vos vayan a Brasil por la luna de miel que no tuvieron. Pero eso no quiere decir que Caro y yo nos quedemos sin vacaciones. ¿Y si te pido que nos prestés la casilla rodante a mi hermana y a mí?

No lo había hablado con Caro, que me dirigió una mirada interrogante. Luego pareció pensarlo mientras mi padre dudaba, y finalmente apoyó la moción.

–Tendremos mucho cuidado, papá. Sabés que Carlos maneja bien, incluso te ha relevado varias veces al volante en los viajes largos…

–Pero es que los dos solos, no sé, me da un poco de miedo… –dudó nuestra madre.

–Mamá! ya no somos niños. Tengo casi 21, Caro 18, y no nos va a suceder nada más que pasarla de 10, juntos –le dije.

–Solos se van a quedar también en casa –dijo, dirigiéndose a mi madre–. Está bien, Carlos –aceptó mi padre con su voz grave–. Pero prometéme que vas a cuidar a tu hermana.

–Sabes que eso no tenes ni que decirlo viejo.

Y así quedó la cosa.

llegó el 1 de enero. Mis padres habían salido en avión el día anterior camino a Brasil. La casilla rodante estaba preparada, estacionada al frente de casa. Caro y yo madrugamos para tratar de llegar lo más temprano posible, nos arreglamos, y emprendimos el viaje. El primer viaje en el que tendríamos que apañárnos por cuenta nuestra y tomar nuestras propias decisiones, porque no estarían papá y mamá para hacerlo por nosotros.





No había casi tráfico, y llevábamos ya tres horas en la ruta. Le había ofrecido a Caro que tomara ella el volante cuando paramos a desayunar en en el bar de una estación de servicio, pero dijo que aquella cosa tan enorme no tenía nada que ver con el Clío que utilizaba para ir a la Universidad, y que no se animaba.

Las otras veces ella y yo habíamos viajado atrás, leyendo o escuchando música, y me empezaba a pesar la monotonía de la ruta que parecía no tener fin. Ahogué un bostezo.

–Caro hablame, que me está entrando sueño.

–Que, no te irás a dormir… –me miraba con gesto asustado.

–No creo, Caro. Pero la monotonía de la ruta me está matando. Además no despegaste los labios desde que salimos.

Se volvió en mi dirección.

–¿Sabes, Carli? Estaba pensando que es la primera vez que voy de vacaciones sin papá y mamá.

–Pero tampoco vas sola.

–No, pero me siento… ¿Cómo te diría? que se yo, mayor. libre.

–A mí me pasa lo mismo –acepté–. Soy como la cabeza de la pequeña familia que componemos vos y yo.

–Dale, andá! –me propinó un suave chirlo en un muslo–. A ver si te la creés de verdad, y no me dejas ni a sol ni a sombra…

No lo había pensado, con ella delante tenía menos posibilidades con Estefania. Pero sus palabras me hicieron dar cuenta de que, hasta cierto punto, tenía la responsabilidad de cuidarla. cambié de tema.

–¿Te acordás de Estefania?

–¿la alemana tetona y con pecas?

–¡Jajajajaja! veo que sí. Bueno, desde el punto de vista masculino, las pecas la hacían muy atractiva, y en cuanto a lo otro… bien, a mí no me pareció que tuviera los pechos tan grandes. Lo justo, ni más ni menos.

Miré los de mi hermana, que seguramente usaría un par de tallas menos de corpiño, y entendí porqué lo decía. Rivalidad femenina, aunque yo fuera su hermano. Ella se dio cuenta, y se puso colorada ante mi calada.

–¿Y vos crees que la vas a encontrar de nuevo allá? –preguntó.

–Eso espero.

–¿hablaste con ella en estos meses por lo menos?

–Bueno, intercambiamos unos cuantos correos… Y en navidad la llamé por teléfono. Le envié otro correo por año nuevo, pero no respondió.

–Lo quiere decir que, 1, tiene novio o amigo con derecho a... –contaba con los dedos mientras lo decía– 2, han planeado las vacaciones en otro lugar, o 3, a lo mejor ni te tiene en cuenta.

Lo que me llevó a pensar en otra cosa.

–Caro. Mmmmm, mirá. Ya somos mayorcitos, y… –no sabía cómo decírselo–. Supongamos que te pido un día que te vayas a dar una vuelta y no entrés en la casilla mientras esté la puerta cerrada…

–¡Jajajajajaja! Sin problemas, Carli –mientras ponía una mano sobre mi hombro guiñandome un ojo–. Y a la inversa, si alguna vez, estee, te digo que necesito un poco de intimidad, espero que vos…

No podía negarme, pero la idea de Caro con un flaco dentro de lo que iba a ser nuestra casa por quince días me desagradó. Seguramente porque me había metido en mi papel de cabeza de familia provisional, guardabosques bah! –pensé.





Después de montar el toldo y prepararlo todo, nos dimos una vuelta por el camping, camino del pequeño supermercado que había en las mismas instalaciones. Pero Estefania y su familia no estaban. Tampoco Caro encontró a nadie conocido por allí.

Nos fuimos a la playa, caminando un poco hasta encontrar un sitio, no solitario, que eso era imposible, pero donde la densidad de sombrillas por metro cuadrado fuera menor.

Caro extendió la toalla, y se quitó el sujetador del bikini, algo a lo que yo estaba acostumbrado. Solo que esa vez recordé la conversación sobre los pechos de Estefania, y me quedé mirándolos un pcoo más de lo que correspondía. ella se dio cuenta, como por la mañana. Cerró los ojos ligeramente ruborizada y se recostó en la toalla.





