Me niego a ser Lesbiana (Parte 21)

El Club de los Selectos (Parte 2).




Cuando el juego lésbico finalizó, ambas mujeres se pusieron de pie e hicieron una leve reverencia a su audiencia, esta vez sí las aplaudieron y tuve que sacar la mano de mi entrepierna para sumarme a los aplausos. No conocía a nadie, más que a Catalina, dentro de ese club, pero ya había algo allí que me llamaba mucho la atención. Irma y su amante se vistieron y cuando se alejaron del centro la música cambió repentinamente, seguía manteniendo un ritmo bastante sensual, pero ya no eran canciones de The Killers, esta vez me fue imposible identificar a la banda.

Ninguno de los presentes se movió, pero como la luz del centro seguía encendida me di cuenta de que estaban esperando que otra persona pasara a brindar un espectáculo similar. Rogué que se tratara de dos mujeres y aguardé. Cuando giré mi cabeza para tomar el vaso de cerveza que había dejado en la mesa, me encontré con Catalina, de pie delante de mí. Me hizo una seña con sus manos indicándome que me pusiera de pie. Me quedé boquiabierta.

La rubia tuvo que tomarme del brazo y tirar de él para hacerme parar. Caminé con torpeza hacia el centro de la pista mirando como estúpida a todos alrededor, esta vez sí me aterré. Había muchas mujeres, pero me inhibía que también hubiera tantos hombres.

–Es tu turno de entretenernos –dijo Catalina acercándose a mí con una cínica sonrisa–. Si querés que cerremos el trato, vas a tener que participar en esto, de muy buena gana.
–¿Querés que yo... haga lo mismo que hizo Irma... con vos?

La rubia estalló en carcajadas, su risa fue tan estridente que se escuchó por encima de la música. Nunca me había irritado tanto escuchar a una mujer reír. Catalina emitía un cacareo burlón y me miraba como si yo fuera una niña ingenua que había dicho un absurdo tan grande que merecía ser desacreditada frente a toda la audiencia.

–¿Ya terminaste? –le pregunté con el ceño fruncido cuando el volumen de su estruendosa risa disminuyó.
–Qué ingenua sos, Lucrecia –me dijo mientras se limpiaba un par de lágrimas con el dorso de la mano.
–Sí, me lo habían dicho antes; pero no entiendo cuál es la gracia. ¿Qué querés que suponga si me arrastrás hasta acá de la misma forma que lo hizo Irma con aquella chica? Es obvio que pretendés que haga algo relacionado al sexo.
–La ingenuidad la cometiste en pensar que ibas a poder tocarme a mí. Sé que te morís de ganas de hacerlo, lo veo en tus ojos... en la forma en la que me mirás todo el tiempo, es lógico que te guste si es que sos tan lesbiana como afirmás.
–Seré lesbiana, pero eso no quiere decir que me guste cualquier mujer que me pongan delante. ¿Para qué me trajiste hasta acá?
–Para que nos des una bonita exhibición.
–Puedo hacer eso –me encogí de hombros; el estómago se me revolvía, pero encontraba la idea bastante excitante–. ¿Tengo que escoger a alguna mujer del público? –pregunté mirando a mi alrededor.
–No, yo voy a escoger la persona con la que vas a estar.

Caminó alrededor de la pista con paso firme, era obvio que buscaba a alguien en el público y me dio la sensación de que ya tenía a esa persona previamente escogida y sólo intentaba localizarla. De pronto se detuvo frente a un grupo de personas y le hizo señas a alguien para que se acercara. La vi regresar de la mano de uno de los hombres más altos que había visto en mi vida, tenía el cabello negro, prolijamente cortado a la moda y una espalda muy ancha. En sus fríos y duros rasgos había cierto atractivo, pero en general era atemorizante.

–Te presento a Zoran, es Serbio, tiene treinta y dos años y va a ser tu compañero de cama por esta noche.

Me quedé petrificada, el gigante me miraba fijamente con media sonrisa dibujada en sus labios; debía admitir que no encontraba amenaza alguna en esa sonrisa, pero de todas formas me aterraba. Me di cuenta de que había sido un enorme error aceptar las condiciones contractuales de Catalina, ella quería humillarme y sabía perfectamente cómo hacerlo.

–Veremos qué tan bien se comporta una lesbiana, como vos, con un hombre de verdad, como Zoran. Si estás pensando que te va a partir en dos –se acercó mucho a mí, nuestras narices se tocaron–, entonces estás en lo cierto.
–No lo voy a hacer –me negué.
–No tenés opción, Lucrecia. Además allí no termina la cosa...

Se agachó y extrajo una caja de madera de abajo de la cama. De ella sacó un par de esposas envueltas en una esponjosa tela negra y algo que me pareció una especie de flagelo que estaba formado por finas tiras de cuero. Me espanté mucho al ver ese extraño objeto meneándose como un péndulo.

–¿Para qué es eso? –pregunté retrocediendo un paso.
–Qué poca imaginación tenés, Lucrecia –ella se rio de mí y tuve la sensación de que todos se estaban burlando.
–Esto no me gusta nada. Me quiero ir –busqué la puerta de salida con la mirada, pero no podía hallarla ya que todo a mi alrededor estaba en penumbras.
–Es tarde para eso, una vez que estás en el centro de la pista, no hay vuelta atrás. Desde ahora en adelante vas a ser mi juguete… y el de Zoran.

Miré al serbio, que sonreía con alegría, tal vez no entendiera ni una sola palabra de español, pero estaba segura de que él debía imaginar mejor que yo lo que estaba a punto de ocurrir y cuáles eran los sádicos planes que la rubia tenía para mí. Catalina se me acercó con paso sensual y seguro, podía notar el frío hostil en su mirada. Sus intenciones no me agradaban para nada. Si bien había llegado al punto de acostarme con un hombre, lo había hecho en circunstancias muy especiales y con personas que me inspiraban muchísima confianza; sin embargo no conocía para nada a ese enorme tipo, no teníamos absolutamente nada en común; ni siquiera habíamos nacido en el mismo continente.

–No sé qué ideas locas tendrás en mente, Catalina, pero yo no me voy a rebajar de esa manera –aseguré.
–Vos vas a hacer lo que yo te diga, puta –una maliciosa sonrisa se dibujó en sus finos labios.

Me tomó por sorpresa el repentino cambio en su tono de voz. Se acercó tanto a mí que el dulce aroma de su perfume se coló por mis fosas nasales. Una de sus manos se cerró con fuerza alrededor de mi muñeca derecha. En cuanto ví que intentaba esposarme, sacudí mi brazo con fuerza y me aparté, dando un paso hacia atrás.

–Lucrecia, no te conviene jugar en mi contra –me dijo la rubia, evidenciando su fastidio–. Tenemos un acuerdo.
–No me está gustando nada este acuerdo.
–No me importa si te gusta o no, lo tenés que hacer igual, de lo contrario no hay trato.

Avanzó una vez más hacia mí, por lo que comencé a retroceder, intentando esquivar la cama, para no caer en ella; sin embargo Catalina se abalanzó sobre mí como un felino furioso y juntas caímos sobre el mullido colchón. Sus manos aferraban con fuerza mis muñecas e intentaba someterme empleando todo el peso de su cuerpo contra mí. Soltó uno de mis brazos y comencé a empujarla poniendo la mano en su pecho, ella intentaba a toda costa abrir una de las esposas, cuando logró abrirla comenzó una lucha por esposarme, me resistí todo lo que pude, empleando toda mi fuerza. Quedó demostrado que en cuestión de fuerza, la mía superaba por mucho a la de Catalina, logré arrebatarle la esposa y la cerré rápidamente alrededor de su muñeca derecha.

