Ernesto, el vigilante.

Desperté del descanso, durante meses no había dormido de esta manera: relajada, sonriente y excitada.
No podía creer aún la decisión que había tomado horas antes mientras hablaba con Ernesto.

Observe los detalles de la habitación, la luz por las cortinas entraba igual que siempre, los claxons sonaban claramente, la puerta del balcón abierta; todo marchaba como debía, aunque, había algo extraño. El celular en el buró me hacía "ojitos" para revisarlo, me contuve por unos minutos mientras pensaba cómo pudo haber sido la reacción de aquel tipo. Las sábanas apretaban mi cuerpo, sí que estaba envuelta; al apartarlas de mí me encontré con una sorpresa, había perdido mis pantaletas.

"Que yo recuerde, dormí usándolas"- pensé por un momento.

Al estar descubierta encontré rastros de pegajosidad en mi estrecha vagina, un peculiar olor en mis manos llamó la atención de mi olfato, olían a sexo, a la pura encarnación de Venus, mostraban la feminidad que mi cuerpo emanaba desde sus interiores. No lograba recordarlo pero si mis manos desprendían esa esencia y mi vagina estaba aún húmeda, algo era claro, me había masturbado en mi descanso.

Decidí comenzar mis actividades: desayuno y un baño con agua fresca. Revisé el celular, un poco nerviosa y un poco más excitada. Entré a la aplicación, mis manos temblando finamente, fui a los mensajes y lo que encontré fue lo siguiente:

Ernesto: Raquel, pero qué tetas.
E: ¿Te fuiste?
E: Qué locura de tetas, eres una madura muy rica.
E: Espero encontrarte más tarde por aquí.
E: Besos

Una sonrisa en mi cara demostró que el cometido se había cumplido. Leer sus mensajes era de cierta manera algo que me causaba una intensa excitación. Su fealdad no era un problema para mí, lo que yo no dejaba de pensar era en esa larga pija que me enseñó en fotografías.

Entré de nuevo a su perfil, tenía que volver al álbum privado. Mientras me dirigía al apartado especial una notificación llegó repentinamente, era un mensaje suyo. Decidí abandonar ese deseo y me fui a los mensajes.

Ernesto: Hola hermosa, cómo estás?
Yo: Bien, Ernesto. ¿Y tú?
E: Bien, anoche te fuiste sin avisar.
Y: Sí, se le acabó la batería al celular (alguna excusa debía decir)
E: Mala suerte, te tenía un regalo.
Y: Ah sí, ¿cuál?
E: Ni modo, era en ese momento.
Y: Pues pudiste haberlo guardado.
E: Pórtate bien y te lo daré.
Y: Jajaja, me tengo que ir a trabajar, luego te escribo.
E: Vale, cuídate. Besos
Y: Bye.

Todavía no era mi hora de trabajo, un paciente tenía cita a las tres de la tarde y el reloj apenas marcaba las doce del medio día.

Recordé lo que estaba haciendo; el álbum privado esperaba mi llegada, me dirigí al apartado y ahí estaban las tres fotos.

Una pequeña fuga anunció la excitación que me causaba ver aquellas fotos. Recordé la frase familiar y me dispuse a hacer algo que tenía tiempo sin hacerlo (conscientemente).

Me dirigí al sillón de la sala, me quité las sandalias floreadas (mis favoritas), y me recosté en uno de los extremos.

Comencé el ritual. Rosaba mis piernas una con la otra creando la fricción que con unas piedras se puede hacer una fogata, pero este fuego era interno. La blusa que tenía puesta remarcaba el inicio de mis senos y bien podía ver lo duro de mis pezones, decidí tocarlos; una respiración agitada se apoderó de mí. Con una mano sostenía el celular y con la otra apretaba mis pechos. Salían quejas de mi garganta: mmmm, aaahh, uuiimm, puufff.

La concentración a la que había llegado se vio interrumpida por una notificación.

Ernesto: Te caché, andas viendo mis fotos. ¿Verdad?

Me sentía en el paraíso, no quería que el placer acabara por culpa de este cabrón. Revisé el mensaje y sin contestarlo volví al álbum privado.

Con las tetas de fuera podía ver lo grande que mis pezones estaban, una aureola grande color rosada y café afirmaba que pertenecían a una mujer madura de grandes senos.