Comimos en el restaurante del camping al borde de la playa, y luego volvimos a la casilla. Caro se desperezó, bostezando exageradamente.

–Creo que me voy a duchar para quitarme la arena, y luego voy a hacer una siesta. Estoy muerta de sueño después del madrugón.

Tomó una toalla de baño, y se introdujo en el reducido cubículo que hacía de cuarto de baño, que disponía de un minúsculo lavabo, un inodoro químico, y una claustrofóbica ducha cerrada con una mampara curva de plástico trasparente. Y solo entonces, al escuchar lo de dormir, me dí cuenta de algo: los veranos anteriores, Caro y yo habíamos ocupado las dos cuchetas, mientras que nuestros padres utilizaban la cama que se formaba al rebatir la mesa del "comedor". Esta vez no había ninguna razón para que uno de nosotros durmiera en la incómoda cucheta, y pensé que lógicamente se la cedería a mi hermana.

Mientras escuchaba el ruido de la ducha, preparé la cama. Y cuando salió cubierta por la toalla anudada sobre sus pechos, se encontró con la sorpresa.

–He pensado que no tenes porqué dormir en la cucheta, ya que no están papá y mamá…

–Eres un sol –sonrió, mientras me besaba la punta de la nariz–. Ahora date vuelta, que me voy a cambiar.

¿Puede resultar estruendoso el sonido de la toalla al llegar al suelo? Normalmente no, pero les aseguro que lo es, si de repente te imaginas la chica después de dejarla caer, y eso fue lo que me sucedió. Aparté rápidamente la imagen de mi mente, contrariado conmigo mismo porque el pensamiento me había producido un principio de erección de lo más impropio.





–¿Qué hacemos esta tarde? –pregunté a Caro cuando la sentí acostada.

Yo no había podido dormir. Después de dar vueltas un rato en la estrecha cucheta, terminé por salir a sentarme bajo el toldo con un libro. Esto hizo que me tentara el sueño y volví al interior, pero no conseguí más que un par de cabezadas, menos de media hora en total. Y llevaba un rato con los ojos abiertos cuando me pareció que Caro se había despertado. Bajé de la cucheta, y descorrí la cortina de separación.

Estaba desperezándose como una gata. El top se le había subido al hacerlo, y dejaba al aire una buena porción de la parte inferior de sus pechos. El pantalón corto de su pijama estaba arrugado en las ingles, y se había introducido… Aparté rápidamente la vista.

–Podemos darnos una vuelta por el camping, hoy me parece que hay baile, a ver si vemos a alguien. ¿Porqué no vas a averiguar? –insinuó.

«Y de paso hago una pregunta en Recepción –pensé»

El camping donde estábamos era uno de cinco, todos muy próximos. Tres estaban en línea, junto a la playa. Los otros dos en el interior, al otro lado de la ruta. Y todas las noches, menos domingos y lunes, había baile en uno de ellos. Como Caro, yo no me acordaba ya, de en cuál de ellos era los martes. Me calcé, y salí afuera. Hacía calor, aunque los árboles cercanos proyectaban su sombra sobre el toldo, donde se estaba relativamente fresco.

Diez minutos después, me había enterado de que era el camping Lara, a la izquierda del nuestro, si se mira al mar. Y para mi desilusión, que el señor Kauffmann no había hecho reserva. ¡Adiós mis planes con Estefania!





Cuando volví, mi hermana estaba sentada en el toldo con otras dos chicas. A una de ellas la conocía del año anterior, Sofia. A la otra no. Me la presentaron como Fede. Sofia estaba como un tren, pero el año anterior no tuve chance con ella, porque andaba con un tal Maro, que no la dejaba a sol ni sombra. Fede no estaba mal, pero nada que ver.

«Bueno, a falta de Estefania, buenas son las Sofia o incluso las Fede –pensé»

Quedamos de acuerdo en encontrarnos a las diez en el bar, para ir al baile del Lara. Aunque no iríamos los cuatro solos. Estarían también Mauro (adiós a Lola) Andrés y Lucio.





Al principio no me dí cuenta de lo que pasaba, y las miradas de Caro en mi dirección me parecieron normales, porque el tal Andrés, que la había acaparado desde el principio, es de los que no saben hablar con una chica sin ponerle la mano encima. Y eso me estaba causando una vaga sensación de malestar.

Pero cuando mi hermana con cara de embole le retiró la mano que el otro había hecho llegar casi a sus ingles, me di cuenta de que no era una miradita, sino que me estaba pidiendo auxilio. Me levanté y me fui hacia ellos.

–Te estás pasando cuatro pueblos, pelotudo. Deja en paz a Caro.

–¡Tomatelas! ¿Y éste quién es? –preguntó a mi hermana.

Caro se puso de pie sin responderle.

–Vamos al camping si no te importa, Carlos. Hace demasiado calor aquí –pidió Caro.

Y estaba sofocada, aunque imaginé que no solo a causa de la temperatura.





Volvimos por la playa, en lugar de tomar la estrecha calle del interior. Había luna nueva, y la oscuridad era casi completa, rota solo en la lejanía por las luces de nuestro camping, casi a un kilómetro. No corría ni una brisa, la humedad debía ser cercana al 100%, y notaba regueros de sudor en las axilas, bajo la camisa. Me la quité.

–los envidio. te podes quitar la camisa sin problemas, y en cambio las chicas… –dijo Caro.

–No lo haces porque no queres. porque la noche está oscura como boca de lobo. Y además, esta mañana estuviste con los pechos al aire, así que no veo cual es la diferencia.