–¿Qué hacés? –me dijo con la cara llena de odio.
–A mí no me vas a esposar.

Tal vez tenía una esposa sujeta a una de sus muñecas, pero esto no le impedía moverse con total libertad, se abalanzó sobre mí y comenzó a descargar toda su furia. Tiró de mi cabello, provocándome un dolor agudo en el cuero cabelludo, luego intentó arañarme la cara; sin embargo conseguí detenerla a tiempo y sujetar su brazo, repentinamente su fuerza se había incrementado y yo me encontraba en una posición desfavorable. Valiéndome de todas mis fuerzas la empujé y logré apartarla de arriba mío. Justo cuando estaba por ponerme de pie vi una pequeña llave en el colchón, la tomé sin pensarlo, era la llave de las esposas.

–¡Dame eso! –exclamó la rubia enfurecida.

Ella permanecía de rodillas sobre la cama, me di cuenta de que la esposa que había cerrado en su muñeca aún tenía abierto el otro extremo, sin embargo ésto no me servía de mucho ya que no veía nada en la cama a donde se pudiera aferrar, la misma no tenía ningún tipo de respaldar ni sujeción. Me alejé unos pasos y miré a mi alrededor, toda la gente nos admiraba expectante. Noté la sonrisa pícara en los labios de un hombre gordo y calvo que acariciaba la pierna de una hermosa joven que estaba sentada a su lado. Muchos parecían estar disfrutando de la escena tanto como él.

–¡Zoran! Sacale la llave –le gritó Catalina al serbio. No sé si este habrá comprendido alguna palabra de lo que dijo, pero seguramente adivinaba la intención, la sonrisa de sus labios se borró al instante y quedó lleno de dudas.
–No te muevas, Zoran –dijo el hombre calvo del público–. Dejá que las chicas se las arreglen solas –una vez más el serbio debió comprender lo que le decían ya que el hombre levantaba una mano indicándole que se detenga al mismo tiempo que negaba con la cabeza. Zoran asintió y se quedó de brazos cruzados en su sitio.
–¿Vos por qué te metés? –ladró la colérica rubia.
–Porque parece que tu compañerita quiere jugar a un juego nuevo… que me parece de lo más interesante –respondió el hombre al mismo tiempo que volvía a acariciar la pierna de su acompañante.

Mientras Catalina estaba concentrada en quejarse, me moví rápido y tomé el segundo par de esposas que estaba sobre la cama y me apresuré a cerrárselo en su otra muñeca, ella se giró hacia mí y me fulminó con la mirada. Para mi sorpresa, el público presente comenzó a aplaudir y el hombre calvo me hizo señas para siguiera adelante, no pude hacer otra cosa que sonreír y huír de la rubia que ya estaba acomodándose para saltar sobre mí una vez más.

–¡Sacame esto, Lucrecia! –chilló–. Sacámelo antes de que me hagas enojar más de lo que ya estoy.
–Ya te dije, Catalina, a mí no me vas a esposar… ni voy a ser el juguetito sexual de un tipo que ni siquiera conozco.
–Vos vas a hacer lo que yo te diga, ahora mismo… o rompo el trato –dijo apuntándome con su dedo índice–. No hay préstamo para vos ni para el puto de mi hermano.
–Lamento decirte que podés meterte el dinero donde te quepa, porque no voy a acceder bajo esas condiciones.

Mientras discutíamos yo giraba alrededor de la cama intentando mantenerme fuera del alcance de sus filosas uñas, no dejaba de dar zarpazos como una fiera enjaulada. En ese momento escuché que el hombre calvo hablaba a mis espaldas en un idioma extraño, al que Zoran supo responder, por lo que deduje que era serbio. Luego Zoran se acercó a Catalina con aire altanero, la sujetó con fuerza de los brazos y ésta empezó a gritar que la suelten.

–Considerá eso como una pequeña contribución a tu juego –dijo el calvo–, espero que hagas que valga la pena.
Me quedé anonadada, tanto él como los demás esperaban que yo diera una especie de espectáculo utilizando a la rubia como víctima. Podría haberles dicho que me quería marchar, pero lo cierto es que deseaba hacerle pagar por todo el mal trato al cual me había sometido durante todo el transcurso del día. Pensé rápido, mi intención era encontrar alguna forma de sujetar las esposas en algún lado, pero no veía ningún poste o argolla que me permitiera hacerlo, eso me llevó a preguntarme de qué forma quería esposarme ella. En ese momento vi que un muchacho me hacía señas para que me acercara, se encontraba justo detrás de Catalina y Zoran, sentado en una silla con las piernas cruzadas. Parecía ser un tipo ricachón, debido al fino traje gris oscuro que llevaba puesto. Era atractivo en cierta forma, tenía dos hermosas mujeres jóvenes sentadas a sus lados, ambas sonreían y lo miraban embobadas. No entendía para qué quería que me acercara, pero al saber que la rubia estaba bien sujeta por el serbio y que éste no le permitiría moverse, no tenía nada que perder, por lo que en pocos segundos estuve a su lado. Me incliné un poco hacia atrás sin sacar los ojos de Catalina, sólo para poder admirar cómo luchaba enfurecida contra el hombre que la duplicaba en tamaño. El joven a mis espaldas se me acercó un poco para susurrarme al oído. Noté que posaba una de sus manos en mi cola, lo aparté rápidamente pero él volvió a ponerla ahí. Estuve a punto de alejarme cuando lo escuché decir:

–Esposale los tobillos…
–¿Qué? ¿Cómo?
–Que le esposes las manos a los tobillos.
–¿Y cómo hago eso?
–Fácil, bajale la mano hasta que se acerque al tobillo y cerrás las esposas.
–No se va a dejar.
–Vos tenés más fuerza que ella. Además tenés al grandote para que te ayude.

Apretó mi nalga y uno de sus dedos pasó muy cerca de mi vagina. No me agradaba que un hombre me estuviera tocando de esa forma, pero tenía la mente ocupada en imaginar lo que haría con Catalina una vez que pudiera inmovilizarla sin la ayuda de Zoran.

Esta vez fui yo la que se abalanzó contra la rubia, justo cuando estaba por tomar uno de sus brazos y esposarla, el serbio la soltó.

–No, pará... volvé –le dije al mismo tiempo que Catalina caía sobre mí–. Pero la puta madre...

Sujeté con fuerza uno de sus brazos y caímos sobre la cama, quedando ella sobre mí. Al parecer ella supo que esas esposas terminarían perjudicándola, por lo que se apresuró a cerrar uno de los extremos abiertos alrededor de mi muñeca izquierda, de esa forma quedamos esposadas la una a la otra. Le demostré que eso había sido un gran error a estirar con fuerza mi brazo y hacerla caer de boca contra mí. Me abracé con fuerza a su menudo cuerpo y giré para posicionarme sobre ella. La escuché gritar algo que no comprendí, la ignoré y me senté de bruces sobre su estómago, estirando mi brazo izquierdo por sobre mi cabeza, obligándola a ella a estirar el suyo e inmovilizándolo. Intentó golpearme con su otra mano, pero la sujeté. El extremo abierto de las esposas me golpeó en la cabeza, pero no dolió en absoluto, gracias al acolchado que las recubría. La parte difícil comenzó allí, ya que tuve que valerme de todo el peso de mi cuerpo y de la fuerza de mis brazos para hacerme levemente a un lado, enganchar su pierna sobre mi muslo y subirla tanto como me fuera posible. Luego tomé su pie derecho y acerqué su brazo, sin soltarlo. Ella intentó patearme, pero logré sostenerla. Tuve que realizar un enorme esfuerzo para dejarla quieta un segundo, hasta tuve que ponerle una rodilla contra el estómago; pero al final conseguí cerrar la esposa en su tobillo. Esto la dejó en una posición sumamente incómoda, y a mí me había dejado bastante cansada.

