Amor Fatal

-¿Dónde es?


-Rivadavia al 1200


-¿Hay un telo ahí?


-No es un telo. Un Hotel Familiar. El Copacabana


El forense se presentó en conserjería y lo primero que notó fue la lividez en el rostro del encargado. El tipo nunca había querido tener problemas con la policía, y estaba acostumbrado a manejar situaciones difíciles, pero esta vez las cosas se le fueron de la mano.


En la habitación 214, una pareja había ingresado el sábado bien entrada la tarde. Se escucharon ruidos que eran confusos. Peleaban. Golpeaban cosas. Movían muebles. Lloraban. Después se calmaban un rato, y después todo empezaba de nuevo.


Lo más lógico para pensar era que estuvieran cogiendo, pero no podía ser. No todas las veces. El domingo, el encargado del lugar había contabilizado ocho: dos a la mañana, dos al mediodía, dos a la hora de la siesta y dos a la tardecita. 


Pero además, todo había empezado el sábado por la noche, cuando escuchó por primera vez la rutina unas tres o cuatro veces.


Harto del escándalo, y acudiendo a un viejo impulso, el conserje decidió romper su promesa.


Hacía mucho tiempo que no espiaba lo que ocurría en las habitaciones, y desde aquella vez en que casi lo atraparon, se había juramentado no hacerlo más.


Pero estos dos escandalosos, provocaron que sintiera la necesidad de constatar que sus sospechas fueran ciertas. Además, mientras subía al lugar estratégico desde el que podía mirar sin problemas, se saboreaba por confirmar sus sospechas. Es que el hombre de la pareja era un tipo normal, bien armado, que rondaba los cuarenta largos, pero ella, que era una mujer más joven que él, era un ejemplar de hembra de esas que no pasan desapercibidas: bien torneada, con la piel mate y bronceada.


Se demoró más de lo acostumbrado, porque esos dos hijos de puta se estaban matando en la cama. Pero él, que se jactaba de haberlo visto todo, esta vez quedó impactado. No sólo confirmaría que los ruidos no eran otra cosa que dos fogosos que se escudriñaban, sino por la belleza de lo que estaban llevando a cabo.


El señor de la pareja había cruzado una soga por debajo del colchón y atado a la señora por sus muñecas. Estaba estaqueada, boca a bajo, exhibiendo para el observador oculto, el culo más redondo y firme que haya visto en su vida.


Estaba brilloso, por las perlas que dejan el sudor, y vio cómo su partener le daba chirlos en las nalgas. Lejos de protestar o de manifestar dolor o molestia, ella lo desafiaba, diciéndole que no se detuviera, que no sea puto, que golpeara más fuerte, que quería que le meta la lengua, la mano, cualquier cosa.


Fue un observador privilegiado de la chupada de culo más dedicada y prolija que pueda concebirse. Le lamía despacio, disfrutando de cada pliegue de su ojete, y ante cada lamida, el gemido que lo acompañaba.


Así como todo empieza, todo culmina alguna vez. Al menos, esta parte del juego: el señor introdujo con sobriedad dos dedos en la vagina de la señora, mientras le perforaba el culo con la lengua, y la señora ya no se pudo contener más. Era notorio que los movimientos de sus piernas y sus nalgas no eran conscientes, sino movimientos reflejos, como si estuviera convulsionando, y frente a un alarido agónico, que no salió de su garganta sino del centro mismo del vientre, arrojó en la cara un chorro de líquido espeso, y luego otro, y tras el tercero, la calma.


Y el encargado, que no había dejado de tocarse desde la primer imagen, entre el segundo y el tercer chorro de eyaculación de la dama, se derramó en su mano.


Cuando volvió a su centro, se dio cuenta que había dejado el mostrador del hotel solo, y salió raudo, limpiándose, a atender sus labores.


Por eso no le preocupó cuando el lunes los sonidos cesaron. Después de dos días enteros de darse murra y de la buena, debieron haberse quedado dormidos.


Ya el martes comenzó a preocuparse. Ni sonidos, ni murra, ni gritos, nada. Pero tampoco los había vuelto a ver, digamos, personalmente. Nunca bajaron de su cuarto a buscar comidas o bebidas, o cigarrillos, o algo. Y estuvo desde la mañana pensando qué hacer, hasta que a la tarde se decidió y volvió a su escondrijo.


Allí los vio, tendidos en la cama, exánimes, muy rígidos y con un color ceniciento en la piel. 


No dudó. Llamó a la policía, y como pudo, explicó lo que estaba pasando, mintiendo descaradamente que tenía dudas, que no se escuchaban ruidos, que no volvieron a bajar.


Entraron a la habitación el policía, el médico legista y el encargado, y examinaron los cuerpos, sacaban fotos. Estaban muy muertos.


-No veo signos de envenamientos


-Yo lo que veo es un hembrón


-Y mirá que pedazo de trozo tiene este hijo de puta


-No veo signos de violencia, salvo estas marcas en la espalda de él… pero son las uñas de ella.


-Como sea, yo tengo que sacarles fotos para el examen macroscópico ¿Te puedo pedir un favor?


-Sí, decime


-Enderazale la sonrisa a estos dos hijos de puta…

9 comentarios - Amor Fatal

horrotika +1
Muy bueno!!!
VoyeaurXVII +1
el tema, es que me están saliendo divertidos... pero cada vez menos calientes

ando necesitando musas

(o alguna pareja linda que quiera experimentar) 😜

para volver a escribir relatos más hots
horrotika +1
salamero, jajaja!! estan muy bien, nos encantan los que no solo se quedan en lo caliente, pero si necesita estimulo ...ya se verá
VoyeaurXVII +1
que se vea pronto!
mdqpablo +1
muy bueno . algo distinto . genial
VoyeaurXVII +1
se agradece... buscaremos levantar la puntería la próxima!
mdqpablo +1
hasta ahora muy bien y genial las ganas de superarse
Pervberto +1
¡Pulsiones de la vida y la muerte!
VoyeaurXVII +1
quien pudiera morir garchando, no?
morochadel84 +1
Chaaaan...
Original e intenso.
Están buenas estas sorpesas alocadas.
VoyeaurXVII
espero que surjan de las otras...
espero las musas
qcagada2017 +1
Jeje es muy bueno felicitaciones tenes talento + puntos
VoyeaurXVII
se agradece!
veteranodel60 +1
Al mejor estilo Hitchcock, espero que continúe pronto porque la espera es matadora van puntos
VoyeaurXVII
veremos que surje...
abrazo de gol!