–Tenes razón –dijo Caro, mientras se despojaba de la pupera–. La cuestión es que se supone que hay cosas que los chicos podes hacer y nosotras no, como ésta.

–Son menos de las doce –le informé, después de mirar las manecillas fosforescentes de mi reloj sumergible–. Muy pronto para dormir. ¿Qué te parece si nos sentamos un rato aquí?

Tomamos asiento sobre la arena, con los hombros casi en contacto. A lo lejos, las luces de navegación de un barco rompían la negrura del mar, que enviaba olas como de medio metro, que en la orilla se tornaban casi de juguete, y venían a morir a unos pasos de donde nos encontrábamos.

–Me gustaría un baño –dije.

–De noche me da un poco de miedo –respondió Caro con voz temerosa–. Eso de no ver lo que hay debajo… Además, no hemos traido ni shorts ni toallas.

–Lo de las toallas es lo de menos; con el calor que hace, ya nos secaremos al aire. En cuanto a los shorts… La ropa interior es casi lo mismo. No hay nadie por los alrededores, y además, no se ve un burro a tres pasos. ¡dale!, no seas boba.

Para dar el ejemplo, me quité los pantalones, quedando vestido únicamente con un mínimo slip rojo. Caro lo pensó unos momentos. Luego se puso de pie, y dejó caer la falda. Vislumbré una pequeña mancha blanca en su delantera, aunque por detrás no conseguía ver nada más que sus nalgas. Nunca antes había tenido un mal pensamiento hacia mi hermana, pero en aquella ocasión comencé a endurecerme. Para cortar en seco mi turbación, la tomé de una mano y me dirigí hacia el agua.

–No me soltés, Carlis, tengo miedo.

Pero no tuvimos más remedio que separarnos, cuando el agua le llegaba a Caro cerca del cuello. Había como un escalón en la arena del fondo que obviamente no podíamos ver, y perdimos el equilibrio. Para acabar de arreglarlo, una ola algo más grande que las demás nos rompió en la cara cuando nos levantábamos. Cuando conseguí ponerme en pie de nuevo, busqué a Caro con la vista. Estaba a unos pasos de mí, muy quieta.

–Carloss…

–Ha sido solo una ola.

–No es eso. Es que… perdi la tanga.

–Espera un momento, y no te muevas de ahí –dije, mientras me acercaba a ella.

Me sumergí, tentando con las manos alrededor de los pies de mi hermana, pero no encontré nada. El agua se debía haber llevado la tanguita a Dios sabe dónde. Finalmente, me dí por vencido.

–Bueno, al mal tiempo buena cara –traté de que mi voz sonara alegre, aunque de nuevo me estaba excitando con la idea de Caro desnuda a mi lado–. ¿No soñaste alguna vez con bañarte en pelotas?

–Reíte. Claro, vos tenés tu calzoncillo…

Lo pensé, pero solo por dos segundos.

–Si es por eso… A mi también me cabe hacer un poco de nudismo –me quité el slip y lo lancé hacia la arena.

–Juas!, Carlis, que ganas…

–No me digas que no te encontras a gusto.

–Sí, pero estaba pensando en la salida…

–Bueno, yo salgo primero, y no miro mientras te pones la falda. Aunque ¡jeje! si mirara no iba a ver gran cosa con esta oscuridad. Pero mientras, disfrutalo.

Pareció relajarse. Lo digo porque respondió a mis salpicaduras intentando sumergirme la cabeza. Chapoteamos como niños. Yo la perseguí, y la empujé de los hombros hacia abajo. Luego fue ella la que intentó hacer lo mismo conmigo… Pero en un momento determinado, nuestros cuerpos desnudos estuvieron en contacto durante unos segundos. Sentí la dureza de sus pechos en mi espalda, y su pubis pegado a mis nalgas, y me invadió una ola de deseo por mi hermana, que traté de apartar, sin conseguirlo. Luego nos quedamos parados de pie, frente a frente.

–Tenías razón, esto tiene mucha onda –afirmó Caro con la voz un poco rara.

–¿Bañarte, o estar en pelotas?

–vas a hacer que me averguence… Bañarme en pelotas.

–Yo tampoco lo había probado nunca, y tenes razón: tiene toda la onda.

–Carli, tengo un poco de frío… –insinuó.

Salí hasta la franja más clara de la arena. Suponía que mi slip debía estar por allí, pero no lo encontré.

–¡Jajajajaja! Menos mal que esto está oscuro –rió Caro–. Debes tener una imagen muy erótica doblado por la cintura con el culo en… –cortó la frase antes de terminar, algo avergonzada.

–¿Dónde está la ropa? –pregunté.

No la veía, y eso sí podía ser un problema. Podíamos prescindir de la ropa interior, pero no del resto.

–Busca vos por la derecha, yo lo haré por el otro lado –propuse–. Recordá que estábamos como a un metro del agua.

Afortunadamente, unos pasos más allá distinguí la mancha blanca de mi camisa sobre la oscura arena.

–¡Caro! No busques más. Está aquí.

–¡Jajajajaja! –rió mi hermana mientras se acercaba–. Imaginate sino la encontrabamos.

–Menos mal que te lo tomas a broma. Ya me estaba viendo, esperando hasta sabe cuando para entrar al camping corriendo en bolas…

Me senté en la arena. Me encontraba muy a gusto desnudo, y se me hacía cuesta arriba la idea de regresar. Además, poco o mucho, algo nos secaríamos si esperábamos un rato antes de volver a vestirnos. Se lo dije a Caro, que se sentó a mi lado.