–Te estás pasando de la raya, Lucrecia –gruñó.
–Vos te pasaste de la raya primero... –dije mientras recobraba el aliento, ambas estábamos algo sudadas.
–Te doy la última oportunidad para que me sueltes...
–Ni te gastes, Catalina. No te voy a soltar.

Ella intentó zafarse pero estaba obligada a mantener su mano casi pegada a su pie, doblando su cuerpo por la mitad. La gente volvió a aplaudir, la fiesta se estaba animando y yo, en cierta forma, disfrutaba ver a la rubia luchando inútilmente contra las esposas. Volví a abalanzarme sobre ella, que comenzó a gritarme y creo que hasta intentó morderme, estaba hecha una furia total; yo intentaba por todos los medios abrir el extremo de las esposas que me sujetaban valiéndome de la diminuta llave, con cada movimiento que ella hacía me impedía introducirla por la cerradura, pero al fin, con un poco de suerte, conseguí hacerlo y mi mano quedó libre. Esta vez no me costó tanto esposarle el brazo a la otra pierna, lo conseguí luego de forcejear un poco con ella, dejándola con los dos brazos completamente estirados hacia abajo, en paralelo a sus piernas, y las rodillas flexionadas. Quedó boca abajo, como si estuviera en posición de perrito, pero como no podía apoyarse en sus brazos, ya que estos habían quedado debajo de su cuerpo, se veía obligada a apoyar su cara contra el colchón. Allí me percaté de lo sugerente que era esa pose, ya que sus piernas habían quedado separadas y su cola era el punto más alto de su cuerpo. Tenía el vestido bastante subido y al pasar detrás de ella vi su blanca tanga apretando su vagina.

La gente aplaudió durante un rato y yo ya me sentía bastante excitada, no sólo por los roces contra el cuerpo de la rubia sino por la extraña sensación de poder que me daba esa situación, sumando a esto los vítores de la gente que me observaba. En mi interior algo se revolvía intensamente, era como si me hubieran inyectado una alta dosis de adrenalina.

El muchacho carilindo volvió a llamarme, me acerqué a él sin dejar de sonreír mientras escuchaba las quejas de Catalina. Esta vez pude acercarme al tipo y mirarlo de frente, estaba completamente afeitado, tenía ojos rectangulares color café y una nariz bastante pequeña y recta, pensé en Rodrigo al verlo e imaginé que, si este joven fuera gay, harían una excelente pareja, uno rubio y el otro con cabello negro como la noche, casi estaban hechos el uno para el otro. Cuando sentí que posaba su mano en mi cola ya no lo aparté, no porque lo disfrutara sino como agradecimiento por la excelente idea que me había brindado. A pesar de que me estaba manoseando lo hacía con suavidad y mucha destreza.

–¿Por qué no nos das una función un poquito más interesante? –Me preguntó al oído–. La tenés completamente a tu disposición…
–¿Y qué te hace pensar que me gustan las mujeres?
–Lo sé, creeme. Se te nota en la cara, especialmente por la forma en la que miraste a las chicas que estuvieron “jugando” antes.
–¿Tanto se me nota? –sonreí–. Es una lástima que no me gusten los hombres, sino tal vez te daría una oportunidad –le guiñé un ojo. Él comenzó a reírse a carcajadas.
–Es una lástima… tendré que conformarme con que te gusten las mujeres. ¿Al menos me regalarías ese lindo espectáculo, hermosa? –su intrépida mano hundió la tela de mi vestido justo entre mis nalgas, sentí sus finos dedos acariciando mi vulva, me hizo estremecer y aumentó mi calentura.
–Está bien, veré qué puedo hacer… aunque no prometo mucho.
–Cualquier cosa que venga de vos, va a ser mucho para mí –una vez más presionó mi vagina y la acarició de arriba hacia abajo, me estaba calentando para el juego.

Regresé a la cama donde la rubia, con la cara hinchada de rabia, me miraba con ojos centelleantes. Me senté en el colchón y le acaricié la espalda.

–Lucrecia, si me soltás ahora mismo te perdono y seguimos adelante con el trato; de lo contrario…
–No estás en posición de negociar, Catalina. Ahora mando yo, te guste o no –subí con la mano hasta posarla en su firme cola.
–¡No me toques, tortillera de mierda! –escuché el murmullo incómodo emitido por gran parte de los presentes.
–Te sugiero que cuides esa boquita, Catalina, por acá hay muchas “tortilleras” y no te conviene ofenderlas –apretó los labios con bronca, ella sabía que yo tenía razón, no le permitirían faltarle el respeto a nadie allí dentro, por más importante que se creyera –. En cuanto al trato, ya te dije que no voy a acceder, y en lo que a mí concierne, fuiste vos la que lo rompió al pretender obligarme a hacer algo que no quiero, teníamos un acuerdo verbal y no lo respetaste.
–Te dije que ibas a tener que hacer algo más…
–Sí, pero exageraste, me hubieras pedido que lo haga con alguna chica y hubiera aceptado encantada; pero no… tenías que meter al pobre Zoran de por medio. No me gustan los hombres –volví a acariciar su cola.
–Y a mí no me gustan las mujeres.
–Es una lástima. Si sólo tuvieras la posibilidad de evitarlo...

Me puse de pie y fui en busca del extraño látigo con flecos y lo meneé ante los incrédulos ojos de la rubia.

–Que ni se te ocurra tocarme con eso –me dijo.
–Tranquila Catalina, guardá saliva para después… la vas a necesitar.

Caminé hasta la parte posterior de la rubia y levante su vestido al mismo tiempo que le acariciaba una nalga. Tenía una cola hermosa, respingada y con la piel muy tersa. Pasé mis dedos por la raya del medio y con la punta de mis dedos rocé su vagina. Aún podía escucharla quejarse, pero no le presté atención, estaba concentrada en la hermosa vista que ella me estaba brindando en contra de su voluntad. Miré el látigo y me pregunté si esos delgados flecos de cuero la lastimarían… no quería hacerle daño, sólo quería castigarla un poco. Con un rápido movimiento de muñeca el látigo se sacudió y golpeó contra una nalga, provocando un chasquido. Ella gritó, pero no fue un grito de dolor, sino de rabia. La gente aplaudió una vez más y pude ver que finas líneas rojas se habían dibujado en la cola de la rubia.

Mis pulsaciones se aceleraron aún más, toda esta situación era extrañamente atrayente para mí, no comprendía muy bien por qué me causaba tal impacto, pero me excitaba mucho saber que me estaban mirando. Volví a golpear a Catalina otra vez... y luego otra... y otra. La gente murmuraba constantemente, me daba la impresión de que todos disfrutaban tanto como yo al escuchar las quejas de la chica esposada. Más líneas rojizas aparecieron en esas tersas nalgas y yo podía sentir cómo me humedecía un poco más cada vez que volvía a sacudir el brazo para golpearla. Poco después me di cuenta de que yo no era la única humedeciéndose, la luz no era muy buena, pero pude ver cómo la apretada tanguita de Catalina se manchaba lentamente con flujo vaginal.

Decidí dejar de golpearla durante un momento y me senté en la cama junto a ella. Acaricié su cola con suavidad y acerqué mis dedos a su sexo.

–¿Qué te pasa, Cata? –le pregunté–. ¿No me vas a decir que estás disfrutando con todo esto?
–¡No! –chilló.
–Pero se te está mojando la rajita...
–¡Mentira!
–¿Entonces qué es esto?