El sillón era mi lugar favorito para masturbarme (desde que mi esposo vivía), podía poner una pierna sobre el respaldo y la otra a la altura de mi cuerpo. El pantalón que usaba no me dejaba disfrutarlo del todo, decidí quitármelo. Me puse de pie, quite la bragueta, me miré al espejo que se encuentra en la sala y pensé "Qué buena cola tengo". Con las pantaletas puestas volví al trono y subí la pierna izquierda al respaldo, la apertura que tenía mi entrepierna era perfecta, me sentía enérgica.

Estaba lista para comenzar cuando me llegó otra notificación.

Ernesto: Mira, este era el regalo que te debía.

Podía seguir tocándome sin prestarle atención al gordito pero mi instinto me propuso hacerle caso.

Yo: A ver.
E: Ernesto envío una foto.

Ahí estaba de nuevo esa enorme verga, la fotografía mostraba su miembro, el uniforme de su trabajo, un walkie talkie, un escritorio con documentos sin organizar y una pared cubierta con pantallas.

Yo: ¿Estás trabajando?
Ernesto: Sí, pero aquí en el cuarto de control puedo hacer lo que yo quiera.
Y: Me sigue sorprendiendo el tamaño de tu verga.
E: Lo sé.
Y: ¿Cómo lo sabes?
E: No por nada me enviaste la foto anoche, mostrando ese par de tetas que tienes.
E: ¿Sabes a mí que me sorprende?
Y: ¿Qué?
E: Lo putita que una mujer puede llegar a ser cuando ve una verga como la mía.
Y: Je..
E: El que calla otorga.

Para cualquier mujer que le dijeran puta pudiera ser un insulto grave. Para mí, en esa situación, resultó el parte aguas para quitarme las bragas e introducirme los dedos en la vagina. Al principio me dolió, pero con unos cuantos más empujones pude sentir lo que hace tiempo no sentía: el palpitar de una vagina caliente con ganas de más.

Yo: Todas somos putas pero no con cualquiera.
Ernesto: Sí, eso dicen todas.
Y: Yo también te tenía un regalo.
E: ¿Sí? ¿Cuál?
Y: Éste.

Ernesto, el vigilante.


Yo: Espero que te haya gustado.
Ernesto: Cómo no, tienes unas tetas de locura.
Y: Me tengo que ir al trabajo.
E: Dame tu número.
Y: ¿Para qué?
E: Para algún día marcarte y escucharte.
Y: Solo cuando yo lo pida (sabía que no cumpliría)
E: Tú mandas.

Terminé pasándole mi número de celular, con mi entrepierna empapado y pegajoso, con las tetas rojas de tanto que las apreté, con la boca rojísima por las mordidas que el placer me hacía hacer y con un sentimiento de satisfacción que desencadenaba una sonrisa en mi cara. Con el número en sus manos yo ansiaba algo: Escuchar su voz al mismo tiempo que veo sus fotografías y hacer que me invitara a su lugar de trabajo.

Tenía un propósito: follármelo.

11 comentarios - Ernesto, el vigilante.

Kakaroto2017 +1
uuuuufff que envidia de Ernesto!!!muero por ver ese hermoso par de tetas,que me llegue un mensaje con una foto solo para mi,en el lugar que estes,pensando en lo mucho que me vas a calentar despues de verla....me calienta de solo imaginar tal situacion...
caanala +1
😛 Encuéntrame en Badoo!
Kakaroto2017
jeje yy como te encuentro linda??
snatpac +1
me encanto!, tremendo relato y esa foto me dejo bien caliente. que lindo debio ser estar en lugar de ernesto...
snatpac +1
y a nosotros nos vas a mostrar lo que va a recibir? 😛
caanala +1
¿Querrán verlo?
snatpac
Si son fotos como las q le estas enviando, te aseguro que al menos yo quisiera verlas 😛
mdqpablo +1
que buena saga . nos.encanto el relato ya quere.os seguir leyendo
Coctel24 +1
Que exitante hermosa me gustaría verte de cuerpo completo que rico 😘😍😍😍
caanala +1
Checa mis demás posts! Ahí vienen algunas 😘
Coctel24 +1
@caanala claro que si hermosa me éxito mucho tu relato 😊😍😍😍
Alanmee
Muy rico relato espero que siga... Esas tetas me dejaron como loco..
valensexx
Divina imagen. Hay mas del relato???
sanlo4 +1
Definitivamente sos una puta hermosa!!!