–¿Así cuidás a tu hermanita? –bromeó–. Cuando volvamos a casa voy a decirle a papá que me tentaste a desnudarme en público.

No respondí. Estaba mirando a Caro. Podía distinguir apenas su cuerpo hasta la cintura, pero más allá, y sobre todo entre sus muslos, era todo oscuridad. Afortunadamente. Porque ella no creo que pudiera distinguir tampoco mi tremenda erección.

–¿Sabes, Caro? Si te parece podemos repetir la experiencia otra noche, aunque esa vez dejamos la ropa interior en la arena.

Escuchamos unas voces lejanas. Caro se puso en pie rápidamente, y se dirigió hacia el montón que formaban nuestras prendas de vestir. Por un momento, pude distinguir la franja de piel algo más clara de la parte que el biquini ocultaba normalmente del sol. No mucho más, pero suficiente como para que mi erección comenzara a palpitar.

Cuando íbamos de camino al camping, ella me tomó del brazo. Y escuché su risa.

–¿Qué te hace tanta gracia? –pregunté.

–Estaba pensando en qué se imaginará el que encuentre mañana nuestras dos… prendas íntimas.





De nuevo, el sueño se negaba a venir. De tanto en tanto escuchaba los ligeros crujidos de la cama grande cuando Caro cambiaba de postura, que indicaban que ella también estaba en vela.

Pensé en que algo había cambiado entre nosotros aquella noche, y que las cosas no volverían posiblemente a ser iguales a partir de ahora. Me recriminaba a mí mismo el deseo que me inspiraba, y me prometí que nunca, bajo ninguna circunstancia, no solo no intentaría satisfacerlo, sino que evitaría que ella se diera cuenta.

–¿Estás despierto, Carli?

–Si, corazón. ¿Qué te pasa?

–Nada, es solo que… No puedo dormir. Estaba pensando que es injusto que yo me acueste siempre aquí, mientras vos lo haces en esa cucheta tan incómoda.

–No te preocupes, estoy acostumbrado. Además, no voy a permitir que cambiemos las camas, así que, como no nos acostemos juntos…

Me arrepentí inmediatamente. Lo había dicho sin pensar, como broma, pero se había creado un ambiente entre nosotros en el que podia ser entendido de otra manera. Caro estuvo en silencio mucho tiempo.

–Buenas noches, Carlos –murmuró, y su voz sonaba extraña.





A la mañana siguiente decidimos hacer una excursión en las bicicletas que todavía seguían amarradas en su soporte en la parte trasera de la casilla, a cualquier lado, sin rumbo fijo. Pusimos en una mochila un termo con cuatro latas de bebida, galletas, picadillo y las toallas, porque de cualquier modo teníamos claro que en uno u otro momento nos daríamos un baño.

La mañana estaba fresca, a pesar de lo cual comencé a sudar muy pronto por el desacostumbrado ejercicio. Una hora después, la ruta comenzó a alejarse de la costa, y nos detuvimos a decidir. Había un camino que se dirigía hacia el mar, aún cercano, y decidimos seguirlo, hasta que terminó en una pequeña explanada, más allá de la cual el terreno se desplomaba en una cortada rocosa de unos cincuenta metros de altitud. Había un auto estacionado un poco más allá, a la sombra de unos pinos, lo que indicaba que había alguien en los alrededores. Y como no pude ver a ninguna persona, supuse que estarían abajo. Me asomé con mil precauciones. Se podía distinguir una pequeña franja de arena, pero nada más.

–Parece que está despejado. ¿Qué te parece si buscamos por donde bajar? –propuse.

Unos metros más allá, pudimos apreciar el inicio del peligroso camino que zigzagueaba entre las peñas, y lo seguimos. No fue sino hasta que faltaba poco para llegar a la dorada arena, cuando al dar la vuelta a un recodo distinguimos dos figuras, hombre y mujer, tendidos al sol sobre sendas toallas en un extremo. Desnudos. Caro me apretó aprensivamente el brazo.

–Carlos, no deberíamos…

En ese momento el hombre, que había oido nuestras voces o el ruido de las piedrecitas que desplazábamos en el descenso, irguió la cabeza, nos echó una mirada, y volvió a tenderse.

–Mirá, no creo que les importe, porque sino, se habrían cubierto.

–Pero es que la idea de tener a dos personas en pelotas a dos pasos, no me deja tranquila –protestó Caro en voz baja.

–Hay sitio suficiente, boba. Nos vamos al otro extremo, y ya está.

Así lo hicimos. Pusimos a la sombra la mochila así como nuestra ropa, debajo de la cual habíamos tenido la precaución de llevar los shorts, y nos sentamos al borde del mar, dando la espalda a los nudistas. Pasó un rato, mientras tomábamos el sol tendidos boca arriba, en silencio.

No la oímos hasta que estuvo muy cerca, y el crujido de sus pasos sobre la arena nos alertó. Se trataba de la mujer, que venía hacia nosotros completamente desnuda, con la tranquilidad que da la costumbre. No era una belleza, pero tampoco estaba mal. Algo rellenita, con un cuerpo muy sexy. Los muslos algo gruesos para mi gusto, aunque claro, a mí me gustaban como los de Caro, y grandes pechos ligeramente caídos. Aparté la vista de su pubis depilado, excepto una línea de vello oscuro que desaparecía entre sus muslos.

–Hola, –nos dijo alegremente, mostrándonos un paquete de cigarrillos–. ¿no tendrán fuego?