Pasé la yema de mis dedos por el centro de la vagina, hundiendo la tela entre los labios. Éstos se asomaron un poco hacia los lados de la tanga. Mis dedos se mojaron con el flujo sexual.

–¡No me toques! –gritó sacudiéndose; sin embargo fue inútil, no pudo moverse mucho.
–Tengo que admitir que esto es lo primero bueno que encuentro en vos –dije volviendo a acariciar su vagina.
–¿Qu... qué?
–Que tenés una vagina muy linda... por lo poco que alcanzo a ver. Siempre dije que hay algo bueno en todo el mundo, no creí encontrarlo en vos.
–Callate, tarada. Vos te morís de ganas de coger con una mina como yo... ¿te creés que no me di cuenta de la forma en la que me miraste toda la noche?
–Toda la noche te miré con odio, Catalina... si vos querés entender otra cosa, es tu problema –mientras hablaba seguía disfrutando del roce de mis dedos contra su mullida almejita que se estaba humedeciendo y calentando cada vez más–. Pero ahora me gusta lo que veo...

Introduje mis dedos por debajo de la tela de la tanga, sin apartarla, y disfruté del contacto directo con sus tibios y viscosos labios vaginales. Acaricié una de sus nalgas y luego me acerqué para besarla, lo hice con suavidad pero luego hinqué mis dientes en ella, sin ejercer mucha presión; sin embargo Catalina se quejó como si le hubiera arrancado un trozo de carne.

–¡Estás completamente loca, flaca! –me gritó–. ¿Qué hacés?

Ignoré sus quejas y lamí su tersa piel. No era Catalina en sí lo que me excitaba, sino la situación... y el tenerla sometida. Por más que ella intentara moverse, no conseguía hacerlo. Mis dedos se movían entre los pliegues de su vagina, buscando esos puntos más sensibles. De a poco fui despojándola de su ropa interior y el público se fue tornando cada vez más bullicioso a medida que la almejita de la rubia iba quedando expuesta. Una vez que la tanga llegó a la altura de sus rodillas, le abrí la vagina con dos dedos, no sólo para mirarla yo, sino también para que todos pudieran verla. Era muy rosada y estaba perfectamente depilada, la chica debía gastar una fortuna en cosmética. Al verla quieta podía contemplar toda su belleza, Catalina era delgada y menuda, de baja estatura, tal vez algo parecida a Lara en su contextura, la mayor similitud la tenían en la cola; sin embargo las curvas de la rubia eran más pronunciadas y esto le daba un aspecto más impactante, sexualmente hablando.

–¡Qué hermosura! –exclamé.
–¿Eso era lo que tanto querías de mí? Seguramente estuviste pensando en mi concha todo el día.
–La verdad es que no... pero eso no quiere decir que no sepa reconocer la belleza, aunque esta provenga de alguien como vos...
–Soy mucho más linda que vos, Lucrecia... y es obvio que te morías de ganas por tocármela.

Me irritaba bastante que fuera tan arpía, hice caso omiso de sus palabras y pasé a hacer lo que tenía que hacer. Mantuve su vagina bien abierta y pasé la lengua por el centro de ella, deteniéndome durante unos segundos en su pequeño orificio rosado. Moví la lengua de un lado a otro, forzándola a salir de mi boca tanto como fuera posible, para así poder introducirla en esa tierna cuevita.

–¡No, no! ¡Pará! –sus berrinches se hacían más débiles, pero seguían allí.
–Me estoy cansando de que te quejes tanto, Catalina.

Rápidamente me puse de pie y tomé el látigo. Lo sacudí y las agudas tiritas de cuero se estrellaron contra sus nalgas, produciendo un bello chasquido. Ella gritó de dolor. Le di otro golpe, pero esta vez lo hice con más fuerza.

–¡Me hacés mal!
–Si querés que deje de pegarte, entonces dejá de quejarte.
–¡No!

Una vez más, un golpe seco se estrelló contra su cola. Lo repetí dos veces más y ella gritó con cada impacto.

–¿Vas a dejar de quejarte? –no me contestó, por eso me vi obligada a pegarle otra vez–. Respondeme, Catalina. ¿Vas a dejar de quejarte?
–S... sí.

Noté mucha rabia en su voz, pero logró convencerme. Dejé el látigo de lado y tan rápido como me había parado, volví a lanzarme contra su suculenta vagina y comencé a comerla con ganas, la breve sesión de castigo me había puesto muy caliente. Se la chupé toda, inclusive llegué a lamer su culito. Usando ambas manos mantuve sus nalgas separadas y metí mi cara entre ellas, lamiendo todo sin parar. Podía escuchar el murmullo de la gente, casi podía sentir cómo me alentaban a seguir. Estuve chupando durante un buen rato más y luego me detuve.

Supuse que ya había llegado el momento de llevar la función a otro nivel, para esto pedí ayuda una vez más al muchacho carilindo. Le pregunté si disponían de algún juguete sexual, además del látigo y las esposas, él me indicó que mirase debajo de la cama y, efectivamente, debajo de ella encontré otra caja que contenía diversos objetos, todos ellos dentro de la categoría “consoladores”, me sentía como en casa, con mi propia caja de juguetitos sexuales. Inclusive encontré un pomito con lubricante. No me costó mucho decidir con qué juguete me entretendría primero, vi una estaca anal, color negra, que me cautivó desde el primer momento, no era muy grande, pero la parte inferior del cono era bastante ancha. Sin que Catalina me viera, la llené de lubricante y luego me senté en la cama. Me preocupaba lo callada que estaba la rubia, tal vez estaba tan enojada que no podía ni hablar, o puede que la evidente excitación que le causó mi lengua la haya dejado confundida, sin embargo tenía en mano algo que la haría reaccionar. Al principio sólo acaricié su ano, al parecer esto ya no le molestaba, pero lo que ella no sabía es que en esta ocasión le estaba esparciendo lubricante por la zona, puede que haya sentido algo diferente, pero no dio señales al respecto. Su primera reacción llegó en cuanto apoyé la punta de la estaca en su orificio.

–¿Qué es eso? –preguntó con cierto temor.
–Ya te imaginarás qué es...
–Lucrecia, yo nunca... ¡Ay!

Empujé levemente hacia adentro y pude ver cómo su ano se dilataba un poco para dar paso a la redondeada punta de la estaca, al mismo tiempo llevé mi mano izquierda a mi entrepierna y comencé a acariciármela.

–¿Estás loca, flaca? ¡Sacame eso! –se quejó; su voz sonaba más aguda de lo normal.
–¿Me creés si te digo que te va a gustar? Te lo digo por experiencia.
–¡No soy una puta como vos!
–¿Y qué clase de puta sos vos?

Hice retroceder la estaca para darle una leve sensación de alivio a su culito y luego volví a introducir la punta, ella continuó quejándose, pero la ignoré. Repetí la acción tres o cuatro veces más, siempre procurando que no ingresara más que la punta del juguete sexual. Sentía mi vagina caliente y muy húmeda, mi estómago era un gran revoltijo de sensaciones placenteras, estaba disfrutando mucho con eso y ocasionalmente miraba a mí alrededor para toparme con esos ojos anónimos que me observaban atentamente. Algunas personas se toqueteaban mutuamente e incluso llegué a ver a una mujer, de unos cuarenta y pico de años, de rodillas frente a un muchacho joven, chupándole el pene vigorosamente.

Forcé un poco más la entrada de la estaca, no quería lastimarla, pero un poquito de dolor extra no le vendría nada mal, como castigo.

–¡Ay! ¡Basta, Lucrecia! ¡Sacá eso! ¡Soltame de una puta vez!

Ignoré sus gritos y seguí trabajando lentamente en su culo, metiendo y sacando el juguetito, yendo de a poco cada vez más adentro. Con esto ella debería sentir bastante placer en ese orificio, ya que los movimientos eran constantes y la estaca podía entrar y salir, hasta cierto punto, con bastante facilidad. La cola de Catalina se meneó de un lado a otro, creí que ella intentaba apartarse, pero luego me di cuenta que estaba separando más las piernas.

–Me parece que a la chica le está gustando –dije sin dirigirme a nadie en particular, aunque el mensaje iba más dirigido a ella que al resto de los presentes.

Ella no respondió, pero soltó un suave y largo gemido cuando hundí un poco más la estaca, la cual ya había entrado más de la mitad. Su culito estaba dilatándose bien y quise ayudarla a “relajarse” acariciándole el clítoris con la otra mano. Mantuve mis movimientos constantes mientras admiraba el bello cuerpo de mi... ¿cómo debería llamarla? ¿Esclava sexual? Una risita se me escapó al pensar en eso.

Catalina emitió un grave y profundo quejido cuando empujé la estaca anal, provocando que ésta se introdujera casi hasta llegar a su parte más ancha. Luego la saqué y volví a repetir la acción, llevándola hasta el mismo punto. Una vez más se escuchó ese quejido agónico.

–¡Apa! Parece que te está gustando...

No obtuve respuesta, volví a sacar y a meter la estaca y ella volvió a gemir. Era obvio que lo estaba disfrutando mucho; pero sabía que nunca lo admitiría. Empecé a acelerar el trabajo, su culito se cerraba cuando yo retrocedía y volvía a dilatarse rápidamente cuando volvía a meter el juguete, ella no paraba de gemir, aunque lo hacía con los dientes apretados, como si intentara contenerse. Quité mi mano izquierda de su clítoris, ya no la necesitaba. Opté por sólo utilizar la estaca y llevarla con ella al clímax. La metí un poco más fuerte de lo habitual y ella soltó un grito de placer. Quité la estaca lentamente y volví a clavarla con fuerza, me excitaba mucho ver y oír la reacción de Catalina.

–¿Querés que te dé un poquito más fuerte? –ella emitió un sonido inteligible, no sabía si me estaba insultando o qué–. Respondeme, Cata ¿lo hago más fuerte?
–Sí... –la afirmación salió de su boca como un suspiro.
–Entonces preparate, porque esto te va a gustar mucho.

Comencé a bombear con mayor ímpetu. Su culito se volvió elástico, recibiendo constantemente la estaca, variaba la profundidad a la que la metía antes de sacarla, con esto podía tomar por sorpresa a la rubia, ella no sabría si entraría mucho o tan sólo la puntita, pero de lo que sí podía estar segura era que el juguete seguiría entrando y saliendo. Llegó el momento que yo tanto esperaba y debo admitir que fue sólo por un error de cálculos, pensé que introduciría la estaca casi hasta el borde de la parte ancha, pero en lugar de eso fui más allá y se la metí toda. Su culo se abrió para dar paso a todo el diámetro de la estaca y luego se volvió a cerrar cuando ésta se perdió dentro, tan sólo sobresalía un extremo angosto y la base plana por la que yo sostenía el juguete. Catalina comenzó a chillar, pero no noté dolor en ella, gemía y se sacudía porque le había gustado. La dejé disfrutar esto durante unos pocos segundos y luego extraje la estaca, tan sólo hasta la mitad, para volver a meterla toda y darle otro momento de goce. Esta vez gritó con más fuerza y creí escuchar que decía “Sí” entre sus gemidos. Volví al bombeo rápido y de vez en cuando la sorprendía metiendo otra vez toda la estaca. Me calentaba mucho ver cómo entraba y salía y más me calentaba pensar que yo misma había experimentado eso alguna vez y que mi propio culo había reaccionado de la misma forma, estaba demasiado excitada y ya no me bastaba con toquetearme y mirar; necesitaba acción. Dejé la estaca metida bien adentro de su colita y me puse de pie.

–Llegó el momento de que me pagues por todo lo que te di.
–¿Cómo?
–No hace falta que te pongas demasiado creativa para que sepas cómo.
–¿Vos querés que yo te la... a vos?
–Sería una buena forma de agradecimiento.

Me despojé de mi vestido y quedé desnuda ante el público, escuché que varios intercambiaban opiniones y por el tono de éstas, parecían ser buenas. Me resultó imposible no sonreír, sentí un fuerte hormigueo en la boca de mi estómago, me sentía deseada y hermosa. Luego me senté justo frente a Catalina y abrí las piernas, ofreciéndole toda la humedad de mi sexo; me coloqué lo suficientemente cerca de ella como para que pudiera alcanzarlo.

–No me gusta eso –me dijo apartando la cara.
–¿Alguna vez lo probaste?
–No, pero...
–Si no lo probaste, no podés saber si te gusta o no –me miró con duda–. Esta noche te forcé a hacer muchas cosas, pero no quiero forzarte a hacer esto, es algo que tiene que salir de tu propia voluntad.
–¿Y si no quiero hacerlo?
–¿Te dije que si lo hacés te voy a dar una buena recompensa? ¿No?

Acerqué mi boca su oreja y le susurré la idea que tenía para ella si accedía a practicarme sexo oral, por la sonrisa que se dibujó en su rostro supe que le había gustado. Volví a colocarme en posición y ella asintió con la cabeza. Se acercó un poco, pero justo cuando sus labios iban a entrar en contacto con los míos, ladeó la cabeza y besó la cara interna de mi muslo derecho. Acaricié su cabello procurando no forzarla a bajar la cabeza, sólo quería que ella se sintiera más cómoda. Continuó con los besos y de repente la punta de su pequeña lengua comenzó a dar leves golpecitos a mi clítoris.

–¡Ay, sí! Eso me gusta –exclamé entre gemidos.

Incliné mi cabeza hacia atrás y esta vez sí empujé un poco la suya hacia abajo. Su boca abarcó toda mi vagina y sentí que la lengua subía apretándose en la hendidura que formaban mis labios, hasta llegar a mi clítoris y volver a jugar con él. Me acosté sobre el colchón, manteniendo las piernas flexionadas y separadas, crucé mis brazos sobre mi pecho y comencé a masajearme las tetas, dándole pellizcos a mis duros pezones. Ella fue ganando confianza y sus dubitativas lamidas fueron tornándose más y más seguras. Me hizo soltar un agudo gemido cuando dio un fuerte chupón a mi clítoris.

Mientras la lengua de Catalina jugueteaba entre mis cavidades vaginales me percaté de que el viejo calvo estaba tomándonos fotos con su teléfono celular, esto me sorprendió mucho ya que pensé que eso no estaba permitido en este sitio, sin embargo no podía hacer nada para quejarme. Tenía cosas más importantes por las que preocuparme, como los intensos chupones que estaba sufriendo mi clítoris. Tal vez esta era la primera vez en la que ella mantenía relaciones sexuales con una mujer, pero debía admitir que aprendía muy rápido, tenía mucho talento. Comencé a sacudirme mientras sobaba mis tetas con ambas manos, cerré los ojos y me dejé llevar por el momento; me producía una enorme calentura saber que había tanta gente mirándome. Si tan sólo ellos supieran que hace apenas un año yo era una mojigata que hasta tenía miedo de masturbarse... ¿qué pensarían los grupos de la iglesia a la que concurría antaño si me vieran en esta situación? Todas esas incógnitas me despertaban una increíble y morbosa sensación, me fascinaba estar rompiendo con esos modelos sociales que tanto tiempo me habían apresado y que no me habían permitido expresar mi sexualidad a gusto.