–No, perdón, ninguno de los dos fuma –respondí tratando de mirarla exclusivamente a la cara.

–Espera, Carlos, creo que en un bolsillo lateral de la mochila...

Rebuscó un poco, y volvió con una carterita de fosforos, que dió a la mujer.

–Podes quedartela.

–Muchas gracias, –respondió ella, mientras iniciaba el camino de vuelta.

Me quedé mirando como sus nalgas llenas oscilaban al ritmo de sus pasos. Y la oscuridad entre sus piernas… Volví la vista rápidamente, con un inicio de erección.

–Me dan envidia –dijo Caro en voz apagada–. Si me atreviera…

–No lo haces porque no queres. Mira, un poco más allá hay una peña, y si te tirás detrás antes de quitarte el bañador, no te verá nadie.

Me dirigió una mirada indagatoria, que entendí rápidamente.

–Yo no me moveré de aquí, tranquila.

Desapareció detrás de la roca, llevando la toalla en la mano. Yo me tendí al sol, sin que me importara, ahora que Caro no estaba a mi lado, que mi pene erguido abultara la tela del slip. No era únicamente la visión de la desnudez de la desconocida, sino que intentaba desesperadamente no pensar en el otro cuerpo femenino sin ropa, detrás de la roca que lo ocultaba de mis miradas.

–¡Hasta luego y gracias! –gritó una voz lejana.

Me volví, y saludé con la mano a las dos figuras que iniciaban el ascenso por el camino. Debían haber dejado la ropa en el auto, porque la única tela que se veía era la de las toallas que llevaban en la mano. Cuando desaparecieron en lo alto, me tentó quitarme el bañador. Caro tardaría aún un rato, no había nadie más, y…

Me desnudé, y volví a tirarme, con idea de no estar así más que diez minutos, un cuarto de hora máximo. Pero me quedé dormido.





Me despertó la voz de mi hermana.

–Carli, estás…

Me incorporé sobresaltado. Estaba parada de pie delante mío, cubierta únicamente por la tanga de su bikini, con el rostro ruborizado, y la vista dirigida al acantilado, evitando mirarme.

–Perdón, cielo –me disculpé, mientras buscaba mi slip–. Es que yo era el único que estaba vestido aquí, y me tentó. ¿Cuánto tiempo dormi?

–Poco –aclaró, tomando asiento a mi lado.

–¿Qué tal tu primera experiencia nudista?

–Callate, no hacía más que mirar a todas partes, temiendo que alguien pudiera verme.

–Pero Caro!, yo te habría avisado…

–¿Cómo? Estabas como un oso. Además, desde lo alto del camino se ve toda la playa.

–Toda no. Recorda que no vimos a la pareja hasta que no bajamos mucho.

–Es lo mismo. No estuvo mal como experiencia, pero no me voy a desnudar de nuevo.

–Ja! yo a lo mejor sí, después de comer –bromeé.

–Te cedo el lugar, aunque estaba comenzando a dar la sombra.

–No te voy a dejar sola aquí –continué, para hacerla enojar.

Me miró algo embolada , pero no respondió.





Después de comer y de recogerlo todo, se volvió a mí con la vista baja.

–¿Decías en serio lo de desnudarte?

–Claro, –respondí, tratando de que no se notara en mi voz que estaba de bromeando.

Pero ella creyó que lo decía en serio, y se volvió ligeramente dándome la espalda. Y entonces me tentó el diablo. Total, ya me había visto desnudo. Me quité el slip, y me tumbé. Afortunadamente, mi pene se mantenía disciplinadamente en reposo.

–¿Qué vamos a hacer esta noche? –preguntó–. Después de lo de ayer, no me cabe ni media ir otra vez con los chicos, no vaya a ser que Andrés y vos terminen a las manos.

–No me acordé de decírtelo ayer. Perdoname, es que al principio pensé que no te molestaba, incluso que me ibas a pedir que tardara un rato en ir a la casilla…

Se volvió en mi dirección sin acordarse, y luego se dio la vuelta rápidamente, toda ruborizada. Pero entre movimiento y movimiento, advertí que había echado un buen vistazo a mi paquete.

–Sos un bobo. No, de hecho, el chico me resultaba desagradable. Da la impresión de que se la re crée.

Bajó la voz.

–Cali, ¿me prometés no mirar?

El estremecimiento se inició en mi pecho, y llegó hasta el escroto, que se tensó.

–Tranquila, cielo, podés quitarte la ropa.

Sus prendas hicieron una parábola hasta aterrizar al lado del resto de nuestras cosas. Debió tenderse en su toalla, a menos de medio metro de la mía, aunque resistí valientemente el deseo de volver la cabeza.

–No hay nada que nos impida ir al baile los dos solos. Y si nos encontramos con ellos, tampoco tenes porqué permitir que el pulpo de Andrés te haga como ayer. Además, hoy estaré más pendiente.

–Tenes razón –convino.

Guardamos silencio un buen rato. Yo estaba sintiendo ya lo que las hamburguesas deben experimentar en la sarten. Tenía ganás de darme un baño, pero…

–Caro, voy al agua –advertí.

Tarde, me dí cuenta de que su tanga y mi bañador estaban como a dos metros de nosotros. Luego pensé que ella ya me había visto desnudo, y que total… Me puse en pie, procurando no mirar en su dirección. El agua estaba deliciosa, pero era un embole tener que cuidarme de mantener mi vista alejada de la playa.