Un nuevo gemido estalló en mi garganta, ya no podía controlar mi cuerpo, comencé a sacudirme casi sufriendo con cada lamida y chupón que recibía de Catalina. No sabía si ella me había mentido al respecto, tal vez sí había probado una vagina antes, pero me causaba más morbo pensar que la mía era la primer que había probado.

–Creo que la chica se ganó una buena recompensa –le dije al hombre calvo.
–¿Qué tenés en mente? –me preguntó con una amplia sonrisa de blancos dientes.
–Que Zoran se ponga a jugar con su colita... ¿me explico?
–¡Perfectamente!

Luego dijo unas palabras raras, que no comprendí, dirigiéndose a Zoran, que continuaba de pie, con los brazos cruzados. El serbio se alegró mucho al recibir la noticia y lo expresó llenando de felicidad su anguloso rostro. Rápidamente pasó caminando a mi lado y se colocó detrás de Catalina, ésta dejó de chupármela por un segundo, sólo para poder gemir, imaginé que había extraído la estaca anal y eso debió proporcionarle un enorme placer, el cual se repitió, con la evidente entrada de un pene, que no pude ver; pero tampoco me interesaba hacerlo, me bastaba con saber que ella gozaba mientras se lo metían por detrás. La cama comenzó a sacudirse con los fuertes movimientos que transmitía Zoran a la rubia. Ella, entre jadeos, reanudó el juego con su lengua y mi vagina, la cual estuvo sumamente agradecida. Sentía que mi entrepierna estaba cubierta de una mezcla de saliva y flujos vaginales tan grande que debía estar humedeciendo las sábanas. Levanté levemente mi cabeza para espiar a Catalina, ella tenía la boca hundida entre mis hinchados labios y sacudía la cabeza de un lado a otro, cuando se apartó para tomar aire pude ver que su rostro estaba tan lleno de flujos como mi sexo. Detrás de ella podía ver a Zoran, que parecía tomar carrera y lanzarse hacia adelante, una y otra vez. Ocasionalmente Catalina soltaba un gemido ahogado.

Incliné nuevamente mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos, para gozar a pleno de la lengua de mi esclava sexual, la cual se estaba esmerando mucho. Di rienda suelta a mis gemidos, no porque me viera obligada a hacerlo, sino porque me calentaba mucho gemir y que toda la gente me escuchara. Además con eso animaba un poco más la escena. Meneé mi cadera de atrás hacia adelante y Catalina se mantuvo siempre con la boca fuertemente pegada a mi almejita, succionándola, lamiéndola, introduciendo su lengua y moviéndola rápidamente contra mi clítoris. La estaba pasando de maravilla, por más que en mi vida hubiera malos momentos, éstos parecían carecer de importancia cuando estaba sumergida en un frenético acto sexual, por eso amaba tanto el sexo, era el mejor método que podía emplear para apartarme de todas mis preocupaciones, dolores y penas.

Al abrir nuevamente los ojos me llevé una gran sorpresa al ver a la cubana de pie a mi lado. Se inclinó un poco y me dijo en voz baja que ella era mi recompensa por la interesante función que estaba dando.

–Me envía Dani –me dijo con un fuerte acento característico de su país de origen.
–¿Quién es Dani?

Se limitó a señalármelo con la cabeza. Dani resultaba ser el muchacho carilindo que había estado ayudándome, con una sonrisa le agradecí el gesto y, sin perder más tiempo, Irma se levantó un poco el vestido y se sentó sobre mí, mirando de frente hacia Catalina. Contemplé su oscura y preciosa vagina, tenía los labios bastante carnosos y podía ver rastros de flujo en ellos. Olfateé su dulce aroma y me dejé llevar por el momento. La rubia seguía comiéndomela con ímpetu y Zoran seguía dando fuertes embestidas contra su culito. Tomé los muslos de la morena con ambas manos y me llevé otra grata sorpresa al comprobar lo suave y tersa que era su piel. De inmediato pasé la lengua por su vagina, deleitándome con su sabor. Ella bajó un poco más hacia mí y todo su sexo quedó contra mi boca. Forzando mi lengua logré introducirla en su caverna y a continuación abrí grande la boca y dejé que mis labios acariciaran los suyos una y otra vez.

No podía creer que estuviera compartiendo la cama con otras tres personas a las que había conocido ese mismo día, a mi mente llegó el recuerdo de aquella hermosa noche que pasé junto con Lara y esas dos mujeres que conocimos en el boliche, a las cuales nunca habíamos vuelto a llamar. De pronto me sentí nostálgica, extrañaba mucho a Lara y me hubiera encantado que ella estuviera conmigo en ese momento. Decidí jugar con mi imaginación y Lara fue apareciendo una y otra vez en esa cama, a veces en el lugar de Irma y otras veces en el lugar de Catalina. A pesar de tenerla a tantos kilómetros de distancia, la sentía muy cerca de mí. Tal vez no la amaba más, pero no podía negar que aún guardaba un fuerte sentimiento por ella. No pude hacer otra cosa que rememorarla durante todo el rato que estuve lamiendo y siendo lamida.

*****

Cuando la función terminó, me apresuré a ponerme mi vestido otra vez, no me importaba permanecer desnuda ante esa gente, pero temía que quisieran hacer un segundo acto involucrando a Zoran o a alguien más, que no sea mujer. Al vestirme les estaba indicando que mi participación por esa noche ya había terminado. Con una sonrisa agradecí a Irma por haberme prestado su sexo y me alegré mucho al saber que logré hacerla llegar al clímax, tanto como Catalina lo hizo conmigo y estaba segura de que la rubia también había pasado un gran rato, ya que cuando le quitaron las esposas abrazó con fuerza a Zoran. Por un breve instante pude ver el culito dilatado de la rubia y me causó mucho morbo saber que en parte yo era responsable por eso. Justo cuando estaba terminando de acomodar mi vestido vi que el hombre calvo se me acercaba con una radiante sonrisa, me tomó por la cintura y me dijo:

–Sos fabulosa, chiquita. Nos dejaste a todos maravillados.
–Gracias —me limité a decir.
–Mi nombre es Juan. Te dejo mi tarjeta –dijo extendiéndome un papelito rectangular–. Cualquier cosa que necesites, me podés llamar. Me encantaría verte por acá de nuevo.
–No creo que vuelva, vine por negocios y...
–Negocios es lo que más se hace acá. El resto es simplemente un lindo espectáculo, para alegrar el ambiente, pero aquí estamos para hablar de negocios, y creeme que muchos van a querer hacer negocios con vos –al decirme eso me guiñó un ojo y me apretó una nalga.

En total esa noche me fui con siete tarjetas con números de teléfonos, cinco de hombres, incluyendo el jovencito carilindo que me había dado la idea de esposarle también los tobillos, y dos mujeres; una de ellas estaba algo entrada en años y no me agradó, sin embargo la otra me pareció bastante bonita y simpática.

Me senté en el lugar que antes habíamos ocupado con Catalina, ella se me acercó y al sentarse me fulminó con su mirada más furiosa. De pronto toda la aceptación que había mostrado en la cama, se borró.

–Que te quede algo bien claro, Lucrecia. Hice lo que hice porque no quiero perder los contactos y las relaciones que gané acá, fue todo por negocios, sé cómo actuar de la manera que corresponde cuando la situación lo requiere; pero ni por un segundo pienses que yo soy una tortillera como vos, lo que pasó no me gustó nada y estoy muy enojada con vos... te vas a arrepentir por haberme puesto en esa situación... olvidate para siempre del trato.