«Al carajo –pensé–. Además, nosé porqué Caro puede verme en pelotas, y yo a ella no»

Me volví. Caro venía andando en mi dirección, algo ruborizada pero decidida. Desnuda. Se introdujo rápidamente en el agua, hasta que cubrió el triángulo de vello corto de su pubis.

–Es una tontería, después de habernos bañado desnudos anoche ¿no?

Bueno, si quería autojustificarse… Había una "pequeña" diferencia: el día anterior estábamos a oscuras, y ahora la cruda luz del sol me había permitido contemplar su hermoso cuerpo. Con un nuevo estremecimiento, pensé que sino fuera Caro sino otra, haría lo que fuera con tal de tener sexo con ella. Pero era mi hermana, y eso lo cambiaba todo. Aunque mi incipiente erección me decía que mis instintos no estaban en sintonía con mis reservas.

–Te echo una carrera hasta la roca –gritó, mientras se lanzaba de cabeza al agua.

Y al hacerlo, tuve por dos segundos un atisbo de la raya cerrada de su vulva, más abajo de sus nalgas redonditas. La seguí. La alcance unos segundos después, y tomé uno de sus tobillos, con lo que se hundió. Emergió riendo, y luego se quedó en pie, escurriendo sus cabellos. Sus pechos se elevaron al hacerlo, y las límpidas aguas me permitieron vislumbrar la sombra oscura de su vello púbico. Pensé que componía la imagen más hermosa que había visto nunca. Me enseñó la lengua.

–¿Qué miras?

–Estaba pensando que eres una mujer preciosa.

–vos tampoco estás mal –repuso bajando la vista.

–Vamos, te doy la revancha –ofrecí.

Era una excusa para romper el circuito eléctrico que se había establecido entre ambos, lo pude notar, y que me había puesto los pelos de punta. Comencé a nadar en dirección contraria, aunque un poco menos rápido de lo que podía. Efectivamente me alcanzó, y como yo antes, sujetó una de mis pantorrillas. Más que nada por evitar darle una patada en la cara, me dejé sumergir. Con los ojos abiertos, contemplé su cuerpo de cintura abajo, difuminado por el agua, y volvió el calambre que me recorrió los testículos, e hizo comenzar a crecer mi pene. No lo pensé, que sino no lo hubiera hecho. Me así a sus caderas, y la empujé. Lo que no había calculado es que ella me echaría los brazos al cuello, y que nuestros cuerpos desnudos quedarían en contacto mientras nos íbamos ambos al fondo.

Y juntos emergimos, prácticamente abrazados. Nos miramos intensamente unos segundos, en completo silencio, y luego se impuso en mí la cordura, y me separé de ella.

–Creo que debíamos ir pensando en volver antes de que se haga de noche –mi voz era ronca, lo notaba.

Nos dirigimos hacia la arena en silencio. Pero, mientras nos vestíamos, pude percibir algo: se mostraba desnuda ante mí con la misma tranquilidad que lo haría si fuera algo habitual entre nosotros.





Afortunadamente, no vimos a ninguno de los componentes del grupo de la noche anterior. Bailamos unas cuantas veces, y charlamos mucho. Nunca antes habíamos tenido la ocasión de tener largas conversaciones los dos solos, y yo me encontraba como en una nube, viendo como hipnotizado moverse sus labios mientras hablaba. Oliendo su perfume. Y mirándome en sus ojos del mismo color que los míos.

El ambiente no era como muy animado. Unos cuantos matrimonios, algunos con niños que correteaban por todas partes. Un grupito de chicos y chicas más o menos de nuestra edad, y nadie más.

–¿Qué te parece si nos vamos? –le propuse.

–Iba a pedírtelo en este momento.

–Quizá si no estuviéramos solos…

Me miró intensamente.

–¿Sabés? Precisamente me encuentro más a gusto con vos, sin nadie más. –Se ruborizó y bajó la vista.

–Yo también prefiero tu compañía –dije con la garganta seca.





De nuevo, la oscuridad del paseo por la playa, esta vez desde el otro lado de nuestro camping. Y como el día anterior, no había un alma por los alrededores. Comenzamos a hablar los dos al mismo tiempo:

–Carlos…

–Caro…

Nos echamos a reir.

–vos primero, –dijo ella.

–estaba pensando en lo agradable que fue el baño de anoche.

–¡Jajajajaja!, te iba a proponer lo mismo. Solo que hoy trataré de no perder la tanga…

Nos desnudamos completamente, y lamenté que la oscuridad me robara la visión de su cuerpo. Luego nos dirigimos al mar, tomados de la mano. No hubo juegos, y ninguno de nosotros parecía querer romper el hechizo. Frente a frente aunque separados, con el agua por la cintura, trataba de distinguir en sus ojos algo más que una chispita de luz, reflejo de las farolas del lejano camping.

No lo hice concientemente, pero cuando pienso en ello, creo que Caro recorrió la mitad del camino. Nuestras bocas se encontraron, y era una verdadera delicia el tacto de sus labios en los míos, y el de sus manos en mi espalda, acariciándola en círculos. Y las mías en torno a su cintura, estrechando su cuerpo desnudo contra el mío. Me separé...

–Caro, creo que será mejor que nos vayamos.

Pero mientras nos poníamos la ropa sobre la piel chorreante, y después, mientras caminábamos tomados de la mano por la arena, pensé en que en unos minutos nos encontraríamos juntos en la intimidad del interior de la casilla. Y en que no podíamos continuar lo que habíamos comenzado, de ningún modo.

–Lo siento, Caro. De verdad, no sé qué me pasó.

–"Nos" pasó –precisó ella en un susurro.





Nos desvestimos en silencio con las luces apagadas. Ninguno sintió la necesidad de hurtar la vista de su cuerpo al otro Si bien el resplandor del alumbrado tamizado por los árboles y las cortinas corridas, permitía ver más que unos minutos antes, en la playa, era mucho menos que a primera hora de la tarde, cuando nos habíamos mostrado uno al otro completamente desnudos.

–Voy a darme una ducha –dijo en voz baja–. Estoy rebozada de arena, aunque si queres, te cedo el lugar.

–No, entra vos.

Encendió la luz antes de acceder a la ducha, y entonces sí, tuve un atisbo de su precioso cuerpo, antes de que desapareciera en el interior. La esperé de pie, hasta que salió secándose los cabellos con una toalla. Y esa era toda su ropa. La luz de la ducha había quedado encendida a su espalda, pero aunque su parte delantera estaba en sombra, aún me era posible distinguir el triángulo oscuro entre sus piernas. Me fui rápidamente a la ducha.

El agua fría calmó mi calentura, y me hizo entrar en razón. Dormiría en una hamaca, en el exterior, con la pared metálica del vehículo a modo de barrera entre ella y yo. Porque si de nuevo, como la noche anterior, la sentía moverse en la cama e imaginaba su cuerpo cubierto únicamente por las leves prendas de dormir, no estaba nada seguro de poder reprimir mis instintos, que me impulsaban a hacer algo que no podía en forma alguna permitirme.

Pero toda mi decisión se fue al traste cuando salí del pequeño recinto. Caro estaba de pie, completamente desnuda, cerca de la cama doble. Esperando.

Una ola de sentimientos imposible de contener se apoderó de mí. La tomé en mis brazos, mientras ella sollozaba quedamente. Y uní mis lágrimas a las suyas, porque sabía que lo que estábamos haciendo era algo condenable. Pero al mismo tiempo, el gozo al experimentar el amor de mi hermana, que me estaba entregando sin reservas, ponía un nudo en mi pecho. Nunca antes había sentido algo parecido con ninguna otra chica. Las otras veces fue pura calentura, deseo físico nada más. Pero en esta ocasión había algo más poderoso, una exaltación sin límites, la necesidad de fundirme con ella, de dárselo todo… Había amor –pensé aturdido–. Amor como no había conocido jamás. Amor desesperado, porque en su satisfacción estaba también el inicio de su necesario final. Aún traté de resistirme.

–Caro, no debo…

–Sssssst, Carlis, no digas nada –murmuró con la boca pegada a mi oido.

Gusté sus labios húmedos de lágrimas saladas en los míos. Mi lengua probó el néctar del interior de su boca, mientras mis manos acariciaban suavemente sus nalgas. Las suyas estaban aferradas a mi espalda, y mi erección oprimida contra su vientre.

Y luego, cuando ella se tendió en el lecho y dirigió sus brazos invitadores hacia mí, probé el sabor de sus pezones en mi lengua. Mis besos en el pequeño hueco de su ombligo y en la leve curva de su vientre, la hicieron estremecerse por completo. El limpio olor de su sexo en mi olfato, antes de que su sabor inundara mi boca, me llevó más allá de toda posibilidad de dar marcha atrás. Escuché sus gemidos exaltados cuando atrapé su clítoris entre mis labios, y contemplé los vaivenes de su pelvis, que se hicieron más y más evidentes hasta que al fin se entregó a su orgasmo.

Después, mientras sentía su respiración acelerada, y el retumbar alocado de su corazón en mi oido oprimido contra sus senos, tuve un momento de lucidez. Quise levantarme y huir de allí antes de terminar de consumar nuestra unión incestuosa, pero estaba como paralizado. Y todo ello quedó olvidado cuando sus dedos se enredaron en mi pelo, y exclamó en un susurro:

–Tomame, Carlos. Te necesito más que a nada en este mundo.

Las dudas desaparecieron como por encanto. Su sexo estaba húmedo y preparado. Mi glande al descubierto encontró el camino a su interior como si no fuera la primera vez, y se introdujo hasta lo más profundo. Y nuestros cuerpos abrazados se movieron cadenciosamente en el ritmo antiguo como la vida y siempre renovado del acto amoroso. Poco a poco fueron haciéndose espasmódicos los movimientos en ambos. Ya no había ritmo, sino un pubis que venía al encuentro del otro, como si quisiera fundirse en él. Mi pene palpitaba en su interior, oprimido dentro del suave estuche ardiente que lo aprisionaba, como si no quisiera permitir que lo abandonara.

Y nuestros gritos apenas sofocados se fundieron en las bocas unidas, mientras sentía como si fuéramos uno en dos cuerpos; su orgasmo fue el mío propio, y me pareció que el tiempo se detenía. Durante unos instantes fuimos un único ser, que se elevaba a lo más alto, a la cima del placer más exaltado.

Luego, mientras yo acariciaba amorosamente sus mejillas, tendidos de costado frente a frente, y estrechamente abrazados, sabía que debía decir algo, pero no quería en modo alguno romper el hechizo. Lo hizo ella:

–Carlos… ¿sabés que nunca antes había experimentado un orgasmo?

Me quedé de piedra.

–No me digas que eras virgen.

–Lo era, pero no me importa. A nadie mejor que vos podría haberme entregado por primera vez.

–Pero si yo no… quiero decir que no lo he advertido. Perdoname cariño, si lo hubiera sabido te habría tratado con más cuidado.

–…o te habrías abstenido de darme lo mejor que nunca he tenido. Porque sentí tu amor como una brasa penetrándome por todos los poros.