Me molestó mucho que de pronto se mostrara tan hostil conmigo, como una estúpida había creído todo su acto y de verdad había pensado que disfrutó... tal vez sí lo hizo con Zoran, pero puede que lo que me hizo a mí haya sido... ¿forzado? Estaba muy confundida, ella se había mostrado realmente convincente, tal vez las mentiras no estaban en la cama, sino en sus últimas palabras; pero era muy difícil estar segura con una mujer tan inestable y traicionera como Catalina.

–Hace rato que ya me olvidé del trato. La única que lo sigue mencionando sos vos. No sé hasta qué punto te habrá disgustado lo que pasó, yo te vi bastante emocionada...
–Ya te lo dije, sé cómo actuar cuando la situación lo requiere. Cuando se trata de negocios, y de orgullo, soy capaz de cualquier cosa.
–Lo de orgullosa te lo creo. Creo que te hubiera molestado demasiado que te vean como una cobarde, ¿por eso hiciste lo que hiciste?
–Hice lo que tenía que hacer, y punto. Ahora, si no te molesta, me quiero ir de acá... ya no tengo nada que hacer. Me tenés que llevar.
–¿Cómo?
–Sí, Lucre. Vos me trajiste, vos me llevás.
–Está bien, te llevo; pero después de eso, no me pidas más nada, y en lo posible, no quiero volver a verte.
–Perfecto.

*****

Durante el regreso Catalina se mantuvo tan seria, fría y enfurecida que ni siquiera quise dirigirle la palabra. No podía sentirme bien por lo que había hecho, pero ella me había arrinconado... lo demás fue instintivo. Seguí mis impulsos.

Había arruinado toda posibilidad de cerrar un buen trato con ella, sabía que en gran medida se debía a mis acciones y reacciones, pero no me sentía culpable. Si estuviera otra vez en la misma situación, obraría de la misma forma. Sinceramente no podía hacerme la idea de ser dominada sexualmente por una mujer como Catalina, me sentiría tan humillada que me llevaría meses reponerme. Eso se debía, principalmente, a las actitudes y a la personalidad que la caracterizaban. Esa rubia me cayó mal desde el principio y no me haría cambiar de opinión. A pesar de haber perdido la oportunidad de solucionar los inconvenientes económicos que atravesaba Afrodita, me sentía extrañamente bien por haberle demostrado a Catalina que no todas las personas se pueden controlar con dinero.

Como si el destino no se hubiera divertido lo suficiente conmigo, tuvimos un altercado en la ruta que nos espantó a las dos por igual. Sufrimos un repentino pinchazo en una de las ruedas y el vehículo se tambaleó de un lado a otro bruscamente. Por suerte logré controlarlo sin mayores dificultades y disminuí la velocidad hasta frenar junto a la banquina, con los nervios tan tensos que podrían partirse en cualquier momento. Al detenerme miré a la rubia y la encontré más pálida de lo normal, sujetándose con ambas manos de lo que encontró a su alcance. Mi corazón quedó peligrosamente acelerado, nunca había tenido un accidente automovilístico y me aterraba pensar lo cerca que estuvimos, de haber conducido un poco más rápido me hubiera resultado imposible controlar el auto.

Al bajarnos del vehículo Catalina intentó mostrarse dura y severa otra vez, no me echó la culpa por el neumático pinchado, ya que de hacerlo hubiera conseguido lo peor de Lucrecia, pero hizo alarde de sus contactos y aseguró que un amigo, dueño de una empresa de auxilio mecánico, nos salvaría de este inconveniente en un santiamén.

Me dio un poco de gracia verla fracasar en su intento, aparentemente su amigo le dijo que no tenía móviles disponibles hasta dentro de tres horas. Catalina, hecha una furia, lo mandó a la mierda y, de paso, le envió grotescos recordatorios a todas las ramas femeninas del árbol genealógico del tipo. Tuve que disimular para no reírme en su cara, pero cuando el momento divertido pasó me di cuenta de que estaba atrapada allí y que teníamos que valernos por nosotras mismas para salir de este aprieto.

–¿Sabés cambiar una rueda? –le pregunte.
–Acaso tengo cara de mecánico –me dijo con una mueca de asco.
–Tenés cara de ser bastante inútil. Vamos a tener que cambiar la rueda, sí o sí.
–¿Vamos? El auto no es mío, es tú problema.
–¿Mi problema? Te recuerdo que yo tengo que llevarte hasta tu casa, así que es problema de las dos.
–No pienso tocar una rueda de esas, me arruinaría las manos... y el vestido.
–La cara te voy a arruinar... –le dije con el ceño fruncido enseñándole mi puño cerrado.

Ella retrocedió espantada. Estaba muy enfadada, tenía ganas de golpearla, pero al mirar a mi alrededor me percaté de que estábamos en el medio de la nada, en una ruta oscura; no era nada seguro permanecer más tiempo allí. Di media vuelta y pisando con furia me encaminé hacia el baúl del auto, extraje el gato hidráulico y casi me disloco una vértebra sacando la pesada rueda de auxilio. La que habíamos perdido por el pinchazo era la rueda delantera del lado del conductor. Me dirigí a ella con el gato en mano y lo examiné durante un buen rato, no tenía ni idea de cómo usarlo, conocía el principio de palanca pero ese pequeño artilugio no me daba ninguna pista. ¿Cómo pretendían que levantara un auto tan grande con una pieza metálica tan pequeña? Con Catalina nos miramos confundidas, ni siquiera me molesté en preguntarle, ella estaba más desorientada que yo. Por lo general suelo ser bastante torpe y me niego a hacer bien cosas sencillas que escapan a mis habilidades, como cocinar; pero esta vez era diferente, no sólo porque estábamos en una verdadera emergencia, sino también porque tenía frente a mí a la persona más inútil y despreciable que había conocido y no quería quedar como una imbécil frente a ella.

Un auto pasó a gran velocidad a nuestro lado y nos tocó bocina, por un segundo pensé que se detendría a ayudarnos, pero no aminoró la marcha; me di cuenta de que su bocinazo había sido de advertencia, estábamos muy cerca de la ruta y en plena oscuridad debía resultar difícil vernos. Encendí la baliza del auto y recordé haber visto un par de luces de advertencia en el baúl. Las busqué y las coloqué a unos metros de la parte trasera del vehículo, de esa forma podrían vernos con mayor facilidad. Catalina caminaba de un lado a otro, rozando la banquina, sin hacer absolutamente nada útil para ayudarme. Solté un bufido lleno de rabia y puse mis neuronas a trabajar. Pocos segundos más tarde me di cuenta de que al gato debía faltarle una pieza, la palanca, propiamente dicha. Comencé a revolver la caja con herramientas que había dentro del baúl y encontré una llave en cruz y un hierro con rosca, que encajó perfectamente en el orificio del gato hidráulico. No tuve que hacer tanta fuerza como creía para levantar el auto, esto me animó un poco.

Admiré la llave en cruz y las tuercas de la rueda. Cuando la coloqué en su lugar me di cuenta de que esas malditas tuercas estaban aferradas con gran firmeza. Comencé a hacer tanta fuerza como pude y al estar agachada el vestido se me levantó, recordé que no llevaba ropa interior, por lo que debería estar desnuda de la cintura para abajo, rogaba que no pasara ningún vehículo y que, de hacerlo, no se percatara de ello.

–¿Podrías ayudarme un poquito? No puedo sola –le dije a Catalina.
–Ni loca. Yo no toco esa porquería. ¿Sabés cuánto sale dejar estas uñas en condiciones? No pienso malograrlas haciendo el trabajo de alguien más.
–Catalina, sos la mujer más despreciable que conocí –le dije con frialdad mientras me acomodaba el vestido–. Te creés muy importante por tener plata y por ser bonita, eso lo tenés, no te lo discuto; pero en estos casos no sirve de nada lo hermosa que seas o la fortuna que tengas en el banco. Aquí y ahora sos completamente inútil, un simple lastre –sus ojos se agrandaron, noté que mis palabras le causaban gran impacto–. No suelo ser mala con la gente, pero vos me llevás a mis límites, sos realmente odiosa y es lógico que nadie te quiera. Dudo mucho que ese novio que te “robó” tu hermano realmente te haya amado, lo que más te duele a vos es saber que Rodrigo es una gran persona, alguien digno de ser amado y vos no.
–Retirá lo que dijiste –me dijo con ojos temblorosos.
–No se pueden retirar las palabras ya dichas, porque dichas están. Te digo más, la única forma en la que alguien va a desear acercarse a vos es si se fijan en tu dinero, o en tu cuerpo; pero cuando eso deja de satisfacerlos, no tienen nada en qué fijarse. Sos como la estatua de la Libertad, hermosa e imponente por fuera, pero hueca por dentro.
–¡Eso no es cierto! ¡Soy mucho más de lo que vos vas a llegar a ser en tu vida!
–Agradezco a Dios no llegar a ser nunca tan egoísta y narcisista como vos.
–¿Qué sabés vos de mi vida? ¿Acaso tenés idea de las cosas que tuve que pasar?
–Naciste en cuna de plata, Catalina. No soy la más indicada para decírtelo porque yo también nací en una familia bien acomodada y tuve mis problemas, sufrí muchas cosas... especialmente durante este último año, que fue el más duro de mi vida; pero no por eso me volví una arpía fría y desagradecida. Hay gente que vive peores situaciones y siguen siendo buenas personas –al decir eso pensé en Anabella y en todo lo que ella había sufrido–. Hay gente que es digna de admiración, son ejemplos de vida, en cambio vos sos el vivo ejemplo del egoísmo. No hacés absolutamente nada sin obtener a cambio un beneficio, ya sea más dinero, poder o simplemente regocijarte viendo como los demás se arrastran ante vos, ¿pero qué pasa cuando conocés a alguien con quien no podés imponer tu poder, tu dinero, ni tu aspecto físico? ¿Cuánto vales ante esa persona? Te lo puedo decir, ante mí no valés nada.

Antes de volver a agacharme ante la rueda de auxilio me percaté de que Catalina estaba llorando, me sentí un poco mal por ella, pero estaba muy enojada. Me daba mucha bronca que ante esta situación no se dignara a ayudarme. Me llevó un buen rato quitar la rueda pinchada y otro buen rato colocar la de repuesto, pero me sentí bien conmigo misma al terminar. Había resuelto un problema para el cual me consideraba incapaz, tan sólo usando un poco mi cabeza... y algo de fuerza física.

Al terminar me temblaban las manos por el esfuerzo. Cerré el baúl y caminé hacia la puerta del conductor, miré hacia todos lados y no encontré a Catalina. Por un momento temí que mis duras palabras la hubieran ofendido tanto que había decidido marcharse sola, caminando; pero eso era absurdo ya que si no quería esforzarse en cambiar un neumático, menos se esforzaría en hacer semejante caminata.

La puerta del lado del acompañante se abrió y Catalina bajó, no se me había ocurrido mirar dentro del vehículo ya que no la había escuchado entrar. Ella se acercó a mí dando dos largos pasos, me puse en alerta y apreté los puños, la intensidad de su mirada me atemorizó; pero estaba dispuesta a defenderme lo mejor que pudiera. Sus manos se movieron tan rápido que ni siquiera tuve tiempo a esquivarlas. Mi confusión fue enorme, esperaba recibir un golpe pero sólo sentí la tibieza de sus palmas contra mis mejillas y luego sus labios, húmedos y suaves, contra los míos. Fue un beso dulce, tímido y dubitativo, impropio de la rubia.

–Tenés razón al decir que me comporto como una egoísta –era la primera vez que la escuchaba hablar en un tono de voz que no trasluciera malicia–, es que me han lastimado tantas veces que me volví una mujer fría.

Quise decirle algo, pero sus labios me lo impidieron, volvió a besarme, pero esta vez me rodeó con sus brazos, sentí sus manos acariciando mis nalgas. La tomé por la cintura y la acompañé con el beso.

–Te pido disculpas –volvió a hablar cuando nuestras bocas se separaron–, me siento muy avergonzada por la forma en la que te traté. Sos una buena chica y yo intenté humillarte desde el primer momento en que te vi; pero no lo hice a propósito, es una forma extraña que tengo de actuar, que a veces ni yo misma comprendo. Hoy me demostraste que estuve muy equivocada en muchas cosas, especialmente con el sexo femenino; no creía que hubiera tanta... sensualidad y pasión al compartir una cama con una mujer, me alegra que hayas sido vos mi primera vez. De pronto es como si te conociera desde hace mucho tiempo –sus dedos comenzaron a luchar contra el cierre de mi vestido, yo la observaba muda y con las cejas arqueadas–. Lo que hicimos esta noche fue una de mis mejores experiencias con el sexo... y mirá que he tenido muchas, más de las que te imaginás. Mil veces vi sexo entre mujeres y lo subestimé, por no haberlo vivido nunca en carne propia –logró desprender el cierre y comenzó a desnudarme, por un momento olvidé que nos encontrábamos en el medio de la nada–. Soy muy orgullosa, no suelo decir estas cosas pero... me hiciste sentir realmente bien y me encantaría que eso se repitiera...

Esa fue la última señal que me dio, ya estaba todo claro, comencé a bajar su vestido al mismo tiempo que ella bajaba el suyo. Fuimos acercándonos al auto y dentro de él nos desnudamos. Nuestros cuerpos no cabían en el estrecho lugar, pero eso no nos detuvo, nos besamos una vez más, mientras recorríamos nuestras curvas con suaves caricias. Nuestras piernas se entrecruzaron y comenzamos a frotarnos, Catalina cerró los ojos y su respiración comenzó a agitarse, noté cómo mi vagina se humedecía tan rápido como la de ella, mi muslo quedó empapado por sus flujos. Ella se inclinó hacia adelante y se apoderó de una de mis tetas, comenzó a chuparme el pezón con mucha intensidad.

Intentábamos encontrar la forma más cómoda de acostarnos entre los dos asientos delanteros, pero se nos complicaba mucho, especialmente cuando bajé la cabeza y lamí la lampiña vagina de Catalina, tuve que dejar de hacerlo a los pocos segundos ya que mis largas piernas estaban dobladas de forma muy incómoda.

–¿Por qué mejor no vamos al asiento de atrás? –me dijo con una dulce sonrisa, prácticamente impropia de ella–. Ahí vamos a estar más cómodas.
–Está bien –le respondí con el mismo entusiasmo.

Bajé del auto y me acomodé el cabello que caía sobre mi rostro, en ese preciso instante la puerta del lado del acompañante se cerró con un fuerte golpe. Me sobresalté tanto que me quedé paralizada, a continuación escuché el “clic” de las trabas de seguridad al accionarse. Cuando intenté abrir la puerta otra vez, me resultó imposible, estaba fuertemente trabada. Me asusté y me enfurecí al mismo tiempo, me incliné hacia adelante para mirar a través del vidrio y me encontré con la maliciosa sonrisa de la rubia. El motor se puso en marcha, comencé a golpear la ventanilla gritándole que me abriera la puerta, pero fue inútil, un segundo más tarde el auto se alejaba a gran velocidad por ruta, dejándome en el medio de la nada, completamente sola... y desnuda.


Continuará...



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