–Y yo el tuyo quemándome por dentro.

En aquel momento solo estaba arrepentido y apenado por algo.

–¿Te hice daño?

–Me hiciste feliz –murmuró, antes de besarme apasionadamente, mientras su mano en mi nuca me atraía hacia ella.

Poco después nos quedamos dormidos, estrechamente abrazados.

Y al día siguiente al despertar, cuando pude ver los pequeños rastros de sangre en las sábanas y en el interior de sus muslos, diluídos en mi semilla, traté de apartarme de ella, no me dejó. Sé que debió dolerle, pero ella misma tomó mi pene y lo obligó a volver al interior de su cuerpo. Y de nuevo la exaltación, el inmenso placer en cada centímetro de la piel en contacto con la otra piel… Y ascender de nuevo a la cima, en un clímax que duró muy poco para la necesidad que cada uno de nosotros sentía.

Luego, lavé suavemente su cuerpo, sin importarnos que el agua encharcara el suelo del pequeño baño, mientras depositaba suaves besos en sus labios, y le decía muy bajito lo que sentía por ella.





Los días pasaron como un suspiro. Aún pudimos amarnos una vez al aire libre en la playa, ese día solitaria. Pero después nunca más la encontramos vacía. Nos tuvimos que conformar con las noches en nuestra casa sobre ruedas, y los besos nocturnos en el agua mansa. Y una noche la tomé en el lugar donde la lisura de la arena húmeda se convertía en ondas de espuma cuando lo alcanzaba una ola. Y nuestros gritos enardecidos se unieron al rumor de las olas que rompían en nuestros pies.

E inevitablemente llegó el día de nuestra partida. Ninguno habló durante mucho tiempo. Solo de vez en cuando nuestros ojos se encontraban, y tratábamos de animar al otro con una sonrisa triste.

–¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntó en un momento dado, con la voz velada por las lágrimas.

–No lo sé, cariño. Sé que vendrán noches en que morderemos la almohada de deseo, sintiendo al otro tan cerca y tan lejos a la vez. Luego, seguramente encontrarás un hombre que…

Me cortó en seco.

–Nunca, escuchame Carlos, nunca, podré entregarme a otro.

–Pero es que lo nuestro no tiene futuro. Nada me gustaría más que huir lejos de todos contigo. Me bastaría con tenerte, no querría nada más. Pero la sociedad no nos lo permitirá. Y nuestros padres morirían del disgusto si se enteraran.

Estuvo sollozando largamente un buen rato, hasta que se quedó dormida, con la cabeza apoyada en mi hombro.





Aún en casa de nuestros padres tuvimos otra noche para nosotros, la última, en mi habitación. No dormimos en ningún momento, ninguno quería perderse ni un segundo tan solo de lo que podría ser la última vez que estábamos juntos. Nos amamos apasionadamente, con la desesperación del condenado a muerte. Y después estuvimos abrazados hasta que llegó la mañana.

Y con ella, nuestros padres.





Dicen que el tiempo todo lo cura. No es cierto, Caro y yo podemos dar fe de ello.

Siguieron días espantosos, noches en que, como yo había predicho, casi podíamos sentir la presencia física del otro, insomne, muy cerca, pero inalcanzable. Días en los que debía contener el deseo de abrazarla, aunque no estuviéramos solos.

Los fines de semana en que mis padres salían con sus amigos, Caro y yo nos marchábamos separados, antes de que ellos lo hicieran. Esperábamos un tiempo en una café, lejos de nuestra casa. Y luego volvíamos rápidamente, y nos entregábamos el uno al otro con el ansia de muchas noches solitarias, siempre con el temor de ser sorprendidos. Pero no había despertares con ella en mis brazos, sino que teníamos que separarnos demasiado pronto.

Hubo incluso un fin de semana, en el que los estudios fueron el pretexto para no acompañar a nuestros padres a una escapada turística de dos días. Y esas noches fueron como un bálsamo que calmó nuestra fiebre, pero sin curar la enfermedad que la producía.

Si nuestros padres advirtieron que ahora siempre nos encontraban en nuestras camas a su vuelta, o que nunca más hubo un chico que viniera a buscar a mi hermana, no lo dijeron. Sí hubo preguntas, sobre todo a Caro, sobre si salía con alguien en especial. Pero se conformaron con la explicación de mi hermana, de que prefería divertirse mientras fuera joven, antes de atarse a alguien en concreto.

Dije que el tiempo no cura nada. Pero transcurre más rápido de lo que nos parece. Llegó el verano siguiente, y una noche mientras cenábamos, mi padre me miró especulativamente.

–Carlos, tú madre y yo hemos decidido repetir el viaje del año pasado, aunque a otro sitio diferente. Me pregunto…

–¿les importaría repetir las vacaciones solos, como el verano anterior? –terció mi madre con voz pesarosa–. Ya me dijeron que lo pasaron muy bien, con las chicas y chicos de la playa, y casi mejor que no estemos los viejos para estorbarlos.

–no son viejos mamá. Son los mejores padres que alguien puede tener –replicó mi hermana con los ojos húmedos, aunque ellos no podían ni imaginar la causa.

–No se preocupen por nada –dije–. Diviertanse mientras puedan, que nosotros haremos lo propio.





Otra vez, el asfalto sin fin de la solitaria ruta, deslizándose bajo las ruedas de la rodante. Pero ahora hay una diferencia: esta vez nuestras manos están unidas, y nos miramos a los ojos, anticipando la alegría de poder volver a estar juntos. Sin noches separados durante quince días. Después…

"Después" queda aún lejos.